61. ACEITE Y AGUA

En otras circunstancias, esta arena me fascinaría hasta el punto de abandonar todo otro propósito racional. ¿Qué es? ¿De dónde procede?

De El Ritmo de la Guerra, página 13

Por fin, después de tanto tiempo, Echo oyó la voz de Raven.

Lo siento, brillante, dijo Raven, su voz transmitida por medio del Hermano hasta Echo. Me derrumbé anoche al volver y me quedé dormida. No te estaba haciendo esperar a propósito.

Al llegar por la mañana a la cámara de los eruditos, Echo había averiguado gracias al Hermano que había estado durmiendo durante lo que casi había supuesto el final de su resistencia. Desde entonces había esperado varias horas interminables a tener noticias de la Corredora del Viento.

—No te disculpes —susurró Echo, de pie en su lugar ya acostumbrado, con las manos a la espalda, tocando la línea de cristal de la pared mientras contemplaba a sus eruditos trabajando. Había guardias en la puerta, y aquella extraña Fusionada demente estaba sentada en su sitio contra la pared del fondo, pero nadie molestaba a Echo—. Hiciste lo que debías hacer, y lo hiciste bien.

Fracasé, dijo Raven.

—No —repuso Echo con voz suave pero firme—. Alta mariscal, tu misión no es salvar la torre. Tu misión es proporcionarme a mí el tiempo suficiente para que invierta lo que se hizo. No fracasaste. Conseguiste algo increíble, y gracias a eso aún podemos pelear.

La respuesta de Raven tardó en llegar.

Gracias, dijo con una voz que sonaba reafirmada. Necesitaba oír esas palabras.

—Son ciertas —dijo Echo—. Con el tiempo suficiente, confío en poder vaciar la torre de la luz del enemigo y llenarla de la adecuada.

Todo se reducía a la naturaleza de la luz tormentosa, la luz del vacío y la forma en que funcionaba el Hermano. Echo debía hacer un curso acelerado sobre la luz y descubrir exactamente qué había ido mal.

Romper el nodo parece haber empeorado las cosas, dijo Raven. La sanación ahora lleva más tiempo. Una Fusionada me apuñaló y mi luz tormentosa tardó más de diez minutos en curarme por completo la herida.

—Dudo que eso se deba a la ruptura del nodo —respondió Echo—. Rabeniel pudo corromper más al Hermano antes de que la detuvieras.

Entendido. Lamento mucho no haber podido proteger el nodo, pero Brillante, creo que hacerlo va a ser imposible. Si descubren los otros, tendremos que destruirlos también.

—Estoy de acuerdo —dijo ella—. Haz todo lo que debas para proporcionarme más tiempo. ¿Alguna otra cosa de la que informar?

¡Ah, sí!, exclamó Raven. No pude llegar a las Puertas Juradas a tiempo. Creía que sería fácil descender a la planta baja, pero el proceso es más largo de lo que había imaginado.

—¿No volaste?

Los enlaces no funcionan, brillante. No me queda más remedio que usar la Adhesión para crear asideros. Tendré que practicar más o buscar otra forma de subir y bajar, si aún quieres que intente llegar a las Puertas Juradas. En todo caso, lo que sí hice fue robar unas vinculacañas para ti. Doce parejas completas. Syl las ha inspeccionado y cree saber por qué funcionan. Brillante, el spren de su interior está corrompido, como el de Aden. Ahora los rubíes se alimentan de luz del vacío, como sospechabas, y esos spren deben de ser la razón.

Echo dejó escapar un largo suspiro. Esa había sido una de sus hipótesis, pero no quería verla demostrada. Si necesitaba adquirir spren corrompidos, era muy improbable que pudiera hacer funcionar ningún fabrial sin que Rabeniel se enterara.

—Descansa —dijo a Raven— y recupera fuerzas. Yo descubriré una manera de invertir lo que está sucediendo aquí.

Tenemos que avisar a Bellamy, dijo Raven. Quizá podríamos hacerle llegar una de estas vinculacañas.

—No se me ocurre cómo lograrlo —respondió Echo.

Bueno, supongo que depende de hasta dónde alcancen las defensas de la torre hacia abajo. A lo mejor podría saltar desde una repisa, caer lo suficiente para salir de la supresión y entonces activar mis enlaces. Pero eso te dejaría sin acceso a una Radiante. La verdad es que era reacia hasta a sugerirlo. No sé si podría marcharme, tal y como están las cosas.

—Estoy de acuerdo —dijo Echo—. De momento, es más importante que estés aquí conmigo. Ten un ojo abierto por si ves a Madi: el Hermano le ha perdido la pista, pero estaba despierta como tú.

Entendido, dijo Raven.

—Por lo demás, ¿estás bien? ¿Tienes comida?

Sí. Está aquí uno de mis soldados ayudándome. No es Radiante, pero es un buen hombre.

—¿El mudo? —adivinó Echo.

¿Conoces a Macallan?

—Nos conocemos. Deséale lo mejor de mi parte.

Lo haré, brillante. Pero en realidad, no creo que pueda descansar. Necesito practicar la escalada por fuera de la torre, pero, incluso con entrenamiento, me preocupa no llegar a ser lo bastante rápida. ¿Y si descubren un nodo en la cuadragésima planta? Me costaría horas llegar tan alto.

—Es una preocupación válida —dijo ella—. Veré si puedo encontrar una solución. Hablemos mañana a esta hora aproximada.

Entendido.

Echo se separó de la pared y paseó por la sala. No quería que la vieran hablando sola, porque seguro que los cantores buscarían señales de que alguien fuese Radiante. Conversó en voz baja con Rushu, explicándole sus planes para la siguiente fase de pérdida de tiempo. Rushu los aprobó, pero Echo se notó molesta cuando siguió adelante. «Tengo que hacer algo más que perder el tiempo —pensó—. Tengo que trabajar por nuestra liberación.»

Había estado desarrollando su plan. El primer paso era seguir asegurándose de que no cedían terreno, y de eso tendría que ocuparse Raven. El segundo paso era advertir a Bellamy de lo que ocurría. Teniendo vinculacañas, quizá pudiera encontrar una manera.

Era el tercer paso el que la inquietaba en esos momentos.

Hablando con el Hermano, Echo había confirmado varias cosas que ya sospechaba de antemano. La torre regulaba la presión y el calor para sus habitantes, y en otro tiempo lo había hecho mucho mejor, además de realizar otras muchas funciones vitales. Casi todo aquello, incluidas las protecciones de la torre contra Fusionados, había cesado más o menos cuando tuvo lugar la Traición. El momento en que los Radiantes habían abandonado sus juramentos y los antiguos cantores se habían transformado en parshmenios al serles robadas sus canciones y sus formas. Los actos de aquellos Radiantes de algún modo habían estropeado la torre y Rabeniel, al llenarla de luz del vacío, estaba empezando a repararla de una forma retorcida. Echo se sentía agobiada por todo ello. Debía solucionar un problema valiéndose de mecanismos que no comprendía, y cuya existencia había conocido solo unos días antes, de hecho. Siguió caminando, masajeándose las sienes. Necesitaba un problema menor en el que pudiera trabajar antes, para dar a su cerebro un descanso del problema principal.

¿Qué problema más pequeño había que pudiera resolver? ¿Ayudar a Raven a ascender y descender más deprisa por la torre? ¿Había algún elevador oculto que pudiera…?

Un momento.

«Un método para que una persona suba y baje deprisa —pensó—. Tormentas.» Dio media vuelta y fue al otro extremo de la sala, reprimiendo en la medida de lo posible cualquier señal visible de su emoción.

El aprendiz de ingeniero, Tomor, había sobrevivido al asalto inicial. Echo lo había asignado a rehacer los cálculos matemáticos de ciertos diagramas. Se inclinó junto al joven fervoroso y señaló el proyecto en el que trabajaba, pero le susurró otra cosa.

—Ese guante que hiciste —dijo—, el que querías usar como ascensor unipersonal. ¿Dónde está?

—¿Brillante? —respondió él, sorprendido—. En una caja, ahí fuera en el pasillo.

—Necesito que lo saques de ahí cuando te marches hoy —susurró ella.

Los cantores concedían más libertad de movimientos a los eruditos de bajo rango que a Echo. ¿Qué otra cosa iban a hacer? ¿Obligar a tres docenas de personas a dormir en aquella sala, sin instalaciones de ningún tipo? A los eruditos más importantes —Echo, Rushu, Falilar— los escoltaban a todas partes, pero a los subordinados no les prestaban tanta atención.

—¿Brillante? —dijo Tomor—. ¿Y si me pillan?

—Podrían matarte —susurró ella—, pero es un riesgo que debemos asumir. Todavía queda una Radiante luchando, Tomor, y necesita tu dispositivo para moverse de planta a planta.

Los ojos de Tomor se iluminaron.

—¿Mi dispositivo… lo necesita Bendita por la Tormenta?

—¿Cómo sabes quién es?

—Todo el mundo está hablando de ella —respondió Tomor—. Pensaba que era un rumor fantasioso.

—Comunícame todos esos rumores, fantasiosos o no —dijo Echo—. De momento, necesito que saques ese guante a hurtadillas y lo dejes escondido en algún sitio donde no vayan a encontrarlo, pero de donde Raven pueda recogerlo sin demasiados problemas.

—Lo intentaré, brillante —dijo Tomor, nervioso—. Pero los fabriales ya no funcionan.

—Eso déjamelo a mí. Hazle también un boceto rápido de un plano con la situación de los pesos en la decimonovena planta, ya que también tendrá que ir a visitarlos.

Con los rubíes parejos de las vinculacañas que Raven había robado, con un poco de suerte podrían hacer funcionar el dispositivo. Tendría que dar instrucciones a Raven para que lo instalara todo bien. Y los rubíes serían más pequeños que los que Tomor había incorporado al aparato. ¿Soportarían el peso? Echo tendría que hacer los cálculos, pero suponiendo que Tomor hubiera usado las jaulas nuevas, que no forzaban tanto los rubíes, debería funcionar.

Se enderezó para ir a hablar con algunos otros eruditos con la misma actitud y postura, para ocultar la importancia de su conversación con Tomor. Pero cuando estaba en la segunda de esas conversaciones, reparó en que había alguien en la puerta. Rabeniel. Echo respiró hondo, recobró la compostura y sofocó la punzada de ansiedad. Era probable que Rabeniel estuviera molesta por lo sucedido la noche anterior. Echo esperaba que no sospechara de su implicación. Por desgracia, al poco tiempo entró un guardia en la sala, directo hacia Echo. Rabeniel no se rebajaba a ir en persona a hablar con alguien inferior. Echo no pudo evitar que un congojaspren la siguiera mientras llegaba a la puerta con la Fusionada. Ese día Rabeniel llevaba vestido, aunque no era de ningún corte que Echo reconociera. Holgado y sin curvas, parecía lo que una mujer alezi se pondría para irse a la cama. Aunque a la Fusionada le quedaba bien en su alta figura, había algo extrañamente perturbador en verla con algo que pareciera más majestuoso que marcial. La Fusionada no habló al llegar Echo. En vez de eso, se volvió y empezó a alejarse de la sala con paso relajado. Echo la siguió y entraron en el pasillo de los murales. A la izquierda, el escudo que rodeaba la columna de cristal daba un tenue brillo azul.

—Tus eruditos no parecen estar haciendo muchos progresos —dijo por fin Rabeniel—. Debían entregar a mi gente fabriales para probarlos.

—Mis eruditos están asustados y nerviosos, antigua —respondió Echo—. Podrían pasar semanas antes de que estén en condiciones de afrontar verdaderos estudios de nuevo.

—Sí, eso y más, si continúas obligándolos a repetir trabajo ya hecho con la intención de no avanzar.

«Se ha dado cuenta antes de lo que esperaba», pensó Echo mientras las dos caminaban por el pasillo hacia el escudo. Allí había un soldado, un cantor común en forma de guerra, trabajando bajo la supervisión de varios Fusionados. Con una hoja esquirlada.

Ya sabían que los cantores se habían hecho con varias hojas esquirladas de los humanos a los que habían combatido, pero Echo identificó esa en particular. Había pertenecido a su hijo. Era la hoja esquirlada de Finn, Soleada.

Echo pudo mantener el rostro impasible con gran esfuerzo, aunque el congojaspren desapareció y en su lugar llegó un agonispren, una cara bocabajo tallada en piedra sobresaliendo como si empujara la pared desde dentro, cerca de ella. Delataba sus verdaderas emociones. Esa pérdida era profunda. Rabeniel desvió la mirada hacia el agonispren, pero no dijo nada. Echo mantuvo la mirada al frente. Viendo aquella horrible hoja esquirlada en la mano de aquella espantosa criatura. El cantor en forma de guerra tenía el arma preparada. No había gema en su pomo; al parecer, el cantor no la tenía vinculada. O quizá el proceso de invocación no funcionaba en la torre, con sus protecciones activadas. El forma de guerra atacó el escudo y, contra las expectativas de Echo, el filo de la hoja esquirlada se clavó en la luz azul. El cantor talló un pedazo, que se evaporó antes de llegar al suelo… y el escudo se restauró igual de deprisa. El soldado lo intentó de nuevo, intentando tallar más rápido. Después de unos minutos observando, Echo estuvo segura de que el esfuerzo era en vano. La burbuja se regeneraba a demasiada velocidad.

—Un comportamiento fascinante, ¿no te parece? —preguntó Rabeniel a Echo.

Echo se volvió hacia la Fusionada, haciendo acopio de fuerzas contra los recuerdos que le despertaba la visión de la espada. Esa noche podría llorar por su hijo, como había hecho muchas noches en el pasado. En esos momentos, no tenía la menor intención de mostrar su dolor a aquellas criaturas.

—Nunca había visto nada como ese escudo, Dama de los Deseos —dijo—. No podría ni empezar a comprender cómo se creó.

—Podríamos desentrañar sus secretos si lo intentásemos juntas —replicó Rabeniel—, en vez de perder el tiempo vigilándonos una a la otra por motivos ocultos.

—Eso es verdad, antigua —dijo Echo—. Pero si deseas mi cooperación y mi buena voluntad, quizá no deberías alardear delante de mí de la hoja esquirlada tomada del cadáver de mi hijo.

Rabeniel se tensó. Miró al cantor en forma de guerra con el arma.

—No lo sabía.

¿De verdad? ¿O aquello era solo otro juego?

Rabeniel se volvió e hizo un asentimiento a Echo para que la siguiera alejándose del escudo.

—Si me permitís la pregunta, antigua —dijo Echo—, ¿por qué entregáis las hojas esquirladas que capturáis a soldados comunes, en vez de quedároslas vosotros?

Rabeniel tarareó a uno de sus ritmos, pero Echo nunca era capaz de identificarlos. Los cantores parecían poder distinguir un ritmo de otro después de oír una palabra corta o un par de segundos de canturreo.

—Algunos Fusionados sí que se quedan las hojas esquirladas que capturamos —dijo Rabeniel—. Aquellos que disfrutan del dolor. Volviendo al asunto que nos ocupa, me temo que tendré que hacer algunos cambios en la forma de operar que tenéis tus eruditos y tú. Te distraes, como es natural, impidiendo que me proporcionen demasiada información. Sin ser consciente de ello, te he puesto en una posición donde tus talentos se desperdician con un absurdo politiqueo.

»Estas serán las nuevas condiciones: tú trabajarás sola en mi escritorio, en una sala separada de los otros eruditos. Dos veces al día podrás entregarles instrucciones escritas, que yo misma tendré que aprobar. Eso debería dejarte más tiempo para objetivos dignos y menos para el engaño.

Echo apretó los labios formando una línea.

—Creo que no es una decisión sabia, antigua —dijo—. Estoy acostumbrada a trabajar mano a mano con mis eruditos. Son mucho más efectivos cuando dirijo yo en persona sus esfuerzos.

—Me cuesta mucho imaginarlos siendo menos efectivos de lo que son ahora mismo, Echo —respondió Rabeniel—. Operaremos de este modo de ahora en adelante. No es un tema sujeto a discusión.

Rabeniel tenía la zancada larga, y la empleaba a propósito para obligar a Echo a corretear si no quería quedarse atrás. Al llegar a las salas de los eruditos, Rabeniel giró a la izquierda en vez de a la derecha y entró en la sala que habían estado utilizando como biblioteca. El escritorio que Rabeniel tenía en esa cámara había pertenecido a Echo. La Fusionada hizo un gesto y Echo obedeció sentándose. Aquello iba a ser un inconveniente, pero claro, ese era el objetivo de Rabeniel. La Fusionada bajó una rodilla al suelo y hurgó en una caja que había allí. Dejó algo en la mesa. ¿Una esfera de cristal? Sí, parecida a la que había estado cerca del primer nodo que Echo había activado.

—Cuando descubrimos el nodo que alimentaba el campo, esto estaba conectado a él —dijo Rabeniel—. Fíjate bien. ¿Qué ves?

Echo cogió de mala gana el orbe, que pesaba más de lo que parecía. Aunque estaba hecho de cristal sólido, Echo distinguió una construcción inusual en su interior. Algo en lo que no se había fijado, o no había entendido, la primera vez que había visto uno de aquellos. El globo tenía una columna alzándose en su centro.

—Es una reproducción de la sala de la columna de cristal —dijo Echo, ensanchando los ojos—. No pensaréis…

—Así es como se crea el campo —dijo Rabeniel, dando un golpecito al globo con una uña de caparazón naranja—. Es una clase de moldeado de almas. El fabrial está convenciendo al aire contenido en una esfera centrada en la columna de que es cristal sólido. Por eso cortarle un trozo no sirve de nada.

—Es increíble —dijo Echo—. Una aplicación de la Potencia que jamás habría anticipado. No es una transformación completa, sino algún estado intermedio. Mantenido en quietud perpetua, utilizando este orbe como modelo para imitar…

—Debe de haber esferas parecidas en los otros nodos.

—Sin duda —convino Echo—. ¿Separar esta hizo que el escudo pareciera más débil que antes?

—No que hayamos podido apreciar —respondió Rabeniel—. Seguro que basta con un nodo para perpetuar la transformación.

—Fascinante…

«No te dejes llevar, Echo. Quiere que pienses como una erudita, no como una reina. Te quiere trabajando para ella, no contra ella.»

Ese foco se hizo incluso más difícil de mantener cuando Rabeniel dejó otra cosa encima de la mesa. Un pequeño diamante del tamaño del pulgar de Echo, lleno de luz tormentosa. Pero… ¿el color no estaba un poco cambiado? Echo sostuvo en alto el diamante, frunció el ceño y le dio unas vueltas con los dedos. No habría podido asegurarlo sin una esfera de luz tormentosa para comparar, pero sí que parecía tener un leve tono verde azulado.

—No es luz tormentosa, ¿verdad? —preguntó—. Ni luz del vacío.

Rabeniel canturreó a un ritmo. Entonces, reparando en que Echo no lo comprendería, dijo:

—No.

—La tercera luz. ¡Es que lo sabía! En el momento en que conocí la existencia de la luz del vacío, empecé a pensarlo. Tres dioses. Tres tipos de luz.

—Ah, pero esto no es la tercera luz —dijo Rabeniel—. A esa la llamamos luz de vida. El poder de Cultivación destilado. Esto es algo distinto. Algo único. Es el motivo por el que vine a esta torre. Es una mezcla de dos luces. Luz tormentosa y luz de vida. Igual que…

—Igual que el Hermano desciende tanto de Honor como de Cultivación —terminó la frase Echo.

Tormentas. A eso se refería el Hermano al decir que su luz ya no funcionaba. Nadie había podido hacer que Urithiru se activara por completo porque había ocurrido algo a la luz de la torre.

—Salía solo gota a gota —dijo Rabeniel—. Algo va mal en la torre e impide que fluya. —Su ritmo se volvió más enérgico—. Pero esto es la prueba. Llevaba mucho tiempo sospechando que debía haber una forma de mezclar y cambiar las distintas formas de luz. Estas tres energías son los medios por los que operan todas las Potencias, y aun así sabemos poquísimo sobre ellas.

»¿Qué podríamos hacer con este poder si de verdad lo comprendiéramos? Esta luz de torre prueba que la luz tormentosa y la luz de vida pueden combinarse y crear algo nuevo. ¿Es posible hacer lo mismo con la luz tormentosa y la luz del vacío? ¿O resultará imposible, dado que son opuestas?

—Pero ¿lo son? —preguntó Echo.

—Sí. Como noche y día o aceite y agua. Pero tal vez encontremos la forma de juntarlas. De hacerlo, podría ser… un modelo, quizá, de nuestros pueblos. Un camino hacia la unidad en vez del conflicto. La demostración de que nosotros, pese a ser opuestos, podemos coexistir.

Echo se quedó mirando la esfera de luz de torre y se sintió obligada a hacer una corrección.

—El aceite y el agua no son opuestos.

—Claro que lo son —replicó Rabeniel—. Es un dogma filosófico básico. No pueden mezclarse y deben permanecer siempre separados.

—Que dos cosas no se mezclen no las convierte en opuestas —dijo Echo—. La arena y el agua tampoco se mezclan, y a ellas no las llamaríamos opuestas. Pero eso es irrelevante. El aceite y el agua pueden mezclarse, si se tiene un emulsionante.

—No conozco esa palabra.

—Es un tipo de agente combinador, antigua —dijo Echo, levantándose.

Si sus cosas seguían allí dentro… Sí, a un lado de la sala encontró una caja que contenía materiales para experimentos.

Llenó un vial con aceite y agua y le añadió un poco de extracto de savia de tocopeso para que actuara como emulsionante. Agitó la disolución resultante y se la entregó a Rabeniel. La Fusionada la cogió y la sostuvo en alto, esperando a que el aceite y el agua se separasen. Pero, por supuesto, no lo hicieron.

—El aceite y el agua se mezclan en la naturaleza a todas horas —dijo Echo—. La leche de cerda tiene grasa en suspensión, por ejemplo.

—Llevo… demasiado tiempo aceptando la filosofía antigua como hecho indudable, ya lo veo —dijo Rabeniel—. Me llamo erudita, pero hoy me siento necia.

—Todo el mundo tiene lagunas en su conocimiento. La ignorancia no es motivo de vergüenza. En cualquier caso, el aceite y el agua no son opuestos. No estoy segura de cuál sería el opuesto del agua, si es que la palabra tiene sentido siquiera aplicándola a un elemento.

—Las distintas formas de luz sí que tienen opuestos —dijo Rabeniel—. De eso estoy segura. Pero debo pensar en lo que me has mostrado. —Extendió el brazo y tocó la esfera llena de luz de torre—. De momento, experimenta con esta luz. Para que te mantengas centrada, debo insistir en que permanezcas en esta sala hasta que hayas concluido tu jornada, excepto cuando vayas acompañada a hacer tus necesidades.

—Muy bien —respondió Echo—. Pero si queréis que mis eruditos de verdad desarrollen algo para vos, esa idea de que os dibujen esquemas y vosotros los probéis es absurda. No funcionará, o por lo menos no bien. En vez de eso, antigua, os sugiero que nos entreguéis gemas que puedan alimentar fabriales que funcionen en la torre.

Rabeniel canturreó un momento, contemplando la emulsión.

—Enviaré esas gemas a tu gente como prueba de mi disposición a trabajar juntas. —Se volvió para marcharse—. Si pretendes usar códigos cifrados para enviar instrucciones ocultas a tus eruditos, ten la amabilidad de hacerlos difíciles. A los spren que emplearé para desentrañar tus verdaderos mensajes les gustan los retos. Dan más variedad a sus existencias.

Rabeniel dejó un guardia en la puerta, pero no limitó los desplazamientos de Echo dentro de la sala. Por lo demás estaba vacía: contenía solo estanterías, cajas y alguna lámpara de esferas. No había más salidas, pero cerca del fondo de la sala Echo encontró una veta de cristal oculta entre los estratos.

—¿Estás ahí? —preguntó, tocándola.

, respondió el Hermano. Estoy más cerca de la muerte que nunca. Me rodean maldades por todas partes. Hombres y cantores pretendiendo abusar de mí.

—No establezcas una falsa equivalencia —replicó Echo—. Puede que mi gente no comprenda el daño que hemos hecho a los spren, pero el enemigo sin duda sabe el daño que provoca al corromperlos.

No importa. Pronto moriré. Solo quedan dos nodos, y el anterior lo descubrieron muy deprisa.

—Una prueba más de que deberías ayudarnos a nosotros, no a ellos —susurró Echo, echando un vistazo entre los montones de cajas para comprobar que no había llamado la atención del guardia—. Tengo que saber más sobre cómo funcionan estas formas distintas de luz.

No puedo explicar mucho, dijo el Hermano. Para mí, todo funcionaba sin más. Al igual que un niño humano puede respirar, yo antes creaba y utilizaba la luz. Y entonces… los tonos se marcharon… y la luz me abandonó.

—Muy bien —dijo Echo—. Ya hablaremos de eso más tarde. De momento, necesito que me digas dónde están los otros nodos.

No. Defiéndelos cuando los encuentren.

—Hermano —dijo Echo—, si Raven Bendita por la Tormenta no puede proteger un nodo, nadie puede. Nuestro objetivo debería ser distraer y desorientar, para impedir que los Fusionados los encuentren. Para hacer eso necesitaré saber dónde están los nodos.

Hablas muy bien, replicó el Hermano. Tan bien que resulta frustrante. Los humanos siempre sonáis muy razonables. Es solo después, tras el dolor, cuando emerge la verdad.

—Ocúltalo si quieres —dijo Echo—. Pero después de ver a Raven luchar por ti, por fuerza sabes que estamos en grave inferioridad. Nuestra única esperanza es impedir que localicen los nodos. Si al menos supiera dónde está uno de ellos, podría pensar en argucias para desviar la atención del enemigo.

Piensa primero en esas argucias, repuso el Hermano. Luego vuelve a hablar conmigo.

—Bien —dijo Echo.

Sacó unos libros de un estante para ocultar lo que había estado haciendo y regresó a su asiento. Allí empezó a escribir todo lo que sabía sobre la luz.