PROPUESTA IRRESISTIBLE
Por: Tatita Andrew
Capítulo # 10
Los pezones de Candy estaban duros bajo el suave corpiño de terciopelo negro. Tan duros como la carne masculina que palpitaba contra el muslo derecho de Albert. Él quería excitarla. Quería ligarla a él de manera tan férrea que jamás pensara en darle placer a otro hombre. Albert había planificado aquella clase con mucho cuidado para lograr su objetivo.
— ¿Qué es más sensible, señora Leagan, sus labios, sus pezones o su clítoris? Durante un largo segundo ella sostuvo en el aire la taza de café cerca de sus labios mientras su nariz se desdibujaba entre la nube de humo. Albert vio sorpresa en sus ojos color esmeraldas; e inmediatamente, excitación, después sólo pudo apreciar el abanico de sus pestañas y la Porcelana azulada mientras ella inclinaba la taza y tomaron sorbo con parsimonia. Cuando volvió a dejar la taza sobre el plato, su rostro estaba sereno.
—Estoy segura de que usted sabe cuáles son las partes más sensibles de una mujer.
—Pero yo no la conozco a usted, pequeña pecosa —aún—. Cada mujer posee un cuerpo diferente. Algunas mujeres gozan con un tipo de caricias, otras no. Candy alzó la barbilla. —Quizás, lord Andrew, algunas mujeres disfrutan siendo acariciadas... en cualquier parte. Albert no quería que ella se conformara con cualquier caricia en cualquier sitio. Quería que exigiera los derechos que le correspondían como mujer, plena y absoluta satisfacción.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que su esposo visitó su lecho? El ruido estrepitoso de la taza al chocar contra el plato ahuyentó sus palabras. Los labios de Candy se endurecieron.
—Acordamos que no daría detalles sobre mi matrimonio. ¿Cómo pudo haber pensado que se quedaría impasible? Sus labios lo revelaban todo, temblando sensiblemente, apretándose para reprimir sus emociones. Rabia, miedo, dolor. Pasión. Los ojos de Albert se entrecerraron.
—Acordé no difamar a su esposo.
— ¿Cuánto tiempo hace desde que usted estuvo con una mujer, lord Andrew?
—Seis días.
—Una enorme cantidad de tiempo. Su tono fue sarcástico. Pero los hechos eran indiscutibles. No había estado con una mujer desde que ella había intimidado a su criado para entrar en su casa.
—Sí, señora Leagan, es mucho tiempo —dijo Albert intencionadamente—. Hasta ahora, el máximo tiempo que había estado sin una mujer había sido tres días.
- ¿Cuánto tiempo hace desde que usted no hace el amor?
—Es suficiente con decir que hace más de seis días —replicó ella contenida. — Albert pensó en Neal Leagan. Pensó en el daño que había debido causarle en aquellos años.
— ¿Más de seis meses? —la espoleó. Ella concentró su mirada en la taza de café. Las sombras bajo sus ojos eran más oscuras que el día anterior. Otro punto en contra de Neal Leagan. Si Candy fuera su esposa, él la haría llegar al orgasmo tantas veces que caería rendida de sueño todas las noches. Albert endureció la voz.
—Usted me prometió no mentir. ¿Hace cuánto tiempo, señora Leagan? La mujer alzó la taza, sorbiendo, ocultando, intentando mantener a raya la verdad: estaba casada con un hombre que jamás le daría placer. Dejó con cuidado la taza en el plato y se la dio a Albert.
—Han sido más de seis meses, lord Andrew. Han sido más de seis años. ¿Puedo tomar un poco más de café? Albert suspiró bruscamente. Estaba preparado para escuchar aquella respuesta, pero no para el torbellino de emociones que iba a desencadenar. Más de seis años. Maldita sea. Estaría más apretada que una virgen. Una tensa furia se sobrepuso al punzante deseo de averiguar hasta qué punto estaría apretada. Furia contra Neal Leagan. Furia contra Candy. El la había utilizado. Ella lo había permitido. Albert no lo permitiría. Hoy ella vería a un hombre. Muy pronto ella sentiría a un hombre. Y ese hombre no sería Neal Leagan. Alzó la cafetera de plata, que descansaba junto a su codo derecho, y le sirvió más café. El humo caliente empañó el aire entre ambos.
—En el capítulo ocho el jeque enumera varios nombres para el órgano sexual de un hombre.
—Treinta y nueve.
—Esperó a que él agregara el consabido toque de agua fría para asentar el café molido antes de retirar su taza. Como si fuera habitual que una mujer admitiera que no se había acostado con su marido durante más de seis años, balanceó el platillo y la taza sobre su falda—. Por cierto, una cantidad exagerada.
—Las ha contado.
—Creí que ésa era la idea. La idea era que ella se familiarizara con las diferentes etapas por las que pasaba un hombre al excitarse.
— ¿Cuáles son sus nombres preferidos? Candy alzó la barbilla. —Es difícil de decir, lord Andrew. Tengo cierta preferencia por «el pichón»; sin embargo, «el cascabel», «el de un solo ojo» y «el expectorante» andan cerca. Risa y lujuria. Albert podía sentir las dos emociones separadas enlazándose dentro de las profundidades de su cuerpo.
—No sea tan severa, señora Leagan. Las traducciones inglesas de las palabras árabes no le hacen justicia ni a la cultura ni al lenguaje. Cuando un hombre eyacula, su miembro se pliega y anida sobre sus testículos, de ahí el símil con el «pichón». Cuando una mujer está lubricada, existe una succión cuando el hombre la embiste de dentro hacia fuera de su cuerpo; si él fuera a salir de ella, crearía un sonido de «cascabel». «El de un solo ojo» es bastante evidente-En cuanto «al expectorante», se llama así porque el hombre segrega humedad cuando es excitado, lo mismo que la mujer. Ella miró hacia abajo, como si pudiera ver a través del escritorio para comprobar por sí misma si lo que decía era cierto.
— ¿Todos los hombres... segregan líquido... antes de eyacular? Una aureola de calor húmedo penetró en los pantalones de Albert allí donde la corona de su miembro se tensaba contra la tela negra.
—Sí. Su mirada se dirigió del escritorio hacia arriba, se posó fuera de peligro sobre la taza situada frente a Albert.
— ¿Cuánto? —Lo suficiente como para lubricar los labios menores de la mujer para que pueda deslizarse entre ellos. —Albert mojó su largo dedo en el café y lo hizo girar alrededor de la taza—. Lo suficiente para mojar sus dedos, poder acariciar su clítoris y que ella alcance el climax. Candy desvió la mirada de su taza y se encontró con la de él.
— ¿Qué términos árabes prefiere usted, lord Andrew? El miembro de Albert se endureció. Se movió en la silla, estirando las piernas para estar más cómodo. —Miembro viril, pene y verga —repitió ella suavemente. Albert bajó las pestañas, velando sus ojos. —Usted tiene una memoria extraordinaria, señora Leagan. Ella no apartó la mirada. He tomado notas. Pero no estaba mirando sus notas. Entonces usted recordará que el redil, «el extintor de pasión», es el que mejor satisface a una mujer. Es grande, fuerte y lento en eyacular. No se marcha hasta que ha terminado de excitar por completo el vientre de una mujer, «yendo y viniendo, arremetiendo de arriba a abajo, y removiéndose de derecha a izquierda». ¿Quiere ver a un hombre? Una rosa oscura floreció en sus pálidas mejillas Apretó el platillo tan fuerte que Albert pensó que iba a romperse.
—Usted me lo preguntó ayer por la mañana. Y luego le dije que se fuera, porque soy imbécil. —Se lo estoy preguntando otra vez. El desafío brilló en sus ojos. Desafío... y deseo.
—Sí. —Levantó repentinamente el platillo de su rodilla y lo posó en el borde del escritorio. Un golpe seco retumbó en la biblioteca, una ola de líquido negro se volcó—. Sí, quiero ver a un hombre. ¿Está dispuesto a mostrarme uno, señor? Albert se inclinó hacia atrás y abrió el cajón superior de su escritorio. Podía sentir sus ojos sobre él. Su miembro palpitaba al ritmo de los pechos de ella, que subían y bajaban bajo el suave corpiño de terciopelo. Ella estaba esperando que él se mostrara. Quería mostrarse para ella. Quería satisfacer toda su curiosidad, maldita sea, lo que pudiera pasar los próximos minutos. Tomó con ímpetu una caja rectangular y la empujó al otro lado del escritorio.
—Cójala. Evidentemente, aquello no era lo que esperaba. Se inclinó hacia delante y cogió la caja blanca.
— ¿Qué es?
—Ábrala. La abrió... y enseguida dejó caer la tapa. El soplo de aire fue más fuerte que el siseo de la lámpara de gas y el crepitar de los leños ardiendo. Sus ojos color verde, escandalizados, se alzaron para encontrarse con la mirada azul.
—Sáquelo —dijo él bruscamente. Una lengua rosada rozó rápidamente su labio inferior. Albert se agarró del borde del escritorio para evitar saltar por encima y darle su primer beso, ferame, el beso entre un hombre y una mujer. Más de seis años. Quería darle todo lo que le había negado Neal Leagan. Quería dárselo ahora. Bajando la vista, Candy estudió el objeto de cuero posado sobre un lecho de terciopelo rojo. Estaba diseñado de tal forma que ni siquiera una mujer como ella, de experiencia limitada, podía equivocarse con respecto a lo que representaba. La tensión sexual palpitaba en el ir y venir de la luz y la sombra. La lámpara de gas absorbió el oxígeno dentro de la biblioteca. Albert no podía respirar, esperando su reacción, esperando su aceptación... Si se iba ahora... Que Alá y Dios los amparara. Con cautela lo levantó de la caja.
—No tiene la cabeza roja.
—Es cuero trabajado.
—Está frío.
—Tómelo y caliéntelo con sus manos.
— Está intentando avergonzarme.
—Estoy intentando enseñarle. Candy evitó su mirada.
—Lord Andrew... Usted quería ver a un hombre, señora Leagan; así es un hombre. Usted quería aprender cómo complacer a un hombre. Yo le enseñaré. Candy cerró los ojos luchando en su interior. Era evidente que quería seguir sus instrucciones, agarrar el objeto como lo haría como un hombre, como lo agarraría a él, o llegara el momento. Era igualmente evidente que todavía estaba sujeta por treinta y tres años de fuertes prejuicios. Luchó consigo mismo para no tener que decidir por ella y tomar sus manos entre las suyas y cerrarlas alrededor del cuero. Abriendo los ojos, Candy aferró el objeto con la mano izquierda. Las puntas de sus dedos rozaron su pulgar encontrándose en la parte inferior del objeto. Su circunferencia era grande, pero no tan grande como para intimidarla.
— ¿Cuál es su nombre? —Él se esforzó por oírla por encima de la sangre que golpeaba en sus sienes.
—Hay muchas palabras. Llamémoslo falo artificial.
—Candy pasó la punta de su dedo suavemente por encima de la corona de cuero.
—Los hombres que tienen una erección... ¿tienen la forma de una ciruela... como esto? Albert apretó los dientes, sintiendo la caricia en sus testículos. —Algunos hombres.
— ¿Y usted? Albert se inclinó en la silla, provocando un crujido en la madera mientras su corazón martilleaba.
—Sí.
—Poco después de contraer matrimonio yo. — Miró fijamente el falo—. Fui a un museo de arte. Había una estatua allí, una estatua de un hombre desnudo. Salvo que tenía una hoja. Albert no tuvo que preguntar qué parte de la estatua cubría aquella hoja. —Tenía diecisiete años y quería ver cómo había sucedido aquello. Pero la hoja no se movía. Los músculos de su pecho se tensaron ante aquella confidencia inesperada; ante la joven que alguna vez había sido y que buscaba la iluminación en una obra de arte cubierta a propósito para seguir manteniendo la ignorancia de la mujer. Cuando ella tenía diecisiete años, él ya había cumplido veintidós, con diez años de experiencia sexual en su haber. Ella había conocido el dolor y la frustración; él sólo había conocido el placer. En aquel entonces. El dolor vino después. Por primera vez en nueve años, Albert casi se reconcilia con las circunstancias que lo habían condenado a vivir en Inglaterra durante el resto de su vida. Ya que no podía cambiar el pasado, podía darle a Candy un futuro.
—Su curiosidad es natural, pequeña pecosa.
—El vigilante no pensó lo mismo. Los labios de Albert dibujaron una sonrisa. La idea de Elizabeth intentando levantar con determinación la hoja de mármol que no se movía mientras un guardia británico luchaba por impedírselo era tan vivida que casi rio. Pensar en su humillación le hizo ponerse serio inmediatamente.
—Algunos hombres le tienen miedo a las comparaciones —dijo con ligereza. —Pero usted no. Las palabras salieron de su boca sin que se diera cuenta.
—Tengo mis propios temores, la levantó la cabeza.
—¿Qué tiene que temer un hombre como usted?
—Que soy un hombre. Que ninguna mujer quiere como esposo. Pero hay cosas que un hombre no confiesa por temor a que las palabras las conviertan en realidad. No podría vivir consigo mismo, sabiendo que era verdad. No podría vivir consigo mismo no sabiendo que era verdad. ¿Cómo podía esperar que una mujer viviera aquello que él no podía?
— ¿A qué le teme, Candy Leagan? Sus labios se abrieron... labios suaves, rosados; inmediatamente, cerró la boca en una línea delgada y firme y volvió su atención al falo.
— ¿Es éste un miembro meritorio? Él se preguntó lo que ocultaba ahora. ¿Tenía miedo de que su esposo nunca le diera placer? ¿O tenía miedo de hallarlo en un hombre bastardo?
—Conoce la fórmula. Mídalo. Observó con el aliento contenido cómo colocaba el cuero a través del ancho de la palma de su mano.
—El ancho de una mano y media... —Alzó los párpados; sus ojos brillaban—. Según mis manos. No ha respondido a mi pregunta, lord Albert La boca de Albert estaba seca, como si hubiera masticado arena del desierto.
—Es lo suficientemente meritorio.
— ¿Un hombre está así de duro cuando está erecto? Albert aspiró hondo.
—Un hombre está más flexible.
—El jueves por la mañana usted me dijo que le gustaba que una mujer lo agitara y apretara. ¿De qué otra manera se puede dar placer a un hombre?
—Lo puede tomar en su boca, lamerlo y chuparlo —dijo con audacia. Las palabras eran perturbadoras, para ella y también para él.
—Como a un pezón. No se le movió ni un pelo.
—O un clítoris.
—Las mujeres... —Su voz era ronca.— Tendría la misma voz, pensó Albert, cuando él estuviera alojado dentro de ella ¿Meten el pene en sus bocas? Albert cerró los ojos, sufriendo un agudo dolor físico, imaginando la boca de Candy, el cabello de Candy, el placer de Candy.
—Sí, señora Leagan. Las mujeres lo hacen.
— ¿Qué sabor tiene?. Maldita sea. Ella no podía ignorarlo. Abrió los ojos, observándola con curiosa fascinación. No, no lo sabía. Lloró interiormente la muerte de aquella inocencia que él se encargaría de destruir.
—Me temo que es algo que tendrá que comprobar por sí misma —dijo impasible.
— ¿A qué sabe una mujer? ¿A qué sabría Candy —Dulce? Salada. Como... una mujer. Suave, caliente, húmeda y apasionada. La llama de gas de la lámpara se dilató con el calor, incitando, advirtiendo. La pasión podía quemar, y mucho. ¿Hasta dónde llegaría ella antes de que su pudor occidental la contuviera? ¿Hasta dónde llegaría él antes de Perder el control?
— ¿Qué pensó usted cuando vio a una mujer por primera vez? ¿Qué había pensado él, a los trece años, cuando la experta concubina que su padre le había proporcionado se había acostado boca arriba con las piernas abiertas? Pensé... que la vulva de una mujer era la cosa más fascinante que jamás había visto. Como un lirio rosado. Cuando se toca, se humedece. Cuando se excita, sus pétalos se abren para desvelar un pequeño capullo secreto. Era el juguete por excelencia. La mirada de Candy se apartó de la suya, inclinando su cabeza.
—Sin duda, es imposible que una mujer introduzca la totalidad del miembro masculino en su boca. Pero ella lo intentaría. Cuando llegara el momento, ella le daría todo y más de lo que él jamás hubiera deseado.
—No es necesario que una mujer lo introduzca por completo, sólo la corona y los primeros centímetros. Puede apretarlo y acariciarlo mientras lo besa y lo chupa. Las palabras besan y chupa vibraron en el aire entre ambos. Como un pezón. Como un clítoris.
— ¿Alguna vez una mujer ha introducido todo el suyo en la boca? Albert recordó el placer de los labios y la lengua de una mujer. Los recuerdos se acrecentaron por el interés manifiesto de ella en realizar una fellatio. El calor sexual inundó sus mejillas.
—No.
— ¿Le gustaría que lo hiciera? Sólo si puedes hacerlo sin lastimarte a ti misma, pequeña, pensó.
—Prefiero que una mujer me reciba por completo en su vagina. Una brasa saltó dentro de la chimenea. El cuerpo de Albert se puso tenso, aguardando la siguiente pregunta. Le había dado las riendas, ¿se lanzaría Candy a correr con ellas?
— ¿Ha estado con alguna mujer que no pudiese-contenerle enteramente dentro de su vagina?
—Sí. —La palabra tuvo que ser arrancada de su pecho.
—Vírgenes.
—Sí.
—Mujeres que se han abstenido durante mucho tiempo.
—Sí.
—Pero no mujeres que nunca han tenido un orgasmo.
—No —asintió suave y enfáticamente—.. No sería capaz de vivir si ella no lo tomaba todo. Albert miró fijamente su cabeza inclinada, esperando, observando el oscuro juego de las luces color dorado en su cabello.
— ¿Qué cosas puede hacer un hombre con una mujer de pechos grandes que no haga con una no tan bien proporcionada? Albert tomó aire, pero no lo suficiente; la necesidad de respirar más le quemó los pulmones. Clavó la mirada sobre sus pechos, cubiertos por el terciopelo negro, recordando lo blancos, suaves y deliciosamente turgentes que habían estado, sobresaliendo por encima del modesto escote del elegante vestido de seda verde cuando bailaron.
—Puede colocar su miembro entre sus pechos y apretarlos... para estar enterrado entre ellos... como si fueran una vulva. Instintivamente, Candy empujó los hombros hacia adelante, presionando los pechos como para protegeros de su mirada... o para imitar la presión de sus manos.
— ¿Qué es esto? Albert echó un vistazo hacia el falo acunado en su mano. Un relámpago de calor ardiente recorrió todo su miembro, como si ella tuviera sus dedos a su alrededor y no en el cuero insensible. Se esforzó por concentrarse en ella, que estaba acariciando el falo, y no en su propio cuerpo. —Eso se llama glande. Junto a la corona, la cabeza con forma de ciruela, son las partes más sensibles del cuerpo de un hombre. Candy alzó la cabeza con brusquedad.
— ¿Más sensible que los labios de un hombre? A simple vista, sus ojos color avellana reflejaban el recuerdo, el temblor eléctrico de las sensaciones que habían recorrido sus cuerpos cuando ella había tocado su labio inferior. Imaginó lo que sucedería si los dedos de ella rozaran ligeramente la corona de su miembro. Y no dudó ni lo más mínimo al responder.
—Sí.
— ¿Tiembla... como sucedió con su labio? Temblaba con sólo hablar de él. —Llámelo por su nombre, pequeña —ordenó.
—El lesas —respondió ella obediente. «El unionista». Llamado así porque una vez dentro de una mujer, empuja y aplasta hasta que el vello púbico se encuentra con el de ella y sigue adelante, empujando y aplastando como si intentara incluso forzar los testículos a entrar en ella. El sexto movimiento. El dolor de la ingle se trasladó hasta su pecho. Los deseos de ella... los deseos de él... Se estaba volviendo cada vez más difícil mantenerlos por separado. Y por encima de ambos se alzaba la amenaza de su esposo. De todas las personas que podía elegir como amante, ¿por qué habría escogido a la que Albert había visto la noche anterior?
— ¿Cuánto tiempo más piensa permanecer célibe, señora Leagan? Candy apretó el falo artificial con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Albert hizo una mueca de dolor.
— ¿Cuánto tiempo más piensa usted permanecer célibe, lord Andrew?
—Todo lo que haga falta.
—Lo mismo digo. La observó intensamente.
—Todo el mundo merece ser amado al menos una vez, señora Leagan. Incluso él un hijo bastardo. La confusión brilló en sus ojos claros. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había sucedido y en su rostro se reflejó un horror absoluto. Intentando escapar lo antes posible de él la mañana anterior, se había olvidado de lo que había escrito en el papel que le había dado cuando le ordenó que tomara notas. Candy lo recordaba ahora. Recordó lo que había escrito... y que había tirado el papel sobre el escritorio. Allí lo había dejado... y él lo había visto. Cuarenta maneras de amar —por favor, Dios, déjame amar, aunque sea una vez. Sin previo aviso soltó el falo dentro de la caja forrada de terciopelo y la depositó con fuerza sobre el escritorio, dejándola junto a su taza.
—Debo marcharme.
—La necesidad de ser amado no es algo de lo que deba avergonzarse, pequeña. Cogió los guantes y el bolso, y se levantó. Albert estiró la mano y tomó el falo de la caja blanca, todavía estaba tibio de sus manos. Lo meció en su palma, a lo ancho de la mano, como ella lo había hecho en la suya. Candy clavó la mirada en aquella mano que sujetaba el falo artificial. El cuero duro y la carne viva y tibia. Sus pensamientos eran tan evidentes que Albert sintió como si estuviera violando su privacidad con sólo mirarla.
—Objetos como éstos son los preferidos en un harén Candy enderezó su espalda. Miró hacia arriba con un brillo de repulsión en sus ojos... y muchas cosas más
—Usted quiere decir... las mujeres los usan...
—Sí. —Sugerentemente cerró sus dedos alrededor del cuero, formando con ellos una especie de vaina—. Hay demasiadas mujeres y un solo hombre. Ella dio un paso atrás. La butaca de cuero roja salió despedida por la alfombra.
—Compré éste ayer en una tienda; hay tanta demanda en Inglaterra como en Arabia. Candy giró y huyó hacia la puerta.
—Una mujer siempre tiene alternativas, señora Leagan. —Se lanzó tras ella, sabiendo que comprendería sus palabras. El día anterior por la mañana ella había dicho que era una mujer y que sus opciones eran pocas, que debía hacer que su matrimonio funcionara porque era lo único que tenía. Elizabeth estaba equivocada. Tenía otras alternativas. Si tuviera el valor de decidirse por ellas.
CONTINUARÁ…...
¿Creen que las cosas entre los rubios se consumarán al fin? ¿Quien puede ser la amante misteriosa de Neal? ¿La rubia se dejará seducir por su tutor?
