Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Muichiro observaba curioso al chico que le estaba curando las heridas que tenía en las piernas. Se parecía mucho al Pilar de las Llamas, y, al Pilar de la Niebla le recordaban ambos a un búho.
—¿Eres familia de Rengoku?—preguntó, curioso, Muichiro. El otro chico se sobresaltó al escucharlo hablar y lo miró.
—Kyojuro es mi hermano mayor—respondió Senjuro al rato y siguió con lo que estaba haciendo, terminando de curarlo.
Muichiro ladeó un poco la cabeza, pensativo. Eso justificaría el parecido entre ambos, tenía sentido, sí.
—No sabía que tuviera hermanos—comentó, en cambio, el Pilar, bajándose las perneras del pantalón del uniforme y bajándose de la cama. Senjuro había terminado ya de curarle.
Senjuro no supo qué responder a eso, así que optó por llevar el botiquín a su sitio y evitar así tener que contestar algo. Esperando que pillase la indirecta y dejase el tema.
—No llevas uniforme de cazador.—Pero parecía que el otro chico no había terminado aún de hablar—.¿No vas a presentarte a la Selección Final?—preguntó Muichiro, confuso. Tenía entendido que todos los miembros de la familia Rengoku se dedicaban a eso, a la caza de demonios.
—Sólo trabajo aquí, no soy miembro del Cuerpo—explicó Senjuro, esperando que con eso fuera suficiente. Evadiendo responder la pregunta sobre la Selección Final
—¿Y eso?—preguntó el Pilar de la Niebla, insistiendo.
—Prefiero no hablar del tema.— respondió Senjuro, algo cortante, pese a que sabía que era mala idea hablar de esa forma a uno de los Pilares. Pero comenzaba a perder la paciencia. No soportaba a las personas así, que se inmiscuían en asuntos que no les concernían en absoluto.
Muichiro le observó con cierta curiosidad y pareció darse cuenta de algo—¿No dominas la espada o algo?
Senjuro, en ese momento, tuvo que hacer su mejor esfuerzo por recordar que estaba ante uno de los compañeros de su hermano. Y que, posiblemente, fuera muy mala idea perder los nervios o contestar de mala manera.
—Mi katana no cambió de color.—No importaba los años que hubieran pasado, recordar eso siempre resultaba doloroso para Senjuro. Era la prueba de que, por culpa de su ineptitud, no podría dedicarse a lo mismo que todos en la familia.
—Ya veo. No sirves entonces para nada—sentenció, con evidente desdén en su voz, Muichiro.
Senjuro se detuvo en seco, y se giró, clavando la mirada en el chico—¿Qué acabas de decir?—No daba crédito a lo que acababa de escuchar.
—Que no sirves para nada—repitió el Pilar de la Niebla, sin vacilar lo más mínimo a la hora de hablar. Tampoco era que le importase si sus palabras herían al otro chico
—Decir algo así es pasarse—dijo alguien desde la entrada. Los dos miraron en esa dirección y Senjuro se sintió aliviado al ver que se trataba de Sumiko.
—¿Y tú quién eres?—preguntó Muichiro, fijándose en que esa chica sí llevaba uniforme.
—Sumiko Kamado, Mizunoe—se presentó, seria, Sumiko, diciendo también su rango—.Pero, cómo iba diciendo…
—¿Tú no eras la sucesora de Rengoku?—quiso saber Muichiro, recordando ya de qué le sonaba ella.
—Así es.—Sumiko admitió, frunciendo el ceño, aún molesta por sus palabras. Quería protestar de nuevo, pero no iba a ser buena idea. Aunque tampoco le parecía no defender a Senjuro.
—Me sonabas, de una reunión en la que estuviste, ¿has vuelto a encontrarte con Kibutsuji?
—¿¡Te has encontrado con Muzan Kibutsuji!?— Senjuro, que ignoraba todo eso, abrió mucho los ojos y miró a la chica
—Sí, hace tiempo ya… .—Rengoku le había pedido que no le dijera nada a su hermano pequeño, con tal de no preocuparlo. Y hubiera preferido cualquier otro escenario en el que Senjuro descubriera la verdad. Preferiblemente uno en el que Rengoku o ella se lo contasen.
—¿Te has vuelto a encontrar con él o no?—insistió Muichiro, no dispuesto a dejar el tema.
—No—respondió, tajante, Sumiko, mirando de reojo, preocupada, a Senjuro. El malestar del chico era muy evidente.
—Bueno, si ya has acabado de tratarme, yo me voy— dijo Muichiro, que parecía decepcionado al escuchar esa respuesta y perdió el interés completamente en ella. Comenzó a andar hacia la salida de la enfermería sin añadir algo más.
—Creo que le debes una disculpa a Senjuro —dijo Sumiko, recuperando las agallas para decirlo. Muichiro se giró y la miró sin entender.
—¿Y eso por qué?—preguntó el Pilar, sin comprender a dónde quería llegar.
—No puedes andar llamando a la gente inútil—trató de razonar la chica, seria.
—Pero es la verdad. Él se queda aquí, sin hacer nada mientras que nosotros nos dejamos la piel luchando—la contradijo Muichiro.
—Eso no es cierto, es gracias a personas como Senjuro, que se encargan de curar nuestras heridas, que podemos seguir luchando —intentó defender Sumiko a su amigo.
—Sumiko, ya, no hace falta que sigas—pidió el joven, tratando de que no le temblase la voz.
—Encima te tiene que defender una chica, ¿se puede, acaso, ser más inútil?—A Muichiro no le gustaba la gente que era así. Que fuera hermano de alguien tan brillante como el actual Pilar de las Llamas sólo empeoraba, a ojos de Muichiro, todo eso—.Das vergüenza.
Senjuro bajó la mirada y apretó los puños, frustrado. Pero no protestó ni trató de defenderse ante las palabras del otro chico. Después de todo, tenía bastante razón.
Sumiko tampoco dijo nada más, consciente de que seguir defendiéndole causaría que la situación empeorase.
—Tengo que hacer cosas, con vuestro permiso me retiro—murmuró Senjuro, saliendo deprisa de la habitación. No se molestó en mirar atrás, de haberlo hecho hubiera visto la preocupación con que la Sumiko le miraba.
—Yo debería irme también—comentó Muichiro cuando se quedaron los dos solos—.Hasta la próxima, Kamado.
—Hasta la próxima—rezongó, a regañadientes, Sumiko. Habría deseado ignorarlo, pero, hacer eso con un superior, podría terminar metiéndola en un problema. De hecho, esperaba que, el haberle exigido que se disculpase, no fuera a traer consecuencias.
Senjuro se relajó cuando estuvo en su habitación. Las palabras del Pilar de la Niebla seguían resonando en su mente. Lo peor era que, internamente, sabía que este no había dicho más que la verdad.
Por mucho que Sumiko hubiera intentado defenderle, ¿qué sentido tenía negar la evidencia? Sí, se dedicaba a curar a los heridos en combate, pero, originalmente, su puesto debería haber sido el de un soldado más del Cuerpo.
Debía haber esperado algo así. Por mucho que las chicas que trabajaban ahí también le hubieran aceptado, eso no significaba que el resto lo fuera a hacer. Y menos siendo su hermano uno de los Pilares más talentosos.
Suspiró un poco y se esforzó en recordar que Kyojuro no tenía la culpa de esa situación. Al contrario, debía estar agradecido de poder ayudar al Cuerpo de esa manera. Atendiendo a los heridos.
No podía dejar que comentarios así le afectasen. Y tampoco debía seguir dependiendo de otros para defenderse. Primero se había escondido detrás de su hermano y ahora parecía que de Sumiko. En eso, por mucho que le disgustase admitirlo, el Pilar de la Niebla había tenido razón.
Si quería ser respetado, tenía que aprender a ser un hombre y a ser capaz de luchar sus propias batallas. Así también le demostraría a su hermano que podía apañárselas, y dejaría de preocuparse tanto por él.
Miró su escritorio, ahí, cerrado, estaba el primer cuaderno, el que había terminado de pasar a limpio. Decidido, y con un nuevo objetivo entre manos, avanzó hacia el mueble y se sentó. Abrió el cajón que estaba bajo la mesa y sacó el segundo cuaderno de notas.
Se pondría a transcribir ese, quizá así pudiera obtener información sobre la Respiración de la Luna y las Marcas de Cazador. El hecho de que su hermano no supiera nada de eso sólo había servido para aumentar su curiosidad.
—¿Senjuro?—oyó desde la puerta y, al girarse, vio que, parada en el umbral, estaba Shinobu—.Te estaba buscando, ¿quieres acompañarme al pueblo a comprar unos ingredientes?
—¡Sí, claro!—Senjuro se levantó y cerró el cuaderno, dejándolo en la mesa. Podía aprovechar y preguntarle a ella sobre eso en el camino.
Shinobu sonrió ligeramente y los dos se marcharon.
Senjuro sujetaba dos pesadas bolsas mientras la Pilar de los Insectos examinaba los tomates de la tienda. Estaba buscando unos que estuvieran lo suficientemente maduros para poder usarlos para preparar la comida de aquel día.
Dado que Aoi aún no había vuelto de su misión sería ella la que se encargaría de esas cosas. No era que a Shinobu le disgustase cocinar, pero a Aoi se le daba mucho mejor y, al contrario que la Pilar de los Insectos, hasta ese momento había estado siempre en la casa.
Shinobu cogió dos kilos de tomates y, tras pagar por ellos, se dirigió hacia donde Senjuro estaba esperando y metió la pequeña bolsa de plástico en la que los tomates estaban en una de las que el chico sostenía.
Senjuro hizo una mueca ante el peso extra, pero no protestó.
—Muchas gracias, Senjuro —dijo Shinobu entonces—, sin tu ayuda no habría sido capaz de cargar tanto peso.
—N-No es nada—contestó, avergonzado, el chico, cohibido ante la radiante sonrisa de la Pilar. Aunque, al recordar lo que quería preguntarle, se serenó rápidamente y decidió aprovechar esa oportunidad—Kocho…,¿puedo preguntarle algo?
—Sí, claro, ¿ocurre algo?—preguntó la mujer, mirando a su interlocutor, curiosa.
—Bueno, verá, por petición de Kyojuro comencé a reescribir los cuadernos de los anteriores Pilares de las Llamas.
—Oh, ¿y has encontrado algo interesante?— preguntó Shinobu, realmente interesada después de escuchar eso.
—En el del primer Pilar se menciona un tipo de respiración de la que nunca he escuchado hablar—siguió explicando Senjuro, Shinobu asintió, curiosa—La Respiración de la Luna.
—Nunca he escuchado hablar de eso—reconoció, enseguida, la mujer. Tratando de mantener a raya la desconfianza que amenazaba con aflorar.
—Kyojuro tampoco me supo decir algo —comentó Senjuro, fallando en esconder su decepción.
—Le puedo preguntar al patrón en la siguiente reunión—sugirió Shinobu.
—¿De verdad?—preguntó el chico, no sabía si era algo tan relevante como para preguntarle a Ubuyashiki.
—Su familia ha dirigido el Cuerpo desde su creación. Si alguien lo sabe, ese debería ser el patrón—le explicó la mujer.
—Bueno…, visto así… .—admitió Senjuro, tenía sentido.
—No te preocupes, aún así lo hablaré antes con tu hermano—le aseguró Shinobu, mientras los dos se encaminaban de vuelta a la Mansión de las Mariposas.
Shinobu estaba tumbada en su cama. Era de noche ya y la mujer era incapaz de conciliar el sueño. No dejaba de recordar la conversación mantenida, horas antes, con Senjuro. Sólo había servido para reavivar las dudas que la mujer albergaba hacia el patrón.
Aunque no deseaba darle más vueltas, una vocecilla dentro de ella le susurraba que el patrón les había ocultado eso también. Y a Shinobu se le escapaba la razón, ¿por qué ocultar la existencia de ese estilo de Respiración?
Algo grave debía haber pasado, era la única explicación que le cuadraba. Y pensaba llegar al fondo de eso. Suspiró un poco, se había vuelto una desconfiada.
Se giró y miró a la pared. Seguía pensando en todo eso y no parecía que fuera a ser capaz de dormirse pronto. Se sentó en la cama y sacó las piernas de debajo de las sábanas. Se incorporó, procurando no hacer ruido.
La mejor opción era tomar alguna infusión relajante y luego volver a la cama. Tenía la opción de tomar algún medicamento que le ayudase a dormir, pero a Shinobu no le agradaba recurrir a eso y, siempre que podía, lo evitaba.
Salió de su habitación y cerró, con cuidado de no hacer ruido, la puerta. No quería despertar al resto, así que fue andando hacia la cocina, poniendo esmero en que sus pasos no se oyeran. Era algo que, con los años, había ido perfeccionando, y le venía muy bien a la hora de realizar ataques sorpresa contra los demonios.
Estaba en la cocina, disfrutando de su infusión, cuando oyó que la puerta de entrada a la casa se abría. Extrañada ante eso, se asomó al pasillo y vio a Giyuu y a Aoi en el recibidor.
Sonriendo un poco, se acercó a ellos.
—Hola, Giyuu, Aoi—saludó, hablando bajito, pero lo suficientemente alto como para que los otros dos la oyesen.
—Ah, hola, Shinobu—respondió, en el mismo tono de voz, Tomioka. Aoi saludó también.
—Estaréis cansados—dijo Shinobu, fijándose en las ojeras bajo los ojos de la muchacha. Aoi, aliviada de tener esa excusa para retirarse, asintió enseguida.
—Sí, si no les importa me iré a acostar ya—murmuró la joven, marchándose rápidamente, sin mirar atrás.
Shinobu estuvo a punto de insistir un poco a Giyuu para que hiciera lo mismo, cuando cayó en la cuenta de algo—Giyuu, ¿has oído alguna vez hablar de la Respiración de la Luna?
El Pilar del Agua, desconcertado por la pregunta, frunció un poco el ceño y trató de hacer memoria.
—No, nunca. ¿Es un nuevo estilo?—preguntó, curioso.
—No, no lo es—confesó Shinobu, mordiéndose ligeramente el labio. Giyuu era uno de los Pilares más antiguos, si ni siquiera él conocía ese estilo de respiración… .
Giyuu la miró, quizá tratando de averiguar en lo que estaba pensando—.Algo te preocupa—sentenció el hombre, al cabo de un rato.
Shinobu le miró, dudosa, ¿estaría bien si compartía lo que pensaba sobre el patrón con él? Giyuu ya había desobedecido órdenes directas al compartir, aunque no fuera gran cosa, información sobre lo de su hermana con ella. Pero tampoco deseaba precipitarse, no debía olvidar que el resto de los Pilares, en especial Sanemi, eran muy leales al patrón.
—Puedo resolverlo yo sola, no te preocupes—dijo, esbozando, de nuevo, su sonrisa.
—Bueno, pero, si necesitas ayuda o hay algo que pueda hacer por ti, no dudes en decírmelo.
—Lo tendré en cuenta, Giyuu. Gracias.
El hombre asintió—.Bueno, si no te importa, creo que yo también me retiraré a descansar.
—No te preocupes, debes estar cansado. Ya mañana me contáis qué tal os fue la misión.
Shinobu observó cómo su amigo se retiraba a la habitación que, cuando llegó, le habían asignado.
Hinatsuru estaba desayunando en la cocina junto a Makio cuando Kanao y Sumiko entraron.
—¡Buenos días!—saludó Makio, con energía, captando la atención de las dos chicas, que habían estado distraídas hablando.
—Oh, buenos días—respondió, con menos entusiasmo, Kanao, frunciendo un poco el ceño. Le habría gustado poder desayunar a solas con Sumiko.
—¡Buenos días!—contestó Sumiko, sonriendo un poco, contenta.
Hinatsuru observó con atención a ambas muchachas. Pese a verlas con frecuencia por la casa, nunca se había parado a tener una conversación con ellas. Aunque tampoco era que hubiera tenido oportunidad.
—¿Qué tal?—preguntó Hinatsuru, en un intento de hacer conversación mientras terminaban de desayunar.
—Bien, esperando a la siguiente misión—contó Sumiko. Podían avisarlas en cualquier momento. O a alguno de sus maestros.
—Nosotras deberíamos seguir entrenando—reconoció Makio. Shinobu les había encomendado la tarea de romper una roca enorme a cada una. Y ese era el requisito que tenían que cumplir para recibir su permiso de participar en la Selección Final.
—¿Qué tal os va?—se interesó Sumiko, tratando de no hacer una mueca al recordar el brutal entrenamiento al que, en su momento, la había sometido Rengoku.
—Nos las apañamos—dijo Makio. Tarde o temprano partirían esa piedra, pero, hasta ese momento, se limitaban a perfeccionar su técnica, practicando una y otra vez las distintas formas de la Respiración del Sonido.
Makio, que había sido capaz ya de dominar la Respiración de Concentración Total, al contrario que Hinatsuru, pasaba muchas tardes ayudando a la otra mujer a ser capaz de usarla.
—Deberíamos irnos ya—intervino Hinatsuru, algo seria. Makio la miró de reojo y asintió, apuró el contenido de su taza, se limpió con el dorso de la mano y, tras despedirse ambas de las dos jóvenes, se fueron.
—¿Crees que lo conseguirán?—preguntó Sumiko, un rato después, mientras cogía la taza llena de café con leche que Kanao le tendía.
—Shinobu cree que sí, que en unos meses estarán listas para presentarse.
—Me alegro—murmuró Sumiko. Admiraba lo mucho que esas dos mujeres se habían entregado a su entrenamiento.
—¿Quieres que entrenemos juntas?—preguntó Kanao, cambiando de tema. Sumiko la miró y asintió enseguida.
Cada vez que podían aprovechaban para entrenar juntas. Les permitía también pasar más tiempo juntas ellas dos solas.
—¿Te parece que nos centremos en la resistencia hoy?—preguntó Kanao, dando el último sorbo al zumo de naranja que tenía.
—Vale, ¿bajamos la montaña corriendo?—sugirió Sumiko, sonriendo un poco.
—Sí, por mí perfecto—reconoció la otra chica, dejando su vaso en el fregadero—¿Nos vamos?
—Sí—dijo Sumiko, imitándola y dejando su taza en el fregadero también.
Shinobu agitó con cuidado la probeta y examinó, seria, el contenido de esta. La mujer se hallaba en su laboratorio, llevaba desde la muerte del Pilar del Sonido modificando el veneno que le dio, con el objetivo de hacerlo más potente.
Y, por fin, había dado con la fórmula, incrementando la dosis de glicina y añadiendo tranquilizante muscular. Pensaba probarlo en la siguiente misión, y, si funcionaba como ella esperaba, seguiría haciendo esa combinación más potente. No pararía hasta que tuviera pruebas irrefutables de que, con ese veneno, podía vencer a una de las Lunas Superiores.
Maldijo internamente su propia debilidad, si hubiera sido más fuerte podría haber decapitado demonios, como el resto de cazadores hacía, quizá hubiera podido salvar a su hermana de ese destino.
Se estremeció un poco, había hecho lo mejor por convencerse de que lo mejor para Kanae era morir. Pero ello no mitigaba el dolor que sentía. Sacudió la cabeza y trató de alejar esos pensamientos, no era el momento de compadecerse de sí misma.
Tenía mejores cosas que hacer. Volvió a centrar la atención en el veneno y suspiró un poco, lo probaría en la siguiente misión y tomaría nota de sus efectos. A decir verdad, tenía ganas de comprobarlo en persona.
Cogió uno de los viales más pequeños y vertió en él una pequeña dosis del veneno y lo tapó con un tapón de corcho. Dejó la probeta en su sitio y se encaminó a la salida. Apagó las luces del laboratorio, abrió la puerta y, tras salir, cerró y candó con llave.
Subió las escaleras deprisa, y pronto estuvo en su habitación. Dejó el vial en su mesilla, cerca de su espada, que estaba apoyada contra la pared. Nunca la llevaba encima cuando estaba ahí, no era necesario. Y Shinobu deseaba sentirse segura en su casa, además de que, los árboles de glicina que rodeaban la finca mantenían a los demonios lejos.
Salió del dormitorio y fue a buscar a Makio y a Hinatsuru, aunque no las estuviera instruyendo directamente, seguía su progreso de cerca.
Casi se chocó con Giyuu al doblar la esquina del pasillo, pero lo evitó a tiempo, dando un paso hacia atrás. El Pilar del Agua reparó en ella y la miró.
—Lo siento—se disculpó él enseguida—.Iba distraído.
—No deberías tener la cabeza en las nubes—le amonestó ella, aunque no sonó demasiado estricta.
—Sí, tienes razón—admitió Giyuu—.Te estaba buscando. Me acaban de asignar una misión.
—¿Ya? —preguntó la mujer, sorprendida. Apenas acababa de regresar de una.
—En el territorio de Uzui —añadió el hombre—.Desde su muerte parece ser que los demonios se han vuelto más atrevidos. Los ataques se han multiplicado.
—Vaya—murmuró la mujer, y, en ese momento, tuvo una idea—.Te acompaño.
—¿Segura?—preguntó Giyuu, apenas siendo capaz de disimular su sorpresa.
—Por supuesto—dijo, seria, Shinobu.
—Bueno, no creo que pase nada porque me acompañes—admitió el Pilar del Agua, cediendo rápidamente.
—Iré a avisar a Kanao —dijo Shinobu—¿Nos esperas en la entrada?
—Sí, claro—accedió el hombre enseguida y observó cómo la mujer se marchaba y se encaminó a la entrada de la casa.
Shinobu, esperando encontrar a su pupila en su habitación, se detuvo ante la puerta del dormitorio y, con suavidad, tocó la puerta con el nudillo izquierdo. Segundos después, Kanao abrió y la vio.
—¿Ocurre algo, Shinobu?—preguntó Kanao, pese a ya intuir de qué se trataba. No era la primera vez que recibían misiones a esas horas.
—Vamos a acompañar a Giyuu a una misión—le explicó Shinobu—.En el territorio de Tengen.
Kanao, confusa ante eso, frunció un poco el ceño. No era habitual que les tocase ir con otro Pilar a una misión, aunque, después de lo ocurrido con el Pilar del Sonido, no era tan extraño.
—Cogeré mi espada—dijo la joven. Le habría gustado avisar a Sumiko de que se iba, pero no le iba a dar tiempo. Esperaba que no fuera a enfadar con ella. Entró en su dormitorio y volvió al cabo de unos segundos, con su arma colocada ya en su cinturón.
—Bien, nos vamos—dijo, seria, Kocho. Ella ya había cogido antes su arma y la muestra de veneno. Pensaba probarlo, si tenía la ocasión, en la misión.
Bueno, y hasta aquí es el vigésimo tercer capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo cuarto capítulo.
¡Hasta la vista!
