Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 22
Nueva rutina
― Me obsesione con pagar la casa.
Bells mencionó de la nada mientras Eric se deslizaba por sí solo en la resbaladilla, se había cansado de andar en su bicicleta y ahora sacaba su energía en los juegos del parque.
― No hacía falta ―articulé― todo tendría su momento,
― Soñaba con tener un crédito hipotecario bastante alto, Edward. En esos momentos la naviera me estaba ofreciendo la oportunidad de ahorrar lo más posible y aproveché, mas nunca medí las consecuencias de mi abandono. Hice mal en querer compensar mi tiempo con regalos, lo reconozco, fue estupido de mi parte ―hizo una mueca al tiempo que cruzaba los brazos bajo su pecho sin dejar de observar a Eric.
― Puse a la venta la camioneta que te compré y nunca quisiste ―agregó―, creo que no tiene caso que esté estacionada.
― Será lo mejor.
Sus ojos café chocolate se fijaron en mí.
― Cuando reaccioné fue demasiado tarde para mí… para nosotros ―acertó en decir.
― De verdad que intenté comprender, Bells. Y fuiste testigo de que traté de ser paciente… sin embargo, tu abandono nubló mis sentidos. Aún así, creí en tus promesas, lograba ponerme en tu lugar y dejarte crecer profesionalmente, porque eras feliz y eso me hacía feliz a mí también. Estaba jodidamente orgulloso de tus logros, pero sabemos que estos no fueron días. Te juro que fueron los dieciocho meses más desastrosos de mi vida. Se convirtieron en un infierno donde tus constantes llegadas tardes y tu tiempo en la laptop dañaron mi mente ―resoplé― después llegaron mis celos, el imaginarte cerca de tu jefe y… fue más difícil todo, aunque lo que más me dolió fue que te perdías momentos con Eric. Nuestro hijo ha sido el más afectado en todo esto.
― Lo sé, no tienes idea cuantas veces le he perdido perdón a él ―exhaló hondo― estoy haciendo todo lo que esté a mi alcance para recuperar su cariño y poder tener muchos recuerdos juntos, de verdad, Edward. Te aseguro que estoy dando lo mejor de mí.
― No dudó en ningún momento que lo estés haciendo, solo te pido que cuando vuelvas a tu vida laboral no lo olvides. Nuestro hijo te necesita y… el nuevo bebé te necesitará aún más.
Hubo un silencio prolongado.
― Nunca te engañé, Bells ―sentí en la necesidad de aclarar― todas esas historias que subió Alice nunca fueron importantes para mí… así como todas las veces que llegaba borracho no andaba en ningún bar o con nadie, estaba en casa de mis padres y muchas veces afuera de su casa ni siquiera entraba.
Ella mordió su labio haciendo algunos leves movimientos con la cabeza.
― Te veías feliz con esa rubia.
― No niego que si bailé varias veces con Tanya, pero no pasó de ahí. Además también podría decir lo mismo de ti y ese compañero tuyo con el que últimamente te dejabas ver.
― Nada que ver James. Es simplemente nada.
― Bells, ¿qué pasó con tu jefe? ―Indague mientras me quedaba frente a ella y observaba su semblante― ¿por qué perdiste tu trabajo?
Bells frotó lentamente sus antebrazos.
― Desde hace tiempo pensaba dejar ese trabajo, ya no importaba para mí porque no los tenía a ustedes.
Me incliné un poco porque había rehuido mi mirada.
― ¿Qué más? ―insistí.
― Edward… no hablemos de eso…
― Bells, dime.
― Me dijo que mi lugar estaría siempre y cuando accediera con él… no volvi a verlo.
Estrellé fuertemente mi puño izquierdo sobre la pera de boxeo. No podía olvidar esa última conversación con Bells. Aún recordaba cómo le había partido la cara ese imbécil de Eleazar cuando lo busqué en su oficina advirtiéndole que no se acercara nunca a la madre de mi hijo.
En su momento me sentí hipócrita. Después entendí que era mi deber protegerla.
Negué con la cabeza.
Exhalé exhausto y removí el sudor del rostro con una pequeña toalla que pasé por mi frente y mejillas.
Removí los guantes de box. Llevaba cinco meses exactos sin faltar ni un solo día al gimnasio, asistía cada tarde después de la oficina o de mi sesión de terapia.
Porque seguía asistiendo a mis sesiones, me mantenían tranquilo y me habían ayudado a combatir mis demonios internos. Después de mucho tiempo de culpas y de reclamos mentales pude encontrar paz interior y empezar a sanar, mejor dicho, estaba en el proceso.
Había pasado mucho en cinco meses. Mis padres estaban emocionados por la nueva llegada del bebé. También pude disculparme con Charlie y ahora podía decir que seguía manteniendo una buena comunicación con él, al final, era el abuelo de mis hijos, sí, porque desde hace dos meses sabíamos que vendría otro niño.
Otro pequeño pollito a la familia.
Bells tenía siete meses de embarazo y aunque todos sus malestares habían pasado, ella estaba más cansada, pero nunca estaría dispuesta a admitirlo. Estaba empeñada en hacerse cargo de Eric, no solo le bastaba correr con él para llevarlo a la guardería sino que por las tardes lo llevaba a clases de Taekwondo.
Era admirable verla tan entregada.
Bells había vuelto a trabajar. Lo logró a las pocas semanas que se quedó fuera de la naviera y aunque mis nervios se acrecentaron la primera vez que me pidió ayuda para cuidar por horas de más a Eric, ella estaba buscando una forma de adaptarse y era tan inteligente y versátil que no le costó más que algunos días. Después de eso no volvió a requerir mi ayuda, y aunque seguíamos teniendo una custodia compartida y yo teniendo mi tiempo con mi hijo, era ella quien se hacía cargo la mayor parte de las veces de él.
Y no quiero decir que me haya vuelto un desobligado, desde luego que no. Estaba en la vida de ambos porque me tomé en serio en seguir comprando esos raros antojos que tuvo los primeros meses.
No sabía exactamente si éramos amigos, al menos trataba de estar apoyando en todo lo relacionado con nuestros hijos y la casa.
Pero yo, ¿qué fue de mí? Continué trabajando y me adapté a vivir solo, aunque no fue fácil, logré seguir en ese apartamento el que compartía con mi hijo cada quince días o cada vez que él quería pasar tiempo conmigo.
Mi vida se dividía en trabajo y mi paternidad y, de vez en cuando en salir a tomar café con Jacob, Sam o Claire. Ella se convirtió rápidamente en un apoyo emocional y una buena amiga.
― Maldito bastardo ―articuló Jacob al verme salir del gym.
Por lo general él asistía cuando era mi momento de irme a descansar. Acomodé la mochila en mi hombro y me burlé.
― ¿Irás a la fiesta este sábado? ―me preguntó―. No puedes quedar mal, es una fiesta sorpresa para Claire.
Hice una mueca.
― Antes iré a casa de Bells. Le prometí a mi hijo que iría para ayudar a preparar su fiesta de cumpleaños.
― Edward, ya pasaron malditos siete meses y sigues aferrado a estar ahí. Es tu hijo, pero no tiene porque interferir en tus decisiones, dile que tienes una fiesta y que irás otro día.
― ¡Por supuesto que no!, es mi hijo. Eric cumple cuatro años y estamos organizando su fiesta, no puedo dejarlos solos.
― ¿Te estás escuchando? Es que ni siquiera te comportas como un hombre soltero sino un hombre codependiente de su exmujer embarazada que vive metido en su casa con el pretexto de estar cerca de su hijo. ¿Hasta cuándo vas a soltar su recuerdo?
― No puedes opinar si no tienes hijos. El que Bells y yo estemos divorciados no significa que vamos a dejar de interactuar, nuestro hijo nos necesita y ambos estamos enfocados en él en su buena educación y su salud emocional, queremos que sea un niño feliz y que tenga los mejores recuerdos de nosotros con nuestro ejemplo.
Jacob rodó los ojos.
― Edward, ¿has vuelto a follarte a Bella?
―¡Vete a la mierda! ―Di media vuelta y lo dejé hablando solo.
Si él supiera todas las veces que me había masturbado con el recuerdo de ella se reiría de mí, pero no tenía porqué saberlo.
Hola, aquí está el inicio de la segunda parte de la historia, haré lo posible por volver mañana, si ustedes quieren, claro. Infinitamente agradecida con todo su apoyo, abrazos en general.
Gracias totales por leer 💔
