¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.
La historia está preservada bajo derechos autor!
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TREINTA Y CUATRO
Isabella
—¿Sobre Vicky? —parecía confundido.
—Sí —me observó por unos minutos sin decir nada, como si aún estuviese asimilándolo todo—. Mira si no quieres…
—No —se apresuró negando con la cabeza—. No es que no quiera, es solo que me pregunto por qué sobre ella.
—Quisiera saber ¿cómo era? ¿cómo se conocieron? ¿por qué continuaste casado con ella sabiendo que te engañaba?
—No sabía que me engañaba, me enteré el día que te saqué del edificio en construcción.
Lo miré sin entenderle.
—Ya conocía a ese hombre, a Daddy —me acerqué un poco más olvidando completamente el libro—, conocí a Victoria siendo un niño, ella era la novia de… de un chico que conocía.
—¿Ese chico era Daddy?
Asintió.
—Yo era mucho menor que ellos dos, pero ella era especial conmigo —pareció pensar un poco—, cariñosa, ella fue mi amor platónico por años… —se quedó en silencio—. No tuve una infancia fácil, Isabella, mi madre me odiaba, yo era el producto de una noche de trabajo —lo miré sin entender—, ella vendía su cuerpo para así poder consumir.
Puse mi mano sobre su brazo.
—No tienes que…
—Ella murió y fue cuando conocí a Esme, intentaba robarle los retrovisores a su auto, me llevó al Olimpo y me dio un trabajo.
—¿Qué edad tenías?
—Estaba a punto de cumplir catorce, sin embargo, no viví de gratis en el club, cada persona en el Olimpo tiene tareas, yo tenía tareas muy específicas, lavar todos los baños del local… —me reí—. ¿Sabes que hay 17 habitaciones? así que eran 17 baños sin contar los del lobby que era un gran baño con siete retretes. Pero tenía comida, estudio y el cariño de Esme.
—¿Y Victoria?
—Perdí contacto con ella cuando mi madre murió, volví a verla cuando regresé herido de Irak, habían pasado diez años, pero ella seguía viéndose hermosa —sus manos tomaron las mías, él tenía manos grandes, callosas con dedos largos y uñas limpias.
—¿Isabella? —alcé la mirada observándolo, estaba tan metida en mis propios pensamientos que me perdí parte del relato—. ¿Me estabas escuchando?
Sentí el color encender mis orejas.
—Lo siento, me distraje.
—Lo noté. Pero pensé que algo les pasaba a mis manos —levantó la mano que no tenía sujeta y la examinó.
—Tienes bonitas manos.
—¿Quieres que continúe? —asentí—. Yo quería protegerla y eso incluía protegerla de la vergüenza y de su padre.
—Espera, realmente no estaba prestando atención gracias a tus hipnóticas manos.
—¿Mis manos son hipnóticas? —arqueó una ceja.
—Silencio… o más bien rebobina. Hay algo que me estoy perdiendo.
—¿Desde dónde te hipnotizaron mis manos?
—No vas a dejarlo pasar, ¿verdad? —negó con la cabeza y luego su mirada viajó hasta la ventana en donde la nieve caía con lentitud. —Escuché en el supermercado que el verdadero invierno por acá es en estos últimos días del año, el primer día del año siguiente es uno de los más fríos —dijo cambiando completamente el tema.
—No voy a querer salir de la cama entonces. Odio el frío, puedes anotarlo en tu libretita de las diez cosas que sabes sobre mí —se rio.
Hablamos un poco más, no sobre mi ex esposa, el tema cambió a banalidades como a qué equipo le íbamos en el Supertazon, no supe en qué momento me quedé dormida bajo el acompasado latido de su corazón.
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—Necesitas entrenar —dijo Edward sentándose a mi lado un par de días después de nuestro tercer beso.
Después de ese siguieron muchos más, lentos, suaves, intensos, tormentosos, roces sin intención y algunos con los que quedábamos echando chispas, pero cuando las cosas se ponían más interesantes, él se detenía dejándome completamente frustrada.
Ni hablar de que ya no dormíamos juntos.
Me había masturbado pensando en él la noche anterior y había sido caliente, fugaz y arrasador.
No supe si había escuchado mis gritos amortiguados contra la almohada y tampoco me importaba. En la mañana cuando salí de la habitación lo encontré trabajando en el computador, desayunamos juntos, afuera el clima estaba loco, llovía un poco, y la lluvia se convertía rápidamente en agua nieve para terminar nevando copiosamente y haciendo que el clima en el exterior fuese más frío que la teta de una bruja.
Sonreí al recordar el viejo refrán de mi padre.
—¿Isabella?
—Sip.
—Entrenar —musitó dejando un beso en mi nariz. Cerré el libro y gateé hacia él subiéndome a horcajadas sobre sus piernas y dejando un beso en su boca—. No, no me vas a distraer —tomó el dobladillo de su sudadera y la deslizó por mi cabeza.
—Tu boca dice una cosa y tus manos otra, no es que me esté quejando.
—Déjame ver tu herida, sabelotodo —farfulló moviendo el tirante de mi top deportivo, palpó la herida con las almohadillas de sus dedos haciéndome estremecer—. ¿Duele?
—No ahí —susurré, me dolía la entrepierna cada vez que él me tocaba, no importaba que tan inocente fuese el roce, quería más de él, quería su cuerpo sobre el mio, quería tenerlo en mi interior y hacía todo por hacérselo saber, pero él me ignoraba olímpicamente—. Edward —llevé mi boca al lóbulo de su oreja, sus manos se deslizaron por mi costado —llévame a la cama.
Él se rio y tomó el buzo deslizándolo por mi cabeza.
—No hay necesidad de apresurar las cosas, cariño —dejó un beso sobre mi puchero—. Entrenemos, te hará bien estirarte.
—Sabes que el sexo es científicamente declarado como el mejor entrenamiento, se pierden casi setenta calorías haciendo el amor —expresé colocándome el buzo.
—Tú necesitas entrenar para aprender a defenderte, no para quemar calorias —dejó otro beso rápido—, no hay afán para el sexo.
«¿Cómo que no?».
Habia muchoooooooooooooooo afán.
—Yo quiero disfrutar esto, anda levántate, estiremos.
Los siguientes minutos hicimos ejercicios de estiramiento, sin esforzar mucho mi hombro lastimado. Luego empezamos el entrenamiento de manera ascendente.
—Bien, bloquéame.
Antes de que pudiera, siquiera llegar a él, Edward me dio una patada haciendone caer de culo sobre la alfombra, pero no contaba con que yo también lo hiciera caer, él giró la parte superior de su cuerpo y yo le di una patada detrás de la rodilla haciéndolo caer a mi lado con un gesto de sorpresa en el rostro.
—Bien hecho, me encanta tanto que ya puedas dar un golpe —se levantó y me tendió el brazo para que me levantara, cuando tiró de mi mano no pude evitar el gesto de dolor—. ¿Estás bien? ¿Es tu brazo?
—Estoy bien. —No, no lo estaba me dolía, dolía mucho.
—¿Te duele el brazo?
—Lo apoyé cuando caía, no es nada —me levanté rotando el hombro—. Déjame atacarte, ahora quiero aprender a hacer una llave de…
—El entrenamiento terminó —masculló con voz seria.
—¿Por qué? En serio quiero aprender a hacer una llave de palanca.
—No será hoy, Isabella, no quiero que te lastimes, quizá no debimos entrenar tan pronto —se veía preocupado—, ve al sofá, buscaré las compresas de hielo, el músculo debe estar inflamado. —No quería discutir así que hice lo que me pidió y él volvió con la compresa helada y dos botellas con agua
—Ven, déjame verte —me ayudó a quitar el buzo y colocó la compresa fría directamente sobre el músculo, luego destapó una de las botellas y me la tendió.
Iba a decir algo más pero el sonido de su celular lo distrajo, trotó hasta el aparato en la mesa de comedor y su ceño se frunció cuando observó el nombre en la pantalla.
—Carlisle —contestó rápidamente la llamada—. Hola, Carlisle, no nosotros... —se quedó en silencio—. ¿Qué dices? —se alejó—. ¡Mierda! —me levanté del sofá y lo seguí—. Sí, entiendo, está bien, Carlisle, por favor envíame los detalles por correo electrónico.
—¿Qué te dijo Carlisle? ¿Atraparon a Daddy? —él no dijo nada—. Edward ¿qué sucede? —pregunté al ver su rostro preocupado.
Tragó y su manzana de Adán y se movió antes de que inhalara con fuerza.
—Bien, nena volvamos al sofá.
—No, Edward, di lo que tengas que decir —increpé molesta, él se acercó, sus manos se posaron en mis hombros apretando ligeramente mientras descendían con suavidad por mis brazos.
—Pusieron un explosivo en el auto de tus tíos, ellos… —tomó mi mano entre las suyas.—. Ellos no sobrevivieron —trastabillé agarrándome de una de las sillas, él se apresuró a tomarme de la cintura, estabilizándome—. Ven conmigo —me ayudó a llegar al sofá y se sentó junto a mí, sentía como si una corriente de viento frío me hubiese atrapado en el medio.
—¿Com…? ¿Cuándo?
Él me observó un par de segundos antes de hablar.
—No te lo había dicho, pero poco antes de la última redada, infiltramos un hombre en la organización de Daddy, con tantos hombres que había perdido debido a nuestras intervenciones, él necesitaba empleados, así que fue fácil para el departamento infiltrar a uno de nuestros oficiales con los datos que había dado uno de los últimos capturados, él intentó acercarse a él sin ser notado y creíamos que lo había logrado. Sin embargo, oficiales del Departamento de Homicidio encontraron a un hombre con los rasgos físicos similares a los de nuestro infiltrado, colgado del puente Ballard Bridge en la mañana de ayer —me llevé la mano a la boca, la bilis se revolvió en mi estómago y por un segundo pensé que vomitaría—, creemos que la represalia por ello fue atentar contra tu familia. En la última conversación con el infiltrado, él dijo a la DEA que Daddy necesitaba saber qué tanto habías escuchado de su conversación con Vick, es por ello que te busca, además de que revelaste su verdadera identidad y eres la única que puede señalarlo como culpable en el juicio.
Lo escuchaba, pero seguía pensando en Eleazar y Carmen.
—¿Bells? Necesito que me digas si esa noche viste algo fuera de lugar, tal vez escuchaste algo que comprometiera la organización para la que él trabaja —negué con la cabeza—. Vamos, nena, haz memoria, ¿Jake te contó algo sobre los negocios de Daddy? —Volví a negar.
—Jake nunca me había hablado de ese hombre, solo lo mencionó esa noche, dijo que era un productor y que se habían hecho amigos —me levanté del sofá y caminé por la estancia—, lo único que vi fue una discusión entre dos amantes y el final trágico para uno de ellos.
—¿Estás segura? —asentí, él bajó la cabeza y deslizó las manos por sus cabellos.
—¿Sucede algo más? —Se levantó y me arropó con sus grandes brazos, dejó un beso en mi frente.
—No hay rastros de Daddy en Seattle, el lugar que nuestro infiltrado señaló como su guarida estaba completamente vacío, sin rastros de que él o alguno de sus hombres estuvo allí. Carlisle teme que haya salido de Seattle.
—Él puede estar en cualquier lugar del país, él puede estar aquí. —Negó con la cabeza cuando intenté salir de su abrazo—. Edward, él va a encontrarnos si cree que yo sé algo él no va a descansar hasta…
—Voy a protegerte, nada va a sucederte —susurró contra mis cabellos—. Nuestro agente no informó si Daddy tenía indicios de tu paradero, así que tranquila, solo tenemos que ser pacientes.
—¿Qué más te dijo Carlisle? —Levanté la cabeza observándolo.
—Solo lo de tus tíos, ocurrió ayer por la noche, llegaron vivos al hospital, pero no resistieron y murieron en quirófano. —Me apreté a él—. Yo lo lamento, sé que debes… —negué con la cabeza y me removí, él soltó su agarré, pero no se alejó.
—Lamento sus muertes, pero realmente no eran mis tíos. —Me miró sin entender —. ¿Soy una mala persona por no sentirlo? Digo, Eleazar nunca fue mi tío, lo conocí luego de la muerte de mis padres lo único que estoy sintiendo ahora mismo es una gran…
—No te culpes por esto, no fue tu culpa.
Las primeras lágrimas se deslizaron por mis mejillas. —Él me está buscando a mí, y si lo hizo para que yo saliera, para que lo enfrentara…, estoy aquí escondiéndome. —Edward negó una y otra vez.
—No es tu culpa, escúchame, el departamento les ofreció protección y no la aceptaron, cada quien toma sus decisiones, Isabella.
Recordé las palabras de Eleazar:
«El ser humano debe aprender de sus decisiones, sean acertadas o no».
Di media vuelta dispuesta a ir a la habitación.
—Nena... —tomó mi mano.
—Estoy bien, solo quiero estar sola.
Asintió y me soltó.
Por más que Edward dijera que no era mi culpa, por más que lo supiera, no podía evitar sentirme culpable.
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Nos queda tan poquito para el final…
