Harry Potter, pertenece a J.K. Rowling.
Cazadores de Sombras, pertenece a Cassandra Clare.
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90: La Inquisidora.
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La primera vez que Clary vió el Instituto, parecía una iglesia derruida, el techo roto, cinta amarilla de la policía cortando el paso. Ahora no tuvo que concentrarse para repeler la ilusión. Incluso del otro lado de la calle podía verle exactamente como era, una catedral Gótica llena de torres que crecían y parecían querer agujerar el cielo azul oscuro como si fueran cuchillos. Luke no quería hablar. Era claro por la manera en que arqueaba las cejas que había algo que le hacía sentirse incómodo de estar en ése lugar. Mientras caminaban, Jace metió la mano dentro del cuello de la camisa por costumbre y luego la sacó, estaba vacía. Se rió sin muchas ganas. ―Lo olvidé. Maryse me quitó mis llaves antes de echarme.
―Eso pensé ―Luke estaba parado justo en frente de las puertas del Instituto. Con cuidado tocó los símbolos tallados en la madera, justo debajo del picaporte. ―Estas puertas son como las del Salón del Concilio en Idris. Nunca pensé que las vería otra vez.
Clary casi se sintió culpable de interrumpir los recuerdos de Luke, pero había cosas más importantes que había que hacer. ―Si no tenemos una llave…
―No se necesita. Un Instituto debe de abrirse a cualquier Nefilim que no tenga intención de dañar a sus habitantes.
― ¿Y qué si ellos quieren lastimarnos? ―murmuró Jace.
Luke miró hacia la esquina opuesta. ―No creo que eso haga la diferencia.
―Sí, la Clave sólo lleva leña a su propia fogata ―la voz de Jace sonó ahogada, su labio inferior temblaba y la parte de arriba de su ojo se estaba poniendo morada.
― ¿Por qué no se curaba sólo? ―pensó Clary ― ¿También te quitó tu estela?
―No me quedé con nada cuando partí ―dijo Jace ―No quería agarrar nada que los Lightwood me dieran.
Luke lo miró con algo de consternación. ―Todo cazador de sombras debe tener su estela.
―Encontraré otra ―dijo Jace, poniendo la mano en la puerta del Instituto ―En el nombre de la Clave ―dijo ―Pido entrar a este lugar sagrado. Y en el nombre del ángel Raziel, solicito sus bendiciones para con mi misión en contra de… ―Las puertas se abrieron hacia dentro. Clary pudo ver el interior de la catedral a través de ellas, la leve oscuridad se cortaba aquí y allá por velas en altos candelabros de hierro. ―Bueno, eso fue sencillo ―dijo Jace ―Supongo que las bendiciones son más fáciles de obtener de los que pensaba. Tal vez debería pedir la bendición para mi misión contra aquellos que usan blanco después del día del trabajo.
―El Ángel sabe cuál es tu misión ―dijo Luke ―No necesitas decir las palabras en voz alta, Jonathan.
Por un momento Clary creyó ver un relampagueo cruzar los ojos de Jace (quizá sorpresa y tal vez incluso… ¿alivio?). Pero todo lo que dijo fue: ―No me digas así. Ése no es mi nombre ―Atravesaron el camino, pasando los bancos vacíos y las luces, siempre encendidas en el altar. Luke miró a todos lados con curiosidad, y casi sorprendido cuando el elevador, como una jaula dorada de pájaros, llegó listo para llevarlos.
―Esto debe de ser idea de Maryse ―dijo Luke cuando entró en él ―Parece gusto suyo.
―Ha estado aquí desde antes que yo llegara ―dijo Jace, mientras la puerta chirrió cerrándose tras ellos El camino fue corto, pero ninguno de ellos habló. Clary jugaba nerviosamente con los hilitos de su bufanda. El elevador se detuvo y ellos caminaron fuera, donde Iglesia los esperaba, con un moño ligeramente desecho de color rojo alrededor de su cuello. ― ¿Dónde está Maryse?
Iglesia hizo un ruido con la garganta, entre un ronroneo y un gruñido, y se encaminó corredor abajo. Ellos lo siguieron, Jace callado, Luke mirando alrededor con evidente curiosidad. ―Nunca pensé que vería el interior de éste lugar.
Clary preguntó. ― ¿Se ve como pensaste que sería?
―He estado en Institutos de Londres y París; eso no se les parece en nada. Es como…
― ¿Cómo qué? ―Jace iba a muchos pasos adelante.
―Muy sobrio ―dijo Luke finalmente.
Jace no dijo nada. Habían llegado a la librería. Iglesia se sentó como indicando que no iría más lejos. Las voces eran claramente audibles a través de la puerta entrecerrada de madera, pero Jace la abrió sin siquiera llamar y entró. Clary oyó una voz llena de sorpresa. Por un momento su corazón se contrajo pensando que era Hodge, quien siempre parecía haber vivido en aquella habitación. Hodge, con su voz grave, y Hugo, el cuervo que casi siempre estaba acompañándolo, y quién, bajo las órdenes de Hodge, casi le saca los ojos. No era Hodge, desde luego. Detrás del enorme escritorio de caoba sostenido por los dos ángeles de piedra arrodillados, estaba sentada una mujer de mediana edad con el cabello negro tinta de Isabelle y la complexión delgada de Alec. Usaba un traje limpio y negro, muy plano, contrastando con los múltiples anillos brillantes que llevaba en los dedos. Detrás de ella, había otra figura: un delgado adolescente, con el pelo ensortijado y oscuro, y piel un tanto morena.
―Jace ―dijo, su voz estaba llena de ansiedad― ¿Pasó algo? ¿Por qué volviste tan pronto? ―Pensé que te ibas a quedar con… ―su mirada pasó de él a Luke y luego a Clary― ¿Y quién eres tú?
―La hermana de Janeth ―dijo Clary.
―Esa soy yo ―dijo Janeth con seriedad y profesionalismo, al dirigirse al dirigirse a Maryse.
― ¿Trajiste a tus nuevas amigas? ¿Y a un mundano? No es seguro que estén aquí ahora. ―Maryse, no sonaba especialmente enfadada, por el hecho de tener caras nuevas, en el Instituto. Solo preocupada ―Especialmente un mundano…
Luke sonrió levemente y dijo: ―No veo a ningún mundano por aquí.
La expresión de Maryse cambió lentamente de desagrado a confusión y luego miró a Luke (ahora sí mirándolo) por primera vez. ― ¿Lucian?
―Hola Maryse ―dijo Luke, asintiendo en respuesta a la pregunta sobre su identidad― Ha pasado mucho tiempo.
La cara de Maryse se mantuvo quieta y se vio muchísimo más vieja, más vieja incluso que Luke. Se sentó cuidadosamente. ―Lucian ―dijo de nuevo, las manos apretadas en el escritorio ―Lucian Graymark.
Rafael, el jefe vampiro del Clan de Nueva York, que había estado viendo la conversación con los ojillos curiosos de un pajarillo, miró a Luke. ―Tú mataste a Gabriel.
― ¿Quién era Gabriel? ―Clary miró a Luke, confusa. Él se encogió levemente de hombros.
―Sí, lo hice, igual que él mató al anterior líder de la manada. Así es como funciona entre Licántropos.
Maryse abrió mucho los ojos ante eso. ― ¿El líder de la manada?
―Si lideras la manada ahora, es hora de que hablemos ―dijo Rafael, inclinando la cabeza graciosamente en dirección a Luke, aunque sus ojos se vieran enojados ―Aunque ahora no sea un momento muy oportuno, quizás.
―Mandaré a alguien sensato a arreglarlo ―dijo Luke ―Comprenderás que no puedo andar detrás de todo.
―Podrías ―dijo Rafael. Miró a Maryse.
― ¿Ya terminaron sus asuntos? ―Maryse habló con esfuerzo ―Si dices que los Hijos de la Noche no están involucrados en estas matanzas, entonces te creeré. Debo hacerlo, hasta que alguna otra evidencia salga a la luz.
Rafael frunció el ceño. ― ¿A la luz? ―dijo ―Esa no es una frase que me guste mucho.
Miró entonces a Clary y ella se dio cuenta de que podía ver a través de él como si fuera una fotografía borrosa en las orillas. Su mano izquierda era transparente, e incluso pudo ver el gran globo metálico que Hodge siempre mantenía en el escritorio. Se oyó a si misma hacer un pequeño ruido de sorpresa mientras la transparencia se esparcía desde sus manos hacia sus brazos (y desde debajo de su pecho hasta sus hombros) y en un segundo había desaparecido, como un dibujo borrado. Maryse exhaló con alivio. Clary se sobresaltó. ― ¿Está muerto?
― ¿Quién, Rafael? ―dijo Jace ―No exactamente. Sólo era una protección para él. No puede venir al Instituto con su cuerpo físico. Es como si viéramos un... Holograma a color.
― ¿Por qué no?
―Porque está en un suelo sagrado ―dijo Maryse ―Y él está maldito ―Sus ojos negros brillaron fríamente cuando clavó su mirada en Luke. ―Tú ¿Trajiste a tu manada aquí? ―preguntó ―Supongo que difícilmente estaría sorprendida. Parece ser tu método ¿cierto?
Luke ignoró el tono amargo en su voz. ― ¿Estaba Rafael aquí por el cachorro que murió hoy?
―Eso, y un Brujo muerto ―dijo Maryse ―Lo encontraron muerto en el centro, dos días atrás.
― ¿Pero por qué estaba Rafael aquí?
―El Brujo no tenía sangre ―dijo Maryse ―Parece que cualquier cosa que mató al hombre lobo fue interrumpida antes de que pudiera beber toda la sangre, por lo tanto, naturalmente supusimos que había sido obra de los Hijos de la Noche. El vampiro vino aquí para asegurarme que la gente de su raza no tuvo nada que ver con eso.
― ¿Y le creíste? ―la voz de Jace, sonó a asombro.
―No hablaré de asuntos de la Clave contigo ahora, Jace, especialmente no frente a Lucian Graymark.
―Al igual que tu intentas dejar tu pasado atrás, yo intento lo mismo ―Luke sonó entusiasmado ―Luke Garroway.
Maryse meneó la cabeza. ―Casi no te reconocí. Pareces un Mundano.
―Ésa es la idea, sí.
―Todos nosotros pensamos que habías muerto.
―Desearon ―dijo Luke, aún parecía entusiasmado ―Desearon que estuviera muerto.
Maryse lo miró como si tuviera un papel de lija atascado en la garganta. ―Deberían sentarse ―dijo finalmente, apuntando a las sillas frente al escritorio― Ahora ―dijo Maryse, una vez que todos hubieron tomado asiento― ¿quizás podrían decirme por qué están aquí?
―Jace ―dijo Luke, sin más preámbulo ―quiere una vista ante la Clave. Y yo voy a apoyarle. Estuve ahí la noche en el Renwick, cuando Valentine se mostró. Peleé con él y casi nos matamos entre nosotros. Puedo probar que todo lo que Jace dice es verdad.
―No estaría tan segura ―acotó Maryse ―de qué tanto valdría tu palabra.
―Podré ser un licántropo ―dijo Luke ―pero también soy un Cazador de Sombras. Y hasta estoy dispuesto a ser probado por la Espada.
¿Por la Espada? Eso sonó mal. Clary miró a Jace. Estaba indiferente, sus dedos entrelazados en su regazo, pero había una tensión alrededor de él, como si el aire entre ellos fuera a explotar de un momento a otro. Él notó su mirada y dijo ―La Espada-Alma. El segundo de los Instrumentos Mortales. Es usado en pruebas para saber si un Cazador de Sombras miente.
―Tú no eres un Cazador de Sombras ―le dijo Maryse a Luke, como si Jace nunca hubiera hablado ―No has vivido bajo la Ley de la Clave en mucho, mucho tiempo.
―Hubo un tiempo en el que tú y Robert tampoco ―dijo Luke. Un rubor inundó las mejillas de Maryse ―Pensaba ―continuó ―que habíamos dejado atrás eso de no confiar en nadie. Maryse.
―Algunas cosas no se olvidan ―dijo. Su voz sonó empalagosamente venenosa― ¿Crees que fingir su propia muerte fue la mentira más grande que Valentine nos dijo? ¿Crees que encanto es lo mismo que honestidad? Yo solía creerlo. Estaba equivocada ―se levantó y se inclinó en la mesa, apoyada en sus pequeñas manitas ―Nos dijo que moriría por el Círculo y esperaba que hiciéramos lo mismo. Y sobre todos ellos, yo lo sabía mejor. Casi lo hice una vez. ―su mirada rodó sobre Jace y Clary y se detuvo en los ojos de Luke ―Lo recuerdas ―dijo ―el modo en que nos dijo que el Levantamiento no sería nada, sólo una batalla, unos pocos embajadores desarmados contra toda la fuerza del Círculo. Confiaba tanto en la rápida victoria cuando salimos de Alicante, que dejé a Alec en su cuna. Le dije a Jocelyn que los cuidara mientras yo estaba fuera. Se negó. Ahora sé por qué. Lo sabía y tú también. Y no nos lo advirtieron.
―Jocelyn y yo, tratamos de advertirte acerca de Valentine ―dijo Luke ―No nos escuchaste.
―No me refiero a eso. ―Maryse negó con la cabeza ― ¡Hablo del Levantamiento! Cuando llegamos, éramos cincuenta de nosotros contra quinientos de los Subterráneos…
―Planeaban matarlos desamados cuando pensaron que eran sólo cinco de ellos ―dijo Luke.
Las manos de Maryse se cerraron con fuerza sobre el escritorio ― ¡Casi nos matan a nosotros! ―dijo ―Y a la mitad de la batalla, buscamos a Valentine para recibir órdenes. Pero ya no estaba. Para ése momento la Clave había rodeado la Sala de los Acuerdos. Pensamos que Valentine había sido asesinado, estábamos listos para dar nuestras vidas en una última y desesperada pelea. Entonces recordé a Alec… si hubiera muerto, ¿qué le hubiera pasado a mi pequeño hijo? ―su voz se rompió ―Así que alcé los brazos y me entregué a la Clave.
―Hiciste lo correcto ―dijo Luke, impasible. ―Y estabas embarazada de Isabelle.
Ella lo miró, con los ojos húmedos. ―No necesito la condescendencia de un hombre lobo. Si no fuera por ti…
―Fue culpa tuya por creer en Valentine en primer lugar… ―Clary la interrumpió, por un momento estuvo a punto de saltar de su asiento.
Maryse la miró. Jace, Clary y Luke, notaron que Maryse intentó contestarle a Clary. Quizás quería decirle, que no se metiera en sus asuntos o quizás decirle que ella no lo sabía, que apenas y sabía sobre el Mundo de las Sombras, desde hace poco tiempo. Pero solo apretó los labios, apretó sus puños y agachó la cabeza, derrotada, para luego decir un audible. ―Lo sé. ―Suspiró y los miró a los tres, con dolor ― ¿Creyeron que la Clave no se metería sola en esta loca historia de guerreros desertores, portales y muertes extrañas? ¿Después de lo que hizo Hodge? Estamos bajo investigación ahora, gracias a Valentine ―finalizó ella, viendo la cara atónita de Jace ―El Inquisidor podría encerrar a Jace en prisión. Podría quitarle las Marcas. Pensé que podría ser mejor si…
―Si Jace se ha ido cuando ellos lleguen ―dijo Luke y Maryse asintió derrotada ―Pero no te imagino a ti dejándolo ir. No después, del cariño que tenías hacía Céline.
― ¿Quién es la Inquisidora? ―exigió Clary. La palabra le traía millones de imágenes de la Inquisición Española, de tortura, de látigos― ¿Qué hace ella?
―Investiga a los Cazadores de Sombras para la Clave ―dijo Luke ―Se asegura de que ningún Nefilim infrinja la Ley. Investigó a todos los miembros del Círculo después del Levantamiento.
― ¿Maldijo a Hodge? ―Dijo Jace― ¿Ella los envió aquí?
―Nuestro castigo fue nuestro exilio. No siente ningún aprecio por nosotros, por nada ni nadie, que estuviera en el círculo ―contestó Maryse, mirando a Jace y luego enfocándose en Clary ―y odia a tu padre.
―Maryse, no seas tonta ―dijo Luke ―La condena será mucho mayor si dejas escapar a Jace. Retener aquí y permitir que lo pruebe la Espada sería una señal de buena fe. Porque si Jace se va nunca podrá volver. Nunca será un Cazador de Sombras de nuevo. Les guste o no, el Inquisidor es la mano derecha de la Ley. Si Jace quiere seguir siendo parte de la Clave, tiene que cooperar con ella. Aún tiene algo a su favor, algo que los miembros del Círculo nunca tuvieron antes del Levantamiento.
Sin molestarse por llamar a la puerta, alguien entró. Y con un único movimiento de su mano derecha, los guio a todos ellos, hacía otra habitación. Salieron, encontrándose con una mujer. Usaba una capa larga, pasada de moda que le caía hasta la parte superior de las botas. Debajo había un ajustado traje colorido, y un collar color mandarina, las partes más agudas presionando su cuello. Su cabello era una mezcla de rubio descolorido, empujado apretadamente tras su nuca con ayuda de unas peinetas, y sus ojos eran gris metálico. Los llevó hasta una de las que siempre había sido de entre las habitaciones favoritas en todo el Instituto para Jace, había algo reconfortante en la mezcla pasada de moda de madera y latón, el cuero (y el terciopelo), los libros acomodados a través de las largas paredes como viejos amigos esperando su llegada. Una brisa de aire helado lo golpeó en la cara tan pronto pasó. El fuego, usualmente encendido en la gigantesca chimenea, ahora estaba apagado y había un montón de cenizas. Las lámparas se habían apagado. La única luz venía a través de las ventanas en el tragaluz, muy arriba. Sin querer, Jace pensó en Hodge. Si estuviera aquí, el fuego estaría encendido, las lámparas de gas encendidas, bañando todo de luz dorada. El mismo Hodge estaría acurrucado en el sillón junto al fuego, Hugo en su hombro, un libro abierto junto a él… La mujer delgada, con vestimenta gris, se fue a sentar en el sillón, desenroscándose fluidamente como una serpiente cobra hechizada. Jace podía sentir los ojos calculadores de la mujer, como un charco de agua helada, y su mirada viajo de sus jeans desaliñados y llenos de lodo hasta su cara magullada y luego a sus ojos y se quedó ahí. Algo cálido se asomó en su mirada, como el brillo de una llama atrapada tras un bloque de hielo.
―El mismo estilo de vestimenta rebelde de tu padre ―dijo la mujer de ropas grises, con su voz cargada de añoranza por el pasado y algo de enfado. ―Te relajaste, al lado de tu Parabatai y amigos, tanto viejos, como nuevos.
―Imogen… ―comenzó Maryse, y luego se corrigió ―Inquisidora Herondale. Él ha aceptado ser probado por la Espada. Así podrás saber si está diciendo la verdad.
― ¿Acerca de Valentine? Sí. Sé que puedo ―el collar de la Inquisidora Herondale se enterró en su garganta mientras se dio la vuelta para mirar a Maryse― ¿Sabes, Maryse?, la Clave no está muy a gusto contigo. Tú y Robert son los guardianes del Instituto. Tienes suerte de que las cosas que hiciste se hayan borrado, relativamente. Pocos demonios molestos recientemente, y todo ha estado muy calmado los últimos días. A veces nos preguntamos si no habrías vuelto a aliarte con Valentine. Te tiende una trampa y tú vas a caer justo en ella. Uno pensaría que eras más inteligente.
―Recuperamos la copa, Abue ―dijo Jace, fastidiado y frunciendo el ceño, mientras enredaba algunos cabellos, en sus dedos.
La mujer gimió, acercándose a Jace y se bajó la capucha. Dejando ver su cabello canoso y sus ojos grises, mientras abrazaba a Jace. ―Entonces, cariño. Necesito saber De-tu-boca, lo que pasó exactamente.
Alguien llamó a la puerta y Maryse fue a ver. Abrió la puerta. ― ¿Janeth, Daphne? Estamos un poco ocupados. La Inquisidora, está aquí y necesita hablar urgentemente con Jace, sobre lo ocurrido.
―Lo sabemos ―hablaron ellas y a regañadientes, Maryse las dejó entrar.
Imogen miró a la pelinegra de ojos verdes, reconociendo sus rasgos de hada. Pero en la rubia de ojos azules, no vio nada que le indicara que fuera especial. Casi y parecía una Mundana y en las manos de la pelinegra, traía un objeto pequeño y curioso, que colocó en medio de la habitación. Algunas chispas coloridas rosa y negro y el objeto se volvió muy grande, pareciendo ahora, un baño para pájaros.
―Es un placer conocerla por fin, Inquisidora Herondale. ―Habló Janeth. ―Soy Janeth Fairblue y ella, es mi esposa: Daphne Greengrass. Venimos a ofrecerle, ver los recuerdos de su nieto.
