Disclaimer: InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi. Yo sólo estoy jugando con los personajes.
Advertencias: Violencia física y psicológica, muerte de personajes secundarios y la cuota usual de angst.
Notas: Bueno, bueno, éste y el próximo capítulo son definitivamente la etapa final para convertir a Onigumo en un bandido de pleno derecho. Luego pasaremos a su faceta más oscura (personalmente, mi favorita o.ò). Ágatha, vuelvo a darte infinitas gracias por tus reviews. Realmente los aprecio muchísimo :). A la mayoría del fandom no le interesa demasiado leer sobre los villanos y, pues, creo que somos una casta casi extinta (?)
«You'll die as you lived
In a flash of the blade
In a corner forgotten by no one
You lived for the touch
For the feel of the steel
One man and his honor»
Flash of the Blade by Iron Maiden
•Una onda de despertar•
Una vez que lo nota, se da cuenta de que impregna toda su vida. Una noche, al enfermarse después de comer lo que debe haber sido un conejo en mal estado, cae en un sueño intranquilo. Cuando se despierta, con la cabeza confundida, mucho, mucho más tarde de lo habitual, se mueve, sólo para darse cuenta rápidamente de que Toshio y la banda se han ido hace mucho tiempo, las cenizas en los troncos se enfrían. Siente ira, por haberse quedado atrás, luego pánico: ¿hacia dónde se dirigía la banda a continuación, otra vez? ¿Cómo los alcanzará a pie?
Y luego, un extraño vacío teñido de tristeza.
Hace una pausa, la emoción algo familiar, pero fuera de su alcance. Se sienta y trata de planear su próximo movimiento, pero la sensación lo aguijonea. Todavía debilitado y sintiéndose mal por la fiebre recientemente disminuida, descubre que empujar la emoción hacia abajo hasta que se apague sola no funciona tan bien como de costumbre. Intenta distraerse mirando las nubes, trata de encontrar formas. Es algo que solía hacer, cada vez que se sentía abrumado. La mayoría de las veces, Isao eventualmente lo encontraba en su lugar apartado y se acostaba a su lado. También comenzaba a señalar formas, y sus sugerencias se volvían cada vez más ridículas, hasta que el nudo en su estómago se deshacía entre risas y...
No. No puede pensar en él. No hasta que todo haya terminado y hecho.
Ya ha pasado bastante tiempo y...
¿Cuánto, exactamente?
Sintiéndose extrañamente aterrorizado, Onigumo intenta ordenar sus pensamientos.
¿Cuántos años tiene él?
Con una punzada, se da cuenta de que no hay nadie a quien pueda preguntar. ¿Por qué un grupo de bandidos recordaría cuando un niño pequeño se unió a ellos? Ni siquiera prestan atención a que él los siga ahora. Después de todo, lo habían dejado atrás esa misma mañana. Ni siquiera puede convencerse a sí mismo de que Toshio estaba siendo un bastardo al tratar de darle una lección. Probablemente ni siquiera se había dado cuenta.
Cuando su visión comienza a nublarse, aparta los ojos del cielo y se pone de costado, llevando las rodillas hasta su pecho.
Le duele. Eso es lo que es este sentimiento. Está solo.
Casi se ríe de lo ridículo que es. Es un guerrero. Ha matado gente. Es tan hábil en la exploración y la caza como lo es con su espada. Él puede cuidarse solo. Sin embargo, aparentemente, todo lo que se necesita es un poco de carne en mal estado y fiebre para convertirlo nuevamente en un crío llorón.
No. Eso no funcionará. Lo aplasta, se limpia la nariz y se levanta, armándose de valor.
...
Cuatro días de caminata más tarde, alcanza a la banda de ladrones, comiendo y contando sus riquezas en un pueblo recién vaciado cerca de la costa. Nadie le dedica más que una mirada de pasada.
Onigumo mueve sus piernas fuera del edificio y con cada zancada que da, las cosas son menos claras. Los fuertes sonidos de sus pasos se vuelven gradualmente inaudibles, reemplazados por un resonante vacío. Su conciencia retoza un juego perverso con él: su mundo está lleno de niebla, sonidos y vistas irreales a su alrededor.
Su cuerpo se mueve. Su cuerpo respira. Su cuerpo duerme. Su cuerpo entrena. Onigumo no le pide que viva, pero es una máquina bien afinada.
Tiene los huesos helados, no sabe si es porque la costa está nevada, o si es el frío de su pecho que sigue avanzando.
A veces se despierta en medio de una pelea con Kazuo. Se ha vuelto más vicioso, más brutal a medida que pasa el tiempo. Onigumo quiere hacerle daño, pero no lo hace porque no ha tenido la oportunidad de encontrar al hombre solo, y corre el riesgo de que toda su familia se vuelva en su contra (que es lo más seguro que ocurra).
Es un ciclo interminable, todos los días iguales, hasta que llega el primer vistazo de la primavera.
(Colores.)
(¿Fue todo un sueño?)
(¿Su vida en los huertos de un castillo?)
Lentamente el frío deja lugar al agua, la lluvia tan violenta que se siente como un gemido. Terreno tan resbaladizo que todos sus pasos requieren un enorme esfuerzo. Cada día se vuelve lentamente peor que el anterior. Cada día trae recuerdos con los que Onigumo no sabe cómo lidiar. Así que los mantiene alejados, en la niebla.
-X-
Una noche, Onigumo lo intercepta con la espada en alto. Ha sido bastante difícil hallar una oportunidad para encontrar a Kazuo solo, pero su paciencia finalmente ha dado sus frutos. (Ahora lo recuerda. Estaba entrenando bajo la lluvia. Debería haber estado preocupado por sostener una espada de metal bajo una tormenta, pero Isao le ordenó que entrenara. Así que entrenó. Sobreviviría a ésto).
Onigumo se siente pequeño, diminuto. El hombre que tiene delante es fácilmente el doble de grande que él, todo músculo y hombros anchos, mientras que Onigumo está compuesto de huesos y piel amoratada. De pie allí, no puede evitar compararse a un ratón en una trampa, incapaz de hacer nada más que retorcerse y chillar.
Kazuo lo mira, dando unos pasos hacia Onigumo, y Onigumo tiene que armarse de valor para no retroceder. Él es un guerrero. Él es valiente. No mostrará miedo frente a alguien tan asqueroso.
—Ah, estoy tan contento de que finalmente hayas decidido unirte a mí —dice el hombre, en voz baja.
Sonríe.
—No he venido a eso —Onigumo no se mueve, pero le cuesta bastante esfuerzo y su sudor se mezcla con la lluvia.
La sonrisa de Kazuo se desvanece, y el aliento de Onigumo se queda atrapado en su pecho como hielo quemándole los pulmones.
—Vamos a pelear, aquí y ahora.
Hay una lucha en su cuerpo, una sacudida que podría derrumbar los cimientos de su propio ser. Un combate del que no está seguro que saldrá intacto. Lucha contra mil pequeños disgustos de sí mismo que retozan dentro de él; sus debilidades, su temor, todo perfectamente alineado con las partes más densas.
Es el momento.
—Enfrentémosnos.
Los ojos de Kazuo se endurecen. Saca su espada, listo para una lección. Onigumo hunde los pies en el barro. Se prepara para una pelea. No sabe si la ganará. Nunca ganó antes. Tiene una espada, sí, pero ¿podría realmente vencer a un bandido adulto de pleno derecho?
—No quiero perder a la linda llorona de nuestro grupo, ¿sabes? —se ríe Kazuo, y el estómago de Onigumo arde por la humillación, lleno de una rabia envidiosa que alguien tan fuerte pensó que podía entender.
Nunca lo conseguirá. Ninguno de sus compañeros sabe lo que es ser un inútil, ser el más pequeño y el más débil y el que no puede hacer otra cosa más que observar. Onigumo no puede parar, no hasta que sea mejor, más fuerte y lo suficientemente bueno para ser un verdadero miembro de su familia.
Ya cometió demasiados errores, tuvo demasiadas ocasiones en las que no hizo lo suficiente para defenderse, no actuó como debería hacerlo un bandido. No importa que el estrés estuviera haciendo estragos dentro de su ser. No importa que contener la ira le dejara cada vez más una sensación oscura y enferma en la boca del estómago.
—Pelea contra mí, Kazuo. No estoy bromeando.
Un relámpago destella en el cielo, casi cegándolos, y Kazuo utiliza eso a su ventaja. Pero Onigumo está ahí, listo y sereno como nunca antes. Kazuo carga, confiado en su victoria. Su espada golpea donde estaba su pie. Onigumo no se deja desequilibrar por el ataque. Le da la espalda, usando su impulso para girar a su alrededor. Su espada se balancea en una rotación completa, un movimiento que nunca había usado en batalla antes. Es un movimiento que perfeccionó en la soledad del manto del cielo nocturno.
El filo de la espada roza la caja torácica del hombre.
Onigumo está tan sorprendido de que lo haya hecho que se congela por un segundo. Kazuo aprovecha ese instante para golpearlo. Empuja hacia adelante y da un paso dentro de su periferia, listo para cortarle el brazo. Onigumo intenta seguirle el ritmo rápidamente, pero resbala en el barro. Esta vez, Kazuo no le da muchas alternativas. Blande su espada en su dirección con la ventaja de la experiencia y, antes de que pueda sentir el dolor del acero, sabe que lo ha tocado.
Entonces, su espada vuelve a estar muy por encima de su cabeza, lista para un golpe que podría matarlo. Patea las piernas del hombre para alterar su estabilidad, girando en su ataque.
—Pensé que te había sacado la floritura a golpes, chico.
Su espada forma un arco hacia su hombro izquierdo y Kazuo la detiene con facilidad. La fuerza del golpe hace temblar sus manos, pero Onigumo usa el impulso del rebote para golpear su cabeza.
Kazuo lo bloquea de nuevo con burla, su espada girando alrededor de la de Onigumo y acercándose peligrosamente a su cabeza. Onigumo esquiva a tiempo el ataque y carga contra Kazuo con todo su peso, incluso si no es mucho, bloqueando ambas espadas. Kazuo retrocede, pero en su próximo aliento se lanza, la espada viniendo directamente a su pecho. Onigumo desvía la hoja y encuentra una abertura. Balancea su espada de izquierda a derecha en un gran movimiento, cortando oblicuamente desde la pierna hasta el hombro.
Requerido para permanecer en una posición defensiva, Kazuo retrocede fuera de su alcance.
—¡Maldito seas! —grita, furioso, lanzándose con tanta fuerza que Onigumo tiene que apartarse para no ser aniquilado en el proceso—. ¡¿De dónde viene todo esa determinación?! —ladra.
Es la primera vez que lo ve tan hostil, pero no se permite sentirse inseguro. Sostiene su espada en una posición defensiva, justo a tiempo antes de que Kazuo se acerque a él con rápidos movimientos. Onigumo esquiva a la izquierda, luego a la derecha. Está tan ocupado evitando la espada afilada que no ve la bota que se dirige a su cintura.
Es empujado al suelo. Instintivamente, redondea sus hombros y usa ese impulsa para rodar hacia atrás sobre sus pies. Su respiración es dificultosa y su ropa está pesada por la lluvia y el barro. Él no deja que su enfoque se deslice en estos inconvenientes menores. Kazuo es hábil, pero Onigumo puede ver cómo favorece su lado derecho.
El hombre vuelve a cargar contra él. Utiliza su fuerza para hacer palanca con la espada en su costado. Cuando finalmente logra cierto equilibrio, avanza con golpes fuertes, dejando poco espacio para que Kazuo se defienda.
Sonríe por primera vez durante todo el combate.
—¡¿Crees que puedes vencerme con ésto?!
El mayor detiene uno de sus golpes con un movimiento preciso, intentando enredar sus piernas con la intención de hacerlo caer. Sin embargo, ya ha anticipado este ataque. Sus movimientos se vuelven más fuertes, más rápidos, más letales. Su espada se siente increíblemente ligera en sus manos. Logra cortar la mejilla de Kazuo.
Se da cuenta de que él no tiene ninguna herida.
—Deberías hacerla de prostituta, Onigumo. Es lo único para lo que sirves.
Onigumo siempre ha sido lento para la ira, más aún cuando se trata de su propia integridad. Pero las palabras de Kazuo encienden una llama en su estómago. Una que encuentra su combustible en la repugnancia y la humillación. Quiere cortar esa maldita lengua. Quiere prenderle fuego hasta convertirla en cenizas.
Cuando Kazuo se le acerca con otro golpe, Onigumo lo detiene con su propia espada y redirige el empujón hacia su costado, desequilibrándolo momentáneamente.
El tiempo se congela.
Podría seguir luchando hasta que cayera la noche. Hasta que uno de ellos resultara gravemente herido. Y sin embargo, existe una alternativa, una órbita, un espacio negativo. Con la mano libre, Onigumo alcanzar el cuchillo entre sus ropas y lo dirige al cuello de Kazuo.
Atraviesa la carne como fruta madura.
El hombre se lleva los dedos al mango del cuchillo, desconcertado ante la sangre que gotea y, en un rápido movimiento, Onigumo aprovecha esa instante para cortarle la extremidad con el filo de la espada. La lluvia y los truenos parecen ahogar los alaridos de Kazuo, pero no puede arriesgarse a que alguien más lo descubra, así que termina de cortar las cuerdas vocales de un certero tajo.
Arrastra el cuerpo hacia lo más profundo del bosque.
-X-
Es una redada como cualquier otra. Sólo una de las cosas que Onigumo y los bandidos tienen que hacer para sobrevivir. Nada ha sido igual sin Isao. En realidad, ninguna parte de la vida de Onigumo ha vuelto a ser igual, incluso si sólo hay una persona menos luchando junto a todos ellos ahora. Una boca menos que alimentar.
El corazón de Onigumo se siente pesado, pero no hay lugar para pensamientos como esos. Está aquí para luchar. Está aquí para sobrevivir.
No sabe qué incursión es desde que Isao se quedó atrás, y ahora están apuntando a un pequeño pueblo que apenas vale la pena saquear. Hay un terrateniente, algunas granjas, algo de ganado y no mucho más. La única razón por la que los bandidos se molestan es porque hay un largo camino hasta el próximo pueblo en dirección norte. Recoger algunos suministros de última hora es una opción segura.
Con la espada agarrada en la mano, Onigumo se prepara para luchar.
Mirando los rostros de sus compañeros y pensando en todos los que han muerto en los largos años que ha estado allí, Onigumo se siente bastante extraño. Lleva varios inviernos con su familia, dicen. Ha sobrevivido más tiempo que la mayoría de los hombres adultos. Ha pasado de ser un niño a un hombre y de alguna manera, de alguna manera, vivió todo lo que se interpuso en su camino. A través de su propio poder, Onigumo se ha convertido en alguien lo suficientemente fuerte como para vivir.
Intenta convencerse de que es lo único que importa. Ésto es todo lo que tiene, y significa mucho para él. Riquezas, poder, mujeres... nada de eso le ha atraído nunca. Onigumo siempre se ha conformado con entregar lo mejor de lo que gana, con tomar sólo lo que necesita para vivir y compartir el resto. Una extraña perspectiva para un bandido, y sin embargo...
Él es feliz de esa manera. Lo más cercano a la felicidad que puede llegar a tener un chico que ha pasado toda su vida cortando gargantas. Está contento con sólo... vivir. Con sólo proteger a las personas que están a su lado.
No hay tiempo para pensar en estas cosas. No hay lugar, tampoco. Onigumo es un bandido y nada más, y lo único que puede hacer es seguir viviendo.
Suena la bocina de señal del líder.
...
Onigumo pelea en su mejor momento. Él carga, gritando en sintonía con todos los demás; un aullido de guerra destinado a infundir miedo en los corazones de las almas que lo escuchan. Mata a tantas personas como puede ver, dejando el robo y el saqueo a los hombres más experimentados.
Acorrala a quienes sólo puede suponer que son los últimos hijos del señor feudal.
—Entreguen todo lo que tengan —ordena, casi con la esperanza de no tener que matarlos también. Son pequeños, flacos, con la grasa de bebé que todavía les cuelga de la barbilla.
Todo sale como se supone que debe salir. Onigumo ve a los aldeanos caer, la sangre salpicando el aire. Oye los gritos de las mujeres, los gritos de muerte de los hombres, los chillidos de los animales y el sonido de las espadas chocando contra las espadas. Es todo lo que Onigumo ha conocido. Le arranca la capa al hijo del señor de la mansión, les lanza una mirada furiosa a los dos que espera que diga claramente "aléjense", y luego vuelve corriendo a la refriega. Aquí es donde pertenece. Ésto es todo lo que puede ser para alguien como él.
Y luego, Onigumo ve un destello de luz tan brillante que quema.
Lo siguiente que sabe es que todos están huyendo. Onigumo es testigo del miedo en los rostros de los hombres que sólo ha conocido como fuertes, observa el terror en las expresiones de los propios aldeanos cambiar a furia y rabia.
Con una puñalada en el corazón, Onigumo también intenta huir. Ésto... Ésto es lo peor que ha pasado en una incursión. Ésto no se supone que suceda. Oye gritos de que su jefe, su líder, está muerto. Él observa cómo su familia, cada uno de ellos, corre como si sus propias vidas corrieran grave peligro.
Una mano lo agarra del cuello un momento demasiado tarde. Estaba en lo profundo del pueblo, demasiado profundo para salir antes de que los aldeanos lo alcanzaran y-, y-
Onigumo observa cómo se queda atrás.
Lo que pasa a partir de ahí es doloroso. Él está a punto de morir a golpes, piensa, teniendo en cuenta que ha sido golpeado así de brutalmente más de unas pocas veces antes. A lo lejos escucha algún tipo de discusión, algún tipo de argumento, las hazañas de una "sacerdotisa" que los salvó a todos.
Un milagro.
—¿Milagro...? —repite Onigumo con incredulidad, escupiendo sangre. El único milagro que quiere es el que termina con su familia asesinando a todos.
Pero ese milagro no llega. A Onigumo lo desnudan, lo golpean un poco más, lo encadenan a un poste en medio del pueblo y lo dejan allí para que muera. O esperar el castigo. Depende de si lo matan de hambre o a latigazos.
Y... Onigumo nunca ha tenido miedo a la muerte. Ser asesinado ha sido una posibilidad muy real desde que tiene memoria. La idea de eso todavía no lo asusta mucho. La parte que duele es que nadie, nadie, va a volver.
Él espera. Espera un rato, aunque en el fondo de su corazón sabe que no vendrá nadie. Por todo lo que vale, por todo lo que ha hecho, simplemente no vale la pena correr el riesgo de salvar a un chico que se dejó atrapar.
Así que Onigumo se deja llevar. Él se mantiene fuerte. Incluso cuando la gente regresa para golpearlo una y otra vez, se niega a mostrar nada más que acero y veneno. No importa lo que le hagan, no se rendirá. Hasta el final, será la prueba viviente de que su familia era fuerte
Onigumo piensa en Isao. Piensa en su promesa de mantenerse a salvo. Piensa en su promesa de vivir.
Isao tendrá que perdonarlo, se resigna. Tal vez se vuelvan a encontrar en cualquier infierno al que vayan los bandidos. Onigumo recuerda esa sonrisa gastada y siente que podría estar listo para morir si eso significa volver a verla.
Está solo en el centro del pueblo, golpeado y ensangrentado. Aquí es donde termina su historia. Eso es todo lo que hay. Ésto es lo que un bandido obtiene al final. Ésto es lo que se merece.
Su visión está empezando a volverse borrosa en los bordes, el dolor y el estrés haciéndolo temblar, y hay sangre goteando por su espalda y corriendo por su barbilla. Su piel se siente como si estuviera en llamas, y Onigumo no quiere nada más que desmoronarse y dormir.
-X-
La lluvia es espesa y oscura. Onigumo está atado al poste en el centro del pueblo que se suponía que iba a matar. Ha estado cerca de la muerte más veces de las que puede contar, pero ésta es la primera vez que esa posibilidad lo golpea como un rayo.
Una sacerdotisa, decían. Una sacerdotisa con poderes espirituales. Onigumo no estaba lo suficientemente cerca como para verla con claridad en ese momento. Todo lo que realmente recuerda es blanco. Blanco del cielo, quemando a Toshio hasta dejarlo crujiente. Blanco de pie ante todos ellos, un rostro borroso por lo que Onigumo sólo puede imaginar es el terror que aún se aferra a sus entrañas. No está bien. No se supone que tenga miedo de nada. Pero ahí está, a punto de morir y tan asustado como cualquier aldeano.
—¿Quién ha venido a salvarte? ¿Eh? ¿No eres tan feroz ahora, verdad?
Las palabras resuenan en su cabeza como un bucle. Es posible que las hubiera escuchado de la boca de los mocosos que trató de robar y matar, pero algo en ellos suena demasiado cierto. Onigumo siempre ha sido el más joven, el más pequeño, el más débil, el que tiene que luchar para no agobiar al grupo.
¿Es ingenuo aferrarse a la esperanza de que alguien en su familia se preocupe lo suficiente como para volver por él? En este punto, Onigumo no lo sabe.
Empapado por la lluvia, su cabello cae sobre su rostro. Lo han despojado de prácticamente todo, dejándolo en nada más que pantalones delgados y desgastados, e incluso en esta lluvia temprana, hace frío. No hay tanta carne en sus huesos como para protegerlo lo suficiente.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Onigumo se siente como un niño. Está atado y sin nada que hacer, excepto tal vez esperar a que alguien regrese por él. O que los aldeanos decidan ejecutarlo en lugar de prolongar su agonía por más tiempo. Realmente es lo que ocurra primero en este punto, y Onigumo tiene la sensación de que va a ser lo último.
Es difícil culparlos por no volver. Al final, él fracasó. Lo atraparon, y la muerte es lo que sucede con los fracasos en su mundo. No hay nadie por ahí que sea tan estúpido como para perdonarlo ahora.
Sus heridas pican. Está sangrando en varias zonas y su brazo ha quedado inservible, con la clavícula rota y los dedos entumecidos por el frío y por el hueso maltratado.
A través de la lluvia torrencial, Onigumo escucha pasos. Su cuerpo se tensa, saltando a la alerta pese a que no hay nada que pueda hacer para protegerse en este momento. Alguien viene. Onigumo se prepara para otra paliza en el mejor de los casos; morir, si deciden que es la hora.
En cambio, es una chica un poco más joven que él.
Ella lleva una capucha y ropa medianamente decente. Luce extraña, en comparación al resto de los habitantes. Demasiado bonita, demasiado delicada como para tratarse de una simple aldeana. Probablemente está allí para golpearlo; va a descargar su ira y dolor en el cuerpo de Onigumo como todos los demás lo han hecho hasta ahora.
Pero lo único que hace ella es observarlo y, cuando sus ojos se encuentran, él le devuelve el gesto.
Es hermosa, la criatura más hermosa sobre la tierra, de largo cabello negro y rostro delicado. Sus ojos son firmes, serenos, marrón cálido como la tierra bañada por la lluvia. Mirando aquel par de orbes, Onigumo no se atreve a decir una palabra. Ella lo está estudiando con algo ilegible en su expresión, algo que Onigumo pensaría que es amabilidad si no lo supiera mucho mejor ahora.
Con manos pequeñas como pájaros etéreos, la niña le ofrece un trozo de pan.
—Come —dice, mirando a Onigumo como si realmente fuera tan fácil, como si Onigumo pudiera renunciar a su orgullo y comer de su mano como una cosa domesticada. La amabilidad no es real, se recuerda, no para personas como él. Cuando lo miran con ese tipo de ojos, no es más que lástima sin valor, desperdiciada en alguien que les cortaría la garganta en cuestión de segundos si tuviera la oportunidad.
—¿Qué estás haciendo? No seas ridícula —escupe, nivelando su mirada con fría certeza. Incluso ahora, no puede vacilar—. Lárgate. No me importa morir aquí.
Es cierto, o al menos él espera que lo sea. No preocuparse es lo único que le queda. Siempre se ha dicho a sí mismo que nunca le tendría miedo a la muerte, pero decir eso y mirar directamente a la cara de su inminente desaparición son cosas muy distintas.
—Incluso si mueres, no estarás mejor —responde la niña, sus cálidos ojos marrones fijos en Onigumo todo el tiempo. Es desconcertante. Su voz es suave, sin rastro de ira o condescendencia. Parece haber preocupación genuina en su tono, y todo lo que hace es que Onigumo desee abofetearla.
—Cállate —sisea, apretando los dientes—. ¡Tú no sabes nada de mí! ¡Vete, maldita hipócrita!
Hipócrita. Eso es todo lo que es la niña. Una persona que finge ser amable y se preocupa por los demás, pero que se daría la vuelta y lo condenaría a muerte si eso la beneficiara de algún modo. Es fácil para ella ser buena ahora, cuando no hay nadie alrededor. Cambiaría de tono en un santiamén si el resto de su pueblo y su familia estuvieran allí para verla.
Onigumo deja caer el rostro, su desordenado flequillo cubriéndole la frente. Esta cansado. Él no quiere discutir ésto más. Cuanto antes se den prisa y lo maten, mejor.
Intenta decirse a sí mismo que no está evitando mirar a la chica a los ojos, pero esa línea de pensamiento no lo lleva a ninguna parte. Se está escondiendo, sólo un poco. Ya no quiere ver esa amabilidad fingida y engañosa.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta una nueva voz—. Nos vamos a ir pronto, no deberías estar aquí.
Onigumo no sabe cuándo llegó la otra niña, pero eso probablemente diga algo sobre lo entumecido y desorientado que está en ese momento.
—Ser amable con él ahora es simplemente cruel, Kikyo.
Al menos, ella tiene la idea correcta. Y un poco de sentido, por lo que parece. Si Onigumo fuera más débil, la amabilidad colgando justo en frente de su cara sería sencillamente una tortura. Tal como están las cosas, todo lo que hace es que se sienta un poco disgustado, tanto con la niña por ofrecerse como con él mismo por morder el anzuelo. No vale la pena nada de ésto. Onigumo no va a caer en su trampa.
La otra chica se la lleva, alejándola de él. Onigumo las ve irse. Está bien, se dice. Probablemente sea la última vez que tenga que lidiar con gente así.
—Kikyo, él es un asesino. Hay cosas que no puedes salvar, o cambiar.
—Tal vez tengas razón, Tsubaki.
Su pecho se siente frío por dentro.
-X-
Llega el amanecer. El pueblo ha vuelto a la vida. Por lo que Onigumo ha escuchado de los aldeanos, las niñas que se encontraron con él son estudiantes de sacerdotisa y están de peregrinaje con su maestra. También escucha sobre guerra, sobre cómo se planea construir un ejército a partir de los jóvenes más prometedores. Humph. Todavía piensa que un puñado de mocosos de pueblo no sobreviviría un segundo en el mundo exterior. Estarían caminando directamente hacia su muerte.
Casi hace que Onigumo quiera reírse. Cualquiera que sea el idiota que tuvo esa idea, él está seguro de que morirá primero. Parece que el pueblo realmente va a lanzar a sus hijos a la crueldad de los hombres. Onigumo no lo creería si duraran más de un mes solos. Es casi triste pensar en un montón de niños que son expulsados para aprender de la manera más difícil, pero teniendo en cuenta que éstos son los mismos niños que lo golpearon y lo apedrearon en un maldito poste, espera que sean los primeros en morir.
Se habla, mucho. Onigumo oye fragmentos de conversación sobre un esposo infiel, un leproso, armaduras nuevas y más. Es imposible no escuchar, pero aún así intenta desconectarse. Ese tipo de cosas no le importan. Ni un poco.
Pero cuanto más hablan, más divaga su mente. Los mocosos necesitarían a alguien que los protegiera. Un grupo de niños mimados que salen al mundo es una sentencia de muerte. Si tuvieran a alguien que supiera lo que están haciendo, podrían hacerlo incluso un poco mejor. Cualquier lástima que Onigumo tenga por el pueblo que desea ejecutarlo va directo a los niños. Entonces se burla de sí mismo por pensar semejante tontería.
Luego, una voz que él recuerda muy claramente se abre paso entre la multitud como un cuchillo en sus oídos.
—¡Espera, Kikyo!
Alguien se dirige hacia él.
Ese alguien es una niña de larga cabellera negra y ojos oscuros.
El aliento de Onigumo se queda atrapado en su garganta al verla. Esa es la chica de anoche. Esa es la chica que es alumna de la mujer que fulminó a su líder. Y sin embargo, esa es la chica que trató de darle pan a Onigumo como si de alguna manera le importara ser bondadosa con él. La de ojos casi amables.
—Si te libero, ¿prometes no lastimarnos? —le ofrece una mano, estirando los pies para ponerse de puntitas al nivel de Onigumo. La gente grita en el fondo, protestando ante sus palabras. Onigumo puede ver por qué: es un maldito bandido—. ¿Lo prometes? —pregunta de nuevo, mirándolo con esos ojos marrones que atraviesan el alma—. Estuve cuidando a tu caballo. Puedo liberarte y dejarte ir si juras no hacernos daño. Mi maestra no se opondrá.
¿Su caballo?
—No seas ridícula... ¿Qué te hace pensar que no tomaría represalias contra ti, contra tu gente? Mírame: soy un bandido, un criminal. Voy a morir aquí y no hay nada que puedas hacer. Vete. Déjame en paz —le gruñe, tratando de convencerse a sí mismo de que todavía es lo que quiere decir.
Atrapado bajo esos ojos, su resolución se tambalea peligrosamente. Ese chica va a morir a este ritmo.
—Pero-
—¿Tienes idea de cuántas personas he matado? ¡Es porque no sabes eso que consideras liberarme! ¡Matar es mi trabajo! ¡He sacrificado sin piedad a niños y ancianos que lloraban y suplicaban por sus vidas! ¡Incluso he matado monjes para robar dinero! —Onigumo no entiende por qué lo dice. Todos saben qué tipo de persona es, excepto quizás la mocosa que intenta ser amable.
Es como si todo el odio que alguna vez sintió por sí mismo se derramara sobre sus labios como sangre fresca.
—¡Lo hice todo por el bien de mis compañeros! ¡Porque pensaba en ellos como mi familia! —«no lo digas, no lo digas»—. Pero... ninguno vino a rescatarme... ¡Ja! ¡Es mejor si me muero aquí! —al final, eso es lo mejor. Los aldeanos merecen vengar a sus muertos. La resolución de Onigumo de dejar que suceda cualquier otra cosa se está desvaneciendo rápidamente. ¡Ésto es ridículo, ridículo a niveles insospechados!
Y luego, se encuentra con esos ojos marrones una vez más, y las palabras que cree que puede haber querido decir todo el tiempo salen a la luz:
—Si te compadeces de un tipo tan depravado y malvado como yo, es probable que también caigas a las profundidades del infierno —eso es, básicamente, lo que ha estado pensando durante años. No es como si alguna vez pudiera expresar esos pensamientos con su familia, pero ahora, con esa persona todavía mirándolo con amabilidad en los ojos, siente que...
La chica de cabellos negros, súbitamente, lo jala en un abrazo.
Bajo cualquier otra circunstancia, ser tocado tan repentinamente haría que Onigumo le arrancara la oreja a alguien de un mordisco. De alguna manera, esta vez, todo lo que hace es que su cuerpo se derrita al tacto. Eso no... ¡Eso no se supone que suceda!
—No eres depravado, ni malvado —comienza, su voz suave de repente demasiado cerca de su oído, sus brazos alrededor de sus hombros en el toque más tierno que Onigumo ha experimentado en su vida. Su corazón palpita como un caballo al galope—. Sólo hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Si haces lo correcto ahora, todo estará bien.
Las palabras se hunden como un hierro caliente en su pecho. Nadie le dice estas cosas. Nadie lo dice en serio. Pero hay algo en la voz de la niña que es demasiado genuino como para tratarse de un vil engaño. Onigumo no sabe cómo reaccionar. Hay un nudo en su garganta que lo está asfixiando, estrangulándolo con su propia culpa y miedo. No puede... ¿Cómo debería responder eso... ? No es así como se supone que la gente debe tratarlo. Ésto no es lo que se merece.
—¿Qué estás... ? —se ahoga con su propia voz. Está temblando. Está temblando como nunca antes.
—Prometo que lo aldeanos no tomarán represalias contra ti.
—¿Por qué tú... ? —las lágrimas corren por sus mejillas. Onigumo no puede recordar la última vez que lloró. Ésto no es justo. El cabello de la niña es tan suave contra su mejilla, su voz es tan tierna y amable.
Onigumo piensa que podría ser peor que lo que se siente al morir.
Su compañera interviene, estando, por alguna razón, dispuesta a seguir a Kikyo, incluso si su rostro delata fastidio. Onigumo no puede creer lo que está escuchando. ¿De verdad lo van a dejar ir tan fácilmente? ¿Nadie intentará darle una paliza antes de considerarlo perdonado? Se siente irreal a mil niveles, pero ella está...
La niña lo desata. Sus ojos marrones se encuentran de nuevo con los suyos, que son de un violeta intenso. Se ve en algún lugar entre complacida consigo misma y asquerosamente tierna, lo que con toda razón debería hacerla lucir débil. En cambio, lo único que siente es un extraño aleteo en el estómago.
—Eres demasiado agradable para tu propio bien —espeta, tratando de fingir que no estuvo llorando hace un momento. Tiene que salvar aunque sea un poco de su orgullo, incluso si esta chica ya sabe que no tiene nada.
—Preparé tu caballo.
¿Sabía que cedería... ?
Sus heridas aún sangran, pero Onigumo ya comienza sentirse más como él mismo. Ahora está libre de esas ataduras, incluso si le han desgarrado los pies y las muñecas. Es una locura a mil niveles, pero después de lo que hizo ella... Onigumo cree que podría estar empezando a tomárselo en serio. Entonces, observa cómo otro grupo de niñas se acerca al lugar.
Seguramente más adeptas de sacerdotisa.
—Tienes mi palabra de que no lastimaré a nadie, ni traeré a más bandidos.
Habla completamente en serio, se da cuenta él.
No volverá con aquellos que lo abandonaron.
Tiene sentido de alguna manera. Su familia lo dejó atrás para que muriera. Realmente no puede culparlos, pero al mismo tiempo, duele. Esas personas habían estado a su lado durante varios años. Había visto a los hombres ir y venir, unirse y morir. Había dado todo para asegurarse de que el grupo sobreviviera. Había dedicado su vida, y lo único que obtuvo fue que lo abandonaran en un pueblo. Al final, la supervivencia del más apto era lo primordial. Onigumo puede entender eso.
A decir verdad, no tiene familia. Nunca la tuvo.
Mirando al grupo de jóvenes sacerdotisas, inocentes y con rostros frescos, Onigumo espera que permanezcan así. Estas mocosas no saben nada sobre la vida, eso es bastante obvio, pero les desea buena suerte. Esa chica, Kikyo, le había dado una segunda oportunidad y lo había mirado como si valiera la pena salvarlo. A Onigumo se le hace un nudo en la garganta con sólo verla, y eso probablemente signifique algo, ¿no?
-X-
Onigumo avanza por las estrechas calles de la aldea. Afortunadamente, no le arrojan piedras mientras lo hace. Los aldeanos se han acobardado al ver que tiene el favor de una de las jóvenes adeptas, aunque sus gritos amargos y enojados aún resuenan en sus castigados oídos. La gente en la calle sospecha de él, pero está demasiada intimidada como para intentar acercársele. Kikyo le dijo que había dejado a Entei, su caballo, en las afueras de la aldea.
Aprieta su mano sangrante en un puño y pone un esfuerzo considerable en enmascarar cualquier rastro de cojera, incluso si la hoja de un aldeano había cortado profundamente su pierna derecha hace un par de días y, con el movimiento, la sangre comienza a empapar sus pantalones a un ritmo alarmantemente rápido.
La herida en su abdomen también permanece ignorada. Sólo tiene que llegar a Entei y salir de esta ciudad lo más pronto posible. El resto puede esperar hasta más tarde.
La chica parece haber cumplido su palabra, porque encuentra al caballo atado en un poste a la salida del pueblo. Sin embargo, hay un trío de muchachos reuniendo el coraje para mirar dentro de sus alforjas. Kikyo aparentemente lo abasteció.
Se dispersan ante una sola mirada de él.
Desata el caballo, revisa sus arreos y, viendo las cosas útiles que le depositó la muchacha, monta.
Saca a Entei a pasos tranquilos, tanto para evitar ejercer una presión adicional sobre sus heridas, como para privar a la gente de la satisfacción de haberlo echarlo literalmente de la ciudad.
Apenas ha recorrido cincuenta metros cuando, para su asombro, una flecha pasa zumbando junto a él.
Da media vuelta, furioso por la audacia de los aldeanos. Si tan sólo le quedara suficiente energía para...
Descarta el pensamiento al instante, tragándose el amargo sentimiento del odio. No puede hacer eso. Se lo prometió a ella.
Asomándose por detrás de unas vallas, divisa el mismo puñado de niños, junto con algunos jóvenes de su edad. Un par de ellos tienen arcos delgados de madera de pino, claramente destinados a la caza menor. Lanzan flechas mientras él mira y, para su sorpresa, una de esas flechas rebota en el flanco trasero de Entei sin cortarlo.
Aunque difícilmente habría lastimado al caballo, Entei está agitado por los proyectiles, así que Onigumo lo insta a dar un galope, a pesar del dolor que el movimiento adicional le causa a la herida en su costado.
Justo cuando está casi fuera del alcance de los niños, siente que una flecha real se incrusta en su hombro. En otras circunstancias, hubiera felicitado al responsable del disparo antes de cortarle el cuello, pero ahora sólo desea irse del lugar lo más pronto posible. La punta de la flecha se entierra tal vez un centímetro en su carne.
Es una herida intrascendente, pero Onigumo sólo tiene una mano útil en ese momento, que está ocupada con las riendas, así que deja la flecha donde está y cabalga hacia el bosque.
...
Varias millas más adelante, Entei ha reducido la velocidad a un trote, luego a un paso constante por su propia voluntad, sin recibir más información de su jinete.
La mente de Onigumo está de vuelta en la aldea, pensando en Kikyo una y otra vez y en cómo se olvidará de ella eventualmente.
Una parte distante de él es consciente de que debería limpiar y coserse las heridas, pero a la mayor parte simplemente no le importa. Empuja todos los pensamientos de Kikyo hacia el lugar más recóndito de su mente y luego se enfoca en el camino. Un bandido no necesita a nadie, se recuerda, y desea desesperadamente que eso sea cierto.
Incluso cuando las oleadas de mareo comienzan a golpearlo, sigue cabalgando, sin prestar atención.
-X-
—¡Oye! —algo empuja su pie—. ¡Despierta!
Onigumo resurge a la conciencia con un gruñido bajo.
—¡Te has quedado dormido en tu caballo!
De hecho, Entei todavía está debajo de él. Se había detenido cuando sintió que su jinete estaba a punto de perder el equilibrio, desviándose hacia un árbol cercano para impedir que Onigumo se cayera al suelo por completo.
Levanta la vista lentamente, buscando la fuente de la voz.
Es otro niño, probablemente un adolescente mayor, que viaja solo por la carretera con un bulto al hombro.
—¿Qué le pasa a tu... ?
El chico se detiene, observando los ojos violetas, el cabello negro desordenado y las heridas que sangran un poco...
Ni siquiera es su apariencia la que lo delata, sino... algo en esos mismos ojos. La violencia arraigada en lo profundo.
Un ladrón. Un criminal. Lo que sea
—Pero tú eres... tú eres... ¡Aaahhh! ¡No tengo nada para que me robes! ¡Aléjate de mí! —el chico grita y arroja el palo con el que había estado pinchando a Onigumo. Rebota en el hombro de Entei sin causar daño, pero lo sobresalta. Da unos pasos, y Onigumo, privado del árbol para sostenerse, cae bruscamente de la silla. La flecha en su hombro se parte cuando su espalda golpea el suelo, y el impacto de eso y sus otras heridas es suficiente para sacarlo abruptamente de su estupor.
Rueda sobre sus rodillas con un suave gemido y levanta los ojos, sólo para ver al niño desaparecer a toda velocidad por el sendero. Frunciendo el ceño, ve a Entei con la cabeza gacha, que lo mira con aire de disculpa.
Se limpia la sangre de la mejilla izquierda, que acaba de lacerársele.
—Lo siento, Entei.
Le toma varios intentos ponerse de pie y se apoya pesadamente contra el caballo.
Ha perdido demasiada sangre...
—Salgamos del camino.
Lo guía lentamente hacia un claro en el bosque, llevándolo de un lado a otro, hasta que considera que han salido del camino lo suficiente.
—Aquí estamos —deteniendo al caballo, le quita la brida. Lo intenta primero con la mano derecha, pero luego se da cuenta de que está hinchada y con costras de sangre debido a los numerosos cortes. Apenas puede mover los dedos, y eso con un dolor considerable. Deja caer la mano a un lado y trabaja con la izquierda para desabrochar y quitar la brida. La cabeza de Entei se agacha inmediatamente para masticar pasto.
Él le da unas palmaditas en el hombro con cariño y luego se pone a desabrochar la silla. Es considerablemente más difícil liberar los nudos, pero finalmente la suelta y la desliza hasta el suelo, dejándose caer él mismo también. Entei lo mira inquisitivamente.
—No te alejes demasiado —lo despide.
Observa las alforjas. Debería curar sus heridas y acampar para pasar la noche.
Él suspira.
Luego...
Se hunde en la hierba y cierra los ojos.
...tal vez...
...luego...
«Steal each breath
Cut through my skin
And blow winter wind
Give me time here
In the silence
And freeze, freeze, bitter sky»
You won't find me by Narrow Skies
