58. VINCULACAÑAS

Esta experiencia me resulta muy extraña. Trabajo con una erudita de los días antiguos, de antes de que se desarrollara la teoría científica moderna. No dejo de olvidar los miles de años de tradición que os perdisteis.

De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 6

Raven cayó a la terraza con un topetazo amortiguado. Syl era una brillante cinta de luz más al interior del edificio. Raven no alcanzaba a ver a las exploradoras que habían recogido y se habían marchado con la vinculacaña, pero confiaba en que Syl estuviera siguiéndoles el rastro. Entró a la oscuridad, pasando su luz tormentosa a una esfera para no resplandecer. Había fracasado en su intento de espiar el funcionamiento de las Puertas Juradas, pero, si se las ingeniaba para robar una vinculacaña de luz del vacío, aún podría ayudar a Echo. Avanzó tan deprisa como se atrevía en la penumbra, con una mano en la pared. Al poco tiempo se llegó a un pasillo donde había lámparas. Estaba en el segundo piso de la torre, buena parte del cual estaba habitado e iluminado. Las lámparas revelaron a dos mujérenes cantoras que caminaban por delante, vestidas con havahs y charlando en voz baja. Syl, cautelosa, iba metiéndose en corredores laterales y oquedades por detrás de ellas. Raven las seguía muy por atrás, confiando en Syl para que le indicara los giros, ya que las dos cantoras pasaban mucho tiempo fuera de su línea de visión. Aquella parte de la torre era un enorme complejo de lavanderías, donde los ojos oscuros podían usar el agua y el jabón públicos. Pasó por delante de varias estancias grandes sin puertas cuyos suelos formaban una secuencia de tinas. La zona estaba casi desierta. Al parecer, no habían adaptado las bombas de la torre para funcionar con luz del vacío. Aun así, Raven tuvo que evitar a varios grupos que transportaban agua por los pasillos, humanos tirando de carretas y vigilados por guardias cantores. Al poco tiempo Syl regresó volando, así que Raven se metió en un nicho oscurecido cera de una sala vacía llena de cestas para la colada. El lugar olía a jabón.

—Puesto de guardia por delante —susurró Syl—. Ellas han pasado. ¿Qué quieres que haga?

—¿Hay Fusionados cerca? —preguntó Raven.

—No he visto a ninguno. Solo cantores normales.

—En teoría, los guardias corrientes no deberían poder verte a no ser que les dejes. Sigue a las cantoras que llevan la vinculacaña. Con un poco de suerte, sus habitaciones estarán cerca. Si se separan, ve con la de la havah azul; los bordados indican que es la más importante de las dos. Cuando sepas cuál es su habitación, vuelve y buscaremos otro camino para colarnos y robarles el aparato.

—Bien. Pero si se alejan demasiado de ti, me perderé a mí misma…

—Vuelve si empiezas a sentir que ocurre —dijo ella—. Podemos intentarlo de nuevo otra noche.

Syl se marchó volando sin decir nada más, dejando a Raven escondida en la cámara de las cestas. Por desgracia, al poco tiempo oyó voces y, al asomar la cabeza, vio a un par de cantores con cestas que llegaban por el pasillo. Hasta una fuerza invasora de antiguos soldados malignos tenía que hacer la colada, por lo visto. Raven cerró la puerta, bloqueándose a sí misma en la oscuridad, y entonces cayó en la cuenta de que quizá estuviesen yendo a esa misma estancia para dejar las cestas, así que cogió una escoba y la enlazó cruzada sobre la puerta. Como solo había infundido la escoba por ambos extremos, la luz tormentosa no se vería al otro lado de la puerta. Al cabo de un momento se sacudió cuando intentaron abrirla hacia dentro. Unas voces enfadadas protestaron en azishiano mientras probaban a empujar la puerta de nuevo. Raven aferró su bisturí, sintiendo el peso de la oscuridad. El horror de las pesadillas, y también una fatiga que iba mucho más allá del cansancio en los músculos por el esfuerzo de antes. Un agotamiento que llevaba con ella tanto tiempo que ya lo aceptaba como normal. Cuando la puerta traqueteó de nuevo, Raven estuvo segura de que era una fuerza oscura que llegaba para cobrarse su vida. Oyó el sonido de cuerdas de arco, y a Monty gritando a los hombres del puente que corrieran. Chillidos de hombres muriendo y… y…

Parpadeó. La puerta se había quedado quieta. ¿Cuándo… cuándo había sucedido? Raven esperó unos minutos, secándose el sudor de la frente cada dos por tres, y luego desenlazó la escoba y abrió una rendija en la puerta. Cerca había dos cestas abandonadas, y ningún cantor a la vista. Dejó escapar un largo suspiro antes de separar los dedos del bisturí y guardarlo.

Al cabo de un tiempo regresó Syl.

—No iban a sus habitaciones —dijo, creando pautas en animado baile como cinta de luz—. Han dejado la vinculacaña en una sala más adelante donde hay otras docenas de vinculacañas, vigiladas por un par de mujérenes mayores.

Raven asintió, respirando hondo, resistiéndose al cansancio.

—¿Estás… bien? —preguntó Syl.

—Sí, bien —dijo Raven—. Lo que has encontrado es un centro de vinculacañas. Tiene sentido que hayan montado uno en la torre.

Organizar centenares de vinculacañas podía ser una tarea abrumadora, por lo que muchos altos señores y señoras establecían centros. Las distintas posiciones, como las garitas de guardia por toda la torre, podían enviar informes a una sala principal, donde las trabajadoras del centro filtraban la información y enviaban lo importante a quienes ostentaban el mando. Los cantores estarían guardando sus vinculacañas en centros como aquel para que la gente las sacara, las utilizara y las devolviera. Las escribas no se llevarían las vinculacañas a casa. No iba a ser tan fácil como colarse en un dormitorio y afanar una, pero el centro podría ofrecer otras oportunidades.

—Tenemos que superar ese puesto de guardia —susurró Raven, enterrando su fatiga.

—Hay otra cosa, Raven —dijo Syl—. Mira fuera de la puerta, túnel abajo.

Frunciendo el ceño, Raven lo hizo. Se quedó confundida un momento hasta que vio pasar algo por el aire, una especie de relámpago rojo ondeante.

—Es un nuevo tipo de vacíospren —dijo. Los que había visto antes con forma de relámpago se desplazaban por el suelo.

—No lo es —respondió Syl—. Esos spren deberían ser invisibles para la gente, el aura de este tiene algo raro. Deja un rastro, y me he fijado en que los guardias lo miraban.

Qué curioso. ¿Así que la torre estaba interfiriendo con la invisibilidad de los spren?

—¿A ti te han mirado cuando pasabas?

—No, pero puede que no se hayan dado cuenta.

Raven asintió y observó un poco más. El spren no volvió a pasar.

—Merece la pena arriesgarnos a seguir —decidió—. Como mínimo, sabremos si nos están observando.

—Pero ¿qué pasa con la garita de guardia? —preguntó ella.

—No creo que podamos dar un rodeo —dijo Raven—. Tendrán todos los accesos protegidos, siendo algo tan valioso como un centro de vinculacañas. Pero muchas salas de aquí tienen pequeños túneles de ventilación por encima. A lo mejor podemos pasar por uno de ellos.

Syl la guio con cautela hasta una intersección. Raven asomó un ojo hacia la derecha, donde había cuatro guardias impidiendo el paso, dos a cada lado del pasillo. Lanzas sujetas dentro del codo, uniformes de estilo alezi con cordones en los hombros. Vio uno de aquellos huecos de ventilación cerca, pero era demasiado pequeño para poder entrar por él. Raven había estado de guardia como ellos en varias ocasiones. Si esos cuatro estaban bien entrenados, no habría manera de hacer que abandonaran su puesto con simples señuelos. Para proteger bien un acceso, se solía apostar a cuatro soldados. Dos para que investigaran cualquier suceso, dos para quedarse vigilando. Con un pasillo tan estrecho y con lo alerta que parecían estar aquellos guardias… Bueno, Raven había hecho su mismo trabajo. Las únicas veces que había abandonado el puesto era porque alguien con autoridad legítima se la llevaba para encargarle otra tarea.

—Syl —susurró—, estás mejorando en cambiar de color. ¿Crees que podrías hacerlo para parecerte a un vacíospren?

Ella ladeó la cabeza, de pie junto a ella en el aire, y luego frunció la cara en una mueca de concentración. Su vestido se hizo rojo, pero no su «piel», aunque no fuese más que otra parte de ella. Qué raro.

—Creo que esto es todo lo que puedo hacer.

—Pues que el vestido te llegue a las manos y ponte guantes y una máscara.

Syl volvió a inclinar la cabeza a un lado y su ropa cambió hasta convertirse en una tela fantasmal que la envolvía. Esa tela se volvió de un rojo profundo, haciendo que su forma entera brillara de ese color.

Se miró los brazos.

—¿Crees que así los engañaré?

—Podría ser —dijo Raven. Sacó un trozo de cuerda de su saco y lo enlazó a la pared—. Ve ahí, ordena a los cuatro que te acompañen y tráetelos para que miren esto.

—Pero… ¿con esa cuerda no nos arriesgamos a provocar una perturbación mayor? No sé, ¿y si van a pedir refuerzos?

—Necesitamos algo lo bastante razonable para que una vacíospren se haya puesto hecha una furia. De todas formas, sé lo que es estar de guardia, y esos cuatro son soldados normales en forma de guerra. Supongo que, mientras no haya peligro, informarán y ya está.

Se escondió en un corredor lateral y esperó mientras Syl volaba hacia el puesto de guardia. No tenía el aspecto exacto de una vacíospren, pero era una aproximación razonable. Syl se acercó a la garita y gritó tan alto que Raven la oyó sin problemas.

—¡Eh, vosotros! ¡Estoy molesta que no veas! ¡Pero molesta de la muerte! ¿Cómo podéis quedaros ahí plantados? ¿No lo habéis visto?

—¿Brillante? —respondió uno de los guardias, en alezi—. Esto… ¿antigua? Tenemos que…

—¡Vamos, venid! No, no, todos. ¡Venid a ver esto! Ahora mismo. ¡Estoy pero que muy molesta! ¿No se me nota?

Raven esperó, en tensión. ¿Funcionaría? Incluso cuando se hacía la enfadada, había cierta energía en la voz de Syl. Sonaba demasiado… vivaracha para ser una vacíospren. Pero los guardias obedecieron y, como había deseado Raven, el trozo brillante de cuerda pegado a la pared atrapó su atención por completo. Raven pudo escabullirse a sus espaldas y rebasar el puesto de guardia. Al final de aquel pasillo estaba la puerta que, según Syl, llevaba a la sala de las vinculacañas. Raven no se atrevía a cruzarla, porque entraría derecho a un núcleo de actividad. En vez de eso, merodeó hacia un pasillo más pequeño que salía a la derecha, y allí por fin tuvo un golpe de suerte. En lo alto de la pared, cerca del techo, una abertura oscura señalaba la presencia de un conducto de ventilación grande en la piedra. Quizá lo bastante grande para que pudiera reptar por él. Syl regresó, de nuevo blanquiazul y probablemente invisible para los demás.

—Tenías razón, han enviado a uno a informar —dijo. Miró al interior del hueco en la roca que había encontrado Raven—. ¿Qué es esto?

¿Ventilación?, pensó Raven, intentando enviar la idea a Syl para no tener que hacer ruido.

Funcionó.

—Parece demasiado grande para ser eso —respondió ella—. Qué raro es este sitio.

Usando dos cepillos, Raven pudo auparse e inspeccionar la abertura en la piedra. Syl voló al interior del túnel oscuro hacia una luz que brillaba al otro extremo. Raven oyó a los guardias hablando mientras regresaban, pero ya había doblado una esquina y no la verían. Aquel conducto de ventilación parecía girar hacia la sala de las vinculacañas, que quedaba a la izquierda. Y sí que era lo bastante grande. Tal vez.

Syl le hizo unos gestos emocionados, así que Raven se metió. Le sobraba espacio a ambos lados, pero de altura iba justísima. Tuvo que utilizar sus cepillos como asideros para poder avanzar. Temió que el ruido que estaba haciendo al raspar la delatara, pero obtuvo su recompensa cuando el conducto se abrió hacia la izquierda y reveló un espacio pequeño e iluminado. El túnel por el que había entrado atravesaba la enorme y gruesa pared entre aquella sala y lo que fuese que había al otro lado. Lo cual significaba que Raven podía espiar la sala, oculta en su mayoría tras la piedra, desde la parte superior de la pared. Había vinculacañas colocadas sobre multitud de papeles, esperando informes. No vio ni rastro de las dos cantoras de antes: habrían devuelto sus vinculacañas y se habrían marchado, ya fuera de servicio. Pero había otras dos mujérenes en lujosos vestidos manejando las plumas, comprobando si alguna luz parpadeaba y moviendo cañas entre los papeles, donde escribían al activarse, y pilas de dispositivos inactivos sobre las mesas. Syl entró y ninguna de las dos la miró, así que parecía que de verdad era invisible. Empezó a leer los informes que iban llegando. La puerta se abrió y entró uno de los guardias, solicitando que se enviara un informe a su superior. Habían encontrado algo que parecía indicar la presencia de un Radiante, cosa a la que el Perseguidor había dicho a todo el mundo que estuvieran atentos. Quizá Raven no tuviera mucho tiempo antes de que llegara aquella criatura en persona. Mejor actuar rápido. Mientras el guardia se marchaba, Raven maniobró silenciosa en sus estrechos confines, llevándose la mano a la cintura para sacar un poco de cuerda. Justo debajo de ella había una mesa con varias vinculacañas y un estuche de cuero del que asomaban varios plumines. Tenía que esperar al momento perfecto. Por suerte, varias vinculacañas empezaron a iluminarse a la vez, y debían de ser importantes, porque las dos mujérenes se volvieron a toda prisa hacia ellas y dejaron de trabajar en el informe del soldado. Raven enlazó su cuerda a uno de los cepillos e infundió la parte plana con un enlace inverso, ordenándole que atrajera solo ciertos objetos. En ese caso, el estuche de cuero. Las mujérenes estaban tan distraídas que Raven sintió que había llegado su ocasión. Hizo descender el cepillo con la cuerda hacia la mesa. Cuando el cepillo estuvo lo bastante cerca, el estuche de cuero se movió por sí mismo como si el cepillo tirara de él hasta quedar adheridos. Con el corazón atronando, segura de que iban a descubrirla, Raven tiró de la cuerda con el estuche pegado y escuchó el suave tintineo de las vinculacañas que contenía. Nadie se dio cuenta y pudo meterlo en el túnel. Dentro del estuche encontró todo un tesoro de vinculacañas, veinte por lo menos. Quizá acabaran de entregarlas, porque aún estaban atadas de dos en dos con cordel. A juzgar por cómo brillaban los rubíes con luz del vacío, Raven confiaba en que funcionarían dentro de la torre. Guardó el estuche en su saco. Se quedó un momento pensando en toda la información importante que debía de estar transmitiéndose a través de aquella sala. ¿Podría robar parte de ella?

«No.» Ya se había arriesgado bastante ese día. Envió un pensamiento rápido a Syl, que llegó volando hasta ella mientras Raven reptaba hacia atrás por el conducto de ventilación. Syl pasó a su espalda y al momento dijo:

—El pasillo está vacío.

Raven salió del hueco, se agarró al borde con los dedos y se quedó colgando un momento antes de soltarse y caer la poca distancia que la separaba del suelo del pasillo. Asomó la cabeza para echar un vistazo a la garita de guardia.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Syl—. ¿Quieres que vuelva a hacerme pasar por vacíospren?

Raven asintió. Una parte de ella quería probar por otro camino, ya que temía que los soldados sospecharan si repetía la misma artimaña. Pero también sabía que ya habían picado una vez, y conocía una ruta directa hasta el perímetro por aquel camino. Era más seguro así. Sin embargo, mientras Syl se preparaba, Raven vio algo más al fondo del pasillo en el que estaba, por detrás de ella y más lejos de los guardias. Un destello de luz. Levantó la mano para detener a Syl y señaló.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, volando hacia la luz.

Raven la siguió con más cautela hasta llegar a una luz granate que brillaba a intervalos regulares. Frunciendo el ceño, Raven apretó la mano contra ella.

—¿Brillante Echo? —dijo.

No, respondió una voz. Tenía un timbre intermedio, no necesariamente masculino ni femenino. Te necesito, Radiante. Por favor. Me han encontrado.

—¿A ti?

¡Uno de los nodos! Los nodos que me protegen. Por favor. Por favor, tienes que defenderlo. Por favor.

—¿Cómo lo sabes? ¿Se lo has dicho a la brillante Echo?

Por favor.

—¿Dónde? —preguntó Raven.

Primera planta, cerca del atrio central. Yo te guiaré. Han deducido que habría un nodo al aire abierto, para que la luz tormentosa lo renueve. Han ido a avisarla. A la Dama de los Suplicios. Me arrebatará la mente. Por favor, Radiante, protégeme.

Syl flotaba a su lado.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Raven bajó la mano. Qué cansada estaba. Pero ese día no podía permitirse estar cansada. Tenía que ser Raven Bendita por la Tormenta. Raven Bendita por la Tormenta luchaba pasara lo que pasara.

—Tenemos que conseguir un arma mejor —dijo—. Y deprisa.