60. Essai
¿Quién es esa persona? No habéis empleado ningún título, por lo que asumo que no pertenece a los Fusionados. ¿Quién, por tanto, es El?
De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 10
Venli sintió que todos los ritmos se detenían cuando vio a Rlain en la celda. Como un silencio coronando un aumento gradual. En ese silencio, Venli por fin creyó lo que le había dicho Mazish. En ese silencio, todo Roshar cambió. Venli ya no era la última. Y en ese silencio, Venli tuvo la impresión de oír algo lejano más allá de los ritmos. Un tono puro. Rlain alzó la vista a través de los barrotes y la miró con expresión desdeñosa. El momento de paz se desvaneció. Rlain había adquirido algunas expresiones humanas, al parecer. ¿La reconocería en aquella forma? Las pautas de la piel de Venli eran las mismas, pero Rlain y ella nunca habían sido íntimos. Lo más probable era que solo viese a una regia desconocida.
Venli retrocedió por el pasillo, pasando junto a varias celdas vacías con barrotes en las puertas. Era el día siguiente al suceso con Bendita por la Tormenta y la destrucción del nodo. Venli había estado de camino hacia las celdas para visitar a Rlain cuando tuvo lugar el acontecimiento, que la había obligado a regresar para atender a su ama. Venli había supuesto que Rabeniel se enfurecería, por lo que le resultó curioso que la Fusionada se lo tomara con tanta calma. Casi parecía divertida por lo que había ocurrido. Estaba ocultando algo sobre sus motivaciones. No parecía querer que la corrupción de la torre se completara demasiado deprisa. En todo caso, a consecuencia del incidente, Venli había tenido que quedarse hasta bien avanzada la noche haciendo de intérprete para varios Fusionados. No había sido hasta aquella mañana cuando había logrado librarse de sus obligaciones y llegar hasta allí para comprobar lo que le había dicho Mazish.
Rlain. Vivo.
Cerca de la puerta, Venli se encontró al carcelero jefe, un regio en forma funesta con una cresta de púas que empezaba en la cabeza y le bajaba por el cuello.
—No sabía que tuviéramos una cárcel —dijo al hombren, en voz baja y a Indiferencia.
—La construyeron los humanos —repuso él, también a Indiferencia—. Interrogué a varios que trabajaban aquí. Afirman que tenían retenido a la asesina aquí dentro.
—¿A esa asesina?
—Así es. Desapareció justo antes de que llegáramos.
—Debería haber caído inconsciente.
—Pues no lo hizo, y nadie ha visto ni rastro de ella.
—Deberías habérmelo contado antes —dijo Venli—. La dama cree que ciertos Radiantes podrían ser capaces de actuar todavía en la torre. Es posible que este se haya escondido por ahí fuera y esté preparándose para matar.
El forma funesta canturreó a Vergüenza.
—Bueno, estábamos preparando este sitio por si tenemos que encerrar a algún regio con la comodidad que le correspondería. Hay un calabozo más grande para los prisioneros humanos. Supuse que este sería buen lugar para ese amigo tuyo de ahí, hasta que nos lleguen órdenes oficiales.
Venli echó un vistazo al pasillo de celdas vacías, iluminado por lámparas de topacio colgadas del techo. Daban al lugar una cierta calidez de color marrón claro, el de la piedracrem.
—¿Por qué lo encerrasteis? —preguntó.
—Es un essai —dijo el regio a Mofa, usando una palabra que habían adoptado de los Fusionados. Venía a ser algo como «amante de los humanos», aunque Venli supo gracias a su forma que en realidad significaba «peludo».
—Era un espía que mi gente envió a vigilarlos.
—Pues os traicionó —replicó el forma funesta—. Afirma que los humanos lo retenían contra su voluntad, pero no nos hizo falta preguntar mucho para descubrir la verdad. Se mostraba amistoso con los Radiantes; sería su sirviente o algo parecido. Podría haberse marchado en cualquier momento, pero se quedó. Querría seguir siendo un esclavo, supongo.
El regio cambió al Ritmo de las Ejecuciones, que se usaba muy poco.
—Voy a hablar con él —dijo Venli—. Yo sola.
El forma funesta la observó, canturreando a Destrucción en desafío. Venli canturreó al mismo ritmo en respuesta: superaba en categoría a aquel hombren, mientras siguiera siendo la Voz de Rabeniel.
—Enviaré otro mensaje a la Dama de los Deseos —dijo él por fin—, para informarla de lo que estás haciendo.
—Como desees —repuso Venli, y esperó mirándolo hasta que el regio salió del pasillo y cerró la puerta.
Venli echó un vistazo en Shadesmar, como había cogido costumbre de hacer, aunque sabía que los vacíospren no podían ocultarse en la torre. Ya lo hacía por instinto. Y no…
«Un momento.» Allí sí que había un vacíospren.
Estaba oculto en el cuerpo de un cremlino. La mayoría de los spren podían meterse en cuerpos, aunque no fuesen capaces de atravesar otros objetos sólidos. Venli no era muy ducha en todas las variedades de vacíospren, pero aquel debía de haber comprendido que ya no podía ocultarse en la torre como antes y optaba por ese método para que no lo vieran. Armonizó a Ansiedad y Timbre coincidió con ella. ¿Estaba espiándola a ella o a Rlain? ¿O solo estaba de patrulla? ¿Había hecho algo Venli en los últimos días que pudiera delatarla?
Mantuvo la compostura, fingiendo pensar mientras paseaba por el pasillo. Entonces hizo como si acabara de reparar en la presencia del cremlino y lo ahuyentó. El pequeño ser descendió por la pared correteando y salió por debajo de la puerta. Venli miró en Shadesmar y vio al vacíospren, entre los centenares de colores ondeantes que componían la torre, perdiéndose en la lejanía junto con el diminuto puntito de luz que representaba al cremlino. Se había quedado tan nerviosa que paseó arriba y abajo unas cuantas veces y volvió a mirar en Shadesmar antes de obligarse a regresar a la celda.
—Rlain.
Él la miró. Entonces frunció el ceño y se levantó.
—Soy yo —dijo ella a Paz, hablando en el idioma oyente para añadir otra capa de intimidad—. Venli.
Él se acercó más a los barrotes y sus ojos subieron hasta la cara de Venli. Rlain canturreó a Recuerdo.
—Tenía entendido que mataron a todos los oyentes.
—Solo a la mayoría. ¿Qué haces tú aquí, Rlain? ¡Que nosotros supiéramos, los humanos te habían descubierto en los campamentos de guerra y te habían ejecutado!
—No… no me descubrieron. —Hablaba a Curiosidad, pero su lenguaje corporal, además de revelar que en efecto había adoptado algunas actitudes humanas, delató sus verdaderas emociones. Era evidente que no confiaba en ella—. Quisieron dar ejemplo conmigo, hacer un experimento. Me pusieron en las cuadrillas de los puentes. No creo que nadie sospechara nunca que era un espía. Solo pensaron que era demasiado listo para ser un parshmenio.
—¿Y llevas viviendo con ellos todo este tiempo? Ese guardia dice que eres un ess… un simpatizante de los humanos. No puedo creer que estés vivo y yo no sea la… Es decir…
El lenguaje le falló y terminó quedándose allí plantada, canturreando al Ritmo de lo Perdido y sintiéndose idiota. Timbre se unió a ella palpitando al mismo ritmo, y eso la ayudó un poco. Rlain estaba observándola. Debía de haber oído que las formas de poder cambiaban la personalidad de la gente. Tormentas, lo habían sabido desde el principio. Siempre supieron que eran peligrosas.
—Rlain —dijo con voz suave—. Soy yo. Yo de verdad. Esta forma no me… cambia como la forma tormenta cambió a los demás.
Timbre latió. Dile la verdad. Muéstrale lo que eres. Ella se negó en redondo. «No.» No podía.
—¿Y los demás? —preguntó él, esperanzado—. ¿Remala? ¿Eshonai? Creemos que se enfrentó a Clarke en batalla. ¿Sabes… si está…?
—Vi el cadáver de mi hermana con mis propios ojos al fondo de los abismos —dijo Venli a Dolor—. Ya no queda nadie más que yo. Él… Odium los tomó, los convirtió en Fusionados. A mí me salvó porque quería que contara historias sobre nuestro pueblo, usarlas para inspirar a los cantores recién liberados. Pero creo que nos temía, como grupo. Por eso nos destruyó.
Venli canturreó de nuevo al Ritmo de lo Perdido. Al cabo de un momento Rlain la imitó y se adelantó hasta quedar justo detrás de los barrotes.
—Lo siento, Venli —terminó diciendo—. Eso tuvo que ser horrible.
«No sabe que todo esto lo provoqué yo —comprendió—. ¿Cómo iba a saberlo? Estaba con los humanos. Para él soy solo… otra superviviente.»
Encontró la idea sobrecogedora.
—Tienes que liberarme —dijo Rlain—. Esperaba que se creyeran mi historia, pero soy demasiado conocido en la torre. Cuando eres el único «parshmenio» al que todo el mundo conoce, destacas.
—Haré lo que pueda —respondió Venli a Reconciliación—. El guardia no confía en mí, igual que otros muchos, y que esté hablando contigo empeorará las cosas. Si consigo sacarte, ¿qué vas a hacer? No me meterás en problemas, ¿verdad?
Rlain le frunció el ceño y se puso a canturrear a Irritación.
—Sí que simpatizas con los humanos —dijo Venli.
—Son mis amigos —respondió él—. Mi familia, ahora. No son perfectos, Venli, pero si queremos derrotar a Odium vamos a necesitarlos. Vamos a necesitar esta torre.
—¿Queremos derrotar a Odium? —preguntó Venli—. A mucha gente le gusta cómo van las cosas, Rlain. Tenemos una nación propia, no cuatro chozas en un campo perdido del mundo, sino una verdadera nación con ciudades, caminos, infraestructura. Cosas, debo añadir, que en su mayoría se construyeron con los esfuerzos de cantores esclavizados. Los humanos no merecen nuestra lealtad, ni siquiera una alianza. No después de lo que hicieron.
Rlain no puso objeciones de inmediato. En vez de eso, canturreó a Tensión.
—Nos encontramos atrapados literalmente entre dos tormentas —dijo por fin—. Pero si debo elegir una para cruzarla, Venli, escojo la alta tormenta. Fue nuestra tormenta en otro tiempo. Los spren eran nuestros aliados. Y sí, los humanos intentaron aprovecharse de los oyentes y luego intentaron destruirnos, pero los Fusionados son quienes lo consiguieron. Odium eligió destruir a nuestro pueblo. No voy a ser su siervo. Voy a…
Dejo la frase en el aire, quizá dándose cuenta de lo que estaba diciendo. Rlain había intentado empezar la conversación con evasivas, a todas luces preocupado de que Venli fuese un agente de Odium. Pero acababa de confirmar cuál era su posición. Rlain la miró y dejó de canturrear. Esperaba.
—No sé si se puede hacer algún bien luchando contra él, Rlain —susurró Venli—. Pero yo… tengo secretos que Odium no conoce. Estoy intentando construir algo alejado de su dominio, con una gente a la que pueda… no sé, utilizar para iniciar un nuevo grupo de oyentes.
Intentando, a su propia y penosa manera, deshacer lo que había hecho.
—¿Cuántos sois? —preguntó Rlain a Emoción.
—Una docena de momento —dijo Venli—. Los he puesto a cuidar a los Radiantes caídos. Tengo cierta autoridad en la torre, pero no sé hasta dónde puede alcanzar. Es complicado. Los distintos Fusionados tienen motivaciones diferentes, y yo estoy enredada en los hilos de todo el asunto. Ayudé a salvar a unos humanos a los que iban a ejecutar, pero no estoy interesada en aliarme con ellos en general.
—¿A quién salvaste? ¿A la reina?
—No, a gente mucho menos importante —dijo Venli—. Un cirujano y su esposa, a los que…
—¿Lirin y Hesina? —preguntó él a Emoción—. Al niño también, espero.
—Sí. ¿Cómo lo…?
—De verdad tienes que sacarme de aquí, Venli —dijo Rlain—. Y llevarme con Hesina. Tengo una cosa útil que podría enseñarle. Y a ti, si quieres ayudar.
—Es lo que intento decirte —susurró Venli, lanzando una mirada hacia la puerta del pasillo—. Tengo cierta autoridad, pero hay muchos que desconfían de mí. No sé si podré liberarte. Podría atraer demasiada atención hacia mí.
—Venli —dijo él a Confianza—, mírame.
Ella lo miró a los ojos. ¿Había sido siempre tan intenso? Eshonai lo había conocido mejor que ella.
—Tienes que hacerlo —dijo Rlain—. Tienes que usar cualquier influencia que tengas para sacarme de aquí.
—No sé si…
—¡Deja de ser tan insufrible y egoísta! Haz algo que no vaya en tu interés, por el bien mayor, aunque sea una vez en tu tormentosa vida, Venli.
Ella canturreó a Traición. No se merecía esas palabras. Acababa de explicarle que estaba intentando reconstruir a los oyentes. Pero Rlain canturreó más alto a Confianza, así que Venli alineó su ritmo con el de él.
—Lo intentaré —dijo.
Aunque Rabeniel solía pasar el tiempo cerca de la columna de cristal o con los eruditos humanos en las cámaras cercanas, la Dama de los Deseos había indicado que ese día tenía otras ocupaciones. Preguntando por ahí, Venli averiguó que estaba en las habitaciones que habían pertenecido al Espina Negra, por algún motivo. Venli pasó al interior, donde vio a una cantidad inusualmente alta de Fusionados reunidos que se dedicaban a registrar las pertenencias del señor de la guerra, catalogándolas, haciendo anotaciones sobre ellas y empaquetándolas para llevárselas. Venli avanzó un poco y vio una caja llena de calcetines, cada par registrado y guardado con esmero. Iban a trasladar todas sus cosas a un almacén, pero ¿por qué dedicar Fusionados a aquel trabajo tan prosaico? Además, eran Fusionados importantes, sin representación de los más erráticos o enloquecidos. La propia Leshwi estaba trabajando allí, y en conjunto, todo aquello susurraba a Venli una misma cosa: alguien muy alto en la jerarquía cantora estaba muy interesado en ese hombre. Hasta el punto de querer diseccionar y comprender todas y cada una de sus posesiones, por muy ordinarias que fuesen. Venli pasó por el borde de la sala, preocupándose de no acercarse a las amplias puertas y las ventanas que daban a la terraza. Les habían puesto cortinas, pero las normas seguían siendo estrictas durante el día. Ningún cantor debía mostrarse al exterior, no fuesen a revelar la verdad a un posible grupo de exploradores Corredores del Viento.
Encontró a dos humanos a los que no reconoció en la puerta que llevaba a la alcoba, observando lo que ocurría dentro. Allí estaba Rabeniel hablando con un tercer humano. Era un varón alto, vestido con una casaca y unos pantalones que a ojos de Venli parecían elegantes, aunque sabía muy poco de sus modas. Lo más sorprendente era la extraña criatura que estaba sobre el hombro del humano, un ser rarísimo que no se parecía a nada que Venli hubiera visto jamás. Se apoyaba sobre dos patas como una persona, pero su cara terminaba en un pico y tenía unas escamas de colores brillantes que parecían suaves, si se podía creer tal cosa. Cuando Venli entró, la criatura giró la cabeza para mirarla y Venli se quedó desconcertada por lo brillantes e inteligentes que parecían sus ojos. La Dama de los Deseos estaba sentada en una silla junto a la cama, su rostro pasivo, con papeles y libros apilados junto a ella.
¿Quién era ese hombre y por qué había interrumpido Rabeniel sus investigaciones para concederle audiencia? La dama solía hacer caso omiso a las peticiones de los humanos, y hasta había llegado a hacer azotar a algunos «importantes» de entre ellos cuando habían exigido hablar con ella. Mientras Venli avanzaba despacio por un lado de la habitación, le pareció curioso ver que la cara del hombre tenía varias cicatrices que le daban un aire rudo en contraste con su ropa elegante.
—Lo único que encuentro notable —estaba diciendo Rabeniel a Mofa— es lo audaz que eres, humano. ¿Acaso no comprendes la facilidad con que podría hacer que te apalearan o te mataran?
—Eso sería desperdiciar una oportunidad muy útil —dijo el hombre, con voz alta y atrevida, la versión humana del Ritmo de la Determinación—. Y vos no sois de las que desperdician las cosas con utilidad, ¿me equivoco, antigua?
—La utilidad es relativa —replicó Rabeniel—. Desperdiciaré con mucho gusto una oportunidad que nunca vaya a tener tiempo de explotar si me impide hacer algo mejor.
—¿Qué hay mejor que la riqueza gratuita? —preguntó él.
—Ya tengo Urithiru —dijo ella—. ¿Qué necesidad tengo de esferas?
—No me refiero a esa clase de riquezas —repuso el hombre con una sonrisa.
Dio un paso adelante y, con gesto respetuoso, le ofreció una bolsa grande. Rabeniel tomó la bolsa, que dio un suave tintineo. Desató el cordón y miró dentro. Se quedó allí sentada un momento largo y, cuando volvió a hablar, su voz estaba completamente desprovista de ritmos.
—¿Cómo es posible? ¿De dónde has sacado esto?
—Traigo un presente —se limitó a decir el hombre— para animaros a que os reunáis con mi babsk. Iba a esperar hasta que se asentara la actual… agitación, pero mi babsk insiste. Llegaremos a un trato para utilizar las Puertas Juradas. Y pagaremos.
—Es un… buen regalo —respondió Rabeniel al cabo de un tiempo.
—Eso no es el regalo —dijo él—. Eso es un mero adelanto de nuestros futuros pagos. El regalo es esto.
Hizo un gesto hacia un lado y la extraña criatura de su hombro silbó. Los dos hombres que Venli había visto fuera entraron, cargando entre los dos con un gran cajón cubierto por una tela. Apenas cabía por la puerta, y pesaba, a juzgar por el golpe que sonó cuando lo dejaron en el suelo. El líder de los humanos retiró la tela y reveló a una pequeña humana adolescente en una caja con barrotes a los lados. La sucia criatura gruñía acurrucada en el centro, en la sombra. El hombre hizo un gesto teatral, se inclinó y empezó a marcharse.
—¿Humano? —dijo Rabeniel—. No te he dado permiso para retirarte. ¿Qué es esto? No necesito esclavos.
—No es una esclava —repuso el hombre—. Pero si vuestro amo logra localizar a Cultivación algún día, sugeridle que le pregunté por qué creó a una Danzante del Filo que utiliza luz de vida en lugar de luz tormentosa.
Se inclinó de nuevo, en una reverencia formal del ejército, y se marchó. Venli esperó, suponiendo que Rabeniel exigiría que lo ejecutaran o que al menos lo azotaran. Pero la Fusionada empezó a canturrear a Arrogancia. Hasta sonrió.
—Estoy confundida, antigua —dijo Venli, mirando hacia la puerta por donde se había ido el hombre.
—No tienes por qué —respondió Rabeniel—, pues esto no es de tu incumbencia. Sí que le gusta dar espectáculo, como me habían advertido. Esperemos que crea que su pequeña treta me ha desequilibrado. ¿De verdad acaba de entregarme a una Radiante que está despierta a pesar de las protecciones de la torre? —Miró a la niña enjaulada, que le devolvió la mirada desafiante y gruñó—. Apenas parece domesticada. —Rabeniel dio una palmada y entraron varios sirvientes—. Lleváosla a un lugar seguro y no dejéis que escape. Tened cuidado. Podría ser peligrosa. —Mientras se llevaban la jaula, se volvió hacia Venli y habló a Ansia—. Entonces, ¿de verdad era otro de los tuyos, como afirmaban los informes?
—Sí —dijo Venli—. Lo conozco. Se llama Rlain. Es un oyente.
—Hijo de traidores —repuso Rabeniel.
—Como yo —dijo Venli, y entonces hizo una pausa. Respiró hondo y cambió su ritmo a Arrogancia—. Querría que lo liberarais a mi cargo. No tengo a ningún otro de los míos con quien hablar. Es muy valioso para mí.
—Odium extinguió tu pueblo a conciencia —dijo Rabeniel—. Tú eres la última. Una distinción que deberías apreciar, dado que te hace única.
—No deseo ser única —replicó Venli—. Deseo mantener con vida a ese hombren y disfrutar de su compañía. He servido bien en mis distintos quehaceres, a varios Fusionados. Exijo esta compensación.
Rabeniel canturreó a Mofa. Venli tuvo una punzada de pánico y casi se le escurrió la fuerza de voluntad, pero Timbre, siempre vigilante, latió nada menos que a Arrogancia. Era un ritmo de Odium, pero la mejor contrapartida de Resolución. El ritmo que Venli debía seguir expresando. Se puso a canturrearlo también, ya que no confiaba en sí misma para hablar.
—Muy bien —dijo Rabeniel mientras recogía sus papeles para empezar a leer de nuevo—. Tu Pasión te honra. El hombren es tuyo. Asegúrate de que no da problemas, pues te los atribuiré a ti.
Venli canturreó a Tributo y se apresuró a retirarse. Dentro de ella, Timbre latió a uno de los ritmos normales. Parecía estar dolorida, como si usar un ritmo erróneo hubiera sido duro para ella. Pero lo habían conseguido. Igual que Venli había liberado a la familia de la Corredora del Viento. Timbre latió. Libertad. Venli cayó en la cuenta de que ese sería su próximo juramento. Liberar a quienes estuvieran injustamente retenidos. Casi pronunció un nuevo juramento en voz alta, allí mismo, pero Timbre palpitó en advertencia. De modo que Venli regresó a sus aposentos antes de ir con Rlain. Cerró la puerta y susurró las palabras.
—Procuraré la libertad a quienes están atados —dijo, y esperó.
No sucedió nada. ¿Había funcionado?
La embargó una sensación distante, una voz de mujeren que llegaba desde muy muy lejos, pero que vibraba con el ritmo puro de Roshar.
Esas Palabras, dijo, no son aceptadas.
¿No eran aceptadas? Venli se dejó caer en una silla. Timbre latió al Ritmo de la Confusión. Pero en su gema corazón, Venli se dio cuenta de que entendía el motivo. Acababa de ver a una niña atrapada en una jaula que se llevaban los sirvientes de Rabeniel. Parecía evidente, si se paraba a pensarlo. No podía pronunciar esas palabras con honestidad. No mientras su interés por liberar a Rlain estuviera basado sobre todo en que quería tener a otro oyente con quien sincerarse. No mientras estuviera dispuesta a pasar por alto las necesidades de una niña encerrada en una jaula. Si quería progresar de verdad como Radiante, tendría que hacer lo que Rlain le había dicho y empezar a pensar en alguien que no fuese ella misma. Y ya hacía tiempo que debería haber empezado a tratar sus poderes con el respeto que merecían.
