Tragedia en cinco actos
Acto IILa luz de la luna, filtrándose a través de las delgadas cortinas, iluminaba su cuerpo extendido en la cama convirtiendo cada una de las gotas de sudor que adornaban su piel en miles de diminutos diamantes centelleantes. Él la observaba en silencio, contemplando el suave movimiento de sus pechos al compás de su respiración; su rostro, a medias oculto por una sombra de enmarañado cabello negro; sus labios rojos levemente entreabiertos, exhalando un suspiro.
En momentos así, cuando ella dejaba los juegos y bajaba las barreras, cuando se quedaba dormida en sus brazos como una niña pequeña, olvidadas todas sus maniobras de poder y seducción, a él le gustaba contemplarla. Bella era siempre hermosa, tanto daba si estaba enojada, entusiasmada o era fríamente despiadada, pero sólo así él podía contemplarla a gusto, sin máscaras, sin disfraces. Sólo así podía verla tal cual era, sólo así la sentía realmente suya. Así era solamente Bella, no la despiadada Mortífaga ni la fantástica hechicera ni la heredera de los Black: Bella, sólo Bella. Su Bella.
En momentos así, también, después de que se hubiera entregado por entero a él, después de que se hubiera abandonado en sus brazos, no podía evitar que los porqué rondaran su mente. ¿Por qué ella, que podía tener todo aquello que deseara, malgastaba así su tiempo con él?
Cierto que Bella ya no era la niña mimada de Slytherin, la rebelde consentida por los profesores, la muchacha que con una caída de ojos tenía un séquito de chicos a sus pies. Ahora era una mujer, y el mundo seguro de Hogwarts había quedado muy atrás, para dar paso a un mundo mucho más grande que el que alguna vez habían imaginado. Y sin embargo, nada había cambiado. Bella había crecido en belleza y en conocimientos, seguía siendo la heredera de la familia más importante del mundo mágico, los hombres seguían rendidos ante ella. Todo el mundo se le ofrecía para que ella lo tomase... pero a Bella no le interesaba aquello que podía alcanzarse con sólo estirar los dedos. Ella no quería que le regalasen el mundo: quería tomarlo por la fuerza y moldearlo a sus deseos.
Tal vez por eso seguía eligiéndolo a él a pesar de todo: porque era el único que la había desafiado. Sonrió en la oscuridad al recordar la expresión en el rostro de Bella cuando rechazó sus primeros avances. No lo había podido creer. Ningún hombre – nadie, en realidad – se había atrevido a hacer tal cosa. Y él, un don nadie sin nombre ni fortuna, la había hecho a un lado. ¿Cómo había podido suceder?
Aquello encendió la chispa de la curiosidad en Bella, y a partir de ese momento tomó un interés muy personal en él, interés que iba mucho más allá de las maldiciones que podía enseñarle. Y él, que era posiblemente la única persona que comprendía la naturaleza de Bella, se reía para sus adentros y seguía esquivándola, cosa que no hacía más que provocarla para que redoblase sus esfuerzos. Lo cual era precisamente lo que él buscaba.
Cuando finalmente lo tuvo para sí, Bella rió, vanagloriándose de cómo lo había seducido. Entonces él había sonreído con cierto aire de suficiencia.
- ¿Estás segura de que fuiste tú quién me sedujo a mí y no al revés?
Ella, que era más inteligente de lo que a veces dejaba entrever, terminó la discusión al taparle la boca con un beso.
Bella empezó a moverse en sueños y él, sabiendo que pronto despertaría, cerró los ojos y pretendió dormir. Al cabo de un momento, sintió su cálida mano sobre su hombro.
- Severus, sé que no duermes.
Con los ojos aún cerrados, él sonrió.
- Eres muy inteligente, pero eso ya lo sabías.
Su risa tintineó en sus oídos, al tiempo que apoyaba la cabeza en su hombro.
- ¿Sabes? A veces... A veces, me gustaría que los momentos así durasen para siempre.
A mí más que a ti, a él le hubiera gustado decirle, pero no era un hombre de expresar sus sentimientos, no los más profundos. Hacía ya mucho tiempo había descubierto lo honda que podía ser la herida cuando se llevaba el corazón a la vista de todos, y había jurado que no volvería a sucederle. No dijo nada, entonces, pero besó su frente y ella se acurrucó junto a él. El silencio los envolvió y mientras los segundos pasaban, él pensó que tal vez, tal vez, si lo deseaban los dos con suficiente fuerza, este instante duraría toda la eternidad.
Los deseos nunca se le dieron bien a Severus Snape.
- Voy a casarme con Rodolphus Lestrange.
En un primer momento, él no reaccionó. Se quedó inmóvil, dejando que sus palabras penetraran en su mente y cobrasen algún sentido. Un instante atrás, él había sentido, por una vez en la vida, que sus dedos se asían a algo sólido, algo verdadero, y un instante después, el castillo de naipes de sus deseos se derrumbaba, dejándole desorientado y perdido, sin tener idea de cómo reaccionar.
Cuando el silencio se extendió, Bella se incorporó a su lado y se inclinó sobre él.
- ¿Entiendes lo que acabo de decirte? Rod y yo ya hemos fijado la fecha.
Ella intentó mirarlo a los ojos pero él apartó la mirada. Cuando pudo encontrar la fuerza para obligar a sus músculos faciales a moverse, dijo en un tono frío e impersonal:
- ¿De veras? Pues, felicidades. Tienen mis mejores deseos. Ahora, si me disculpas – se dio la vuelta, quitándole la manta – voy a dormirme. Buenas noches.
Le dio la espalda y apretó los ojos, como si pretendiese forzarse a sí mismo al sueño, pero por dentro hervía de rabia, impotencia y, aunque no se lo hubiera confesado ni a sí mismo, desilusión. El hechizo de luz de luna se había roto, y el sapo no se había vuelto príncipe ni la calabaza carruaje. Ya desde niño Severus Snape había sabido que los cuentos de hadas Muggles eran ilusiones frágiles, fútiles, que se desvanecían con un soplo a la luz de la mañana, cuando la cruda realidad lo despertaba en la destartalada casucha de la calle de la Hilandera, con los sollozos de su madre y los gruñidos de su padre. Pero esta vez el sueño había durado demasiado tiempo y la caída fue demasiado abrupta.
Un resoplido de impaciencia lo arrancó de sus cavilaciones, pero ni se molestó en abrir los ojos.
- Severus, mírame. Por Merlín, Severus, estás actuando como un niño. Tenemos que hablar.
- Creí que ya estaba todo dicho. Buenas noches, Bella.
Hubo otro resoplido.
- Tú no entiendes.
Las palabras de Bella fueron la gota que colmó el vaso. Abrió los ojos de golpe.
- ¿Que yo no entiendo? – Se incorporó como un resorte y clavó los ojos negros en los suyos – Entiendo perfectamente. Entiendo que eres la heredera de una de las familias más aristocráticas del mundo mágico, entiendo que tu apellido no podría soportar otra mancha como la que arrojó tu hermana sobre él al fugarse con un sangre sucia. Entiendo que eres una niña mimada acostumbrada a determinado tren de vida y necesitas a alguien con dinero que te mantenga, alguien con la fortuna, el nombre y el linaje adecuados para dejar contentos a mamá y papá, y que el mestizo sin un Knut no puede ofrecerte nada de eso. Entiendo que no tardarás en verme como un "mientras tanto" en tu vida, como un mero capricho adolescente que pronto olvidarás. Como ves, Bella, te entiendo perfectamente.
Hizo un intento de volver a acostarse, pero Bella le sujetó el brazo.
- A mí no me llamas niña mimada¿estamos? – Sus ojos relampaguearon peligrosamente, pero a él ya le daba igual. Que se enfureciera cuanto quisiera, no podría hacerle más daño del que ya le había hecho - ¿Qué tiene de malo que quiera sacarme de encima a mis padres? Tú no sabes cómo son. No me dejarán en paz. Y no lo hago sólo por ellos – Desvió un momento la mirada – Lo hago también por mi carrera. Después de lo que hizo... esa perra traidora a la sangre, soy el hazmerreír de nuestro círculo. No lo niegues, Severus – Se mordió el labio, que le temblaba por la ira contenida – No me importa en absoluto lo que digan las viejas arpías como mi tía Walburga, pero estoy segura que muchos Mortífagos estarán encantados de usarlo en mi contra, y yo no podría soportarlo si el Maestro...
A él le hubiera gustado decirle que era una paranoica, pero sabía que ella tenía razón. En los tiempos que corrían, cualquier rumor de alianza con el bando de los sangre sucia y los amantes de los Muggles que alcanzase los oídos del Señor Oscuro podía ser letal. También sabía que había muchos de su propio bando capaces de utilizar un argumento tan descabellado si con ello podían sacarse de encima a una de las favoritas del Señor Oscuro.
- Tengo que hacerlo, Severus, no tengo más remedio. Pero eso no significa nada¿sabes? – Se inclinó hacia delante, hasta que sus narices casi se rozaron – Nada tiene que cambiar entre nosotros. Para Rod es un matrimonio de conveniencia tanto como para mí.
Él se apartó de ella y le dio la espalda, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no gritar lo que sentía. Pero Severus Snape no eran de los que llevan el corazón en la mano, a la vista de todo el mundo, y el papel del bastardo sin sentimientos le salía a la perfección.
- Así que me dices que no cambiará nada¿verdad? Que seguirá todo como hasta ahora – Soltó una risa que sonó como un graznido - ¿Y qué pasará cuando tus padres te exijan nietos? Oh, claro, tú no quieres ser madre, pero tampoco querías casarte¿no es así? De todos modos, no es como si tú y Lestrange fueran a dormir en cuartos separados...
Para su indignación, y creciente furia, ella se echó a reír.
- ¡Así que eso era lo que te molestaba¡Estás celoso!
Evidentemente la idea le resultaba hilarante, porque empezó a retorcerse por las carcajadas. A él se le secó la boca. No había nada, nada que odiase tanto como que se riesen de él, y no estaba dispuesto a tolerarlo de parte de nadie, ni siquiera de ella.
- ¿Tienes doce años, acaso? Realmente, Bella, si quieres engañarte de ese modo no te lo impediré, pero déjame decirte que nunca te creí tan ciega...
El insulto, en vez de enfadarla, la hizo reír aún más. Aquello le enfureció.
- ¿Puedes decirme qué te resulta tan gracioso?
Ella hizo un esfuerzo por recuperar el aire.
- Pues... ¡tú! – Él apretó los puños, empalideciendo de ira, pero Bella ni pestañeó – Me llamas ciega¡y en todos estos años no has sido capaz de ver porqué Rod Lestrange no me pondrá jamás una mano encima a mí ni a ninguna otra mujer!
Él se la quedó mirando, estupefacto.
- ¿Quieres decir que... que Rodolphus Lestrange es... que él no...? – Severus Snape jamás se quedaba sin palabras, pero esto superaba todo lo precedente. Ella soltó otra carcajada, sus ojos chispeantes.
- Nunca lo habías sospechado¿verdad?
Odiaba reconocer la derrota, pero tenía suficiente discernimiento para darse cuenta cuando una batalla estaba perdida.
- No.
Era tristemente cierto. Aunque Rodolphus Lestrange jamás había tenido una novia, pese a tener a la mitad de la población femenina de Hogwarts a sus pies, aunque jamás se sumase a las conversaciones sobre los atributos físicos de tal o cual jovencita, aunque jamás pareciese percibir dichos atributos incluso cuando se trataba de casos tan excepcionales como el de Bellatrix Black, Severus Snape, el gran maestro de Legeremancia, jamás había sospechado nada. Idiota.
Bella sonrió y se inclinó para besarlo... pero se detuvo un instante antes de rozar sus labios.
- Nada cambiará entre nosotros, Severus. Nada.
Y aunque él ya hacía largos años que había dejado de creer en cuentos de hadas, cuando se fundieron sus labios con los suyos se permitió, por un instante, creer la mentira.
