Tragedia en cinco actos

Acto V

No tendría que haber terminado así.

Tendría que haber habido una tormenta. Proyectiles de lluvia golpeando contra su rostro, árboles arrancados de cuajo por el viento, pesadas cortinas de agua arreciando. El cielo oscuro encendido por relámpagos, la tierra entera sacudiéndose ante el poder del trueno. Todas las fuerzas de la naturaleza trabadas en cruento combate por su alma, por su vida.

Por su muerte.

Fuego. Las llamas ardientes de sus ojos tendrían que haber reducido a cenizas todo lo que alguna vez fue. Todas las miradas, todas las emociones, todas las palabras ahogadas por el calor del infierno. Así tendría que haber sido.

Tendría que haber sido de noche. Una noche sombría, sin luna, cuando las tinieblas lo dominasen todo. Tendría que haber sido de noche.

Pero no hubo ni noche, ni fuego ni tempestades. La tierra no se resquebrajó hasta llegar al magma, el viento no se convirtió en tornados, las aguas no se sacudieron, los ríos no cambiaron su curso.

Toda la pasión, todo el odio, la misma muerte: nada de todo eso había logrado perturbar la plácida naturaleza. El mundo, que tendría que haberse detenido, que tendría que haber lanzado su exhalación final, había seguido girando, imperturbable. Imperturbable a la sangre manando de sus heridas a borbotones, imperturbable a la violencia de su llanto, imperturbable a la sombra mortal en sus ojos. Imperturbable a la pasión, el odio y la muerte.

Él casi deseaba que así hubiese sido.

De ese modo, si todo hubiese acabado, si la devastación se hubiese producido a su alrededor en vez de hacerlo en su alma, tal vez él hubiera tenido algo más que este vacío, esta frialdad parecida a la muerte que le dejó la partida de Bella.

-

Todo se reducía a esto.

Una tarde agradable de primavera. Rayos de sol que se teñían de rosa y naranja al atravesar los vitrales de colores, bañando el lugar con una luz suave, cálida. Figuras de santos y mártires talladas en piedra y madera hasta llegar a la brillante cúpula en lo alto; un níveo altar con un mantel de pristísimo blanco; dos ángeles de mármol con antorchas iluminando el sagrario. Allí, en el lugar de honor, allí, oculto a la vista de todos estaba el cáliz, dorado y reluciente. Una luz difusa parecía rodearlo con un aura de magia y poder, haciéndolo parecer más grande de lo que en verdad era. Todo un campo de fuerza gravitaba a su alrededor, produciendo un magnetismo peligroso.

- Morirás.

El cáliz no era lo único poderosamente mágico y peligroso allí.

A cada lado del altar, imitando inadvertidamente la postura de los ángeles con las antorchas, estaban ellos dos, la varita de cada uno apuntando a la garganta del otro. Una nube de indómito cabello negro rodeaba la cabeza de ella, su túnica negra colgando en jirones de su cuerpo, otrora hermoso y perfecto. Un rictus de pura furia y odio le torcía la cara, el fulgor demente de sus ojos era capaz de derretir el hierro. Podría haber sido una Furia, una arpía, la misma Parca. Algún ser demoníaco, alguna vasalla de Lucifer enviada como jinete del Apocalipsis. Observó su brazo extendido, la precisión de la varita, el brillo asesino de su mirada.

Satán hecho carne habría sido menos terrible.

Al otro lado estaba él. Su cabello negro, apelmazado por la transpiración, se le había pegado al cráneo. Su piel estaba blanca, un corte rojo le surcaba el rostro inexpresivo. Sus ojos... Sus ojos eran fríos como témpanos e igual de profundos. Nada podía leerse en ellos, nada podían reflejar esos largos túneles oscuros. Sólo la calma, la fría calma de la muerte.

La tranquilidad en la mirada de él era más aterradora que la demencia en la de ella.

Debería haber estado vestido de blanco. La nívea pureza tendría que haber envuelto su cuerpo, la luz de los justos tendría que haber creado una aureola alrededor de su cabeza. El paladín de la luz, envuelto en un cegador fulgor blanco como una llamarada... Pero su túnica era negra, también, y estaba manchada de sangre. Sangre derramada por otros... Nada de mártires inocentes por aquí.

- Morirás – repitió ella, su voz baja, profunda como los abismos del Averno. La ira y el odio estaban grabados a fuego en ella. Cada sílaba pronunciada por esos labios podía ponerle los pelos de punta al soldado más aguerrido. La mano que sostenía la varita apuntando al cuello de ella no tembló.

- No si yo te mato primero.

Su voz, tan inexpresiva como sus ojos, resultó más perturbadora que todas las amenazas del tono de ella. Fuerzas poderosas, muy equitativa y peligrosamente poderosas estaban enfrentándose allí.

Pero si ella representaba a las fuerzas de la oscuridad y quien apuntaba a su garganta, las fuerzas de la luz, entonces ¿dónde encajaba él en este fresco demencial?

Momento de descubrirlo.

- Disculpen la intromisión, pero hay una copa que me gustaría llevarme. Si no les causa inconveniente...

Los dos giraron la cabeza hacia él al mismo tiempo, con expresiones igualmente atónitas en sus rostros. Evidentemente ninguno de los dos lo había visto salir del confesionario donde se había ocultado durante el improvisado duelo.

¿No se alegran de verme, acaso?

La sorpresa se volvió comprensión, la comprensión, espanto. Y del espanto al puro odio hubo un solo instante.

- Tú, asqueroso traidor...

- ...asesino...

- ...¿cómo te atreves a mostrar tu cara aquí, después de...?

- ...juro que lo vas a pagar...

Era casi enternecedor ver cómo los dos grandes enemigos se hallaban ahora hermanados por su odio hacia él. Nada como un enemigo común para unir a las masas. Por un momento, lo invadió el orgullo al ver las fuertes reacciones que aún era capaz de provocar.

Al notar que las dos varitas apuntaban ahora a su propia garganta, se preguntó si el orgullo no estaba sobrevalorado.

Pese a todo sonrió despectivamente. Ah, sí, recuperemos la vieja máscara.

- ¿Qué, acaso creían que eran los únicos interesados en el cáliz?

Aquello descolocó a la bruja.

- ¿Para qué podrías querer...? – Calló a mitad de la frase, sus ojos agrandándose ante la súbita comprensión. Su rostro se contrajo por la furia y - ¿se atrevía él a pensarlo? – el horror. – No pretenderás... alzarte con su poder¿verdad? Ni siquiera tú puedes estar tan loco...

Él sonrió más marcadamente, sin molestarse en sacarla de su error. Ella nunca lo comprendería.

- ¿Para qué otra cosa querría tenerla, Bella? – dijo en cambio, dando un paso tentativo al frente. Las manos sosteniendo las varitas se tensaron, pero ninguno parecía querer arrojar el primer conjuro y arriesgarse a fallar. - ¿O acaso me crees capaz de desearla por motivos más... altruistas, como Potter?

Los ojos del chico se entrecerraron, pero mantuvo la boca cerrada. ¿Era posible que por fin estuviera aprendiendo a controlarse, contra todos sus pronósticos¿O sencillamente estaba demasiado furioso para hablar?

- Lo sabía. Siempre lo supe: eres un asqueroso traidor...

Bellatrix escupía cada palabra, casi como si le diese asco pronunciarlas pero no tuviese más remedio. Él se mantuvo impasible.

- No tienes ningún concepto de lo que es la lealtad...

Ella dio un paso hacia él, rompiendo así el perfecto triángulo mortal. Él contempló un momento el rostro ajado, los hombros hundidos, las sombras debajo de sus ojos... Toda su belleza marchita, profanada, robada.

- ¿Y de qué te ha servido a ti tu lealtad, Bella?

Aquello la desconcertó. Sus ojos oscuros relampaguearon por la indignación.

- ¿Como que de qué me ha servido? – Dio otro paso hacia él, la varita siempre apuntando a su garganta – Soy su vasalla más fiel y él lo sabe. Sabe que mi lealtad es inquebrantable y confía en mí como en nadie más...

El brillo de fanatismo demente, ahora dolorosamente familiar, había regresado a sus ojos; su voz estaba teñida de orgullo; su rostro, transfigurado por la dicha. ¿Cuántas veces ya la había visto así¿Cuántas veces la había mirado a los ojos sólo para ver reflejada en ellos su locura¿Cuántas veces ya había escuchado la misma cantinela sin sentido? Hubo una época en que escalofríos le recorrían la columna vertebral cuando la veía así.

Ahora sólo le resultaba tedioso.

- ¿De veras, Bella?

Ella dio un respingo y los nudillos que sujetaban la varita se volvieron blancos.

- ¿Cómo te atreves a dudar...? – Una zancada la acercó más a él – Por supuesto que confía más en mí que en ningún otro, a nadie más le encargó custodiar...

Calló de golpe, recordando quizás que su señor no la había autorizado a revelar el más profundo de sus secretos frente a dos enemigos declarados. Él tuvo que contenerse para no dirigirle una sonrisa burlona. ¿Era realmente tan ingenua como para que creer que él no conocía el valor del cáliz? Ah, Bellatrix, yo sé mucho más sobre ese cáliz de lo que tu señor se atrevería jamás a confiarte... Sin duda alguna él sabía más de lo que había sabido Regulus Black en su momento.

Pero bien que el pequeño Reg se la jugó¿no es así?

Todos habían subestimado a Regulus Black, el niño mimado y presumido, el benjamín que había obtenido el título de heredero sólo porque su hermano mayor había resultado ser una deshonra para su familia. El joven, inexperto Regulus...

Una ingenuidad por parte del Señor Oscuro, creer que Regulus estaría demasiado asustado para intentar vengarse, que no utilizaría el conocimiento que tenía sobre el relicario para devolverle el golpe, subestimarlo por su juventud... Dumbledore siempre decía que era un error juzgar a los jóvenes como si no...

No, mejor no pensar en Dumbledore. No esa noche, cuando había tanto en juego. Pero eso le recordaba...

Por el rabillo del ojo observó que Potter ya no apuntaba directamente a su garganta, sino que había aprovechado la nueva proximidad entre Bellatrix y él para apuntar a un punto intermedio entre ambos. De ese modo, con un leve movimiento de muñeca podría embrujar a cualquiera de ellos dos. Seis años y medio más tarde venía a encontrarse con que Potter no era tan idiota como parecía.

- Para poner un sólo dedo en ese cáliz tendrás que pasar sobre mi cadáver.

Desafortunadamente Bellatrix Lestrange, al revés que Potter, no parecía haberse vuelto menos idiota con la edad.

- ¿Y qué te hace pensar que me importaría en lo más mínimo caminar sobre tu cadáver, Bellatrix?

Por un fugaz instante, una expresión indescifrable ensombreció sus rasgos, pero al momento la frialdad asesina había vuelto a su rostro.

- No podrás matarme, Snape. No eres tan poderoso.

La sonrisa de él se volvió más pronunciada.

- ¿De veras lo crees así?

De reojo, vio que Potter los observaba con morbosa fascinación, parado exactamente en la misma posición. ¿Es que Potter planeaba quedarse allí parado como una estúpida gárgola? Retiraba lo dicho: el chico era tan idiota como siempre había creído.

Por algún motivo, el pensamiento no lo reconfortó.

- Sabes que sí.

Él inclinó la cabeza a un lado y dio un paso al costado.

- ¿Y si te demuestro lo contrario?

Él dio otro paso y comenzó a rodearla. Ella siguió su movimiento con la varita.

- Inténtalo – siseó ella, sin sacarle los ojos de encima. Su cuerpo siguió el movimiento del de él hasta que quedaron nuevamente enfrentados – Si te atreves.

Él rió entre dientes.

- ¿Si me atrevo?

Ahora ella le daba la espalda tanto a Potter como al sagrario. ¿Qué le pasó a tu intelecto, Bella?

Ella lanzó el primer conjuro, que él pudo esquivar con facilidad. El suyo impactó directamente contra la rodilla de ella, quien se dobló en dos por el dolor. Antes que él pudiera saborear su triunfo, sin embargo, ella contraatacó y esta vez un corte irregular se trazó en su hombro, provocando que manara sangre. Curó el corte con un veloz movimiento de varita y le arrojó rápidamente otro maleficio a Bellatrix, que lo esquivó por los pelos. El rostro beatífico de una virgen con los ojos vueltos hacia el cielo estalló en mil pedazos.

Los dos se sumieron en una especie de trance, siguiendo los pasos de una danza cuidadosamente coreografiada y familiar. Un maleficio Seccionador, una maldición Cruciatus, un hechizo Incendio... Jarrones destrozados, candelabros rotos, cortinajes rasgados... Todo era destruido al paso de los dos combatientes, que habían abandonado el altar principal para perseguirse mutuamente en la parte central de la iglesia.

No era la primera vez que se batían a duelo. Ya en Hogwarts al caer la noche buscaban un aula desierta para practicar todo lo aprendido en la Sección Prohibida, y una vez al servicio del Señor Oscuro habían mantenido la costumbre de practicar juntos. Siempre habían sido experiencias intensas, ocasionalmente aterradoras. Cada uno había querido demostrarle al otro que era el mejor, vencer a toda costa por honor, por orgullo... Por estupidez. Porque eran jóvenes y soberbios, porque se amaban pero más amaban su ambición. Por la razón que fuese, cada uno había aprendido los movimientos del otro hasta lograr predecirlos con los ojos cerrados. Él estaba seguro de que nadie la conocía tanto a ella a la hora de un duelo como él y viceversa. Como equipo, habían sido formidables: cada uno de sus pasos perfectamente coreografiado, cada maleficio arrojado con absoluta coordinación. Nadie había podido enfrentarse a ellos.

Ahora todo era diferente. Ya no peleaban para demostrar su superioridad ni para practicar lo aprendido: cada maleficio era lanzado con letal precisión para causar el mayor daño posible. Nada de ganar por honor: era matar o morir.

- ¡Avada Kedavra!

Un Cristo de yeso con el corazón sangrante en la mano explotó, y él tuvo que refugiarse debajo de un banco para protegerse de la pesada cabeza con aureola incluida que casi le cae encima.

- ¿Tan mala puntería tienes, Bellatrix?

Por toda respuesta recibió un rugido de ira y un nuevo maleficio, pero esta vez estaba preparado. Su maldición le dio de lleno a la bruja, que cayó al suelo con un grito de dolor, su cuerpo sacudiéndose con convulsiones. Sin poder evitar una sonrisa de suficiencia, él salió de su escondite y se acercó a ella.

- Pensé que te gustaría: es una de mis invenciones. No es tan doloroso como un Cruciatus, pero a ti siempre te gustaron mis hechi-

Entre espasmos, ella logró agitar la varita erráticamente. Él giró para ver cómo un pesado confesionario de madera oscura se le venía encima.

Un dolor insoportable le subió como un rayo ardiente por la pierna izquierda, atrapada bajo el bloque de madera. Soltó un gemido de dolor: no tenía fuerzas para gritar.

Ella rodó sobre sí misma y se puso sobre manos y rodillas. Respirando entrecortadamente levantó el rostro, pálido como la cera, y lo miró. Una sonrisa macabra y torcida le curvó los labios.

Con dificultad, se acercó a él, quien intentó apuntarle con la varita... sólo para descubrir que la misma estaba fuera de su alcance. Tambaleándose, ella se puso en pie y le pisó la mano derecha. Él apretó los dientes. No le daría la satisfacción de gritar.

- ¿Qué dices ahora, Severus? Entre tú y yo, creo que este es el final más adecuado para...

Se cortó en seco, su rostro crispándose por la furia ante una visión más allá de él.

- ¡NO TE ATREVAS, ASQUEROSO MESTIZO!

Olvidándose de él, echó a correr hacia el altar principal. Con un esfuerzo y un nuevo gemido de dolor, él logró girar un poco el cuerpo en esa dirección y casi soltó una carcajada.

Potter, de quien él ya se había olvidado por completo, estaba de pie sobre el mantel blanco del altar, con la varita apuntando directamente al cáliz en el sagrario. En el nuevo silencio que había dominado la capilla, él distinguió un murmullo en latín pero desde aquella distancia no pudo descifrar las palabras. Hubiera sido irrelevante, ya que el efecto de las mismas era visible desde donde él estaba atrapado. Un vapor verde rodeaba al cáliz, un vapor que por momentos se teñía de rojo, naranja y violeta y que estaba volviéndose más y más denso.

- ¡DETENTE AHORA MISMO, NIÑO IMBÉCIL!

Por algún motivo irracional, Bellatrix corrió hacia él en vez de echarle un maleficio para derribarlo del altar. O tal vez no era tan irracional: nada garantizaba que matar al muchacho detendría la acción del hechizo.

Mas, ay, había que tener en cuenta la idiotez congénita de Potter.

En su prisa, Bellatrix saltó por encima de uno de los altares secundarios, volcando un candelabro dorado que cayó con gran estruendo. Potter apartó los ojos del cáliz y miró sobre su hombro justo a tiempo para ver a la Mortífaga atravesar a la carrera la nave central hacia el altar principal. Los ojos verdes se agrandaron al doble. Él no podía culparlo: con los jirones de tela negra arremolinándose alrededor de su cuerpo, su cabello oscuro de punta y el rostro contraído por la ira, la mujer parecía una enviada del Infierno.

En ese momento tan crucial, los genes de su línea paterna decidieron salir a la superficie.

- ¡NOOOOO!

Le llevó un momento darse cuenta que era él mismo quien gritaba, tan horrorizado estaba por lo que contemplaban sus ojos.

Potter, en un arrebato de pánico y estupidez, dejó a un lado el encantamiento que estaba practicando para liberar el cáliz de su santuario... y tomó las asas directamente con las manos para levantarlo.

Durante un instante que se prolongó en una eternidad, nada sucedió. Él soltó un grito, Bellatrix se paró en seco y Potter sostuvo la copa, sus ojos clavados en ella, admirándola. Entonces...

Una explosión de luz blanca encegueció sus ojos; sus tímpanos fueron perforados por un rugido ensordecedor que sacudió la iglesia entera. El suelo tembló, los vidrios se resquebrajaron, las estatuas se derrumbaron. Un vacío sordo y blanco nublando sus sentidos...

Moriré por la estupidez de Potter. Qué apropiado.

El fin de los días llegó y pasó. El edificio dejó de temblar, el estruendo cesó y sus ojos volvieron a ver.

Parpadeó varias veces para deshacerse del destello blanco grabado en su retina y vio a Potter suspendido en el aire a cuatro metros del suelo. Con la cabeza caída hacia atrás, sus piernas y brazos lánguidamente colgando, Potter parecía un extraño grabado de la Ascensión, envuelto en un resplandor blanco.

Se mantuvo suspendido así por un momento, en la quietud que había caído sobre el lugar. Bellatrix y él lo contemplaron en silencio, sin atreverse a actuar. El halo de luz blanco que rodeaba el cuerpo del chico resplandeció hasta convertirse en un fulgor enceguecedor. Él contuvo la respiración. Un nuevo rugido sacudió el templo...

Potter fue arrojado con la fuerza de un huracán hacia el otro extremo del pasillo central. Chocó contra las puertas dobles de roble, sus brazos abiertos en cruz, un hilo escarlata descendiendo por su frente al deslizarse su cuerpo hasta el suelo.

Una nueva calma descendió sobre ellos, para ser prontamente quebrada por la salvaje carcajada de Bella, carcajada que reverberó por los muros de piedra hasta llegar con sus ecos a la cúpula. Él la contempló un momento, el salvaje abandono con el cual ella se dejaba llevar, la dureza de su rostro, el gélido timbre de su risa demencial... ¿Cómo pude amarla alguna vez?

Sus ojos se apartaron de ella: era demasiado doloroso verla así, tan alejada del ideal que él alguna vez había tenido. Su mirada recorrió la iglesia en ruinas, los vitrales resquebrajados, los escombros en el suelo, su varita, que ahora estaba a escasos centímetros de sus dedos.

Su varita. Parpadeó. Debió haber rodado con los temblores que habían sacudido el lugar. Echó una mirada de reojo a Bellatrix, quien todavía estaba revolcándose por la risa. Apretando los dientes para no gritar, se estiró cuanto pudo. Su pierna pareció estallar por el dolor, pero sus dedos se cerraron alrededor de la varita.

Un giro de la muñeca y un encantamiento no verbal lograron liberarlo. Otro encantamiento le curó la pierna. No del todo, pero lo suficiente para poderse poner en pie con sólo un quedo gemido de agonía.

Cuando elevó la mirada, descubrió que Bella ya no reía.

- ¿Así que vas a seguir insistiendo?

Él sonrió burlonamente para ocultar el dolor en su rodilla.

- Tú me conoces. ¿Y tú, Bella¿No vas a rendirte?

Sus ojos se volvieron hendijas a través de las cuales refulgía su odio, sus labios se torcieron en una mueca. La varita apuntó directamente a su pecho.

- Nunca.

El duelo volvió a comenzar – exactamente igual que antes, absolutamente diferente. El momento de prueba, de medir los movimientos del otro había pasado. Ya no había más juegos, no más fintas. La soberbia había dejado lugar al odio sin adulterar.

Ahora ambos tiraban a matar.

- ¿Cómo has podido traicionar así al Maestro¿Qué pudo ofrecerte Dumbledore para que cayeses tan bajo?

Un rayo esmeralda lo pasó rozando. Un vitral de la Última Cena estalló, dejando sólo la figura de Judas Iscariote para contemplarlos desde lo alto.

- ¿Dumbledore? Queridísima Bella¿olvidas quién lo mató, cuando tu sobrino se dejó llevar por el pánico, cuando Greyback prefirió dedicarse a asustar niños¿Te olvidas que fui yo quien llevó a cabo lo que el Señor Oscuro no pudo lograr en casi treinta años?

Un pesado banco de oscura madera voló en infinitas astillas al ser tocado por un rayo dorado.

- ¡No te atrevas a hablar así de él!

Una puerta de hierro salida de sus goznes, dirigiéndose a él como un misil...

- ¿Por qué no, Bella? Es un mago poderoso, pero mortal... o lo será cuando consiga esa copa.

La puerta destrozando otro confesionario, un nuevo maleficio haciendo un tajo en el pecho de ella, una agitación de la varita y él sintiendo un nuevo dolor en su costado...

- ¡Sobre mi cadáver!

Un grito desgarrador cuando su maldición la alcanzó...

- Si así lo deseas...

Brillantes gotas de sangre en forma de pétalos de rosa cubriendo el suelo, rodeando un jarrón hecho añicos... Un santo con la cabeza cercenada... Antiguos querubines destrozados... La antorcha dorada de uno de los ángeles de mármol rota a sus pies... El otro ángel, partido a la mitad por una maldición asesina que había errado el blanco por milímetros...

- ¿Por qué dejaste que me pudriera en Azkaban?

Se dio cuenta, con un dejo de amarga diversión, que las preguntas habían dejado de ser meras provocaciones, una estrategia más para distraer al enemigo, para entrar en el pantanoso terreno de lo personal. Él la miró y, por un instante, vio a la mujer que había amado en la expresión apenada, furiosa y acusadora de Bellatrix.

Pero esto era un duelo a muerte y cada disparo debía ser letal.

- ¿Por qué fuiste tan estúpida como para dejarte encerrar allí?

El tiro había dado en el blanco, a juzgar por el rostro de ella, que había vuelto a crisparse.

Contraatacó con mayor furia y a él empezó a serle difícil esquivar los golpes. Un dolor atroz le laceraba su rodilla mal curada, tenía cortes y magulladuras en todo el cuerpo, sus pulmones le dolían, la misma mano que sujetaba la varita le palpitaba...

La contienda se volvió más intensa y despiadada. Un trozo de balaustrada casi le da en la cabeza, la misma cúpula parecía estar resquebrajándose por la violencia de sus conjuros. Una batalla cada vez más brutal, cada vez más mortífera...

- ¿Qué te pasó, Severus? – Su varita no dejó de disparar un conjuro tras otro, pero él pudo leer en su rostro la emoción descarnada - Creí que te conocía. Que ambicionábamos las mismas cosas...

El dolor en su rostro, la incredulidad, la furia, lo atravesaron como ninguna de sus maldiciones lo había logrado. Y creías que te habías vuelto inmune a esta mujer. Había tanto de niña en su voz, de niña mimada que no entendía porqué las cosas no salieron según lo planeado, que no entendía cómo su sueño se convirtió en pesadilla. Una vez, ella había sido una niña mimada. Mimada por su familia, por sus compañeros, por la sociedad... Una niña mimada a la que él había envidiado y deseado con toda su alma.

¿Dónde estaba esa niña ahora?

- Que te pasó a ti, más bien. ¿Cómo puede ser que te hayas olvidado de ti misma al punto de abandonar todos tus sueños de poder para conformarte con el papel de sirviente? – Su tono se hizo más crispado, más áspero, como si su voz se hubiera arrastrado sobre astillas de cristal – ¿Qué te pasó para que te olvidases de tu linaje, de tu orgullo? Podrías haber sido una reina, con el mundo a tus pies... – Él sacudió la cabeza con un pesar en absoluto fingido – Elegiste ser una esclava.

El rostro de ella volvió a ser una máscara. Una que el conocía muy bien: la máscara de asesina, de Mortífaga, la máscara de la sirvienta del Señor Oscuro. Una máscara de fanatismo, de demencia...

Una máscara que parecía un recuerdo burlón del rostro que otrora había amado.

- No sabes de lo que hablas. Yo tengo el honor de ser su vasallo más fiel...

La misma cantinela de siempre, como una pesadilla que se repetía indefinidamente...

Él alzó la mirada. No, indefinidamente no. Era hora de ponerle punto final a toda esta insania.

De una vez y para siempre, costase lo que costase.

- Ah, pero sí que lo sé, Bella. Tú puedes engañarte tanto como quieras, pero lo sé mejor que tú – Por un momento, dudó. ¿Era posible que después de todo aún hubiera esperanza¿Estaba a punto de cometer un terrible error? – Desearía que... – Recordó entonces a su madre, la ingenua que había desperdiciado toda su vida esperando una palabra de cariño de su marido, huraño y violento hasta el final. No puedes moldear el granito, no importa cuanto lo desees.

– No, los deseos no sirven de nada. La mujer que amé está muerta... y también lo estarás tú.

Ella lo miró un momento, sin comprender. Ahora. Él levantó su brazo, apuntando por encima de la cabeza de ella. Un susurro, un chasquido, unas chispas azules... Al elevar sus ojos, ella soltó un grito de horror. En un súbito acceso de cobardía – no es cobardía, tengo que apurarme, rápido, rápido que se acaba el tiempo – él se dio media vuelta para no ver cómo el gigantesco órgano le caía encima desde diez metros de altura y echó a correr.

El sagrario, sólo piensa en el sagrario, no mires a ningún otro lugar, no escuches nada, no pienses en nada más, sólo el sagrario, sólo la copa y tu misión, el resto no importa, nada importa ya...

Haciendo oídos sordos a cualquier otra cosa menos la voz de su propia mente taladrándole el cerebro, él corrió hacia el sagrario. Iba tan velozmente como se lo permitía su pierna, bloqueando el dolor, bloqueando cualquier sensación que pudiera permearse. Sus ojos estaban fijos en el sagrario, la meta, el fin de su misión. Corre, corre, tiempo, se te acaba el tiempo.

Al ser más alto que Potter no necesitaba treparse a la mesa para alcanzar la copa, lo cual era una suerte porque difícilmente su rodilla se lo hubiese permitido. Así tan sólo tuvo que estirar el brazo izquierdo mientras sacaba de entre los pliegues de su negra toga una daga. Una daga con runas finamente cinceladas, que refulgió en la luz moribunda del atardecer que atravesaba un vitral. Él la observó un momento, la antigua empuñadura de hierro, la hoja plateada cubierta por runas y símbolos de otras eras... Se mordió el labio. No era el momento para echarse atrás. Cerró los ojos y comenzó a recitar en lengua arcana.

Con un rápido y brusco movimiento, hizo un tajo profundo en su brazo izquierdo. La sangre empezó a manar, gotas resplandecientes como rubíes cayendo en el cáliz. Siguió murmurando palabras largamente olvidadas, mientras su sangre se convertía en la bebida que saciaría la sed del cáliz.

Podía sentir a su alrededor el campo de fuerza que se liberaba, el aura poderosa del cáliz lentamente desvaneciéndose ante el encantamiento. Por mucho que le doliese admitirlo, Potter había hecho un buen trabajo: casi no le quedaban defensas por penetrar. La energía lo rodeaba como un halo, poniendo sus cabellos de punta y erizándole la piel. Tendría que haberse sentido débil por la pérdida de sangre, mas no era así. Se sentía pletórico, extasiado ante el poder que lo rodeaba en ráfagas que ondulaban a su alrededor.

¿Así que éste es el verdadero poder de la magia antigua? No le costaría nada acostumbrarse.

Cuando consideró que el cáliz estaba lo suficientemente lleno tomó las asas, la daga todavía en su mano derecha, y lo levantó para acercarlo a sus labios. Miró el contenido carmesí un instante... cerró los ojos y bebió.

La última barrera había caído. El cáliz era suyo.

O tal vez no.

Un golpe estruendoso, una maldición, un cuerpo arrastrándose por el suelo, más juramentos murmurados por lo bajo, pasos que se acercaban...

- ¡DEJA ESE CÁLIZ AHORA, TRAIDOR!

Al deslizarse la última gota por su garganta, él apartó el cáliz de sus labios. Se dio la vuelta lentamente, sujetando la copa con una sola mano. La vio cruzar el pasillo como un vendaval, cubierta de pies a cabeza en sangre, sus ojos enloquecidos, su pelo arremolinándose como una nube de tempestad...

Y la locura, la enajenación más absoluta, el abismo más terrible de la insania grabado en cada línea de su rostro.

- ¡Hijo de puta traidor, voy a descuartizarte!

Antes siquiera de que él pudiera pensar en liberar una de sus manos para agarrar la varita, ella saltó sobre la mesa del altar y se arrojó hacia adelante, su expresión más siniestra que la de la misma Parca. Él soltó un grito ahogado cuando ella le cayó encima, se tambaleó y tuvo que apoyarse contra el sagrario para no caer.

La miró a los ojos. Oscuros, terribles, hondos abismos de locura y horror, de odio e ira, obsidiana ardiente que amenazaba con quemarle... Esos ojos lo matarían: era su destino, el noveno círculo del infierno, lo que veía reflejado en ellos.

Los mismos ojos que lo habían atraído a ella, que lo habían llevado a la perdición... Era justo que fueran esos ojos los que lo mataran. Iba a morir y no le importaba. Si morir era su destino, que así fuese. Estaba demasiado cansado para seguir luchando.

Pero los ojos negros, los ojos de la muerte, se abrieron en un espasmo de sorpresa y confusión. El cuerpo de ella empezó a resbalar hacia el suelo, su boca formando una pregunta sin sonido.

- ¿Qué...?

No comprendió lo que sucedía hasta que vio la empuñadura negra sobresaliendo de su pecho. Oh.

Ella había corrido hacia su propia muerte. Él ni siquiera había sido conciente de ello.

Sus labios se movían, pero ningún sonido salió de su boca.

- Calla, Bella, calla...

Con delicadeza, la colocó sobre el pristísimo altar con los brazos abiertos en cruz, cual sacrificio sangriento de otra era, de otra tierra. La acomodó con ternura, quitándole el cabello ensangrentado de la frente con una caricia. Sus ojos estaban fijos en los suyos, sonidos inarticulados salían de su garganta.

- No hables, Bella... Tranquila, por favor, tranquila que...

¿Que todo estaría bien? Se estaba muriendo y no había nada que él hubiera podido hacer para evitarlo... aún si hubiese estado dispuesto a intentarlo. ¿Lo estaba?

Nunca lo sabría.

La sangre manaba a borbotones de su pecho y ella se agitaba por el dolor. Volvió a abrir la boca, tratando de hablar, pero sólo salió de su boca un gemido estrangulado. Su respiración era agitada, irregular, menguante. El final estaba cerca.

Con un último esfuerzo, levantó apenas la cabeza y su mano agarró el cuello de su túnica. Sus ojos moribundos ardían al clavarse en los suyos, ardían con miedo, confusión, odio, dolor... Tal vez también amor.

Sus labios se agitaron una última vez y un susurro vacilante escapó de ellos.

- ¿Por qué?

Antes de que alguna mentira piadosa acudiese a sus labios, antes de poder decirle una verdad que nunca entendería o un engaño que no se merecía, sus ojos encendidos como ascuas se pusieron en blanco, su mano aflojó la presa. Su cabeza cayó hacia atrás, sobre el mantel cuyo purísimo blanco ahora estaba teñido con el carmesí de su sangre.

Tardó un momento en comprender lo que acababa de suceder. Un momento que se estiró en un siglo, un milenio, un Eón. Ella estaba quieta, más quieta de lo que nunca la había visto, pero aun así una parte de él esperaba que ella se levantase para continuar el duelo.

No se levantará.

Tragó saliva y sintió como si cristales rotos le bajasen por la garganta. Se inclinó hacia adelante para mirarla a los ojos, ahora apagados y sin vida.

- Lo siento, Bella. Te amé... te juro que... Yo quería salvarte, Bella. Quería salvarte, pero ya era demasiado tarde.

Besó sus labios, aun tibios. Al apartarse vio que los labios de ella se habían vuelto rojos por la sangre que todavía estaba en los suyos. El resto de su rostro, en cambio, estaba lentamente volviéndose blanco.

Sin dejar de mirar su figura extendida sobre el altar, tomó la copa que en algún momento había dejado que cayera al suelo y comenzó a darse la vuelta para salir de allí.

- Déme la copa.

Dio un respingo al ver a Potter apoyado contra una columna. Su rostro estaba del color de la cera, gotas de sangre resbalaban de su cabello azabache, su túnica caía de su cuerpo en jirones... pero la mano que sostenía la varita apuntándole al corazón – que parecía haber dejado de latir hacía rato – era firme.

Él clavó sus ojos negros en los verdes y vio una férrea determinación en ellos. Déme la copa. No necesitaba Legeremancia para saber lo que sucedería si se negaba.

De pronto, se sintió muy cansado.

- ¿Y si me niego?

Potter ni se molestó en encogerse de hombros.

- Déme la copa y le dejaré marchar.

Él miró fijamente al rostro del muchacho – no, ya no era un muchacho – y vio que era sincero. Nada quedaba en ese rostro del chico que lo había perseguido por los terrenos del colegio clamando venganza. En su rostro ya no se reflejaba la ira, el dolor, el odio: sólo esta fría, acerada determinación. Una determinación inquebrantable, que lo llevaría hasta el fin del mundo para cumplir su objetivo.

Estaba dispuesto a dejar a un lado años de resentimiento, a dejar a un lado la furia y el dolor provocados por el asesinato a sangre fría de su mentor – todo por la copa. No, la copa no.

La misión.

¿Quién hubiera creído que llegaría el día en que él y Potter tendrían un rasgo en común?

- Démela.

El tono de Potter era calmo, inexpresivo. Nada de ostentar emociones esta vez. O tal vez Potter se sentía tan cansado como él.

Él giró el cáliz en sus manos, que reflejó en múltiples destellos la luz menguante. Levantó la vista para mirar a Potter.

- No. La he pagado demasiado cara.

Miró en dirección al altar con su oscura diosa sacrificada. Potter siguió su mirada y su máscara inexpresiva se resquebrajó un momento, dejando traslucir... ¿disgusto¿Comprensión¿Incredulidad¿O tal vez un poco de cada una?

¿Cuánto tiempo llevaba Potter de pie allí y cuánto había escuchado?

Él volvió a clavar sus ojos en los de Potter.

- Tú puedes quedarte con todos los otros. De éste me encargo yo.

Potter dio un respingo. Él tuvo que contenerse para no dedicarle un sonrisa despectiva. ¿Acaso creía ser el único que conocía el secreto?

Potter se recuperó pronto, sin embargo: otra vez la máscara glacial fue colocada en su lugar.

- Los demás no me servirán de nada si esa copa no es destruida.

Él miró el cáliz una vez más. Su superficie pulida, sus asas finamente cinceladas, el delicado grabado con el símbolo de la estirpe de su dueña... Él podía sentir en sus dedos el poder que manaba del bello cáliz. Había sido forjado un milenio atrás, en los albores de la magia por una de las más grandes brujas de la historia. La leyenda decía que ella lo había imbuido de toda suerte de hechizos y poderes asombrosos, de maravillosos dones para todo aquel que bebiese de él...

Sus ojos se encontraron con los de Potter.

- Será destruida.

Esperó la reacción de Potter. Esperaba que le arrojase un maleficio, que gritase con vehemencia que nunca confiaría en él, que intentase arrebatarle la copa de las manos. Lo que no esperaba era que simplemente inclinase su cabeza hacia un lado, mirándolo pensativo, con una intensidad que por una vez no le recordó a su padre sino a Dumbledore.

- ¿De qué lado está usted realmente?

Una risa amarga escapó de sus labios.

- ¿Y si te dijera que de ninguno?

Potter frunció el ceño.

- Creería que está loco.

Él dejó escapar un suspiro.

- Tal vez lo estoy.

Los ojos de Potter parecieron atravesarlo con su intensidad. ¿Cuándo había dejado de ser un mocoso mimado para convertirse en este adulto con determinación de acero¿Cuándo había dejado de ser un niño para convertirse en un oponente a su mismo nivel?

La fuerza con que sujetaba la varita se incrementó aunque su rostro no traicionó emoción alguna.

- Todavía recuerdo lo que le hizo a Dumbledore.

Él cerró los ojos, volvió a abrirlos.

- Yo también.

Esperó, entonces, el golpe final. Potter lo tenía a su merced: su varita estaba escondida entre los pliegues de su túnica, su daga, hundida en el pecho de Bellatrix. Un solo movimiento de muñeca, y Potter pondría fin a toda esta locura...

Para su sorpresa, el joven bajó la varita un par de centímetros, una máscara indescifrable ocultando toda emoción.

- Volveremos a vernos. Usted... usted tiene mucho que pagar.

Y sencillamente desapareció.

Volvió al lado de Bella. Sus ojos oscuros se habían vuelto vidriosos, su rostro ahora estaba completamente blanco. Intentó cruzarle los brazos sobre el pecho, con la pose calma de la muerte, pero el rigor mortis se lo impidió. Después de varios intentos fallidos desistió. Se conformó con acomodar los jirones negros, en un vano intento de hacerlos parecer una mortaja adecuada. Peinó con los dedos sus cabellos, ahora tiesos por la sangre seca, y rozó el frío mármol de su frente. En la muerte ella volvía a ser hermosa, aunque nadie más que él pudiese creerlo así. Descansa, Bella. Es hora.

Con una última caricia cerró sus párpados.

Elevó sus ojos hacia la cúpula, ahora resquebrajada y oscura. Sus ojos recorrieron las paredes agrietadas, las tallas destrozadas y se posaron en un vitral que milagrosamente permanecía indemne.

Se encontró mirando los rasgos contraídos por el dolor de un Cristo clavado a su cruz, una corona de espinas lacerándole la frente y ríos escarlata bajándole por el rostro. La pena del mundo entero, el sufrimiento de todas las épocas, las lágrimas de todas las tierras se condensaban en el dolor de un solo rostro contemplándolo desde lo alto. Sintió un escalofrío.

Sus ojos bajaron por el cuerpo lacerado del Hijo de Dios hasta llegar a sus pies, a los cuales lloraban desconsoladamente su madre y su discípulo. ¿Llorando la pérdida de un gran hombre, de un brillante destino para la humanidad?

No. Llorando la pérdida de un ser humano, de un hijo que alguna vez había sido niño, de un maestro que alguna vez había sido un amigo. Llorando la pérdida de una risa, de una voz, de unos ojos encendidos por la pasión, de unos labios que alguna vez habían hablado de amor...

Cuando se acercó una mano al rostro Severus Snape descubrió, no sin cierta sorpresa, que sus mejillas estaban bañadas en lágrimas.