Uzui Tengen. Mercader, diestro en el arte de la seducción y antiguo inquilino en la cabaña. Era uno de los pocos queridos amigos de Shinobu. De vez en cuando la visitaba junto a sus mujeres, o en solitario, para traer algún obsequio o buscar mercancía.
Shinobu encontraba su compañía muy agradable, entretenida e interesante. El hombre siempre se las arreglaba para venir con algo nuevo, le suscitaba vagamente la imagen de un gitano.
La bruja apreciaba sus visitas repentinas. Al pasar la mayor parte del tiempo sola en su cabaña, cualquier compañía era un consuelo. No había que malinterpretarla, ella amaba estar sola; pero también sabía disfrutar de una buena compañía.
Justo ahora, sin embargo, no creía estar en condiciones de recibirlo como era debido.
Tenía a Giyuu en el segundo piso ardiendo en fiebre, tenía un acertijo qué resolver en su cabeza y había una gallina a medio degollar en sus manos. No estaba para visitas. Pero tampoco quería ser grosera y echarlo de la cabaña justo cuando se había tomado el tiempo para llegar hasta ahí. Shinobu sabía que llegar hasta allí no era precisamente fácil. La cabaña estaba en medio de la nada. Y Tengen era un hombre ocupado. Y si mal no recordaba, la última vez también lo había echado casi al momento de llegada.
—Tengen-san, yo—
—No lo digas, no lo digas —interrumpió el largo hombre, inclinándose hacia ella para poner un dedo sobre su labio con delicadeza. Su voz denotaba un dramatismo trágico que hizo resoplar a Shinobu—. Te ahorraré la molestia de gastar energías echándome de aquí. No vine a quedarme de todas formas, si eso es lo que te preocupa. Sólo estaba dando un paseo por el bosque... tú sabés, porque es común que una persona vague sin rumbo a través de un bosque frío y desolado. Y resulta que tu cabaña queda justo en medio de mi recorrido. ¡Oh vaya, pero que casualidad!
—Tengen-san...
—¡Y solo es casualidad que haya traído tu queso favorito! Lo voy a dejar por aquí y...
—Tengen-san, por amor a Satanás —Shinobu lo interrumpió, colocando el cuchillo sobre la mesa y el cadáver del pollo en un bol. Ambos estaban en el jardín, había gruesas nubes formándose en el cielo sumiendo el bosque en una ligera penumbra—. Ve al salón y espérame ahí un momento, ¿quieres? Permíteme terminar esto y después soy toda tuya.
Victorioso, el enorme hombre dio una distinguida reverencia y se dió media vuelta.
—Gracias, Nobu-chan —Su tono de voz ahora era el mismo de siempre, una mezcla perfectamente equilibrada de elegancia y picardía, una sonrisa de medio lado y combinación de ademanes un tantos exagerados. Era el distintivo del mago—. Estaba preocupado de que me botaras como la última vez. Me duelen las piernas de tanto caminar, así que trátame con cariño.
A las 10 mañana ambos se encontraban comiendo queso, tomate y champiñones frescos en el salón.
Tengen mantenía una expresión expectante entretanto daba pequeños sorbos a su taza humeante de menta y silbaba por lo bajo. Claramente estaba deseoso de que Shinobu abriera su bolsa de papel que había traído por obsequio. La bruja no tenía intenciones de torturarlo, así que eludió darle más vueltas al asunto, insertó ambas manos en la bolsa y extrajo el objeto con cuidado.
Era una vasija de porcelana. Shinobu detectó su peculiaridad de inmediato. La vasija estaba rota, pero había sido restaurada, unida pedazo a pedazo con un material dorado en una técnica conocida como kintsugi. Se podía decir con verla una vez que el acabado había sido tratado con dedicación y delicadeza, esa era una pieza valiosa.
Apoyada en la barra de la cocina, Shinobu se tomó su tiempo en estudiar la vasija a fondo.
—¿Dónde está tu mascota? —preguntó Tengen, rastros de humor en su voz.
—¿Cuál de todas? —cuestionó Shinobu de vuelta.
—Esa que tiene la capacidad de hacer un buen uso de su lengua —respondió Tengen astutamente, ignorando la exactitud de su malintencionado comentario.
Shinobu rió, porque era conciente de que, por "usar su lengua" Tengen se refería a la "mascota" que podía hablar, pero entonces recordó vagamente lo que era capaz de hacer Giyuu con su lengua y le emocionó saber las maravillas que esa lengua podía llegar a hacer en otras partes de su cuerpo.
—No es mi mascota. —respondió, manteniendo la compostura y centrando su atención en la vasija.
—¿Ah, no? —Tengen se hizo el sorprendido—. Bueno, en vista de tu predilección para amparar mascotas exóticas, es natural en mí pensar que esta persona (que no es tu mascota), al menos debe contar con alguna peculiaridad especial. De lo contrario, no estarías tomándote la molestia de matar a tus gallinas para alimentarlo.
Shinobu asintió, era un buen argumento. Ese hombre la conocía bien.
—Es un hombre lobo.
—¿Oya? —Tengen alzó sus cejas, aunque mostraba cierto asombro, el hombre claramente había estado esperando una confesión de esa índole—. Extravagante. ¿Cual es su nombre?
—Eso es algo que sabrás a tu debido tiempo, querido —Shinobu respondió sin alterarse, comprobando el peso de la vasija en sus manos. Ninguna bruja en su sano juicio entregaba a la ligera algo tan valioso como el nombre de una persona preciada. Shinobu confiaba ciegamente en Tengen, pero sabía lo que el mago era capaz de hacer con ese pequeño pedazo de información y para ella era mejor prevenir que lamentar—. ¿Cuál es la historia tras esta vasija? No creo que hayas traído oro a esta cabaña sin una buena razón. Sabes que mis demonios aborrecen el oro, cariño.
—Me encanta cuando me dices "cariño" —Tengen pasó su larga lengua al rededor del borde de la taza. En cualquier otro hombre aquella acción se habría visto repugnante, pero en Tengen lucia sumamente seductora—. Me dan ganas de hacerte mi esposa.
—Ya tienes tres esposas.
—No me quejo si tú eres la cuarta.
—Se acaba el tiempo de visita, cariño —cortó Shinobu, señalando la pieza de porcelana—. ¿Que es esta vasija?
—Si lo que tienes arriba es un verdadero hombre lobo, entonces deberías estar agradecida de que lo hice de oro y no de plata —señaló Tengen—. Por cierto, no es oro. Es bronce.
—¿La hiciste tú mismo? —Shinobu volvió su atención de golpe a la vasija. Ahora que era conciente de ese pequeño dato, podía ver el objeto con nuevos ojos—. No sabía que eras bueno en kintsugi. Es una práctica que requiere tiempo, paciencia y precisión... cualidades escasas en tí.
—Tuve un sueño sobre tí —Tenten comenzó a relatar—. No fue un sueño húmedo, si eso te preocupa. Fue uno en el que apareció una vasija rota, y se me fue ordenado que la reparara y te la entregara. Cuando desperté, encontré esa vasija rota en el suelo de mi salón. Pertenecía al abuelo de Hinatsuru, fue un presente traído de Tailandia. No entiendo la razón de mi sueño, pero intuí que quizás tú sí sabrías su significado, y por eso te lo traje. ¿Tienes alguna idea?
—El kintsugi es el arte de restaurar lo que se cree irremediablemente dañado, de apreciar la belleza en lo imperfecto y roto, de exteriorizar dicha belleza. Las fisuras le otorgan un encanto único a cada restauración—Shinobu acarició la superficie de la vasija, las grietas rellenadas con barniz de resina dorada emulaban a un relámpago surcando el cielo nocturno. Era un patrón único puesto que dos vasija no podían quebrarse del mismo modo—. Refleja una historia de declive y superación. Intenta expresar que, de un evento desafortunado (en este caso, la pieza rota) se puede obtener una obra de arte.
El kintsugi podía interpretarse de muchas formas, tenía muchos simbolismos. Si Shinobu adaptaba su significado a la situación actual, la vasija rota era Giyuu, y ella era el artesano que intentaba restaurarlo y convertirlo en algo hermoso.
—Me alegra haber ayudado —expresó Tengen, porque aunque Shinobu no lo dijo explícitamente, observando su reacción él debió intuir que el simbolismo entorno a la vasija había aclarado algunos de sus conflictos internos—. Voy a dejarla en el santuario. Confío en el juicio de Kanae-chan a la hora de escojer un buen lugar fuera del alcance de los niños.
—No mantengas tus expectativas tan altas.
Tengen se puso en pie al terminar su segunda taza de menta y devolvió la vasija a su bolsa.
Así como venía de imprevisto, el mago no solía quedarse en la cabaña por mucho tiempo. Vivir del comercio, tener tres esposas y tres hijos no le dejaba a un individuo como él mucho tiempo disponible.
—Son las 3:33. ¡Mira que momento más oportuno para partir! —dijo, señalando al viejo reloj de pie inglés junto a la puerta. El reloj en realidad no funcionaba, el pobre llevaba casi una década detenido a las 3:33, Tengen nunca perdía la oportunidad de bromear al respecto. Como ella tenía su reloj de bolsillo, no se había visto en la necesidad de repararlo, pero ya iba siendo hora de que lo pusiera en funcionamiento otra vez antes de que se volviera un zorigami.
—¿No quieres conocerlo? —preguntó Shinobu antes de verlo marchar.
Tengen detuvo su andar y antes de salir por la puerta, le lanzó una mirada airada.
—Nobu-chan, nunca te había visto tan viva antes —Tengen se volvió hacia ella y la miró desde cerca, inclinándose exageradamente hacia abajo para poder quedar a la altura de su cara y juzgarla apropiadamente—. Prácticamente irradias pasión. Me extraña que lo preguntes. La verdad me estoy muriendo por conocer al motivo de esta nueva Shinobu. Pero, como bien debes saber, hoy no es el día. Hace poco fue luna llena, y debo suponer que sus heridas apenas están en proceso de sanación. Si voy a conocer al lobo, debe ser en condiciones adecuadas.
—Gracias.
—No me agradezcas con palabras —Tengen se acercó aún más a su rostro, dejando sólo una separación de pocos centímetros entre ambas narices. Shinobu confiaba en él, así que no hizo el intento de alejarse—. Mejor vamos a besuquearnos en tu alcoba.
—Temo que mi lobo detecte tu aroma en mis labios —susurró Shinobu, sonriendo complacida al ver la vacilación en el rostro del mayor—. Y no queremos que mi lobo te odie antes de conocerte, ¿verdad?
Tengen se separó, borrando su sonrisa pedante ante la idea de ganarse el odio de un hombre lobo. Además, Tengen podía llegar a ser extremo con sus comentarios e insinuaciones, pero no era la clase de persona capaz de tocar a alguien sin consentimiento.
—Por cierto, ¿Gyomei-san sabe sobre la existencia de tu lobo? —preguntó Tengen, sacando acotación otro tema que tenía a Shinobu absorta en sus propios pensamientos—. Temo decirte que ese grandulón será una potencial amenaza para él. Además, sí hay uno, entonces es posible que haya una manada.
—He tomado en cuenta ese detalle, pero no parece ser el caso —señaló Shinobu, bajando su voz como si la información a punto de compartir fuera clasificada y temiera que algún fisgón pudiera escucharla—. Al menos no en Minakami-Mori. Tampoco han habido asesinatos sospechosos en las últimas lunas llenas. Y mi lobo no tiene ninguna cicatriz de mordida en su cuerpo, lo que sugiere que quizás no sea hombre lobo a consecuencia de una mordida.
—Entonces debe ser su descendencia —Tengen se inclinó ligeramente hacia ella y también habló con secretismo—. Puede que haya heredado la licantropía de un antiguo antepasado licantropo adentro de su línea familiar.
—En ese caso, tuvo que haber un detonante —meditó Shinobu. Necesitaba su cuaderno de anotaciones, pero no recordaba dónde lo había dejado—. Él empezó a sufrir las transformaciones a finales del año pasado. No creo que después de vivir una vida normal, de la nada, una noche simplemente se haya transformado porque sí.
Tengen sólo requirió un par de segundos para conjeturar una teoría:
—Pudo ser el trabajo de algún mago, o bruja —indicó, adoptando una pose pensativa igual que ella—. ¿Sabes cuándo fue su primera transformación?
—5 de octubre.
—Mes Samhai, Luna Llena del Cazador —intuyó Tengen—. Es el momento perfecto para realizar esa clase de rituales, Nobu-chan.
Shinobu abrió grande sus ojos ante la nueva posibilidad sobre la mesa.
—¿Sugieres que... a él lo convirtieron adrede en hombre lobo?
Tengen asintió. Era sólo una teoría, pero si resultaba ser cierta, entonces existía una persona con objetivos los suficientemente macabros cómo para necesitar transformar a Giyuu en hombre lobo.
—Se requiere cierto nivel en Alta Magia para despertar la sangre licantropa dormida de una persona, pero es posible —declaró el mayor—. No se trataría de cualquier mago o bruja. Sería alguien poderoso... y maligno.
Shinobu asintió. El pensamiento le provocó un escalofrío por la espalda.
—Vendré para Litha junto a Makio —Tengen volvió a su tono de voz normal. Solventadas sus dudas por los momentos, el hombre se despidió de Shinobu para emprender su viaje de regreso a la ciudad—. Ya sabes lo mal que se pone su celo en el solsticio de verano.
—Para entonces también tendré tus aceites esenciales. —Shinobu lo despidió desde la barra.
—Eso espero. Ah, Nobu-chan. —Antes de cruzar el umbral de la puerta abierta, Tengen se detuvo para mirar a Shinobu de soslayo—. Si el lobo te asesina, yo lo asesinaré a él. Lo mataré mil veces peor. Así que, si realmente lo quieres, no dejes que te mate.
capítulo 10
Flores para la Abeja Reina, pt. 1
Lo bueno de las personas temerarias como Shinobu, era que perseguían sus objetivos a cualquier costo y no descansaban hasta alcanzarlo. Pero como todo, ser temerario también tenía sus inconvenientes. La línea entre lo prudente y lo peligroso se desvanecía, la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto se difuminaba, y esto era lo que le hacía pensar a Shinobu que quizás debía, por esta vez, dejar a un lado su impulsividad y razonar bien los pros y los contras antes de tomar una decisión definitiva.
No se trataba solo de ella, su decisión también afectaría a Giyuu.
A todo esto, la condición de Giyuu no había mostrado evolución favorable. El día posterior al delicioso besuqueo en el sofá, Shinobu se había despertado bañada en sudor, con la tela del vestido adherida a su cuerpo como una segunda piel. A su lado, Giyuu respiraba con dificultad y estaba tan caliente como una chimenea encendida. Puesto que prácticamente rozaba la hipertermia, Shinobu se había visto en la obligación de despertarlo -cosa que no había sido nada sencilla, gracias al alto dopaje de la noche anterior- para lanzarlo en la tina y obligarlo a ducharse con agua helada.
El hombre había seguido con fiebre y dolores intensos después de eso, necesitando ser sedado constantemente. Los antibióticos eran inútiles. Ninguna hierba era eficaz. Era la primera vez que Shinobu contemplaba la ineficiencia de sus remedios, y era frustrante.
Algo quedaba muy claro con todo esto: las heridas causadas por armas de plata eran muy perjudiciales para los hombres lobos. ¿Querías exterminar a un hombre lobo? Simple, debías atacarlo con plata. Afortunadamente el cuchillo de Shinobu no había alcanzado ningún órgano vital, de lo contrario habría sido fatal para Giyuu.
El pobre pasó tres días enteros tumbado en cama, debilitado y sin mejoría.
Justo cuando Shinobu estaba considerando seriamente trasladarlo a un hospital, la solución vino a ella implícita en un libro sobre criaturas mitológicas: carne. Giyuu lo que necesitaba para estimular la cicatrización de su herida era ingerir abundante carne.
Así pues, los siguientes dos días, Shinobu se puso manos a la obra: sacrificó dos de sus gallinas para la causa, cazó tres liebres, un pato y una iguana embarazada. Según el libro, lo ideal era darle a ingerir carne humana, pero por obvias razones Shinobu sólo pudo conseguirle animales.
Fue emocionante volver a sus viejas prácticas. Revivió la época de cuando había estado recién llegada en la cabaña y había querido vivir la experiencia de usar sólo los recursos del bosque para subsistir. Ahora, cuatro años después, Shinobu prefería mandar a comprar el paquete de fideos y la botella de aceite en el Seven-Eleven.
Durante el riguroso periodo de recuperación, Shinobu preparó consomé de pollo, estofado de liebre, pato a la naranja, ensalada con huevo de iguana, y un ramen de hongos con el sobrante de todas las carnes. Debido a que Giyuu siempre devoró con entusiasmo todo el contenido de su plato, al cabo de unos días finalmente mostró una evolución favorable. Todavía exigía analgésicos para sus dolores de espalda, pero la infección había desaparecido y la herida estaba cicatrizando rápido. Shinobu se moría de la vergüenza cada vez que recordaba lo cerca que había estado de mandarlo a un hospital. Como si unos simples doctores tuviesen una idea de cómo lidiar con las heridas de un hombre lobo.
Durante la convalecencia de Giyuu, Shinobu había tenido tiempo suficiente para pensar. Pensó en el peligro que implicaba volver a lidiar con el hombre lobo en la próxima luna llena. Tomó en cuenta el poder que tenía la plata para usarse como protección, pero también estudió el daño potencial que le causaba a Giyuu, y era esto último lo que le hacía aborrecer completamente su uso. También debía de tener en consideración la voluntad del propio Giyuu. Aunque saltara a la vista que el hombre no quería irse de la cabaña, también se le veía culpable por haberla herido y muy temeroso de llegar a ocasionarle un daño peor durante la próxima luna. Si el hombre tomaba la decisión de irse, ella no lo detendría. En lo que más pensaba Shinobu, sin embargo, era en un escenario dónde ella pudiese encontrar una solución para el problema de Giyuu y liberarlo de su tormento.
No parecía algo imposible. Después de todo, la licantropía era una especie de maldición, y como tal, podía romperse. O eso era lo que ella intuía por lógica, puesto que todavía no conocía una maldición que no pudiera ser liberada con los métodos indicados. Era cierto que no había registros de alguien que hubiese podido dejar de ser hombre lobo una vez infectado, pero igual seguía habiendo muchas cosas desconocidas sobre la licantropía. Giyuu podía ser esa gran excepción, y ella estaba dispuesta a hacer lo necesario para descubrirlo.
—En vez de estar ahí jugando con tus piedritas, deberías ayudarme aquí con esto —Giyuu protestó, no muy lejos de ella. Estaba sobre un gran trozo de madera rectangular. Metro en una mano, lápiz y martillo en la otra—. Tú eres más fuerte y precisa de lo que aparentas.
Shinobu estaba tranquilamente sentada en la mesa del jardín, depurando sus cuarzos con sal negra y agua de luna llena, y tomando una de sus bebidas favoritas: tintura de belladona. Tenía un efecto más moderado que el de la adormidera y trabajaba bien para aliviar el dolor de su brazo. Siempre hervía las raíces junto con valeriana para aliviar sus cólicos menstruales. Lo malo era que sus pupilas se dilataban y la luz del día le empezaba a molestar. Era una planta para tomar preferiblemente en las noches.
Mercurio estaba haciéndoles compañía. Se estaba alimentando de un gran bulto de alfalfa.
Hacía algo de frío ese día, así que Shinobu estaba vistiendo una túnica oscura. Giyuu parecía no tener problemas con el clima; por lo visto el hombre soportaba muy bien las bajas temperaturas.
—No todos tenemos el súper poder de cicatrización licántropa que tienes tú, Tomioka-san —Shinobu le mostró su brazo vendado—. Mi pobre brazo aún sigue convaleciente.
En parte era verdad, su herida dolía cuando hacía mucho peso. Pero en gran medida estaba siendo exagerada. Ella soportaba bien el dolor. Y, de todas formas, si había podido cazar con la herida en su brazo derecho, bien podía ayudar a Giyuu y ser cuidadosa. Pero ese día no estaba de humor para agacharse y martillar, sólo para tomar aire fresco mientras observaba a Giyuu trabajar desde lejos.
—Si no quieres que la bestia te hiera también el izquierdo, y de paso, te arranque la garganta, entonces ve y pásame los clavos —señaló, incorporándose sobre la madera para observar su avance. Shinobu no le encontraba todavía la forma de una puerta, pero Giyuu apenas estaba comenzando y ella sabía que esas cosas al principio nunca se asemejaban al resultado final—. Ésta puerta es para tu jodido sótano y será la única cosa que te protegerá.
A Shinobu le alegró que Giyuu ya no se viera afectado por las bromas relacionadas a su brazo. Unos días atrás no podía ni siquiera ver su vendaje sin caer en depresión. Shinobu sonrió por eso.
—¿Y quién se supone que jodió la puerta de mi jodido sótano?
Giyuu titubeó.
—No me acordaba que había una llave de emergencia en la cocina —murmuró, regresando su atención a la madera—. Sabía que estabas adentro, pero por más que te llamaba, no respondías. Sólo quería salvarte, malagradecida.
—¿Y qué hay de mis preciosos vinos? Dudo que hayas requerido consumirlos para poder salvarme —Shinobu recordó la sorpresa que se había llevado cuando fue a buscar un vino para cenar, y no encontró ninguna de sus botellas. Incluso el viejo y barato sake de arroz artesanal se había ido. Enterarse que se los había bajado precisamente él, aumentó la conmoción—. ¿Cómo vas a pagarlos? Esos eran vinos finos, Tomioka-san. Espero que los hayas saboreado como es debido, al menos.
Giyuu produjo un chasquido.
—Por eso me ofrecí a arreglarte la puerta.
—Nop, una cosa es la puerta, que tú mismo destrozaste, y que, por lógica, tú mismo debes arreglar, y otra cosa son los vinos —aclaró Shinobu refinadamente. En realidad el vino le importaba muy poco, era el hecho de fastidiar a Giyuu lo que la entretenía—. ¿Cómo me recompensarás por la perdida de mis vinos?
—Kochou, suéltalo —espetó el hombre, marcando puntos en la superficie de la madera con la ayuda del metro plegable. No se veía amedrentado, sino más bien resignado. Ahora que sabía su apellido, no paraba de llamarla Kochou, quizás pensando que esto le fastidiaba—. ¿Qué es lo que quieres que haga para recompensarte? Me extraña que le des tantas vueltas al asunto.
—Ara, ara. Que impaciente —canturreó Shinobu animadamente. Tomó una pausa para meditar su sanción y aprovechó la ocasión para hacer un despliegue de sus buenos dotes actorales. Fingió encontrar la tarea complicadísima, y, al final, lanzó un exagerado suspiro—. Me vendría bien un masaje.
Notó cómo ambas cejas de Giyuu se alzaban de la sorpresa.
—Es un buen arreglo. —dijo, luego del shock inicial. Shinobu se sintió complacida con su respuesta.
—¿Te impresioné?
—Sí. Esperaba algo más complicado... cómo, no sé, ayudarte a invocar al diablo o algo así. Pero un masaje es... bien. Es algo que puedo hacer —A pesar de sus palabras, Giyuu denotaba cierta agitación—. ¿Dónde lo quieres?
—En todo el cuerpo —Encogió sus hombros, como si no fuera la gran cosa—. ¿Te sigue pareciendo fácil?
—Bueno, es un simple masaje.
Giyuu al fin mostró signos de inquietud. Aunque quisiera aparentar tranquilidad, claramente la sentencia lo había sobrecogido. Incluso Shinobu titubeó un poco. ¿Había sido muy precipitada proponiéndole eso? Desde aquel besuqueo exquisito en el sofá no habían hecho más nada. Ya iba siendo hora de que Giyuu bajara la guardia. Últimamente Shinobu lo notaba tenso, inseguro. Ella sólo quería hacerlo sentir bien, no lo contrario.
—¿Cuando lo quieres? —preguntó él de pronto. La pregunta la desestabilizó.
—Oh, no es necesario que sea pronto. Cuando te sientas preparado.
—Kochou, es un masaje. No se necesita estar preparado para dar un simple masaje.
—En tal caso, házmelo ahora mismo. —Shinobu se puso en pie. La impresión que causó fue suficiente para que Giyuu casi perdiese el equilibrio. Incluso Mercurió giró la cabeza hacia ellos, interesado en el asunto.
—¿Aquí?
—Sí, aquí —Shinobu asintió contundentemente—. Sobre la mesa.
Giyuu se le quedó mirando, enmudecido, los labios ligeramente separados.
Pero después no sucedió nada.
Shinobu rompió el silencio con una carcajada, y luego Giyuu la imitó.
—Estás loca, mujer. —dijo él, volviendo a su trabajo.
Shinobu regresó a su silla y Giyuu continuó tomando las medidas y marcando líneas. A partir de ese momento no pudo dejar de sonreír, todo aquello se sentía cálido, agradable, simbólico. Todo muy doméstico y saludable, casi como una familia.
El aire estaba saturado con el aroma a flores silvestres, la primavera estaba en su apogeo. A pesar de que la brisa er fría, el cielo estaba despejado y el sol brillaba con fuerza; ese podía ser un día perfecto para un buen picnic. Quizás debía organizar uno, con Kanae y todo su batallón de infantes, aprovechando que estaban en la última fase de floración de cerezos antes de que iniciara la temporada de lluvia.
Mientras soñaba despierta, una fuerte ráfaga de viento tumbó varias herramientas y movió las copas de los árboles con fuerza, produciendo el murmullo de las ramas chocando entre sí.
Shinobu alzó la mirada al cielo y ensanchó su sonrisa. El viento trajo consigo al polen y el presagio de un acontecimiento afortunado.
Suzu aterrizó pesadamente sobre la silla adyacente y desplegó sus alas una última vez antes de guardarlas.
—Aquí estás, preciosa —la recibió Shinobu amorosamente, levantándose para saludarla como era debido. Mercurio, que se llevaba bien con el buitre, también pasó a saludar—. ¿Donde estuviste todo este tiempo? En la cocina tengo un par de ardillas para ti.
—Ella también tiene algo para ti —señaló Giyuu.
Era cierto. Suzu traía en su arnés una carta con su nombre escrito. Probablemente había llegado al santuario, y Kanae -o Sumi, que junto con su hermana eran las únicas que no les temían a Suzu- la había reenviado por medio del buitre.
Shinobu tomó el sobre con cuidado y buscó el nombre del remitente. Sólo ponía "para Kochou Shinobu", pero viendo el logo del lacre ella fue capaz de reconocer su proveniencia.
Era de un viejo amigo de la preparatoria. Gratamente sorprendida, pero más que todo curiosa, Shinobu comenzó a leer su contenido. Requerían de sus conocimientos para romper una supuesta maldición echada sobre una casa familiar, y prometían una cantidad generosa de dinero. No hubo necesidad ni de meditarlo. Shinobu llevaba mucho tiempo sin salir del bosque y precisamente tenía días tomando en consideración la idea de ir a la ciudad para buscar más información sobre los hombres lobos. Tenía que salir del bosque para ampliar sus investigaciones, y podía matar dos pájaros de un solo tiro con aquella comisión.
Shinobu quitó la atención de la carta y giró hacia Giyuu. El hombre estaba mirándola con tanta expectativa que terminaba resultando tierno.
—Olvídate del masaje —sonrió, ingeniosa—. Encontré una mejor forma de que pagues por los vinos.
Era una lástima, porque Shinobu en verdad quería ese masaje, pero si no los hubiese sacrificado, Giyuu se habría opuesto rotundamente a acompañarla. Para ocasiones como esas, era que podía utilizar a favor ese orgullo testarudo de él.
Si bien no podía negar que Giyuu tenía sus buenas razones para no querer salir de la cabaña, tampoco aprobaba la necesidad de recluirse como si estuviera pagando una condena. Existían métodos de distracción que funcionaban muy bien para evitar llamar la atención, había pelucas, maquillaje, trajes, lentes de sol. Había muchas maneras de pasar desapercibido. Y tampoco era como si Giyuu fuera un prófugo de carácter internacional; no debían de haber muchas personas allá afuera con el objetivo de mandarlo a la cárcel. Shinobu había hecho sus investigaciones, y había descubierto que ni siquiera existía una recompensa para quienes lo vieran en la calle. Ante los ojos públicos, Giyuu era apenas un sospechoso. Bueno, el principal sospechoso, sí, pero no el culpable absoluto de los asesinatos. Aunque, técnicamente, sí era el culpable, pero eso el mundo no lo sabía.
Temprano en la mañana siguiente, ambos partieron hacia la ciudad, pero antes hicieron una pequeña parada en el santuario para reponer fuerzas, y, en el caso de Shinobu, tomar una ducha y quitarse el sudor y la tierra de la caminata.
—¿Entonces lo de ustedes sí va en serio? —fue lo que indagó Sanemi, con ese gesto de asco que era tan natural en él, al verlos verlos cruzar el umbral del comedor. Pero lo que sea que hubiese querido insinuar con eso de "ir en serio" quedó opacado por el hecho de tener a su hija colgando del torso en un portabebés como si fuera una mamá canguro. Shinobu estalló en risas, contagiando a la pequeña Chikara. Se veían tan adorables que lamentó no tener una cámara fotográfica en sus manos.
Tanto Giyuu cómo Sanemi la miraron como si se hubiese vuelto loca.
—Por cierto, ¿Tienes una amoladora que me puedas prestar? —consultó Tomioka por sobre las risas, desviando astútamente la atención de la pregunta anterior—. Estoy, um, haciendo unas reparaciones en la cabaña con unos trozos de madera que encontré en el ático, pero me hacen falta varias herramientas.
—Muy bien, colega —dijo Sanemi, recuperando su interés—. Tengo algo que puede servirte. ¿Qué es exactamente lo que estás reparando?
—Una puerta...
Habiendo surgido un tema de interés mutuo, Giyuu y Sanemi-canguro se dirigieron a otro salón sumidos en un cordial intercambio de información. Kanae, que había sido testigo de todo el espectáculo, los vio partir, complacida.
—Me fascina lo bien que se llevan.
Shinobu escuchó la suave voz de su hermana, pero fue incapaz de prestarle debida atención por estar distraída con el dulce aroma a miel que había en el aire y por la sensación inequívoca de estar siendo observada.
Los santuarios siempre la hacían sentir abrumada. Eran sitios de culto que mantenían altas concentraciones de energías desestabilizantes, tanto de luz como de oscuridad, y para ella, que tenía la facultad innata de canalizar la magia a su alrededor, sólo permanecer un momento en ese tipo de lugares era agobiante. Allí iban más que todo personas que padecían de algún mal para implorar sanación a sus dioses. Tantos lamentos ocurridos en un mismo lugar cargaban el sitio con vibras pesadas. Las emociones estaban estrechamente relacionadas con la Alta Magia, los lugares donde se experimentaban esas emociones normalmente quedaban afectados, convirtiéndose en foco de malas energías, plagas mágicas y espíritus malvados. Por otra parte, Shinobu trabajaba con la ayuda de demonios. Siendo éstos criaturas contrarias a los dioses santos -Dioses del Cielo u Olimpo-, los demonios -o Reyes del Infierno- aborrecían todo lo que tuviera que ver con ellos: las cruces, el oro, el agua bendita, y las iglesias o templos.
De cualquier modo, mientras menor fuese el tiempo que pasara ahí, para Shinobu era mejor. Y esto al fin y al cabo era una lástima, porque Shinobu amaba pasar tiempo con todos ellos.
—¿Estás escuchando lo que te digo? —Kanae produjo un chasquido con sus dedos, y como si se tratara de magia, Shinobu despertó. Evidentemente tenía la cabeza en otra parte y no había escuchado ni la cuarta parte de lo dicho por su hermana.
—Disculpa, Kana. Me distraje un poco. ¿Qué me decías?
—Ujum —Kanae se cruzó de brazos. Quiso parecer molesta, pero esa sonrisita imposible de reprimir delataba sus verdaderas intenciones—. Me pregunto quién te tendrá así de distraída...
Ara ara. Y ahí estaba la insinuación implícita. Shinobu ya estaba comenzando a preguntarse cuando la soltaría.
—¿Era sobre mí de lo que estábamos hablando?
—Sobre ti —Kanae lanzó una mirada sugestiva hacia el camino por donde los hombres habían desaparecido anteriormente—. Y sobre otra personita.
Sutilidad cero, paciencia cero.
Shinobu apostaba lo que fuese a que todos en el santuario ya debían estar haciendo sus apuestas y especulaciones sobre la relación entre ella y Giyuu.
—No quiero desilusionarte —aclaró—, pero me temo que entre Oukami-san y yo sólo hay una muy buena amistad. Todavía no somos nada.
"Todavía", porque, en vista de los coqueteos y de la tensión reciente, era solo cuestión de tiempo para que algo serio ocurriese entre los dos. Y ella no estaba cerrada a las posibilidades, pero todo a su debido tiempo. Ahora la prioridad era buscarle solución al problema lunar. Después ya tendrían tiempo para comprobar si eran compatibles, o no.
Shinobu delineó una sonrisita.
—¿Sabes que esa sonrisa perversa te delata? —aseveró Kanae con suspicacia—. Oh, vamos, Nobu-chan, dime si ya se besaron o no.
¡Sutilidad -1, paciencia -1!
Shinobu sonó su garganta.
—Bueno, sí —confesó sin mucho rollo, y para compensarla por haberle ignorado anteriormente, le desembuchó todos los acontecimientos que ella y Giyuu habían hecho en el sofá días atrás.
—¡Noooo, pervertidos!
—Y después me subió a su cuarto, en brazos.
—¡Oh my gosh! —Kanae no podía dejar de lanzar exageradas exclamaciones de emoción. Esa mujer amaba las novelas de romance—. ¿Entonces lo hicieron?
—Me hubiese gustado, pero no —Shinobu optó por suprimir la parte en la que estaban anestesiados con adormidera y mandrágora, porque Kanae no aprobaba el uso lúdico de las hierbas, y porque Shinobu no quería desviarse del tema para explicar la procedencia de su herida en el brazo—. No hizo falta hacerlo. Esos besos fueron más que suficientes.
—¡Dios mío! ¿Así de bueno eran?
—Sí. Besa muy bien.
—¡¿En serio?! Pero no da la sensación de saber besar.
—Créeme que sabe lo que hace y es muy bueno.
—Dios mío. Buen provecho, hermana.
—Y las cartas me dijeron que seré la madre de sus hijos.
—¡Provecho, hermana!
Era miércoles y todos los niños estaban en el colegio. El nuevo ciclo escolar había comenzado temprano ese año.
El santuario estaba sumido en un profundo silencio, uno que sólo era perturbado por las campanadas de los visitantes. A Shinobu le hubiese encantado quedarse a charlar con Kanae todo el día, pero tenía trabajo que hacer.
Dejó de obsequio un paquete con diferentes hierbas y flores, todas de su cosecha más reciente, y buscó a Giyuu para partir a la ciudad.
Sólo permanecieron media hora más en el santuario antes de despedirse de los que estaban. Había muchas cosas por hacer y poco tiempo disponible.
Antes de llegar a los torii, cuando estaban caminado frente al altar de los dioses, Giyuu se detuvo un momento para juntar las manos y hacer una breve reverencia. Shinobu alzó ambas cejas y dijo suavemente:
—Ara, ara.
—¿Qué? —Giyuu frunció el ceño.
—¿Crees en los dioses?
—Lo hago por costumbre, Kochou. —espetó hostilmente, ladeando la cabeza para ocultar su rostro con el flequillo. El hombre no hacía aquello desde sus primeros días en la cabaña, y Shinobu no pudo evitar sentirse mal por hacerlo sentir incómodo. No había hablado con el objetivo de cuestionarlo. Lo suyo había sido una autentica pregunta, porque desde todo el tiempo que llevaba conociéndolo, no le había visto ninguna conducta religiosa. De hecho, todo lo contrario: Giyuu siempre se había mostrado abiertamente escéptico, casi cayendo en la doctrina atea.
Para no arruinar más su humor, Shinobu permaneció callada. Ambos salieron de los terrenos del santuario y bajaron las escaleras en silencio.
Giyuu estaba vistiendo un pantalón de mezclilla, una camisa de vectores y una chaqueta de cuero. Shinobu le había cortado el cabello por sobre los hombros y había logrado que luciera ondulado con ayuda de la savia de linaza. Eso, más los lentes de sol le hacían lucir como una estrella de rock. Shinobu se sentía muy complacida con el resultado final, pero Giyuu seguía manteniéndose en constante estado de alerta.
Ella cargaba un simple vestido corto de color negro, una túnica negra que cubría muy bien el vendaje en su brazo, un collar de estaño con la figura del planeta Júpiter colgando del cuello, finos guantes de seda, medias altas de rayas y un sombrero negro que le daba sombra hasta los hombros.
Su destino no estaba muy lejos. Sólo eran quince minutos en autobús y otros diez de caminata liviana, una zona alejada para una persona normal, pero no para ellos, que estaban acostumbrados a caminar largas distancias.
Puesto que no estaba en sus planes pasar la noche en aquella casa, Shinobu sólo llevaba lo necesario para la ceremonia, eso en un bolso que Giyuu se había ofrecido a llevar. Su objetivo era llegar, romper la maldición e irse. Regresar al bosque ese mismo día era la prioridad, ella quería dormir en su cama a cualquier costo. Además, no le gustaba descuidar la cabaña por mucho tiempo.
Atravesaron un extenso parque central que parecía un bosque miniatura y pasaron un puesto de soba, que a esas horas de la mañana se mantenía cerrado. Pronto fueron capaces de divisar su destino. La casa era amplia y resaltaba por su elegancia y pulcritud, desde afuera mostraba un bonito estilo sukiya.
Ni bien ambos llegaron, Shinobu sintió una fuerza jalando de ella hacia adentro de la casa. Fue tan repentino que no pudo evitar soltar una exclamación de sorpresa.
—¿Sentiste eso? —preguntó, con fascinación en su voz. Para su sorpresa, Giyuu también parecía perturbado por algo.
—¿Te refieres al olor? —titubeó, como embelesado—. Me es familiar. Creo que lo he olido en el bosque. Es un aroma fuerte. Algo dulce, como a miel, pero más embriagador.
Shinobu no se refería al olor, pero agradeció y guardó esa información. El hombre no era sensible para detectar actividad sobrenatural, pero sí lo era para percibir olores. Su problema lunar -así Shinobu había decidido decirle a la licantropía- le aportaba la facultad de tener sentidos desarrollados, principalmente el olfato.
Ambos avanzaron hacia el frente de la casa. Después de transitar un lindo jardín, llegaron hasta la puerta principal y apretaron el timbre. De inmediato los recibió el dueño de la carta, la persona que los había citado.
—Un placer volver a verte, Ziggy-kun.
El aludido saludó a ambos con una profunda reverencia. Emanaba un aire prodigioso, como el del patrón de una casa, ataviado en un kimono negro y un haori de vectores negros y blancos.
—Tenía años sin escuchar ese apodo —confesó el hombre animadamente—. Gracias por haber venido, Nobu-san.
El hombre de pie frente a ellos se llamaba Iguro Obanai. No era muy alto, pero lo que le faltaba en tamaño le sobraba en presencia. Lo más llamativo eran sus ojos. Obanai tenía la peculiaridad de padecer heterocromía total del iris, tenía un ojo verde y otro dorado. Hermosísimo. Una vez lo mirabas, no podías apartar tu vista de él.
Después de compartir un breve abrazo, Obanai volcó su atención en Giyuu. Ambos eran semejantes en el sentido de no reflejar sus emociones. Según Shinobu lo recordaba en la preparatoria, Obanai siempre había sido un chico reservado y evitado por sus compañeros debido a su cara de pocos amigos. Desde aquella época hasta ahora, Obanai no había cambiado prácticamente en nada. Seguía teniendo este aura grisácea y este ademán retraído, y por la mascarilla facial que traía puesta, Shinobu podía intuir que todavía no superaba su inseguridad por las cicatrices en su boca. Algo desafortunado, porque para Shinobu lo más precioso que tenía Iguro, aparte de sus ojos, eran sus cicatrices.
—Este es mi, um, ayudante —indicó ella, señalando a Giyuu—. Se llama, um... Jimmy. Jimmy Page.
Evitó mirar el rostro de Giyuu mientras lo presentaba. Estaba segura de que si lo veía, no sería capaz de aguantar la risa. Obanai alzó una ceja, mostrándose suspicaz.
—¿Como el guitarrista de Led Zeppelin?
—¡¿Acaso no son igualitos?! —clamó Shinobu, complacida. A ella le encantaba que reconocieran sus referencias, y sabía que Obanai, siendo un amplio conocedor de la cultura rock, no tardaría en reconocerla. Se giró hacia Giyuu, y, aunque el hombre no manifestaba ninguna emoción en particular, ella no pudo contener su risa—. Jimmy, te presento a Ziggy Stardust. Íbamos a la misma preparatoria, pero en años distintos. Él era dos años mayor que yo, pero pertenecíamos al mismo Club.
Los dos hombres se brindaron una breve inclinación de cabeza.
—En realidad me llamo Obanai —le aclaró a Giyuu—. Y dado el historial de apodos que Nobu-san suele dar a sus amigos cercanos, debo suponer que "Jimmy Page" no es tu verdadero nombre.
—Me llamo Oukami Gichii. —Se limitó a decir Giyuu. Shinobu pudo aseverar que estaba de mal humor.
Una vez culminada las presentaciones, Obanai los invitó a pasar.
A Shinobu le pareció curioso que aquella fuerza extraña, la que había tirado de ella minutos atrás, hubiera desaparecido justo al momento de poner un pie adentro del lugar. No daba la sensación de ser un sitio afectado por un maleficio. De hecho, no percibía nada malo.
El tatami de la recepción se sentía cálido bajo sus pies, y en el aire estaba presente un fuerte aroma a flores. Cuando un lugar era maldecido, solía presentar un aire frío y olores desagradables.
—Mi tía estaba ansiosa por que llegaras —aseguró Obanai, pero la señal inequívoca de angustia en su voz hacía pensar que quizás era él quien más ansioso estaba por su llegada. Mientras hablaba, los conducía por los pasillos de la amplia morada—. La pobre perjura que los vecinos le echaron una maldición a la casa. Bueno, para ella, todos nos tienen envidia.
Anduvieron por los pasillos pulcros de la casa, pasando de largo cuatro habitaciones, y se detuvieron súbitamente frente a una puerta corrediza que estaba cerrada. La misma parecía conectar con otro sector de la residencia.
—¿Qué es lo que hace pensar a tu tía que la casa ha sido maldecida? —preguntó Shinobu.
Apenas la pregunta fue hecha, un fuerte zumbido pudo escucharse al otro lado del fino washi.
—Bueno —soltó Obanai, lanzando un suspiro. Aquella reacción le quitó unos diez años de apariencia a su rostro y lo hizo ver repentinamente muy agotado—. Hace unas semanas fuimos invadidos por un enjambre de abejas. Hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance para exterminarlas, pero nada ha funcionado.
continuará...
n/a: Iguro es un personaje que siempre me ha parecido de lo más interesante, tanto por su diseño como por su personalidad. es misterioso, sarcastico y distante, pero al mismo tiempo se le ve muy preocupado por sus amigos, sobre todo por mitsuri. me encantó haberlo agregado a esta historia. lo mismo respecto a Tengen, su papel será relevante más adelante, así que esperen más apariciones de él y sus mujeres.
feliz luna llena y gracias por leer y por dejar reviews, los voy a responder entre hoy y mañana porque sinceramente he estado ocupadita, por poco y tengo tiempo de escribir esta historia :'c pero los he leído y me hacen infinitamente feliz c:
