No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Esto se trata de una adaptación de una de mis series favoritas, gran parte de las escenas serán mías, pero también habrá muchas otras que serán de la serie. La narrativa y adaptación son mías. Yo solo juego un poco con la historia y con mis personajes favoritos.
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Isabella se dejó caer sobre su mullido asiento detrás de su escritorio. No había hecho ningún esfuerzo en salir a buscar a Jacob, el chico haría lo que le viniera en gana de todas formas.
Edward entró a la oficina empujando el carrito con el té de la tarde y algunos bocadillos. La castaña suspiró.
— Me parece que, lo más conveniente es hacer lo que dice Lord Jacob, de esta forma será más fácil para él irse. — masculló no muy amablemente Edward. Se mantuvo sirviendo airadamente el té, sus elegantes movimientos hicieron crecer la envidia dentro de Isabella.
La condesa casi dejó salir un puchero.
— Solo dale de cenar y haz que se vaya de una vez. — no tenía tiempo para distracciones, había trabajo que hacer, una fábrica no se dirige sola. — Tengo mejores cosas que hacer, que jugar a la casita con Jacob.
El mayordomo se acercó con una taza del brebaje caliente entre las manos, movió indiferentemente los brazos de Isabella, que habían estado extendidos sobre el escritorio flojamente, y colocó la fina vajilla frente a ella.
— Pero, Lord Jacob espera poder bailar… — Isabella no respondió nada, tomó la humeante taza y la acercó a sus labios, no queriendo mirar al cobrizo. Este entrecerró los ojos. — Señorita.
— ¿Qué? — dijo bruscamente la Condesa sin mirarle todavía. Edward sonrió ligeramente.
— Nunca la he visto personalmente, pero… — comenzó diciendo, mirando de cerca su rostro. Tomó un delicado plato en el que descansaba un trozo de pan, rodeó el escritorio y se detuvo a espaldas de Isabella. — ¿Ha recibido lecciones de baile? — Isabella tomó el documento más cercano y lo usó para cubrir su rostro. — Eso pensé… — comentó con fingido remordimiento, por dentro no podía esperar para molestar a la joven en la más mínima oportunidad. Cortó un trozo del pan de vainilla que había sacado del horno, tan solo unos minutos atrás. — Cuando la invitan a los bailes no hace más que adornar la pared.
— Estoy ocupada con mi trabajo, no tengo tiempo para estar divi… — fue interrumpida cuando el mayordomo le arrebató los papeles de la mano.
— Señorita, déjeme recordarle… — le acercó el pan, dejando delicadamente un tenedor a un costado. — que se encuentra en edad casadera, y el baile se volverá una herramienta muy útil en bailes y cenas importantes. — tomó su suave mentón entre sus dedos, sonriendo con sorna ante la furia que brillaba en los ojos de Isabella. Acarició su mejilla con el pulgar, bajando la vista hasta sus labios. — Al convertirse en una dama de la élite, es perfectamente natural que sepa bailar. — Edward se sintió arder ante el pensamiento de Isabella en brazos de un hombre cualquiera. Su rostro se ensombreció. — Si niega la invitación de los caballeros del baile, su reputación terminará en el suelo.
— Ya entendí. — exclamó Bella empujando el pecho de Edward lejos de su espacio personal, sentía que comenzaba a faltarle el aire. — Solo tengo que bailar, ¿no es cierto? Llama a cualquier profesor, al señor Bright o a la señorita Rodkin.
Edward suspiró resignado, tomó su reloj de bolsillo, tomándose un momento para ver la hora. Desafortunadamente, ya era muy tarde para conseguir que algún profesor lograra llegar a tiempo.
— Me temo que solo hay una solución… — murmuró el cobrizo, tomó la muñeca de la joven, quien había tomado un poco de pan con su pequeño tenedor, más interesada en dar su primer mordisco que en las clases de baile.
Isabella tropezó cuando fue jalada bruscamente, obligada a rodear el enorme escritorio y detenida de la misma manera al centro de la habitación. Su delgado cuerpo se estrelló con el amplio pecho del mayordomo, se estremeció ligeramente al sentir la pared sólida de músculos debajo del traje de etiqueta que siempre portaba.
El cobrizo se tomó un momento para disfrutar del delicioso aroma de la Condesa, la tomó de la mano, sosteniéndola de la cintura con posesividad. Le indicó quedamente que comenzarían con el pie derecho. Hicieron falta algo más que unos pocos minutos para que Bella pudiera seguir el ritmo sin perderse entre los pasos de baile, sin embargo, era necesaria su total concentración para llevar a cabo tal hazaña.
Edward soltó su mano manteniendo su fuerte agarre en la cintura. Con su mano libre tomó el mentón de Isabella, obligándola a alzar la mirada.
— La mirada es una herramienta importante, si busca conquistar a su compañero de baile, Isabella. — dijo Edward con una sonrisa burlona mientras apreciaba los delicados rasgos de su señora.
Isabella movió la cabeza bruscamente para salir del agarre del cobrizo, bufó con sarcasmo. Intentó salir de agarre posesivo que aún había en su cintura, pero las manos de hierro permanecían firmes e inmóviles en su lugar.
Su vista aterrizó en su propia mano, posada en el firme hombro del mayordomo. El anillo familiar y su anillo de compromiso descansaban en su dedo pulgar y anular, respectivamente.
El compromiso entre ella y Jacob había sido oficial desde que ella había cumplido los tres años, y el chico había estado en su vida desde que tenía memoria, solo parecía normal que sus vidas terminaran unidas de una u otra manera. Su mente se perdió en otro tiempo, en otro lugar.
Desde que su padre había declarado que Jacob se ocuparía de los negocios de la familia Swan, el joven Black se había dedicado a cualquier otro hobby que no fuera estudiar o prepararse para manejar una compañía tan grande.
Al inicio, Isabela había estado furiosa, ¿acaso Jacob planeaba dejar morir el prestigio de su familia y llevarlos a todos a la banca rota?
Luego de una de las peleas más grandes que hubieran tenido jamás, Jacob le había confesado a Isabella que, hacía esto para que su padre no tuviera otra alternativa más que darle las riendas de todo a Isabella. Él había creado toda esta imagen a su alrededor, la nobleza afirmaba que Jacob estaba destinado a ser un vividor por el resto de su vida. Pero, en realidad, él quería asegurarse de que Isabella pudiera ejercer su lugar de nacimiento.
Un suspiro salió de sus labios. Ella podría aceptar uno o dos estúpidos bailes para Jacob, le debía mucho a él y a su familia, sobre todo luego del incendio, William Black había ejercido como cabeza de la familia Swan durante los días llenos de incertidumbre en los que Isabella había desaparecido y luego, no había puesto ningún 'pero' cuando Isabella reclamó su derecho de nacimiento.
— ¿En qué piensa? — inquirió Edward, sintiendo cómo la mente de su señora viajaba a miles de kilómetros.
— En Jacob. — murmuró Bella con sequedad. Edward hizo una mueca, odiaba que Isabella pensara en otras personas cuando se encontraban solos, eso la mantenía distraída.
Dando un par de pasos, el mayordomo empujó a la Condesa contra su escritorio, tomando posesión de sus labios en cuanto esta abrió la boca para protestar. Sus manos vagaron rápidamente por su delgado cuerpo, necesitando que Isabella solo le mirara a él, solo le sintiera él, que solo pensara en él.
Por un momento, la joven pareció relajarse y dejarse llevar por las atenciones de su mayordomo, pero el hecho de pensar que Jacob se encontraba bajo su mismo techo era suficiente para que deseara alejarse.
— Edward. — protestó la morena, empujándole con ambas manos. Él se alejó y ambos se miraron jadeantes, en silencio. Edward sonrió e inclinó la cabeza para llevar sus labios al cuello de la castaña, los ojos de Isabella rodaron ante la corriente eléctrica que pareció rodearla.
Pero, debía mantener la cabeza fría, ya habría tiempo para eso más tarde. Cuando Jacob se fuera.
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— Estoy seguro de que a Bella le quedará hermoso el vestido que le compré. — comentaba Jacob a Tanya mientras esta le ayudaba a eliminar cualquier imperfección que pudiera tener su traje. — Aunque, claro, ella siempre se ve hermosa, sin importar lo que use. — añadió soñadoramente, con una sonrisa.
— Usted y la Condesa… se ven bien juntos… — comentó Tanya con timidez, no sabía si Lord Jacob podría tomarla como una entrometida si llegaba a preguntar algo. Jacob rió.
— Que no te escuche decirlo, Bella es muy reservada con sus sentimientos. Pocas personas saben sobre nuestra relación. — dijo tranquilamente Jacob, incluso con algo parecido al humor.
Tanya frunció el ceño. Se le hacía muy extraño que Lord Jacob hablara tan relajadamente del estado de su relación con la Condesa, de haber sido cualquier otro noble, lo habría tomado como un desaire y hubiera desecho el compromiso en ese mismo instante.
Jacob debió notar su confusión.
— Bella tuvo que luchar incansablemente para poder llegar al lugar en donde está, siempre supe que su destino era ser la cabeza de Swan. — dijo distraídamente mientras arreglaba las mangas de su chaqueta. — Entiendo que ahora, ninguno de los dos está en posición de poder distraerse con una boda… Bella está inmersa en los negocios, y yo recién empecé los estudios.
— Pero, cuando hay bailes… la señorita Isabella… — comenzó a decir Tanya.
— ¿Acepta los favores de otros? — Jacob sonrió. — Puede que nuestro matrimonio haya sido arreglado, y puede que yo ame a Isabella… Pero, siempre tendrá una opción. Yo siempre seré su familia.
Tanya no notó que Jacob dejaba la habitación. La relación de la Condesa con el Lord era muy extraña.
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Cuando Isabella bajó por la escalera principal se petrificó por unos segundos.
¿A cuántas personas había invitado Jacob? Su estancia principal se encontraba atiborrada de personas, nobles y sirvientes. La joven respiró hondo y se concentró en buscar a Jacob.
— ¡Bella! — escuchó que el susodicho la llamaba desde un costado la sala. Caminó rápidamente hasta el pie de la escalera para esperarla. — Te vez tan hermosa, como siempre, por supuesto. — añadió, atrayendo la atención de todos. Isabella luchó contra el sonrojo.
La Condesa se tomó su tiempo para terminar el tramo de escaleras que aún la esperaban, sintiendo la tranquilizadora presencia de Edward a sus espaldas. Todo el mundo la miraba y ella les regresó la mirada con seriedad y algo de desafío. Jacob besó su mejilla cuando llegó junto a él.
La música empezó de inmediato, algunos invitados comenzaron a bailar, mientras que otros les daban espacio y se concentraban en beber algo y chismorrear entre ellos. La nobleza en su máximo esplendor.
— ¿Qué es todo esto, Jake? — masculló Isabella acercándose al rostro de su prometido. — Dijiste que sería algo pequeño.
Él tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.
— Es una fiesta en tu honor, Bella. — respondió mirando de reojo a Edward, quien los seguía muy de cerca. — Haz trabajado tan duro, y haz hecho un gran trabajo con las fábricas de la familia Swan. — se detuvo y la tomó por los hombros afectuosamente. — Necesitas un descanso.
Los hombros de Isabella se hundieron, dejando ir su postura defensiva. Solo era Jacob siendo Jacob. Casi sonrió, casi.
— Con tenerte aquí hubiera sido suficiente. — comentó con voz enternecida. — Sabes que aprecio tu compañía. — Jacob tomó una de sus manos y la acercó a sus labios con una sonrisa traviesa.
El joven Lord iba a añadir algo más cuando miró su suave mano con el ceño fruncido.
— ¿Dónde está el anillo que te di? — Isabella imitó su expresión, ¿habría olvidado colocarse el anillo de compromiso? Alarmada miró su propia mano, ahora confundida al ver que ambos anillos se encontraban en su lugar de siempre. — Traje un anillo que combinaba perfectamente con el vestido. — se quejó.
La Condesa suspiró. No deseaba discutir frente a aquellas personas.
— Jacob, solo es un anillo. — dijo con calma, apretando conciliadoramente su mano.
— Pero, lo compré específicamente para hoy, está destinado a usarse con el vestido. — continuó quejándose Jacob.
— Me gustan mis anillos, creo que se ven bien con el conjunto. — comentó Bella. Jacob tomó más firmemente la mano de la castaña, sacando el zafiro azul de su dedo pulgar. Lo examinó.
Isabella se tensó.
— Es muy grande, y ni siquiera combina con… — comenzó a decir Jacob.
— ¡Devuélvelo! — exclamó Isabella, apenas conteniéndose de gritar como hubiera querido. Jacob y algunas personas a su alrededor guardaron silencio, mirándola con sorpresa. La Condesa extendió la mano a Jacob. — Devuélveme el anillo, Jacob. — aseveró con voz grave.
— ¿Por qué actúas de esa manera? El anillo solo… — Jacob ahora miraba a su alrededor, comenzando a darse cuenta de su error.
— Sabes perfectamente lo que es. — Isabella dio un par de pasos en su dirección, la expresión amenazadora de esta hizo que Jacob retrocediera con precaución.
— ¿Vas a dejar que un tonto anillo arruine nuestra velada? — reclamó Jacob estupefacto. — ¿Después de todo lo que hice por ti? ¿Toda la fiesta y los vestidos y el baile? — Isabella respiró profundamente. Paciencia, paciencia, paciencia. — Toma tu tonto anillo si tanto lo quieres. — finalizó Lord Jacob antes de lanzarle la pieza de joyería a la Condesa, para que lo atrapara.
Solo que Isabella no logró atrapar el anillo.
El objeto voló por los aires y rodó por el suelo hasta estrellarse con el primer escalón de la escalera principal. El zafiro se partió en dos y salió volando en diferentes direcciones.
Una respiración. Dos respiraciones.
A pesar de que la música no había dejado de sonar y eran pocas las personas las que presenciaban el altercado, Isabella sintió que le zumbaban los oídos. Giró la cabeza para mirar lo que quedaba de la reliquia familiar.
Pedazos.
Sintió que el suelo debajo de ella se movía de pronto y se tambaleó a un lado, estrellándose con un amplio pecho. Al alzar la vista, vio el rostro severo de su mayordomo, quien tenía la mandíbula apretada. Su vista comenzó a nublarse por las lágrimas.
Ella era la última Swan con vida (por muy poco), y lo único que había tenido durante años había sido aquel anillo. Todo lo que su familia representaba, todo lo que ella misma era, y ahora…
Volteó repentinamente hacia Jacob, quien la miraba con los ojos abiertos como platos y la boca de igual manera, su piel parecía haber palidecido al menos tres tonos.
Su cabeza estaba hecha un torbellino cuando arremetió contra Jacob, alzando la mano, ni siquiera estaba segura de cuál sería su intención. Oyó a varios invitados jadear de la impresión ante la violencia de la joven.
Su mano se detuvo.
Su mirada permaneció en el rostro de Jacob, ahora con los ojos cerrados y la boca apretada, listo para recibir la bofetada.
Lentamente alzó la vista. Edward la mirada con expresión seria, pero en blanco, sostenía su muñeca con agarre pétreo, sin siquiera inmutarse del temblor de su cuerpo ante la adrenalina de lo que había querido hacer.
— Señorita. — dijo el mayordomo con advertencia, Jacob había abierto los ojos y la miraba con algo de miedo. Isabella jadeaba. — ¿Me concedería esta pieza? — finalizó con calma mortal.
Arrastró a la Condesa al centro del baile, dejando a Jacob de pie en su lugar. Isabella lo detuvo, miró entre la multitud y ubicó a Angela, quien estaba sirviendo vino para los invitados. La chica le devolvió la mirada.
— Limpia este desastre. — Isabella aún jadeaba un poco cuando se dirigió a su sirvienta haciéndole un ademán hacia el anillo roto en el suelo. — Alguien podría salir lastimado. — Tomó aire y miró a Jacob. — Solo es un anillo. — aunque su cuerpo ardía de furia, sabía que debía mantener una expresión serena.
Dejó que Edward la llevara hasta el centro del lugar. Tomó su mano y se apoyó en su hombro, justo en la posición en la que se habían encontrado hace apenas un par de horas.
— ¿Señorita? — inquirió el mayordomo, eran pocas las veces en las que no sabía lo que la Condesa estaba sintiendo o pensando.
— Con o sin anillo. — comenzó a decir Isabella. — Yo soy la señora de esta casa, y nada va a cambiar eso. — dijo severamente, mirando hacia otra dirección, siguiendo a Edward durante otra pieza de baile.
El mayordomo sonrió con satisfacción. Alzó la mirada y vio a Jacob destrozado, no les despegaba la vista, recargado en uno de los tantos pilares de la estancia. Su sonrisa creció más al ver al joven Lord entrecerrar los ojos.
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Isabella enterró las uñas en el pecho desnudo de Edward, sintiendo la tensión crecer en su interior. Un jadeó escapó de sus labios, seguido de un alto gemido cuando su mayordomo tomó sus caderas para obligarla a cabalgarlo más rápido.
Hace algunas horas que los invitados se habían retirado y la fiesta había acabado. La Condesa había dejado ir a Jacob en uno de sus carruajes, ignorandolo cuando había intentado disculparse por el incidente.
Aún podía escuchar los cuchicheos a sus espaldas cuando ella ignoró al joven Lord.
Ahora, resguardada dentro de las paredes de su habitación, Isabella había decido seguir con lo que ella y Edward no habían podido terminar en su estudio.
Soltó un lloriqueo ahogado cuando sintió sus paredes contraerse alrededor del miembro de Edward.
— Ahh... — el sonido escapó de sus labios. Estaba tan cerca, y las embestidas de Edward habían conseguido llegar al ritmo perfecto. Estaba perdiendo la cabeza.
Allí, con sus sentidos repletos de él, era donde podía pensar con más claridad, su mente parecía mantener a raya aquellos pensamientos desastrosos. Aquellos recuerdos desagradables.
Apretó los dientes y usó las rodillas para impulsarse con más fuerza sobre Edward. Estaba tan cerca, solo necesitaba...
El cobrizo envolvió el puño con las hebras sedosas de su largo cabello castaño, tirando de él hasta que las raíces ardieron contra su cráneo.
Isabella lanzó un gemido alto y finalmente pudo alcanzar su liberación. Escuchó el alto gruñido de Edward y juró que los cristales de las ventanas retumbaron justo con lo más profundo de su ser. Todo su cuerpo tembló y se sacudió a causa de la inmensa ola de placer que la barrió por completo.
Una lágrima se estrelló contra el musculoso pecho de Edward, y la Condesa descansó la frente en aquel lugar, intentando recuperar el aliento. No era característico de su mayordomo el quedarse callado ante tal despliegue de emociones, todo lo que no estuviera relacionado con el sexo parecía desagradar al cobrizo. La Condesa agradeció el momento de quietud e intimidad.
Sintió los labios del cobrizo contra su coronilla mientras sus manos acariciaban su espalda.
— Es algo muy importante para usted, ¿cierto? — murmuró Edward, igualmente jadeante.
Isabella suspiró entrecortadamente, se alejó del cálido cuerpo de su mayordomo, sentándose a la orilla de la cama.
Permanecieron en silencio por unos minutos, dándole oportunidad a Isabella de ordenar sus pensamientos.
— A pesar de que de intentó hacerse la fuerte frente a todos sus invitados. — Edward se irguió lentamente y se movió hasta la espalda de la joven, dejando un delicado beso en su hombro. Tomó su mano con adoración y la Condesa sintió de pronto el peso repentino y familiar en su dedo pulgar. Jadeó.
Miró a su mayordomo.
— Como su sirviente, debo estar a la altura de la casa Swan. — continuó Edward, Isabella tragó pesado. — Este anillo fue hecho para estar en su dedo.
Ambos bajaron la vista, apreciando el zafiro que brillaba bajo la luz de la luna, en el resguardo de aquellos dos amantes.
— Este anillo vio la muerte de su amo incontables veces. — dijo Isabella pensativa. — Mi abuelo, mi padre, muchos otros antes que ellos. Y seguramente verá mi final. — lo acarició con paciencia, sin despegar la vista del brillante zafiro.
Durante aquella velada, casi por un instante, la Condesa Swan había estado aliviada de la destrucción de la pieza. Era tan antigua y guardaba tanto poder dentro de aquella gema, que cada mañana, cuando se colocaba el anillo como de costumbre, creía ser capaz de escuchar los gritos y lamentos de los antiguos portadores de la joya.
Los objetos antiguos guardan memorias, así como secretos.
Edward dejó otro beso en el hombro de la Condesa, se puso de pie con solemnidad. Empezó a alejarse, dispuesto a tomar su ropa cuando Isabella tomó su muñeca. Edward la miró.
— ¿Podrías... quedarte conmigo... hasta que duerma? — susurró quedamente la castaña, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
— Tenga cuidado, Condesa. — respondió el mayordomo con burla. — Si alguien la escuchará, podrían llegar a pensar que tiene sentimientos.
— Solo haz lo que te digo. — ordenó hoscamente, recomponiéndose de inmediato y mirándolo con desdén. Edward se inclinó, haciendo una reverencia antes de meterlos a ambos a la cama, el cuerpo de la joven se acurrucó contra su costado, no tardando mucho en dormirse.
"Con o sin anillo, yo soy la señora de esta casa, y nada va a cambiar eso." Recordó Edward las palabras de Isabella durante la fiesta y sonrió con sarcasmo. Toda una señora, pensó con burla acariciando la mejilla de Isabella, toda para mí.
Aguardó unos minutos más, asegurándose de que Isabella estuviera profundamente dormida antes de vestirse y salir de la recamara. La sonrisa socarrona permaneció en su rostro hasta bien entrada la noche.
Los humanos son muy interesantes.
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Un capítulo muy intenso, ¿no creen? Cuéntenme qué les pareció. Yo me divertí mucho escribiéndolo.
Me disculpo y les agradezco a la vez… la vida de adulto me ha golpeado fuertemente en la cara últimamente jaja empecé mi propio consultorio de terapia (para aquellos que no sepan, soy psicóloga jaja), además de que empecé una maestría (de la cuál ya voy a la mitad).
Así que… sentí que merecen saber por qué pasé de publicar casi diario a no publicar absolutamente nada, yo también me molestaría… estoy trabajando en darle un momento a este mundo del que estoy enamorada…
Espero puedan comprender, aún las tengo en cuenta, aún las escucho cuando preguntan por alguna historia, y siempre están en mi mente.
No se olviden dejar un comentario y pasarse por nuestro dramático y algo desolado grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
