PROPUESTA IRRESISTIBLE

Por: Tatita Andrew

Capítulo # 9

La cabeza de George sobresalía por encima del cabello color rubio de Candy. Una capucha negra ensombrecía su rostro. Todos los músculos del cuerpo de Albert se tensaron, preparándose... para arrastrar a Candy al interior y terminar lo que habían comenzando... para protegerla del hombre que ella creía árabe. Su miembro hinchado palpitaba a un ritmo doloroso dentro de sus pantalones. Ella había deseado verle. Él había deseado mostrarle... Él aún deseaba mostrarle... cómo era, cómo podía darle placer, cómo tomar su miembro en su boca para alcanzar ambos el goce máximo. Mirando fijamente hacia Albert, George inclinó la cabeza en una pequeña reverencia —Sabah el kheer.

—Sabah el kheer, George —respondió Candy. La respuesta era incorrecta, pero su pronunciación fue impecable. La imperturbabilidad de George se transformó en sorpresa. Se apartó a un lado para dejarla pasar.

—Gracias. —Candy asintió con la cabeza mientras reflejos rubios resplandecían en la trenza de su cabello, que formaba un grueso rodete—. Ma'a e-salemma. Un intenso orgullo se apoderó de Albert. Candy era realmente una mujer meritoria. Albert observó cómo George seguía a Candy con la mirada mientras se retiraba. Sabía el momento exacto en que ella salía de su casa; el hombre de Cornualles se dio la vuelta con un remolino de lana negra mezclado con el thobs blanco que llevaba bajo su capa. —. Albert no se dejó engañar por la reverencia de George. Esperó a que el hombre de Cornualles diera un paso hacia delante y cerrara la puerta de la biblioteca.

— ¿Estabas espiándonos, George Jhonsons?

—No necesito espiarte. Podía oler tu deseo a través de la puerta. Albert reprimió como un relámpago una réplica fulminante. No sabía que un mayordomo se tomará tantas atribuciones. En cambio, dijo:

—No toleraré tu intromisión. —Tu padre me ordena que te vigile.

—Ya no eres su esclavo —qué furiosa se había puesto Candy cuando se había dirigido a ella por su nombre delante de la joven criada—. Sé de buena fuente que los ingleses no aprueban la esclavitud.

—Una muchacha murió, , porque no pudiste resistir, lo que está prohibido. La concubina que había arrebatado la virginidad a Albert cuando él tenía doce años. El ardiente deseo se convirtió en gélida furia, su cortesía inglesa en salvajismo árabe. George tenía que comprender de una vez por todas lo importante que era Candy Leagan para él. Sólo se le ocurría una manera de convencerlo.

—Has estado conmigo veintiséis años, George. Aprecio tu lealtad y tu amistad. Pero te mataré si alguna vez haces daño a la señora Leagan. Y según el método árabe, muy, muy lentamente.

—Nunca lastimaría a una mujer —dijo George rígidamente. Apartó su mirada de Albert y la fijó sobre la pared de detrás de él. Albert se relajó.

—Bien.

—No seré yo quien le haga daño. El temor aceleró la sangre de Albert. Neal Leagan. ¿Acaso la pegaba? ¿Estaba al tanto de las clases?

—Explícate.

—El marido acudió al Club de las Cien Guineas. Las aletas de la nariz de Albert se dilataron de sorpresa. El Club de las Cien Guineas era célebre por obligar a sus miembros homosexuales a asumir un rol femenino.

— ¿Sigue allí? El rostro envuelto en sombras de George mostraba su aversión.

—No. Salió del club con un hombre vestido de mujer. La mujer con la que supuestamente lo habían visto. Sólo que no era una mujer. —Los has seguido. A una tienda vacía de Oxford Street.

— ¿Quién era el hombre?

—No puedo decirlo. No dijo: No lo sé.

— ¿No lo has reconocido? —preguntó bruscamente Albert. Me has pedido pruebas, y la única que tengo son mis propios ojos.

—Nunca me has mentido, George. Tu palabra es prueba suficiente.

—No, Williams, no lo es. No en esto; no me creerás. Te llevaré a la tienda y lo verás por ti mismo. Albert presintió un peligro inminente que hizo que sus sentidos se aguzaran como no lo habían hecho nueve años antes. ¿Quién era el amante de Leagan para que el hombre de Cornualles se negara a revelarlo por temor a no ser creído? Nada podía escandalizar a Albert, ni el sexo, ni la muerte. A no ser que...

—Candy estaba aquí, conmigo, maldita sea, parecía a la defensiva. Candy no era responsable de los actos de su marido. Ni conocía los juegos sexuales que se practicaban en un infierno como el Club de las Cien Guineas. George continuó mirando fijamente a la pared con su rostro impasible. Albert dirigió la mirada al escritorio, hacia la pluma de oro que momentos antes había aferrado entre sus dedos como si fuera su miembro, y el hueco de su mano, la vagina de Candy. El blanco papel se agitaba en el borde de la mesa de caoba, surcado por la tinta negra. Inclinándose, lo cogió.

—El kebachi, nalgas levantadas, como los animales —leyó—. Dok el arz, vientre con vientre, boca con boca. Rekeud el aír, montar un corcel. Eran las notas de Elizabeth, las palabras que había escrito mientras él recitaba las seis posturas más importantes para el coito. No eran las palabras que él había usado, ni siquiera las posiciones básicas que él había mencionado. Ella había enumerado formas alternativas... y lo había hecho con sus nombres árabes. O había memorizado el capítulo seis por completo o aquellas eran las posturas que más la excitaban. Ser poseída desde atrás mientras estaba arrodillada apoyada sobre sus manos; sentarse sobre las rodillas de un hombre con las piernas alrededor de su cintura; montar sobre la entrepierna de un hombre mientras él se acostaba sobre su espalda con las piernas en alto. Los testículos de Albert se endurecieron. Se imaginó poseyendo a Candy mientras ella se ponía de rodillas; dejando que ella se sentara sobre él mientras estaba recostado, ambos gozando, ambos golpeando, sentados uno frente al otro, vientre con vientre, boca con boca. Podía apostar que su única experiencia había sido la primera posición, una que no se había molestado en registrar, la de una mujer pasivamente echada sobre su espalda cumpliendo con su deber. La última frase garabateada atrajo su atención. Albert la miró con detenimiento, subyugado. El pulso en las puntas de sus dedos martilleaba contra el papel. Cuarenta maneras de amar—lebeuss el djoureb—por favor, Dios, déjame amar, aunque sea una vez. Un dolor agudo le atravesó el pecho. Había gozado en las cuarenta posturas, y ninguna de ellas había sido considerada por ninguna mujer un acto de amor. Se pasó la lengua por los labios, Candy Leagan, una mujer de treinta años, casada, pero jamás había sido besada apasionadamente. Ella lo había tocado. Había chupado su dedo y explorado sus labios con el asombro inocente de una mujer empeñada en el descubrimiento sexual. Podría darle aquello. Podría apartar sus piernas, acariciar su vulva y su clítoris hasta que cada vez que deslizara y metiera su pene dentro de ella, sintiera tanta humedad que ella se abriera tomándolo todo, su lengua y su verga, su éxtasis, su orgullo inglés y su sexualidad. Albert estiró la mano y abrió el cajón superior del escritorio, dejando el papel dentro con cuidado y sobre éste la pluma de oro. Candy no había comprendido cuando, en la pista de baile, él le recordó la historia de Dorerame y el rey Le había dicho que la liberaría de su esposo. Ahora era el momento de actuar.

— Vamos inmediatamente —le dijo bruscamente a George—. Vamos. Un carruaje ligero esperaba fuera en el amanecer gris; un cálido vaho salía del caballo, como una bruma pálida y plateada. El pequeño calesín crujió, primero al subir Albert, y luego cuando George le siguió, recogiendo hábilmente su amplia capa negra y su ropa árabe. Sin hacer comentarios, Albert permitió que George tomara las riendas. El hombre silbó una vez y dio una orden suave y aguda para que el caballo comenzara a moverse. Albert se preparó para el tirón del carruaje. El aire frío y húmedo mojaba su cara. El rítmico trote de los cascos del caballo y el rechinar de las ruedas del vehículo resonaban en toda la calle. Por encima de los altos edificios, una luz rosada comenzaba a teñir el cielo. No le hizo más preguntas a George. No había ninguna necesidad. Albert vería enseguida quién era el que había empujado a Candy hacia él sin proponérselo. Ella tenía ojeras. ¿Qué la había mantenido despierta? ¿Su vida social? ¿Su matrimonio? ¿El jardín perfumado? ¿En quién había estado pensando cuando frotaba su pelvis contra el colchón... en Neal Leagan... o en él? Las calles angostas y los edificios estaban abandonados. Albert pudo ver la sombra oscura de un hombre con una prostituta en un portal. En la esquina, un vendedor ambulante tiraba de su carrito, dirigiéndose a un barrio más rico.

—Williams. Estamos acercándonos a la tienda. Albert se bajó el sombrero, cubriendo sus orejas, v se puso una bufanda de lana oscura alrededor del cuello. George chasqueó suavemente la lengua, detuvo el caballo y señaló: —Es allí. A primera vista el edificio parecía igual que las demás pequeñas tiendas de ladrillo. Gradualmente, pudo ver que la fachada era más oscura que las de su alrededor... las ventanas habían sido cegadas. Encima de la tienda brillaba un tenue rayo de luz... había una habitación encima del local. Y alguien estaba dentro de ella. Albert se apeó suavemente sobre la calle empedrada; la madera crujió, el caballo dio un paso atrás nerviosamente. Albert lo tranquilizó de forma distraída y luego continuó avanzando mientras sus pasos resonaban en las primeras luces del alba. La puerta de la tienda estaba cerrada con tablas y la madera cubierta con papeles... no se podía entrar por allí. Otra puerta lateral llevaba sin duda a la habitación. Estaba cerrada con llave. Frustrado, volvió a mirar la pálida luz que salía de la ventana, a sólo cuatro metros de altura. Tendría que esperar hasta que Neal y su amante bajaran. Miró a su alrededor buscando un lugar donde esconderse, ocultándose en el hueco de la entrada. Se cubrió nariz con la bufanda de lana para evitar los olores de orina ginebra y basura podrida. El rítmico trote de un caballo solitario y el rechinido de las ruedas anunciaron la llegada de un carruaje ligero coche de alquiler se detuvo frente a la tienda cerrada, a sólo seis metros de donde se ocultaba Albert. La lámpara lateral del carruaje emitía un círculo de luz amarilla, dejando entrever el lomo hundido de un jamelgo negro y blanco. El cochero, con un bombín que le cubría parte de los ojos, permaneció sentado mirando al frente. La puerta cerrada que conducía a la habitación de arriba se abrió. Un hombre salió, pero su perfil le resultó irreconocible. Un típico caballero vestido con una chaqueta clásica y un sombrero de copa. Su aliento se condensó en el gris aire frío. Sin darse cuenta de que estaba siendo observado, el hombre se dio la vuelta y cerró la puerta con tranquilidad. Albert se volvió a meter en el portal, con sus músculos tensos, a la espera, maldita sea, no era posible estar tan cerca y ser incapaz de identificar a alguien... ¿era Neal Leagan o el hombre que George se negaba a nombrar? Un hombre y un niño, arropados contra el frío, pasaron apurados al lado de Albert con sus cabezas inclinadas para conseguir darse algo de calor y quizás para evitar ser ellos mismos testigos involuntarios. El sonido de pasos apagados alertó a Albert de que su presa estaba caminando hacia el carruaje. Se inclinó hacia delante, tratando de ver algo por detrás del ladrillo. La lámpara lateral del coche iluminó al hombre con su luz amarillenta cuando abrió la puerta del carruaje, mientras se quitaba el sombrero de copa antes de entrar. El color de su cabello le resultó vagamente familiar, pero no era negro... debía ser el amante de Leagan. Como si percibiera que estaba siendo observado, el hombre se volvió con un bastón con mango de oro apretado en su mano. La luz de la lámpara del carruaje delineó sus facciones con claridad.

….

Candy cerró la mano sobre el pomo de la puerta que conectaba la habitación de Neal con la suya. ¿Estaría en casa? No. Podía sentir el vacío filtrándose por debajo de la puerta, como si la soledad fuera aire, invisible pero no por ello menos tangible. La lengua de una mujer es como un pezón, puede mordisquearse y chuparse. Su boca es como la vulva, para ser lamida y penetrada. ¿Alguna vez ha tenido la lengua de un hombre en su boca? ¿Pondría Neal su lengua en la boca de su amante? ¿Lo estaba haciendo en aquel momento? ¿Le pondría él la lengua dentro de su boca cuando lo sedujera? Cerró los ojos y se apoyó en la puerta, invadida por una incomprensible ola de rechazo, un bulto de gamuza extendido apretadamente sobre la carne masculina. Dios mío, no sabía qué le estaba sucediendo. ¿Qué habría hecho si el rubio se hubiera desabrochado la parte delantera de los pantalones? Y luego, contrariamente, se preguntó si sería más grande que la pluma de oro. ¿Más largo? ¿Más grueso? Él había dicho que una mujer inexperta ante las formas del amor o una que había pasado por una larga abstinencia necesitaba una penetración poco profunda. Los músculos del estómago de Candy se contrajeron al pensar en sus pálidas piernas alzadas sobre los hombros fuertes y musculosos de Albert. Sus párpados se abrieron de golpe. Neal era su esposo; el rubio era su tutor. Debería estar imaginando sus piernas alzadas sobre los hombros de su esposo. Enderezándose, observó fijamente el tenue brillo de su lamparita de noche. Albert se había dado cuenta de sus ojeras Un ridículo sentimiento de gratitud la embargó. Le siguió el disgusto. Tenía que estar realmente desesperada por un poco de atención si sentía agradecimiento hacia un hombre que se percataba de sus ojeras. De manera impulsiva, cruzó la gruesa alfombra y aumentó la llama en la lámpara de gas lo más intensamente que pudo. Luces y sombras atravesaron aquella habitación familiar, devolviendo el color azul a la alfombra oscurecida por el alba y dibujando con claridad los contornos rectangulares del escritorio de roble y de su espejo ovalado. Después de guardar los guantes y sacar del bolso El jardín perfumado, que llevaba religiosamente a todas las lecciones —como si la biblioteca del rubio fuera realmente una escuela y el libro de erotismo, un manual—, colgó la capa y el sombrero, luego se quitó el pequeño reloj de plata y lo metió en un cajón en el fondo del armario. Se desabrochó el corpiño de terciopelo del vestido y lo colgó también en el armario. Aliviada, se despojó del pesado polisón. Un fugaz vistazo a su pálido cuerpo atrajo su atención, se volvió y contempló a la mujer reflejada en el espejo. Estaba vestida con una sencilla camisola blanca y enaguas. Su piel era casi del mismo color que sus prendas íntimas. Usted tiene un cuerpo bien proporcionado... Debe sentirse orgullosa de él... Con la mirada fija, Candy desató la primera enagua, que se deslizó sobre sus caderas contorneadas y cayó alrededor de sus pies. Le siguieron las otras dos. Candy alzó los brazos; la mujer del espejo también alzó los brazos, y luego quedó oculta por la tela blanca antes de volver a aparecer de nuevo sin la camisola, vestida sólo con calzones, medias y zapatos. Sus pechos eran pálidos globos de color alabastro, henchidos y plenos. Los pezones estaban rosas, apretados. De manera atrevida, Candy se desató los sencillos calzones blancos y deslizó sus manos dentro del algodón entibiado por el cuerpo. Inclinándose, desenganchó las medias que llegaban a los muslos y las bajó junto a los calzones Resistiendo el instinto de no mirar y apartarse, se enderezó y examinó el cuerpo desnudo en el espejo. Su cintura estaba delgada igual que cuando tenía menos años; sus caderas se habían redondeado de manera proporcionada El triángulo de vello en el centro de sus muslos era de un rubio oscuro. ¿Había sido siempre tan... exuberante? ¿O era que la madurez había... realzado su cuerpo? Las sombras delineaban su clavícula y dibujaban pequeños hoyuelos en sus rodillas. Alzó los brazos y pasó las manos por detrás para aflojar los prendedores de la trenza, sujeta en un rodete. Los pechos en el espejo se alzaron, sobresaliendo del cuerpo de la mujer. Soltando las horquillas sobre la alfombra, Candy aflojó la trenza, usando ambas manos para sacudir el cabello que, suavemente sedoso, se deslizó por su espalda, por sus hombros, por sus pechos, como un torrente de ruego color caoba derramándose sobre su cuerpo. Luego, deslizando ambas manos hacia su nuca alzó los brazos, sostuvo su pelo en alto y hacia atrás para que cayera en cascada sobre sus muñecas y sus codos mientras sus pechos se elevaban, hinchándose, realzándose. Candy miró fijamente a la mujer desnuda del espejo como si estuviese hechizada. Era... voluptuosa.. Una mujer digna de amor. Pasó la lengua por sus labios, en los que destelló su pálida lengua rosada. Parecían más abultados que de costumbre. Para ser besados... Tóquese... Como si tuvieran vida propia, sus dedos se separaron de su nuca, dejando caer la tibia cabellera de seda color dorada. Tímidamente, ahuecó las manos para sostener sus pechos; aquellas pequeñas manos femeninas que en el espejo actuaban en sintonía con los movimientos de Candy. La piel era suave, abultada, ligeramente húmeda en la parte inferior. Candy podía sentir el duro pinchazo de sus pezones en las palmas de sus manos. ¿Se endurecían los pezones de un hombre cuando una mujer los tocaba? ¿Realmente le gusta que una mujer mordisquee sus pezones? Sí, señora Leagan. Un ardor líquido estalló en su vulva. Arrastró las manos por sus costillas, ahuecándolas en el contorno redondeado de su estómago. Todos deseamos que nos toquen... Se tocó abiertamente, observándose mientras lo hacía. Su cabello se enroscaba alrededor de la mano blanca del espejo; por debajo estaba la tibia y húmeda carne como labios humedecidos por la saliva. Candy imaginó a un hombre embistiendo su cuerpo tan profundamente que el vello púbico de ambos se entremezclaba, dorado brillante. Labios firmes y suaves cubrían los de ella; una lengua penetraba en su boca, colmándola, mientras que él llenaba su cuerpo con su miembro viril. Sus tiernos labios inferiores se hincharon bajo la punta de sus dedos, como fruta madura, pidiendo ser tomada, acariciada... El suave clic de una puerta que se cerraba sonó por encima del martilleo del corazón de Candy y la agitación de su respiración. Neal. Había vuelto a casa. Se quedó inmóvil, con los dedos pegados a su piel, incapaz de moverse. Tenía que haber visto que su luz estaba encendida. Vendría a su habitación y la encontraría así, desnuda tocándose las partes íntimas, ardiente... Un ruido sordo traspasó la puerta cerrada que separaba sus aposentos; un hombre que se preparaba para irse a dormir, un hombre deslizándose dentro de la cama; un hombre dejando a una mujer sola. Su tutor había dicho que ella no era una mujer cobarde. Entonces, ¿por qué no cruzaba su cuarto y abría la puerta que la separaba de Neal? ¿Por qué no iba a su esposo, desnuda, y le mostraba que podía darle tanto placer como su amante? Las lágrimas se derramaron por sus mejillas, lágrimas odiadas, lágrimas de cobarde. Cogió con furia el camisón de la cama y se lo metió por la cabeza. Eliminó rápidamente todos los signos de su debilidad, los prendedores, las ropas íntimas, los zapatos —había sentido tanta urgencia por tocarse que ni siquiera se había quitado los zapatos—, apagó la lámpara de gas y se escondió bajo la colcha. La voz del rubio la persiguió en sus sueños. A una mujer que me deseará tanto como yo... no le importará que yo sea un bastardo. Sólo alcanzará verdadera satisfacción bajo mis caricias…

CONTINUARÁ…...

¿Seguimos con las actualizaciones creen que Albert debería hablar con Candy sobre lo que descubrió sobre su esposo? ¿Creen que Candy caerá a los brazos de su tutor?