Satoru Gojo. Es el nombre que no deja de oír. Satoru Gojo. Desde que ha empezado el curso, en cada esquina, en cada clase. Satoru Gojo. Los otros alumnos comentan sus habilidades, su poder extraordinario. Los profesores suspiran resignados ante su impertinencia, su mala educación, su absoluta falta de respeto hacia sus superiores y su soberbia hacia los que no considera igual. Satoru Gojo. Ya hay epítetos épicos para referirse a él y solo tiene 16 años. El de los Seis Ojos. El más poderoso. El más fuerte. El más grande en 400 años. Utahime lo escucha y pone los ojos en blanco. Satoru Gojo, que aparece en su vida con una sonrisa y gafas oscuras. Y le vacila. Hace que pierda el control y toda su compostura termine en gritos frustrados. Le enerva, le saca de sus casillas. "Utahime", canturrea, pasa de los honoríficos, se cree por encima del bien y del mal. "no llores por ser tan debilucha, ¿eh?," La segunda o tercera vez que le vio: "¿Qué quieres decir con que te llame senpai? Tu energía maldita es una porquería, no te creas que estás por encima de mí" Le hierve la sangre. Es solo un niñato, nada más.
Satoru Gojo, que entra en las habitaciones a grandes zancadas, gritando, con carcajadas sonoras, queriendo ser siempre el centro de atención. Gojo, que se pasa el día jugando en la videoconsola con la música encendida y se niega a hacer sus deberes porque está muy ocupado viendo reposiciones de Digimon a todo volumen. Gojo, que come una asquerosa cantidad de dulces y no engorda. Gojo, que siempre se ríe de ella y no entiende el concepto de la discreción. Gojo, que a veces tiene insomnio porque ha tomado demasiado azúcar, y sale a pasear por los jardines y parece entonces más suave, más vulnerable y humano. Gojo, que llega hasta ella de sopetón, una noche en que los dolores menstruales no la dejan dormir y Utahime está acurrucada en una silla de la cocina con un té calentito esperando a que el analgésico haga efecto. Se le queda mirando con esos ojos azules suyos, como buscando una explicación a su presencia, y grita ¡Utahime! y Utahime no dice nada, demasiado concentrada en no retorcerse ante los calambres del vientre. En ese silencio, le ve ir hasta la nevera y abrirla de par en par, estudiando el contenido hasta que saca un cartón de leche y se lo vierte sobre una ingente cantidad de cereales rellenos de chocolate. Se gira hacia ella y se mete una cucharada rebosante en la boca, y como no tiene ni modales ni educación, mastica con la boca un poco abierta y Utahime aparta la mirada con asco.
Satoru Gojo, que no está claro si sabe interpretar cuando alguien no tiene ganas de hablar, insiste en hacerle preguntas sin descanso: ¿Tenías pesadillas?, ¡pobre Utahime!, ¿cuánto tiempo llevas aquí? ¿tienes miedo de la oscuridad?, ¿qué estás tomando?, ¿está rico? y Utahime que en ese momento concentra su energía en no poner caras de dolor cada vez que la tela de su camisón roza los pechos hipersensibles, responde con monosílabos (no, poco, no, té, sí) e intenta acabar pronto la infusión para poder volver a la tranquilidad de la cama.
– Oye - se acerca hasta ella y se acuclilla hasta llegar a su altura y Utahime puede oír cómo la comida choca contra las muelas del chico. Siempre tan desagradable. – Suguru y yo nos estábamos preguntando el otro día, ¿por qué no estás en Kyoto?, ¿te han echado de allí?
La primera reacción es "a vosotros qué os importa", por supuesto.
– No sé - se encoge de hombros – eres la única estudiante de intercambio aquí. Es raro.
Utahime hunde la nariz en la taza. Huele a canela y a naranja. Huele a casa, las grandes teteras llenas de el mejunje que todas las aspirante a miko tomaban cuando tenían el periodo.
– Soy la única que queda de mi promoción en Kyoto. – Clava los ojos en el borde de la taza, verde jade decorada con lunares, y se obceca en no mirarle. Mirarle es peligrosos, con esos ojos que juzgan sobre los cristales oscuros y esa sonrisa que condena como si fuera un dios decidiendo tu destino de un mortal. - Así que pensaron que era mejor que terminara aquí.
"Tu técnica no vale mucho si estás sola - dijo Gakunjagi poco después del funeral - en Tokyo podrías trabajar bien con los de tu curso. Creo que ya les conoces".
– ¿No hay más? ¿Abandonaron? No me digas que son de los que les dan asco las mald…
– No. Están muertos.
Desgajados. Desahuciados. Desangrados. Mutilados. Irreconocibles.
Utahime traga saliva y cree que es una respuesta suficientemente contundente para cortar la conversación.
– ¿Muertos? Vaya. Lo siento. - No suena a que lo sienta. - ¿Y cómo fue?
¿Alguien le puede decir que pare? Vale con que le diga que no la mira así, estudiándola. Porque si la mira, Utahime no puede concentrarse en apartar las imágenes de sus recuerdos. Y si no puede hacerlo, entonces Yasu y Ren - y sus gritos de dolor, sus tripas abiertas, el pánico en la cara - están ahí con ella, en el mismo espacio de la cocina. Y cuando eso ocurre nota el corazón se acelera, le cuesta respirar y el mundo se empequeñece. Y ahí están, casi puede verlos. Nota también una gota grande y caliente saliendo de una esquina de sus ojos. Son las hormonas, se dice mientras esconde un poco la cara. Tras los párpados cerrados, el sonido de la clínica abandonada donde les habían mandado. Cálmate, solo son las hormonas.
— ¿Estás llorando?
— No.
— ¡Estás llorando, Utahime! ¿Es por tus compañeros?
Satoru Gojo, que solo se asoma a almas ajenas para mirarlas con desprecio, pregunta. Satoru Gojo, que no conoce la empatía y le recuerda a un niño que disfruta cortándole las alas a las moscas y arrancándole las patas a las ranas, presiona.
– Bueno, no deberías. Cuando te metes en esto ya sabes a lo que te enfrentas si no eres el más fuerte, es ley de vida.
Satoru Gojo, ¿pero qué coño?
— En tu caso a lo mejor eres útil en un equipo bien montado, pero si te pones así por una cosa como estáis que eres demasiado débil para…
– Vete a la mierda.
Ella no es así normalmente. Cree que son las hormonas lo que hace que se levante.
– No hay que ponerse tan histérica, Utahime. Lo digo por tu bien.
Se enfila hacia la puerta con la cabeza alta.
— Déjame en paz, Gojo.
Satoru Gojo, su tormento; su acosador particular; un bromista de mala clase; un macarra de medio pelo; un malcriado; un engreído; un soplagaitas. Shoko le dice que tenga paciencia, MeiMei dice que le ignore, pero, ¿cómo va a ignorarlo, si Satoru Gojo parece gravitar hacia ella?, Parece que la busca todo el rato, en cualquier momento de tranquilidad. Él no entiende los límites, invade su espacio como un meteorito que rompe la barrera de la atmósfera.
Gojo es lo que permanece entre la Utahime real y la que se muestra fuera.
Y Utahime se desespera.
Es un sábado helado de invierno y tras la ventana de la habitación de Utahime caen copos de nieve enormes. Shoko está tirada en pijama en la cama, abierta como una estrella de mar mientras hojea una novela romántica y chupa una piruleta, y Utahime practica con el piano la escala que no le sale y que necesita para desbloquear el próximo nivel de su técnica.
A las dos les gusta esto, esta simbiosis callada en que una toca composiciones clásicas y la otra interrumpe leyendo en voz alta pasajes especialmente cursis. Utahime se frustra enormemente si se equivoca siguiendo el tempo y para distraerla Shoko inicia una conversación sobre algo intrascendente: colegio, profesores, el último local de moda, una película que ponen en el cine. A veces Utahime para para tomar notas en los márgenes de las partituras, y otras Shoko dice: hey, ¿te sabes esa canción que…? y Utahime - que para estas alturas ya se ha dado cuenta de que hay pocas cosas que le pueda negar a Shoko - intenta sacar la melodía de oído. Tararean, se equivocan con la letra y debaten sobre ella; se ríen de sus ocurrencias y vuelven otra vez a la práctica y la lectura, dando puntadas al silencio hasta que el silencio se rompe con un grito.
— ¡Shooooookoo! ¡Te estamos buscando! - Gojo, con el abrigo lleno de nieve y la cara sonrojada por el frío abre la puerta de par en par y entra sin pedir permiso. - ¡Vamos a hacer una batalla de bolas de nieve! Oh, - mueve la cabeza de una hacia otra – ¿qué estáis haciendo?
Utahime se vuelve sobre su hombro y le mira con los ojos entrecerrados. Apenas se le ve la cara tras la gigantesca bufanda roja, y trae consigo el frío de fuera y esa energía maldita suya que vibra en todas partes.
— Toco algo de música. - Se vuelve al piano, dispuesta a no enfadarse porque es sábado y quiere estar tranquila. ¿Alguien puede culparla? - ¿Qué quieres?
— ¡Un concierto! ¿Puedo quedarme?
— No es un concierto. Uta está practicando. - Shoko le mira con ojos cansados, agotada de antemano por el entusiasmo de su compañero.
— Si quieres quedarte o marcharte me da igual. Pero si te quedas estáte callado y cierra la puerta. El aire que entra es helador.
Utahime le extiende la propuesta por educación y con el convencimiento de que la rechazará. Gojo Satoru, cuya existencia se centra en poner el mundo patas arriba, tendrá algo mejor que hacer, piensa. Algo malvado con Suguru, lo más probable. Sin embargo en esta ocasión, se queda parado en el quicio de la puerta, balanceándose sobre la punta de los pies durante unos segundos hasta que desliza la madera tras de sí y entra desabrochándose el abrigo y desanudándose la bufanda. "¡Me quedo!" Exclama y se sienta en una esquina de la cama, las piernas larguísimas estiradas sobre el tatami. Shoko se hace a un lado para dejarle espacio sin dejar de mirar el libro, y Utahime vuelve a acariciar las teclas con las yemas de los dedos. "Compórtate", avisa; "No toques nada", remarca. Y él asiente "sí, sí, lo que tú digas".
Elige One more time, one more chance porque es una canción que conoce perfectamente y, por algún motivo que no alcanza a comprender, quiere impresionarle. Quiere demostrarle de lo que es capaz en ese pequeño reino suyo de la música: es su estado natural, las ondas sonoras, las escalas, las notas.
Su atención se divide entre leer el pentagramas y pronosticar las reacciones de Gojo. Espera, como hace siempre, que haga algún comentario jocoso. Algo ligeramente ofensivo sobre sobre las chicas de provincias si ve la foto del puerto de Miho que tomó el verano pasado; que se mofe de que guarde con tanto afán la boda de béisbol firmada por Yoshihiro Doi y que es su tesoro más preciado; que hurgue entre las novelas históricas en busca de un párrafo subrayado para avergonzarla; que señale con un gran risotada el póster de la sinfónica Berlín de cuelga sobre la cama. Utahime espera ser humillada, pero en lugar de eso Gojo escucha todo el rato callado. 10, 15 minutos de concentración absoluta y ese hecho es mucho más inquietante que sus palabras. Se gira para comprobar que todo va bien.
– Está dormido. - Shoko habla en un susurro, señalando a Gojo que está apoyado en la pared con los ojos cerrados y la boca abierta. - Es nuestra oportunidad para dibujarle un par de pollas en la cara.
Por tentador que suene, mucha gracia que le haga, y mucho que se le merezca, Utahime niega con la cabeza y se aguanta la carcajada. Vuelve a la tarea. Está a mitad de la séptima canción cuando se oyen unos golpes educados en la puerta y la cabeza oscura de Geto aparece por el resquicio. Le sonríe educadamente y le caen copitos de nieve de las pestañas.
— Utahime-senpai, perdona, estoy buscando a… - sus ojos se fijan en la cama - Ahh, ¡ahí estáis! Llevo un rato muerto de frío esperando ahí fuera. ¿Qué hacéis aquí?
– ¡Ssh! ¡No despiertes a este! — Shoko señala con la barbilla a Gojo – ¿Te ha dejado ahí tirado?
– Sí. - Y al ver la cara de su compañera hace un gesto con la mano para quitarle importancia. - Yo le dejé tirado ayer para ir al cine, así que estamos empate.
Suguru les sugiere ir a comer, y Shoko se apunta entusiasmada ante la idea de hacerse un tonjiru calentito. Utahime no tiene hambre, y aunque los dos se ofrecen para despertar a Gojo, les dice que no hace falta. En realidad, le da pena interrumpir su siesta porque Satoru Gojo es insoportable, es un cretino, le saca de sus casillas pero también trabaja a destajo, no entiende del todo el concepto de descanso, y más de una vez ha pensando que los altos cargos hacen uso indiscriminado de sus técnicas para limpiar sus propias mierdas.
Utahime retoma la práctica y cuando por fin cree que la domina, hace crujir los dedos y se acerca hasta él, curiosa. Se le ve por una vez serio y callado, y humano. Es verdad que realmente podría gastarle una de esas bromas de las que hablaba Shoko. Un mostacho rizándose sobre las mejillas, piensa; una flor rodeando las cejas blancas; un poco de pintalabios y colorete…
– ¿Qué estás mirando Utahime?
Los ojos azul marciano están abiertos de par en par.
– ¡Nada! - Ojalá no se esté sonrojando. – Solo quería ver si estabas ya despierto. Voy a comer y paso de dejarte solo en mi habitación.
Gojo Satoru, que disfruta haciéndola sufrir, estira sus extremidades como un gato y ladea la cabeza.
– Utahime - canturrea y acerca su cara hasta que casi se toca la nariz con destacado - ¿observas así a todos los chicos guapos que duermen en tu cama? Es bastante chungo.
– Lárgate.
"Sa-to-ru Go-jo" - deletrea, todo dientes y sonrisa - "Sí, sí, sí: así escrito. ¿Me llamarás?" y Utahime no entiende por qué a la chica le brillan los ojos cuando asiente, ni por qué le sigue con la mirada aún cuando él ya le ha dado su número y se sienta, despatarrado, a su lado en el metro. Está sucio, piensa, apesta porque la maldición se había refugiado en una antigua el hueco de una canalización abandonada; y la sangre mancha la el betún de sus zapatos y los opaca.
Quiere levantarse y decirle a la chica que no lo haga, de verdad, que va a estar cometiendo un error; porque detrás de esas pestañas tan largas, y esos rasgos armoniosos y esos dientes blanquísimos, hay un ser humano horrible. Satoru Gojo, quiere decirle, gusta a chicas y chicos por igual, y coquetea con ambos indistintamente. Satoru Gojo, ahí donde le ves, no te responderá a ningún mensaje una vez que consiga lo que busca; y si te llama "cariño" o "princesa" no es porque sienta un afecto especial hacia ti sino porque probablemente no recuerda cuál es tu nombre. Satoru Gojo presumirá ante Suguru de su conquista, una mañana cualquiera mientras desayunan, y habrás perdido entonces cualquier atisbo de dignidad que te quedaba. Y si aún así Gojo te deslumbra porque mide dos metros y tiene esas manos enormes, debes saber que no sujetará la tuya cuando des un paseo y no te la tenderá cuando necesites que lo haga. No importara cuanto supliques o cuán rota estés, y cuánto lo necesites porque te dejará sola con tu pena.
"Es tan encantador como egoísta", eso quiere decirle a la pobre víctima de las artimañas de Gojo. Pero al final no le dice nada porque la chica se baja en la siguiente parada y la ve desaparecer entre la gente que entra y sale de los vagones. Y desaparece entre la multitud con la misma anonimia con la que estará en la vida de Satoru Gojo.
Más o menos en estos términos se lo cuenta esa misma noche a MeiMei en la cocina, mientras preparan juntas oyakodon para la cena. MeiMei conoce a Gojo desde que eran niños, y escucha la historia con el cariño divertido de quien tiene noticias de las aventuras de un primo lejano. Utahime se indigna porque no parece compartir su estupor, y MeiMei termina de poner el arroz a hervir antes de darle una respuesta. "Creo que estás exagerando" - dice con una media sonrisa - Es normal que las chicas se acerquen a él. Y da igual que Utahime bufe, ¡pero si es un niñato! Porque MeiMei está ya hilando su razonamiento con su voz suave "Tienes que admitir", dice, "que es bastante mono. No me digas que no te has fijado".
Y sí, Utahime claro que se ha fijado, cuando él y Suguru vuelven sudados de entrenar con la camisa pegándose al cuerpo; cada mes más altos, más anchos, más hombres. La masculinidad se escapa por las rendijas que dejan los ángulos fibrosos y las extremidades alargadas; y poco a poco se van despegando del todo de los ropajes de la adolescencia.
No planea decirlo en voz alta.
— No creo que haya belleza en el mundo que haga olvidar esa personalidad horrible.
— ¡Nah! Eso lo dices porque todavía le ves como un crío pequeño. En unos años será un buen revolcón.
— ¡MEI!
Utahime enrojece, y MeiMei ríe con todas las ganas y la boca abierta. Lo que una tiene en candor a la otra le sobra en picardía.
– Utahime, no te escandalices. ¿O me vas a decir que cuando te Atusa va a tu habitación por las noches solo jugáis a las cartas, ¿eh? - Por el rabillo del ojo, ve cómo la mano de Utahime tiembla un poco sobre las cebolletas y se apiada de ella. - Tranquila, vuestro secreto está seguro conmigo. Por un precio razonable, claro.
Se hace un pequeño silencio que Utahime sabe que es un paréntesis para ganar tiempo y pensar una buena respuesta. No es que haya algo que se avergüence entre lo que pasa entre Atsuya y ella, pero sí que se avergüenza de su falta de control sobre sus propios impulsos. Si Gojo se llega a entender, no quiere imaginar la insoportable reacción que tendrá.
— ¿Qué quieres?
— Admite que Gojo es guapo. Un bomboncito.
MeiMei la mira expectante y divertida, con los brazos cruzados sobre la camiseta morada y Utahime calla, colocando con cuidado el pollo sobre el aceite y echando el caldo sobre ello.
– Por supuesto. - Dice finalmente - Un bombón envenenado, sin duda.
Satoru Gojo pasa ser "el idiota ese" poco antes de que se acabe el curso y coincidiendo con su decisión de reducirlo sus palabras al ámbito meramente académico y profesional. Si se cruza con él, le saluda con un gesto seco de la cabeza. Si él aparece canturreando su nombre, ella sale disparada en la otra dirección. En los meses que siguen a su graduación, Satoru Gojo es tan solo una anécdota en labios de Shoko de vez en cuando; una soniquete de fondo en los pasillos de la escuela y las salidas nocturnas con los compañeros, un nombre escrito en un informe que lee por encima.
Utahime en estos momentos está concentrada en hacer lo que tiene que hacer para entrar plenamente adulta. Alquila un pequeño apartamento cerca de la estación de tren. Compra sábanas nuevas, un escurreplatos y un set de tazas y bowls a juego. Sus padres le regalan un libro de cocina de un famoso chef que sale por la tarde y practica las recetas las pocas veces que está en casa. Pide sistemáticamente un ascenso que, sistemáticamente, rechazan. Empieza a salir en serio con Kusakabe. Van a citas, al cine, a ver fútbol, a Universal Studios. Se aprenden los nombres de los miembros de sus respectivas familias. Comprar regalos para el sobrino recién nacido de Atsuya y le hace carantoñas cuando le visitan juntos. A menudo duermen en casa del uno del otro. Cuando ocurre el milagro de que sus días libres coinciden, suelen hacer excursiones, escapadas románticas en las que pasean agarrados de la mano y cuentan sus cicatrices en camas de hotel en Nikko. Hakone. Hokkaido. Utahime siente que está incapacitada para amar, pero él ofrece el abrigo que necesita y ella le da la compañía que él pide. Es suficiente, piensa, al menos mientras aprenden qué clase de personas son cada uno. Difieren en muchas cosas, pero coinciden en lo que consideran esencial: ambos comparten un fuerte sentido del deber, y una extraordinaria ética del trabajo, y una vocación por el esfuerzo. Son los dos discretos y diligentes, entregados y perseverantes. Las conversaciones son agradables, aunque escasas. Atsuya no es muy hablador, y Utahime hace bromas que él a veces no pilla. Más a menudo de lo que le gustaría, hablan de trabajo durante el tiempo que deberían dedicar a desconectar: asuntos de política que a ambos le vienen grandes; asuntos teóricos sobre jujutsu que les entretiene aunque no lleguen a ninguna conclusión; historias divertidas con otros compañeros; anécdotas de misiones. A veces son ellos protagonistas y otras no. A veces, es inevitable que el nombre de Gojo salga a relucir en sus conversaciones. Utahime le sigue torciendo el gesto cada vez que lo menciona, y es así cómo le explica que irrumpió con una explosión desproporcionada en su misión con MeiMei, justo cuando estaban a punto de salir ellas. Kusakabe se ríe bajito ante su indignación, divertido por cómo pierde la compostura su siempre perfecta y contenida Utahime
– ¿Y cuándo dices que pasó eso?
– ¿Hará unas semanas? Un mes a lo mejor. He estado muy ocupada, no te lo sabría decir muy bien.
Atsuya asiente levemente, y entrecierra los ojos con un gesto que Utahime reconoce como la cara que pone cuando medita algo.
– Debió de ser antes de lo de Riko Amanai.
Utahime no sabe a lo que se refiere y cuando pregunta sobre ello, su novio suspira pesadamente. Con tono neutro y en voz baja, le cuenta la historia de una chica civil, dos hechiceros extraordinarios, y un asesino. Utahime piensa "qué tragedia" y se le ponen piedras en el estómago. Amanai no debía de tener más de 14 años cuando le metieron una bala en la cabeza, y le puede la congoja porque era tan joven y tenía mucho que ofrecer y es tan injusto que muera por otros sin tener la culpa. Luego piensa en Geto y Gojo podrían haber muerto también esos días y las piedras del estómago se hacen cemento en sus intestinos.
— ¿Y al final consiguieron matar al tipo ese?
— Toji Fushiguro, sí. Gojo lo hizo.
Kusakabe dice que Satoru salió indemne de las puertas de la muerte. Ahora es prácticamente inmortal, comenta, y Utahime piensa que conociéndole, probablemente se haya vuelto loco de poder. También piensa que conociéndolos a los dos, ninguno lleve bien la muerte de la chica, poco acostumbrados como están al fracaso; y que siendo como son, no hablen con nadie sobre el asunto, incapaces de exponer sus problemas.
Se queda un rato callada, jugando con la bolita de pulpo que ya no le apetece comer, y solo la voz de Kusakabe le saca de su ensimismamiento.
— Utahime - oye que dice - Estas cosas pasan.
Lentamente, como si le doliera hacerlo, a parte los ojos del color ocre de la gabardina
— Me estaba preguntando si esos dos estaban bien.
Le ve encogerse de hombros y suspirar. En su línea de trabajo, "estar bien" es un concepto difuso.
— Podrías llamar a Shoko y preguntar. Ella lo sabrá mejor. — Le da un trago largo a su cerveza y mira largamente a su novia antes de cogerle de la mano para darle ánimo.
— En cuanto llegue a casa. - Murmura y le acaricia la piel con el pulgar. La mirada perdida en el color ocre de la gabardina. - La llamaré entonces.
Pero no lo hace. Porque cuando terminan de comer caminan durante un rato en un silencio denso, y pronto les sobreviene la necesidad urgente de sentir que ellos están vivos. Mañana podría morir ella, o podría morir él, y por eso Kusakabe la folla salvaje contra la pared nada más cruzar la puerta de su apartamento. Y luego se quedan dormidos abrazados, y cuando se despiertan, y se despiden, la rutina del verano les mantiene ocupados: hay maldiciones por todos lados; cada vez menos de los suyos dispuestos a exorcizarlas. Y una semana más tarde, Utahime tiene que viajar a su pueblo natal tras el repentino fallecimiento de su abuela; y cuando vuelve a casa unos días después llama a Shoko para ir a comprar juntas unas sandalias nuevas y comer un helado, y lo último que se le ocurre es preguntar por sus dos compañeros de clase y Riko Amanai.
Ese verano, los días se acumulan en pequeños montículos de malas noticias. Utahime se entera de la muerte de Yuu Haibara tiempo después de que le hayan enterrado, por boca de MeiMei una noche de sushi y sake. No le da más detalles, pero se puede imaginar el rostro cubierto por un sábana en la enfermería, como una vez estuvieron las caras desfiguradas de Yasu y Ren; y una vez más, se promete que debe consultar cómo están los compañeros de Shoko pero, una vez más, no lo hace.
Así que cuando la traición de Geto se consolida, y ella corre a cuidar de Shoko; no le pesa tanta la preocupación como la culpa y cree que es por eso que decide hablar con Gojo la noche en que Shoko termina borracha en su habitación. Le abre su corazón, le ofrece su ayuda y expone su corazón a pesar de que la experiencia le dice que no lo haga. No sabe si le duele más su desdén o su arrogancia, pero de lo que está segura es que no volverá a sentir pena por él.
Satoru Gojo se transforma en las siguientes semanas en un hombre devorado por su leyenda. ¿El más fuerte? ¿El honorado? ¿El que está entre el cielo y la tierra? ¿El hombre se convierte en mito poco después de cumplir la mayoría de edad? A Utahime no le puede dar más igual. En términos emocionales, cree que ha roto con todo lo que él podía aportarle. Está más allá del punto de remedio. Nada que puede hacer le puede enervar más, nada puede hacer que le aparezca más miserable.
Pero supone mal.
Satoru Gojo siempre se supera a sí mismo.
Se encuentra con él meses después de la traición de Geto, un día de marzo que parece mayo, haciendo cola para entrar en Tokyo Dome. Es imposible no verle, destacando entre la multitud con su casi dos metros de alto y su pelo blanco como la nieve. Ha crecido: está más ancho, tiene la mandíbula más marcada y la sonrisa aún más amplia. Lleva las gafas de sol de siempre, sorbe un refresco con el logo negro y mostaza de los Yomiuri Giants y habla con alguien que Utahime no ve.
No es que importe. Su misión en el momento que Gojo entra en su campo de visión es desaparecer entre la multitud y pasar desapercibida. Es su día de descanso, y no tiene ningún interés en soportarle. Ella solo quiere entrar, ver el partido, comer un perrito caliente, y hacer vídeos de las mejores jugadas para poder verlas más tarde con detenimiento. Pero al parecer no es su día de suerte porque mientras se encasqueta la gorra y se esconde detrás de un grupo de altísimos adolescentes, oye su nombre canturreando y suspira con resignación.
— Utahimeeeeeee…
Intenta ignorarlo.
— ¡Utahimeeeeeee! ¡Veeeen!
La gente se gira hacia ella. Se esconde aún más bajo la gorra.
– ¡Utahimeeeee, si vienes con nosotros no tendrás que hacer tanta cola!
Para sobre sus pasos. Eso es un argumento difícilmente rebatible porque no le hace especialmente ilusión estar esperando 30 minutos más.
Arrastra los pies hacia Gojo, que agita la mano libre y la insulta con descuido según llega a su lado: "Te he llamado un buen rato. Utahime, estás sorda. Es por la edad, ¿no?". Sigue hablando como si ella no se hubiera indignado: "¿Has venido a ver perder a los Senbu Lions? ¡Buuu!". Y cuando ella está a punto de gritarle cuatro cosas, le dice teatral, dramático, excesivo: "Si te da uno de tus arrebatos de violencia tienes que controlarte. No les vas a arruinar a los niños su día especial."
"Niños", dice. Y Utahime frunce el ceño.
En efecto, hay dos criaturitas junto a él que no deben pasar los 10 años. Un niño y una niña con sendos helados derritiéndose entre las manos, y que miran a Gojo con toda la desconfianza del mundo.
– Pero, - el niño parece muy poco impresionado por las chanzas de Gojo y Utahime piensa que comparte con él un mismo estado espiritual -, a mí no me gusta el béisbol.
La niña se encoge de hombros.
– A mí me da igual.
Gojo se lleva la mano al corazón, finge que le han herido. Utahime pone los ojos en blanco.
— Vale, vale: no os gusta mucho el béisbol. Perooooooo - les dedica con una de esas estúpidas sonrisas que son todo dientes - a cambio os he comprado un helado.
— Pero a mí no me gusta el helado de vainilla. - La niña lame el cono sin demasiado entusiasmo. - Ni siquiera has preguntado qué sabor nos gusta.
— A mí no me gusta el helado en general. Me hace daño a los dientes.
— Eso es porque eres un anciano en el cuerpo de un niño, Megumi-chan.
Utahime les mira de hito en hito. ¿Estos niños quiénes eran?, ¿familia de Gojo? No parecían sus hermanos, desde luego. Es más, ¿Gojo tenía hermanos? Si era así, los compadecía. ¿Primos?, ¿cuidaba a esos primos?, ¿quién, en su sano juicio, iba a dejar que Satoru Gojo cuidara de alguien?
— Gojo, - Utahime interrumpe casi sin aliento - ¿quiénes son estos niños?
Se gira hacia ella, y pone cara de sorpresa.
— Ooooh, sí, claro, ¡tú no los conoces! - Abre los brazos y abarca a los niños en ellos. - ¡Son mis… niños! O sea, no míos-míos, ya me entiendes. Soy su tutor legal. Niños: esta es Utahime Iori. ¡Fuimos juntos a la escuela!
Demasiado atónita como para responder, baja la cabeza y observa a los chicos. Se acuclilla para quedar a su altura.
– Soy su senpai y por tanto, - remarca entre dientes - me debe un respeto. Aunque vosotros podéis llamarme Utahime simplemente si queréis.
Los niños miran la mano que les tiende con curiosidad.
– Yo soy Tsumiki - sonríe la niña finalmente, y Utahime le replica el gesto.
– Encantada Tsumiki.
Todo pelo oscuro y ojos verdes, el niño la contempla unos pasos por detrás y Utahime sabe que está leyendo cada uno de sus rasgos, calibrando si es digna de confianza.
— Megumi Fushiguro.
Frunce el ceño. ¿Ha dicho Fushiguro? El nombre aparece en un su cabeza en neones. No es posible, piensa. Nota la boca seca. ¿No era el nombre de…? Busca con la mirada a Gojo y se frustra al ver que en ese momento está escribiendo un mensaje en el teléfono y parece ajeno a la conversación.
– ¿Fushiguro, dices? - intenta sonar despreocupada - ¿Y sois hermanos?
– No. - Responde seco. No tiene muy buen carácter.
– Hermanastros. - Corrige Tsumiki, lanzándole una mirada seria y amonestadora. - Nuestros padres no están. Por eso nos cuida Gojo-san.
– Ya veo. – Viendo que el aludido no dice nada y sigue entretenido con el móvil, se mete la mano en el bolso que lleva colgando y saca de la cartera unos billetes - ¿Sabéis qué? Ya que Satoru ha elegido todo por vosotros, ¿qué os parece si vais a los puestos de allí y compráis lo que queráis? Dango, otro sabor de helado, lo que os apetezca: ¡yo invito!
Los niños la contemplan unos segundos. Parecen dudar e intercambian entre ellos, y luego se fijan en los billetes. Utahime no entiende muy bien qué pasa hasta que Tsumiki habla con una voz pequeñita, y se agarra la tela de su vestido de flores con las manos pegajosas del helado.
– ¿Vais a estar aquí cuando volvamos?
– Claro que vamos a estar…
– Ya hemos hablado de estos, Tsumiki-chan. No voy a ir a ningún lado. - Satoru por fin reacciona y mira serio a los niños antes de darles a los dos palmaditas en la cabeza. - Hala, id donde os dice Utahime para que ella pueda reñirme tranquilamente por algo que ni siquiera sé que es.
Los ve manchar el uno junto al otro y Satoru suspira, afectado:
– ¿No son adorables?
– No voy a reñirte.
Hay calidez en sus ojos, por una vez:
– Sí que lo vas a hacer. Es tu especialidad.
Utahime cruza los brazos sobre el pecho y Satoru sonríe antes de meterse la pajita entre los labios y sorber sin dejar de mirarla por encima de las gafas. El muy idiota.
– ¿Qué estás haciendo con estos niños?
– Te lo he dicho, les he traído para que vean cómo pierden los Senbu Lions.
– ¡Estoy hablando en serio! ¡Qué haces con los hijos de… - mira a los lados y baja voz – él! ¿Acaso saben lo que… le hiciste?
Niega con la cabeza, se encoge de hombros y parece que no le importa.
– No. Y no quieren saberlo, al parecer.
– O sea, que vas por ahí sin decirle las verdad porque tienes cargo de conciencia o porque…
– Sólo cumplo la petición de un hombre moribundo, Utahime. - corta - En realidad estoy haciendo un bien social.
– Eres increíble.
– Lo sé. - Sonríe, vacila, le guiña un ojo. Se acaba la bebida con su sorbo sonoro mientras Utahime espeta "¡no así!". - De todos modos en principio el niño era el único que tenía que venir conmigo. Tsumiki no estaba en los planes, y fue porque él se empeñó, ¿eh? Ella es un extra. Ni siquiera tiene sangre Zenin.
– Eso es peor, ella no tiene nada que ver con… nuestro mundo. - A Utahime le tiemblan la voz. Le tiemblan los puños. Le tiembla la rabia como una hoja agitada por un vendaval. - Son niños. No puedes utilizarlos porque…
– Tsk, tsk, Utahime, detente ahí: les estoy haciendo un favor. Yo no soy el mal tipo aquí. Era Fushiguro quien había vendido a su hijo a los Zenin, y yo lo impedí. ¿Crees que se habrían parado a salvar a una niña que les molesta? Con suerte la habrían criado para que fuera una de las putas del clan.
– ¡Gojo!
Se inclina hacia ella, y la nariz casi roza con la suya.
– Tan débil como siempre - nota el aliento cálido sobre su piel - siempre dejas que los sentimientos y la razón interfieran, cuando solo se trata de ver quién es el más fuerte, Utahime.
Iba a ser un día estupendo, piensa, y se lleva la mano a las sienes. Iba a venir aquí, ver el partido, y si estaba disponible más tarde, quedar con Shoko y tomar una cerveza con ella y ponerse al día. Su día libre está totalmente arruinado por él y por el maldito Gojo Satoru, y sus ideas ridículas.
¿Hacerse cargo de dos niños pequeños? ¿A quién se le ocurre? No está preparado ni emocional, ni personalmente. Es un niñato. Es el tipo de hombre que si hubiera dejado embarazada a alguna chica, no se habría hecho cargo. La historia de Toji Fushiguro pidiéndole que cuidara a su vástago y Satoru realmente haciéndole caso no se sostiene.: no hay nada tan generoso dentro de él. Megumi tiene que tener algo que interese tanto a los Zenin como él, algo poderoso y único, algo…
– Shikigami - murmura para sí y en los ojos de Satoru brillan infinitamente azules. Y siguen brillando cuando le pregunta si Megumi puede controlar las diez sombras; e incluso tintinea una luz en el fondo de las pupilas cuando la alaba inclinando la cabeza hacia un lado, ¡Tan lista como siempre, Utahime! y el brillo es pura carcajada ahí en el fondo de los irises de un azul imposible cuando ella se enfada del todo y le golpea con un puño en el pecho y se queda medio atónita, porque el infinito está quitado y es la primera vez en su vida que toca a Gojo Satoru, y se aparta de él como si la electrizara.
– No puedes hacer eso. Deberías haberles dejado en paz. Haberles protegido de otra manera: buscarles un sitio aislado, donde pudieran crecer como niños y…
– No van a estar en otro sitio mejor que conmigo cerca.
Ojalá se pudiera creer que es tan desinteresadamente generoso como quiere hacer ver.
– Tú solo quieres usarlos. Que sean tus peones. ¿Qué quieres, construir un ejército de súper chamanes?, ¿entrenarlos tú y…?
– ¡Hey! ¡Es tu culpa!
Utahime se queda sin palabras e infla los carrillos. La indignación hace que se le pongan las mejillas rojas.
– Tú me dijiste - le señala con un dedo y ella da un paso atrás - que tenía que cambiar las cosas. "Ser más ambicioso", si no recuerdo mal. Y eso es lo que estoy haciendo.
– En nada de esto entraba la opción de utilizar niños para cumplir con tu desquiciada agenda.
– Tan dramática como siempre, Utahime. Así nadie va querer casarse contigo, - desdeña el gruñido con un gesto de las manos. - No pueden quejarse. Les doy chucherías. Les he comprado ropa nueva. Incluso les he regalado una Playstation. Creo que les hago bastante felices.
Por supuesto que lo ha hecho. La persona que invita a niños a ver a su equipo favorito y los usa de excusa; que les compra su helado favorito, sin preguntar qué sabor prefieren, es sin duda es el mismo tipo de persona que les da de comer cosas insanas; que les deja ver la tele hasta tarde, y les deja jugar a cosas que están por encima de su edad. Consentirlos no es cuidarles, quiere decirle, y nada de eso se parece a la felicidad, sino a ser feliz él y por extensión esperar que los demás lo sean. Gojo Satoru es narcisista en todo punto, y por eso nunca podría hacer a nadie feliz. Todo lo mancha, todo lo centra en él, y todo lo oscurece con sus turbias intenciones.
— ¿No has venido aquí solo a ver el partido, verdad?
— ¿Qué dices? ¡Me encanta el béisbol!
— Sabías que yo iba a estar aquí.
— ¿No te alegras de ver a tu guapísimo kouhai?
— ¿Se puede saber qué quieres de mí?
— Lo que me ofreciste. ¡Ser aliados!
– ¿Aliados? Ah no. No cuentes conmigo para utilizar niños en lo que sea que tienes planeado. Te dije que te ayudaría a ti pero no así.
– ¡Pero Utahime! ¿¡Dónde quedó lo de ser Mustang y Hawkeye!?
– En tu cabeza. Eres… - no sabe lo que es. Insoportable. Idiota. Egoísta. Egoísta. Egoísta.
– Un idiota.
La voz de Megumi suena abajo contundente, y remata su sentencia mascando una galletita de arroz. Tsumiki a su lado parece feliz con una cajita de pokis. Tiende las monedas que han sobrado y Utahime les da las gracias intentando que no se note su frustración.
Le gustaría irse corriendo, pero se queda, porque los niños le agarran la mano y ella les pregunta por su colegio; por qué les gusta; qué hacen. Se queda incluso cuando Gojo empieza a meterse con ella porque sus asientos son infinitamente peores que los suyos. Se queda porque tiene que distraer a los niños cuando empieza a quedar con una chica por teléfono en términos que no son aptos para orejas de menores. Se queda hasta que se separan y ellos van a los asientos bajos de primeras filas y ella sube las escaleras hacia las butacas más altas casi sin aliento. Arrastran una pesadez atada a los tobillos.
La culpa va asentándose en ella, colapsando sus pulmones. No puede evitar pensar en qué hará Gojo ahora. El sonido de los gritos de entusiasmo de su entorno la entretienen unos minutos, y se distraída durante la primera entrada del partido. Su deber es proteger a los que no pueden protegerse a sí mismos, darles la oportunidad de vivir su vida tranquilamente. Ella lo sabe. Gojo lo sabe. ¿Dónde queda eso si secuestra a unos niños con motivos espurios?
A la segunda entrada, se ve ansiosa buscando con los ojos el pelo blanco de Gojo para ver si están bien. Pero no es su responsabilidad. No puede serlo. No quiere formar parte de eso.
A la tercera, se olvida de qué ocurre a medida que se suceden las jugadas.
Se marcha antes de la cuarta con el convencimiento de que Gojo tiene que salir de su vida antes de que sea demasiado tarde. Tiene que mantenerse alejada de sus planes y de cualquiera que sea su estrategia maquiavélica. No estará a la sombra de él. No será otro de sus peones. Iguales, o nada.
Así que no responde sus llamadas. Así que no lee sus mensajes.
Se sube al primer tren de la tarde.
Satoru Gojo 17:40
Dnd ests?
Satoru Gojo 17:40
Los niños preguntan x tiiiii
Satoru Gojo 17:42
Los vas a poner tristes 😣 No tienes corazón! (L)
Satoru Gojo 17:47
Ok, nos vamos!
Satoru Gojo 23:16
Utahime. Ests despierta?
Satoru Gojo 23:38
Hablaba en serio cuando te pedía que me ayudaras, eeeeh?
Satoru Gojo 08:02
U-ta-hi-me
Satoru Gojo 08:03
Me has dejado en leído! No ests respondiendo!
Satoru Gojo 09:27
Te llamo en un ratoooo, responder, eeew?
Satoru Gojo 09:29
Utaaaaaa?
¿Estás segura de que quieres bloquear este contacto? No podrás leer mensajes ni recibir llamadas procedentes de este número.
Sí.
Satoru Gojo. Bloqueado.
¡Hola! Gracias por leer. Por ahora la historia va un poco lenta: quiero rellenar los huequietos que nos deja el canon para explicar su relación. Por ahora Gojo es un ser bastante despreciable - porque lo era - solo hay que darle tiempo para que no sea así. Además Utahime es demasiado dura e idealista en este momento, lo que tampoco ayuda. En fin, ¡espero que os haya gustado!
Ah, la canción que toca Utahime la podéis encontrar en cierto conocido portal de vídeos bajo el mismo título.
Como siempre agradezco cualquier comentario, feeback, recomendación, kudo, o bookmark.
Un saludo,
RC
