Este lo escribió mi hermana en la Navidad del 2021.
Recuerden dejar su review, ayudan mucho y suben el autoestima.
El concepto de Navidad para Pablo siempre fue algo que su familia le incitaba odiar por ser, según ellos, una festividad católica de aquellos conquistadores traicioneros. Quizás por eso le hacía raro que un país como Japón, cuyos devotos no llegaban ni al cuarto de la población nacional, lo celebraran. Lo más extraño para él era que no tenían ningún motivo religioso, a pesar de ser una fiesta popularizada.
De repente su compañero cánido empezó a ladrar a un gato atigrado, y al mirar hacia el gato Pablo se dio cuenta de que tenía dos colas.
—¿Eso es un gato?— pregunto extrañado por la deformidad, en eso el gato asustado salió corriendo seguido por Acha—. Aquí vamos de nuevo— suspiro derrotado, mientras seguía a su compañero.
—¡Fudo, socorro! —gritó el gato llegando a clavar sus garras a un joven en su espalda—. ¡Fudo!
El joven sacó el gato de su espalda, acostumbrado a las garras del minino llorón.
—Makoto te dije que no te fueras en medio de la calle comercial, que hay muchos perros —regaño al gato, luego se giro, viendo al susodicho perro y a un joven que llegaba tratando de recuperar el aliento.
—¿Un perro fantasma?— pregunto al ver al perro negro.
Pero no le parecía un perro, sino más bien un lobo. Incluso el joven chamán del gato se vio un tanto intimidado por la gigantesca bola de perro negra que ladraba, babeaba y movía la lengua. A veces todo a la vez.
—Basta, Acha —se quejo acercándose al perro— lo siento, no le hará daño… — fue interrumpió
—No pasa nada, estoy acostumbrando —sonrió de forma tranquila—. Tachikawa Fudo
—Pablo Orama
—Español ¿verdad?, hablas muy bien el japonés.
—Si ¿Cómo lo sabes?
—Tu nombre. Y tu acento, está muy marcado…
—Fudo— llamó el gato ya llorando pues el perro seguía ladrando—. Aleja al perro malvado.
—Acha, es suficiente —Pablo tomó el hocico del perro, y éste como respuesta le lamió la mano—. Lo siento… Es solo un cachorro grande, no haría daño a una mosca. Espera ¿es un gato que habla?— preguntó desconcertado
—Es un Gotokoneko, a grandes rasgos, es un gato que vivió durante 100 años y tiene poderes de fuego— explicó acariciando al gato para tranquilizarlo— ¿y tu amigo?
—Un guacancha. Un perro… —iba a decir "demonio", pero las palabras como "oni" o "akuma" eran las únicas que brotaban de su cerebro, y no estaba seguro de cómo se iba a tomar esas palabras aquel muchacho tan bien vestido que desprendía ese "Japón feudal" por sus poros—. Un espíritu perro —respondió—. ¿Qué haces fuera a las doce de la noche en el día de navidad?
—Las reuniones familiares me agotan —dijo Fudo, con un suspiro—. Aunque mis familiares se fueron hace horas, yo no puedo dormir tan fácilmente tras forzar una sonrisa por horas. Decidí despejar mi mente con un paseo, o mañana tendré pesadillas y agujetas en las mejillas —explicó mirando al cielo estrellado. ¿Por qué le contaba esas cosas? No solía abrirse de esa manera. Solo supuso que, hasta alguien como él, necesitaba ser escuchado aunque fuera por un desconocido—. Y me imagino que tu no tienes a nadie con quien celebrarlo aquí.
—No, aunque mi familia nunca fue muy devota como para celebrarlo.
Fudo estalló a reír, una risa sincera que sorprendió incluso a su espíritu gatuno. Aquellos que trajeron la Navidad ¿necesitaban motivos? Eso sí era un buen chiste. Pablo estaba desconcertado, aunque no se sentía ofendido.
—Lo siento, no suelo reír así —Fudo se disculpó, secándose las lágrimas—. ¿Desde cuando debes de ser devoto a una religión para celebrar un día para estar con la familia, amigos o incluso pareja? hay muchas familias incluso fuera de japón que la navidad no es más que una excusa para estar con sus seres queridos. La religión poco tiene que ver.
A Pablo se le borró la sonrisa. Suspiró y retomó su sonrisa con menos humor que antes.
—Entonces, estas fiestas no son para mí —miró reloj casio de pulsera y echó la vista al cielo por un segundo—. Debo irme. Me ha gustado hablar contigo.
Se marchó a paso rápido, siguiendo su camino. Pero Fudo se quedó pensando en aquella expresión, que le había dejado atónito. Fudo estaba acostumbrado a leer cada músculo facial y las microexpresiones, al ser cabeza de familia y tener mucho .
—Aquella sonrisa forzada… Estaba muy bien lograda.
El chico solo podía intuir cuánto había metido la pata, y se sintió apenado por el cambio drástico de humor del español, que ya estaba bastante lejos y camino a su casa. Pablo se había acostumbrado a los sinuosos caminos que iban al pueblo donde vivía, y al oscuro bosque que nacía colina abajo en la única calle medianamente asfaltada que iba a la ciudad. Nunca lo admitiría en voz alta pero, al principio, esa visión de las bandadas negras de aves sobre los bosques a esas horas de la noche le asustaban. Ahora los encontraba entrañables. En ese camino, había una cabina de teléfono en la que se detenía cada noche para observarla, aquel era el único teléfono que tenía el pueblo y sabía que, en otros lugares, los chicos de su edad lo usaban a menudo para llamar a sus amigos, a su familia. Eso era lo que recitaba su mente cada vez, pero aquella vez su cerebro se detuvo en "familia", en esa palabra. La palabra "familia" era descrita en la Real Academia Española como "conjunto de personas emparentadas que viven entre sí", además de "ascendientes, descendientes, colaterales y afines del linaje". Suspiró profundamente, con una amargura que subió por su garganta.
Para los demás, la familia significaba ¿amor? ¿cariño? No estaba seguro. No tenía buenos recuerdos de sus padres ni sus tíos, ni primos. No los echaba de menos. No los echaba de menos, pero aún así tomó el telefonillo y se lo llevó a la oreja.
Ellos, no tenían teléfono. Odiaban la tecnología.
Colgó a desgana. No los echaba de menos.
¿Y llamar a un amigo?
No tenía.
Nunca tuvo. Y él era de esas personas que no añoraban lo que no tenían.
No, no los echaba de menos, pero estar lejos de ellos dolía en alguna parte de su pecho. No deseaba tener amigos, pero se sentía solo. Y esas contradicciones le hacían sentir aún más miserable. Miró las estrellas al filo de quebrarse.
—Pensé que si os hacía caso… yo —tomó aire. Relajó los hombros. Levantó la mano al cielo a modo de despedida y comenzó a caminar con la mirada en el suelo—. Paso.
Y siguió el resto del camino a su casa.
