CHICAS AQUÍ LES DEJO UN NUEVO CAPITULO DE ESTA ADAPTACION ESPERO LES GUSTEN..

**Los personajes son de Stephanie Meyer al final les dicho el nombre del autor.


Capítulo Catorce

Bella

Por primera vez en semanas, mi cuerpo no luchaba contra mí a cada paso, y no tenía ganas de vomitar en cualquier momento lo que tuviera en mi estómago en ese instante. Mi energía había regresado, y también mi apetito.

La sensación de que un alienígena se apoderó de mi cuerpo empezó a desaparecer. Eso, por supuesto, trajo nuevas preocupaciones, así que me alegré de que los Servicios de Salud pudieran ayudarme y pudiera hacer una cita con el Dra. Park justo cuando comenzaba a preocuparme por Frijolito.

Me senté en la sala de espera, viendo actualizaciones sobre el fuego desplazándose por la parte inferior de la pantalla del televisor.

Completé una docena de formularios, pisé una báscula y oriné en una taza, ahora todo lo que tenía que hacer era esperar.

No era una principiante en la oficina del ginecólogo, estaba acostumbrada a ver la mezcla de mujeres muy embarazadas, miserables o desagradablemente feliz —no había punto medio—, unos pocos niños jugando o peleando por los juguetes en el piso, una abuela parlanchina, y un puñado de mujeres como yo, que acudían por un chequeo anual, una infertilidad, o simplemente todavía no se presentaban. La mayoría de los esposos parecían incómodos, pero siempre había uno que las apoyaba de más. Y, por supuesto, el dúo de madre e hija, tratando de no hablarse entre sí en tanto esperan la primera cita de la adolescente con la ginecóloga, ambas muy nerviosas.

Una enfermera en bata de color lila salió. —Bella —dijo ella. Sus mejillas llenas se redondearon cuando sonrió. Me puse de pie, con un aspecto muy poco embarazada y soltera, rodeada de mujeres con la piel apenas ajustada sobre sus membranas perfectamente redondas, sus narices y tobillos hinchados, las manos de sus maridos sobre los bebés que habían ayudado a crear.

—Hola, soy Shannon —saludó la enfermera, cerrando la puerta detrás de nosotras. Sus rizos bañados por el sol flotaban justo sobre sus hombros, sus curvas llenando su bata. Tenía anillos de plata en sus ocho dedos, un diamante diminuto en el pliegue de su nariz, y un bronceado que alardeaba que cualquier tiempo libre lo pasaba en el sol de verano de Colorado.

—Estarás en la habitación dos, segunda puerta a tu izquierda.

Entré en la habitación y decidí en el momento dónde sentarme. El papel de cera colocado sobre la mesa por razones sanitarias hizo un sonido que para mí era peor que uñas en una pizarra. Así que pasé la mesa y me senté en la silla.

—Hola, Bella. Es un placer conocerte —dijo Shannon, de pie junto a una tableta en un soporte. Lo tocó un par de veces y luego me sonrió.

—El laboratorio lo confirma. Estás embarazada. Felicidades.

—Gracias.

—¿Recuerdas el primer día de tu último período?

—Uh… seis de mayo.

Tocó la pantalla unas cuantas veces más. —De acuerdo, parece que nacerá el primero de febrero.

Sonreí y asentí, sin saber qué más decir.

—¿Alguna pregunta o preocupación? —preguntó, deslizando un clip pequeño en mi dedo y un manguito de presión arterial sobre mi brazo.

—Me he estado sintiendo mucho mejor. Las náuseas, los mareos y los vómitos cesaron por fin. Solo quiero asegurarme de que todo esté bien.

—¿Las náuseas matutinas fueron muy intensas? —preguntó.

—No fue divertido.

—Lo siento mucho. Si tienes algún problema de nuevo, no dudes en llamar. Incluso si no podemos vernos de inmediato, el médico puede recetarte algo para ayudar. Te recibimos hoy por las cancelaciones de las vacaciones… ayer fue cuatro y todo eso.

—Lo agradezco.

—¿Hiciste algo divertido a pesar de la prohibición de fuegos artificiales?

—Pasé la noche con un amigo.

—¡Eso suena divertido! ¿Todo está bien en casa? ¿Te sientes insegura? ¿Estresada? ¿Estás comiendo bien? No veo drogas ni alcohol. No fumas…

Revisaba la lista de cosas que respondí en la documentación, a veces hablando sola, algunas veces haciéndome preguntas. No estaba segura de si mezcló las preguntas difíciles con las fáciles para hacerme equivocar o si era típico.

—Me siento a salvo. Estoy un poco estresada. Me mudé aquí, pero trabajo en el Hotel Colorado Springs, y vivo allí también. Mi jefe es muy bueno, pero no sabe que estoy embarazada. Me gustaría mantenerlo así por un tiempo. Solo intento comenzar mi atención prenatal, y descubrir cómo pagar todo es un poco estresante. No tengo auto, pero no es nada que no pueda manejar.

Shannon parpadeó. —¿Te mudaste aquí sola? Asentí.

—¿De dónde? ¿Escucho un acento de Arizona?

—Sí, señora.

—¿Dónde está el padre?

—En Arizona. Él tampoco lo sabe. No me sentía segura allí.

—¿Pero ahora sí?

—Sí.

Sonrió. —¡Estupendo! La doctora Park llegará en breve.

Shannon arrojó un gel sobre una servilleta en una bandeja de plata, y luego me dejó sola.

Golpeé las uñas en los brazos de madera de la silla en la que me encontraba sentada, mirando alrededor de la habitación.

—¡Buenas tardes! —dijo la doctora Park, entrando. Tenía su pelo rubio recogido en un moño bajo, sus gafas estaban bajas sobre su nariz. Se sentó en un taburete rodante, su bata de laboratorio blanca sobre un par de pantalones grises claros y una blusa blanca.

— Las constantes vitales se ven bien. Los análisis se ven bien. He oído que has tenido vómitos. Eso no es divertido. Pero, ¿te sientes mejor?

—Um... sí. Los últimos días han sido buenos.

—Shannon me dice que te mudaste aquí desde Arizona, y que tal vez no estabas en la mejor situación antes.

—Correcto. Pero ahora estoy bien aquí.

—Pero sin familia. ¿No hay contacto de emergencia? Y no tienes transporte, ¿correcto?

—No.

—Está bien, es bueno saberlo. Tendremos que hacer un plan juntas cuando estemos más cerca de —Verificó la tabla—, febrero.

¿Puedes sentarte en la mesa? ¿Alguna alergia? ¿Látex?

—No. Ninguna. —Subí, y me advirtió antes de inclinar el asiento hacia atrás.

—Vamos a echar un vistazo, ¿sí? ¿A ver lo que encontramos? — dijo.

La forma en que hizo muchas preguntas a la vez me hizo sentir más abrumada por el momento—. Es un poco pronto, pero podemos intentarlo.

—¿Vamos a ver al bebé? —pregunté, sorprendida.

—¿Está bien? ¿Puedes levantar tu camisa para mí?

—Sí, simplemente no esperaba eso, supongo.

Metió una servilleta en mis vaqueros y echó gel en mi estómago.

— Solo voy a echar un chorrito aquí, y… —Puso la cosa que parecía un micrófono en su mano con el gel, y extendió alrededor de lo que había puesto en mi estómago, luego se detuvo junto a mi hueso pélvico, presionando hacia abajo

— Hola, bebé —dijo, sonriendo al monitor. Era blanco y negro, y no se veía mucho. Me señaló el saco, mostrándome el granito de arroz que era mi Frijolito. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras medía y tomaba datos, arrullando a Frijolito como si ya estuviera aquí.

—¿Es eso…?

—El latido del corazón. Agradable y fuerte. —Retiró la sonda y me limpió el estómago con un trapo blanco limpio, dejándome que acabara. Solo así, Frijolito se había ido.

—¿Todo está bien? —le pregunté.

—Todo se ve maravilloso. Te quedan unas semanas de tu primer trimestre, luego pasamos a cosas mejores como sentir al bebé moverse por primera vez, verlo, la ropa de maternidad. ¡Algo muy emocionante!

¿Has comenzado a tomar vitaminas prenatales? Tienen algunos muy buenos de venta libre. Pueden hacer que sientas náuseas otra vez, así que solo intenta con eso. Intenta tomarlos justo antes de irte a la cama, o tal vez después de una comida... todos son diferentes.

Encontraremos algo que funcione para ti. Es importante encontrar algo con ácido fólico.

Asentí. Mi cerebro se sentía lleno, y comencé a tener dolor de cabeza.

La doctora Park se rio. —Te lo escribiré todo, sin preocupaciones.

¿Quieres una foto?

—¿Una…?

—Copia de lo que hay en la pantalla —explicó.

—Um… ¿sí?

Presionó algunos botones, y una serie de imágenes comenzó a derramarse desde la máquina de ultrasonido. La doctora Park se quitó los guantes, los arrojó a la basura y se levantó.

—Bueno. Ya estás lista. Te veremos dentro de cuatro semanas.

— Arrancó las fotos y me las dio.

Cerró la puerta detrás de ella justo cuando le di las gracias. Me quedé sola en la habitación, luego bajé la mirada y limpié con cuidado el gel restante de mi estómago. La luz fluorescente de arriba destelló en las imágenes en mi mano, atrapando mi atención. Lo que se suponía que era mi bebé parecía un desastre de blanco y negro. Realmente no vi nada.

Puse las fotos en mi bolsillo trasero, me despedí de Shannon y salí a la recepción con Michelle.

—¡Nos vemos el próximo mes! —dijo Michelle con una sonrisa brillante.

El camino de regreso a casa fue caluroso y se sintió como si hubiera tomado más tiempo que llegar al consultorio de la doctora Park. El viento soplaba el humo hacia la ciudad, y sentía la garganta seca y áspera. Cuando llegué al hotel, tosía y fui directamente al bar a tomar un vaso de agua.

—¿Bella? —dijo Seth—. ¿Como te sientes?

—Genial —dije, aclarándome la garganta.

—Qué bien, porque Sue tuvo que irse temprano. Bree la está cubriendo, pero ya ha trabajado cuarenta horas esta semana. ¿Puedes venir temprano? O sea... ¿muy pronto?

—Puedo —dije.

—Te ves bien —comentó Jacob con una sonrisa.

—Gracias —le dije, usando la pistola para verter agua fría en un vaso. Me aclaré la garganta.

—Lo sé. El humo es malo hoy. Los vientos cambiaron. Dijeron que podría suceder. Me alegro de que estuvieran preparados.

—Yo también. ¿Cuándo vuelves a salir? —Tomé un trago, sintiendo que el líquido frío extinguía la sensación de ardor en mi garganta.

—Dicen que mañana por la mañana.

Fruncí el ceño. —Bueno, ten cuidado, ¿de acuerdo? Sonrió. —Siempre lo tengo.

—¿Dónde has estado últimamente? No te he visto por aquí. Jacob sonrió. —Haciendo cosas. Igual que tú.

—¿Igual que yo? —Sonreí—. Mase está más ocupado de lo que pensaba.

Se rio entre dientes. —Mase no.

—¿Una chica? —le pregunté. Cuando Jacob no ofreció nada más, insistí—. ¿Oh en serio? ¿Dónde la conociste?

—Fuera, una noche.

—Tan misterioso —bromeé, tomando un trago—. ¿Es agradable?

—Ella es todo —dijo Jacob.

—Bueno. No mereces nada menos.

Tenía esa mirada modesta que me conquistó tantas veces. Pero Jacob era genuino. Me alegré de que la chica misteriosa estuviera poniendo una sonrisa en su rostro, y me di cuenta de que Mase había tenido la misma.

—Gracias —dijo Jacob—. Entonces, ¿te estás sintiendo mejor?

Parece que sí.

—Así es.

—Todavía me siento mal… por el bar. Mas tenía razón, no debería haberte llevado allí.

Seth se acercó, enderezando su corbata antes de comenzar a limpiar detrás de la barra.

—¿Ya comiste?

—Sí. —Me reí entre dientes—. Todo el mundo actúa como si fuera a morir si no como.

—No, solo vomitas por todo mi vestíbulo —bromeó. Asintió a Jacob.

—¿Qué están haciendo, niños?

—Relajándonos antes de la cena —contestó Jacob—. Me voy a la cama temprano esta noche. Nos dijeron que probablemente saldremos mañana.

—No te ves tan feliz con eso —dijo Seth.

—Acaba de conocer a una chica misteriosa. Apuesto a que dejarla durante diez días le molesta —le conté.

—Bella, maldición —dijo. Intentó, sin éxito, parecer molesto.

—Chica misteriosa. Suena intrigante —comentó Seth.

—No hablo de eso —aseguró Jacob.

—¿Hablaste de eso con Bella, pero no puedes hablar de eso con tu barman? Eso no está bien.

—No lo hice —dijo Jacob, señalándome—. No hablé de ella con Bella.

—Es cierto, no sé mucho —dije.

—Bueno, me preguntaba —empezó Seth.

—¿Qué? —preguntó Jacob.

—Tienes una nueva distracción. Eso explica cómo superaste tan rápido que Bella no estuviera interesada en una relación de ningún tipo, y luego llegó Masen y ella estuvo de acuerdo.

Mi boca se abrió, y Jacob se bajó la gorra de béisbol sobre la frente.

—No sé nada de eso.

Seth estaba más que satisfecho consigo mismo, casi aturdido.

—Lo admito. Me gusta el drama. —Su sonrisa desapareció y se puso serio.

— Pero no chismeo. El chisme no es verdad.

Fruncí el ceño. —Me voy a preparar para el trabajo.

—Qué tengas un buen día, cariño —me dijo Seth.

—¡No hablo contigo! —grité, corriendo a mi habitación.

Saqué las fotos de mi bolsillo trasero y las coloqué en la mesita de noche, luego me dirigí lentamente a la ducha, para lavar los restos de gel secos de mi estómago y el sudor de la caminata a casa. Me pregunté qué estaría haciendo Mase, y si también pensó en mí durante el día. Pasamos tanto tiempo juntos esa semana, que era como si hubiéramos estado juntos el doble. Sin juegos, sin preguntarse si le caía bien, sin preguntarse en qué tipo de estado de ánimo estaría.

Mase escuchó, tuvo muchas historias geniales y todavía había mucho que aprender el uno del otro. Fue tan refrescante que casi me hizo echar de menos tener un teléfono celular para poder enviarle mensajes de texto durante el día. Casi.

Liberarme de mi teléfono fue la mejor decisión que tomé en mucho tiempo.

Me vestí y jugué con el maquillaje que Bree me dio, me recogí el pelo en un moño, me puse la camisa y los pantalones recién planchados y me dirigí al pasillo. Un día, cuando pudiera pagar un departamento, iba a extrañar conveniencia de caminar por el pasillo para ir a trabajar.

Saludé a Bree, y me sonrió. —Guau. Lo hiciste genial.

—Um... solía hacer concursos. Llevaba un montón de maquillaje en ese entonces.

—Te ves como una supermodelo —dijo—. ¿No te encanta?

—Es divertido cuando no tienes que hacerlo.

Revisé una fila de hotshots, y entre descansos conversé con Jacob, Watts, Benjamin, Alistar y Charles, hotshots de otros dos equipos. Estaban zumbando a mi alrededor, pareciendo intrigados por los productos en mi cara.

—Hola —dijo un hombre con un marcado acento irlandes. Se alzó sobre mí, al igual que el otro hombre rubio de ojos oceánicos que lo acompañaba. Se hallaban con Cullen—. Vamos a registrarnos, cariño. Deberíamos tener una habitación reservada.

—¿Nombre? —le pregunté.

—Liam Walker. A menos que esté bajo el nombre de este tipo.

En tanto que registraba a los hombres, otro de la parte de atrás rompió algo lo suficientemente fuerte como para que yo lo escuchara.

—Está bien, no tenemos todo el día —anunció Cullen.

—Hola, Jasper —dije—. ¿Todo bien?

—Es Jason—refunfuñó.

—¿Perdón?

Suspiró. —Soy Jason. Sí, somos gemelos. Sí, somos idénticos. Sí, el parecido es asombroso. Ha sido un largo día. ¿Puedo registrarme, por favor?

—Es mi culpa, querida. Lo hice ponerse de mal humor durante el viaje —contó Liam.

Tecleé el nombre de Jason, tratando de mantener una sonrisa en mi rostro. Estaba medio enojada, medio intimidada, y luego enojada por sentirme intimidada. Jason no era Alec. No iba a acercarse al escritorio y apretar mi cuello hasta que pudiera desmayarme. Pero, aun así, un hombre que me hablaba tan bruscamente me ponía nerviosa.

—¿Solo una llave? —le pregunté.

—No, dos.

Su respuesta me dio una pausa. —Un adulto, ¿correcto?

Miró por encima del hombro a la mujer de cabello oscuro que se hallaba a pocos pasos detrás de él.

—No, está conmigo. Rebecca Scott.

Toqué el ratón y lo moví. —La tengo en una habitación king, reservada por... MountainEar Magazine.

Jason miró por encima del hombro a Liam y Vladimir. Tenían una conversación entre ellos, sin prestar atención. —Solo una habitación.

—¿Quieres que cancele su habitación? Tendré que confirmar con ella.

—No… no. —Suspiró, frustrado—. A la mierda, no importa. Solo...pon su habitación en mi tarjeta.

—Puedo hacerlo. —Procesé su tarjeta, creé su llave y la aparté—.

Solo necesito que firmes aquí para la tuya, y luego comenzaré la suya.

Para cuando terminó de firmar, ya pasaba su tarjeta de nuevo.

Suspiró por segunda vez, y se inclinó más cerca.

Traté de no inclinarme hacia atrás, así que contuve la respiración y me quedé quieta.

—¿Puedes asegurarte de que tenga una buena vista?

—Lo siento, señor Cullen, es nuestra última habitación. Es una vista al estacionamiento, pero está en el tercer piso, y…

—Cristo, olvídalo.

Levanté una ceja. —Que tengas un mejor día… señor.

Jason se encogió. Me di cuenta que se sintió mal, pero no iba a perdonarlo hasta que se disculpara. Se giró para darle a Rebecca la llave de su habitación, y los vi conversar en voz baja durante unos segundos.

—Qué te jodan —dijo ella, arrebatándole la tarjeta de su mano. Marchó hacia el ascensor, y Jason la persiguió. Sin embargo, no llegó antes de que las puertas se cerraran, y pareció aliviado cuando el siguiente se abrió segundos después de presionar el botón.

Liam dio un paso adelante. —No es un mal tipo. Ellos son solo...

—Disfuncionales —dije.

—Más o menos.

—¿Va a estar bien? —le pregunté.

—¿Rebe? Mierda, sí. Le dará una golpiza.

—Es muy probable —dijo Vladimir, asintiendo.

Suspiré de alivio. —Bueno. Eso es bueno. Qué tengan una buena noche, señores.

—Voy a tomar una cerveza. ¿Quieres una? —preguntó Liam.

—Estoy... trabajando —dije.

—Maldición —soltó Liam, mirando hacia la sala de reuniones. El jefe de los Alpines, Amun, parecía infeliz. Liam golpeó a Vladimir en el hombro—. Deberíamos ver qué está pasando.

Los hotshots del vestíbulo se dirigieron directamente a la sala de reuniones, de pie detrás de Amun, mientras daba un discurso severo a los jefes del Departamento Forestal. Me preguntaba por qué Mase no vino a la reunión. Si Amun estaba perdiendo la paciencia, tal vez Mase se encontraba en la cima. Eso me puso nerviosa. Saqué una pluma y una libreta, dibujando el bosque. No estaba ardiendo; todos se encontraban a salvo. Así es como me imagino a Mase.

—Hola —saludó Rebecca,parada frente a mí. Sonreí, alejando el bloc de notas.

—Eso es bastante bueno —dijo.

—Gracias. ¿Qué puedo hacer por ti?

Rebecca colocó su tarjeta de crédito en la recepción. —¿Puedo cambiar la tarjeta de mi habitación?

—Claro —admití, deslizando el rectángulo plateado del escritorio. Hice clic varias veces en mi ratón, pasé la tarjeta—. ¿Para imprevistos, también?

—Sí. Todo.

—De acuerdo —le dije, entregándole la tarjeta una vez que la pantalla confirmó la aprobación. El recibo se imprimió, y lo puse frente a ella—. Solo firma aquí.

Había algo en Rebecca que la hacía agradable. Se negaba a aceptar la mierda de nadie y parecía que le había estado diciendo a la gente que no y soltando lo que tenía en mente desde su nacimiento.

Envidiaba eso. Su cabello corto y raído se hallaba libre de complicaciones, y no llevaba mucho maquillaje, pero era deslumbrante. Exótica. Salvaje. Yo no era ninguna de esas cosas.

—Gracias, Bella.

—No hay problema, MountainEar—dije. Iba a ser una broma, pero me di cuenta de lo patético que fue en el momento en que Rebecca ni siquiera intentó reírse. Me dejó para ir a sentarse en el bar frente a Seth, sin preocuparse por hacerme sentir mejor por mi momento socialmente incómodo. Esa era una libertad que nunca experimenté.

—Es muy sensual, esa de allí —confesó Vladimir, cruzando los brazos y levantando la barbilla como si estuviera orgulloso de solo conocerla—. Ya la hemos visto desnuda.

—¿Se acabó la reunión? —pregunté.

—No estamos invitados hasta dentro de quince minutos —contó Liam, de pie con Jacob.

—Bonito lápiz labial —añadió Mase mientras se dirigía desde el ascensor hasta la recepción.

Sonreí. Probé uno de los rojos que Bree me había dado. —Hola, guapo. No te vi entrar.

—Bueno —dijo Jacob, saludando antes de dirigirse a la sala de reuniones.

—Se llama Fly Girl. ¿Te gusta? —le pregunté.

—Me gustas tú —dijo, apoyando los codos en el escritorio—. ¿Te llamaron temprano?

Asentí. —Te vas temprano.

—Pasé por un segundo. En mi camino de regreso. ¿Cómo ha sido tu día?

—Tuve una cita. Salió bien.

—¿Una cita? O sea, con el...

—Obstetra —dije en voz baja.

—Oh. —Mase hizo una expresión extraña, una mezcla de sorpresa y decepción.

—¿Qué es esa cara?

—Solamente pensé... no sé, creo que es estúpido pensar que me invitarías.

—¿A mi cita?

—Bueno, sí.

Parecía avergonzado de admitirlo, pero una parte de mí lo creyó entrañable. La otra, pensó en lo desastroso que podría ser. Imaginé a Mase en el consultorio del médico conmigo, como todas las parejas que esperaban en el vestíbulo. Cuanto más creciera mi barriga, más alivio sentiría, pero tener que explicarle al médico quién era él tan pronto en mi embarazo no era algo que estuviera dispuesta a hacer.

—Mase…

—Está bien. No tienes que explicar. Lo entiendo. Es raro.

—Es un poco extraño.

—Lo siento. No pretendo presionarte.

Me reí. —No lo haces. No me siento presionada.

—Bien —dijo, poniéndose de pie—. Tengo que volver al trabajo por un rato. ¿Vas a salir temprano?

—No, estaré aquí hasta las siete de la mañana. No vas a subir a la montaña, ¿verdad? —pregunté.

—Sí, pero no cerca del incendio. Sonreí, aliviada. —Bueno.

Sus labios formaron una línea dura. —Ojalá no estuvieras en el trabajo. Tengo un deseo incontrolable de besarte.

Me incliné, deteniéndome cerca de su boca. —Entonces, vuelve pronto.

Gruñó, pero sonrió cuando giró sobre sus talones y atravesó las puertas correderas. Miró a su alrededor antes de subir a su camioneta y retroceder, su motor rugiendo mientras salía del estacionamiento.

Me dirigí a Seth, tratando de fingir que ya no echaba de menos a Mase.

—¿Aguantando allí? —le pregunté, apoyándome en la barra.

—Algunos de los hotshots no dan propina —refunfuñó—. Y, hasta ahora, todos son heterosexuales.

—Ha sido así toda la semana —dije, descansando mi barbilla en mi mano. Era esa hora del día en que me gustaría poder tomar cafeína. El café o un refresco hubieran hecho que el resto de la noche fuera más manejable. Rebecca se apartó de mí y se inquietó—. ¿Estás bien?

—¿Quién era ese tipo que acaba de irse? —preguntó—. ¿El que te habló antes de salir corriendo por la puerta?

—¿Mase? —pregunté, sintiendo que una sonrisa incontrolable se extendía por mi boca. Me sorprendió que no lo conociera ya, entre ser reportera de MountainEarMagazine, correr con los Alpines y salir con un chico Masen.

—Sí —dijo Rebecca, moviéndose en el taburete. Reajustó las grandes gafas de sol negras sobre su cabeza, haciendo que algunos mechones de cabello oscuro asomaran en diferentes direcciones como un petardo negro.

No estaba segura de cómo responder a eso, y sabiendo que era periodista, solté lo primero que pude pensar: —Es un bombero que se queda aquí hasta que se apague el fuego. Es como... algún tipo de equipo especial. No es un hotshot ni un equipo de tierra. No habla de eso. —No era técnicamente una mentira. No hablaba al respecto, y él era algo… especial. Y buscaba una casa. Se mudaría cuando terminara el incendio. Probablemente.

—¿Como el servicio secreto de bomberos? —preguntó Rebecca.

Solté una risita. —Probablemente. Más de ese rango.

—Entonces, ¿no lo conoces? —preguntó.

Empezaba a preguntarme de qué se trataba su interés en Mase.

—Un poco.

—¿Solo un poco? —preguntó Seth con una sonrisa.

—¿Y tú? —le pregunté a Rebecca. Peiné con los dedos mi cola de caballo, esperando que lo viera como una señal de que solo quería una conversación informal. Era así, pero ahora me sentía un poco territorial. Rebecca era hermosa, salvaje y no estaba embarazada.

Tenía el respeto de los Alpines... tenía mucho a su favor. Si llevaba su atención hacia Mase, no estaba segura de poder competir con eso.

Sentí que mis ojos se humedecían y aparté las lágrimas. Los vómitos y los mareos podrían haber desaparecido, pero los cambios de humor seguían presentes de forma odiosa—. Supongo que eres periodista, por tu tarjeta de crédito.

—Fotógrafa. Estoy siguiendo a los Alpines.

—Oh. Conocí a Jasper Cullen y Jacob Black. Son amigos. Han estado saliendo con Mase.

—¿Tal vez mencionar que el gemelo de su novio es amigo la detendrá? Me sentí como una chiquilla, pero Mase por fin fue algo bueno en mi vida. Tenía que protegerlo.

—¿Sí? —preguntó Rebecca, sorprendida.

—Sí, ha estado en su habitación casi todas las noches desde que llegaron aquí.

—¿Cuánto tiempo lleva Mase aquí?

Seth parecía sospechoso, y me alegré de no haber sido la única que encontraba la línea de preguntas de Rebecca... agresiva.

Me encogí de hombros. Algo me dijo que no respondiera más a sus preguntas. —Dos semanas. —Más o menos—. Llegó aquí antes de que comenzara el incendio. —Maldita sea, Bella, cállate.

Rebecca frunció el ceño. —Eso es raro.

Sonreí, tratando de restarle importancia. —Tal vez no sea el servicio secreto para incendios. Tal vez sea el vidente secreto para incendios.

Una familia entró al vestíbulo, luciendo acalorada y agotada. Regresé a la recepción para recibirlos antes de que llegaran, agradecida por la distracción. Estaba fallando en proteger cualquier cosa.

—Tenemos una reserva —dijo el padre—. El apellido es Snow. — Los niños lloriqueaban y peleaban, la madre se encontraba demasiado cansada para interceder. Escribí su nombre y me detuve cuando oí a Rebecca gritar al otro lado del vestíbulo.

—¡Cullen!

Jasper se alejaba de ella, parecía enojado. Rebecca se volvió hacia Seth y él le sonrió.

Intenté hacer todo para que se registraran las Snow lo más rápido posible, dándoles sus tarjetas y mostrándoles el ascensor como una transición para dirigirme al bar.

—¿Todo está bien? —le pregunté.

Seth puso otro trago frente a ella. —Ahora tiene vodka. Está bien.

Una repentina colección de caminatas y traqueteos me llamó la atención, y vi a los Alpines caminar por el vestíbulo desde el ascensor hasta el estacionamiento, uniformados y con el equipo a mano. Esperé a que Rebecca se volteara, pero se tragó su bebida. Jason ni siquiera se volvió para mirar en su dirección.

—Vaya, está muy enojado —dijo Seth—. Ni siquiera miró atrás.

—Seth —lo regañé. Me senté al lado de Rebe—. Necesita concentrarse. Estoy segura de que solo trata de mantener la cabeza fría.

—Seguramente —dijo Rebecca, empujando su vaso hacia adelante. No lo entregaba, pedía otro—. Ahorrémonos tiempo y hagamos que sea un doble —dijo Rebecca.

—La chica puede beber —comentó Seth, impresionado.

—¿Esto es por Cullen? —le pregunté.

—En realidad —dijo Rebe, tomando dos grandes tragos hasta que el líquido transparente desapareció. Pasó el vaso vacío hacia Seth—, no es por Cullen. Esta es mi postura contra el patriarcado.

—Esto hará que se sienta mejor —dijo Seth, sirviendo otro doble.

—Quiero decir, me gusta. Es un buen tipo. Pero seamos honestos.

Un saco de pelotas me llevaría al campamento de bomberos.

Seth soltó una carcajada y me miró, completamente divertido.

—¿Eres originaria de East Park? —le pregunté.

—Mi familia tiene una casa allí.

—Lo sabía —dijo Seth—.Rebecca Scott. Estás relacionada con la gente de Scott Tech, ¿verdad?

—Más o menos —dijo, tomando otro trago.

—¿Bebes así... a menudo? —le pregunté.

—Últimamente no. Tengo prisa por emborracharme antes de que cambie de opinión. —Se apartó el pelo oscuro hacia atrás con los dedos antes de cruzar los brazos sobre la barra. Bebió el próximo trago, luego Seth le hizo algo más... recreativo... para beber durante la siguiente hora. Le advirtió que, si no bebía a sorbos, ya no le serviría más. Ella le siguió el juego, hablando más de lo que bebía, pero en el momento en que terminó su hora, pidió otro doble.

—Sigue siendo una mierda —dijo Rebecca. Hablaba más despacio, y yo estaba dividida entre desear que el licor la golpeara fuerte y rápido para que se desmayara, o esperar que Seth simplemente la frenara y le diera de comer algo. Desafortunadamente, no venían al hotel muchas mujeres que pudieran beber como Rebecca, y él se entretuvo mucho.

—¿No crees que el que te hayan dejado tiene algo que ver con la seguridad? —preguntó Seth—. Puede que estés un poco sensible sobre esto —le dijo.

—No, Juez Judy, no lo estoy. He estado viajando a todas partes con los Alpines, incluida la maldita línea de fuego. Un incendio nunca es seguro. Esto es un incendio político, y ¿no sería mala prensa para el Departamento Forestal si la hija del CEO de Scott Tech estuviera frita? De eso se trata, y es una mierda. Y... Jason ni siquiera me defendió.

—Él dijo que sí. Todos lo hicieron —intervine. Me miró con mala cara, y me di cuenta de que el alcohol ya empezaba a tener efecto.

—Claramente, no se esforzó lo suficiente —refunfuñó. Tomó una bebida de tamaño normal, entrecerrando los ojos mientras se perdía en sus pensamientos—. ¿Alguien sabe dónde están los límites del fuego? Podría ponerme detrás y sacar fotos desde allí… al menos terminar con algo.

—Bueno, estás borracha —dijo Seth—, y esa es la primera razón por la que es una mala idea. Segundo, podrías ser arrestada. En tercer lugar, es peligroso.

—¿Que es peligroso es el tercero? —le pregunté.

—Cuarto… —continuó.

Rebecca ya estaba aburrida con su lista. —He estado bebiendo desde que tenía once años. Puedo beber más que seis hombres rusos grandes, no es una analogía, en realidad lo he hecho.

—Lo creo —dijo Seth, sirviéndole otro.

Le lancé una mirada, esperando que la interrumpiera pronto. Ella bebía tan rápido que iba a desmayarse.

—El último por una hora —advirtió Seth.

Rebecca echó la cabeza hacia atrás y se tragó todo el doble de un solo trago. —No he comido hoy. No te necesitaré en una hora. Se puso de pie y golpeó con la mano el mostrador. Aún no se tambaleaba, pero pude ver en sus ojos que sus pensamientos se encontraban nublados.

—Rebe —la llamé—, por favor, no intentes salir. No es seguro.

—Exactamente —dijo, poniéndose las gafas de sol.


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