57. HIJA DE ODIUM
OCHO AÑOS Y MEDIO ANTES
La fascinación de Eshonai por los humanos no tenía fin. Entre su primera y su segunda visita, Eshonai había organizado varias excursiones para tratar de encontrar su tierra natal. De repente todo el mundo quería ir con ella, y había encabezado expediciones muy numerosas. Por desgracia, esas salidas habían sido todo melodía y nada de clímax, y lo único que había podido localizar era un solitario puesto de avanzada humano al oeste. Le habían dicho que esperase una segunda visita pronto, pero esa visita ya parecía cercana a su fin. Así que Eshonai aprovechó todas las oportunidades que le quedaban para observar a los humanos. Le encantaba su forma de andar, de hablar, hasta la manera que tenían de mirarla. O a veces de no hacerlo. Como ese día, mientras paseaba por el campamento de Gavilar Griffin. Sus sirvientes apenas la miraron mientras recogían. Se puso al lado de uno de ellos, que estaba acuclillado descordando un gran arco de metal. El hombre por fuerza tenía que haberla visto allí de pie, pero unos minutos más tarde, cuando se levantó, dio un salto al encontrarla junto a él. Qué comportamiento tan extraño. A veces Eshonai creía que alcanzaba a leer los ritmos en los movimientos humanos. Por ejemplo, aquel hombre del arco estaría armonizado a Ansiedad. Y sin embargo, no parecían comprender que los oyentes podían oír algo que ellos no. ¿Cómo sería ir por ahí a todas horas sin un ritmo en la cabeza? Tenía que ser doloroso. O solitario. Vacío, desde luego.
Los humanos siguieron recogiendo, guardándolo todo en carros para la tormenta del día. Se les daba bien juzgar cuándo llegaría una tormenta: aunque a menudo se equivocaban en la hora, solían acertar en el día. No obstante, aquello no era una recogida rutinaria previa a una tormenta. Se marcharían pronto; Eshonai lo sabía por la forma en que hablaban entre ellos, por cómo comprobaban dos veces las correas y plegaban las tiendas con más precisión de la habitual. No tenían pensado desempaquetar nada de aquello en un tiempo. Deseó que se quedaran más tiempo. Su primera interacción había sido muy corta, y aquella segunda visita estaba terminando casi antes de empezar. Quizá pudiera marcharse con ellos, como había dicho a Venli. Había preguntado a cuánta distancia más allá de las colinas estaba su hogar, pero ellos no habían respondido y se habían negado a enseñarle sus mapas. Eshonai echó a andar para salir de su campamento, pero se detuvo al reparar en un hombre que estaba apartado de los demás. Bellamy Griffin miraba hacia fuera de la ciudad, en dirección este, hacia el Origen de las Tormentas. Curiosa, Eshonai fue con él, fijándose en que tenía su hoja esquirlada en la mano. La sostenía con ligereza por delante, la punta hundida en la piedra. Parecía estar buscando algo, pero ante él se extendían solo las Llanuras Quebradas, una extensión desierta. Al contrario que los demás, ese hombre captó su cercanía al instante, volviéndose cuando Eshonai hizo el más leve roce contra las piedras al andar. Se quedó muy quieta de golpe bajo su mirada, que siempre parecía ser la de un grancaparazón.
—Eres una intérprete —dijo el hombre.
—Sí.
—¿Cómo te llamas?
—Eshonai —dijo ella, aunque estaba convencida de que el hombre volvería a olvidarse. Los humanos no parecían ser capaces de distinguir muy bien a un oyente de otro.
—¿Has estado ahí fuera? —preguntó él, señalando con el mentón hacia las llanuras—. ¿En el centro?
—No —respondió ella—. Me gustaría ir, pero los viejos puentes… no aguantan. Costaría trabajo, mucho trabajo, volver a ponerlos. A la mayoría de mi gente no le gusta… ¿Cuál es la palabra? ¿Ir donde es difícil ir?
—Explorar, tal vez —dijo él.
—Sí. Explorar. Nosotros antes explorar. Pero ahora, casi nada de explorar.
«Hasta hace poco.»
El hombre gruñó.
—Se te da bien nuestro idioma.
—Me gusta —dijo ella—. Hablar de nuevas formas. Pensar de nuevas formas. Son mismo, ¿sí?
—Sí, quizá lo sean. —Se volvió y miró hacia el oeste. Hacia su propio hogar—. Quizá tu gente tema volver al lugar donde una vez vivieron.
—¿Por qué temer eso? —preguntó Eshonai, armonizando a Confusión.
—Los lugares tienen poder sobre nosotros, parshmenia —dijo él—. Los lugares tienen memoria. A veces, cuando vas a un sitio donde no has estado nunca, puede ser maravilloso… porque te permite ser otra persona. Sin expectativas. Sin tormentosos recuerdos.
—Me gustan los nuevos lugares —dijo ella—. Porque… son nuevos.
Armonizó a Irritación. Las palabras no habían salido como ella quería; se sentía estúpida hablando su idioma. Era difícil expresar una idea profunda en el idioma humano, porque los ritmos no encajaban con los sonidos.
—Sabias palabras —dijo Bellamy.
«¿Sabias palabras?» ¿Estaba siendo condescendiente? Los humanos no parecían esperar mucho del pueblo de Eshonai, y se sorprendían cuando tenía lugar una conversación compleja. Como si los divirtiera que los oyentes no tuviesen la mente embotada de los parshmenios.
—Me gustaría ir a ver lugares donde vivís —dijo Eshonai—. Querría visitaros, y que nos visitarais, más.
Bellamy descartó su hoja esquirlada, haciéndola desaparecer en una nube de niebla blanca. Eshonai armonizó a Confusión.
—Mi hermano se ha interesado por vosotros —dijo Bellamy en voz baja—. Eso… Bueno, sé más cauta con tus invitaciones, parshmenia. Nuestra atención puede ser peligrosa.
—No lo comprendo —respondió ella. Sonaba como si el hombre estuviera advirtiéndola de su propia gente.
—Me he cansado de avasallar a la gente —dijo Bellamy—. He dejado demasiados agujeros humeantes a mi paso donde antes se alzaban ciudades. Sois algo especial, algo que no habíamos visto nunca. Y conozco a mi hermano, conozco esa mirada en sus ojos, esa emoción.
»Su interés podría beneficiaros, pero podría tener un precio equivalente. No os apresuréis tanto a compartir vuestro refugio para tormentas con hombres a los que acabáis de conocer. No ofendáis, pero tampoco seáis demasiado rápidos en plegaros. Todo recluta debe aprender esas dos lecciones. En este caso, sugiero educación… pero también cautela. No dejéis que os arrincone. Os respetará si no dais el brazo a torcer. Y hagáis lo que hagáis, nunca le deis ningún motivo para decidir que quiere lo que vosotros tenéis.
¿Imponerse, plantar cara, pero no ofender a su rey? ¿Qué sentido tenía aquello? Y sin embargo, mirando a Bellamy, escuchando su voz tranquila pero firme, Eshonai pensó que sí entendía. Su intención, como si se la hubiera comunicado con un ritmo.
«Tened cuidado con nosotros —era lo que decía—. Somos mucho más peligrosos de lo que creéis.»
Había mencionado… ciudades en llamas.
—¿En cuántas ciudades vive vuestra gente? —preguntó.
—En cientos —dijo él—. La cantidad de humanos de nuestro reino te impresionaría. Son muchas veces el número de parshmenios que he visto aquí viviendo contigo.
Imposible. Eso era… imposible, ¿verdad?
«Qué poco sabemos.»
—Gracias —dijo Eshonai a Apreciación. Logró que encajara: estaba hablando el idioma de él, pero le había puesto un ritmo. Sí que podía funcionar.
Él le hizo un asentimiento.
—Nos marchamos. Sé que la visita ha sido corta, pero mi hermano tiene que volver a sus tierras. Sin duda… volveremos a encontrarnos. Enviaremos un emisario más permanente. Eso te lo prometo.
Se volvió, moviéndose con el impulso de un peñasco en pleno alud, y se fue hacia su carro de tormenta.
Venli tenía la impresión de que la brillante gema roja iba a quemarle un agujero en la ropa. Estaba acurrucada en un refugio para tormentas, una de las amplias trincheras abiertas en el suelo cerca de la ciudad, que habían cubierto con caparazones de animales y crem. Estaban todas en cimas de colinas, para que desaguaran por los lados. La familia cercana de Venli estaba reunida en aquel refugio para charlar y comer, como era su costumbre en días de tormenta. Los demás parecían muy animados, hablando a Alegría o Apreciación mientras comían junto al fuego, escuchando cuando la madre de Venli cantaba a la luz de gemas corazón sin tallar. Las gemas corazón podían ser unos trastos orgánicos y grandotes. Aunque retenían luz tormentosa, ninguna era tan brillante como la extraña gema que Venli llevaba en el bolsillo. La que le había dado la humana. Venli tenía la sensación de que debería estar ardiendo, aunque la notaba fría como una gema normal. Armonizó a Ansiedad y miró a los demás, preocupada por si veían aquel resplandor demasiado rojo.
«Se supone que debo salir a la tormenta —pensó, oyendo la lluvia que aporreaba la piedra lejana—. ¿Esto cuenta? Veo la tormenta ahí fuera, destellando y creando su propio ritmo, demasiado frenético. Demasiado salvaje.»
No, no estaba lo bastante cerca. Ocultarse en aquellos refugios no le permitiría adoptar la forma carnal, que era la única transformación que emprendían con regularidad. Nadie quería volver a la forma gris, a fin de cuentas. Existían otras formas que encontrar, estaba segura. Había estado cerca de la forma de guerra. Y con la gema que tenía…
La llevaba encima desde hacía semanas, aterrorizada por lo que podría ocurrir. Lanzó una mirada a su madre y a los parientes cercanos que escuchaban sentados. Embelesados por las hermosas canciones. Hasta Venli, que las había oído centenares de veces, se descubrió queriendo volver con ellos y sentarse a los pies de su madre. Ninguno de ellos sabía lo que le estaba pasando a Jaxlim. Su madre lo ocultaba bien. ¿Sería cierto que otras formas podrían ayudarla? Los humanos iban a marcharse, así que era la última oportunidad que tendría Venli de probar la gema y, si no funcionaba, obtener respuestas de la humana que se la había entregado.
Venli armonizó a Determinación y se puso de pie, caminó hasta el final del refugio, donde habían atado sus gemas para que se renovaran, lo bastante cerca de la tormenta para que el Jinete les concediera su luz. Oyó bisbiseos a su espalda, voces armonizadas a Diversión. Los demás pensaban que había decidido adoptar la forma carnal, cosa que Venli siempre se había empecinado en que jamás haría. Su madre había sonreído cuando Venli se lo había dicho, y le había explicado que muy pocos adoptaban la forma carnal porque así lo pretendían. Tal y como había hablado, parecía que era algo que sucedía sin más, que un anhelo se apoderaba de ti, o que te sentabas demasiado cerca de la salida durante una tormenta y… ¡puf!, antes de darte cuenta te habías convertido en una imbécil que solo buscaba criar. Era bochornoso que los demás dieran por sentado que eso era lo que estaba haciendo Venli. Llegó a la piedra mojada del límite del refugio, donde los lluviaspren se amontonaban con los ojos mirando hacia arriba y zarpas que se aferraban al suelo. Allí el viento y el trueno sonaban más fuertes, como los gritos de guerra de una familia rival, intentando espantarla. Tal vez lo mejor sería darle la gema a su madre y dejar que ella intentara hallar la forma nueva. ¿No era por lo que hacía aquello?
«No —pensó Venli, temblando—. No. No lo es.»
Los meses que había pasado intentando encontrar nuevas formas no la habían llevado a ninguna parte, y mientras tanto Eshonai se ganaba cada vez más aplausos. Hasta su madre, que había llamado necedades a sus exploraciones, había pasado a hablar de Eshonai con respeto. La persona que había encontrado a los humanos. La persona que había cambiado el mundo. Venli había hecho lo que se suponía que debía hacer. Se había quedado con su madre, había pasado días interminables memorizando canciones, obediente. Pero Eshonai se llevaba los halagos. Antes de que sus nervios la traicionaran, Venli salió a la ladera de la colina y entró en la tormenta. La fuerza del viento hizo que tropezara y se deslizara por la roca resbaladiza. En un abrir y cerrar de ojos, pasó de una calidez resguardada y llena de canciones a un caos gélido. Una tempestad que sonaba a instrumentos quebrándose y canciones fallando. Trató de mantener el Ritmo de la Resolución, pero ya estaba armonizada al Ritmo del Viento cuando se metió a trompicones tras un gran peñasco y apretó la espalda contra la piedra. Allí, su mente remitió al Ritmo de la Súplica, al borde del pánico.
¿Qué estaba haciendo? Aquello era una locura. Ella misma solía burlarse de quienes salían a las tormentas sin escudos u otras protecciones.
Quiso volver al refugio, pero estaba demasiado asustada para moverse. Algo enorme se estrelló contra el suelo cerca, sobresaltándola, pero un intervalo de oscuridad en la aulladora tormenta le impidió ver cuán cerca había sido el impacto. Era como si el relámpago, el viento y la lluvia estuvieran conspirando en su contra. Metió la mano en el bolsillo y sacó la gema. Lo que tan brillante había parecido antes, lo encontró frágil. El resplandor rojo apenas le iluminaba la mano.
Romperla. Se suponía que tenía que romperla. Con unos dedos que ya estaban insensibles por el frío, palpó a su alrededor hasta encontrar una piedra grande. Allí el suelo estaba quebrado en un círculo del tamaño de un oyente. Retrocedió a la relativa protección del peñasco, temblando mientras sostenía la gema con una mano, la piedra con la otra.
Se hizo el silencio.
Fue tan repentino, tan inesperado, que Venli dio un respingo. Los ritmos de su mente se convirtieron en uno solo, en una cadencia constante. Alzó la mirada a una negrura absoluta. De repente, el suelo parecía seco a su alrededor. Dio una lenta vuelta completa y luego volvió a acurrucarse. Había algo en el cielo, algo que parecía una cara hecha de nubes y luz natural. La impresión de algo vasto e incognoscible.
¿DESEAS DAR ESTE PASO?, dijo una no-voz, vibrando a través de ella como un ritmo.
—Yo… —Era él, el spren de las altas tormentas, el Jinete de la Tormenta. Las canciones lo llamaban traidor.
HABÉIS PASADO MUCHO TIEMPO COMO HIJOS DE NINGÚN DIOS, dijo el ritmo a Venli. ¿ESTÁS DISPUESTA A HACER ESTA ELECCIÓN POR TODO TU PUEBLO?
Venli sintió a la vez una emoción y un terror ante esas palabras. Entonces, ¿sí que había algo en la gema?
—Mi… ¡Mi gente necesita formas! —gritó a la inmensa entidad.
ESTO ES MÁS QUE FORMAS. ESTE PODER CAMBIA A LOS MORTALES.
¿Poder?
—¡Serviste a nuestros enemigos! —vociferó al cielo—. ¿Cómo puedo confiar en lo que digas?
Y SIN EMBARGO, ¿CONFÍAS EN EL PRESENTE QUE TE HACE UNO DE ESOS ENEMIGOS? EN CUALQUIER CASO, YO NO SIRVO A NADIE. NI HUMANO NI CANTOR. SIMPLEMENTE SOY. ADIÓS, HIJA DE LAS LLANURAS. HIJA DE ODIUM.
La visión terminó tan de repente como había llegado, y Venli se encontró de nuevo en la tormenta. Estuvo a punto de soltar lo que tenía en las manos por la sorpresa, pero entonces, agachándose contra el veleidoso viento, dejó la brillante gema en el suelo. Asió fuerte la roca, resbaladiza por la lluvia. Titubeó.
¿Debería tener más cuidado?
Pero ¿qué grandeza se alcanzaba teniendo cuidado?
Eshonai no había tenido cuidado y había descubierto un mundo nuevo. Venli descargó la piedra con fuerza y destrozó la gema. La luz escapó como en un soplido y Venli se encogió bajo la lluvia, preparándose para una maravillosa transformación.
—¡Por fin! —exclamó una voz al Ritmo de la Irritación—. Qué desagradable ha sido.
La luz roja cobró la forma de un varón humano diminuto, de pie con los brazos en jarras, brillando con suavidad en la tormenta. Venli se abrazó a sí misma, temblando, parpadeando para quitarse de los ojos el agua de lluvia.
—Spren —susurró—, te he invocado para que me concedas una de las formas antiguas.
—¿Tú? —preguntó él—. ¿Cuántos años tienes? ¿Hay alguien más con quien pueda hablar?
—Revélame antes el secreto —dijo Venli—, y luego daremos tu forma a otros. Puede sanarlos, ¿verdad? Es lo que me dijeron.
El spren no respondió.
—¡No vas a negarme esto! —exclamó Venli, aunque sus palabras se perdieron en un trueno repentino—. He sufrido durante mucho tiempo para lograr este objetivo.
—Bueno, otra cosa no, pero dramática sí que eres —dijo el pequeño spren, dando unos golpecitos en el suelo con los pies—. Supongo que hay que usar las herramientas que uno encuentra en el cobertizo, aunque tengan un poco de herrumbre. Este es el trato: voy a alojarme en tu interior, y juntos haremos cosas increíbles.
—¿Llevaremos formas útiles a mi pueblo? —preguntó Venli entre dientes que castañeaban.
—Bueno… sí. Y no. Durante un tiempo, necesitaremos que aparentes seguir en forma de trabajo. Tengo que explorar cómo están las cosas últimamente en el viejo Roshar. Ha pasado un tiempo. ¿Crees que podrás entrar en Shadesmar, si hace falta?
—¿En… Shadesmar? —preguntó ella.
—Sí, tenemos que llegar a la tormenta de allí. ¿Esa nueva que hay al sur? Cuando entré en la gema… No tienes ni idea de lo que estoy diciendo. Estupendo. Muy bien, pues. Prepárate, porque tenemos muchísimo trabajo que hacer…
Eshonai armonizó a Ansiedad de pie en la entrada del refugio, buscando a su hermana con la mirada. No distinguía gran cosa en la tempestad. Los destellos del relámpago, aunque brillaban mucho, eran demasiado breves para permitirle hacerse una idea del terreno.
—De verdad lo ha hecho, ¿eh? —dijo Thude a Diversión mientras llegaba a su lado, masticando alguna fruta—. Después de tanto protestar, al final ha salido para poder aparearse.
—Lo dudo mucho —respondió Eshonai—. Lleva meses ya intentando encontrar la forma de guerra. No quiere adoptar la carnal. Y es demasiado joven, de todas formas.
Los humanos se habían sorprendido por la corta edad de Eshonai y Venli. ¿Envejecerían ellos más despacio? A Venli aún le faltaban varios meses para llegar a la edad adulta oficial.
—Gente más joven que ella ha tomado esa decisión —dijo Thude, rascándose la barba—. Yo me lo he planteado, ¿sabes? Los antañocompañeros comparten un cierto vínculo.
—Lo que piensas es que suena divertido —dijo Eshonai a Reprimenda.
El se rio.
—Pues sí, la verdad.
El trueno sacudió el refugio, silenciándolos a ambos un tiempo mientras lo escuchaban, los dos armonizados al Ritmo del Viento por respeto. Había algo portentoso, por bien que arriesgado, en sentir las mismas vibraciones de la tormenta.
—Este no es momento de distraernos con estupideces como la forma carnal —dijo Eshonai—. Los humanos se marcharán otra vez cuando termine esta tormenta. Deberíamos estar hablando de enviar a alguien con ellos.
—A veces eres más responsable de lo que te conviene, Eshonai —replicó Thude, con el brazo apoyado contra el techo del recinto para inclinarse hacia delante y dejar que la lluvia le diera en la cara.
—¿Yo? ¿Responsable? —dijo ella—. Mi madre podría decirte cuatro cosas sobre ese tema.
—Y cada una de ellas me recordaría lo parecidas que sois vosotras dos —dijo Thude, armonizado a Alegría y sonriendo a la tormenta como un bobo—. Voy a hacerlo un día de estos, Eshonai. Veré si Bila quiere venir conmigo. La vida tiene que ser algo más que trabajar los campos o cortar madera.
En eso, Eshonai estaba de acuerdo. Y supuso que podía comprender que alguien quisiera hacer algo distinto con su vida. Ninguno de ellos existiría si sus padres no hubieran decidido aparearse. Aun así, la idea seguía dándole ganas de armonizar a Ansiedad. No le gustaba cuánto cambiaba aquella forma el modo de pensar de la gente. Eshonai quería ser ella misma, con sus propios deseos y pasiones, no permitir que una forma la dominara. Por supuesto, podría argumentarse que incluso en esos momentos estaba sometida a la influencia de la forma de trabajo. Armonizó a Determinación y sacó esas ideas de su mente. Venli.
¿Dónde estaba? Eshonai sabía que no debía temer por su hermana.
Los oyentes salían a las tormentas continuamente y, aunque nunca era seguro del todo, tampoco hacía falta murmurar a Ansiedad como hacían los humanos cuando hablaban de tormentas. Las tormentas eran una parte natural de la vida, un regalo de Roshar a los oyentes. Aunque una parte pequeña de Eshonai, una parte que odiaba reconocer que existía, pensó en lo mucho más fácil que sería la vida sin Venli alrededor, quejándose a todas horas. Sin su envidia. Todo lo que hacía Eshonai, toda conversación, todo plan, toda salida, se complicaba cuando Venli decidía involucrarse. Los problemas se materializaban a partir del aire en calma. Era una debilidad que Eshonai se sintiera así. Se suponía que debía amar a su hermana. Y de verdad que no quería que a Venli le ocurriera nada malo, pero era difícil no recordar lo pacífico que había sido explorar por su cuenta, ajena a todo el dramatismo de Venli… Una silueta emergió de la tormenta, empapada de lluvia, resaltada por el relámpago. Eshonai volvió a sentirse culpable y se obligó a armonizar a Alegría al ver que era Venli. Eshonai salió a la tormenta y ayudó a su hermana a llegar al refugio. Venli seguía teniendo forma de trabajo. Era una mujeren mojada y temblorosa en forma de trabajo.
—No ha funcionado, ¿eh? —le preguntó Thude. Venli lo miró, callada como un humano, abriendo un poco la boca. Luego compuso una amplia e inquietante sonrisa. Una sonrisa frenética, muy poco propia de ella.
—No, Thude —dijo Venli—. No ha funcionado. Tendré que intentarlo muchas, muchas otras veces para encontrar la forma de guerra.
Él canturreó a Reconciliación, mirando a Eshonai. Ella estaba en lo cierto y nada de aquello tenía que ver con la forma carnal.
—Me gustaría sentarme junto al fuego y calentarme —dijo Venli.
—¿Venli? —dijo Eshonai—. Tus palabras… ¿Dónde están sus ritmos?
Venli se quedó muy quieta. Y entonces, como si le costara, empezó a canturrear a Diversión. Tuvo que hacer varios intentos.
—No digas tonterías —dijo Venli—. Será que no estabas escuchando.
Fue con paso firme hacia el fuego, caminando con un contoneo que parecía incluso más confiado que el habitual. El andar orgulloso de una mujeren que creía que las tormentas empezaban y terminaban a su capricho.
