Tragedia en cinco actos
Acto IV
En la noche del solsticio de verano, las fuerzas de la oscuridad y de la luz se trababan en cruenta batalla por la supremacía. El día luchaba por ganarle a la noche, pero las sombras nocturnas no se rendían con facilidad, y el velo que dividía la realidad de la fantasía se rasgaba por un momento y cualquier maravilla podía suceder.
Así hablaba Eileen Snape a su hijo durante las largas noches en la destartalada casa de la calle de la Hilandera, donde gélidas ráfagas se metían por entre los recovecos en el invierno y las mantas y el fuego no alcanzaban para vencer al frío que parecía metérseles en la sangre. En aquellas noches, ella se envolvía en chales y se acurrucaba junto a su hijo, susurrándole historias. Historias de castillos encantados, de escobas voladoras, de pociones y conjuros; de hombres que se convertían en animales para despistar a sus enemigos y mujeres de belleza tan cautivadora que todos caían bajo su hechizo. Historias de magia, de aventuras y gloria; historias que eran la delicia de su corazón infantil, historias que llenaban de luz la sombría casa. Historias que los transportaban a ambos a un mundo de ensueño, un mundo que quedaba muy lejos del siniestro callejón con su tortuosa hilera de casas venidas a menos, muy lejos de sus vulgares vecinos, muy lejos de su padre.
Historias que, como todas las maravillas de la infancia, tocaron a su fin. Porque la magia existía, mas no así los cuentos de hadas. El sapo no se había convertido en príncipe ni la calabaza en carroza, y su madre pasó el resto de sus días estropeándose las manos para mantener limpia la casa y evitar los reproches de su marido. El niño que escuchaba embelesado relatos de tiempos idos en tierras de ensueño se volvió un joven de pasado oscuro y ojos vacíos, en alguien que ya no creía ni en cuentos de hadas ni en esperanzas vanas.
El joven estaba sentado en un sombrío sillón junto a la ventana, contra la cual golpeaban los embates de la tormenta. En su mano, un vaso lleno de líquido ámbar que menguaba a medida que el péndulo del reloj continuaba su eterno balancear. Las brasas en la chimenea habían dejado de brindar calor hacía mucho tiempo, y la única luz era la vacilante llama de una vela, cuyo resplandor dorado bañaba pálidos trozos de pergamino arremolinados sobre el escritorio. Sombras tenues bailaban sobre las minúsculas letras, dando la sensación de que las palabras cobraban vida.
No hagas ninguna locura. No estoy seguro de que los rumores sean ciertos, pero aunque lo fueran, no vayas a cometer ninguna estupidez. Sabes de sobra que él no aceptaría que dudásemos de su poder, pero si lo peor llegase a ser cierto – entonces, ya nada importa, no tienes que arruinar tu vida para siempre por perseguir un ideal que tal vez ya no existe...
-
Bella, mi Bella¿dónde estás? A mi alrededor todos celebran el fin de la guerra pero yo sólo puedo pensar en ti. ¿Dónde te has metido? Por favor, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte, es demasiado tarde ya para cambiar las cosas. Vuelve a mí, yo podría ayudarte – o huye, huye muy lejos para que no te atrapen. Sé que eres capaz de cuidarte sola, pero todo el Ministerio está tras tu pista y temo que –
-
¿Qué has hecho¿Te has vuelto loca¿No te das cuenta que ya nada sirve, que ya todo terminó? Fue una bella utopía mientras duró, pero no valía la pena que arrojases todo tu futuro por la borda. He leído en el Profeta lo que has hecho pero una parte de mí se niega a creerlo. No porque crea que tu conciencia te hubiera impedido hacerlo – nadie sabe mejor que yo que tu conciencia, que tu alma, hace ya mucho tiempo que han dejado de molestarte – pero porque no te creo capaz de hacer algo tan idiota. ¿Qué esperabas obtener¿Creías que te darían la información que buscabas si utilizabas la fuerza bruta? Bella¿qué le pasó a tu sutileza, qué le pasó a tu intelecto¿Cuándo el juicio se te nubló a tal punto? No has logrado nada, nada más que condenarte para siempre – ahora ya no puedo ayudarte, ni tampoco podrá hacerlo tu familia, cuyo buen nombre ha sido finalmente arrastrado por el suelo, arrastrándolos a todos ustedes con él. Tu linaje no te salvará esta vez, ni tampoco lo hará tu señor – nadie puede salvarte ahora. Y por Merlín, yo quería salvarte. ¿Por qué no viniste a mí? Esto no tendría que haber acabado así. Si tan sólo hubieras –
-
Sé de sobra que no lees mis cartas, ya no. Sé lo que piensas de mí – que soy un traidor a la causa, que me he cambiado de bando, que me he vuelto la marioneta de Dumbledore. Sé que ya no pronuncias mi nombre y que nada que venga de mí puede interesarte. Sé que crees que te traicioné.
Pero nada de eso importa. Esta noche es oscura y fría y yo sólo puedo pensar en ti. En tus ojos – las más ardientes brasas no podrían comparárseles. Recuerdo cómo se encendían con tu pasión, cómo quemaban con tu hermosa furia. Recuerdo tu pelo, negro como las sombras que me rodean. Recuerdo tu sonrisa, tu voz. Recuerdo tu piel, tu respiración. Recuerdo cada surco, cada curva de tu cuerpo y cómo se encendía bajo mis dedos.
¿Y de qué me sirve, Bella? Yo estoy aquí, en las sombras como siempre, tú estás allí, atada al destino que elegiste. No te engañes: el juicio no te ayudará a librarte. Crouch sólo quiere demostrarle al mundo cuánto odia a su hijo, y ni aunque mintieras con la habilidad del mismo Señor Oscuro podrías escapar a la sentencia. Aunque tal vez no mentirías de todos modos. Tal vez estés orgullosa de lo que has hecho.
¿Por qué, Bella¿Por qué lo has hecho? Una vez creí que sentíamos y pensábamos igual. Creí que, como yo, deseabas una oportunidad de demostrar tu valía, de saciar tu ambición, de llegar al poder. Y que si eso significaba entrar al servicio de otro, así lo harías pero sin nunca inclinar la cabeza ni olvidar quién eras: la princesa oscura de Slytherin, la estrella más brillante de la constelación Black.
Nunca creí que se te obnubilaría la mente al extremo de abandonarlo todo para seguirle al fin del mundo... sobre todo si eso significaba sacrificar todo lo que alguna vez había sido sagrado para ti. Pero lo hiciste. Yo no deseaba creerlo, pero la noche en que me contaste lo de Regulus lo supe. Supe que habías ido tan lejos en tu lealtad que habías perdido el juicio.
¿Sabías que antes de ir a ti él me buscó a mí? Yo traté de disuadirlo y creí que me había escuchado. Evidentemente, se parecía más a su hermano de lo que yo alguna vez había pensado: la terquedad es sin duda el rasgo fuerte de tu estirpe.
No me escuchó, y al enterarme de su muerte pensé en ti. Creí, ingenua, absurdamente, que te había fallado. Había dejado que tu primo favorito cayera por culpa de su propia estupidez. Cómo hubiera deseado haber podido salvarlo para ti, Bella. Cómo hubiera deseado poder detener lo inevitable... sólo por ti. Creí que eso era lo que tú querías.
Qué ingenuo, qué estúpido de mi parte. Tú no querías que yo lo salvara: podrías haberlo hecho tú misma pero te negaste. Tuviste que elegir, y en vez de elegir a tu sangre, a tu corazón, elegiste la oscuridad. En ese momento, te perdí para siempre.
Mañana me arrepentiré de lo que he escrito. Mañana me arrepentiré de haber desparramado mis sentimientos entre meras palabras. ¿Recuerdas cómo me burlaba de ti por la forma en que llevabas el corazón siempre en la mano, a la vista de todos¿Qué le sucedió a ese corazón, Bella¿Se lo entregaste a él también, junto con tu alma, tu juventud, tu vida¿Has olvidado quién eras o la chica que nunca inclinaría la cabeza ante nadie, que siempre sería reina y nunca súbdita, jamás existió¿La abandonaste cuando te entregaste a él?
Soy conciente de que debería dejar ir tu recuerdo, que la mujer que una vez amé ya no existe y que debo olvidarme de lo que alguna vez fue. Pero en noches como esta, cuando ni la luna puede quebrar con la oscuridad que me rodea, tu presencia parece estar en todos lados. Veo el brillo de tus ojos en el reflejo del cristal, tu perfuma permea mi ropa, tu voz se escucha por sobre el susurro del viento. No puedo imaginar lo que los horrores de Azkaban le deben estar haciendo a tu belleza, a tu inteligencia, a la luz de tus ojos. Tú merecías un trono, mi reina oscura, no compartir un calabozo con seres tan inferiores a ti. ¿Por qué tuviste que enterrarte en vida de ese modo, tú, que estabas destinada a tenerlo todo? A veces pienso que –
-
Estimada Sra. Lestrange:
A juzgar por el mensaje que me ha llegado por intermedio de su hermana, usted no está interesada en recibir más correspondencia de mi parte. Aténgase a saber que no volveré a importunarla. Sé que esta misiva me será regresada sin abrir como las anteriores, pero me pareció - ¿cómo decirlo? – cortés comunicarle que comprendo sus sentimientos actuales hacia mí, y que si se pudre en Azkaban por culpa de su testarudez es un asunto meramente suyo y no me compete en absoluto. Sea tan infeliz y miserable como le plazca.
Atte.
S.S
La lluvia seguía golpeando las ventanas, la tormenta rugiendo en todo su esplendor. El líquido ámbar había desaparecido y la copa se había resbalado de sus dedos, convirtiéndose en miles de trozos de cristal que refulgían en el suelo.
Quien estaba sentado en el sombrío sillón ya no era un niño que creía en cuentos de hadas ni un joven desencantado: era la sombra de un hombre que alguna vez había vivido, sentido, amado y del cual sólo quedaba una carcasa vacía. Un hombre al que ya no le quedaba nada. Un hombre cuyos ojos vacíos estaban fijos en un trozo de papel en el suelo.
Diario "El Profeta" 21 de Diciembre de 1981MATRIMONIO LESTRANGE Y CÓMPLICES SENTENCIADOS A PERPETUA POR ATAQUE A LOS LONGBOTTOM
En la sesión de ayer del Wizengamot, se han presentado los cargos contra Rabastan Lestrange, Rodolphus Lestrange, su esposa, Bellatrix Black Lestrange y Bartemius Crouch, hijo. En una ocasión histórica, el propio padre de Crouch –
Si en la noche del solsticio de verano la luz le ganaba la batalla a la oscuridad y cualquier maravilla podía suceder; entonces... entonces en el solsticio de invierno la oscuridad se tomaba la revancha: las tinieblas se tragaban al mundo y las pesadillas cobraban vida.
