Creer que la jornada pasaría rápido ese día había sido una inocente suposición de su parte, que apareció en su cabeza desde el momento en que cerró la puerta de su departamento. El patrullaje de rutina, en los alrededores de la aldea podía ser bastante aburrido pero, por lo general, los días terminaban rápido para él.
Sin embargo, ese día en particular, parecía no querer finalizar.
Aquel llanto ahogado, desesperado, apretaba su corazón con sólo recordarlo. Su cuerpo, su pequeña figura, que se sintió frágil entre sus brazos mientras liberaba toda su tormenta, parecía que en cualquier momento se rompería a pesar de que era una kunoichi.
Era la primera vez que la veía derrumbarse, que su expresión se mostraba fuera de control, que ella mostraba sus debilidades.
Quería verla, saber que ella seguía bien.
Joder.
Quince largos minutos fue lo que se demoró con Kakashi reportando la misión y, de pronto, se encontró caminando por las calles de la aldea, que a esa hora se bañaba de los rojizos colores del atardecer.
La brisa, fresca del primer día de primavera, se levantó con los últimos rayos del sol y las lámparas, de brillantes colores y llamativas formas adornaron las calles de Konoha.
Cruzó la calle, caminó un par de metros más y luego retrocedió a una pequeña y cálida vitrina de un local que se mostraba muy acogedor y que desprendía un agradable aroma a café.
Hinata frecuentaba ese tipo de lugares, lo recordaba.
Dudó un momento, mientras miraba los dulces, cuidadosamente expuestos, en el mostrador del ventanal.
Quizás, llegar con algo podría sorprenderla.
Tal vez, no sería raro entrar a ese lugar y buscar algo para llevar, ahora que había alguien en su hogar…
Apretó su puño, un poco indeciso, y frunció el ceño al darse cuenta de como estaba actuando; él, bajo ningún concepto dudaba.
Jamás.
Y entró.
Dos rollos de canela sonaban bastante bien para esa noche; y a lo mejor, podría hacerla sonreír.
Con una pequeña caja en su mano, decorada adorablemente con cintas rosadas y celestes, salió del lugar y continuó su camino sólo para notar que estaba siendo observado. Afinó sus sentidos y divisó, a su derecha, una figura que se escondió en un callejón.
No sintió peligro alguno, era evidente que quién lo vigilaba esperaba ser detectado, y estaba casi seguro de quien era.
—Hyuga—dijo, a modo de saludo, una vez que ingresó al callejón.
Hanabi, la pequeña hermana de Hinta estaba esperándolo escondida en la parte más oscura del lugar.
—Uchiha—respondió, y esta vez, su voz no sonó como la de aquella niña malcriada y altanera que, a veces, pretendía ser; se dirigió a él con respeto.
Sin siquiera dudar se acercó a ella, comprendiendo que la chica estaba ahí porque esperaba hablarle de Hinata y no quería ser vista por los demás miembros de su clan.
Llegó a su lado, y se miraron un momento en silencio, evaluando la situación y con ella evidentemente alerta de su alrededor.
Sin decir nada más, le estiró una pequeña bolsa de tela que él recibió; no necesitó preguntar el destinatario, era obvio que debía ser Hinata.
—Deberías entregarla tú—respondió Sasuke, mientras tomaba la bolsa.
Pero Hanabi negó.
—Es mejor así.
No, no lo era. Ella todavía tenía la oportunidad de hablar con su hermana, de decir todas las cosas que necesitaba, de mantener el lazo que él ya no tenía con Itachi; no tenían que terminar de esta forma.
Y él, que no se caracterizaba por meterse en la vida de los demás, esta vez, quiso intervenir; Hinata amaba a su hermana lo suficiente como para dar su vida por ella y Hanabi amaba a su hermana lo suficiente como para tomar el papel de villana para salvarla.
—A Hinata le gustaría verte—Intentó insistir, porque estaba seguro que era así.
Estaba seguro que Hinata entendía el porqué Hanabi la había sellado y no la culpaba. Pero la menor volvió a negar y esta vez, con más fuerzas.
Porque no, ella no podía ver a su hermana, aun cuando la necesitara como nadie.
Porque no, Hinata debía liberarse de todo lo que la atara a su familia para que comenzara a vivir para si misma. Si se veían, su hermana notaría lo mucho que la extrañaba y volvería a su lado sin importarle nada; olvidándose por completo de sus propios sueños, una vez más.
Ella siempre era así, era su mayor defecto y su más grande cualidad.
Y Hanabi, por sobre todas las cosas, quería que su hermana fuera libre para encontrar su propia felicidad.
—Tiene olvidarse de mi—dijo—, y avanzar.
Seguir, moverse, y juntar todos los pedazos de su corazón; Hinata necesitaba cortar las cadenas para conocer la libertad. Ella era el ancla de aquel barco que necesitaba partir; lo sabía.
Sasuke entendió; comprendió el sacrificio que la menor estaba haciendo. Hanabi sabía que mientras ella estuviera en su presente, Hinata no encontraría su futuro, sus alas.
Se miraron en un último momento que no necesitó de más palabras que sólo un leve movimiento de cabeza en señal de afirmación y la Hyuga, más tranquila, desapareció en la oscuridad.
La brisa, fresca de la noche sopló, jugando en su suave recorrido con las pequeñas hojas y flores que comenzaban a brotar en aquella primavera que recién llegaba.
La luna asomó lenta, suave y a la vez segura, en un trayecto que iniciaba su ascenso hasta la posición más alta, en esa oscura noche estrellada.
Suspiró, mientras buscaba los guantes de cocina que colgaban desde el estante y colocó la bandeja, con la masa de pan recién hecha, y cerró la puerta del horno. Con lentitud, se sacó los guantes y los dejó a un lado, mientras sus ojos recorrían esa cocina que no le pertenecía pero que le brindaba un escape de esa realidad que, por el momento, no había querido enfrentar.
Suspiró una vez más, pesadamente, y avanzó por ese pequeño pasillo que conectaba la cocina con la sala de estar, cruzando los pocos metros cuadrados que la separaban del gran ventanal central del departamento. Se detuvo, mientras posaba sus delgados y aún heridos dedos en el marco de la ventana y llevó su blanca mirada al cielo, que se transformaba en un oscuro anochecer.
Era momento de volver a su realidad.
"¿Cómo puedo avanzar?" recordó, con una mezcla de sentimientos que aún no lograba calmar, lo que con desesperación había preguntado a Gaara ese medio día.
"Creo, que puedo ayudarte con eso" le respondió y sus ojos, de aquel verde aguamarina la miraron con esa seguridad, con esa confianza, que ella había perdido mientras pronunciaba las palabras que, quizás, cambiarían su destino, si ella así lo permitía. "Ven conmigo a Suna" completó.
Sintió como su estómago nuevamente se apretaba con el recuerdo de esa frase que reveló una oportunidad que no había jamás imaginado, y un secreto que, de alguna forma, entibió su corazón.
"Tus amigos, Inuzuka y Aburame, me contactaron para iniciar el proceso de ciudadanía, hace unas semanas atrás" le explicó el Kazekage y continuó "tenemos todo listo para que comiences allá, como ninja de la arena, si lo deseas"
No se lo esperó, jamás imaginó que ellos sabían toda la situación y que habían actuado para darle una opción.
Sus compañeros, nuevamente, estaban a su lado.
Dos pequeñas luces palpitaron a su lado, en medio de aquella inmensa oscuridad.
Y en esa horrible tormenta, las nubes empezaron a calmarse en su corazón. Aquella revelación le hizo sentir más fuerte que nunca; sus amigos, habían preparado los cimientos de lo que podría ser su nuevo comienzo.
"Estaré en Konoha hasta pasado mañana al amanecer esperando tu respuesta" continuó el Kazekage y le entregó un pequeño papel.
Cerró sus ojos, intentando calmar el nudo en la garganta que amenazaba con hacerla llorar y que esta vez no era de tristeza, sino de una inmensa gratitud que la hacía sentir pequeña, y algo avergonzada, al no saber como reaccionar ni como responder ante lo que habían hecho por ella.
Inhaló.
Exhaló.
Calmó su corazón y, con cuidado, sacó aquel papel que Gaara le había entregado y que ella guardó cuidadosamente en su bolsillo, y lo leyó.
Era la carta de aceptación de cambio de ciudad. Era el documento que le daba ciudadanía en Suna; su traslado.
Sólo tenía que firmar.
Sólo tenía que tomar un lápiz, colocar su firma y comenzar.
Dudó.
Todos los cambios, las decisiones tienen consecuencias que ella debería enfrentar; no iba a ser fácil dejar su aldea, sus amigos.
El sonido del horno, anunciando que su preparación estaba lista, sonó trayéndola de vuelta a la realidad.
Guardó rápidamente el documento en su bolsillo y caminó de regreso a la cocina. Revisó, con cuidado, la cocción del pan y sacó la bandeja al comprobar que ya estaba todo listo, y al momento en que lo hacía, el cerrojo de la puerta principal sonó indicando que estaban colocando las llaves para ingresar.
Dejó los guantes de cocina en el mesón, y aceleró el paso hacia el recibidor para encontrarse con Sasuke, que recién ingresaba.
Recibirlo, tratar de mantener su hogar en funcionamiento, era lo mínimo que podía hacer por él que le estaba dando un lugar donde estar.
El olor a pan recién horneado llegó a su nariz apenas abrió la puerta; el aire tibio y liviano de un ambiente que había sido ventilado y luego calefaccionado, le brindó una extraña calidez; y una pequeña figura que se asomó por el pasillo y se acercó, le dieron la bienvenida.
Ella intentó sonreír, con esa suavidad que le caracterizaba, tratando de mostrarse fuerte a pesar de su situación. Sin embargo, en esa timida sonrisa había algo más, algo que no estaba en la mañana y que él pudo notar. Pero que no se atrevió a preguntar.
—Bienvenido—saludó ella, todavía con el delantal de cocina—, Sasuke.
Asintió, con un leve movimiento de cabeza, y luego le ayudó a sacarse la chaqueta y colgarla en el recibidor.
Estiró su brazo, con la cajita con los rollos de canela que había comprado y ella lo miró sin entender.
—Traje rollos de canela para la cena— indicó, como si quisiera restarle importancia.
Ella sonrió nuevamente y un pequeño brillo en sus ojos apareció al tomar el paquete.
—Vamos, ya tengo todo listo— le respondió—, te estaba esperando.
Se sentaron con tranquilidad a la mesa que estaba preparada, y mientras ella le preguntaba por su día, sirvió el té.
—Patrullaje de rutina, nada fuera de lo normal –– respondió, sin darle mayor importancia––¿y tú? ¿Fuiste a ver al Hokage?
Por un momento, sus ojos se volvieron una salvaje tormenta, un remolino de emociones que quemaban con impotencia, pero que supo controlar. Porque ella sabía que esa pregunta llegaría, que debía enfrentar esa nueva realidad, y quería que fuera de la forma más digna posible.
Había llorado suficiente.
Así que desvió su mirada a la tasa de té, como si estuviera buscando fuerzas que ya no tenía para decir lo que debía que contar de la manera más calmada posible.
––Ya no soy ninja–– respondió con calma, y agregó, antes de que él pudiera decir algo más––, pero encontré un trabajo de mesera. Comienzo mañana.
Porque, independiente de lo que decidiera con la propuesta de Gaara, por el momento, debía generar algo de dinero.
Se tensó de sólo escucharla y su puño se apretó conteniendo la rabia que sintió. Él sabía lo mucho que se había esforzado en su carrera, Naruto y Sakura se lo habían contado, y él mismo lo había presenciado durante esos dos años que llevaban siendo cercanos.
No era justo.
Joder, no era necesario que continuaran quitándole más cuando ella lo había entregado todo.
¿Por qué?
¡Por qué!
Y al momento en que su rabia se encendía, que el huracán tomaba fuerza en su interior para volverse incontrolable, una tibia mano se posó sobre su tenso puño con suavidad.
Hinata.
Ella lo había notado, se había dado cuenta de lo que explotaba en su interior y actuó, derritiéndolo todo.
Porque no, no quería luchar más y a la vez, se sentía agradecida de que él expresara sin palabras lo que ella ya no quería sentir.
—Está bien— le dijo—, sólo tengo que volver a comenzar.
Llevó sus ojos hacia los de ella, buscando una mentira, buscando encontrar algún indicio de que otra vez estaba guardando su problemas, pero no. Hinata estaba aceptando su realidad sin resignación; estaba liberando sus cargas para comenzar denuevo.
Cerró sus ojos, mientras soltaba un tímido suspiro y asintió.
Más que cualquier otra cosa que él pudiera desear, apoyarla debía estar primero.
La cena continuó con tranquilidad y antes de irse a cambiar por su pijama, le entregó el paquete que Hanabi le había enviado.
Hinata se sentó en el sillón, aprovechando la privacidad que Sasuke le había entregado al irse al dormitorio a cambiarse, y abrió el paquete encontrando algo de dinero, una foto donde estaba ella, su hermana y Neji, la foto de su equipo y una pequeña cadena de plata con una flor como pendiente.
El pendiente no tenía ninguna inscripción, tampoco había alguna carta, pero ella conocía tan bien a su hermana que no necesitó nada de eso para saber que esta era la manera de Hanabi para demostrarle que siempre estaría en su corazón.
Y ella no necesitaba nada más.
La noche avanzó lento, con una fría brisa que recorría las calles solitarias de la aldea y que, poco a poco, se inundaron con tímidos rayos de luz del amanecer.
Saludó, alegremente a los guardias que cuidaban la entrada al hospital, a esa hora de la mañana, y caminó por los largos y blancos pasillos hacia la oficina de su compañera para que le revisara algunas heridas que había obtenido en su misión.
Escuchó como su estómago rugía del hambre y, por un momento, miró con sus brillantes ojos azules a través de la ventana, hacia la aldea que tanto quería. Habían sido dos largas semanas fuera; semanas que le habían servido para tomar su decisión.
Él y Hinata, necesitaban conversar una vez más, no podían terminar así. No podía dejarla sin intentarlo; no podía perderla sin luchar.
—Naruto.
Observó como Sakura se levantaba rápidamente al verlo ingresar, con una expresión de preocupación que lo desconcertó, porque ella muy pocas veces se mostraba así.
—Sakura ¿qué sucede…?
Ella, sin perder tiempo, se acercó y habló tan rápido y atropellado, que casi no le entendió.
—Hinata—le dijo—… debes saber lo que ocurrió.
Y las palabras brotaron como un río sin control de los labios de Sakura; torrentoso, oscuro, espeso. Con una corriente irregular, violenta, que lo ahogaba con cada nueva información que recibía, que lo atrapaba en remolinos feroces que no le daban espacio para respirar.
"La sellaron" escuchó, casi sin poder creerlo.
"La exiliaron"
"Está muy mal herida"
Cada detalle que recibía, con cada susurro exaltado y doloroso que su amiga soltaba, el mundo, parecía dejar de girar.
Hinata había estado sufriendo, todo ese tiempo y él no lo sabía. Él no había estado a su lado.
Había fallado, le había fallado.
Y ella jamás le había fallado a él.
Corrió, sin ser capaz de escuchar algo más de lo que su amiga le decía.
Se deslizó ágil, como si no llevara dos largas semanas sin descansar; veloz, como si su cuerpo no estuviera herido y maltratado por la misión.
No sabía que le podía decir, no tenía claro como la iba a enfrentar, solo entendía que debía verla.
Alcanzarla.
La primera parada fue su departamento, aquel bonito y elegante condominio de edificios donde ella tenía su hogar; ese lugar que él acostumbraba a visitar.
Subió las escaleras con rapidez, esquivando algunos residentes en el camino y con su mente completamente enfocada en encontrarla.
No había nada más.
Giró, en la última esquina de ese pasillo blanco cálido del piso 10 y nada más al llegar al final, en la puerta de la izquierda, un cartel blanco de letras negras anunciaba que se encontraba disponible para arriendo.
Ella no estaba ahí.
¿Dónde?
No dudó, sólo retrocedió un par de pasos, frunció el ceño y volvió a esa carrera interminable; había un par de otros lugares donde podía buscar.
Y él no tenía planeado detenerse hasta encontrarla.
––Hanabi me envió dinero––le comentó Hinata a Sasuke mientras comía un trozo de un rollo de canela que Sasuke había traído la noche anterior––, después del trabajo, buscaré un lugar para mi.
Antes de que él pudiera decir algo más, un fuerte dolor de cabeza lo atacó de forma más o menos inesperada. Esos dolores recurrentes, debido a las pesadillas que siempre lo acompañaban, el uso de su técnica ocular y el estado de alerta constante que le impedían descansar.
Disimuló la mueca de dolor que se le escapó, para intentar continuar con la conversación, pero ella fue más rápida y se levantó de su asiento para inclinarse cerca de él con preocupación.
––Es dolor de cabeza––le dijo––¿cierto?
––¿Cómo lo sabes?––respondió asintiendo.
Ella sonrió, recordando todas esas veces en que vio esa misma expresión cuando se presentaba en su departamento y que intentaba disimular. En ese entonces, no se sentía lo suficientemente cercana como para ofrecerle su ayuda, pero ahora, después de todo lo que habían pasado, consideró que al menos, esto era algo que ella podía hacer por él.
––Sólo lo sé––respondió divertida.
Él la miró, permitiéndose envolver por esa suave sonrisa juguetona que volvía a aparecer después de tanto tiempo y asintió sin sentirse con ánimos de cuestionar.
Hinata, notando que él se relajaba un poco al saberse descubierto, aprovechó para tocar su brazo llamando su atención.
––Si tienes tiempo––comenzó, un poco tímida––, puedo intentar ayudarte con eso.
Sin siquiera dudar un segundo, asintió; porque más allá de que Hinata fuera capaz de hacer algo al respecto, era el hecho de que ella se estaba atreviendo a acercarse a él.
Era que ella ya no estaba marcando tanto las distancias.
Se dejó guiar al sillón y se recostó de espaldas, tal y como se lo había indicado, mientras Hinata se sentaba en la esquina, al lado de su cabeza. Y desde ahí, luego de que ella desactivara su técnica ocular con la que examinó su nuca, sus miradas se encontraron…
Conectaron, como si fuera la primera vez que se veían.
Aquellos ojos que, últimamente, se encontraban perdidos en la tormenta desenfrenada que los azotaba, se hundieron en esos profundos y poderosos ojos que la observaban como si la estuvieran esperando.
Que la veían como si la estuvieran llamando.
Que la miraban con una extraña intensidad que parecía que querían gritar cosas que ella no lograba escuchar.
Ella estaba ahí, sintiendo como esa mirada la envolvía en un suave oleaje que la mecía con tranquilidad, notando que se reflejaba completamente en esos ojos que no veían nada más. Como si fuera importante, como si ese momento fuera único.
Tal vez, ésta, era realmente la primera vez que se encontraban, a pesar de que ya se conocían.
Quizás, ésta, era la primera vez que realmente lo veía.
O a lo mejor, ahora que Naruto ya no cegaba su corazón, podía ver lo que las demás siempre había notado: Sasuke era condenadamente atrayente.
Sí, eso tenía que ser.
––Pu-puedes cerrar tus ojos––dijo, intentando ocultar el nerviosismo que de pronto se había apoderado de ella.
Sasuke, que había notado como Hinata lo había, de alguna forma, observado distinto cerró sus ojos intentando calmar su propio corazón.
Ilusionarse sería fácil, creer que ella podría mirarlo de la noche a la mañana era infantil; Hinata, probablemente, seguía amando al Uzumaki.
El corazón de la Hyuga se liberaría con el tiempo; no todavía.
Aun cuando sólo quería que ella, al menos, fuera consciente de él.
Agradeció, en silencio, que Sasuke hubiese cerrado los ojos y así lograr cortar ese hipnotizante contacto, permitiéndole recuperar la compostura y comenzar.
Lento y suave, sus delgados dedos recorrieron su nuca con pequeños y cuidadosos toques que se sintieron como caricias cálidas que liberaban las tensiones.
Una agradable sensación comenzó a recorrerlo mientras sentía como el dolor de cabeza cedía, y daba paso a una relajación que hace mucho tiempo había dejado de sentir.
Que, quizás, jamás había experimentado.
Y ahí, mientras esas tibias y delicadas manos lo trataban con una dulzura que no conocía, sin mayor intensión que sólo ayudarlo, supo que su presencia era lo único que necesitaba.
Si ella le llegaba a corresponder o no, sería una decisión que Hinata debería tomar cuando estuviera preparada, pero para ello, él debía demostrarle que podía ser una opción.
Aun cuando significara enfrentarse a ella sin ningún escudo que protegiera su corazón.
A pesar de que ésta era la primera vez que se sentía tan asustado de avanzar en un terreno totalmente desconocido.
Porque sabía, que si se trataba de ella, los miedos, los temores podían quedar atrás; Hinata jamás lo iba a lastimar.
Así que, no iba a reprimir sus sentimientos mientras ella estuviera dispuesta a escuchar. No iba a dar ningún paso atrás, si ella le permitía avanzar.
Por eso, abrió sus ojos, mientras ella masajeaba su frente, y la miró una vez más.
Hablar con sinceridad era la única forma de llegar su corazón; aun cuando todavía no pudiera revelar todo.
—Me gusta—comenzó— vivir contigo.
Los ojos de ella, que estaban enfocados en su labor y no habían reparado en que él volvía a observarla, lo miraron con sorpresa. Y él lo notó.
––Regresar sabiendo que tú estás aquí ––continuó, con un poco más de seguridad, mientras elevaba su mano y alcanzaba un poco de su cabello que caía a su lado—, que no estoy solo…
Sonrió, como muy pocas veces lo hacía, mientras el cabello de Hinata se resbalaba de su mano, sorprendiéndola aún más.
—Quédate, podemos buscar un lugar más grande para vivir y acompañarnos.
Su corazón, que en aquellas últimas semanas parecía haberse detenido, que se encontraba perdido, roto y olvidado, apareció latiendo con una fuerza inesperada ante aquella confesión.
No era la primera vez que se lo decía; no era la primera vez en que le pedía que se quedara, sin embargo, ésta, era la primera vez que esas palabras removían algo más fuerte y profundo en su interior.
No se lo pedía por ella, no era por su situación; era por él.
Sasuke necesitaba su compañía.
Y aun cuando sus ojos parecían querer gritar algo más que esas simples palabras, aun cuando su corazón le decía que estaba demasiado cansado como para confiar, ella sabía que él no mentía.
Aquel Sasuke frío, distante, con el que ella nada tenía que ver, había quedado hace mucho tiempo atrás.
Ellos habían formado un vinculo; ellos ya tenían un lazo que los unía de una forma distinta a la que tenía con Shino y Kiba. Y que nació de todas aquellas veces en que él llegó sin falta a verla o buscarla después de cada misión; que creció cada vez que él se quedó un poco más de tiempo cuando Naruto faltó; que maduró cada vez que se acercó a acompañarla cuando se encontraba sola en juntas o paseos; y que comenzó a transformarse en algo distinto, profundo y diferente en estas últimas semanas, cuando él decidió involucrarse a pesar de que nada ya los unía.
Ese era Sasuke, que se mostraba en sus acciones más que con las palabras, que hablaba cuando lo creía necesario y que no abría su corazón con cualquiera.
No podía negarse a algo así; no cuando sabía lo difícil que era para él decir lo que sentía. Menos, cuando era a ella a quien se lo pedía.
Algo desconocido dentro de ella susurró que no debía dejarlo pasar.
Sus dudas con respecto a irse con Gaara a Suna ya tenían una respuesta.
Y asintió.
Desde la lejanía, su suave y tímido susurro llevó su nombre en el viento, alcanzándola por primera vez.
El sol avanzó, lento y cada vez con un poco más de fuerzas iluminó las calles de la aldea con su tibio de calor de la mañana, que ya se encontraba cercana al medio día.
––Así que ya lo sabes––le dijo Shino, mientras se cruzaba de brazos y mantenía su semblante serio.
Naruto, que había ido a buscarlo a su clan para tener noticias de Hinata, asintió, frunciendo el ceño.
––¿Dónde está?––preguntó sin rodeos––fui a su departamento y ya no vive ahí
El Aburame se mostró incómodo con la pregunta y, por un momento, sus manos se tensaron conteniendo la rabia que la situación todavía le causaba.
––Es mejor si no te involucras––respondió––, ya no es tu problema.
Y como si fuera viento al fuego, esa llama que había ido creciendo desde que se enteró de lo que sucedió, explotó.
Ardió en una frustración que casi no podía contener.
No se trataba de involucrarse o no; de si era su problema o no. Hinata era su corazón.
Ella era quién siempre había estado a su lado, de su lado, levantándolo cuando ya no tenía fuerzas para continuar.
––¡Ella es…
Pero aquella frase jamás llegó a expresar lo que intentaba decir, en esos segundos confusos que siguieron y que revolvieron todo a su alrededor.
Kiba había aparecido en ese momento para golpearlo con toda su fuerza y Shino reaccionó a tiempo para bloquear el ataque, empujando a Naruto hacia atrás, antes de concretar.
––¡Apartate Shino!––siseo con rabia, mientras mantenía su puño en la misma posición en la que su amigo lo había bloqueado y forcejeaba––¡Tú sabes que lo merece!¡Tú sabes que es su culpa!
Los poco comunes ojos azules del Uzumaki se abrieron con terror al escucharlo, al comprender que lo que le pasó a Hinata podía ser su responsabilidad. Kiba podía ser impulsivo, pero jamás actuaba sin una razón que lo justificara.
Asustado, aún más desesperado, dio un paso hacia Shino para que Kiba le dijera un poco más.
––Hinata no lo culpa––respondió Shino, sin perder su semblante serio ni su posición protegiéndolo––, ella no lo quiere involucrar en nada de esto. Debemos respetar su decisión.
Le dio un empujón a Kiba, haciéndolo retroceder y antes de que Naruto lograra acercarse y preguntar algo más, se giró hacia él para terminar la conversación.
––Es mejor que te vayas––dijo Shino––, esto ya no es algo que te incumba.
Quiso replicar, quedarse ahí y obtener toda la verdad, pero conociendo a los chicos, supo que ninguno de los dos iba a decir algo más. Así que si con ellos ya no iba a obtener información, sólo había un solo lugar más al que podía acudir: el clan. Ella debía estar ahí.
El tiempo siguió su curso; los minutos, las horas, continuaron avanzando en esa tibia tarde. Lento, o quizás rápido, el sol siguió su camino en el cielo hasta teñirlo de un suave rojizo que estallaba en colores violetas y anaranjados entre las nubes que aún se resistían a terminar el invierno. Y el viento, frío, se levantó como si se estuviera despidiendo en un último recorrido de ese ciclo que terminaba, azotando, en una traviesa pero suave brisa, ese largo y negro cabello haciéndolo danzar.
Un escalofrío la recorrió, al sentir como se le congelaban los brazos, e instintivamente apretó con un poco más de fuerza la escoba con la que se encontraba barriendo la entrada de la cafetería donde trabajaba, y que comenzaba a cerrar sus puertas.
Con una agradable sonrisa, se giró para despedir a unos clientes que se marchaban, y cuando se volvía hacia la puerta, para volver a ingresar al local una presencia conocida, e inesperada, la alertó.
––Hinata.
No lo esperaba, no creyó que se encontraría con él aquí. Sin embargo, sabía que en algún momento debería volver a verlo y conversar.
––Gaara––respondió, volviéndose hacia él y saludándolo con cortesía, como siempre lo hacía––, buenas tardes.
Notó como la mirada de él fue desde ella hacia la cafetería con curiosidad para luego regresar, como si estuviera tratando de entender que era lo que hacía en ese lugar.
––¿Estás trabajando acá?
Ella lo miró, sintiéndose de pronto apenada por la situación mas no avergonzada del trabajo, sino de no saber como responder de la manera más correcta que no iría con él a Suna. Ella tenía claro lo difícil que debía haber sido prepararlo todo.
Pero así como él siempre había sido honesto y directo con ella, pensó que también ella debería ser así con él.
Inhaló, segura y a la vez totalmente insegura de lo que iba a hacer, y se inclinó en una media reverencia.
Porque aun cuando irse con él y comenzar de cero, aceptar su ayuda, se sentía como una gran oportunidad, había alguien que la necesitaba acá.
––Agradezco enormemente tu oportunidad, pero no puedo irme contigo a Suna.
Él, en completo silencio, la observó un momento sin alterarse por la respuesta, como si de alguna forma, hubiese esperado un desenlace así.
––No tiene que ser ahora––respondió Gaara con tranquilidad.
Se enderezó con sorpresa y volvió su mirada hacia él, mientras el Kazekage avanzaba hacia ella con decisión.
––No es una decisión fácil––continuó––, dejarlo todo para comenzar en otro lugar.
Se detuvo, a poco menos de un metro, traspasando la distancia prudente que ambos siempre conservaban con el mundo, y su voz, calmada e inmutable, bajó hasta volverse un susurro suave. Como si se tratara de un secreto entre los dos.
––Pero ahora sabes, que tienes un hogar en Suna, para hacer tuyo cuando te sientas preparada––le dijo y agregó––. Vine a informarte que debo adelantar mi retorno a hoy en la noche, por si cambias de parecer.
Y ahí, en medio de ese atardecer que caía y se perdía en la noche que al fin llegaba, un tercero escuchó esa extraña conversación.
