EN LA BASE DE AKATSUKI…
Ya había anochecido en la base. Era una noche de luna llena y un cielo despejado. Así era como veía Ino el firmamento a través de la ventana. La nueva base de Akatsuki no estaba bajo tierra. Por lo que Itachi le había explicado a la hora de la cena, habían utilizado un poderoso jutsu ilusorio para ocultarla. Por lo tanto, cualquiera que se acercara más de la cuenta caía en una ilusión que le obligaba a abandonar esa parte del bosque. Por ello, esta base era una casa normal y corriente, con la defensa de una barrera de genjutsu.
A pesar de lo que había sucedido entre Kakuzu y ella, él no hizo alusión alguna al tema. Por supuesto, ella tampoco le preguntó nada. Al fin y al cabo, solo lo había visto durante unas pocas horas y no precisamente a solas. No obstante, eso no significara que no pensara en el asunto. Más bien todo lo contrario. Sentía las caricias y besos de Kakuzu tan nítidos en su piel y en sus labios como si se los estuviera dando en ese mismo instante. Miró la luna y suspiró.
Ella sabía perfectamente, que el beso del día anterior no había sido una ilusión y que había sido completamente diferente a todos aquellos besos que este le robó en el pasado. Por primera vez, era un beso correspondido. Un beso que no solo contenía deseo y lujuria, sino algo mucho más tranquilo y dulce. Incluso amoroso.
- (¿De verdad estoy pensando estas cosas? Que yo esté enamorada de él, no significa que él lo este de mí. Pero sus palabras, la forma en la que me trató, la delicadeza y pasión de ese beso y su repentina huida del cuarto… quizá algo en él haya cambiado… al igual que en mí. Si de verdad solo le interesaba mi cuerpo podría haber seguido y yo no le habría detenido. Más bien al contrario. Me hubiera entregado sin reservas, aunque eso significara mi propio final) -se apartó el mechón de pelo de la frente y avanzó hasta la cama. Después se sentó – (Puede que él también lo desee pero que haya algo que le frene…) -Quizás… -se quedó mirando la puerta en silencio.
Kakuzu había terminado hace un par de horas el ajuste de los presupuestos de ese año. Por fin, podría olvidarse de las finanzas por unos días, y de la insistencia de Pein en que las terminara. La semana que estuvo inconsciente y los días que estuvo alejado de la base, le habían quitado demasiado tiempo. Lo único malo, es que ya no disponía de un exceso de trabajo que le hiciera dejar de pensar en Ino. En cuanto entregara los papeles a Pein, este le diría que estaba libre de responsabilidades y que se dispusiera a entrenar a la muchacha.
- (¡Maldita sea! Se me va a hacer realmente difícil lidiar con ella) -pensaba esto mientras se encontraba tumbado en la cama en la oscuridad y tapado hasta la cintura. Esa noche hacía bastante calor. Ya estaba entrado el verano y por ello, dormía únicamente con su pantalón. Cerró los ojos y de pronto oyó el crujido de la puerta.
De momento no se movió. Pretendía averiguar quién andaba a hurtadillas en su cuarto a esas horas. De todos los miembros de la organización solo se le ocurría a una persona que pudiera hacer algo así. Sin duda Deidara ya le había amenazado un par de veces desde que llegó y por lo que parecía, tenía prisa en acabar con él. Quizás pensó que podría matarlo mientras dormía. Sin embargo, eso denotaba una gran estupidez. Kakuzu observó con atención la figura que se separaba de la puerta y avanzaba hacia él. Para su suerte la posición de la ventana le permitía tener una visión más o menos clara de la persona que había irrumpido en su cuarto. De repente, la luz de la luna permitió ver la cabellera de dicho personaje.
- (¿Rubio?... ¡Es Deidara!) -dijo al tiempo que acorazaba su brazo dispuesto a lanzarlo a su cabeza. Sus acciones fueron repentinamente truncadas.
- Kakuzu…
- (Esa voz… es de…) – se incorporó rápidamente. Quedando sentado en la cama. - ¿Ino? -dijo mientras encendía la luz de la mesilla.
Al encenderla, vio a la muchacha de pie frente a su cama con la bata blanca que exhibió ante él el día anterior cuando la besó. Estaba cruzada de brazos y le dirigió una enigmática mirada. Kakuzu no se explicaba que diablos hacía ella allí, pero estaba dispuesto a averiguarlo.
- Ino… ¿qué haces aquí? Podría haberte matado. ¿Por qué no hablaste cuando entraste? – ella no respondió nada. Simplemente se le quedo mirando de la misma forma que antes. Ladeó su mirada ligeramente por el cuerpo de este y volvió a mirarlo a los ojos repentinamente. Él por su parte frunció el ceño y ocultando su nerviosismo, se levantó y se acercó finalmente a ella – Te he preguntado… ¿Qué haces aquí? -dijo frente a ella. Entonces, ella respiró y habló.
- ¿Me deseas Kakuzu?
La pregunta de Ino dejó completamente desarmado a Kakuzu. Jamás se había sentido tan confuso con una mujer. Esta era la primera vez, que no sabía cómo contratacar a un argumento de otra persona. Abrió la boca como queriendo decir algo, pero nada salió de ella. Volvió a cerrarla y parpadeó un par de veces, incapaz de ocultar su desconcierto. Cuando reunió la fuerza suficiente, reaccionó.
- Ino ¿Qué diablos pretendes con esa pregunta?
- Desde que me secuestraste… has intentado castigarme… pero en lugar de tratarme como tu prisionera y torturarme… me has sometido con besos y caricias. En un principio pensé que era solo para humillarme y aunque, ha habido momentos en los que he creído que te importaba, después he vuelto a decepcionarme. Pero desde que caíste enfermo y estuviste a punto de morir, he descubierto que había algo en mí… que irremediablemente te necesitaba. No he podido evitar pensar… que tú también sentiste algo así antes de ayer… cuando me besaste – Por eso quiero saber… si tú me deseas.
- ¿Me necesitabas? No se trata de ninguna trampa… ¿verdad?
- ¡No, claro que no! Maldita sea… no evadas mi pregunta – miraba impaciente de un lado a otro, para fijar su mirada en él finalmente.
- No estoy evadiéndola. La contestaré. Pero antes, quiero saber… ¿Por qué me necesitas? ¿Qué paso mientras estuve inconsciente? ¿Qué me ocultas? ¡Dímelo!
- Cuando caíste enfermo… no pude evitar pensar que fue mi culpa… que te interpusiste entre la trayectoria de esa aguja y yo para salvarme. Al principio pensé que era un simple sentimiento de agradecimiento… de empatía y profesionalidad lo que me empujaba a salvarte la vida a pesar de ser mi enemigo. Has matado a muchas personas, entre ellas mi maestro, y perteneces a una organización criminal que pretende atacar a los que quiero. Debería odiarte. Aunque lo cierto es que no puedo, porque no se en que momento, pero… no quiero perderte.
- ¿Por qué? -dijo él con un nudo en la garganta. Ella sonrió, dejándole desconcertado.
- Nunca fui buena expresándome con palabras… -dijo acercándose hasta él y poniéndose de puntillas para llegar a su rostro.
Sin mediar palabra, le plantó un beso a Kakuzu. Él rápidamente respondió cogiéndola de la cintura y atrayéndola hacia él. Ella colocó sus brazos por el cuello de Kakuzu, a lo que este la levantó un poco del suelo, dejando los pies de ella ligeramente, dejándolos suspendidos en el aire. Durante unos minutos quedaron así, pegados el uno al otro disfrutando de ese apasionado beso. A Kakuzu todo ello se le antojaba como un sueño, el sueño del cual no quería despertarse. Sin embargo, algo pesaba aún en su conciencia de asesino de rango S. Y ese sentimiento de culpa no podría reprimirlo durante más tiempo. No con ella besándole y tocándole de esa manera. La cogió bruscamente de la cintura y la apartó de él. Ella por su parte quedó tan sorprendida como la última vez que se besaron y el salió de la habitación.
- Ino si continuas así no podré contenerme…
- ¿No se te ha ocurrido pensar que no quiero que te detengas?
- Eso dices ahora… pero no quiero comportarme como el monstruo en el que me convertí aquella noche…
- ¿Qué? -dijo ella sin comprender
- Esa noche que entré a tu cuarto… borracho y te… -dijo señalándola y parándose en seco- …te violé… - se dio la vuelta sin mirarla y continuó – Me niego a aguantar de nuevo esa mirada que me dedicaste a la mañana siguiente… no quiero hacerte algo así otra vez… Es mejor que te marches mientras puedas… -dijo apoyando su mano derecha en la pared sin siquiera mirarla.
- Kakuzu… -dijo ella acercándose a él y colocando su mano en las suturas de su espalda- …tu no me violaste…
- ¿Qué? ¿Qué estás diciendo? -dijo el dándose la vuelta inmediatamente- Recuerdo que me emborrache, estaba celoso porque prestabas más atención a Sasori que a mí. Porque vi cómo te beso en la puerta de tu cuarto y me encendí… tenía ganas de matar a ese tipo…. Y a ti… -dijo alzando bruscamente su mano, para bajarla después lentamente y ponerla sobre su mejilla- hacerte mía y quitar de tus labios en mal sabor que ese imbécil había dejado. Me fui con Hidan a la sala de juegos y después fui ebrio a tu cuarto… te arranqué la ropa, lo recuerdo… tu no parabas de revolverte e intentar librarte de mí. Pero yo, te deje desnuda y…
- … ¿después recuerdas algo? -dijo ella interrumpiéndole. Quiso decir algo, sin embargo, continuó ella- …no recuerdas nada más porque no hiciste nada más. Te quedaste dormido sobre mí.
- Entonces… si eso cierto… ¿porque te comportabas así conmigo…? – dijo esperando ansioso su respuesta.
- Porque en ese momento aún te detestaba. Pero ahora… es diferente… -dijo cogiéndole la mano que él había colocado en su mejilla.
- Si de verdad es diferente para ti… -dijo acercándose lentamente a ella, hasta que estaba pegado a su cuerpo. Acercó su boca a su oreja y le susurró - ¡Pídelo!
Ella imitó el movimiento de Kakuzu y se acercó a su oreja, dejando sus labios pegados al lóbulo. Kakuzu sentía el aliento de Ino que no hacía sino encender su lujuria aún más. Impaciente esperaba que ella lo dijera. Interiormente rogaba que lo dijera rápido o se volvería loco.
- Hazme tuya, Kakuzu… -dijo ella con un tono de sensualidad y deseo en su voz que lo único que provocó es que él la atrajera hacia sí bruscamente y ahogara un gemido de sorpresa con un profundo beso.
Kakuzu devoraba con ansiedad esos dulces y carnosos labios que tanto había deseado besar. Y ahora no solamente era un deseo suyo, sino también de ella. Pensó que era un sueño, una de esas incontables fantasías que había imaginado todas las noches desde que la secuestro. Por fin podría cumplir sus anhelos y enseñarle a esa mujer que era el deseo y la pasión. Con ese pensamiento en la cabeza, recorrió lentamente el cuerpo de ella. Haciendo que se le erizara la piel a cada roce de sus dedos.
Ella por su parte, se sentía en el cielo. Jamás imagino que el hombre que tanto la había hecho sufrir en el pasado, era ahora el objeto de sus deseos y que solo sus besos la hacían derretirse de placer. Notaba como pasaba sus grandes manos por aquel cuerpo, que se antojaba tan pequeño bajo él. Como descargas inherentes de placer invadían su cuerpo cada vez que el pasaba sus dedos y sus labios por su piel.
En un momento dado, él intentó introducir su mano bajo la bata de ella, mientras besaba su cuerpo. No obstante, fue rechazado y empujado hacía la cama por Ino. Ese movimiento le sorprendió, pero la sensual mirada de ella le indicaba que tenía algo en mente y que no se moviera. Quedando entonces sentado, observó como Ino desataba lentamente la cuerda de la bata hasta deslizarla a cada lado de su cintura y después, dirigía sus manos hasta la abertura de la misma en su pecho. Deslizó lentamente la tela blanca de la bata dejando ver la ropa interior que llevaba debajo. Ino llevaba puesto el conjunto negro y rosa que Kakuzu le había traído cuando ella se duchó en su cuarto.
Cuando en aquella ocasión, cogió el conjunto de su habitación, imaginó como le quedaría, pero desde luego la realidad superaba con creces a su imaginación. Sus voluminosos pechos, su esbelta figura y su piel nívea en contraste con la luz anaranjada de la lámpara, la hacían ver como una diosa. Ante esa deliciosa visión, Kakuzu quedó estático observando cada matiz como queriendo grabarlo en su mente. Ella por su parte, dejo caer lentamente sus brazos a cada lado y le miró fijamente.
- Lo que pase a partir de mañana no podemos saberlo… pero si lo que pase ahora… -dijo ella caminando lentamente hacía él.
Cuando la tuvo lo suficientemente cerca de él, la cogió de la muñeca y la atrajo hacía sí. El beso que le dio, transmitía gran ansiedad y excitación, y tenía por objeto, de un rápido movimiento, tumbarla en la cama bajo él.
- Ya no hay marcha atrás niña… por mucho que lo intentes… no podrás escapar de mí… -dijo Kakuzu con la voz algo pesada por contener la tremenda excitación que le dominaba en ese momento.
- Lo sé… -dijo ella poniendo sus manos a ambos lados de la cara de él y atrayéndole hacia ella.
Fundieron sus labios en otro beso, mientras sus manos recorrían el cuerpo del otro. Mutuamente se deleitaban descubriendo las curvas de su cuerpo; el perfilando con sus dedos las curvas del suave y delicado cuerpo femenino que yacía bajo él, y ella, trazando cada musculo y suturas del robusto y fuerte cuerpo que la cubría. Tras dedicarle unos minutos a tapizar su boca y su cuello con sus besos y caricias, fue bajando por el puente que formaban sus perfectos pechos. Su piel suave y su olor a flores le embriagaban y estaba haciendo un esfuerzo titánico para no dejarse llevar por su lujuria y terminar con esto antes de que empezara.
Levantó ligeramente el cuerpo de Ino y deslizó su mano por su espalda mientras besaba la colina que formaba sus pechos mientras ella contestaba con ligeros jadeos. Con una maestría propia de su experiencia, se deshizo del sujetador dejando libres los pechos de ella. Los observó con deseo y sin mediar palabra alguna se abalanzó sobre ellos. Dirigió su boca hacía el seno derecho y succionó el pezón dando pequeños mordiscos, provocando que arqueara la espalda por las descargas de placer que recorrían su cuerpo. De la misma forma, atendió el seno izquierdo, haciendo que Ino no hiciera otra cosa que gemir de placer. Sus gemidos eran ahora más intensos y Kakuzu sentía una creciente excitación en su entrepierna que estaba a punto de volverle loco.
Descendió aún más deslizando su lengua por su ombligo hasta besar su vientre justo en el límite con sus bragas. Sujetó los laterales de estas y deslizó la prenda hasta los tobillos de ella y la lanzó bruscamente hacía un lado asustando un poco a la muchacha. Él la miro con actitud tranquila y ella se relajó. Aun así, el noto cierto nerviosismo, aunque ya la excitación era demasiada para detenerse.
- Tranquila… esto no te va a doler… -dijo él con su voz ronca y varonil, que provocó que la piel de Ino se erizara al instante.
Posó sus manos sobre las rodillas de la chica y abrió sus piernas lentamente, deleitándose con la placentera visión de su intimidad. Quedó estático ante la avalancha de sentimientos que no paraban de golpearlo desde que la besó y lo apretados que sentía sus pantalones, pero debía controlar su lujuria. Le demostraría lo que era sentirse amada y le mostraría lo que era el placer y la pasión. Sin embargo, si quería demostrarle eso debía ir despacio. Aunque esa era sin duda la prueba más difícil a la que se habría enfrentado desde hace mucho tiempo. Muchos años habían pasado desde que estuvo por última vez con una mujer y su instinto masculino estaba prácticamente descontrolado en ese momento. Fue precisamente ese primitivo instinto el que le hizó abalanzarse contra la intimidad de ella, provocando en Ino un sonoro gemido.
En pocos segundos, la habitación retumbaba con los sonoros gemidos de Ino. Él lamía e introducía su lengua en su abertura con la maestría que tanto le había definido en sus anteriores encuentros. Ella se contorsionaba asiduamente, y mordía sus labios agarrando las sabanas, con su larga cabellera rubia desordenada sobre la almohada de la cama. Como si no fuera suficiente con su lengua, Kakuzu acarició con sus dedos la intimidad de ella y tras humedecerse sus propios dedos introdujo estos en ella. Sin perderla de vista en ningún momento, vio los cambios en la actitud de la chica al introducir, uno, dos y hasta tres dedos en ella. Veía con intensidad como ella aumentaba el volumen de sus gemidos y la fuerza con la que sujetaba las sábanas a causa del creciente placer. Kakuzu sonrió satisfecho de la reacción que causaban sus caricias en ella y estaba dispuesto a darle mucho más.
- Vaya… estas muy mojada… parece que te gusta…
- Kakuzu…yo… ¡Ah! -ella cortó la frase cuando Kakuzu comenzó a mover sus dedos al tiempo que atendía su clítoris con su lengua.
Ino estaba ante una perspectiva muy diferente a la que imaginaba de las relaciones. Nunca había estado con nadie, pero si este era el placer que encerraba el sexo, entendía perfectamente porque había tantos pecadores. Su cuerpo candente y extasiado de placer, no cesaba de contorsionarse y por mucho que lo intentara, no era capaz de reprimir sus gemidos. Sentía su cuerpo húmedo, caliente, pesado. Jamás se había sentido así, y aunque, no sabía cómo iba a terminar todo esto, si sabía una cosa. No quería que se detuviera. Abriendo sus ojos opacados por el placer y sintiéndose a punto de explotar, habló con voz demandante y temblorosa.
- Kakuzu...ah….por favor… -dijo ella entre gemidos y con la respiración entrecortada.
- ¿Qué quieres? Si no me lo pides no te lo daré… - ¡Por supuesto que se lo daría! Hacerlo era lo que más deseaba en ese momento, pero quería oírlo de sus labios, necesitaba escucharlo.
- Hazme tuya, Kakuzu…
Sin perder un segundo, se deshizo de las últimas prendas que le quedaban, dejando en libertad a su palpitante y caliente amigo. Ella se irguió levemente para verlo, y aunque su cuerpo estaba completo de suturas, era sin duda el cuerpo más musculoso y bien formado que había visto. Si no fuera por el trazado de sus hilos, que enmascaraban su cuerpo, debía admitir que él era con diferencia el hombre mejor formado con el que se había topado. Esta era la primera vez que había visto un hombre completamente desnudo fuera de su consulta y en esa situación. Jamás podría haber imaginado que la virilidad de un hombre podría tener semejante tamaño. No obstante, Kakuzu era grande y fuerte, y después de sentir su virilidad en su vientre, tenía claro que el Akatsuki estaba bien dotado.
Por un momento se asustó por su tamaño. Ella era virgen y estrenarse con un hombre así, estaba claro que iba a dolerle. Kakuzu notó el nerviosismo de la chica y se acercó lentamente a ella. Depósito un cálido y apasionado beso sobre sus labios, al tiempo que la acariciaba la espalda y la tumbaba delicadamente en la cama. Cuando terminó el beso la cogió de la mejilla y la miró fijamente.
- ¿Estás segura de que quieres esto…? -en el fondo él temía la respuesta a esa pregunta, pues sí resultaba que no quería, no sabía cómo diablos iba a controlarse. Sin embargó espero su repuesta.
- Si… -no precisó ninguna otra respuesta sino simplemente, asintió.
- Tranquila… relájate… intentaré causarte el mejor daño posible -dijo sin parar de besar y acariciar su piel mientras dirigía sus manos hacía los mulos de la chica.
Lentamente los separó, poniéndolos a cada lado de su cintura. Se posicionó en la entrada de ella y una fuerte descarga recorrió el cuerpo de ambos cuando notaron la cercanía sus intimidades. Él notaba su suavidad y ella su dureza. Sin perder de vista sus preciosos orbes azules que parecían adquirir un tono verdoso por la luz de la anaranjada de la lámpara, fue introduciéndose en ella lentamente.
La expresión de enorme placer que reflejaba su rostro momentos antes se sustituyeron con una mueca de dolor que Kakuzu intentó suavizar besando y acariciando su cuello. De repente, tropezó con la prueba de su intimidad. Esa barrera que la designaba como una niña, él la convertiría en una mujer cuando la rompiera. De un golpe seco y rápido, dio una fuerte acometida introduciéndose por completó en ella. Ino produjo un sonoro gemido al sentir que la prueba de su virginidad se quebrara. Que era destruida y tomada por aquel hombre que tanto había odiado y que ahora tanto deseaba. Dicho grito fue callado por la boca de él que lo ahogó por completo. Cuando Ino se calmó y Kakuzu notó que estaba más relajada, comenzó a moverse lentamente.
- No te preocupes… pronto dejará de dolerte… -dijo él con la voz entrecortada.
Ya no lo soportaba más. Sentir el calor y la humedad de ella alrededor de su miembro solo le hacían contraer los músculos de placer. Su instinto masculino ya estaba descontrolado y su ritmo fue aumentando progresivamente, a medida que su virilidad iba deslizándose por la humedad de ella. Tal como dijo Kakuzu, los gemidos de dolor de la chica fueron cambiando de tono, hasta convertirse en gemidos de placer. Ino intentaba callar sus gemidos mordiéndose fuertemente los labios, avergonzada ante el volumen creciente de estos.
- No te calles… quiero oírte gemir… vamos…. Demuéstrame que te gusta lo que te hago… ¿eh? -dijo él dándole una fuerte embestida a Ino que ya no pudo callar sus gemidos.
Cada embestida de Kakuzu era cada vez más fuerte y profunda. Emitía gemidos roncos desde el fondo de su garganta. Mientras Ino, acompañaba los gemidos de él con los suyos, al mismo compás. Ella pasó los brazos alrededor del cuello, sujetándose a él y rodeando su cintura con sus esbeltas piernas, haciendo que las embestidas fueran aún más profundas. Sus retumbantes gemidos, sus respiraciones entrecortadas y el crujido de la cama eran los únicos sonidos que se escuchaban en toda la habitación. Estos ruidos los acompañaban con besos húmedos y cortos. Siguieron así durante unos minutos, pero el creciente placer que les invadía les advertía de que ya estaban cerca del clímax. Sus cuerpos ardientes y jadeantes se movían en perfecta sincronía y estaban a punto de estallar.
- ¡AH!¡AHH!... Kakuzu… no pares… -dijo ella incapaz de gemir de placer.
- Ah… Ino… voy a…. -dijo él sin parar el ritmo, empujado por el enorme placer que le brindaba esa hermosa mujer.
- ¡Kakuzu!
- ¡Ino!
Tras una exorbitante avalancha de placer, ambos sintieron como llegaban al clímax. Sus cuerpos estaban temblorosos y perlados en sudor. Tuvo que hacer un último esfuerzo para no aplastarla y se dejó caer al lado derecho de ella. Él dejo que su semilla llenará el interior de Ino. Aunque hubiese querido, no hubiera podido sacarla antes. Pero era algo que no le importaba demasiado, por una vez en mucho tiempo, no le importaba atarse a una mujer. La deseaba, la amaba, era su mujer y así sería siempre. Ahora él sabía que ella sentía lo mismo por él, y eso llenaba el corazón de Kakuzu de algo que hace mucho que no sentía por nadie. Con la mayor delicadeza que podría demostrarse, cogió la sabana y cubrió su desnudez como si fuera de cristal. Ella se había desmayado después de llegar al orgasmo y en ese momento yacía al lado de Kakuzu. Tenía una expresión de serenidad en el rostro y lucía más hermosa que cualquiera de las otras veces que la había tenido tan cerca.
La atrajo hacía él y la acomodó entre sus brazos poniendo la cabeza de ella sobre su pecho y pasó una mano con ternura por su cabeza quitando los mechones de cabello que tenía por el rostro. La miró fijamente por unos segundos, como queriéndose cerciorarse de que lo que había pasado esa noche era real. Muchas otras noches soñó con hacerla suya, por apresarla entre sus brazos, por hacerla derretirse con sus besos y caricias, por hacer que gimiera diciendo su nombre una y otra vez. Ahora que lo había conseguido, tenía miedo de que se durmiera y al día siguiente descubriera que todo había sido una broma de su desbocada imaginación. La estrechó aún más entre sus brazos y levantó su cara sujetándola el mentón, depositándole un casto beso en sus sonrojados labios.
- No me importa que esto sea un sueño… es el mejor que he tenido en mucho tiempo. – la miraba fijamente pasando su pulgar por la mejilla de la chica, acariciándola – No volveré a decir esto en voz alta… - dijo acercándose a la oreja de ella – Te amo, Ino -finalmente apoyó su cabeza en la frente de ella, dispuesto a sumirse en el mundo de los sueños. Lo último que se vio fue como Ino esbozaba una pequeña sonrisa con los ojos aún cerrados.
En la habitación contigua a la de Kakuzu, cierto Akatsuki estaba tumbado en su cama con la manta tapándole hasta la cintura. Con el torso desnudo y los ojos abiertos como platos. El sonoro espectáculo de la habitación contigua no le había dejado pegar ojo, tal parece que ya se habían callado.
- ¡Que cabrón…! – fue lo último que dijo Hidan antes de dormirse.
DÍAS DESPUÉS…
Los días en la base, habían pasado sin ningún contratiempo. Los amantes habían pasado las noches juntos a escondidas de todos los de la organización. A excepción, por supuesto, de unos pocos. Por supuesto, Hidan sabía perfectamente lo que sucedía. Púes, al día siguiente de que consumaran su amor, el jashinista no dudó en echar la charla a Kakuzu de que la próxima vez pusiese un esparadrapo en la boca a la rubia. Por supuesto, Kakuzu contestó al comentario de su compañero de equipo con su habitual mal humor, propinándole un puñetazo al religioso.
Ino por su parte, se lo contó a Konan. Ella se sentía a gusto contándole sus cosas y la peliazul agradecía mucho esa extraordinaria confianza de la rubia hacia su persona. Las dos hablaban mucho sobre los sentimientos y la vida privada de la otra, y en vista de la falta de misiones para Akatsuki, tenían tiempo suficiente para cultivar su amistad, con extensas charlas. Ino le contaba sus sentimientos sobre la relación de Kakuzu y ella, y Konan, hacía uso de su experiencia para aconsejar a su amiga. Aunque dos Akatsuki sabían perfectamente lo que pasaba entre ellos, Kakuzu no era muy dado a mostrar sus emociones. Por ello, convenció a Ino para que no exhibiera su relación en público y mantenerla en secreto.
Esa era la razón, por lo que fuera de la intimidad y frente a los demás miembros de la organización no mostraban interés alguno por el otro. Se trataban como dos compañeros más y entrenaban juntos. Efectivamente, Kakuzu accedió a la petición de Pein y al día después de convertir a Ino en su mujer, le comentó dichos planes. Ella accedió a dejarse entrenar por Kakuzu, pues aparte de ser una kunoichi más fuerte con su ayuda, también estaría tiempo a solas con él.
A pesar de su habitual mal humor, Kakuzu era un profesor formidable. En unos pocos días Ino había acatado sus consejos y su capacidad de análisis y velocidad había aumentado. Además, estaba empezando a trabajar en nuevas técnicas de combate y por su puesto su taijutsu se vio extraordinariamente reforzado. Por las palabras del propio Kakuzu, Ino era una gran discípula y si por alguna razón, su alumna fallaba en alguna cosa, adoraba "castigarla" a su manera.
Por otro lado, los planes de Tobi, iban cogiendo forma. Los ejércitos de los cuatro Kages que estaban bajo su control, ya habían entrado en el país del Fuego. Y se dispondrían a atacarlos en un par de días. Una vez que estallara la guerra, enviaría a los akatsuki a por los dos jinchurikis restantes, para comenzar con el auténtico objetivo de la organización. Sin embargo, la espina de intriga que tenía clavada con respecto a Ino y a Kakuzu, seguía molestándole, y el plan, que había sugerido a Zetsu, seguía completamente en marcha.
Durante estos días, los había visto muy bien juntos, y aunque Kakuzu no hacía amago alguno de tener intimidad con ella, no la trataba con la indiferencia despectiva con la que trata a todo el mundo. Eso para un hombre como Kakuzu, debía ser algo bueno. Pein, sugirió ese cambio de actitud, al hecho de que Kakuzu estuviera entrenando a Ino y que su entrenamiento estuviera siendo fructífero, ya que, de momento, no la había matado. En un principio, Tobi no había autorizado un entrenamiento exhaustivo de Ino, sin embargo, tras mantener una larga conversación con Pein, decidió que no estaría mal que la chica mejorara sus habilidades. De todas formas, tenía pensado utilizarla en alguna otra misión, antes de librarse de ella.
Fuera como fuese, antes debía probar su teoría y no estaba dispuesto a perder más tiempo indagando sin hacer ningún movimiento. Llegó pues raudo, a la habitación de Ino y llamó sonoramente a la puerta. Pasaron unos escasos minutos hasta que la muchacha decidió abrir la puerta.
- ¡Hola Ino-chan! -dijo Tobi con su voz infantil.
- ¡Ah! Hola Tobi… ¿Qué pasa? -dijo Ino intrigada por lo que él enmascarado querría de ella.
- Hace mucho que no juegas conmigo Ino… ¿es que te cae mal Tobi? -dijo haciendo aspavientos con los brazos de arriba abajo y colocándolos finalmente detrás de la espalda.
- ¡No! Claro que no Tobi…
- Entonces todavía somos amigos, ¿no? -dijo ladeando la cabeza hacia un lado, manteniendo los brazos tras su espalda.
-Sí, claro… -dijo con una pequeña sonrisa y una gotita en la cabeza.
- Y podemos hacer cosas juntos… ¿verdad? -dijo juntado las palmas de sus manos como si estuviera pidiendo un favor.
- ¿Eh…? Claro que si… - dijo ella algo extrañada sin comprender.
- ¡Perfecto! Pues vamos a jugar… -dijo Tobi cogiéndola de la muñeca y arrastrándola hacia la salida.
- Oye… Tobi… a ¿Dónde me llevas?
- Vamos a ir al bosque a jugar al escondite…
- Pero Tobi… ahora no puedo… tengo que prepararme. Kakuzu me vendrá a buscar en cuanto termine de revisar los papeles de la contabilidad para entrenar…
- ¡Jo! Vamos a jugar porfi… Solo tú juegas conmigo. Los demás miembros son muy aburridos y Deidara-sempai siempre está enfadado conmigo.
- ¿Por qué? – dijo ella dejándose arrastrar por los pasillos por Tobi.
- Tobi no sabe, Deidara nunca dice nada a Tobi, desde que murió Sasori… -dijo el enmascarado.
- (¿Qué estará planeando ese tipo?) -finalmente llegaron a las afueras de la base, al bosque- Tobi, lo siento, pero no puedo…
- Vamos, Ino-chan, solo tiene que jugar un ratito con Tobi. ¡Mira, hacemos una cosita vale! Ino-chan juega conmigo un ratito y yo voy a buscar como un rayo a Kakuzu y lo traigo para que entrenen. ¿Hay trato? -dijo dándole la mano, inclinándose hacia delante mientras se apoyaba en el suelo con una sola pierna.
- Ah… No te rendirás, ¿verdad? –
- Nunca -dijo manteniendo la misma postura.
- Esta bien, jugaré contigo un rato -dijo finalmente derrotada.
- ¡Yupi! Ino-chan va a jugar con Tobi. ¡Tú te la ligas!
- Vale, pero con una condición -dijo levantando el dedo índice derecho.
- ¿Cuál? -dijo balanceándose de un lado a otro.
- No puedes usar tus jutsus de teletransportación para que no te pille.
- Vale… lo prometo – dijo Tobi ofreciéndole su dedo meñique para entrelazarlo con el dedo de Ino como una promesa de niños.
- Muy bien, es una promesa -dijo ella entrecruzando su meñique con el de Tobi – Vale, cuento hasta veinte ¿De acuerdo? -dijo ella, a lo que Tobi asintió.
Ino por su parte, se apoyó en el tronco de un árbol y comenzó a contar. Tobi desapareció en el momento en que ella se dio la vuelta adentrándose en el bosque. Pasaron veinte segundos e Ino se dispuso a buscar a Tobi.
Se adentró en la parte profunda del bosque, siguiéndolas huellas que deliberadamente había dejado Tobi. Tal parecía que como prometió, no iba a utilizar sus jutsus de teletransportación e inconscientemente, Ino lo agradeció. Si habitualmente, era difícil encontrar a Tobi cuando ni siquiera usaba sus jutsus, sería imposible encontrarlo cuando los utilizaba.
Siguió el rastro del susodicho durante unos minutos más. Debía encontrarlo lo antes posible. Puede que Kakuzu y ella estuvieran juntos, pero el primero daba una gran importancia a la puntualidad y no soportaba que le hicieran esperar. Se adentró aún más en el bosque, hasta el punto que ni siquiera se veía la luz del sol. Las frondosas hojas, tapaban por completo el lecho del bosque y todo estaba bastante oscuro. Sin embargo, había suficiente luz para divisar lo que se encontraba a unos metros. De repente, Ino escuchó un ruido entre la maleza.
- Sé que estás por ahí Tobi… -dijo para parase en seco, cuando vio una capa negra con nubes rojas apoyada en un árbol que había frente a ella y que no dejaba ver el rostro del susodicho.
Ella se acercó un poco más y dejo caer sus brazos debido a la decepción que produjo en ella que uno de los miembros más escurridizos de Akatsuki, se dejara ver tan fácilmente.
- De verdad Tobi… si quieres jugar al escondite y que esto dure tienes que esconderte mejor. -dijo ella mientras la figura se movía y dejaba ver su rostro poco a poco.
- No te preocupes ahora jugaré contigo… - dijo el hombre ante la asustada mirada de Ino- …ahora si te atrapo… te mataré -dijo Deidara esbozando una terrible sonrisa.
- ¡Deidara! -dijo dando un paso atrás, mientras él avanzaba lentamente - ¿Qué haces aquí?
- Estaba dando un paseo. Es una gran suerte que hayas decidido salir sin Kakuzu. Ahora nada ni nada me impedirá darte tu merecido, zorra maldita… - dijo Deidara mirándola con un odio encendido, que por primera vez en mucho tiempo a Ino, le dio miedo.
