¡Buenas, buenas!
Hola mis hermosos, ¿Cómo han estado? Yo sobreviviendo a la segunda semana de clases, pero publicando con mi último aliento, porque ustedes lo merecen y porque Guada va a matarme si sigo haciéndome la loca.
No les voy a mentir, viene un cap largo y variopinto como hace rato no tenemos, pero espero de verdad que les guste.
En fin, sin más, los dejo con el capítulo.
Nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~
La Oscuridad de una Mente Brillante
—¿Sientes algún malestar si hago esto?
Lo sentía: la imperiosa necesidad de pedirle al doctor que se metiera la linternita en el culo porque de verdad le estaba haciendo sentir los ojos como un huevo frito.
—No —respondió en cambio.
El médico continuó pasando la linterna de un ojo a otro, lo suficientemente lento como para que algunas lágrimas le cayeran por el rostro. Sentía las pupilas dilatarse y contraerse cada vez que el rayo de luz caía sobre ellas, pero logró controlar el impulso de apartar el rostro ante la molesta sensación.
—Bien —murmuró. Hiro vio todo oscuro cuando alejó de golpe la herramienta, y debió parpadear un par de veces antes de volver a notar colores y figuras —. Los reflejos están en orden, y las radiografías muestran que el hematoma comienza a desaparecer. Usualmente te recomendaría anticoagulantes para evitar accidentes, pero en tu condición, lo mejor es suspender su consumo, así como el de hemostáticos por una semana... trata de no meterte en un robo de nuevo, nada más.
Hiro consideró que era un comentario muy poco feliz, y a juzgar por el nerviosismo en el rostro del doctor al girarse, no era el único en pensarlo.
Sólo que él sí podía esconder su expresión asesina, a diferencia de su hermano.
—¿Y qué hay respecto a su pérdida de memoria? —inquirió Cass, a su lado, mientras trataba de aliviar el ambiente. De seguro querría comentar un par de cosas al hombre, pero consideraba prioridad el saber más de su estado.
Tomando el salvavidas, el médico volvió a girarse en su dirección.
—¿Lograste recordar algo más ligado a Tadashi, Hiro?
El aludido respiró hondo, ya cansado de repetir la misma secuencia.
—Hace unos meses regresó de un intercambio en Japón —comenzó, alterando un poco la realidad de los hechos —. Se unió a mi equipo de trabajo en la universidad, nos concentramos en avanzar con nuestros proyectos de nano-robótica... Lo último que recuerdo es a los ladrones entrando en la fiesta de Alistair y pidiendo los rehenes —alzó la mirada al médico, sin ocultar su aburrimiento —. Recuerdo todos los hechos recientes, a excepción de ese detalle que Tadashi menciona.
Hiro no apartó la mirada del hombre, mientras se aseguraba de mostrarse lo más sincero posible. De igual manera, era claro que no le creería: las comparaciones que buscaban dar una versión entendible de lo que fue su vida en los últimos meses no eran más que una escasa tapadera, no importaba que fueran lógicas o no, el dinero de Krei pagaba bien por el secreto profesional.
De hecho, era probable que incluso dijera sin tapujos cuál era el detalle que Tadashi había mencionado, y a aquel médico seguiría dándole exactamente lo mismo.
El problema era que ni en un millón de años Hiro repetiría tamaña broma enfermiza como la que su hermano había soltado ni bien despertó. Y, aunque le doliera estar en esa situación, ni siquiera trataba de dirigir su mirada a Tadashi, aun cuando sentía sus ojos clavados en él.
—¿A qué se debe que no recuerde? —habló entonces el chico, cansado de permanecer al margen. Incluso parecía genuinamente frustrado.
Hiro frunció el ceño, ofuscado. Para ser una broma, la estaba llevando demasiado lejos.
—Eh... ¿Tal vez porque no pasó? —gruñó, cruzándose de brazos. Esta vez no apartó la mirada de él, sin ocultar toda su irritación.
Tadashi le dedicó una expresión similar, y Hiro luchó por no centrarse en el dejo de dolor en sus ojos. Tampoco entendía, de hecho, la manera en que Cass llevaba una de sus manos hasta su hombro.
—Puede ser por eso, o sólo un efecto pasajero de la contusión —señaló el doctor, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz con gesto desinteresado —. Tengo entendido que estudiaste medicina, Tadashi. Bueno, debes saber muy bien que aunque analicemos el exterior del cerebro, aún hay mucho de su funcionamiento que se nos escapa. Podría aburrirlos con teorías interminables que señalan los efectos sobre la memoria que contusiones cercanas al hipocampo pueden provocar, pero lo mismo podemos estar aquí hablando de psicología y psicoanálisis sin llegar a ningún acuerdo sobre lo que provocó la amnesia selectiva de Hiro —explicó, antes de girarse una vez más al menor —. Casos tan específicos como para reducirse a una sola persona no son del todo comunes, pero no es extraño que este tipo de amnesias ocurran. Usualmente se dan cuando el hecho que se olvida representó un momento traumático para el sujeto, así que les aconsejo no forzar la situación en la medida de lo posible.
Hiro observó tan sutilmente como podía a su hermano. En cualquier otra situación, sin dudar le hubiera dedicado una mirada altiva o una frase como Ahí lo tienes, el doc dice que no me molestes con tus tonterías, pero simplemente no creía que fuera el momento, ni su relación estuviera en un estado en el que se pudiera dar esas familiaridades.
Mucho menos al ver cómo Tadashi hacía una mueca, mordiendo el lado interno de su mejilla como si estuviera en medio de una batalla personal.
Finalmente, y tras un suspiro, volvió a hablar.
—¿Cuánto... cuánto pueden durar estos casos?
¿Por qué hablaba cómo si tuviera miedo de la respuesta?
—Bueno, no hay un promedio exacto, va en cada uno. Pueden durar horas, días, o incluso meses y años. Todo depende de la capacidad del sujeto... Pero, si te sirve —habló ahora para Hiro, obligándole a alejar la mirada de la expresión devastada de Tadashi —, hay una serie de ejercicios que puedes hacer para estimular tu memoria. Por ejemplo, es muy habitual usar un cuaderno en el que anotar cualquier pensamiento aleatorio que tengas, o que te llame la atención.
Aunque no estaba especialmente interesado en el asunto, dado que estaba convencido que todo aquel asunto del incesto no es más que un desvarío de Tadashi, su curiosidad inherente le obligó a seguir la charla.
—¿Todo aquello que considere un posible recuerdo?
—Exacto —respondió con entusiasmo —. Cualquier cosa, incluso pueden ser sueños. Te recomiendo anotar todo, y luego comparar con amigos y familiares.
Una vez más, Hiro consideró que no era un comentario acertado en lo que a familia respectaba, pero esta vez nadie podía echárselo en cara.
—Bien... —suspiró, comenzando a hartarse. Le darían el alta con los resultados de esa última revisión, y Hiro comenzaba a anhelar su propia casa, baño y cama — ¿Algo más que deba tener en cuenta?
El médico negó.
—En lo que a físico respecta, estás perfectamente. Los estragos de la bala están curados casi por completo, y puedes sacarte los puntos de la operación en tu propia casa. Solamente no trates de levantar demasiado peso hasta entonces —recomendó, sin perder su sonrisa —. Lo único que te aconsejo es no preocuparte tanto por recordar: sigue tu vida normalmente y las similitudes podrán despertar tus memorias cuando menos lo esperes. No dejes que la situación te desespere.
Hiro estuvo tentado a soltar una risa carente de toda alegría. Sus ojos vagaron por instinto hasta dar de lleno con la mirada ansiosa al otro extremo de la sala.
Dudaba que fuera la situación lo que le desesperara.
—Haré lo que pueda.
El viaje de regreso a casa podría considerarse por completo normal, como cualquier otro antes del incendio. Tal vez la única diferencia radicaba en el extenso monólogo de Cass, que parecía haber tomado una cruzada personal contra el silencio de la vieja camioneta.
Sin embargo, no era la verborragia de su tía lo que le parecía fuera de lo normal, sino eso que quería encubrir: el mutismo de su hermano. Usualmente, Tadashi acompañaría las chácharas de Cass con algún comentario tonto, o intentaría convertirlas en una burla hacia él.
Pero ahora mismo, Tadashi no parecía tener nada que decir. Mantenía su mirada al frente, atento a la calle, o eso pretendía aparentar: para cualquiera que le conociera tan bien como Hiro, era evidente que estaba inmerso en sus propios pensamientos, y que incluso estaba apesadumbrado por ellos.
Hiro no podía decir que le gustara ver a su hermano de esa manera, por el contrario: qué le podría hacer más feliz que saber que, pese a todo, habían atrapado a la desquiciada de Judith y que por fin eran libres para retomar su vida normal, o tan normal como ésta pudiera ser. Cuando Tadashi lo abrazó al despertar, e incluso antes, cuando le oía llamarlo entre sueños, jalándolo desde su mundo de tinieblas, había estado agradecido y en paz por su afecto.
Lo único que había arruinado la situación, fue lo que pasó después.
Incluso cuando no podía creer que Tadashi lo hubiera besado –un beso real, en los labios-, lo cierto es que había pasado. Y lo peor es que no había sido ningún accidente, como se había empeñado en creer la primera vez: la insistencia del chico, su atrevimiento, le dejaron en claro que era intencionado.
No podía recordar ese contacto sin que un nudo se le hiciera en el estómago, provocándole un malestar difícil de ocultar. Tadashi no sólo lo había besado más de una vez, sino que lo había sometido, de la misma manera en que lo había hecho Rakitic aquella vez, llevándolo a un estado tal de desesperación que no pudo evitar reaccionar de forma instintiva.
Hiro nunca creyó que podría llegar a sentir ese miedo por alguien tan especial para él como lo era su hermano.
Por suerte, Tadashi pareció notar enseguida que su reacción era real, que su pánico era auténtico, y se detuvo al menos en lo físico. Sin embargo, sus avances verbales no fueron mucho mejores.
A duras penas podía creer que realmente había escuchado a su hermano mayor mencionar cosas como que ambos eran pareja, sus besos, y otras cosas que no podía recordar con claridad en medio de la confusa situación. De hecho, llegó a generar tal escándalo en las máquinas que lo monitoreaban, que una enfermera llegó al lugar pensando que estaba a punto de darle un paro.
Entendía que Tadashi y él algunas veces tenían un humor negro compartido, pero de ahí a hacer chistes tan elaborados sobre el incesto, había un trecho muy largo.
Hiro no se dio cuenta de que continuaba mirando al frente hasta que los ojos de Tadashi se movieron, dando de lleno con los suyos a través del espejo. Un escalofrío descendió por su espalda al ver cierto brillo esperanzado en la mirada ajena, por lo que se apresuró a apartar la vista.
No quería pensar que Tadashi de verdad creía todo lo que le decía... Pero si lo hacía, lo que menos pretendía era darle señales que le equivocaran. No había forma de que ellos tuvieran otro vínculo que el que los había unido desde niños.
Apesadumbrado, luchando por mantener su mente ocupada en otra cosa, ni siquiera notó el gesto de dolor que oscureció el rostro de su hermano.
Cuando llegaron a la casa, lo primero que sorprendió a Hiro fue el agudo dolor que comprimió su cuerpo, haciendo que los maltrechos músculos escocieran y la respiración se le entrecortara.
Justo cuando el costado de su abdomen amenazaba con arderle, un golpe de Gogo resonó con suficiente fuerza en la rubia cabeza como para que Fred se apartara.
—¡Tiene una operación, imbécil! —exclamó, en un estado de alteración al que raras veces llegaba.
—¡Pero lo extrañé, bruja insensible! —soltó el chico a su vez, con lágrimas en los ojos y sobándose el lugar con una mano. Sin embargo, notó que se negaba a apartar la otra de su hombro.
Hiro los miró con sorpresa primero, parpadeando un par de veces y recuperando el aire. Luego, no pudo evitar que una sonrisa llena de felicidad curvara sus labios.
Con todo lo que había pasado, ni siquiera había tenido oportunidad de sentirse feliz por volver a casa.
Tadashi observó con cierta sorpresa como el chico prácticamente se lanzaba a abrazar a ambos jóvenes, acabando de manera abrupta con su disputa. De hecho, luego de un momentáneo estupor general, tanto Wasabi como Honey, e incluso Cass, se aproximaron a darle la bienvenida, con gestos afectuosos, palabras de aliento y más de un abrazo extenso por parte de la latina.
Al verlo allí, tan feliz y rodeado de gente que lo amaba, Tadashi sentía que todo su cuerpo tiraba para sumarse, para abrazarlo ante todos. En otro momento, incluso se hubiera atrevido a algún gesto más osado para mostrar cuán agradecido estaba por tenerlo de vuelta sano y salvo.
Pero ahora mismo, el lugar que debería ocupar la felicidad estaba manchado por cierta sensación agridulce. Sí, Hiro estaba de nuevo allí, despierto, alegre y tan vivo como siempre, riendo por algún comentario tonto de Fred o respondiendo las pullas de Gogo. Era su familia, grande y extraña, todo debía indicarle que su lugar era al lado del chico.
Y sin embargo, sentía que no tenía ninguna cabida allí, junto a Hiro. Sentía que cualquier acercamiento que realizara sería tomado de inmediato con demasiada violencia, y aunque se negara a creer que realmente esto estaba ocurriendo y Hiro había sido capaz de olvidar su relación, lo cierto es que el doctor fue muy claro al respecto: no deberían forzar nada.
Pero eso no quería decir que cada segundo que pasaba en esa pesadilla no se sintiera como un infierno.
En medio del grupo aún de pie, Hiro pareció percatarse de algo. Le vio recorrer con la mirada la habitación hasta que esos ojos castaños fueron a parar en él. Permanecieron fijos en Tadashi por un segundo, tiempo en el que el joven no pudo reprimir la esperanza que hizo palpitar con fuerza su corazón y le cortó el aliento. Sin poder controlarse, cada célula de su ser permaneció alerta, con el anhelo latente de encontrar en esa mirada la más mínima muestra de reconocimiento, una sola señal que le dijera que recordaba todo.
En cambio, lo único que halló en los ojos de Hiro fue algo que sólo podía definir como culpa, oscureciendo su gesto, antes de que apartara la mirada.
Entonces Tadashi sintió una vez más que el dolor lo embargaba, y debió poner todo de sí para no salir de allí en ese momento.
Sí, tal vez Hiro buscaba tenerlo cerca o saber dónde estaba. Después de todo, lo necesitaba tanto como a todos los que lo rodeaban.
Pero para nada lo hacía de la misma manera en que él lo necesitaba.
La pequeña reunión con café y bocadillos dulces se prolongó hasta la noche, cuando las pizzas y comida chatarra desbordaron la pequeña mesa de su sala de estar, y Cass se retiró a descansar. Luego de tres días sin dormir de manera adecuada, nadie se atrevería a reprocharle su falta de aguante.
—No quise decir nada frente a ella, pero ¿Y Alistair? —inquirió Hiro, con las piernas desvergonzadamente ocupando el regazo de Fred y Honey en el sillón. Por esta vez, ninguno quiso alejarlo.
—Gira de prensa, juicios en el Estado Profundo por Judith, post-operatorio —contestó Wasabi, enumerando con los dedos —. Ha tenido unos días bastante ajetreados. Creo que tenía una reunión con los inversores de la fiesta de recaudación.
El chico se irguió, sorprendido.
—¿Inversores? —exclamó —¿Alguien donó?
—¿Alguien? —repitió Gogo, divertida y brindando con una rebanada de pizza —. Después de que "el robo" y la "toma de rehenes" salieron en las noticias, incluso laboratorios que no contaron con representación en la fiesta invirtieron.
—Y todo gracias a que se corrió la voz de lo "prometedores que eran los estudiantes del Ito Ishioka" y lo "injusto de todo lo ocurrido" —rio Fred, citando algunos de los testimonios que habían circulado en las noticias.
Hiro los escuchaba sin poder creerlo, sin decidirse entre si lo sorprendía más la noticia, o que las personas se tragaran la atropellada mentira que habían creado en aquellos días.
Aún tenía recuerdos brumosos de esa noche. Todo lo que había ocurrido, todas las personas con las que había hablado. Tenía la impresión latente de las emociones que había vivido, algunas ligadas a situaciones concretas, y otras a las que no podía darle lugar. De cierta manera, se sentía muy parecido a cuando un olor o un sonido despertaba en él el recuerdo de otra cosa, pero no sabía específicamente a qué.
Al ver cómo se quedaba pausado y viendo el vacío, Honey sonrió, enternecida por su gesto ausente.
—No estarás pensando en organizar otra fiesta, ¿No es así? —se burló, meciendo sus cabellos con ternura.
El chico le dedicó una mirada risueña, pero no pudo reprimir el malestar que le causaba la idea.
—Creo que he tenido suficiente de fiestas por un tiempo —aseguró, antes de apartar la cabeza con sutileza. El toque de Honey siempre era afectuoso, pero siempre se sentía algo abrumado por él: era tan linda y risueña, que muchas veces era intimidante.
Y entonces una leve palpitación le hizo estremecerse. Por algún motivo, un leve dejá vù le embargó, junto a la certeza de que había sufrido bastante con una sensación similar hace poco...
Se irguió una vez más, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Dios mío! —jadeó, con el reconocimiento brillando en sus ojos, llamando la atención de todos alrededor. Especialmente de Tadashi, que no dejaba pasar ninguno de sus gestos. Hiro se llevó las manos al rostro, casi al borde del llanto, y un silencio expectante precedió a sus palabras, bajas, como si no pudiera creerlas: —¡Acabo de recordar que hablé con Elon Musk toda la noche!
Un silencio generalizado se alzó en el lugar, tenso, indeciso. ¿Cómo debían reaccionar a eso?
—¡Oh, vamos! ¡¿Es en serio, Hiro?!
El grito agudo y lleno de indignación de Tadashi tomó por sorpresa al chico, que le miró con los ojos abiertos de par en par. Era claro que no podía creer que mantuviera su postura sobre aquella broma, y mucho menos que lo hiciera con todos sus amigos en frente.
Sin embargo, ninguna de las expresiones a su alrededor parecía de curiosidad. Si tuviera que juzgarlas, las definiría desde pena, sorpresa e, incluso, diversión en Gogo.
Al ver que no había riesgo de que entendieran a qué se estaba refiriendo, Hiro se giró a su hermano, encarándolo con un gesto altivo.
—Lo siento, hermanote, pero no hay nada que hacer. Claro que recordaré las cosas que sí pasaron y no tus historias de mal gusto.
Pero apenas dijo esas palabras, tal vez con más crueldad de la que él mismo esperaba, se arrepintió de ello: el gesto de Tadashi pasó en un instante de la indignación a algo que sólo podía definir como la más absoluta desesperanza.
Y al ver que el chico no iba a replicar, o no era capaz de hacerlo, casi suspiró de alivio cuando Gogo habló.
—Oh, no—gruñó, dejándose caer de espaldas sobre la nueva alfombra. Apartó un mechón de su rostro con un soplo, antes de mascullar: —. ¿En serio tenemos que vivir todo esto de nuevo?
Sin embargo, su tono y sus palabras llamaron la atención del menor.
—¿A qué te refieres?
—A nada —se apresuró a intervenir Honey, aferrando al chico y prácticamente enterrándolo entre sus brazos. De esa forma, Hiro no pudo ver la manera en que fulminaba a la coreana con la mirada —. Lo mejor sería que todos descansemos, ha sido un día largo, y Hiro no ha podido dormir nada.
—Creo que dormí demasiado en realidad...
—A la cama, jovencito.
Refunfuñando ante los mandatos de la latina, Hiro aceptó y se encaminó hasta la habitación, dejando al grupo en soledad. El silencio reinó en la habitación por un momento, hasta que la puerta se cerró en el segundo piso.
Sólo entonces un suspiro unísono salió de cuatro de los miembros del equipo, antes de que Honey reprendiera a su amiga en un murmullo cargado de reproche:
—Se supone que no hay que alterarlo ni forzar nada, Gogo —gruñó, molesta como sólo ella se podía dar el lujo de estarlo con la coreana.
Ésta, en cambio, sólo imitó su expresión de manera infantil, antes de alzar un dedo en dirección a Tadashi.
—Yo no soy el que anda de impaciente y chillando como un niño —afirmó, causando que el chico se tensara y que al menos tres pares de ojos se dirigieran a él, llenos de pena.
Hubo un momento en que los ojos de Tadashi se dirigieron a ella, molestos y llenos de reproche, un instante en que los tres temieron que se enfrascaran en una de las peleas que solían tener antes.
El que dejara caer sus hombros, rendido, era indicio de algo incluso peor.
—Vamos, Tadashi, es sólo cuestión de tiempo —exclamó Fred, acercándose a él en un intento desesperado por consolarlo —. Tal vez Hiro necesita que alguien más le explique las cosas, quizás si yo...
Pero se detuvo al verlo negar, aún con la tez baja.
—No, Honey tiene razón —dijo, alzando la mirada —. Fue imprudente de mi parte reaccionar así, Hiro no necesita que lo presionen en esto... Quizás tengas razón, y sea sólo cuestión de tiempo para que recuerde.
Y aunque Fred pronto secundó sus palabras con expresiones de aliento, ninguno de ellos pudo ignorar la sombra que, poco a poco, comenzaba a apoderarse de la expresión del mayor de los Hamada.
Al día siguiente, para sorpresa de nadie, Cass había tenido la entereza suficiente para abrir The Lucky Cat Coffee. Lo que sí había sido una novedad, de hecho, fue la inmensa afluencia de clientes que tuvieron desde la primera hora.
Desde luego, la noticia del robo y los rehenes había corrido como lluvia entre las hojas por su barrio, y la mitad de sus vecinos llenaron el lugar, más por tener un bocado del chisme que de uno de los platos de su tía. Por suerte, habían logrado formar una coartada unísona para todos: ladrones, un robo millonario y la socia del empresario como cómplice. Era algo gracioso que algunas de sus vecinas estuvieran incluso haciendo versiones románticas de un Krei que enfrentó a villanos por su tía.
Ciertamente, si llegaba a Judith la noticia de que había sido relegada a mera cómplice, le iba a arder la sangre donde fuera que estuviera pudriéndose.
Hiro aún estaba riendo con la idea durante la tarde, cuando el número de clientes había tomado su reducido volumen habitual, y Tadashi y Cass permanecían en calma tras el mostrador, en lugar de volando de una mesa a otra, mitad para recoger órdenes, mitad para repetir la historia hasta el cansancio. Él había querido ayudar, pero había sido confinado a un asiento bajo amenaza de ser encerrado en su habitación sin herramientas por una semana.
Y así, aburrido y enfurruñado en un banco junto al mostrador, Hiro miraba ausente a los clientes que iban y venían por la puerta, mientras Mochi ronroneaba en su regazo.
El hecho en sí no le hubiera resultado tan molesto, si no fuera por la insistente comezón que sentía en su nuca. Y sabía que era exagerado, pero a esas alturas de verdad comenzaba a creer que Tadashi estaba por producirle alguna suerte de reacción alérgica con la mirada.
—Si estás intentando desarrollar visión láser, puede que estés teniendo avances —gruñó, irónico, antes de dedicarle una mirada por encima del hombro al chico.
Tadashi le miró con sorpresa, con la guardia baja en medio de su escudriño. Por un momento, la pena estuvo a punto de obligarle a alejar la mirada, pero pronto se cuestionó la reacción tan infantil: era demasiado tarde para fingir que no hacía lo que hacía, después de todo.
En cambio, le parecía toda una novedad que Hiro fuera quien comenzara la charla.
—¿De modo que si podías hablarme? —inquirió, sin ocultar del todo su resentimiento, mientras secaba una de las tazas —. Por un momento creí que pretendías borrarme por completo del mapa.
En otra oportunidad se hubiera hecho el tonto y hubiera dejado las cosas por la paz, más que nada por las advertencias de Cass y que le recordara las palabras del doctor sobre no alterar a Hiro. Pero ahora mismo, su tía estaba contando la historia por milésima vez a una mesa de señoras, y nadie podría amonestarlo.
Hiro le miró con una ceja alzada y una expresión que decía a luces claras que lo consideraba un tonto. Sin embargo, suspiró casi de inmediato, volviendo a llevar su atención al gato en su regazo.
—No quiero ignorarte ni nada por el estilo, lo sabes mejor que nadie —murmuró, con un dejo de tristeza que logró conmoverlo levemente —. Pero no puedo hablar contigo cuando insistes en esa historia ridícula... ¿Por qué simplemente no podemos ser como antes?
Las palabras del chico lo tomaron por sorpresa. Él hubiera esperado una reacción mucho más violenta en su hermano, una expresión de hartazgo, incluso que le insultara. Pero para nada estaba preparado para su expresión entristecida, ni para ese ruego.
En vano guardó esperanzas antes de preguntar:
—Antes... ¿Como cuándo? —susurró. Sabía perfectamente que no podía referirse a esos días previos, pero su corazón palpitó con fuerza, alimentando sus deseos.
Sin embargo, la mirada del chico le dejó en claro que no estaban para nada pensando en lo mismo. Con inmenso dolor, comprobó que allí no había el más mínimo atisbo del brillo lleno de amor que su hermano solía prodigarle, o no al menos de ese amor que ambos compartían.
—Como antes de que todo esto ocurriera —murmuró, dedicándole una mirada llena de esperanza a su vez, ignorando de qué forma sus palabras podían llegar a herirlo —. Antes de que las cosas con Callaghan ocurrieran, ¿No podemos simplemente volver a actuar como siempre lo hicimos, hermanote?
Y su mirada era tan brillante, tan llena de emoción y anhelo mientras decía esas palabras, que a Tadashi no le quedó la menor duda de que estaba por completo convencido de ellas. Por primera vez desde que toda aquella pesadilla había comenzado, fue realmente consciente de que Hiro en verdad no recordaba nada de su relación. Y peor aún, no quería recordarlo.
Fuera lo que fuera que ocurriera con su cerebro, el chico no tenía el menor registro de sus momentos juntos, de todo lo que habían pasado para llegar a aceptarse mutuamente. Sus ojos no reflejaban esa devoción que tenía hacia él y que Tadashi devolvía con el doble incluso de intensidad, ni en sus pullas estaba ya esa complicidad que les dejaba claro que, fuera lo que fuera que dijeran allí, lo acabarían hablando en la cama.
Dicho de manera sencilla, Hiro no lo amaba, porque no recordaba esos sentimientos.
Por un momento, su pecho dolió como si una gigantesca mano le oprimiera. De seguro su expresión lo reflejó con claridad, a juzgar por el dejo de preocupación que empañó la mirada de su hermano.
Y esa preocupación fue justamente lo que le hizo cambiar a un profundo sentimiento de molestia hacia el chico. ¿En verdad Hiro había sido capaz de olvidar todo lo que sentía por él?, ¿Incluso al grado de no guardar en sus ojos ni una chispa del amor que siempre le había brindado?
Aun con lo infantil que podía sonar, Tadashi se sentía completamente defraudado, traicionado por quien decía amarlo más que a sí mismo incluso.
Usualmente se dan cuando el hecho que se olvida representó un momento traumático para el sujeto.
Las palabras del doctor volvieron a su memoria como un baldazo de agua fría, llenándolo de estupor y deteniéndolo justo a tiempo para que palabras ofensivas no llegaran a empeorar las cosas. El recuerdo trajo consigo la realidad de que, le doliera lo que le doliera, Hiro no lo había olvidado a propósito, sino que padecía una condición sobre la que no tenía control alguno. De hecho, incluso le hicieron removerse incómodo en su lugar, algo culpable.
Después de todo, ¿Quién había hecho traumáticos los eventos durante el comienzo de su relación?
Respiró lentamente, intentando infundirse calma. No obstante, se negaba a apartar la mirada de los ojos curiosos de su hermanito. Era una mirada tan inocente, tan carente de culpa. Era el brillo que solía tener cuando aún no comprendía que su molestia o sus actitudes hurañas muchas veces ocultaban su deseo de saltarle encima.
Justo como ahora.
Y como ahora, esa mirada inocente era lo que le tenía al borde de volverse loco.
Decidido, se inclinó por encima del mostrador, lo suficientemente cerca para que sus palabras no fueran perceptibles para nadie más que ellos. Lo sentía por Hiro, pero para nada estaba dispuesto a renunciar a él sólo para hacerle las cosas más fáciles.
—Hiro, no me pidas esto —susurró, tan bajo, que el tono y la cercanía conferían a su voz un tinte más íntimo de lo que él esperaba. No le pasó desapercibida la tensión del chico ante ellos—. Entiende, nunca más podremos volver a ser como antes, no ahora. Nos hemos besado, nos hemos tocado, hemos hecho el amor las suficientes veces para que tu cuerpo tiemble sólo con tocarte en los lugares indicados —espantado por sus palabras, Hiro intentó apartarse de él. El agarre de Tadashi lo detuvo, no pensaba dejarlo marchar sin hacerle pagar por atreverse a olvidarlo —. No lo recuerdas ahora, pero te aseguro que ni siquiera podemos estar solos por unos minutos, antes de que alguno se lance encima del otro.
Hiro se echó hacia atrás, y Tadashi no pasó por alto la intensidad de su mirada. Desde luego, el brillo en los ojos del chico para nada era afectuoso. Por el contrario, podía notar en ellos la vergüenza y la indignación, incluso la furia: Hiro estaba absolutamente escandalizado por lo que acababa de decirle, y el mayor no pudo reprimir la sonrisa irónica que se formó en sus labios.
Había cierto encanto en ese lado mojigato de su hermanito, uno que le volvía loco, aún con lo mucho que quería arrastrarlo arriba y obligarle a recordar sobre la mesa de la cocina.
En cambio, soltó su brazo. Hiro debió hacer equilibrio para no irse de espaldas de la fuerza que estaba haciendo para alejarse, y no pudo más que dedicarle una mirada asesina al oír su risa socarrona. Era una ternura que pretendiera verse amenazante, aun cuando estaba rojo hasta la coronilla.
Y sin embargo, logró recomponerse justo cuando Cass llegó a su lado. Él mismo apartó la vista cuando la mujer le dedicó una mirada inquisidora, fingiendo demencia. Si llegaba a saber todo lo que le había dicho, lo próximo que su tía haría sería encerrarlo en su cuarto, muy lejos de Hiro.
El chico permaneció allí un momento más, pero era claro que estaba afectado. Tadashi casi podía adivinar que escaparía con alguna excusa cuando su tía se marchara otra vez, sin dudas para mantener distancia con él. Si bien lo lastimaba, comprendía que era tal vez lo más sensato para ambos.
Afectado, avergonzado y demasiado confundido para intentar analizar la situación, Hiro ya había comenzado a bajarse del banco incluso antes de que un nuevo cliente entrara. No podía decirse que lo odiara, pero ciertamente no tenía estómago para permanecer junto a su hermano después de todo lo que había dicho, después de la forma en que lo había mirado hace un momento. Ni siquiera podía simplemente alejarse y estar en alguna mesa vacía, porque sabía bien que no podría sacarse al mayor de la cabeza, ni a sus palabras. Necesitaba distraerse, olvidar toda aquella locura al menos por unos minutos, y no había nada allí que le ayudara a lograrlo.
Al menos, hasta que el sonido de las campanas en la puerta le obligó a mirar a la entrada del café, donde una cabellera oscura y sedosa llamó su atención.
Cuando notó la tensión de Tadashi a su lado, Hiro se extrañó por un momento. Luego, los ojos castaños que se fijaron en los suyos le tomaron por sorpresa, así como una leve palpitación en su nuca.
Oh...
¡Oh!
—¡Yumiko! —exclamó, como si fuera una amiga que no veía hace mucho tiempo. En verdad, su algarabía venía de que acababa de recordar a la chica, y un hueco más se había rellenado en su memoria.
Para indignación de alguien.
—Esto es el colmo —gruñó Tadashi a sus espaldas, y Hiro no pudo evitar empequeñecer en su asiento como si acabara de decir una grosería en público —. La recuerdas a ella... ¡¿Pero no a mí?!
Mitad en pánico, mitad hastiado, Hiro se apresuró por alejarse del mostrador y de la mirada que le quemaba la nuca. Ignorante de la manera en que los ojos molestos poco a poco se truncaban en unos desolados al ver cómo se alejaba de él sin reparos, sin dudarlo un segundo ni dedicarle una mirada.
En cambio, la joven junto a la puerta sí que notó la escena, y miró sorprendida a ambos hermanos. Pese a los nervios que le embargaban hace un momento, no pudo evitar notar la diferencia que había allí. Hiro se veía...
Bueno, como si hubiera estado viviendo en un universo totalmente diferente en las otras semanas: había algo que faltaba, aunque no pudiera decir qué.
Pero cuando lo tuvo en frente, y la expresión afable se tornó en una de reproche que sólo ella podía entender, recordó que había otra cosa que la había llevado allí.
Carraspeó un momento, apenada.
—Supongo... supongo que te debo algunas explicaciones —murmuró, visiblemente nerviosa. Y aunque Hiro fuera cada vez más consciente de lo mucho que debía estar molesto con ella, lo cierto es que una parte de él estaba conmovida por la valentía de la chica al enfrentarse a él, allí.
Pensaba hablar ahí, pero al ver cómo los ojos inquietos de Yumiko viajaban de hito en hito al mostrador, no pudo más que voltearse con curiosidad. Alcanzó a ver la mirada asesina que tanto Cass como Tadashi le dedicaban.
Volvió sus ojos a la chica, y no pudo evitar sonreír ante su evidente tensión.
—Hablemos en una mesa donde sólo yo pueda matarte —ofreció.
Ella le miró estupefacta por sus palabras, pero de inmediato reconoció la broma. Más aliviada, asintió, dejándose guiar por el chico hasta una mesa apartada.
Tadashi maldijo por lo bajo cuando escaparon de su campo de visión, colocándose en una de las mesas que daban a la calle, pero cubiertas por una mampara. Se debatió internamente por un momento, pero sabía que era demasiado evidente el acercarse incluso con el pretexto de un cliente, dado que era el sitio más vacío.
Sin embargo, todo su ser ardía por la necesidad de saber qué estaría hablando Hiro con aquella chica, o mejor aún, por qué demonios la recordaba. ¿No se suponía que los eventos traumáticos eran los que permanecían olvidados? ¿Qué podía ser peor que ser traicionado por tu amigo?
Ser follado por tu hermano, quizás.
Hizo una mueca ante la crudeza de su propio pensamiento, pero no pudo concentrarse en ese reduccionismo és de todo, sólo un día le había dejado en claro que el chico no sólo había olvidado lo referente a él, sino que un número significativo de sucesos habían desaparecido de su memoria. La cabeza le iba a mil por hora tratando de adivinar qué sentiría Hiro por la muchacha en ese momento. ¿Se sentiría traicionado?, ¿Herido?, ¿Recordaría siquiera la traición?
Pero debía ser sincero consigo mismo: más que el cómo se sintiera, Tadashi estaba inquieto con el cómo la vería.
No era idiota, el único motivo aparente por el que Hiro no había quedado obnubilado por la chica desde el primer momento era por los sentimientos que tenía por él. Pero ahora mismo no parecía recordar esos sentimientos, lo que era equivalente a que nunca hubieran existido. Así, ¿en qué se convertía Yumiko para Hiro ahora?
Con el corazón doliendo como si tuviera un cuchillo hundido en él y ya a punto de hacerse sangrar los dedos de tanto morderse las uñas, Tadashi gruñó. Resignado a quedar en ridículo, se apresuró a tomar un paño y salir del lugar.
Ajeno al ajetreado estado de su hermano, Hiro permanecía en paz ante la hermosa joven japonesa. La miraba con un dejo de calma, pero también había en su expresión algo similar a pena.
Respiró hondo, intentando procesar todo lo que había escuchado.
—Y... ¿Ella cómo está? —inquirió, genuinamente interesado. Yumiko le dedicó una mirada estupefacta, antes de que una leve sonrisa curvara sus labios.
Hiro no tenía derecho a ser tan bueno.
—Mi abuela está mejor —aseguró, respondiendo su pregunta —. Alistair pagó la internación y los controles. Permaneció en shock por un día, pero ahora ya está en casa, estable... no recuerda del todo lo que ocurrió, tal parece que estaban sedados buena parte del tiempo.
Hiro hizo una mueca, conmovido por toda la crueldad a la que había sido sometida la pobre señora Matsuda, así como los familiares de cada uno de los yakuzas.
Recordaba haberse prometido el no sentir pena por ellos, sin importar lo que le dijeran. Nada podía justificar el que le hubiera traicionado de aquella manera y hubiera secuestrado a su tía, aun sabiendo lo que podía suceder.
Sin embargo, eso era antes de llegar a comprender por qué lo hacían, con qué clase de manipulaciones enfermizas Judith los había orillado a actuar de la forma en que lo hicieron. Y el hecho de que a cada momento la chica se detuviera a disculparse, con los ojos anegados en lágrimas, no hacían mucho por mantener su actitud impertérrita.
Finalmente, suspiró, rendido.
—Bueno, tan sólo espero que pronto pueda estar bien —le miró de reojo, sonriente —. Después de todo, la presentación de tu proyecto en la feria está cada vez más cerca.
Y aunque contaba con la risa de la chica, no lo hacía con ese brillo melancólico que se apoderó de sus ojos.
—Hiro, no voy a ir al Ito Ishioka —declaró, con el mentón en alto y llena de convicción aún con todo el dolor de su mirada.
De no haberlo dicho de esa manera, Hiro no hubiera dado crédito a lo que acababa de oír. Sacudido hasta la médula, estuvo a punto de erguirse de un salto.
—¡¿Qué?! —y si bien pudo reprimir el gesto, no así el volumen de su voz ni su expresión sorprendida —¡¿Qué quieres decir?!
Ella sonrió, una sonrisa que para nada llegó a sus ojos.
—¿Realmente crees que puedo ir ahí después de todo lo que te hice? —inquirió, casi con ternura — ¿Cómo puedo siquiera vivir en esta ciudad sabiéndolo?
—P-Pero... nadie sabe que...
—Tú lo sabes —respondió, segura —. Cass, Tadashi, tus amigos... Hiro, yo lo sé... ¿Cómo esperas que pueda vivir normalmente aquí, sabiendo que estuve a punto de cobrar tu vida para ganarme el lugar?
Hiro parpadeó una vez más, pasmado. ¿Hablaba en serio?, ¿De verdad se iría, incluso cuando era una víctima más de todo aquello?
Por un segundo, la miró con resignación. Luego, la sangre bulló en sus venas de pura indignación.
—¿Te irás así nada más?, ¿Cómo una cobarde? —susurró, aun cuando moría en deseos de gritarle en la cara. Y sin embargo, las palabras parecieron tener la suficiente fuerza para obligarla a tensarse en su asiento como si la hubiera abofeteado con ellas. Al ver su estupor, Hiro continuó, golpeando mientras el hierro estaba caliente — ¿Te irás después de todo lo que te has esforzado?, ¿En serio vas a abandonar todo sólo por esto?
Las últimas palabras le sacaron un jadeo.
—¿Sólo por esto? —repitió, bajando la voz más por la incredulidad que por el deseo de no ser oída —. Hiro, casi mueren por mi culpa, yo estuve dispuesta a...
—Estuviste dispuesta a avisarme —la interrumpió, sereno, sorprendiendo a la chica lo suficiente para que ninguna palabra saliera de su boca. Al ver que era incapaz de continuar, el joven asintió —. Lo recuerdo ahora: la llamada antes de la fiesta. Ibas a decirme todo, ¿Verdad? —inquirió, y todo lo que necesitó fue verle bajar la mirada, de seguro para ocultar tanto la pena como las lágrimas —. Apenas nos conocíamos, pero estuviste dispuesta a sacrificar a tu familia para ponerme sobre aviso... y entiendo por qué no lo hiciste —aseguró, al ver cómo ella parecía a punto de cubrirse el rostro. En cambio, sus ojos sorprendidos se elevaron hasta su rostro, y la comprensión que halló en ellos estuvo a punto de dejarla sin aliento —. Soy un héroe, o intento serlo tan bien como pueda... pero tú misma has visto que si alguien se mete con Tadashi o Cass, toda la moral y la cordura se desvanece. Entiendo perfectamente lo que hiciste por tu abuela, porque yo hubiera hecho exactamente lo mismo. Para mí, ellos están por encima de lo correcto y lo incorrecto.
Y aunque los recuerdos que evocaba eran los de la tarde de Alcatraz, cuando había perdido los estribos con ese chico yakuza, algo en él se removió por un instante, obligándole a llevar su mano hasta su nuca por una leve presión. Por un momento, las imágenes de ese día parecieron mezclarse con otras, de una noche fría y nevada, de sangre en las manos, de unos brazos desesperados aferrándose a un cuerpo descontrolado.
Hiro negó levemente, alejando la incómoda sensación para poder centrarse en lo que ocurría ante él. Cuando volvió a la realidad, se encontró con los ojos llorosos de la chica, perdidos en algún rincón de la calle, pero claramente sin verla.
Sonrió con ternura. Era tan evidente que quería quedarse. Sólo quería un empujón que la ayudara a decidirse.
—¿De verdad me vas a decir que malgasté todas estas tardes ayudándote con tu aburrida presentación, para que al final vuelvas a Japón?
Su burla pareció traer a la chica a la realidad, y se giró a él casi sorprendida.
—¿De verdad... de verdad puedo quedarme? —susurró, con la esperanza latiendo en cada palabra.
Hiro sonrió.
—¿Por qué te castigarías negándote todo esto? —inquirió, reclinándose en su silla —. Yo ya te perdoné, ¿No lo harás tú misma?
Yumiko jadeó, pasmada. Luego, le miró con una mezcla de recelo e incredulidad, rastreando la sombra de una mentira, de una cruel estratagema.
En cambio, no había en esos ojos otra cosa que la absoluta sinceridad y una genuina ofrenda de paz.
Ni siquiera pudo detenerse cuando las primeras lágrimas brotaron como caudales de sus ojos, dejando a Hiro al borde de la histeria.
—¡Por Tesla, mujer, que no hay necesidad de llorar! —exclamó, en pánico, mientras tomaba un par de servilletas de la mesa. En su atropellado intento por consolarla, prácticamente le enterró una en la boca.
Entre llanto y gestos asqueados por sacarse la fibra de papel de la lengua, Yumiko reía como una desquiciada, sin importarle por una vez que alguien viera lo rara que podía ser. Usualmente se cuidaba de no exasperarse más que lo necesario cuando Hiro la sacaba de quicio, pero esta vez nada podría contra el estado en el que se encontraba.
Necesitó al menos tres minutos para poder respirar sin que un espasmo le hiciera hablar entrecortado. Alzó finalmente la mirada, soportando los comentarios idiotas de Hiro sobre cuán fea se veía con los párpados hinchados y rojos.
Fue entonces que notó la otra figura cercana a ellos.
Tadashi les miraba con atención, alto, silencioso y quieto, demasiado para fingir que estaba limpiando la mesa a tres lugares de la suya. Y aunque su gesto era casi divertido, Yumiko notó algo diferente en la forma en que miraba a su acompañante.
A esas alturas y con toda la información que habían compartido entre los yakuzas, la chica ya algo sospechaba del carácter de la relación de aquellos dos. Pero aún si no lo hubiera oído de cuatro personas diferentes, había visto lo suficiente de sus interacciones para saber que no eran exactamente hermanos normales. Con frecuencia había sorprendido las miradas posesivas o de advertencia que Tadashi dedicaba a Hiro, miradas que éste solía responder con gestos de burla o algún toque de coquetería que reservaba sólo a él. Al principio había malentendido las miradas como una suerte de puja entre hermanos por el interés de la chica, idea que se reforzó cuando Tadashi se presentaba cada vez más en medio de sus reuniones.
Pero la idea sólo duró unos días, pues no tardó en notar que cuando se acercaba, en realidad con suerte le regalaba una mirada. De hecho, toda su atención estaba siempre en Hiro.
Justo como en ese momento... pero ahora mismo, el gesto que solía ser dulce o lleno de devoción cuando creía que el chico no lo veía, en esta ocasión se veía... ¿Desolado?, ¿Anhelante?
Algún gesto suyo habrá sido demasiado evidente, pues Hiro arqueó una ceja al notar, a mitad de oración, que no le prestaba la más mínima atención. Entonces, siguiendo su mirada, descubrió al espía.
Yumiko notó cómo sus ojos apenas se encontraron por un momento, sorprendiendo a Tadashi. Pero, en lugar de comentar algo hiriente o pedir una bebida para ambos, como siempre, la chica vio sin poder creerlo cómo el joven volvía a girarse, evitando la mirada de su hermano mayor.
Y, para mayor desconcierto, el gesto de Hiro parecía de profunda molestia.
Usualmente ella no se metía cuando esos intercambios se daban en su cara, fingiéndose ciega... sin embargo...
—¿Está todo bien? —consultó sin poder evitarlo. Era extraño que Hiro rechazara una mirada de Tadashi, y más lo eran aquellas expresiones molestas y dolidas que ambos tenían en ese momento.
De hecho, Tadashi hasta parecía desahuciado mientras, negando con la cabeza, se alejaba de allí a toda velocidad.
Hiro dudó un momento, seleccionando sus palabras. Finalmente, se reclinó en su asiento con un suspiro cansado.
—Mi situación con Tadashi es complicada ahora mismo —confesó, para sorpresa de la chica —. Al parecer, la contusión que me provocó la caída también me causó algunas amnesias. Y él... él quiere convencerme de que olvidé algo entre nosotros... o algo así, no es fácil.
Yumiko abrió los ojos de par en par, sorprendida hasta la médula. Sin embargo, alcanzó a contenerse antes de que Hiro encontrara su propio estupor como algo desconcertante.
Sospechaba a qué se refería, y no estaba segura de que fuera correcto meterse en ese asunto.
—Bueno... supongo que el tiempo dejará las cosas claras, ¿No? —ofreció a modo de escaso consuelo, ganándose una mirada lánguida de Hiro.
Sus ojos permanecieron fijos en un punto detrás de ella, como si estuviera sopesando sus palabras. Al cabo de un momento, el chico forzó una sonrisa.
—Sí, tienes razón —aceptó.
Pero a juzgar por su expresión, Yumiko no estaba segura de que fuera eso lo que Hiro realmente quería.
—Quiero que te detengas.
Tadashi dejó de frotar la toalla contra el cabello, desconcertado ante la violenta entrada de su hermano a la habitación, y todavía más por sus palabras.
Al menos, por un momento.
Apartó la mirada, sin molestarse en cubrir su torso desnudo.
—¿A qué te refieres?
Era un gesto infantil preguntar cuando él ya sabía de sobra la respuesta, consciente de lo que había estado haciendo todo el día. Sabía cómo actuaba, cómo lo miraba. No podía evitarlo, la necesidad de controlarlo a cada instante, rogando por ver la más mínima muestra de reconocimiento, era más poderosa que él.
Pero en toda la tarde, Hiro sólo le había dedicado miradas molestas cada vez que se encontraban, en especial después de que lo pillara espiando su conversación con Yumiko.
—Sabes bien a lo que me refiero, Tadashi —gruñó el chico, molesto —. No soporto tenerte detrás todo el día como un maldito acosador, mirándome como si aún esperaras que despierte, mierda. ¡Entiende de una vez que eso que esperas de mí, no puedo dártelo!
El mayor se detuvo una vez más, cerrando los ojos con fuerza ante la crudeza de esas palabras.
Sí, lo sabía. Aun cuando no podía creerlo, sabía que Hiro estaba en lo correcto: no podía recordar nada, no podía corresponder sus sentimientos. Pese a lo profundo y descabellado de su amor, ahora mismo no había nada en el mundo que le mostrara que existió alguna vez: sus besos, sus pequeños gestos, todo lo que pasaron para estar juntos y cada vez que se amaron, nada de eso existía para Hiro, y la crueldad de sus palabras era prueba de ello.
Se mordió el labio, sintiendo su pecho arder ante lo imponente de aquella verdad. Sin embargo, aún en su dolor había algo más que se abría paso, arrastrándose en medio de toda su desesperación.
Y eso era su enojo.
Tadashi se giró al chico sin poder reprimir su mirada airada, y de inmediato vio la vacilación en esos ojos castaños que tan bien podía leer.
Con todo lo que habían pasado, con todo lo que él mismo se había arrastrado para poder estar a su lado, ¿Este maldito mocoso se atrevía no sólo a negarlo, sino a olvidarlo?
En ese caso, más le valía recordarle un par de cosas sobre cómo comportarse ante su amante.
Decidido, avanzó un par de pasos en su dirección. Y aunque Hiro parecía tratar de mantenerse firme en su lugar ante la puerta, Tadashi notó con cierta satisfacción cómo retrocedía un paso.
—N-No quiero pelear, Tadashi, yo...
El chico no pudo evitar reír con cierta amargura ante sus palabras, clavando sus ojos en la preciosa carita de su hermano. El que creyera que le miraba así porque quería pelear con él era algo casi refrescante, regresar a un estado previo en su relación.
Pero era también una señal más de que no recordaba nada de lo suyo, algo que sólo le frustraba más y más.
Bajó la mirada, airado. Necesitaba pensar sin que el gesto afligido de Hiro le volviera loco... y entonces la vio.
Purpúrea aún y no más grande que una moneda, la marca se destacaba por su oscuridad en la pálida piel del chico. Lo suficientemente debajo de su clavícula para que nadie la hallara a simple vista, se asomaba con facilidad por la holgada sudadera que Hiro se había colocado aquella tarde.
Tardó un momento en reconocer qué era, y cuando lo hizo, no pudo evitar que cierta emoción infantil lo embargara.
Tal vez sí hubiera algo en el mundo que podía ser una garantía para Hiro, una muestra de que todo lo que decía era verdad.
Sin pensar en lo que hacía, sorteó la distancia que lo separaba del chico con un par de pasos, quedando a menos de un metro de distancia. Cuando alzó su mano, la tensión en su hermano fue evidente, hasta que un estremecimiento lo recorrió cuando rozó con sus nudillos la oscura marca que sus besos habían dejado.
—Lo hicimos el día de la fiesta —recordó, rozando la cálida piel como si temiera borrar la marca.
Hiro se tensó aún más, apartándose tanto como para pegarse a la puerta. Tadashi alzó la mirada con un gruñido de advertencia, una mirada que, al menos ese Hiro, nunca había visto en su hermano.
En su confusión, apenas notó la forma en que toda su piel se erizaba en respuesta.
—¿Q-Qué...? —jadeó, tratando de cubrir el lugar que el chico había tocado.
Y Tadashi sintió la emoción bullir dentro de él cuando, al dedicarle una sonrisa ladina, su hermano no pudo más que apartar la mirada, azorado.
—¿Tienes idea de lo difícil que fue explicar las marcas en tu piel al médico? —susurró, bajo y ronco, deleitándose en el gesto de gatito alerta que el chico le dedicaba —. Las mordidas fueron todo un desafío.
Hiro tragó saliva, negando con desesperación. Había visto las marcas vagamente, y para él era claro dónde las había conseguido.
—N-No... yo... Tadashi, estoy seguro de que me las hice en la pelea, no seas necio...
—Busca bien en tu cuerpo —gruñó, acercándose más, y Hiro sintió el pánico atenazarle la garganta al ver el espacio entre ellos estrecharse, al sentir el aliento de su hermano en su rostro—. Entre tus muslos, en tu cuello y tu pecho, y dime si son las marcas que deja una pelea, Hiro.
El chico cerró los ojos, aterrado. No sólo la cercanía y la desnudez de su hermano le resultaban abrumadoras de una manera que no entendía, sino que su voz, tan ronca y cadenciosa, estaba a punto de volverlo loco.
Cuando lo apartó de un empujón, Tadashi simplemente cedió el espacio para que escapara. Eso no quería decir que no estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano para no seguirlo, pero entendía que si continuaba, tan molesto como se encontraba, no tardaría en cometer una locura.
Sólo cuando la puerta del baño se cerró detrás de él, se permitió dejar caer su cabeza y apoyar su frente en la puerta. Respirando hondo, se limitó a cerrar los ojos, intentando calmarse.
Sin embargo, el recuerdo de esos ojos castaños, abrumados y aterrados, pronto hicieron que la culpa lo embargara. Sí, estaba frustrado y toda la situación le dolía, ¿Pero qué ganaba de lastimar así a Hiro?, ¿Qué buscaba asustándolo de esa forma?
Además de su hermano, Hiro era su pareja, y no se merecía de él más que respeto y comprensión ¿O no había sido capaz de esperar por meses, mientras él seguía en su negación idiota?
Suspiró, apartándose de la puerta. Con pasos lentos se dirigió a su lugar de la habitación, tomando la camiseta que había dejado sobre la cama con cierta pereza. Aguzó el oído, pero nada podía oírse desde el baño.
Pronto supo que no podría soportar quedarse allí mucho más, y con un gesto resignado, se marchó de la habitación.
Los médicos habían aconsejado a Hiro aguardar un tiempo prudencial antes de salir de su hogar y vagar por otros entornos conocidos. También le habían dicho que no se sobre exigiera con actividad mental hasta que no hubiera transcurrido al menos una semana.
El muy bastardo ni siquiera había soportado tres días antes de sumarse al equipo, que a su pesar retomaba las clases.
—Debería arrastrarte a casa y encerrarte en la habitación —farfulló Tadashi, mientras le fulminaba con la mirada.
Ajeno a su molestia, o de plano ignorándolo, Hiro continuó analizando los diminutos engranajes de sus robots por el microscopio. Tadashi gruñó, deseando con todas sus fuerzas recuperar la confianza para ir y darle un zape en la nuca.
De hecho, era probable que lo que lo detuviera fuera la contusión de su hermano más que su confianza.
—Tadashi, tus altos niveles de cortisol indican un elevado estado de ansiedad —le interrumpió la voz de su robot. Desde luego, su mínima condición para que Hiro fuera con ellos (dado que lo haría aunque se lo negara) había sido que Baymax los acompañara.
—Me pregunto quién tendrá la culpa —gruñó, frunciendo el ceño.
Esta vez el chico sí lo miró, y en su expresión la molestia y el reproche eran evidentes. No necesitaba hablar, toda su cara decía Deja de molestarme.
Jódete. Pensó, de la misma infantil manera.
Era ya tarde, lo suficiente para que no quedara nadie en el laboratorio general aun cuando el sol estaba todavía fuera. De hecho, la gran mayoría de los estudiantes que aún estaban en el instituto estarían ahora en el otro edificio, preparando los lugares para la feria.
En otras condiciones, Hiro jamás hubiera seguido allí si podía completar el trabajo en su garaje... lo que llevaba a sospechar a Tadashi que el problema, en realidad, es que no quería permanecer en su propia casa.
Algo que explicaría la mirada molesta que le lanzó cuando dejó en claro que no lo dejaría solo en el laboratorio, y el hecho de que se esforzara en ignorarlo.
El que ese alejamiento comenzara luego del avance que tuvo sobre él no ayudaba a relajarlo. Tadashi no quería pensarlo porque resultaba muy doloroso, pero más que a su casa, Hiro parecía querer evitarlo a él.
Una voz familiar se alzó en el lugar, logrando que el chico se apartara de esa línea de pensamientos.
—¿Es este algún tratamiento complementario que no me comentó tu tía? —Alistair entró con una sonrisa y una renguera aún mayor, mirando al joven con una jovialidad que contrastaba con sus palabras —. Si Cass se entera que estás trabajando y exigiéndote desde ya, ten por seguro que tendrás otra contusión antes de recuperar la memoria del todo.
Hiro se irguió con una sonrisa igual de amplia que el sujeto, pero a Tadashi no le pasó por alto la expresión sombría que oscureció sus ojos por un segundo.
Cuando volvió a hablar, Tadashi no reconoció el menor dejo de molestia.
—Pues que bueno que nadie le vaya a decir, ¿Verdad?
Tadashi suspiró, poniéndose en pie para ayudar al hombre a tomar asiento.
—No te aconsejo unirte a ese plan: si mi tía se entera de que le escondiste esto, te romperá la pierna que te queda.
Alistair rio, pero para nada parecía desestimar las palabras del chico. En cambio, sus ojos vagaron hasta el robot ante ellos, que sin dudas le estaba haciendo un escaneo silencioso. El que Baymax estuviera allí era prueba más que suficiente de que los hermanos ya tenían un acuerdo tácito sobre la presencia de Hiro en la universidad.
—Pues que bueno que todos estemos en el mismo barco, ¿No es así?
La repetición en las estructuras le sacó una sonrisa. A veces no sabía si Alistair comenzaba a copiar a su hermano, o en verdad eran más parecidos de lo que creían.
—¿Qué haces aquí? —interrogó Hiro, alejándose por fin del microscopio. El hombre hizo un gesto en dirección al este, allí donde estaba el otro edificio del instituto.
—Traje a algunos de los becados que presentaran sus proyectos este año —explicó, tomándolos por sorpresa —, me gustaría ver con mis propios ojos cómo son los jóvenes genios que quieren cambiar el mundo... y asegurarme de estar invirtiendo bien mi dinero.
Tadashi sonrió. Tal vez el hombre quisiera mantener su faceta de rico hedonista ante el mundo, pero era claro que su interés eran los chicos, no el dinero. Después de lo de Judith, estaba incluso más al pendiente de todos sus proyectos y equipo.
Hiro se removió, llamando la atención de su hermano. Parecía genuinamente inquieto.
—¿Yumiko está aquí? —inquirió, y Tadashi no pudo evitar tensar el mentón, irritado. Ya comenzaba a hartarse de aquella situación y la fijación que el chico parecía tener con ella.
Krei, quien no pasó por desapercibido la forma en que el hermano mayor presionaba sus puños, se limitó a mirar con sorpresa al menor.
—Bueno, Hiro... la situación de ellos es muy diferente —explicó de forma pausada—. Por supuesto que la posibilidad de presentarse sigue en pie, y de hecho algunos ni siquiera dudaron en venir hoy, pero otros no quieren saber nada con regresar... El caso de Yumiko era uno de estos.
Tadashi enarcó una ceja al oír las palabras del hombre ¿Algunos de los yakuzas ya estaban en el instituto?, ¿Quién podía tener tan poco criterio?
Sin embargo, Hiro lo obligó a apartar su mente de esos pensamientos.
—¿Era? —repitió, y lo esperanzado de su tono le forzó a dedicarle una mirada llena de molestia.
Al menos, hasta que notó la genuina alegría en su rostro, y se sintió como un verdadero bastardo. Pese a todo lo ocurrido, aún era capaz de leer las expresiones de su hermano a la perfección: en ese momento, para nada era el rostro que pondría por alguien en que tenga un mínimo interés romántico.
Sin dudas, incluso ahora seguía viendo a Yumiko como una amiga.
Más aliviado, Tadashi no supo si calificar como ternura o frustración lo que le generaba ver que su hermano era tan estúpidamente bueno con ciertas personas.
Alistair parecía estar en la misma situación.
—Recientemente me consultó si había alguna posibilidad para que se sumara otra vez a los proyectos del instituto que garantizarían la continuidad de la beca —le dedicó una mirada inquisidora mientras hablaba, como si analizara con cuidado su reacción — ¿Tienes algo que ver en eso?
Hiro apartó la mirada, tratando de ocultar la sonrisa en su rostro. Era tan fácil de leer.
—Claro que no, ¿Qué diría Cass si supiera que insistí en que una de nuestras secuestradoras se quede en la ciudad?
Dios, ¿Cómo había mantenido en secreto su identidad de héroe?
El mayor sonrió con cierta resignación, y al llevar su mirada al empresario, le quedó claro que ambos pensaban lo mismo.
Alistair suspiró, antes de asentir.
—Tampoco le diremos esto.
Antes de cumplir la semana de alta, la vida de Hiro prácticamente había recuperado su normalidad para cualquiera que le conociera de vista: se manejaba sin dificultades entre la universidad y el café, atendía sus proyectos y tareas, y ayudaba a Yumiko a ensayar su presentación renacida de entre los muertos.
Para este último detalle había solicitado la ayuda de sus dos secuaces en el crimen. Alistair contribuía sacando a Cass de la casa tanto como le fuera posible, y Tadashi ayudaba simplemente cerrando la boca y limitándose a verlo con reprobación.
Ni siquiera era que la chica le molestara ya o siguiera enfurecido con ella. Lo que le volvía loco, era que mientras sus reuniones con la japonesa parecían repetirse exactamente iguales que dos días antes del enfrentamiento con Judith, a él ni siquiera le tocaba una gota de la intimidad que solía tener con Hiro.
De hecho, parecía incluso más esquivo que la primera temporada antes de poner en orden lo que ambos sentían.
Por eso, la vida de Hiro parecía completamente normal de nuevo... para quienes lo conocieran sólo de vista.
Era una de esas tardes en que esperaban a la chica cuando su indignación llegó a los números rojos. Aunque considerando su mala suerte, Tadashi ni siquiera debió sorprenderse cuando Hiro reconoció y recibió como un amigo de toda la vida al bastardo que habían encontrado en Hawái.
—Tienes que estar jodiendo —farfulló, lo suficientemente bajo para que ni siquiera Hiro, que estaba cubriendo su turno antes de que Yumiko llegara, lo escuchara.
—Estás incluso más bonito que cuando te amordazamos en esa cámara —afirmó el sujeto, pagado de todo arrepentimiento, y Tadashi tuvo que refrenarse para no molerle la cara frente a los pocos clientes que había allí.
Hiro, en cambio, no parecía tan afectado. O al menos no lo aparentaba.
—Y a ti te queda bastante bien el cosplay de Freddy Krugger —se burló a su vez, sorprendiendo tanto a él como al sujeto.
Aunque para nada hubiera querido tenerlo cerca, soportó que se sentaran en el mostrador sólo porque eso le permitía controlar cómo actuaba con Hiro.
—Pues ojalá lo que le cortó la cara le hubiera arrancado la lengua —no obstante, no pudo reprimir su propio comentario, mientras limpiaba con demasiada intensidad una taza.
Su hermano no dijo nada, pero la sonrisa de soslayo que elevó una de sus comisuras le dejaron en claro que, en realidad, estaba algo de acuerdo con él.
Los ojos castaños del rubio se dirigieron ahora a Tadashi, que le soportó la mirada sin titubear. Era al menos media cabeza más alto que él, y bastante más grande en complexión física. No necesitaba ser un genio para saber que podría patearle el trasero en un mano a mano con la misma facilidad que si ambos tuvieran aún sus armas.
Y de hecho, todo su cuerpo se lo estaba pidiendo.
Algo que el otro pareció notar, a juzgar por la mirada afilada que le dedicó antes de volver a hablar:
—¿Ni siquiera puedo hablar con tu hermanito sin que quieras saltarme a la yugular? —se burló, dejándolos en evidencia sin el menor pudor. Y a juzgar por la manera en que Hiro y algunos clientes lo miraban, estaba siendo demasiado evidente en darle la razón al sujeto. Éste ensanchó su sonrisa, tornándola atrevida —. Después de todo, ¿Le has preguntado? Tal vez le guste la idea de compartir.
El comentario era a todas luces una referencia a la relación que Hiro y Tadashi mantenían, una lo suficientemente descarada como para que el mayor debiera cerrar las manos en puños, y mantenerlas en su lugar sólo con mucha fuerza de voluntad.
Pero Dake sabía que sus palabras no solamente iban a resultar ofensivas a Tadashi: no pudo más que girarse hacia Hiro con descaro, esperando su reacción. En cierta forma, molestar al chico le generaba tanta satisfacción como el cortejarlo, y sabía que él no se quedaría en silencio ante una invitación tan descarada.
O al menos, el Hiro que él conocía no lo haría.
En cambio, el chico ante él permanecía en silencio, mirándolo con curiosidad a él y a su hermano, en hitos, cómo si pretendiera reconstruir algo a partir de sus expresiones.
Cómo si no entendiera a qué se refería.
Dakota se le quedó mirando con extrañeza, en especial cuando el chico también fijó la mirada en él, antes de alzar los hombros e interrogarlo con la mirada: claramente necesitaba que dijera algo más para terminar de cerrar la idea.
Sí, algo allí se sentía raro.
—Bien, ¿Qué ocurre aquí? —inquirió, genuinamente interesado.
El que notara que había algo fuera de lo normal sorprendió a Hiro, que no pudo evitar echar una mirada a Tadashi. Éste le miraba con intensidad, una que era capaz de hacerlo estremecerse sin entender por qué.
Negó con la cabeza, tratando de restarle importancia a lo que sentía y a las palabras que estaba por decir.
—No mucho, aparentemente tengo algunas pérdidas de memoria, pero nada demasiado importante.
Dake alzó una ceja, sorprendido. Casi de inmediato, llevó su mirada al hermano mayor.
La mirada de Tadashi no era diferente a la que recordaba, llena de amenazas y posesividad cuando se trataba del pequeño.
Pero en el fondo, oculto por todo el show del hombre intimidante, había algo más, algo mucho más conocido: había miedo, un miedo absoluto y lleno de súplica. Sorprendido, creyó comprender lo que estaba ocurriendo.
Vaya bastardo desafortunado. Pensó, antes de que una sonrisa de tiburón curvara sus labios.
—¿Ah, sí? —fingió sorpresa, girándose una vez más a él —. ¿Eso quiere decir que no recuerdas la cita que teníamos pensada para hoy?
Hiro pareció estupefacto por un instante, asaltado por esas palabras. Estaba tan descolocado, que no notó cómo Tadashi se tensaba a su lado, a punto de saltarle encima al otro.
Un segundo más tarde, se echó a reír.
—Dime la verdad, ¿Cuál es el verdadero Dakota? ¿El chico adorable de Hawái, o el bastardo prepotente que tengo delante?
El sujeto no perdió su sonrisa, aunque se removió, inquieto. No quería decir que Hiro lo había impactado lo suficiente aquella vez como para alterarlo al punto de sacarse la máscara de imbécil por unos días. Por Dios, si hasta había dudado en llevárselo a la cama y había tenido miedo de preguntarle.
No obstante, Dake era un coqueto por naturaleza, y después de todo, uno que aprovechaba cada oportunidad que tenía.
—Depende —admitió, inclinándose levemente en su dirección—. ¿Cuál te gusta más a ti?
Tadashi debió respirar hondo y apartar la mirada. En otra oportunidad, ni siquiera el número de clientes a su alrededor lo hubiera detenido de alejar al sujeto de su hermano.
Pero, para su horror, debía reconocer que ahora mismo no tenía la autoridad para hacerlo, y no porque no se sintiera con el derecho de proteger a Hiro, sino porque él, al olvidar su relación, le negaba ese privilegio. El que actuara de la manera en que deseaba hacerlo podría empeorar las cosas.
Lo único que le quedaba era aferrarse a la esperanza de que su hermano, con ese carácter que tenía, pudiera poner distancia con semejante imbécil.
Pero entonces, al alzar la mirada, Tadashi sintió su alma caer a sus pies. Porque no había en el gesto de Hiro ninguna expresión de molestia o descontento.
En cambio, el brillo en sus ojos y su sonrisa cómplice eran dolorosamente similares a las que reservaba antes sólo para él.
—Podemos averiguarlo —aceptó, para la absoluta sorpresa de Tadashi, que vio cómo el chico se ponía en pie dejándose caer del banco —. Vamos a sentarnos.
Y arrebatando dos bizcochos del mostrador, Hiro ni siquiera le dedicó una mirada mientras se alejaba a una de las mesas vacías, seguido de cerca por el joven.
Tadashi tuvo el impulso de estirar su mano y detenerlo, incluso de llamarlo. Sin embargo, tuvo la suficiente lucidez para detenerse: verse ridículo no ayudaría a que las cosas volvieran a la normalidad, por el contrario, sólo lograría que las actitudes de Hiro hacia él se volvieran más hostiles.
Resignado, dedicó una mirada breve a su alrededor, asegurándose que nadie se hubiera percatado de su intento por tocar al chico. Por suerte, los clientes que allí había parecían estar más interesados en su propia vida que en él.
Volvió a guiar su mirada a donde su hermano había llevado al bastardo ese. Tenía la esperanza de poder leer en su expresión la molestia o la indiferencia, pero, para su desgracia o alivio, Hiro se había sentado de manera tal que no podía ver sus ojos, sino apenas un atisbo de sus labios al hablar.
En cambio, sí que podía ver al otro: su sonrisa prepotente, sus gestos felinos, la forma en que constantemente jugaba con sus dedos demasiado cerca de los de su hermano.
Y lo peor es que Hiro ni siquiera daba muestras de estar incómodo. Por el contrario, permanecía completamente en control de sí mismo, incluso más relajado de lo que había estado la primera vez que Yumiko regresó al café luego del accidente.
Al igual que esa vez, no podía escuchar la conversación ni ver las expresiones de su hermano. Lo único a lo que podía aferrarse era a su postura, sus interacciones con las manos y, en este caso, a la leve sonrisa que asomaba a sus labios.
Parecía no apartar la mirada del rubio, atento a las palabras que éste le estuviera diciendo. En verdad no podía suponer qué era lo que estarían hablando, pero lo más probable era que, como con Yumiko, intentara poner orden a todo lo que había ocurrido en relación al plan de Judith.
El problema es que el ambiente entre ambos parecía ser demasiado familiar, con risas coquetas de parte del rubio, y alguna sonrisa permisiva de su hermano. La clase de interacción relajada que se tenía con un amigo nuevo o, también, con alguien que estabas conociendo.
Y entonces Tadashi recordó que, de hecho, Hiro sí estaba conociendo a ese bastardo, y que si bien el tiempo desde sus vacaciones en Hawái había hecho que prácticamente lo olvidaran, ahora mismo su hermano no era consciente de todos los cambios que se habían dado en su vida en esas semanas.
No tenía forma de saber si en la mente de Hiro habían pasado meses, o tan sólo días desde aquella conversación que espió en la discoteca. Después de todo, aunque se negara a hablar de ello con él, era claro que no era la única persona que había olvidado...
Aunque sí la única cuyas interacciones no recordaba de inmediato.
Si Tadashi se hubiera reencontrado con ese imbécil en un estado normal, no habría tenido nada que temer. Podía confiar que los mismos sentimientos que habían llevado a Hiro a rechazarlo una primera vez le hicieran obrar de igual manera la segunda.
Pero ahora que esos sentimientos no estaban, o al menos permanecían ocultos en la parte más recóndita de la consciencia de su hermano, nada podía garantizarle que, en realidad, Hiro fuera a rechazar un avance.
De hecho, nada podía garantizar que Hiro no comenzara a desarrollar cierto interés por él, como ya había hecho en la isla.
La angustia oprimió su pecho, obligándolo a jadear con el aliento entrecortado.
Hiro ya había dejado en claro que había olvidado por completo su relación, ¿Qué le aseguraba que no pudiera reemplazarlo?
Después de todo, el sujeto era más cercano en edad, agradable, atractivo, y tenía esa chispa de prepotencia que parecía agradar a su hermano. Y viera por donde se le viera, ninguno de los dos parecía indiferente.
Sintió su corazón estremecerse cuando, ante un comentario que no entendió, Hiro se echó a reír sin ningún tipo de pudor por quiénes pudieran verlo. Y cuando los ojos del rubio se clavaron en el rostro de su hermano, más profundos e intensos de lo que antes lo habían sido, tuvo que reprimirse para no dirigirse hasta ellos.
Porque así como reconocía la mirada coqueta del maldito, también podía reconocer esos ojos.
Él mismo había visto a Hiro de igual manera más de una vez. Aunque claro, nunca el simple deseo podría compararse al amor que sentía por el chico. Tadashi tenía la certeza de que cada vez que había visto a Hiro con esos ojos, él nunca hubiera dudado de que lo que sentía era absoluta devoción, en cuerpo y alma.
Era esa misma devoción lo único que lo mantenía a raya en ese momento, lo único que impedía que corriera allí a separarlo de Dakota y lo arrastrara al interior de la casa. Si sólo lo viera como un objeto que le pertenecía, Tadashi ni siquiera lo pensaría dos veces.
Pero amaba al chico, y nada de lo que ocurriera le haría rebajarlo de esa manera ante otros. Lo que menos quería era cometer una insensatez que le cerrara aún más a intentar recuperar sus recuerdos.
Y así fue como se vio obligado a ver, por otra media hora, las interacciones de ambos. Ver cómo Hiro reía sin parar y bromeaba con el sujeto, y cómo cada vez más éste parecía entrar en confianza, dejando de lado, de vez en cuando, los gestos prepotentes y reemplazandolos con leves sonrisas que le recordaban a las que le había visto en la isla.
Nadie que los viera podía negar que había atracción entre ambos, o al menos un perfecto entendimiento. Incluso para él, que sentía cómo su garganta se volvía cada vez más estrecha y se le dificultaba la respiración.
El quedarse quieto se estaba convirtiendo en una tortura.
¿De verdad Hiro era capaz de reemplazarlo tan fácilmente?
¿Y no era eso lo que siempre buscabas?. Una voz se alzó en su mente, arrancándolo de sus pensamientos o mortificándolo con ellos. Hace poco hubieras dado lo que fuera para que Hiro dejara de pensar en ti, para que buscara este tipo de interacciones con otras personas ¿O ya lo olvidaste?
Tadashi se removió inquieto ante sus propios pensamientos, reprochándose a sí dejo de vergüenza le obligó a alejar la mirada del dúo.
Pese a que creía haberlo olvidado por completo, en el fondo aún sentía la profunda culpa por lo que hacían, por lo que su relación con su hermano significaba. No, no era ya la vergüenza de las primeras veces, ni el remordimiento por causa de la moral barata.
Lo único que aún le removía la consciencia algunas noches, era la culpa que sentía por Hiro. No era tonto, sabía que el chico nunca podría ser más feliz ni más amado que a su lado, que nunca dudaría de lo que sentía por él. Hiro era más que el sol de sus días, y estaba seguro que el chico lo sabía.
Lo que le preocupaba a veces, era qué ocurriría si alguna vez deseara otra cosa. Si quisiera una familia, si quisiera mostrarse ante todos con su pareja, incluso, aunque la simple idea le rompía el corazón, qué sería de él si alguna vez dejara de amarlo. Hiro era joven, poco más que un niño que se había lanzado muy pronto a un mundo adulto; aún le quedaban años de carrera, trabajos, grandes proyectos. Tadashi sabía que tenía muchas personas por conocer, muchas mentes que admirar.
Y quizás algún día sentiría más que admiración.
Respiró hondo, sólo para volver a llevar su mirada a la mesa: para su gran sufrimiento, allí estaba su sol, radiante, sonriendo como no lo había visto en días... pero para alguien que no era él.
Nuevamente sus propios pensamientos lo mortificaron, recordándole todas las veces que había deseado que aquello ocurriera, todos los días que le rechazó con crueldad para lograrlo, aun sabiendo que sus sentimientos eran sinceros.
Si aquello era alguna especie de castigo, Tadashi reconoció que se lo había ganado con creces.
—¿No será mucho? —inquirió la joven japonesa, alzando la mirada para alcanzar a abarcar la altura del escenario que se le había asignado para la presentación.
Tadashi suspiró, entendiendo el asombro de la chica. Sin embargo, nunca le diría que su puesto era uno mucho más sencillo, y que Hiro había movido desvergonzadamente sus contactos para conseguirle uno más vistoso.
De hecho, el más vistoso.
—No te preocupes, tiene un ascensor interno que...
—¿¡Ascensor!?
Tadashi no pudo evitar sonreír, antes de dedicarle una mirada divertida a la chica. Luego de enfrentarse a héroes y villanos sin dudar, ¿En verdad esto la intimidaba? La ironía era casi deliciosa.
—No te preocupes, nadie te estará mirando —se burló, ganándose una mirada molesta.
—Eres peor que Hiro —le echó en cara, y Tadashi se echó a reír.
—Si tienen tiempo para divertirse, pueden aprovecharlo en ayudarme a cargar mi proyecto... o, cierto, ¡Ni siquiera es mío!
La voz alterada de Hiro les obligó a girarse para ver qué le tenía tan desesperado.
A Tadashi casi le da un infarto al verlo levantar por sí mismo una de las partes articuladas del robot a escala real, con todo y sus respetables sesenta kilos, como si no tuviera una reciente operación en el vientre.
El chico le dio una mirada divertida cuando se la arrebató de las manos.
—Eso es eficacia, hermanote —se burló
El hermanote estaba a nada de tirarle el aparato encima.
—El doctor dijo que no debías cargar demasiado peso —gruñó, serio.
Y Hiro le miró con esa expresión que le dejaba en claro que, al menos en lo que respectaba a resbalarle lo que le dijera, seguía perfectamente normal.
—El doctor dijo muchas cosas —comentó, dedicándole un guiño juguetón, antes de dirigirse a donde Yumiko estaba cargando las partes más livianas.
Aunque para él fuera un gesto de lo más natural, Tadashi se quedó en shock por un momento. El chico lo había tomado con la guardia baja, y su cuerpo entero vibró en respuesta a su coquetería innata, necesitado hasta lo indecible, aferrándose al más mínimo gesto de cercanía que le indicara que Hiro, aunque sea un poco, lo necesitaba.
El problema era que Hiro seguía necesitando a su hermano, mientras él anhelaba cada vez más a su amante y compañero.
Eso era precisamente lo que empeoraba todo: si Hiro lo odiara o rechazara sin más, Tadashi no sentiría culpa alguna... Pero Hiro lo quería, lo buscaba y le mostraba su sincero amor en los gestos fraternos que toda la vida habían compartido.
Y Tadashi, en cambio, no podía evitar sentirse como un enfermo al querer corromper un amor tan puro.
Suspiró pesadamente, acomodando sobre el hombro el aparato y avanzando cabizbajo. Iba tan sumido en su propio malestar, que ni siquiera notó la mirada curiosa que recayó sobre él mientras lo seguían al ascensor.
Yumiko apenas alcanzó a sostener las dos cajas que cargaba, antes de dejarlas caer al suelo. La tensión de Tadashi ante el sonido le dejó en claro que acababa de notar que estaba ahí.
—Estás algo distraído —comentó, ayudándolo a bajar el torso de su robot.
Aunque hace tan sólo unos días no hubiera podido imaginar tener una conversación normal con el chico de nuevo, le sorprendió la relativa normalidad con la que Tadashi aceptó su cercanía con Hiro y sus incursiones secretas por el café. Sí, tal vez las cosas entre ellos hubieran llegado a un punto medio cuando fue su plan el que ayudó a encontrar a Hiro, y fue la intervención de Tadashi la que le permitió detener el ataque de su abuela, pero no hubiera esperado que eso significara poder interactuar como lo venían haciendo desde hace dos días.
Y aunque era cierto que el grado de hostilidad entre ambos hubiera subido –ahora mismo, incluso solían compartir pullas que surgían de comentarios malintencionados de Tadashi-, en realidad se sentía más como una extraña camaradería que como verdaderos intentos de mortificarla.
A diferencia de otra persona...
—Estoy igual que siempre —murmuró el mayor, saliendo del ascensor sin siquiera mirarla, volviendo a cargar la estructura.
El recorrido había sido tan breve que incluso la había tomado por sorpresa. Al menos, hasta que notó que habían subido por lo menos un piso. Un leve vértigo la embargó, pero se forzó a recordar que había estado luchando con ese mismo chico a casi cien metros de altura.
Lo que no ayudaba a relajarla, de hecho.
—¿Sigues molesto porque me haya quedado? —inquirió, insistiendo en llegar a su lado, junto a la mesa donde estaba su sitio y los planos del robot.
Yumiko estaba más habladora de lo normal y Tadashi no sabía si se trataba de los nervios previos a la presentación o si estaba genuinamente interesada, pero estaba a punto de pedirle que no se metiera en sus asuntos de manera algo brusca, cuando alzó la mirada en su dirección.
Entonces se topó con sus ojos castaños, cálidos y algo infantiles aún. Su gesto era amable, más incluso que durante el tiempo que Matsuda estuvo en cautiverio. En cuestión de dos días, Tadashi había descubierto que Yumiko en su estado normal era una chica afectuosa y compañera, aun cuando podía ser sarcástica a veces.
Lo que la hacía incluso más parecida a su hermano.
Suspiró, rendido. Tal vez fuera su necesidad por aferrarse a la clase de atención que Hiro solía darle, pero comenzaba a tener cierta simpatía por la joven.
—En serio, no es nada —comentó, depositando el aparato junto a los dos restantes y sentándose a su lado, bastante impresionado. Todo ese tiempo creyó que el robot en el que trabajaba Yumiko era a pequeña escala, jamás hubiera imaginado que, de hecho, estaban operando sobre un prototipo.
Que servos de levitación magnética funcionaran en semejante estructura... bueno, hacía entendible la emoción de Hiro por el proyecto de la chica, y dejaban en claro que nunca había prestado atención a los planos.
—¿Esto es por Hiro?
La pregunta lo tomó por sorpresa, lo suficiente para que no pudiera disimular su expresión afectada.
La mirada comprensiva de la chica le dejó en claro que sólo acababa de confirmarle lo que ya sospechaba, y que probablemente no sólo se tratara de la amnesia.
Suspiró, apartando la mirada.
—¿Qué sabes? —inquirió, resignado. Todo parecía indicar que el único que no se daba cuenta de lo suyo con el chico era justamente su hermano.
—Sé que tiene amnesia, y que no recuerda algunas cosas —afirmó, y Tadashi pudo notar la duda que asaltó su mirada, antes de que se atreviera a continuar —. También, que nunca vi a dos hermanos mirarse entre sí como ustedes lo hacen, como si se necesitaran el uno al otro para vivir.
Tadashi rio, aunque no había manera de que el hormigueo en sus pómulos pasara desapercibido sólo con eso. Entendió que era más fácil decir las cosas con metáforas trilladas en su caso, aún con lo cursi que podían ser.
No pensaba responder, avergonzado y en parte molesto por ser tan evidente... pero Yumiko se sentó a su lado, fingiendo estar ocupada con los pequeños aparatos que mantenían la levitación.
—Entiendo que estés desesperado, incluso a mí me sorprende ver a Hiro y que no esté pendiente de ti todo el tiempo —Tadashi le dedicó una mirada molesta, y Yumiko comprendió en el acto que no había elegido las mejores palabras —. Lo que quiero decir es que... él te adora, en serio. No te ha dejado de amar, y cuando esto haya pasado y lo recuerde todo, las cosas volverán a la normalidad y podrán estar uno encima del otro como siempre... Dios, Tadashi, si a veces parece que no pueden respirar si el otro no está cerca.
Ante su expresión de hartazgo, Tadashi no pudo más que sonreír, divertido. Tal parece que habían sido demasiado empalagosos en alguna oportunidad.
Algo aliviado con el brusco discurso, Tadashi bajó la mirada, buscando a su pequeño dolor de cabeza personal entre todos los ingresantes estresados y en pánico que corrían por el lugar.
Pero su sonrisa desapareció en el acto, y la maldición que se le escapó por lo bajo obligó a la chica a mirarlo con atención. Se sorprendió al ver el brillo hostil en los ojos del mayor. Uno que, por suerte, no estaba dirigido a ella.
—Pues parece estar respirando bastante bien.
Y antes de que pudiera seguir la dirección de su mirada, Yumiko ya podía adivinar qué ocurría.
Maldito. Gruñó en su fuero interno al reconocer la cabellera rubia.
Le había advertido desde el primer día que lo encontró en el campus, que se mantuviera lejos de Hiro. Pero todo parecía indicar que Dakota tenía el instinto de supervivencia en el culo.
—Tranquilo —murmuró, sin saber exactamente qué la llevaba a hacerlo. Ambos chicos no hacían más que hablar, después de todo.
Demasiado cerca, tal vez.
Tadashi respiró hondo, sin poder evitar que su expresión delatara su molestia. Sin embargo, decidió escuchar a la chica. Tal vez le hirviera la sangre sólo de ver al joven cerca de su hermano, pero ese no era motivo suficiente para hacer una escena frente a todo el instituto.
El problema es que cada vez se le hacía más difícil soportar la presencia del sujeto, que parecía haber hecho de su café su segundo hogar en aquellos días, e incluso había tenido el descaro de hablar con su tía o interrumpir los últimos repasos con Yumiko.
Ambas mujeres habían ganado todo su respeto sólo con gruñirle que se largara.
El problema es que el único que no era hostil ante el payaso aquel, era justamente quien le importaba a él. Hiro parecía prácticamente encantado con la presencia del sujeto, y le recibía con las mayores sonrisas, a excepción de que sus acompañantes dejaran en claro que no lo querían cerca.
Ahora mismo, incluso permanecía totalmente relajado, sonriendo mientras el otro gesticulaba a un escaso medio metro del chico. Junto a él, otro chico rubio -que no tardó en reconocer como el hermano del bastardo- le miraba como si deseara que la tierra se abriera y se lo tragara. Incluso algunos alumnos a su alrededor se detenían, curiosos.
Sabía que había prometido no interferir, respetar los tiempos y la distancia que Hiro le pidiera. Pero en verdad que se le estaba haciendo cada vez más difícil mantenerse al margen.
Sintió la mano de Yumiko sobre su hombro.
—Vamos, será mayor que vayamos antes de que...
Pero fuera lo que fuera a decir, murió en sus labios cuando ambos notaron la mirada sorprendida de su hermano. Tadashi frunció el ceño, desconcertado: en aquellos días, era la primera vez que Hiro mostraba cierta incomodidad ante algún comportamiento del otro.
Se puso en pie, no llevado por sus celos o su molestia, sino por el más absoluto sentimiento protector. Aunque no lo reconociera como su pareja, eso no quería decir que no pudiera actuar para defender a su hermano.
Pero si sólo pretendía ser una presencia que pusiera en su lugar al rubio, lo cierto es que se olvidó por completo de ello cuando vio, pasmado, cómo éste sujetaba el brazo de su hermano, obligándolo a acercarse.
Cuando le vio besarlo, sintió que algo dentro de él comenzaba a hervir.
A duras penas escuchó la maldición en japonés que Yumiko soltó a su lado, y menos aún sintió las manos que pretendieron detenerlo cuando giró en dirección al ascensor.
Incluso mientras trataba de calmarlo allí, Tadashi no podía pensar en nada más que en dejar la cara de aquel imbécil tan molida como para que la cicatriz fuera lo de menos la próxima vez que se viera en un espejo.
Ni siquiera le molestaron los profesores, su hermano o los otros estudiantes cuando salió hecho una fiera del ascensor, viendo todo en color rojo y sólo prestando atención al bastardo que aún aferraba a su hermano, a la vista de todos y aun cuando éste pretendía alejarse.
Si tenía la fuerza suficiente para hacerle frente a Hiro, ciertamente no podía con la de Tadashi, que lo apartó como si se tratara de un monigote.
—Tú, hijo de puta —gruñó, enfurecido, colocándose justo en frente de un sorprendido Hiro —¿Qué mierda estás haciendo?
Pero si pensaba encontrar la misma reacción en aquel infeliz, lo cierto es que su expresión parecía de todo menos desconcertada. En cambio, había una retorcida diversión en los ojos castaños que se enfrentaban a los suyos sin titubear, prepotentes, provocativos.
—Tranquilo, tigre —sonrió, manteniéndose de pie a menos de un par de centímetros de su cara, como si no hubiera experimentado ya qué significaba meterse con Hiro estando Tadashi presente. Su sonrisa se acentuó, antes de volver a hablar, tan bajo como para que sólo él pudiera oírlo —. No le arranqué esa lengua que tanto te gusta.
Tadashi tembló, con la mandíbula tensa y una vena marcada en su frente. Tomó distancia, sintiendo sus nudillos hormiguear con ansias.
Pero entonces sintió un par de manos aferrar su brazo derecho, el mismo que estaba a punto de alzar. Deteniéndose con un espasmo, pronto supo que esa fuerza no era la de Yumiko.
—¿Qué demonios haces, Tadashi? —la pregunta era un gruñido ahogado, como si estuviera haciendo más fuerza de la que podía soportar —. Estamos en el instituto, par de idiotas.
Se giró, con la respiración agitada y la testosterona bullendo por sus venas, listo para derribar a cualquiera que quisiera detenerlo.
Pero Hiro no necesitaba más que una mirada para lograr eso, con un brillo lleno de súplica y reproche, mientras seguía aferrando el brazo de su hermano.
Tadashi debió parpadear un par de veces, antes de llevar una vez más su mirada furiosa al bastardo ante ellos. Ni los profesores alarmados ni los alumnos que comenzaban a aglomerarse a su alrededor le importaban, lo único que quería era borrarle la sonrisa prepotente de una vez.
En ese momento, cualquiera que lo viera no sólo no lo reconocería, sino que sabría que nada podía hacerle entrar en razón... al menos, hasta que un par de manos cálidas aferraron sus mejillas con firmeza, y el rostro de su hermano se interpuso entre ellos, empujando al otro de su campo de visión.
—Tadashi, cálmate —susurró, intentando calmarlo aun cuando su propio estado de nerviosismo hacía temblar su voz.
El mayor intentó apartarse, pero las manos se mantuvieron firmes en su rostro, obligándolo a ver sólo sus ojos.
—Está bien, no importa —murmuró, tratando de darle una sonrisa forzada —. ¿No crees que soy perfectamente capaz de dejarlo inconsciente sin tu ayuda? Sólo déjamelo a mí.
Pero Tadashi en realidad no escuchaba sus palabras, no ahora. Porque con su sonrisa, el chico había dejado expuesto un leve dejo de rojo en su labio inferior, que se asomaba casi imperceptible para cualquiera que no estuviera a su distancia.
Una mordida.
De otro hombre.
Tadashi gruñó, nuevamente enfurecido. Pero no era ya la furia de sus celos solamente. También tenía la certeza de que alguien más había tocado a su pequeño frente a sus ojos, y él no había podido detenerlo.
Y esa extraña mezcla de celos y necesidad de protegerlo fue lo que le orillaron a tomar el brazo de su hermano y llevárselo de allí, empujando con la suficiente fuerza al bastardo en su camino para lanzarlo al suelo.
Pero definitivamente ya había pasado a segundo grado para él, como todos los que le miraban sorprendidos mientras se lo llevaba de allí.
Tal vez fuera por su deseo de no hacer un escándalo mayor, pero Hiro colaboró con él todo el camino hasta su laboratorio. Eso sí, no sin dejar en claro que no entendía su comportamiento idiota y que de verdad estaba haciendo el ridículo.
Sin embargo, toda protesta se detuvo cuando entró al laboratorio por primera vez en esa semana: siempre tratando de evitar quedarse a solas con él, siempre ocupado en preparar los proyectos con algunos compañeros y con la propia Yumiko, Hiro ni siquiera había puesto un pie en el lugar hasta entonces.
Ajeno a su estupor, Tadashi lo llevó hasta la ventana, donde la iluminación era mejor. Hiro se dejó arrastrar por el mayor sin protestar, ligeramente mareado.
Jadeó cuando el otro le obligó a sentarse en la superficie curva de la ventana circular, y le miró con los ojos abiertos de par en par cuando se colocó ante él, tan alto e imponente como era. Hiro sintió algo removerse dentro de sí, sin saber a qué se debía.
Entonces Tadashi se dejó caer y, de rodillas, llevó sus manos a su torso. Tenso primero, Hiro se sorprendió cuando las alzó con delicadeza a su camiseta, levantándola con tal lentitud que casi parecía pedir permiso. Nervioso al comienzo, Hiro se estremeció cuando un dedo cálido rozó una zona demasiado sensible.
Más sólo necesitó ver la expresión concentrada de Tadashi para saber que estaba revisando que todo estuviera bien con su herida.
Es cierto, había hecho más fuerza de la debida tratando de apartarse de Dakota y de detenerlo a él.
Había llegado a asustarse por un momento: nunca antes había visto tan molesto a su hermano. Parecía dispuesto a moler a golpes al chico, y la fuerza de su brazo sólo confirmaba que lo hubiera logrado.
Para cualquiera que lo hubiera visto entonces, sería imposible creer que se trataba del mismo chico que ahora cuidaba su herida con la delicadeza que se trata a un bebé o a un tesoro.
Sonriendo, conmovido a su pesar, llevó su mano a la que levantaba su camiseta. Le apartó con gentileza.
—Dashi, estoy bien, no fue nada.
Un estremecimiento le recorrió ante el apodo ya conocido y Tadashi alzó la mirada, sorprendido.
Sin embargo, para nada encontró otra cosa en aquellos ojos que el afecto fraternal que le había estado ahogando todos aquellos días.
Le miró casi con indignación, incluso más frustrado al ver el desconcierto en sus ojos.
Nada en Hiro había cambiado, a excepción de ese brillo rojizo sobre sus labios...
El chico abrió los ojos con sorpresa cuando llevó su mano libre hasta su rostro, sólo para recorrer su labio inferior con delicadeza. Su piel dio una descarga cuando lo tocó, obligándolo a estremecerse.
Algo sin dudas más sutil que lo que sintió cuando se alzó, veloz y desesperado, a apoderarse de sus labios.
Hiro gritó dentro del beso, un sonido breve de sorpresa. Trató de alejarse, impactado y en cierta forma ultrajado por la reacción de Tadashi. Pero éste sólo necesitó sujetar su nuca y torso para dejar en claro que no iría a ningún lado mientras no lo permitiera.
No es que Hiro no se considerara como alguien guapo, pero dos besos robados en un solo día era algo fuera de lo normal incluso para él.
Más sólo necesitó unos segundos para notar que este beso no tenía punto de comparación con el que Dakota acababa de darle. Porque si bien ambos eran relativamente violentos, el rubio no parecía tener ningún interés en sentirlo, sino que se había limitado a morderlo e impedirle apartarse, hasta que fue Tadashi quien los separó.
Pero este, en cambio... en todo su horror, Hiro reconoció cierto deleite general en su cuerpo ante el roce de esa boca cálida contra la suya, de ese aliento que debería alejarlo en vez de hacer vibrar su cuerpo como si estuviera anhelándolo.
Y cuando las manos se aferraron a su cuello y torso con mayor insistencia, Hiro notó que no se hundían en él como garras, en cambio, Tadashi parecía sostenerlo contra sí, como si a cada segundo temiera que se desvaneciera de su lado.
El mayor suspiró contra sus labios antes de alejarse, y Hiro dejó caer la cabeza levemente, palpitando, mareado.
—Para —susurró sin fuerzas, sintiendo la respiración de su hermano entremezclarse con la suya, vibrando con una leve risa.
Le miró, y casi pudo asegurar que sus ojos brillaban con una intensidad que no había visto en días. Como si sintiera por primera vez un aliento de vida en él.
Cuando volvió a besarlo, Tadashi lo hizo con más calma, bebiendo de esos labios suaves como si estuviera disfrutando de un buen vino. Sintió el cuerpo del chico temblar contra el suyo, y se pegó más a él, desesperado por sentir una vez más ese calor tan familiar.
Lo estrechó contra sí, con todo el amor con que la tierra nunca sostuvo a un hombre. Quería sentir su corazón acelerado contra el suyo, su respiración rozando sus mejillas, su lengua escapando de la suya, sólo para que un estremecimiento le obligara a admitir que le encantaba.
Y cuando respondió a su beso, aferrándose a él, Tadashi sintió que todo su cuerpo comenzaba a vibrar, conmovido hasta la médula, demostrando cuánto había extrañado a su compañero.
Al menos, hasta que la tensión de los músculos bajo sus manos regresó. Un instante después, un fuerte escozor en la lengua le obligaba a apartarse.
Bien, le gustaban las mordidas, pero incluso él tenía sus límites.
Alzó la mirada, lleno de reproche, listo para vengarse sobre esa boca.
Pero no fue la boca lo que le quitó el aliento, sino los ojos. Un par de ojos anegados en lágrimas, asustados y llenos de vergüenza.
Tadashi jadeó cuando la realización de lo que acababa de hacer cayó con todo su peso sobre él. Había forzado a Hiro, de la misma forma en que prometió no volver a hacerlo, de la misma manera en que ese bastardo lo había hecho momentos antes.
Y lo peor, se había comportado exactamente de la manera en que no debía hacer, lo había puesto en peligro.
Desesperado, intentó acercarse. Quería calmarlo, necesitaba tranquilizarlo, no sabía cómo eso podía afectarle...
—¡No!
Y sin embargo, ese sólo grito desesperado y lleno de terror bastó para dejarlo petrificado en su lugar.
Su corazón se estrechó: Hiro lo estaba rechazando de nuevo.
—Hiro, yo... —comenzó, con la voz entrecortada por el pánico.
—¡No te acerques! —exclamó de nuevo, retrocediendo contra el vidrio de su ventana de la misma manera en que lo había hecho en la cama del hospital —¡Déjame solo!
Se mordió el labio, en medio de una lucha interna. Quería acercarse, intentar tranquilizarlo... pero no estaba seguro de si eso fuera lo mejor en ese estado.
En silencio, alzó su mano para tocarlo.
La única respuesta que obtuvo fue una patada lo suficientemente fuerte para que su hombro doliera, así como una mirada llena de furia y algo más que Tadashi, en el estado en que se encontraba, no pudo identificar.
El chico respiró hondo una sola vez, antes de dejar caer la cabeza, derrotado. Sin dedicarle una nueva mirada, se puso en pie y abandonó la habitación.
Hiro permaneció sujetándose la cabeza con ambas manos por varios minutos, agobiado por los mareos y sintiendo que en cualquier momento vomitaría todo lo que había comido para el desayuno.
Lentamente, pudo desviar su mirada al resto de la habitación, comprobando que Tadashi se había ido. Aliviado, intentó incorporarse, sólo para que más imágenes borrosas volvieran a sacudirlo y le obligaran a cerrar los ojos, abrumado.
Sabía que había sido demasiado brusco con su hermano, incluso para lo que él pretendía. Pero es que era la única manera que tenía de apartarlo, de evitar que más y más imágenes y sensaciones asaltaran su mente.
Aquella habitación, la ventana, la forma en que Tadashi lo tocaba.
Todo se sentía extrañamente familiar, de una manera que no podía entender ¿Cuándo había vivido alguna vez emociones tan fuertes allí?, ¿Cuándo Tadashi había sido tan atrevido y había actuado de manera tan loca con él?
Y sin embargo, allí estaba la sensación de dejá vù, el tacto de su piel, la ventana y una noche nevada... pero se negaba a creer que...
Ya más tranquilo, o tanto como pudiera estarlo, Hiro dirigió su mirada una vez más a la habitación, respirando lentamente para controlar los mareos.
Fue entonces que sus ojos cayeron en el extremo triangular de color blanco y negro que asomaba por casualidad bajo una de las mesas de su laboratorio. Olvidado, el cuaderno se veía incluso fuera de lugar en toda la relativa pulcritud del laboratorio.
Hiro suspiró, mirándolo con resignación, antes de dirigirse a recogerlo.
Era tarde en la noche cuando la puerta detrás de él se abrió.
Sabía que Hiro llevaba unas horas en la casa, le había oído conversar con su tía mientras comían, y adivinaba que ella había excusado su ausencia con el mismo malestar que le había dicho a Cass que tenía.
Eso explicaría también por qué había tardado tanto en subir a la habitación.
No es como si Tadashi pudiera reprochárselo. Después de todo, sabía que había cometido un error.
Y en realidad, había empeorado las cosas incluso para él.
Aunque permanecía sentado en su espacio, tratando de leer un libro de la universidad, lo cierto es que su mente poco podía hacer por retener todo lo que estaba allí. En cambio, no paraba de volar a los momentos en el laboratorio, a ese cuerpo contra el suyo, a esos labios que había extrañado tanto.
Luego de más de una semana sin tocarlo, volver a sostener a su hermano era como cargar el paraíso entre los dedos, sólo para dejarlo escurrir como arena cuando se alejaba.
Y ahora mismo, Tadashi apenas podía dejar de pensar en él, en cuánto deseaba volver a abrazarlo, y en algo que empezaba a inquietarlo: las marcas comenzaban a borrarse de su torso. Pronto, realmente no habría nada que asegurara que había estado allí, que lo había amado.
El susurro de unos dedos sobre el tejido del shoji lo sacó de sus cavilaciones, sorprendiéndolo. No buscaba fingir que estaba dormido, pero tampoco esperaba que se acercara.
El desconcierto fue tanto, que Hiro incluso debió hablar para llamarlo.
—¿Podemos hablar?
Era un murmullo bajo, asustado.
Llevado más por su instinto de protegerlo que por verdadero valor, Tadashi no dudó en ponerse en pie. Cuando corrió la puerta, Hiro estaba demasiado cerca, tanto que debió alzar la mirada.
Se sentía incluso más pequeño que de costumbre, y no sabía si era gracias al ángulo, o al brillo temeroso en sus ojos.
Hace una semana, Tadashi lo hubiera estrechado antes de saber qué ocurría. En cambio, debió dejar que el chico se apartara un paso, respetando la distancia que él necesitaba.
—¿Qué ocurre? —susurró a su vez, procurando que su tono fuera tranquilo. Sin embargo, sonó demasiado ronco en el silencio de la habitación.
Hiro no se había molestado en encender las luces, así que la única iluminación en el lugar era la de su lámpara de dormir, que le daba un toque dorado a las cosas. Se lo dio también al rostro del chico durante el segundo que permaneció erguido.
Antes de hablar, Hiro volvió a bajar la mirada. El que no pudiera decirle las cosas a la cara ya era anticipo suficiente para Tadashi. Respiró hondo, dejando que el aroma del chico lo calmara.
—Tadashi... tú... —le vio buscar las palabras, más asustado que dudoso. Incluso su voz temblaba al hablar —¿En verdad todo lo que dices es cierto?
Pareció empequeñecer más aún luego de decirlo, de una manera en que le obligó a sonreír, pese a no tener ni un poco de alegría en esos momentos.
Podía ser tan hermoso y tan cruel al mismo tiempo.
—¿En verdad crees que podría bromear con algo como esto? —susurró, contestando con una pregunta a su vez. Podría haber transmitido su frustración en su voz, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso.
En cambio, prefería disfrutar de las expresiones del chico, de su claro desconcierto, del brillo húmedo de sus ojos cuando alzó la mirada. Estaba al borde de las lágrimas.
—¿Cómo? —jadeó con un hilo de voz, buscando en él la respuesta a una pregunta que hace mucho había dejado de hacerse —¿Por qué?, ¿Qué hicimos?
Resopló, una reacción pobre pero divertida ante las preguntas. Que él las hiciera era tan irónico.
—Lo que hicimos... no creo que puedas escucharlo ahora —susurró, adelantándose un paso. De inmediato notó el cambio en el chico: al dolor de lo que acababa de aceptar se sumó la vergüenza y el miedo ante su avance. Se apartó, y Tadashi se detuvo, sin alejar su mirada de sus ojos —. En cuanto a cómo y por qué... bueno, eso es un tema sobre el que no tenemos acuerdo... ni siquiera sabemos quién cayó primero en realidad.
Los ojos parecían cada vez más asombrados, y Tadashi vio la manera en que llevaba sus manos a sus propios brazos, temblando. Todo su cuerpo se estremeció, ardiendo en deseos de tocarlo, de volver a besar sus labios, de protegerlo contra su pecho.
Hiro tragó saliva, mirándolo como si no pudiera entender qué pasaba por su cabeza.
—¿No te da... asco?
La voz fue apenas un murmullo, pero en sus oídos vibró como un gong, y no tardó nada en hacer estragos en su mente.
¿Asco?
Rio, esta vez genuinamente divertido.
—No hay nada en ti, o en lo nuestro, que alguna vez me haya asqueado —susurró, volviendo a avanzar, poniendo alerta al chico —. Tuve miedo, exactamente como tú ahora, y tampoco entendía lo que quería ni lo que sentía por ti... pero nunca, jamás, podría sentir asco. No de tu cuerpo bajo el mío, no de tu calor, no de tu voz entrecortada llamándome cuando...
—No... Tadashi —el chico se apartó otro paso, pero un toque duro en su espalda baja lo detuvo. Había llegado al escritorio contra su cama, y estaba acorralado mientras el mayor seguía avanzando, encerrándolo como un león al acecho. Desesperado, Hiro cerró los ojos —¡Ya detente!
Su cuerpo tembló cuando sintió los brazos del chico a cada lado de él, impidiéndole huir.
—Incluso ahora mismo, daría lo que fuera por hacerte el amor, Hiro —susurró sobre su oído, tan bajo y ronco, que el chico supo que no había nadie capaz de fingir ese fuego.
Temblando, llevó una de sus manos a su pecho.
—T-Tadashi, por favor... —rogó, intentando alejarlo.
Pero en lugar de eso, una mano ajena se aferró a la suya, manteniéndola firmemente presionada sobre el pecho del mayor.
Hiro sólo abrió los ojos cuando notó el agitado latido bajo su palma, tan frenético que era sorprendente que no pudiera escucharlo en la habitación. Sorprendido, alzó la mirada a su hermano. Incluso en aquella situación podía preocuparse por él.
Pero todo él se quedó sin aliento cuando, a través de sus propios ojos humedecidos, encontró los de su hermano en condiciones incluso peores que las suyas. Húmedos, brillantes y tan atravesados por el dolor, que Hiro llegó a pensar que algo estaba lastimándolo de forma física.
Apenas sintió el golpe cálido de la primera lágrima sobre su mejilla, cuando se sorprendió a sí mismo siendo jalado entre los brazos del mayor.
Esta vez, sí que pudo oír el latido frenético de su corazón. Al igual que el dolor de las palabras que resonaron junto a su oído.
—Y ¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto? Que sin importar quién se enamorara primero, fuiste tú el que empezó esto. —susurró, con la voz entrecortada y más ronca de lo normal —. Contra cualquier límite moral que yo pusiera, contra cualquier intento de alejarme que tuve. Rompiste todas las reglas, cada muralla; llegaste a mí y te hiciste dueño de cada uno de mis días... y ahora que ya no puedo vivir sin esto, también eres tú quien me lo arrebata.
Hiro cerró los ojos ante sus palabras, ruborizado, apenado y, sin entender cómo, triste. Tan triste como si acabaran de arrancarle algo importante de adentro, algo sin lo que no podía vivir.
Lo sabía, porque exactamente a eso sonaba la desolación en la voz de su hermano.
No había rastro de mentiras en sus palabras, no había duda en su dolor. Sin saber cómo, sin entender por qué, se había enamorado de su hermano, había sido correspondido. Vergonzoso, enfermo, era un amor lo suficientemente fuerte para conmoverlo hasta las lágrimas.
Incluso cuando ya no podía sentirlo.
—Tadashi, lo siento —sollozó sobre su pecho, aferrándose más a él. Se sentía tan culpable, tan malditamente desgraciado —. Te amo, pero yo no...
Una risa escapó de sus labios ante las palabras inconclusas, amarga, llena de resentimiento.
Resentimiento hacia sí mismo, porque acababa de reconocer la expresión con la que siempre lo había rechazado, cada vez que Hiro había intentado confesarle sus sentimientos. Ese amor incondicional, pero que nunca podía corresponder al que él le daba.
Respirando hondo, se alejó lo suficiente para ver el rostro de su hermano. Las lágrimas caían de sus ojos sin parar, y en ellos sólo había dolor y culpa, como si creyera que todo esto había sido por su causa nada más.
¿Cómo podía ser correcta su relación, si cada vez los destrozaba de aquella manera?
Se obligó a sonreír mientras secaba las lágrimas de aquel bello rostro. Había tomado una resolución.
—Está bien —murmuró, antes de dejar un suave beso en su frente —. Tal vez sea lo mejor.
El que avisa no traiciona, era largo.
No estoy segura de si debo agregar algo en realidad, creo que el capítulo se presenta a sí mismo sin necesidad de que yo diga nada.
Si alguien tiene curiosidad sobre las reacciones de Hiro a Dakota y Yumiko, lo cierto es que al tener lagunas mentales le cuesta un poco vivir muchas cosas como algo que efectivamente le pasó. Por el momento, la forma más correcta de pensarlo es como si alguien te mostrara un video sobre tí mismo que no recuerdas haber grabado… claro, el que peor la pasa con eso es Tadashi, de él ni video hay.
Lo admito, hacerlo sufrir es mi pasión.
En cuanto a los yakuzas que ingresaron a la universidad, claro que uno iba a ser el cara rota de Dake, que empujó a su hermano también. Tranquilos, ya vamos a tener más de ellos, pero eso puede ser material para algunos extras que tengo en mente, jeje.
Para los que me preguntaban por el resto de los yakuzas, desde luego que aparecerán a su debido tiempo y los conoceremos, al menos a los que continúan en la universidad. Soy una apasionada de las historias secundarias, todos se merecen la suya.
Agradezco que hayan llegado hasta aquí, y como siempre, mi agradecimiento especial a Guada por acompañarme en el duro camino de corregir estas monstruosidades y sufrir primero que nadie por los hermanitos.
Sin más que agregar, sólo me queda decirles que siempre pueden enviarme un mensaje si hay algo que quieran saber, no es ninguna molestia y me hace mucha ilusión cuando llegan los mensajes al buzón. Los adoro.
Besos y Abrazos, Mangetsu Youkai.
Balalalalalalah~
