59. EL ENTRAMADO DE UN CRISTAL CRECIENTE

Este pasaje sobre la influencia emocional del Ritmo de la Guerra resultará de particular interés para El.

De El Ritmo de la Guerra, página 10

Raven era consciente de la posibilidad de estar cometiendo un error tremendo. No comprendía la naturaleza de la torre, ni tampoco qué pasaba con ella y con Echo. Arriesgaba mucho al revelarse. Pero aquella luz granate lo había rescatado de las garras del Perseguidor. Y acababa de oír algo en la voz del spren. Un miedo genuino. El terror, combinado con una súplica de protección, no era algo de lo que Raven pudiera desentenderse. Estaba fatigada mental y físicamente. Al correr atraía todo un campo de agotaspren, con forma de chorros de polvo. Y empeoraba la situación el hecho de que últimamente una parte de ella montaba en pánico cada vez que iba a empuñar un arma. Se había entrenado a sí misma durante los anteriores meses para poder seguir adelante a pesar de todo aquello. Se apoyó en la oleada de energía que corría por sus venas, incluso antes de absorber luz tormentosa. Permitió que la controlara eso y no la fatiga. El agotamiento terminaría alcanzándola. Pero de momento, podía fingir que era fuerte. Fingir que volvía a ser una soldado. Los cuatro guardias estaban mirando hacia el otro lado, así que Raven, corriendo a toda velocidad, casi llegó hasta ellos antes de que el primero diera media vuelta. Aprovechó la oportunidad para encenderse de poder, lo que le ganó otra fracción de segundo cuando el guardia se espantó y sus ojos se ensancharon de miedo. El guardia gritó mientras Raven se acercaba, con las manos extendidas por delante, esperando el ataque de la lanza. Mucha gente se asustaba de algo afilado yendo en su dirección, pero mientras la luz tormentosa de Raven aguantara, el único peligro real era que la superaran mucho en número y la apabullaran. Raven atrapó la lanza cuando el cantor la proyectó hacia ella. Estiró para desequilibrar al enemigo. Esa maniobra se la había enseñado Hav, que decía que era necesario aprenderla pero casi imposible de ejecutar. Raven le añadió un detalle personal cuando infundió el asta con un enlace completo, haciendo que se quedara pegada a las manos del guardia. Entonces empujó el arma hacia un lado y la adhirió a la lanza de un segundo guardia que estaba volviéndose hacia ella. Raven asió la lanza de ese segundo guardia, la infundió también y dejó a ambos soldados adheridos a sus armas. Mientras daban gritos de sorpresa, Raven tenía las astas de las lanzas cruzadas una en cada mano, de modo que las levantó para atascar las puntas contra el techo. Al instante se agachó para pasar por la abertura en pico, dejando a los dos hombres dando voces y forcejeando sin éxito para liberar sus armas y sus manos. Embistió con el hombro al tercer guardia e infundió la casaca del cantor con una palmada en la espalda. Empujó a ese guardia contra el cuarto. Cayeron los dos amontonados, enredados y pegados uno al otro. Raven bailó de puntillas esperando el siguiente ataque. No llegó. Los cantores se quedaron donde los había dejado, gritando y renegando al intentar moverse. Levantó una lanza con el pie y la atrapó en el aire. «Hola, vieja amiga. Haga lo que haga, siempre termino contigo, ¿no?» Quizá no fuese la adicción de Marcus la que debería preocuparla. Raven siempre tenía alguna excusa para volver a necesitar la lanza, ¿verdad?

Eso era lo que había temido. Eso era lo que la hacía temblar. El temor de que nunca sería capaz de dejarla.

Se colocó la lanza bajo el brazo y corrió por el pasillo. En el suelo apareció una titilante luz de granate por delante de ella, moviéndose a lo largo de un estrato de roca, guiándola hacia una escalera que había al fondo.

—No —dijo Raven, confiando en que el spren de la torre pudiera oírlo—. Habrá un puesto de guardia abajo. Ya los oigo reaccionar a estos gritos. Para llegar a la primera planta, saldremos a una terraza, bajaremos por fuera y volveremos hacia dentro. Así perderemos a quien sea que nos siga.

El spren pareció haberla oído, porque envió una luz que se movía por la pared a su lado, en paralelo a la cinta blanquiazul de Syl que avanzaba por el otro. Llegaron a la terraza al cabo de unos minutos, una fracción del tiempo que les había costado infiltrarse hacia el interior. Estaban en el borde de la torre, pero el atrio central quedaba muy lejos, en el lado oriental. Mucho camino hacia dentro.

Tendría que cruzar el primer piso entero para llegar.

Oyó gritos a su espalda, así que había estado en lo cierto sobre que las siguieran. Se pegó la lanza a la espalda infundiendo una parte de ella y poniéndola contra la camisa para poder desenrollar la cuerda que llevaba en la cintura. Una infusión rápida del extremo le permitió sujetarla a la barandilla mientras subía a ella con un movimiento fluido y saltaba al vacío, pegándose el otro extremo a la camisa por si se le escapaba y aferrándola con fuerza. Se balanceó en círculo y cayó a la terraza de abajo. Aquella zona, por desgracia, estaba ocupada. Después de recuperar la cuerda, cargó a través de la habitación de una familia, saltó y resbaló por su mesa de comer. Al momento había salido por la puerta, lanza en mano. Oyó un grito de rabia lejano desde fuera de la terraza, cuando los cantores de arriba comprendieron que Raven había escapado por una ruta que no podían seguir. El spren de la torre volvió a encontrarla allí abajo y empezó a guiarla. Los estratos y las líneas de cristal no siempre discurrían en paralelo a los pasillos, así que a veces la luz trazaba espirales a su alrededor, siguiendo el grano de la piedra. Otras veces la luz se esfumaba cuando no tenía un camino directo, pero siempre volvía a aparecer por delante de él, brillando en el suelo o la pared, apremiándolo a avanzar. Llamaba la atención, por supuesto. Lo avanzado de la hora significaba que no encontró multitudes que la ralentizaran, pero también que no había mucho más que distrajera a las patrullas de guardia. Infundió su lanza y la arrojó en arco a un par de soldados que llegaron al pasillo por delante de ella, y luego robó una de las armas que habían soltado mientras ellos forcejeaban y maldecían, intentando que su anterior arma dejara de pegárseles a los dedos. El siguiente grupo no fue tan fácil de derrotar. Raven los encontró organizándose a toda prisa en una intersección por la que tenía que pasar si no quería dar un largo rodeo. Raven aflojó el paso por el pasillo, observando cómo entraban en formación con redes en las manos. Su primer instinto fue subir a las paredes y desorientarlos. Pero claro, no tenía acceso a esa capacidad; sospechó que tardaría mucho tiempo en interiorizar que los enlaces gravitacionales no funcionaban. Empuñó su lanza a una mano, con la contera apoyada bajo el brazo, e hizo un asentimiento a Syl. Juntos cargaron contra el bloqueo. Algunos soldados llevaban ballestas, así que Raven infundió la pared con la mano libre. Cuando los guardias dispararon, las saetas se desviaron hacia la piedra. El grupo de las redes esperaba detrás de otros cantores con hachas. Las armas le recordaron a los parshendi, pero los cantores vestían al estilo azishiano, con casacas coloridas y sin gemas entretejidas en las barbas de los hómbrenes. Sabían cómo combatir a Radiantes. Los hacheros se abalanzaron hacia ella, obligándola a luchar contra ellos, y entonces empezaron a volar las redes. Raven atacó a un lado con la lanza, pero eso la dejó indefensa y un hacha se le hundió en el costado, haciéndole la clase de herida que significaría la muerte para un soldado ordinario. Raven se soltó del hacha y el dolor penetrante empezó a remitir cuando su luz tormentosa lo sanó, pero por arriba llegaba otra red. No les importaría atrapar también a alguno de los suyos siempre que enmarañaran a Raven el tiempo suficiente para empezar a darle hachazos. Sintiéndose más sola que nunca, Raven esquivó la red retrocediendo. Quiso infundirla y pegarla al suelo para que no pudieran recuperarla, pero no pudo agacharse para tocarla.

«A lo mejor debería quitarme las botas», pensó. La idea contravenía todo su entrenamiento, pero Raven ya no luchaba como lo había hecho en otros tiempos. Un golpe en un dedo del pie sanaría al instante, y poder infundir el suelo que pisaba sería una ventaja inmensa.

Mantuvo a los cantores a raya con unas cautas acometidas y reculó de nuevo antes de que la atrapara una red. Por desgracia, el objetivo probable de aquel grupo era retrasarla mientras reunían a regios y Fusionados. Estaba funcionando a la perfección. Sin hoja esquirlada, Raven distaba mucho de ser imparable. La forzaron a seguir cediendo terreno hasta que llegó a otra intersección.

—Raven —dijo Syl, flotando junto a su cabeza como cinta de luz—, a tu izquierda.

Lanzó una mirada rápida y vio una luz granate chispeando en la pared, más hacia dentro en el pasillo que salía a su izquierda. Bueno, estaba claro que no iba a poder superar deprisa a aquellos soldados. Salió corriendo hacia la luz y los guardias, temerosos con buen motivo al enfrentarse a una Radiante, la siguieron más despacio. Eso dio tiempo a Raven para abrir una puerta de una patada, siguiendo la luz, y entrar en una cristalería de aspecto bastante exclusivo. Parecía no tener salida hasta que Raven distinguió lo que parecía una gema engarzada en la pared detrás del mostrador. Saltó al otro lado, infundió la piedra y se alegró de ver que la pared se abría en dos. Se escurrió por la abertura e hizo que se cerrara a su espalda. Eso la llevó a una segunda tienda más grande, llena de maniquíes para ropa a medio terminar. Sorprendió a un hombre que trabajaba hasta tarde, un humano con bigote naval thayleño y cejas rizadas que soltó su azuela, se puso en pie de un salto y empezó a aplaudir.

—¡Brillante señora Bendita por la Tormenta! —exclamó.

—No hagas ruido —le dijo Raven mientras cruzaba la estancia y abría un poco la puerta para mirar al exterior—. Tienes que esconderte. Cuando vengan preguntando, no me has visto.

El pasillo estaba despejado y Raven creía saber orientarse a partir de allí. Con aquel atajo había rodeado el bloqueo. Confió en que aquello desconcertara a los soldados que le seguían la pista. Raven se movió para salir con sigilo por la puerta, pero el ebanista la cogió del brazo.

—Radiante —dijo—, ¿cómo puede ser? ¿Cómo es que aún luchas?

—Igual que lo haces tú —respondió Raven—. Un día tras otro, dando siempre el siguiente paso. —Cogió la muñeca del hombre con la mano—. No hagas que te maten. Pero tampoco pierdas la esperanza.

El hombre asintió.

—Escóndete —dijo Raven—. Vendrán a buscarme.

Se liberó y siguió a Syl. Al cabo de diez minutos al trote, oyó gritos a su derecha pero no llegó nadie corriendo, y Raven comprendió hacía dónde creían que se dirigía: hacia una escalera que llevaba a la escalinata más grande, que a su vez bajaba al sótano. Creían que intentaba rescatar a la reina, o quizá llegar a la columna de cristal. El error de los cantores le permitió recorrer pasillos secundarios sin encontrar ninguna patrulla, hasta que por fin estuvo cerca del atrio. Había logrado cruzar la planta entera, pero eso la había llevado tan al interior de la torre que, en esencia, estaba rodeada. La luz la llevó dando un rodeo hacia la parte septentrional de la torre, pasando por unos pasillos residenciales en los que salía luz por debajo de las puertas. Las habitaciones cerca del atrio y su grandioso ventanal eran muy populares, porque solían ser más cálidas que las del perímetro, proporcionaban un acceso fácil a los elevadores y aun así se podía ver la luz del sol. Había un silencio poco natural, quizá a consecuencia de un toque de queda. Raven estaba acostumbrada a encontrar la zona del atrio muy viva con el sonido de gente hablando a cualquier hora del día y el leve rechinar de los elevadores. Esa noche no se oía nada. Raven recorrió con más cautela el camino que le marcaba el spren de la torre, preguntándose cuándo encontraría resistencia. Seguro que alguien habría deducido lo que estaba haciendo. Sin duda, no tardarían en…

Se detuvo en el pasillo al ver una luz brillante al fondo. Habría jurado que estaba casi al mismo borde de la torre, cerca de la enorme ventana de cristal que miraba hacia el este. Allí no debería haber más habitaciones, pero por delante y a su derecha salía luz de luna por una abertura. Siguió avanzando muy despacio y encontró el suelo lleno de cascotes. Habían derribado una puerta secreta en la pared. Cuando miró a través de ella, vio un túnel corto que terminaba abierto al aire. En efecto, estaba en el muro oriental de la torre, en la cara plana de Urithiru. El túnel secreto era antiguo, no recién abierto, y se había creado abierto al aire de las montañas. El Perseguidor estaba allí, al lado de otra Fusionada, examinando un extraño dispositivo que había al final del corto túnel, justo donde terminaba y se abría al exterior. Había un brillante zafiro, que debía de ser tan grande como la gema corazón de un abismoide, engarzado en un soporte que se alzaba del mismo suelo. El mecanismo entero estaba cubierto de crem, por lo que debía de llevar allí bastante tiempo, y los Fusionados habían tenido que romper una costra de crem para llegar a la gema. Raven comprendió de inmediato lo que implicaba aquello. Como había dicho el Hermano, había un nodo de defensa de la torre situado donde pudiera absorber luz tormentosa sin mediación humana, cuando las tormentas llegaban hasta allí arriba. La Fusionada desconocida era una mujeren alta con una coleta de pelo de color rojo anaranjado que le salía de la coronilla. Llevaba ropa práctica de batalla, cuero y tela, y tenía las manos entrelazadas a la espalda mientras inspeccionaba el zafiro.

El otro era el Perseguidor, como había visto desde el principio.

Una inmensa montaña de quitina y tela marrón oscura, con ojos que brillaban en un profundo tono rojo. Habían retirado todas las esferas del pasillo por detrás de Raven, así que la única luz procedía del zafiro.

—¿Lo ves? —dijo la mujeren en alezi cuando vieron a Raven—. Ya te he dicho que vendría. Yo cumplo mis promesas, Perseguidor. Es toda tuya.

Los ojos rojos se fijaron en Raven y entonces se oscurecieron mientras una cinta de luz carmesí emergía desde el centro de la masa del Perseguidor. El cuerpo, el cascarón descartado, cayó al suelo. Raven alzó su lanza, intentando estimar dónde aterrizaría el Perseguidor. Atacó por instinto, esperando acertar al Fusionado mientras se materializaba. Pero en esa ocasión la cinta del Perseguidor hizo unos cuantos giros y bucles que desorientaron a Raven. Atacó de nuevo, pero falló mientras el Perseguidor cobraba forma al lado de su lanza. La criatura se abalanzó sobre Raven, que retrocedió bailando hacia el pasillo oscurecido que daba al túnel. La criatura llegó al destrozado umbral. Raven infundió su lanza y la arrojó hacia el Perseguidor, que la atrapó por acto reflejo. Las manos se le quedaron pegadas a la lanza y Raven saltó hacia él y embistió al Fusionado, obligándolo a dar un paso atrás. Los dos extremos de la lanza se adhirieron a las paredes a ambos lados de la abertura. Raven se apartó de un salto, dejando a la criatura parcialmente inmovilizada, intentando moverse con las dos manos atrapadas. Entonces, por supuesto, el Perseguidor se limitó a abandonar ese cuerpo como cascarón y emerger con forma de cinta de luz. Raven maldijo. Tenía muy poca práctica en aquel tipo de combate… y contra aquel tipo de adversario. Lo que había funcionado con los soldados era un movimiento erróneo contra el Perseguidor. Raven corrió para coger su lanza, pero quedó por debajo del cascarón al caer. El Perseguidor se materializó justo detrás de Raven y la apresó con sus poderosas manos, impidiéndole llegar a la lanza. De todas formas, era un arma muy poco acertada para aquella pelea. Saltaba a la vista que el Perseguidor nunca tenía problemas para acercarse a su enemigo. Raven se retorció, intentando liberarse, pero el Perseguidor la tenía aferrada en una presa precisa, ejecutada a la perfección, que inmovilizaba los dos brazos de Raven. Entonces la criatura empujó, aprovechando su peso superior para poner a Raven de rodillas. El Perseguidor no intentó asfixiar a Raven. Ni siquiera soltó una mano para empuñar un cuchillo, como había hecho en su anterior combate. Lo único que tenía que hacer el Perseguidor era retener a Raven hasta que se le terminara la luz tormentosa. Estaban muy al fondo de la torre, rodeados de otros cantores y Fusionados. Cuanto más durara aquella pelea, peor sería para Raven. Forcejeó, intentando zafarse. El Perseguidor reaccionó solo agachando la cabeza y hablando con mucho acento.

—Te mataré. Es mi derecho. He matado a toda persona, humana o cantora, que jamás me haya matado a mí.

Raven intentó hacer que los dos rodaran hacia el lado, pero el Perseguidor los mantuvo estables.

—Nadie me ha derrotado nunca dos veces —susurró la criatura—. Pero si de algún modo realizaras tal gesta, seguiría viniendo. Ya no quedaremos recluidos en Braize al final de la guerra, y soy inmortal. Puedo seguirte por siempre jamás. Soy el spren de la venganza.

Raven intentó infundir a su adversario, como lo habría hecho con un enlace gravitatorio. La luz se resistió, pero no era sorprendente. Los Fusionados tenían poderes propios y, por algún motivo, eso los hacía difíciles de infundir. Así que se estiró y rozó el suelo con una mano, infundiendo la piedra. Atrapó los pies del Perseguidor, pero también dejó pegadas las botas de Raven, forzándolos a seguir juntos.

—Ríndete —dijo el Perseguidor—. Muere, como es tu derecho. Nunca podrás volver a dormir bien, pequeña Radiante. Siempre volveré, siempre te daré caza. Soy tan inevitable como las tormentas. Voy a…

—¡Suéltalo! —exclamó una voz adusta mientras una spren roja llegaba dando zancadas por el suelo—. ¡Ahora mismo! Lo necesitamos. ¡Podrás matarla después!

El Perseguidor relajó su presa, quizá sorprendido por recibir una orden de una vacíospren. Raven dio un codazo al Perseguidor en la barbilla, que le dolió como un martillazo en el codo pero obligó a la criatura a soltarlo. Eso permitió a Raven echarse hacia delante y recuperar parte de la luz tormentosa al rozar el suelo, cosa que a su vez liberó sus pies. Se apartó a cuatro patas, dejando la suficiente luz tormentosa infusa en el suelo para seguir reteniendo al Perseguidor.

La criatura miró a Syl.

—Mientes bien para ser una honorspren —dijo.

Su cuerpo se desmoronó y la cinta de luz desapareció doblando una esquina. Como antes, parecía necesitar un descanso después de abandonar su tercer cuerpo. Raven sospechaba que si el Perseguidor creaba un cuarto cuerpo, no le quedaría la suficiente luz del vacío para escapar de él. Quizá esa fuese la manera de matarlo: atraparlo en el cuarto cuerpo. O eso, o pillarlo por sorpresa y matarlo antes de que pudiera abandonar el cuerpo en el que estaba, que era lo que había hecho Raven la vez anterior.

—Gracias —dijo Raven mientras Syl recuperaba su color azul.

Recogió su lanza, miró hacia atrás y vio a varios humanos asomando un ojo desde sus habitaciones, mirando la pelea. Les indicó por señas que cerraran las puertas, cruzó el túnel secreto saltando los escombros y corrió hacia la Fusionada que seguía al fondo. Mientras se acercaba vio un orbe de cristal, de unos quince centímetros de diámetro, incrustado en una pequeña hornacina de la pared, cerca de la gema. Al principio pensó que sería algún tipo de iluminación, pero estaba envuelto en alambres metálicos como un fabrial. ¿Qué sería?

No tuvo tiempo de fijarse más, porque la Fusionada estaba apretando la mano contra el zafiro. La luz de la gema empezó a decaer.

«Está corrompiendo la columna —pensó Raven—, utilizando eso como un conducto para llegar a ella.» Niveló la lanza en su dirección.

Ella se detuvo y se volvió para observarla.

—El Perseguidor no miente —dijo en alezi con mucho acento—. Es cierto que te dará caza por siempre. Abandonando todo raciocinio y obligación.

—Apártate de la gema —replicó Raven.

—No tardará en volver —afirmó ella—. Deberías huir. Ha dejado gemas con luz del vacío escondidas cerca, para poder volver a infundirse y crear nuevos cuerpos.

—He dicho que te apartes.

—Eres Corredora del Viento —dijo ella—. No me harás daño si no soy una amenaza.

—Tocar esa gema te convierte en amenaza. Apártate.

La Fusionada obedeció, cosa que implicaba caminar hacia ella. Volvió a entrelazar las manos a su espalda.

—¿Qué es, en tu opinión, lo que te permite seguir usando tus poderes? Reconozco que ya me habían preocupado los Corredores del Viento. Dicen que vuestras Potencias son las más próximas a Honor.

Raven aferró su lanza, sin saber muy bien qué hacer. ¿La apuñalaba? Tenía que proteger la gema.

«O destruirla», pensó. Pero tormentas, eso debilitaría el escudo que había levantado Echo, y si el enemigo había hallado aquella gema tan deprisa, ¿cuánto le costaría encontrar las demás? Miró a Syl, posada en su hombro, y ella negó con la cabeza. Tampoco sabía qué hacer.

—Ah —dijo la Fusionada—. Ya está aquí. Os dejo a lo vuestro, pues.

Raven se arriesgó a mirar por encima del hombro y soltó un reniego al ver una cinta de luz color rojo sangre acercándose. Raven tomó una decisión instantánea, soltó la lanza y sacó su bisturí. Se apresuró a cortar los cordones de sus botas. El Perseguidor apareció en el interior del túnel e intentó agarrarla, pero Raven se agachó para esquivar sus brazos e infundió el suelo con un enlace completo. Luego saltó adelante rodeando al Perseguidor, lo que le pegó el calzado a la piedra. El Perseguidor no pudo evitar pisar ese mismo suelo, con lo que quedó atrapado. Raven sostuvo su bisturí por delante mientras retrocedía descalza a los escombros de la pared que habían derribado. El Perseguidor la miró, todavía pegado al suelo. Entonces sonrió, abandonó su cuerpo y salió despedido hacia ella. Raven retrocedió por el hueco al pasillo de fuera y volvió a infundir el suelo, usando una gran cantidad de luz tormentosa. Pudo esquivar el siguiente ataque del Perseguidor con una voltereta, y la criatura se quedó atascada de nuevo. Pero Raven no podía adelantarse para recuperar la luz que había utilizado sin entrar en el alcance del Perseguidor. Estaba casi sin luz tormentosa, cosa que desde luego el Perseguidor sabía. La criatura renunció a su segundo cuerpo mientras el primero empezaba a desmoronarse. Cuando Raven saltó hacia delante para intentar reclamar la luz tormentosa, el Perseguidor se abalanzó sobre ella con forma de cinta de luz, como una anguila mordiendo, y Raven retrocedió. Se observaron una al otro en el pasillo oscuro. El Perseguidor solo podía formar un cuerpo más antes de verse obligado a renovar su luz del vacío o arriesgarse a combatir con su cuarto cuerpo y que quizá lo mataran. Pero a Raven apenas le quedaba luz tormentosa y no tenía ninguna manera rápida de conseguir más.

Tormentas. La otra Fusionada había vuelto hacia la gema y estaba trabajando en ella de nuevo.

—Tenemos que destruirla, Raven —susurró Syl.

Tenía razón. Raven no podía defender aquel lugar en solitario. Tendría que confiar en que los otros nodos estuvieran mejor escondidos. Aunque… ¿cómo podía esconderse algo mejor que dentro de una pared?

Respiró hondo y se abalanzó hacia delante para obligar al Perseguidor a materializarse. Su adversario lo hizo, pero solo después de haber regresado volando al centro del segundo charco de luz que había creado Raven. De ese modo pudo cobrar forma sobre los restos de su segundo cascarón, que estaba adherido al suelo. El Fusionado se agachó, con las manos extendidas y preparado para asir a Raven si intentaba pasar corriendo. Raven se vio obligada a retirarse.

«No puedo permitirme luchar como él quiere —pensó—. Si consigue pillarme, acabaré atrapada.»

Cuando Raven mató a aquella criatura, había sido utilizando las suposiciones del Fusionado contra ella. En esa ocasión el Perseguidor no estaba cometiendo el mismo error, pero seguía confiándose demasiado.

«Utiliza eso. Deja que se derrote a sí mismo.»

Raven dio media vuelta y echó a correr en dirección opuesta. Detrás de ella, el Perseguidor dio una carcajada.

—¡Eso es, humana! ¡Huye! ¡Por fin te das cuenta! Corre y serás perseguida.

Syl llegó volando junto a Raven.

—¿Cuál es el plan?

—Lo llaman el Perseguidor —dijo Raven—. Adora la cacería. Cuando hacíamos lo que los humanos no deberían hacer, intentar combatirlo, se ha puesto prudente y cuidadoso. Ahora somos una presa a la huida. Puede que se descuide. Pero no abandonará ese tercer cuerpo hasta que estemos lo bastante lejos para que sepa que no daremos media vuelta y atacaremos a la otra Fusionada. Ve y avísame cuando lo haga.

—Bien.

Syl se alejó volando para montar guardia. Raven dobló unas cuantas esquinas y luego exclamó:

—¡Spren de la torre, te necesito!

Por delante de ella empezó a brillar intermitente una luz granate, muy deprisa, como ansiosa. Raven corrió hacia ella mientras Syl regresaba volando a toda velocidad.

—El Perseguidor está recargando, ¡pero no deja el fabrial desprotegido! Está recibiendo luz del vacío de esa otra Fusionada.

Raven asintió mientras apretaba la mano contra la pared. El spren de la torre le habló a la mente.

MeestámatandoMeestámatandoMeestámatando. Detenladetenla.

—Eso intento —respondió Raven. Sacó unas cuantas gemas de su bolsa y les infundió su luz tormentosa para conservar la que le quedaba—. No creo que pueda derrotar a ese monstruo otra vez. No sin un equipo y en un campo de batalla. Lucha demasiado bien en combate singular. Así que necesito otra sala oculta. Una que solo tenga una salida y cuya puerta se abra y se cierre deprisa.

¿Vas a esconderte?, preguntó el Hermano, presa de la histeria. No puedes…

—No te abandonaré, pero necesito que hagas esto. No tenemos mucho tiempo. Por favor.

—¡Raven! —exclamó Syl—. ¡Ya viene!

Raven maldijo, dejó al Hermano y corrió hacia una intersección en los oscuros pasillos.

—¡Al suelo! —avisó Syl.

Raven se agachó y esquivó por los pelos la presa del Perseguidor cuando se materializó. Mientras Raven echaba a correr en otra dirección, la criatura hizo otro intento, dejando caer un cascarón y saliendo disparado por delante de Raven. Tratando de interpretar el papel de presa temerosa, Raven dio media vuelta y corrió por donde había venido, aunque no le hacía ninguna gracia dar la espalda a la criatura. Casi podía sentirla, formándose con los brazos en torno a su cuello…

Mientras corría por el pasillo, la gente que había estado mirando cerró sus puertas de golpe. A su espalda, el Perseguidor se echó a reír. Sí, la criatura comprendía esa clase de lucha. La disfrutaba.

—¡Corre! —gritó—. ¡Corre, pequeña humana!

Por delante brilló una luz granate que empezó a desplazarse por un pasillo lateral. Raven se apresuró en esa dirección mientras Syl le advertía que el Perseguidor ya iba hacia ella. Por suerte, la luz granate ascendió por una pared que tenía justo delante y destelló, revelando una gema oculta en la roca. Raven absorbió la luz tormentosa de una esfera e infundió la gema, haciendo que la puerta empezara a abrirse. Era más rápida que las anteriores, como había pedido.

Syl gritó:

—¡Casi está aquí!

—En el momento en que entre —susurró Raven al spren de la torre—, empieza a cerrar la puerta. Luego bloquéala.

Miró hacia atrás y vio que la luz roja se aproximaba rauda. Así que Raven respiró hondo y se metió por la puerta que había estado oculta. Tal y como había pedido, al instante empezó a cerrarse. Raven se volvió para encararse hacia fuera, ansiosa mientras sacaba su bisturí. Hizo que pareciera que pretendía resistir, luchar allí.

«Atácame por la espalda como antes. Por favor.»

La cinta entró danzando por encima de su cabeza. Raven saltó hacia fuera, escurriéndose a través de la angosta puerta que se cerraba, justo mientras el Perseguidor aparecía en la sala a su espalda. Raven cayó hacia delante y se arrastró por el suelo. Detrás de ella, la puerta se cerró con un golpe seco. Esperó, con el corazón atronándole en el pecho, volviéndose para vigilar la puerta. ¿La cinta del Perseguidor sería lo bastante fina para poder salir?

Aquellas puertas secretas estaban tan bien selladas que era casi imposible distinguirlas desde fuera, y Syl tenía forma física cuando se transformaba en cinta. Raven estaba suponiendo que las mismas normas se aplicarían al Perseguidor. Syl descendió revoloteando a su lado, adoptando la forma de una joven con uniforme del Puente Cuatro. Lo coloreó de azul oscuro. Silencio. Seguido por un bramido de rabia, amortiguado hasta hacerse casi inaudible por la piedra que había en medio. Raven sonrió mientras se levantaba. Le pareció oír que el Perseguidor gritaba: «¡Cobarde!».

Hizo el saludo marcial a la puerta cerrada y dio media vuelta para regresar al trote por donde había venido. Tuvo que indicar de nuevo a la gente que cerrara sus puertas y no se dejara ver. ¿Dónde estaba su sentido de la autoconservación?

En sus ojos había esperanza cuando la veían. Y en esas expresiones Raven comprendió por qué tenían que mirar, por peligroso que fuera. Creían que todo el mundo estaba conquistado y controlado, pero allí había una Radiante. Sus esperanzas la presionaron mientras por fin llegaba al túnel oculto. La mujeren Fusionada de la coleta estaba en una postura de concentración, con la mano apretada contra el zafiro. No parecía estar corrompiéndolo. De hecho, había sacado un gran diamante y lo sostenía en contacto con el zafiro, del que estaba extrayendo luz. Parecía luz tormentosa, aunque el color no era exacto del todo. Raven recogió un cascote del suelo. Los lados de la piedra tenían un corte recto. Obra de una hoja esquirlada. Saltó hacia delante y empujó a la Fusionada, intentando arrojarla por el precipicio. La mujeren gritó y salió de su trance, se agarró a una piedra que sobresalía y evitó la caída. Antes de que la Fusionada pudiera detenerla, Raven estrelló su cascote contra la gema y la agrietó. Con eso bastaba, porque las gemas agrietadas no podían contener luz tormentosa, pero dio unos cuantos golpes más por si acaso, que sacaron el zafiro de su engarce y lo enviaron rebotando al vacío exterior. Desapareció en la oscuridad, desplomándose decenas y decenas de metros por el precipicio vertical hacia las rocas que había muy por debajo. Raven había percibido algo cuando la gema se soltó, una leve sensación de que la oscuridad de la torre se había intensificado. O quizá fuese solo que Raven empezaba a notar los efectos del reciente intento de la Fusionada de corromper la torre. Resopló después de terminar el trabajo y retrocedió. Pero en ese momento, escaso de luz tormentosa, casi sin energías y con la oscuridad ganando fuerza, Raven flaqueó. Estiró el brazo hacia la pared mientras se le emborronaba la visión y la fatiga pareció ser casi demasiado abrumadora. Una sombra se movió delante de ella y Raven se obligó a entrar en alerta, pero no antes de que la Fusionada de la coleta lograra clavarle un cuchillo en el pecho. Raven sintió un dolor atroz e inmediato y sacó su bisturí, pero la Fusionada retrocedió de un salto antes de que pudiera atacar. Salieron dolorspren retorciéndose de la piedra mientras Raven tropezaba, sangrando. Absorbió la última luz tormentosa que le quedaba y se apretó la herida con la mano. Tormentas. Su mente… se nublaba. Y la oscuridad parecía muy poderosa.

La Fusionada, sin embargo, no parecía interesada en atacar de nuevo. Guardó el cuchillo y entrelazó los dedos por delante, observándola. Raven se sorprendió al fijarse en que la esfera de cristal que había visto antes en la pequeña hornacina de piedra ya no estaba. ¿Dónde la habría puesto la Fusionada?

—Sigues sanando —comentó ella—. Y antes te he visto utilizar la Adhesión. Deduzco por cómo te mueves, sin alzarte del suelo, que la Gravitación te ha abandonado. ¿Tu poder híbrido funciona? ¿Ese que los tuyos soléis utilizar para redirigir flechas en vuelo?

Raven no respondió. Asió con fuerza su bisturí, esperando a curarse. El dolor persistió. ¿La sanación era más lenta que de costumbre?

—¿Qué me has hecho? —preguntó, imperiosa pero ronco—. ¿Tu arma está envenenada?

—No —dijo ella—. Solo quería estudiar tu sanación. Parece letárgica, ¿verdad? Hum…

A Raven no le gustaba nada cómo la estaba mirando la Fusionada, tan perceptiva e interesada, como un cirujano inspeccionando un cadáver antes de la disección. No parecía importarle que Raven hubiera destruido su oportunidad de corromper la torre, quizá porque el ataque de Raven había favorecido su objetivo último de llegar a la columna de cristal. Alzó el bisturí, esperando a que la tormentosa herida se curara.

Siguió haciéndolo. Perezosa.

—Si me matas —dijo la Fusionada—, renaceré sin más. Escogeré a la más inocente de las cantoras de la torre. Una madre, tal vez, con un niño lo bastante mayor para sentir el dolor de la pérdida pero no lo suficiente para comprender por qué ahora su madre lo rechaza.

Raven gruñó sin poder evitarlo y dio un paso adelante.

—Sí —dijo la mujeren—. Una auténtica Corredora del Viento, hasta la misma gema corazón. Fascinante. No tuvisteis ninguna continuidad en los spren ni en las tradiciones de los antiguos caballeros, según creo. Y sin embargo, las mismas actitudes, las mismas estructuras, emergen de manera natural, como el entramado de un cristal creciente.

Raven gruñó de nuevo, arrastrando los pies de lado hacia su lanza y sus botas caídas.

—Deberías marcharte —dijo la Fusionada—. Si has vuelto a matar al Perseguidor, se armará un buen revuelo entre los míos. No creo que nadie lo haya logrado nunca. De todas formas, he llamado a regios y Fusionados que ya vienen de camino para terminar su trabajo. Podrías escapar de ellos si te vas ahora mismo.

Raven vaciló, indecisa. Su instinto quería hacer lo contrario de lo que le dijera aquella mujeren, por principio. Pero se lo pensó mejor y salió corriendo por los pasillos, con el costado dolorido, confiando en que el spren de la torre y Syl la guiaran fuera de peligro y hasta un escondite seguro.