Capítulo 17

Muerte


El incendio duró tres horas más en ser controlado, y dos más en ser finalmente apagado. Era ya de noche cuando la estructura (mitad derruida) se quedó humeando, rodeada apenas de un par de vecinos curiosos. Los cuerpos de rescate trabajaron durante toda la noche, limpiando la zona, cuidando de no terminar de derrumbar lo que aún se mantenía en pie, buscando sobrevivientes, o cadáveres que llevar a la morgue para ser identificados.

La encontraron alrededor de las tres de la mañana.

Habían traído a un par de perros para que olfateasen alrededor de aquella pila de escombros, por lo que fueron los canes los que ladraron cuando encontraron su cuerpo. Tuvieron que quitar un enorme trozo de losa, con lo que, tras las delicadas maniobras, los recibió un fuerte olor a quemado. Su cabello, así como su piel (y la ropa que había quedado pegada a los huesos) se encontraba todo completamente achicharrado, y aun humeaba cuando entre dos bomberos y un paramédico la cargaron a la ambulancia.

-¡Meilin! –gritó Syaoran al verla, si es que lo que quedaba de ella era siquiera visible.

Tuvo que contener las ganas de volver el estómago, y apretando fuertemente la quijada, anunció a los paramédicos:

-Es mi prima.

No pudo viajar con ella en la ambulancia. Su estómago, su mente y su corazón no lo resistirían. En vez de ello, subió a un taxi, y le indicó al conductor que siguiese a la ambulancia, hasta llegar a la morgue municipal. Se presentó de la misma manera "es mi prima", pero parecía ser que allí, a diferencia del hospital, los protocolos de seguridad e higiene eran mucho más estrictos, por lo que le impidieron el paso. En vez de ello, le indicaron que permaneciese en una sala de espera, donde tuvo que aguardar un par de horas (a ratos caminando en círculos, sentado, o simplemente de pie en un rincón), hasta que finalmente le permitieron pasar a identificar el cadáver.

La habían limpiado, aunque no por ello la visión era más placentera. La mayor parte de su cuerpo estaba cubierta con una manta blanca (apenas se le veía el rostro y el cuello, así como los pies), y casi la totalidad de la piel que podía verse estaba ya fuese carbonizada, o prácticamente derretida, permitiendo vérsele los huesos.

Sin embargo, aun podía verse quién había sido en vida. Cabello negro. Mejillas regordetas. Nariz respingada. Boca pequeña.

-Sí, es ella –dijo intentando contener las lágrimas-. Lee Meing Ling.

Eso fue todo.

La manta blanca subió exponiendo sus tobillos, pero cubriendo ahora su rostro, y la mesa metálica en la que descansaba, fue regresada al depósito.

Después de agradecer su cooperación, le indicaron que la trasladarían a un crematorio local, con lo que, tras pedirle sus datos, le indicaron que fuese "a casa a descansar", y ya le llamarían cuando pudiese oficiar el funeral.

Apenas salir de la morgue, y con los rayos del sol asomando por el horizonte, Syaoran no pudo hacer más que detenerse en la orilla de la banqueta, dejarse caer al piso y soltarse a llorar.

Ya no tenía casa a cuál volver. Ya no tenía a su prima, para recibirlo en su hogar con los brazos abiertos. Ya no tenía a sus guardaespaldas, quienes habían deliberadamente matado a la joven. ¿Le quedaría algo o alguien en China? Su madre, sus hermanas… ¿Se encontrarían con vida, o ya les habían dado caza, y acabado con ellas, de una manera tan cruel como le había sido arrebatada su prima y mejor amiga?

No pudo evitar sentir la rabia surgir en su interior. ¿Qué culpa tenía ella? Meilin y la madre de ésta se habían alejado hacía muchos años de la vida del clan Lee. Se habían distanciado por que no estaban dispuestas a sufrir, tal como había sufrido su propio padre. Se habían alejado porque querían una vida normal.

Y por su culpa, aquel distanciamiento no había significado nada.

Mientras lloraba en la orilla de la banqueta, no pudo evitar preguntarse si Meilin había sido simplemente un daño colateral, un error, y en realidad, el blanco había sido él. ¿Habían sido Fye y Kurogane espías infiltrados para matarlo cuando menos lo esperase? Si era sí, ¿qué había salido mal? Y si en realidad iban por él, ¿qué le indicaba que igualmente sus hermanas no estaban en peligro? Eso si no habían terminado con ellas ya, y él era el último. No pudo evitar pensar en su madre. ¿Estaría a salvo? ¿Retenida como rehén? ¿O igualmente habían terminado ya con ella?

Tenía que saberlo.

-¿Profesor Li?

La voz sonaba cerca, pero al mismo tiempo, muy lejana. Por un momento inclusive pensó que se lo estaba imaginando, y en realidad era su subconsciente. O su conciencia.

-¿Profesor Li?

Sintió como una pequeña mano lo sujetaba del hombro, y no pudo evitar dejar que su cuerpo se sacudiera por un escalofrío.

-Profesor Li, ¿puede ponerse en pie?

Era una voz femenina. Suave, delicada y aguda, muy probablemente se tratase de una joven. La pequeña manita volvió a estrujar su hombro, y finalmente, sintiéndose derrotado, quitó ambas manos de su rostro, y abrió los ojos.

Daidouji Tomoyo le sonrió tristemente.

-Vamos profesor –dijo la chica, extendiendo su mano, para ayudarlo a incorporarse-. Tenemos que irnos.

-¿Ir a dónde? –fue todo lo que pudo preguntar.

-Ir a casa –fue todo lo que ella se atrevió a responder.


El viaje de veinte minutos se sintió como un instante, y al mismo tiempo, como una eternidad. Cuando finalmente sintió que el auto se detenía, no pudo evitar sorprenderse al verse a sí mismo bajando de una limusina, y mirando a una enorme mansión, mientras una de sus alumnas, y su novio, bajaban igualmente del vehículo, y se detenían junto a él.

-¿Dónde estamos? –repitió Syaoran, completamente confundido al ver al par de mayordomos que esperaban en la puerta, y se apuraban a ayudarle con el maletín.

-Ya se lo dije –contestó Tomoyo-. En casa.

-Señorita Tomoyo –una sirvienta se apuró a llegar al trío, y con una reverencia les indicó que entrasen-. La señora Daidouji los espera en el despacho.

Eriol fue el primero en avanzar. Como novio de Tomoyo, era probable que pasase mucho tiempo en casa de su novia, y conociese ya el lugar. Syaoran, por su parte, se quedó atrás, y se limitó a seguir a la muchacha. Subieron las escaleras del pórtico, entraron al amplio recibidor, y recorrieron el pasillo de lo que Tomoyo llamó "el ala oeste", hasta finalmente detenerse frente a una puerta doble de madera chocolatosa.

No hubo necesidad de tocar, puesto que un mayordomo abrió prontamente, y así, los tres entraron a lo que parecía ser una mezcla entre oficina y biblioteca.

Syaoran miró aquellos altos libreros repletos de libros de todos los tamaños y grosores, observó también un par de cómodos sillones donde supuso que no sería problema el pasar largas horas leyendo, y al fondo de la habitación, pudo ver un amplio escritorio, así como un alto ventanal que dejaba entrar tanta luz natural, que tuvo que tomarse un par de instantes para enfocar la vista, y ver que allí, rodeando el escritorio, los esperaban tres personas.

A la única que reconoció fue a Kinomoto. La joven de corto cabello castaño se encontraba de pie junto a un hombre de cabello castaño claro, alto, delgado, y que usaba gafas de montura redonda. Tenían cierto parecido, por lo que supuso que se trataría del padre de la joven, el profesor Kinomoto. Del otro lado de la mesa, una mujer alta y delgada, de corto cabello castaño rojizo, exclamó en voz alta.

-Tomoyo, que bueno que llegan.

Supuso que aquella sería la señora Daidouji.

-Lo hemos encontrado, mamá –dijo la joven.

-Profesor Li –exclamó Sakura en un susurro casi imperceptible.

-Siéntese por favor, profesor –dijo la señora Daidouji, mientras daba la vuelta al escritorio, y se apuraba a llegar junto a los recién llegados-. Debe estar exhausto.

-Me encuentro bien, gracias –dijo Syaoran, ligeramente nervioso, pero aceptó la ayuda de Eriol para sentarse en un sillón de altas orejas.

-Ha pasado toda la noche en la calle. En el entendido de que su departamento se encuentra derruido, me imagino que no habrá dormido bien, si es que encontró un lugar donde siquiera tenderse.

Syaoran no respondió. No iba a reconocer delante de aquellos desconocidos (por más que fuesen familiares de sus alumnas) que había pasado la noche en el recibidor de la morgue. En especial cuando pensar en aquel lugar le hacía recordar a Meilin, y la comprobación de identidad que había tenido que hacer…

¡Meilin!

Empezó a hiperventilar.

-Tráiganle agua, ¡rápido! –exclamó la señora Daidouji, con lo que el servicio se movilizó rápidamente, y en menos de cinco segundos, un vaso de agua encontró su camino en su mano-. Bébalo despacio, profesor –dijo la señora Daidouji, y por si las dudas, sujetó su mano entre la suyas, para ayudarlo a no tirar nada en lo que parecía ser una carísima alfombra importada.

No pudo vaciar el vaso a más de la mitad. Agradeció a su anfitriona con una especie de gruñido. La sirvienta dio un paso al frente para tomarlo, pero la señora Daidouji se negó. Era su casa, ella era la anfitriona, y debía tener atendido a su invitado de honor. Si aquello significaba que debía quedarse allí, sujetando el vaso de agua para que el pobre hombre se calmase, así lo haría. Y con ello, la sirvienta se limitó a quedarse en un rincón de la habitación, por si la señora de la casa requería su ayuda con alguna otra tarea.

-¿Se encuentra mejor? -preguntó el profesor Kinomoto, cuando él y Sakura se acercaron.

-¿Cómo está el doctor Kinomoto? -Syaoran prefirió responder con otra pregunta.

-Mejorará -dijo Sakura-. Los doctores dijeron que era casi un milagro, pero se repondrá…

Su voz se quebró. Estaba contenta de que su hermano se hubiese salvado de aquella muerte tan horrible, pero al mismo tiempo, sabía que el familiar más cercano de su profesor sustituto de matemáticas, aquella de la cual erróneamente había sospechado era su pareja, no había corrido con la misma suerte.

Aquello la hizo sentir culpable. Sabía que Meilin trabajaba de medio tiempo en la veterinaria de su hermano, y nunca se preocupó por ella cuando vio las llamas. No pudo evitar sentirse como una persona despreciable, completamente centrada en sí misma, cuando su profesor había sufrido aún más que ella.

Sakura carraspeó nerviosa, y sin ser capaz de mirarlo, procedió a preguntar.

-¿Hay algo que podamos hacer por la señorita Meilin?

-Podemos ayudarle a organizar la sepultura -dijo la señora Daidouji, intentando tocar el tema, si bien no de la manera más sutil, si de la manera más amable-. Los papeles que solicita la morgue, el pago por el servicio… cualquier cosa administrativa que necesite quitarse de encima para poder proceder a presentar sus respetos, y despedirse de ella como se lo merece.

Syaoran asintió a todo.

Era lo único que le quedaba. Despedirse de Meilin. Solo podía decir adiós, y no tendría la posibilidad de darle las gracias por todo lo que había hecho por él, y su familia. Ofrecerles su hogar, en aquel escape de china, y la muerte segura a mano de los Reed. Ser su amiga y confidente, en aquella empresa para encontrar a la persona ajena a su clan, que los ayudaría. Ser la persona que le había facilitado la información que lo ayudó a ubicar a aquel desconocido miembro de un clan ya extinto…

-Fye dice que pudo sentir magia en tus dos alumnas.

Las palabras de Meilin se sentían tan lejanas. ¿Había ocurrido aquella conversación hacía apenas ayer por la mañana? Le daba la impresión de que había sido hacía una eternidad.

-¿En las dos? ¿Segura que escuchaste bien a Fye?

La pregunta de Syaoran había provocado que Meilin asintiese. Kinomoto y Daidouji eran familia. Familia que parecía tener allí, delante de él. Había prometido a Meilin que iba a investigar, y por ello se había entretenido con la consejera escolar, solicitando el expediente. Su retraso a su hora habitual de salida había concluido en que se había topado por casualidad con el trío de estudiantes… los cuales se encontraban allí presentes, en compañía de sus familias.

Familia. Un clan, ya extinto, pero que seguía allí presente.

-Tienen que ayudarme -fue lo primero que pudo decir, mirando a los cinco presentes-. Meilin… Mi madre, mis hermanas, yo. Mi familia… Necesitamos de su ayuda. Es decir, el Clan Lee necesita de su ayuda. No podemos solos contra los Reed.

El vaso de vidrio cayó al suelo, y se hizo añicos, lo que provocó que todos posaran su mirada en la señora Daidouji.


Una disculpa por no hacer up la semana pasada. Mi pc tuvo fallas técnicas y el fin de semana entró a servicio de reparación :') Por fortuna está todo bien, dentro de lo que cabe (?

El fic está ya casi por terminar. Espero y lo apoyen hasta el final ^^Uu

Un abrazo~

Ribo.