Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.

Advertencias: Relación ChicoxChico. Angst. Hurt/Comfort. Time Travel: Regression. Era de los Merodeadores

Pareja: Sirius Black/Remus Lupin (Wolfstar). Y más adelante una relación poliamorosa bcs yes con James/Lily/Regulus

Nota de la autora: Lamento la demora, mi abuela falleció y después me deprimí y bueno...

En fin, acá traigo un nuevo capítulo. Muchas gracias por leer, espero les guste!


Capítulo 8: El heredero de los Black

Un jadeo se le escapó a Sirius cuando sintió que el aire se escapaba de sus pulmones y caía de golpe en el suelo.

—Vaya, primito, parece que te criaste con gatitos —canturreó Bellatrix.

—Vete a la mierda —murmuró el Gryffindor.

—No tengo todo el día, le estoy haciendo un favor a la tía Walburga, pero no servirá de nada si no pones de tu parte.

Sirius se levantó lentamente, sus músculos se resintieron ante el movimiento. Estaba ocupado poniéndose de pie cuando Bellatrix volvió a atacarlo, dejándolo tirado de nuevo.

La risa enloquecida y un tanto histérica de la bruja junto al hecho de haber estado recibiendo una serie de hechizos de su parte revivieron el trauma de su muerte. No había sido tan terrible como cuando vio a James desangrarse, pero sí lo había mantenido aturdido todas las veces que la enfrentaba. Lo suficiente como para seguir observando el techo incluso cuando Bellatrix le había dado tiempo para volver a ponerse en guardia. La mente era una mierda muy jodida.

—Un buen heredero debe saber todos estos hechizos, pequeño Sirius. Saberlos y contrarrestarlos.

La lección con la bruja loca duró una hora más.

De toda la agenda de su día, estar con Bellatrix era lo mejor que tenía. Eso demostraba lo muy horrible que eran las otras clases. En las comidas tenía las lecciones de etiqueta y en las tardes de historia y política, todo bajo el mando de su madre. Sirius nunca había pensado que estaría feliz de ver a la psicópata que lo había asesinado, pero así era.

—¡KREACHER! ¡TU AMO YA NO PUEDE MÁS! —Bella tenía una sonrisa psicópata—. Mañana volveré, primito.

—Vete a la mierda —volvió a murmurar.

—¡También te quiero!

La bruja se retiró y el elfo de inmediato entró a atenderlo. Desde que había sacado a Regulus de la mansión, Kreacher había cambiado por completo su actitud hacia él. Era mucho más servicial y siempre estaba agradeciéndole. Sirius nunca había sospechado que el amor que el elfo sentía hacia el menor de la familia fuera mayor que el respeto que tenía a Walburga.

Increíblemente, en aquel horrible verano, Kreacher era el único rayo de sol. Así que definitivamente habían sido unas vacaciones de mierda.


Sirius solo tuvo que fingir en el andén hasta entrar al tren. Apenas estuvo fuera de la vista de Walburga entró corriendo y se puso a revisar todos y cada uno de los compartimentos en busca de sus amigos.

Al primero que vio fue a Regulus, que miraba nervioso por la ventana.

—Reggie —dijo jadeante.

—¡Sirius!

El niño se levantó y fue hasta su hermano mayor para abrazarlo con fuerza. Casi de inmediato comenzó a palmearlo, por si encontraba nuevas heridas. Sirius sonrió, intentando tranquilizarlo, aunque era obvio por su rostro que no la había pasado bien.

—¡Eres un imbécil! ¡Me abandonaste! ¡Ni siquiera me cae bien Potter! —Regulus señaló uno de los puestos donde estaba sentado James—. ¡Por estas cosas sé por qué te seleccionaron a Gryffindor! ¡Solo un cabeza hueca haría algo tan estúpido!

—¡Hey! ¡Sirius es estúpido por ser Sirius! ¡No me metas! —se quejó James.

El animago observó a su mejor amigo y a su hermano discutir. Al parecer se habían unido esas semanas que habían convivido juntos. Un sentimiento de celos comenzó a devorar a Sirius y el joven se tuvo que recordar por qué había hecho aquello.

—¡Sirius!

Una cuarta persona entró en el compartimiento y se tiró a los brazos del animago. Sirius tuvo un par de dificultades para no caer por el peso de Remus, pero logró corresponder al gesto sin terminar en el suelo.

—¡James me mandó una carta súper preocupante! ¡Y no contestaste ninguna de las mías!

—Lo siento…

Se acomodaron en los asientos y Sirius se alegró de que Peter no apareciera por ningún lado. Era extraño que en su lugar estuviera Regulus, pero era una mejora notoria.

Antes de que pudiera hablar y explicar lo que había ocurrido en el verano, dos personas más entraron.

—¡Ah! ¡Disculpen! Pensamos que Regulus estaría solo —Cruch soltó apenas abrió la puerta—. Pero no les molesta que estemos, ¿verdad?

El Slytherin se sentó al lado de la otra serpiente y le entregó una gran sonrisa a todos. James soltó un pequeño suspiro y negó con la cabeza, pero parecía que ya se venía ver aquello. Remus, por otro lado, se acercó más a Sirius para darle espacio a Pandora Malfoy.

—Lamento que hayas tenido que irte de tu casa por mi culpa, Reg —dijo la chica.

—No fue tu culpa, Pan —respondió el niño.

—¡Fue culpa de ambos! —zanjó Sirius—. Si sabías que a Walburga no le gustaba esa niña no debiste andar con ella.

—No eres el mejor ejemplo para decirme que mis amistades están mal —hizo ver el menor.

Ambos hermanos se quedaron viendo fijo y James se tuvo que cruzar para detener aquella batalla de miradas. Soltó una broma que a nadie le causó gracia y luego se hundió en su asiento, haciendo muecas. Sirius se obligó a concentrarse en otra cosa y no descargar su frustración en su hermano.

—¿Pueden darnos contexto a los que no tenemos ni idea de lo que está pasando? —preguntó Remus.

—Sí, sería bueno saber qué tanto sacrificaste, Sirius —secundó el de gafas—. ¡Pude haberte detenido! ¡No sabes lo culpable que me sentí cuando leí tu carta!

El animago se frotó las sienes y trató de organizar sus pensamientos para poder decir una historia que no fuera demasiado preocupante.

Dumbledore no se había comunicado con él hasta que la lechuza de Hogwarts le había llegado y lo único que le había escrito era que siguiera como hasta ahora y que una vez las clases iniciaran hablarían sobre qué hacer.

—A mi madre le dio un brote psicótico, luego se le pasó, pero no podía dejar a Regulus allí para que ella hiciera algo.

—¿Brote psicótico? —cuestionó Remus.

—Mientes —interrumpió la pequeña serpiente—. Planeabas escapar desde hace meses, si no fuera porque madre me descubrió con Pandora, te habrías ido solo.

La culpa volvió a subir desde el estómago de Sirius. Sabía que era cierto, sabía que de no haber visto a su hermano herido por haber detenido un castigo que era suyo, lo habría dejado atrás. El animago bajó la cabeza y observó sus manos.

—Sirius —susurró Remus, apoyando la diestra sobre su pierna.

—Eso no quita que Walburga perdió el juicio y se las agarró contigo, Regulus —respondió al fin—. Ella te habría destrozado y no estabas preparado para su castigo.

—¿Y tú sí?

El compartimiento quedó en silencio. Se podía escuchar risas y charlas desde el pasillo. Sirius se obligó a mantener la mirada de su hermano. Luego de unos segundos, Regulus bajó la cabeza, incapaz de continuar aquella batalla.

—¿Estás bien, Sirius? ¿Qué te hizo? —preguntó el niño.

—Estoy bien, no te preocupes. Llegué a un acuerdo con ella, debo comportarme los próximos dos años y no avergonzar a la familia —Sirius se encogió de hombros—. Al final siempre quiso eso, así que no es tan terrible.

—¿Me va a repudiar? —el temor era claro en su tono.

Sirius recordaba que luego de su huída en la línea original se había sentido liberado. No se preocupó del oro, porque su tío le dejó una pequeña fortuna, y se alegró de que su madre cortara los lazos. Para Regulus debía ser diferente, estando en Slytherin lo iban a destrozar sin una familia que lo respaldara.

—No, ¿cómo crees? Walburga nunca haría algo así —mintió—. Andromeda se casó con un nacido de muggles, tú solo huiste de casa. Ella no te repudiaría por algo así.

Regulus asintió y soltó un pequeño suspiro de alivio. Sirius sabía que no era necesario contarle los detalles de su negociación con aquella bruja. Nadie pareció sospechar de sus palabras, principalmente porque era una acción muy radical el repudiar a alguien públicamente.

—Entonces… —comenzó Remus—. ¿Vas a decirme qué pasó?

—Todo partió con la loca niña Malfoy… —comenzó Sirius, ganándose una patada de su hermano y una sonrisa divertida de la chica.


Lo que Sirius no había pensado era que James lo conocía muy bien y era, además, integrante de una prestigiosa familia sangre pura.

—¿Aceptaste ser el heredero de tu familia? —cuestionó el de gafas una vez estuvieron solos en los dormitorios.

—Siempre lo fui, James.

—No, no me vengas con ese cuento. Los Black no tenían un heredero decidido —el chico lo señaló con un dedo acusador—. Llegó una tarjeta a mi casa, tu familia te presentó como el próximo señor Black.

Sirius rodó los ojos y se dejó caer sobre su cama. Había aguantado todo el viaje, pero aún tenía heridas que dolían, tanto de las horribles sesiones con Bellatrix como de las advertencias de su madre.

—¿Qué más da? Sabía que este día llegaría.

—Sirius…

—Prongs —lo detuvo el joven, volviendo a sentarse—. Estoy bien, ¿si? Era Regulus el que estaba en peligro, no yo. ¿O crees que haría algo abnegado? Nunca me sacrificaría a mí mismo, no tengo madera de héroe.

James cerró la boca, soltó un suspiro, pasó los dedos de la diestra por entre sus cabellos y se sentó en su propia cama. Sirius entendía su confusión, imaginaba que Regulus había dicho más de lo que debía. Tenía que jugar con su propia reputación para calmar a su mejor amigo, todos sabían que Sirius Black era un joven egoísta y narcisista.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó James.

—No lo sé —Sirius suspiró y se volvió a recostar—. Hasta que Regulus cumpla los 17 hay que mantenerlo a salvo, luego podré hacer lo que quiera. Gracias por aceptarlo, James.

—Habrías hecho lo mismo si yo tuviera un hermano y necesitara que alguien le diera asilo —respondió divertido James—. Me habría gustado poder ayudarte también.

Sirius no respondió. Aunque James nunca lo supiera, ya lo había ayudado bastante en su primera vida. Nunca podría pagarle todo lo que había hecho por él y ahora obtenía una nueva deuda. James no se tomó mal el silencio y solo se levantó para ir al baño a prepararse para dormir.

El animago se quedó quieto por varias horas, recostado sobre su cama y observando el techo. Los otros chicos ya habían apagado sus luces y el silencio reinaba en el lugar. Sirius solo había tenido que fingir que se había quedado dormido para que nadie lo molestara.

—¿Sirius? ¿Estás despierto? —susurró Remus.

El licántropo se coló entre el dosel y se sentó sobre el colchón, observando al joven que seguía recostado. Luego de notar que el animago tenía los ojos abiertos, sacó las colchas, se acomodó al lado de Sirius y cubrió a ambos. Su mano buscó la del animago y en cuanto la encontró, entrelazó sus dedos.

—Sabes que siempre estaré para ti, ¿verdad? Sin importar si te vuelves un fugitivo o el próximo señor Black.

Sirius se giró y lo apresó en un fuerte abrazo, Remus jadeó sorprendido y se movió lo suficiente para acomodarse. Sus manos subieron al rostro del animago y acarició con suavidad sus mejillas.

—No sé qué haré… —murmuró Sirius—. No sé cómo voy a aguantar, Moony.

—Solo debes ser tú —susurró Remus, acercando su rostro al animago para besar las lágrimas que derramaba.

—Pero no puedo ser yo y ser lo que mi familia quiere que sea —sollozó el joven.

—Entonces vuélvete el heredero perfecto y cuando estés conmigo, podrás volver a ser Sirius. Piensa que es solo hasta que tu hermano cumpla la mayoría de edad.

Remus envolvió al contrario con ambos brazos y lo dejó desahogarse, susurrando palabras de ánimos. Sirius escondió su rostro en su pecho y se aferró a la camiseta que le servía de pijama, dejando salir todo el estrés y el miedo que había acumulado desde que había vuelto al pasado.

Se quedó dormido en esa posición, aún sin encontrar una respuesta para sus dudas.


—¿Cuál es el valor de un Black que no es un Black? —se mofó Evan Rosier.

Sus amigos, entre los que estaba Snape, se rieron por la pregunta. Regulus, víctima del acoso, apretó con fuerza los puños y elevó el mentón.

—¿Aún te queda orgullo, Black? Sin honor, sin familia, sin contactos… —el Slytherin rodeó al menor mientras hablaba para luego detenerse frente a él y clavarle el índice en el pecho—. No eres nadie.

—Vuelve a tocarlo y te rompo la mano, Rosier —amenazó Sirius.

Era la quinta vez en la semana que encontraba a Regulus en un aprieto. Sirius había empezado a seguirlo a través del mapa para asegurarse que estuviera bien, gruñendo a cualquiera que mirara feo a su hermanito, pero aún había tipos que creían podían meterse con él. Entonces Sirius se veía obligado a intervenir.

—¿Se supone que debería tener miedo? —se burló Rosier.

—Deberías, hace tiempo que sueño con romperte la nariz.

Rosier miró a sus amigos, riendo. Su séquito lo secundó. Era claro que no estaban tomando en serio a Sirius. Ni siquiera Snape. No, especialmente Snape. Sirius tuvo que sacarle los ojos de encima para no soltar sobre su yugular.

—¿Qué puedes hacer? La familia Black ha caído muy bajo si tú eres el próximo sucesor —Rosier sonrió, enseñando los dientes—. Al menos tu hermano tenía modales y…

Sirius no lo dejó continuar.

Le dio un fuerte puñetazo que lo hizo caer y luego se subió a horcajadas sobre él para someterlo y así continuar golpeándole el rostro. Estaba furioso. No por el insulto a su familia o a su persona. Estaba furioso porque recordaba al mortífago en el que se convertiría, el que al final sería asesinado por Moody.

—¡Sirius! ¡Detente! —Regulus trató de tomarle del brazo, pero su esfuerzo fue inútil—. ¡Basta!

Había algo placentero en destrozarle la cara a una serpiente. Sirius se sentía poderoso repartiendo golpes, ignorando el dolor en sus nudillos o el alboroto a su alrededor. Varias personas habían intentando apartarlo, pero el animago se mantenía firme en su tarea.

¡Expelliarmus!

El hechizo golpeó el costado de Sirius y terminó volando un par de metros antes de caer al suelo. No era tan doloroso como las sesiones con Bellatrix, pero había sido suficiente para sacarlo de su euforia y traerlo de vuelta a la realidad.

—¿¡Qué crees que hacías, Black!?

El animago observó al mago que lo había detenido. Frank Longbottom lo miraba enojado, todavía con la varita apuntándole. Al parecer había sido el único en usar el cerebro y decidido parar todo con magia.

—¡Estás enfermo! —gritó Longbottom, acercándose.

Sirius frunció el ceño y observó a Rosier ser asistido por sus amigos serpientes. En unos años esos tipos iban a arruinar la vida del Gryffindor, lo torturarían hasta volverlo loco. ¡Y Longbottom los defendía! La ironía de las ironías.

—¡No creas que por ser un Black puedes salirte con la tuya! —continuó el chico.

—¿Qué? —el animago lo observó confundido.

—Sabemos que eres el heredero, mi familia sigue siendo importante, aunque no seamos tan ricos como tú —respondió enfadado el Gryffindor—. Eso no te da derecho para hacer lo que quieras.

Decir que estaba sorprendido era quedarse corto. Sirius no entendió el razonamiento de su compañero de casa. ¿Qué relación tenía su familia con que hubiese golpeado a Rosier?

—Cállate, Longbottom —defendió Regulus—. No sabes qué está pasando.

Sirius aceptó la ayuda de su hermanito para ponerse de pie, aún sin comprender qué estaba ocurriendo. Los futuros mortífagos habían decidido huir, echándole miradas de odio a los hermanos Black antes de desaparecer rumbo a la enfermería.

—Le diré a la profesora McGonagall sobre tu comportamiento —advirtió Longbottom.

—¿¡Puedes dejar de fastidiar!? —Regulus sacó su varita y apuntó al otro—. No te dejaré hacer las cosas más difíciles para Sirius.

—¿Y cómo piensas detenerme, Black? —la postura de Frank demostraba que no tenía miedo del niño—. ¿Me vas a hechizar?

—¡Hey! ¡Hey! ¡Debemos calmarnos! —interrumpió una cuarta voz.

James se interpuso entre los dos chicos, dándole la espalda a Regulus. Una de sus manos estaba levantada para intentar detener a Longbottom mientras que la otra sujetaba con fuerza la muñeca del Slytherin, impidiéndole mover la varita.

—Estoy seguro que podemos aclarar este asunto —continuó el de gafas.

—Sé que es tu amigo, James, pero no puedes tapar el sol con un dedo.

—Por favor, Frank, solo piensa que alguien esté molestando a alguien que te importe, ¿no te meterías?

—Sí, pero no lo atacaría.

Longbottom observó enojado a Sirius, que había decidido quedarse en silencio a unos metros. Todavía sin entender por qué estaba siendo tratado de forma tan agresiva.

—Entiendo, Sirius se pasó de la raya… Pero tú también entiende, él está bajo mucha presión. Es Sirius, nunca ha sido bueno con las responsabilidades, lo sabemos, ¿no? —siguió hablando James.

El otro Gryffindor frunció el ceño y pasó su mirada entre los dos Black para luego concentrarse en James. El de gafas tenía puesta su mejor sonrisa, con una expresión de que sería incapaz de romper un plato.

—Por favor, Frank…

—Bien, no diré nada.

James suspiró aliviado y se mantuvo interceptando a Regulus y a Sirius hasta que Longbottom se perdió por el pasillo. Apenas quedaron solos el chico soltó al Slytherin y observó fijamente a su mejor amigo. Su expresión se había vuelto seria y sus ojos estaban llenos de preocupación.

—Sirius…

—No.

—¡Sirius! ¡Sabes lo que significa esto!

—¿Qué significa qué? —interrumpió Regulus.

—Estás haciendo una tormenta en un vaso de agua, James.

—¡Por Merlín! Te defendí el año pasado, hice que Snape cerrara la boca. ¿Cómo quieres que siga respaldándote si no me explicas qué está pasando? ¡La mitad de la escuela te teme porque piensa que eres un potencial asesino! ¡Y la otra mitad te busca pelea porque piensan que eres un potencial asesino!

—¿Explicar qué? —pero nadie hizo caso a Regulus.

—Primero, no te pedí ayuda —Sirius cruzó los brazos sobre su pecho—. Segundo, no es mi problema lo que piense el resto.

—¡Maldita sea, Sirius! Nunca has luchado por la luz, Sirius, solo por ti. En el fondo yo sé de lo que eres capaz, pero no esperaba que estuvieras orgulloso de eso.

—¿De qué mierda hablas, James? —el animago bufó, harto—. Solo me metí en una pelea, no es la gran cosa.

—¡Merlín! Pensé que podías cambiar, pero ahora eres el heredero de los Black, tu camino siempre será seguir las Artes Oscuras.

James se cubrió la boca en cuanto dejó salir el comentario, pero ya era demasiado tarde.

—¿Crees que seguiré las Artes Oscuras, James? —preguntó Sirius con calma.

—Entiende mi posición, has atacado a personas y has salido libre de…

—¡Snape salió libre cuando casi te mata! ¿¡Y yo soy el malo!?

—¿¡Quieres compararte con Quejicus!?

—¡No! Solo digo que si yo fuera un bastardo como me pintas le habría dicho que fuera a la Casa de los Gritos para que viera a Remus transformarse y se ganara un buen…

Sirius se congeló y miró aterrado a su mejor amigo.

—¿Lupin es un hombre lobo? —preguntó Regulus.

—No, no, no. ¡Mierda!

Sirius dio media vuelta y se echó a correr. ¿Por qué le pasaba eso a él? Cada vez que intentaba hacer algo bueno, las cosas le volvían encima. Era casi como si no se pudiese librar de la mala suerte. Decidió no pensar en ello y siguió buscando a Remus.

No pudo llegar muy lejos, porque en medio de su carrera Fawkes lo fue a buscar. Era una señal de Dumbledore para que fuera a su despacho. Apenas habían cruzado un par de palabras desde que el año había iniciado, Sirius sabía lo importante que era esa reunión. Más que ir con Remus antes de que James soltara todo.

—Muchacho, ¿es un mal momento? —llamó el director cuando notó que Sirius no lo estaba escuchando—. Pensé que querrías tener toda la información cuanto antes.

—No, lo siento, señor. ¿Qué información?

—Me temo que debo darte una mala noticia, Sirius. Tu juramento inquebrantable te obligará a seguir en tu familia.

—Pero cuando Regulus cumpla los 17 ya no será necesario, ¿no?

—Sirius, tu juramento no tenía fecha de expiración. Hasta tu muerte tendrás que velar por los intereses de la familia Black y eso puede ir en contra de nuestros planes.

—Espere, espere, espere. Yo planeé todo para hacerlo solo hasta que Regulus fuera mayor de edad.

Dumbledore lo observó con lástima. De un armario sacó el pensadero y señaló su contenido. Sirius sabía que allí estaba su propio recuerdo del juramento inquebrantable que había hecho con su madre, se lo había enviado en cuanto había tenido oportunidad.

—Nunca hablaste sobre una fecha —explicó el viejo—. El juramento será vigente hasta el día que mueras, muchacho.

Sirius se acercó tembloroso al escritorio y apoyó sus manos sobre la madera. Podía ver borrosas las imágenes de él y su madre.

—Señor… ¿Cómo voy a salvarlos a todos si tengo que ser un Black? —preguntó en un susurro y sin mirarlo.

—Es lo que debemos averiguar, Sirius. Nuestros planes deberán cambiar.

El animago se sintió enfermo.

Si ya había sido un peso imaginarse los próximos dos años siguiendo las órdenes de Walburga, saber que sería para toda la vida era un infierno. En ese momento pensó en Remus, pero no por el secreto que había divulgado. Pensó en él porque de nuevo tendrían que alejarse. Un futuro señor Black debía tener una esposa y traer hijos que continuaran con el apellido, un licántropo pobre no entraba en la ecuación.

Sirius cerró los ojos y por primera vez se preguntó si en vez de ayudar, estaba complicando todo.