Tragedia en cinco actos
Acto IIIEl frío del mármol traspasó su túnica como una daga cuando se deslizó a su lado. Ella no levantó la vista. Sus ojos oscuros estaban fijos en una fuente frente a ellos. La fuente estaba adornada por siniestras gárgolas oscuras, con bocas retorcidas de las cuales salían espirales líquidos que caían formando un arco perfecto sobre el espejo de agua sombría que las rodeaba, sin perturbarlo. En la creciente oscuridad el agua no parecía traslúcida, sino negra y espesa, como la cabellera que le ocultaba el rostro.
Él esperó a que ella rompiera el silencio, pero al parecer no sentía la inclinación para ello por lo que éste se prolongó como las sombras a su alrededor a medida que avanzaba el anochecer. Sus ojos se acostumbraron a la menguante luz, distinguiendo arbustos recortados artísticamente, complicados arreglos florales y pequeñas glorietas con bancos de níveo mármol, igual a aquél en el cual ellos se hallaban sentados. Pensó que nunca había visto un jardín tan cuidadosamente hermoso y, al mismo tiempo, tan desoladoramente abandonado. Nadie osaba hollar el inmaculado césped con sus pasos, nadie se refugiaba en las glorietas a contemplar el crepúsculo, nadie se detenía en su caminar para oler las flores. Sólo las sombras paseaban a sus anchas por los jardines, sólo las sombras y su mirada.
La miró de reojo y se preguntó si ella, tal vez, estaba contemplando no ya el paraje vacío que aparecía ante sus ojos, sino la visión de miles de fantasmas de tiempos idos. Fantasmas que habían paseado y jugado en el jardín, fantasmas de picnics de verano y de risas, de juegos y fiestas, fantasmas de muchachas enamoradas bajo los álamos leyendo versos o de niños corriendo por doquier. O tal vez ella sólo veía el jardín como lo que realmente era: el cementerio de un pasado más feliz.
Él, por su parte, tenía visiones de sus propios fantasmas con las cuales lidiar. El fantasma de un muchacho inseguro, un muchacho lleno de temor pero también de orgullo, un fantasma que alguna vez le había preguntado si había un modo de escapar de la oscuridad...
Lo habían despertado bruscamente en medio de la noche para darle la noticia y en un primer momento no lo había creído. Un día atrás, sangre había corrido por sus venas, el pulso había latido en sus muñecas, el aire había llenado su pecho. Un día después, su mera carcasa descansaba bajo tierra, el prometedor heredero de una de las más orgullosas castas convertido en cena de gusanos. ¿Cómo había podido suceder una cosa así?
Sin embargo, dentro suyo una pequeña parte de sí mismo había sabido la noticia mucho antes de que se produjera. Una parte de él había sabido lo que sucedería desde aquella vez en que el fantasma le había pedido que le mostrase la salida del negro laberinto. Porque no importaba cuánto quisiera engañarse a sí mismo, no existía tal salida. El laberinto se enroscaba sobre sí mismo de forma interminable y todos los caminos terminaban en muerte. Se preguntó cuál de aquellos caminos habría tomado el muchacho, aunque en verdad no importaba. El punto de partida podía diferir, mas el de llegada era igual para todos.
El negro cajón, con el blasón de su Casa, había parecido extrañamente insignificante a sus ojos. Era de un fulgurante ébano que empalidecía en medio de los fastuosos rituales que correspondían a su linaje. Él sólo guardaba memorias difusas de los mismos, un montón de discursos por parte de una interminable lista de sufrientes parientes y fervientes amigos, ninguno de los cuales había estado allí cuando el muchacho los había necesitado. La ironía, al parecer, lo acompañaría más allá de la tumba.
Ella había estado allí naturalmente, aunque sólo el tiempo suficiente para ofrecer sus respetos, arrojar un montón de polvo oscuro sobre el cajón y desaparecer entre la muchedumbre. Él hubiera querido acercársele pero sabía muy bien que, a ojos del mundo, ella no le pertenecía ni lo haría jamás. La había dejado partir, entonces, envuelta en un aura de negrura que funcionaba como un campo de repulsión para cualquiera que osase acercarse con huecas palabras de sentimiento. Él la había observado marcharse para luego fingir que prestaba atención al servicio. Supuso que los demás estaban haciendo lo mismo, procurando concentrar su atención en los detalles más mundanos para no pensar en la señal verde brillante que había aparecido en el cielo, iluminando tenuemente el cadáver ni en su significado, aunque era un secreto a voces. A veces, la fuerza de voluntad de la gente para mantener sus ojos ciegos y sus oídos sordos a lo que sucedía a su alrededor no podía menos que sorprenderlo. Y él que alguna vez había creído que esa necia ceguera era patrimonio de los vulgares Muggles.
Después de la ceremonia él se había dispuesto a partir pero una lánguida figura lo había detenido. Con sorpresa, descubrió que se trataba de la joven esposa de Lucius Malfoy. No creía haber intercambiado una sola palabra con ella en toda su vida. Se preguntó qué podría querer Lucius de él en semejante día y se dedicó a contemplarla con atención. Era una mujer de una belleza pálida, glaciar, con un manto de marmórea imperturbabilidad sobre sus gestos. Sin embargo, el desvaído azul de sus irises estaba rodeado por delgadas líneas carmesí, y como tocado por un rayo lo sacudió el pensamiento de que esta dama de hielo no era solamente la esposa de Lucius Malfoy, sino también la hermana de Bellatrix y la prima del muchacho asesinado.
- Ve con ella a nuestra casa, Severus. Ella... ella no está bien.
Él asintió, recordando palabras que Bellatrix había pronunciado tiempo atrás, cuando la traición de aquella a quien ya nadie nombraba había tomado lugar (¿Cómo pudo ocultarnos una cosa así, cómo pudo ocultarnos lo que estaba haciendo con ese... ese sangre sucia? Entre hermanas no hay secretos). Naturalmente, la única hermana que le quedaba estaba al corriente de su relación, por lo que las máscaras y disfraces eran innecesarios.
- No se preocupe, iré con ella.
Ella le dedicó una sonrisa que, por un momento, resquebrajó su máscara de hielo dejando al descubierto, en un brevísimo instante, a una niña desolada en medio del dolor de la pérdida. Cuando su marido apareció junto a ella para ponerle una mano en el hombro, la visión había desaparecido y otra vez la mujer de sociedad aceptó graciosamente las condolencias que le ofreciera.
Ahora se hallaba precisamente donde le habían pedido que estuviera, pese a lo cual se sentía inútil. Bella parecía decidida a no pronunciar palabra sobre cualquier sentimiento que la muerte de su primo pudiera haberle inspirado. El silencio, que primero le había permitido ordenar sus confusos pensamientos, ahora empezaba a pesarle como una losa que se cernía sobre ellos.
- Bella, di algo.
Su única respuesta fue el leve suspiro del viento rozando las hojas de los álamos. Clavó en ella sus ojos oscuros, no sin cierta exasperación.
- Bella, puedes hacerle creer al mundo y a tu marido que no estás afectada, pero no puedes engañarme a mí – ni a tu hermana – así que ya es hora de que dejes de actuar y me digas algo.
Hojas secas comenzaron a arremolinarse por la brisa, mecidas por dedos fantasmales. El rostro de Bella seguía oculto a sus ojos y él tuvo que reprimir el deseo de sacudirla.
- ¿Qué quieres que te diga?
El susurro lo tomó tan de sorpresa que, por un momento, no supo qué responder.
- Cualquier cosa, Bella. Cualquier cosa.
Hubo una pausa y él temió que volviese a retrotraerse al silencio, pero una vez más lo sorprendió al decir:
- A él le daban miedo las alturas.
Frunció el ceño, algo desconcertado.
- ¿Cómo dices?
- Que a mi primo, cuando niño, le daban miedo las alturas. Siempre nos burlábamos de él por eso – Sonrió, pero no era una sonrisa alegre - ¿Ves aquel roble viejo de allí...? Ése, detrás de aquella glorieta... – Él asintió y ella continuó con su relato – Un día, lo reté a que trepase a lo más alto... Le dije que no sería un Black de verdad si no lo hacía, pero el pobre estaba tan aterrado...
- ¿Y lo hizo?
Por primera vez ella lo miró, una ceja alzándose en su blanca frente.
- Pues claro. Los Black somos muchas cosas, pero no cobardes. Subió a lo más alto... y cuando quiso bajar, pisó mal y se quebró un brazo. Pero lo hizo. Lo hizo y no se quejó ni una vez. Ni una – Su mirada horadó la suya, intensa – No era un cobarde, Severus. Digan lo que digan, él no era ningún cobarde.
Él asintió suavemente, colocando una mano en su hombro.
- Lo sé, Bella. Lo sé.
Ella cerró los ojos, la tristeza envolviéndola como un velo.
- No debía terminar así, Severus. Él era el último heredero de nuestro linaje, el linaje más importante del mundo mágico. No sólo eso, sino que él... él podría haber llegado lejos, más lejos tal vez que todos nosotros. No... no debería haber terminado así.
Él nunca la había escuchado hablar con una voz tan débil, tan dolida, y sintió un súbito frío. Porque en su tono no sólo había dolor, sino también incertidumbre... duda. La misma duda que él ya había escuchado escapar de otros labios, de aquellos que empezaban a cuestionarse las órdenes que recibían, de aquellos que desconfiaban de la causa... De aquellos en quienes la duda se arraigaba con tal fuerza que los arrastraba a su destrucción... de aquellos que, como Regulus Black, pagaban su arrepentimiento con la muerte.
Se estremeció al imaginar un destino similar para Bella, su Bella. Era demasiado horrible tan sólo pensarlo... sin embargo, tenía sentido. Ella era abnegada a la causa, pero Regulus era su sangre, su favorito, el pequeño al que había cuidado y querido y del cual luego se sintiera tan orgullosa. No era extraño que el dolor de una pérdida, de una decepción semejante la afectara profundamente... al punto, incluso, de sacudir sus creencias más arraigadas y nublarle el juicio. Y Bella era una criatura de pasión, de fuego y destrucción, no de fríos cálculos y raciocinio. Ella era tan intensa en sus odios como en sus amores, con una lealtad a su nombre y su sangre inquebrantables, una mujer que no conocía términos medios. Si decidía amar, amaba hasta la asfixia, pero al odiar... Al odiar, no había muralla ni lógica que pudiese reprimir su furia. Y a Regulus lo había amado tanto como a un hermano, había sido sangre de su sangre... ¿Quién sabía a qué locura podía arrastrarle el dolor de la pérdida?
Apretó los dientes. Pasase lo que pasase, él debía impedir a cualquier costo que ella compartiese el destino de su primo. Con absoluta claridad, supo que haría lo que fuese necesario para salvarla... incluso de ella misma.
- Bella, entiendo que la injusticia de la situación te duela, pero no dejes que te nuble el juicio. No debes dejar que el sentimiento te arrastre a – por favor, Bella, escúchame. Tú te guías más por tus instintos que por la lógica, pero por una vez refrénate. Debe haber motivos para que sucediese lo que sucedió, motivos que no conocemos –
- ¿Qué importan los motivos, Severus? – exclamó ella, furiosa – Lo que pasó ya es pasado, y los motivos que pudiera haber no cambian nada¿me oyes? No le defiendas, no después de lo que hizo, no digas que tuvo motivos porque no me importa, la cuestión es que lo hizo –
En un arranque de desesperación, él abandonó toda su habitual compostura y la sujetó por los hombros, atrayéndola hacia sí hasta que sus narices casi se rozaban.
- Bella, por una vez serénate y no seas insensata. Quítate cualquier idea extremista que tengas en la cabeza y déjalo estar. ¿No te das cuenta que no sólo no puedes cambiar lo que pasó, sino que – Puedes terminar muerta tú también, pensó pero no pudo decir en voz alta – puedes empeorar las cosas? Deja de hablar como lo has hecho recién antes de que te escuche alguien y diga que no crees que los motivos del Señor Oscuro para matar a tu primo eran incuestionables...
Ella lo miró de hito en hito, sus ojos oscuros redondos como planetas.
- ¡Por supuesto que el Señor Oscuro tenía motivos incuestionables para matar a Regulus¡Había traicionado a la causa!
Esta vez, fue su turno de sentirse estupefacto.
- ... ¿cómo dices?
Pero ella ya no le escuchaba: un fulgor destellaba en sus ojos, y él casi podía sentir las oleadas de furia incontenible que despedía su piel.
- Nos traicionó¿puedes creerlo? No sólo traicionó a su familia, a su nombre, sino que se atrevió a cuestionar la causa¡se atrevió a cuestionar al Maestro! – Su cuerpo entero temblaba de ira e indignación y él tuvo que soltarla - ¿Cómo pudo atreverse a algo así¿Cómo pudo atreverse a dudar, cómo pudo atreverse a abandonar nuestra misión¿No tenía sentido del deber, no tenía entendimiento para ver que el camino del Lado Oscuro es el único camino? – Su respiración comenzó a agitarse y su voz sonó casi como un sollozo – Era tan valiente, tan brillante... ¿Qué pudo salir mal, Severus¿Qué pudo haber pasado para que nos traicionase así?
Fue incapaz de responderle. Sólo una vez había escuchado a Bella hablar así, aquella fatídica noche en que se habían enterado de la traición de su hermana. La misma furia, el mismo dolor, las mismas preguntas habían salido de la boca de Bella en aquella ocasión y probablemente, aunque no tenía modo de saberlo, también lo habían hecho cuando el mayor de los hermanos Black se había fugado de casa. Sin embargo ahora todo tomaba una connotación mucho más siniestra, porque la traición que dolía a Bella ya no era una rencilla familiar o un casamiento deshonroso, sino la muerte de su primo preferido. Muerte que, aparentemente, la había afectado exactamente igual que las otras dos traiciones, sin que en su tono o sus maneras se reflejase mayor dolor. Como si no hubiera ninguna diferencia entre pasar los días entre amantes de los Muggles a hacerlo en medio de gusanos. Tal vez para Bella no la hubiese. Sintió otro escalofrío... pero esta vez no por lo que pudiera sucederle a ella.
- Entonces – repuso él con suavidad, intentando convencerse a sí mismo – estás totalmente de acuerdo con la decisión del Señor Oscuro de matar a tu primo.
Ella sacudió la cabeza.
- Severus¿es que no lo entiendes? Él no lo mató.
Por supuesto que no. Un chico de dieciocho años no es lo suficientemente importante para que el Señor se tomase tanta molestia.
- Me imagino que no, Bella. Me refería meramente a su decisión de dar órdenes de darle muerte.
Bella frunció el ceño, mirándolo con una fijeza tal que, si él no hubiese sabido que ella no tenía el talento, hubiera creído que estaba usando Legeremancia con él. De súbito se puso de pie, como si no pudiese estar inmóvil por más tiempo.
- Severus¿no lo ves? Nadie mandó a matarlo.
Él parpadeó, sorprendido.
- ¿Qué quieres decir?
Ella comenzó a caminar alrededor del banco en largas zancadas.
- El Señor Oscuro no dio órdenes de matarlo, simplemente porque no sabía de la traición que se proponía llevar a cabo Regulus. ¿Crees que él iba a ponerlo sobre aviso? No, claro que no – Su paso se hizo más furioso, su tono, más cortante – Lo había pensado bien, Regulus. No fue un ataque de pánico: lo tenía todo planeado.
- ¿Qué salió mal, entonces? – preguntó él, pero el frío que sentía por dentro le indicó que ya conocía la respuesta.
Bella paró en seco y lo miró de frente, el fulgor en sus ojos más terrible que nunca.
- Me llamó a su casa. Quiso... – Sus labios se curvaron en una sonrisa sardónica, cruel – Quiso convencerme de que me fuera con él. Me habló de sus motivos... tenías razón, tenía millones de motivos... cada uno más débil, más vergonzoso que el anterior. Que estábamos errando el camino, que lo que hacíamos era una monstruosidad, que destruiríamos al mundo mágico... Pero no miedo. Él no tenía miedo – Empezó a caminar de nuevo, sus pies golpeando con violencia el suelo de la glorieta, cada paso punteando su furia – No tenía nada de miedo... sólo un montón de ideas idiotas en la cabeza, como las que solía tener su hermano. Y entonces dijo lo peor de todo. Dijo... – La voz de Bella flaqueó un instante, como si le insumiese una fuerza extraordinaria repetir las terribles palabras de Regulus.
- Dijo nada menos que... Dijo que el Señor Oscuro... Dijo que no era quien decía ser. Que nos había embaucado a todos. Lo llamó un vulgar... – Tragó saliva – Un vulgar sangre mestiza. Que no merecía dirigir a la nueva generación de magos y brujas sangre limpia – Bella dio un respingo, como si sus propias palabras pudiesen conjurar tal espanto. En momentos, sin embargo, había recuperado la compostura – Cuando me dijo eso, perdí el control.
Severus Snape no era partidario del dramatismo. Era una persona fría, calculadora, más dada a racionalizar que a sentir, poco acostumbrada a ser arrastrado por sus emociones y con muy poco respeto por quienes así lo hacían. La poesía, por ende, y todo género que se le relacionase, provocaba su desprecio, así como la gente que gustaba hablar en metáforas.
Sin embargo, si alguien le hubiese preguntado, hubiera jurado que en ese momento sintió cómo su corazón se detenía, cómo la sangre se volvía hielo en sus venas, cómo el mundo se había salido de su eje. Un frío helado le entumeció los músculos, haciéndole saber qué sentiría al llegar su muerte. Su boca se secó, el aire se vació de sus pulmones... y aunque sabía, aunque sabía que cada palabra era un paso más al infierno, no pudo mantenerse callado por más tiempo.
- Bella... ¿qué has hecho?
Su respuesta fue cándida y aterradoramente sincera.
- ¿Qué iba a hacer, Severus¿Dejar que se saliera con las suya? – Apretó los puños – Por supuesto que no. Tenía que detenerlo, y sólo había una manera. Lo maté.
Bellatrix Black Lestrange, otrora princesa oscura de Slytherin y orgullo de su clan, acababa de confesar, sin titubeos, sin sombra de remordimientos, que había asesinado a su primo por mano propia. El mundo se ha salido de su eje, en efecto.
Una voz que él no reconoció como suya se escuchó por sobre el murmullo del viento:
- ¿Por tu propia cuenta, Bella¿Lo mataste sin que te lo ordenaran?
Ella asintió, férreo orgullo reflejado en sus facciones.
- Así es. Claro que, al principio, el Maestro no apreció mi iniciativa – El recuerdo la hizo estremecer como la muerte de un ser querido no había podido hacerlo – Pero cuando le expliqué, cuando vio porqué lo había hecho, dijo... me dijo que se sentía orgulloso. De mí. Así dijo.
Una sonrisa demencial iluminó su rostro, una sonrisa que en vez de embellecerla la hizo parecer un espectro.
- ¿Te imaginas, Severus? Dijo que lo que había hecho yo era admirable... que mi fervor por la causa era único y que yo también era única... ¿Te das cuenta? Me honrará por encima de todos los demás, seré su sirvienta más cercana, más cercana que una hija... Confiará en mí como en nadie más...
Él siempre había sabido, desde el mismo principio, que llegaría el día en que perdería a Bella para siempre. Las princesas oscuras de este mundo no estaban destinadas a terminar sus días atadas al destino de un pobre, grasiento sangre mestiza. Tarde o temprano su familia, el mundo o la propia ambición de Bella se la arrebatarían de las manos y no habría nada que él pudiera hacer por evitarlo. Muchas veces había temido que el final estuviese cerca (cuando se graduaron de Hogwarts, cuando le anunció su inminente casamiento con Lestrange) pero en aquel momento tuvo la certeza de que la había perdido para siempre. Y no habían sido ni las expectativas de su familia ni las reglas no escritas pero insoslayables del mundo mágico quienes se la habían arrebatado. No había sido su marido, ni su ambición. En realidad, ni siquiera había sido el propio Señor Oscuro.
Mientras observaba el destello demente en sus ojos negros, sus mejillas arreboladas y su frente en alto, Severus Snape supo, sin lugar a dudas, que había perdido a la mujer que amaba a manos de aquello que lo había atraído inicialmente a ella.
Su propia oscuridad.
