Sueño lucido

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Me traicionaste… tú… quien fue mi misma carne y sangre; tú… que te hiciste llamar mi hermano. Me quitaste todo… Sabias que yo estaba en lo correcto, pero eso no te detuvo. Ahora, del mismo modo que me arrebataste mi libertad, yo te quitare todo lo que posees, tu casa, tus amigos… Devoraré absolutamente todo lo que una vez conociste, hasta que no quede nada. Finalmente… ¡me comeré tus sueños!

Doned se despertó con un grito que despertó a más de un miembro de su clan, estaba feliz de tener un cuarto para él solo, pero sabia que al final tendría que rendirles cuentas. No todos los días una pesadilla te obliga a despertar a la mitad de tu clan. Pero ese sueño había sido diferente, casi podría jurar que era la voz de su hermano la que le hablaba. Eso solo hizo que quisiese alejar todavía más sus pensamientos de esa pesadilla, ya tenía demasiado con estar completamente empapado de sudor.

Su hermano ya estaba en casa.

Donde lo sabia, o por lo menos era lo que quería creer. Todo su cuerpo se estremeció, ya no quería seguir pensando en eso, y se dio cuenta de que un buen modo para refrescar su cabeza seria cambiarse de ropa. Se sentó en la cama, y pego un pequeños salto al piso, solo para estrellarse contra el. Lanzó un alarido de dolor, y por un instante creyó que solo se había impulsado un poco más de los normal, y caído de rodillas. Pero los muñones sangrantes donde antes estaban sus piernas tenían una historia muy diferente que contar.

Lo que vio lo dejo horrorizado. Ya no tenía piernas, solo dos muñones que no paraban de sangrar. Era como si alguien se las hubiese serruchado mientras dormía, y ni siquiera se hubiese molestado en vendarlo, o incluso rematarlo. Solo le cortó las piernas y se fue mientras dormía plácidamente. ¡Ridículo!

Trato de gritar por ayuda, pero el shock era demasiado grande. Sus piernas habían sido cortadas hasta las rodillas, y solo podía ver con horror como se movían esos muñones. Las lágrimas comenzaron a caer por sus ojos, parecían un torrente interminable de tristeza. Lo dio todo por esas piernas, y ahora no tenía nada. Ya no podría caminar, correr, jugar, seria una carga todavía mayor para su clan. Lo perdería todo.

Mientras lloraba tratado de convencerse de que nada era real, pudo escuchar unos pasos que se acercaban lentamente. Revisó cada rincón de su pequeña habitación y descubrió que estaba bacía, y los pasos no parecían provenir del pasillo detrás de la puerta. Para mayor horror, los pasos provenían desde las sombras de su cuarto; de todas ellas. Como si algo horrible lo asechase en cada rincón. Nuevamente trato de gritar por ayuda, pero su grito fue apenas un débil, y seco susurro.

Frente a él una enorme oscuridad se alzaba. Vio con terror como una masa sombría comenzaba a ondular y contorsionarse. Su mente se había quedado totalmente en blanco, ya no pensaba en la sangre que se esparcía por todo el piso del cuarto, en sus compañeros, ni siquiera en los muñones que antes eran sus piernas. Toda atención se centraba a esa extraña cosa que había surgido del piso. Esa cosa estaba cobrando forma.

Lo primero en materializarse fueron unas enormes y fuertes piernas cubiertas de un oscuro pelaje, al final de ellas había unas poderosas garras capases de desgarra la carne como si fuese mantequilla contra un cuchillo al rojo vivo. Ellas estaban unidas a un torso gigantesco, a primera vista se notaba que era un ser enorme; un monstruo que se metió a su cuarto y decidió desayunarse sus piernas, y que a mitad de camino se había dicho "¿Por qué no? Todavía tengo hambre al fin y al cabo".

O al menos esos seria lo más lógico que Doned podía pensar en su situación actual. Fue cuando vio esas enormes fauces, pertenecientes a todas las grandes bestias carnívoras. Doned estaba seguro de que habría efectuado un rugido de no ser por que tenia la boca llena. En esas enormes fauces, impidiendo que la bestia rugiera, se encontraban dos pequeñas piernas, provenientes de un niño que ahora debería estarse revolcando en el suelo, llorando por toda su impotencia.

Doned extendió sus brazos, tratando de llegar a ella. Sus murmullos se hicieron más claros y desesperados. "devuélvelas", "dámelas, por favor". Trato desesperadamente de suplicar, pero le fue imposible decir nada.

La bestia comenzó a serrar sus fauces y Doned abrió sus ojos hasta formar dos enormes platos al ver como la sangre que caía de sus piernas se hacia más constante. Al serrarse por completo, partes de sus piernas cayeron al piso. Doned quedo totalmente paralizado. En el piso, las lágrimas se mesclaban con su sangre. Y mientras eso ocurría, la bestia se comía los restos de sus piernas. Cualquiera hubiese jurado que ese monstruo estaba sonriendo mientras los hacia.

Doned por fin pudo recuperar parte del sentido, para que una mueca de horror se mostrara en su rostro.

Gritó.

Doned se despertó en la cama se su pequeño cuarto con un enorme grito. Estaba jadeando en busca de aire, y en sudor de su cuerpo era comparable con las lágrimas que salían de sus ojos. Esa había sido una pesadilla horrible. Desesperado, por la idea de que pudo ser real aparto las mantas que lo cubrían, y para su alivio sus piernas seguían hay. Eso lo calmo un poco, solo un poco.

Tok,Tok,Tok

-Doned, ¿te encuentras bien? –Se escucho decir a alguien detrás de la puerta.

Doned de sobresalto un poco. –Estoy bien; solo una pesadilla.

-Bien, trata de que no se repita. Estamos tratando de dormir aquí.

Donen trato de tranquilizarse, pero le fue imposible lograrlo. No podía borrar la imagen de esa bestia de su cabeza, y menos cuando se comía sus piernas. Por esas piernas; por su salud fue que entrego a su propio hermano, y no planeaba perderlas. Aun si en este mundo no envejeciese, y no pudiese pelear. Todo estaría bien siempre y cuando pudiese caminar. Mientras lo hiciera todavía habría esperanzas de que sirviese para algo aquí. No quería ser más una carga y, definitivamente, no podría volver nunca más a casa. Esto era todo lo que le quedaba.

Este era su sueño, y no quería despertar. Mucho menos que algún monstruo se lo comiese.

Pero para su desgracia: en un horrendo sitio sin leyes, una bestia de odio se estaba formando, y muchos iban a sufrir su ira.


Ya habían pasado tres meses desde la masacre de la prisión, y el Don Juez Cid no pudo mantenerse callado por más tiempo. Mando repartir volantes con la descripción del culpable, pero no se atrevió a dar nombres; seguía sin creer que Marche tuviese algo que ver con esa carnicería. Tampoco pudo contactar con Llednar, según el mensajero, el chico no quería ser molestado por nadie. Pero mandó a la elite de sus templarios para hacerse cargo del asunto. Ellos trabajaban sin parar como si fuesen simples maquinas, buscando por cada rincón de la región, y repartiendo volantes con la descripción del criminal.

Cid no estaba contento con ellos rondando por hay, ya que se referían al culpable como "Marche", aunque fuese solo en los limites de la prisión, pero Cid sabia que Marche jamás haría algo como lo sucedido ese día en la prisión. Marche pudo ser el más buscado, pero fue un buen chico: amable, con un gran sentido de la justicia, fue leal a todos sus compañeros, y a sus amigos… Mucho más leal de lo que ellos fueron con él.

No podía dejarse atrapar por recuerdos del pasado; él hizo lo que tenia que hacer y punto. No tenia que gustarle, solo tenia que hacerlo. Es cierto que traiciono la confianza, pero ya sea de este mundo o no, él seguía siendo padre de Mewt, y lo protegería a él y a sus sueños.

Un templario se acercó a él para informarle de sus avances.

Sin novedades.

Siempre era lo mismo con ellos, pero el Juez Cid no era estúpido; algo ocultaban. Antes de darse cuenta aparecieron nuevas caras para remplazar a los anteriores. ¿Qué les había sucedido? Según ellos un simple "cambio de guardias". Pero su investigación demostró que parte de los templarios mandados a revisar Jads nunca regresaban. No era muy raro, considerando que los representadores de la ley no eran muy queridos, pero los simples bandidos no deberían significar nada para ninguno de ellos, es decir, ellos eran la elite de su oficio.

El mismo Cid hubiese revisado los lugares de las desapariciones de no estar hasta el cuello de papeleo. El trabajo real era más duro de lo que pensaba, y ninguno de los antiguos ministros de Remedi quiso molestarse en darle una mano. Aunque comenzaba a creer que era una simple excusa para mantenerlo ocupado.

También noto que pese a ser un criminal fugado, no se mando una solicitud a los clanes. No era tan raro tomando en cuenta la peligrosidad del sujeto, pero por lo menos deberían de advertirles que algo peligroso asecha allí fuera. Aunque no había escuchado nada de ese criminal desde que escapo, aunque no creía le fueran a contar nada de todas formas.

Diablos. Hubiese dado lo que fuese por que Marche se encontrara hay para ayudarlo. Pero no podía pedir imposibles, era solo él, sus jueces, y uno nada confiables templarios mandados por Llednar.

-Esto no puede ir peor… -Susurro a la nada.

Pero las cosas estaban por ponerse mucho peores.


Mientras tanto, Marche ya se había dado cuenta de dos factores muy importantes.

El primero: no solo había perdido todas sus habilidades… ¡sino que le era imposible volver a aprenderlas!

El segundo: un año de encierro no hicieron maravillas con su temperamento (y no lo pensaba solo porque se le había dado por desmembrar a cada templario desconocido que se encontrara, trabaje o no para los jueces).

No podía arriesgarse a una batalla fuera de cualquier Jad. Los jueces eran los ojos y los oídos de Cid, si él aparecía en cualquier parte fuera de un Jad, el juez Cid lo sabría. No es como si no planeara cobrársela más tarde, pero antes tenia que aprender que podía y que no podía hacer. No podía volver a aprender ninguna habilidad, eso era algo seguro. Pero aprendió muy rápido como usar ese espadón que le quito a aquel estúpido bangaa que quiso intimidarlo.

Eso era lo curioso de los Jads. Allá afuera tenias que ganarte un renombre por medio de peligrosas aventuras, en los Jads solo tenías que matar gente para que te dejaran en paz. Y lo que pasa en un Jad se queda en el Jad.

Aunque ya no era atacado con tanta frecuencia por otros habitantes de los Jads, de vez en cuando aparecían unos templarios para hacerle la vida más difícil. Aunque a estos solo los hacia trizas cuando aparecían. No podía importarle menos sus vidas, al fin y al cavo, ninguno era real. Todo lo que lo rodeaba era solo un maldito sueño; todo excepto cuatro personas...

Ya estaba anocheciendo, aunque todavía hacia un calor horrible, y no era precisamente culpa de su ropa. Vestía con una destrozada camisa; desde el hombro derecho hasta la él pecho estaba destrozado, lo que dejaba ver esa parte de su cuerpo a la perfección. Sus pantalones, eran solo unos harapos, la parte izquierda estaba echa girones hasta la rodilla. Mucho se habrían burlado de él… de no ser por las manchas de sangre en su ropa y… sobre todo en su espada; era inmensa, más grande que él. La sostenía con el mango contra su hombro izquierdo. Todo el filo tenia un tenue color rojo; la sangre se había secado hace tan solo una hora.

No era su culpa si uno que otro estúpido quería hacerse con un renombre. Los Jads no eran demasiado complicados, te quitas a las pulgas solo para enfrentarte a los perros. Vence al perro y podrás pelear con sus amos. Descuartiza cada parte de ellos mientras sigan con vida, y deja que sus compañeros observen mientras esperan su turno, entonces solo te vendrán un montón de suicidas patéticos que piensan que con ondear una espada se han vuelto "todo poderosos". No podía negar que sentía placer al ver la desesperación y el miedo que despedían sus ojos una vez se habían dado cuenta de que se dirigieron de buena gana a las fauces del lobo. El lobo…

La oscuridad en mi carne.

Ese solo pensamiento lo hizo sonreír. El no era un animal, pero cuando peleaba casi parecía uno.

El odio es todo lo que habita en mi corazón.

No sabía como, pero por alguna razón: su fuerza, reflejos, resistencia y velocidad habían aumentado extraordinariamente. No solo podía levantar ese espadón como si nada, sino que entre más se enfadaba; más ligero lo sentía.

Y la furia la perla divina de mi espíritu, el santo néctar que me mantiene vivo en un mundo de desesperación.

La temperatura comenzó a descender. Ya estaba acostumbrado a dormir en la intemperie, pero no estaba ansioso por ello. La primera vez lo atacaron unos bandidos, y de no ser porque un de ellos fue lo suficientemente descuidado como para tropezar y caer, le abrían cortado el cuello esa misma noche. De verdad que no era agradable ese recuerdo, fue el día en que se dio cuenta de que sin leyes el acero era mucho más frio. Especialmente en el cuello…

No es como si se dejara matar tan fácilmente, tenia un objetivo que cumplir. No sabia muy bien por donde empezar, pero no podía hacerlo solo. Se hubiese unido a un clan, pero los más fuertes tienen esa estúpida condición de que debes derrotar desde el más débil hasta el más fuerte para decidir las posiciones. Por ende…, todos acababan muertos.

Podría contratar mercenarios, pero no podría fiarse mucho de ellos. Los mercenarios de los Jads no tenían código, trabajaban para el mejor postor, y si alguien les pagaba más, fácilmente podían volverse en contra de su contratista anterior.

Podría utilizar mercenarios en el futuro, pero por ahora tendría que conformarse con su espadón. Parte de él solo quería lanzarse y despedazar todo lo que se atravesase en su camino, pero tenia que reprimir ese impulso. No debía caer en la tentación, al menos, no todavía.

Nubes de tormenta comenzaron a formarse en el cielo, tapando la luna.

Marche detuvo su marcha, y permaneció totalmente quieto, inerte ante la negrura abismal de las calles. Una sonría acudió rápidamente a su rostro, la mayoría tendría terror con el simple pensamiento de estar atorado en un Jad completamente solo y en pura noche cerrada. Pero después de estar encerrado todo un año en un sitio todavía peor, esto no era más que un simple paseo por el parque.

-Por favor…

Una inocente vocecita lo distrajo de sus pensamientos.

Frente a él, una pequeña viera de no más de solo ocho años de edad estaba llorando.

-Señor… ¿podría ayudarme? – Hablo entre lamentos –Estaba con mis padres… yo… solo los perdí de vista un minuto y ahora… ahora… -Comenzó a llorar.

-Déjame ves si entendí bien – Marche puso una linda sonrisa–Estabas de paseo con tus padres, en plena noche y en medio de un Jad repleto de bandidos y asesinos dispuestos a matar a un niño por un par de zapatos –El llanto de la pequeña se detuvo tan rápido como había empezado –Seamos honestos, ¿Qué tan estúpido crees que soy?

La pequeña no respondió, solo se quedo hay, totalmente quieta, con sus pequeñas manos tapando lagrimas que nunca estuvieron hay. A Marche le pareció que por fin se había percatado de lo absurdo de su historia. No había que ser un genio para darse cuenta de la estupidez del escenario.

-He, parece que fui descubierta –La pequeña se incorporo de un salto, y lanzo un silbido tan fuerte y tan agudo que Marche dibujo una mueca de dolor en el rostro.

En un instante, el callejón estuvo lleno de niños de distintas especies: Vieras, nu mous , humes , bangaas, moguris… Salían de cada esquina oscura. En un momento estaba rodeado de niños vestidos con harapos más maltrechos que los que él llevaba, y armados con singulares armas caseras: tenedores, palos, dagas, machetes.

Un joven hume de no más de doce años se acercó a él. Y la viera se aferro a su brazo más como símbolo de cariño que de camaradería.

-Muy bien, danos todo lo que tengas o…, bueno creo que no hace falta decir que sufrirás mucho. Nosotros somos más, te encuentras en nuestro territorio, y no existen leyes que te salven de la muerte. No creas que no podremos matarte solo por ser "niños". Así que, ¿serias tan amable de darnos todo lo que tengas? Dinero, equipo, ropa. Prácticamente todo lo que tienes, incluyendo los harapos que traes puestos.

-No.

EL joven hume estaba a punto de felicitarlo por su sabia decisión, cuando se dio cuenta de la negativa de su victima a ser atracada. Posiblemente otro estúpido que lo subestima por ser simples niños.

-Te lo dije, no tendremos piedad de ti solo porque somos niños. Todos los que vez aquí hemos tenido que manchar nuestras manos en un momento de nuestras vidas sin una mota de remordimiento, y tú no serás la excepción. Te mataremos, ¿entiendes? –El hume acercó su mano a la cintura, justo donde resaltaba la empuñadura de una navaja. Su sonrisa se ensancho, generalmente eso bastaba para demostrar su punto.

-Lo mismo digo. Solo porque tienen la forma de unos niños no tendré misericordia.

Ese comentario confundió un poco al hume, ¿este hombre era ciego? O quizás demasiado estúpido para entender en lo que se metía. No le sorprendía, ya se habían topado con imbéciles que se creen más que un montón de niños, pero este sujeto lo hacia sentir algo raro. No podía verlo bien por la oscuridad, pero casi juraba que más como hablarle como un "alguien" lo hacia como si fuera "algo". Eso si le molestaba, él no era de los que se dejen tratar como un objeto, ya no al menos.

-Veo que has elegido el camino del estúpido, por mí esta bien, iba a matarte de todas formas –Soltó el pequeño agarre que la viera tenia en su brazo, y extrajo el cuchillo. Todos se prepararon para atacar.

En el cielo, las nubes dejaron pasar unos pocos rallos de luna, como su los cielos se hubiese apiadado de la vida de unos niños al dejarles ver a la criatura con la que iban a enfrentarse. Frente a ellos, se hallaba un hombre con ropas casi tan manchadas de sangre como su espada. Y sus ojos, era como el joven hume lo había imaginado, no lo veía como un alguien, sino como algo.

Pese a que esa imagen gano un poco de preocupación en algunos de sus camaradas, incluyendo a su pequeña compañera, él no se dejaría intimidar, no era la primera vez que se encontraban con un individuo claramente peligroso.

-Rex, quizás debamos…

-No.

Fue una respuesta cortante. Rex pelearía, no por que quería demostrar algo, no porque quisiese demostrar que no tenía miedo; en realidad lo tedia, siempre había tenido miedo en cada uno de sus atracos. Él pelearía porque muchos de sus compañeros todavía estaban esperando su regreso, y algunos puede que no llegaran a mañana si no comían algo.

Marche no se dejaría intimidar por algo que creía, no, por algo que sabia ni siquiera estaba hay. En su nueva percepción de las cosas, todos ellos eran falsos, no tenía que sentir remordimiento por acabar con un fragmento de la imaginación de alguien más. Solo eran cosas que estaban hay, y que él tenia que quitar den medio. Aunque eso no significa que no pudiese divertirse un poco antes.

El juez Cid, puede que él no sea real tampoco, pero eso no quiere decir que Marche no pueda estar enfadado con una cosa. Una de las razones por las que gozaría con sus gritos.

-¡Ataquen!

Un grito de combate es todo lo que hace falta para que sus compañeros, los que se encuentran ocultos en la sima de los edificios cercanos, comiencen a arremeter con sus hondas. Las hondas pueden parecer armas débiles, pero son realmente peligrosas, especialmente en las manos experimentadas. Estos niños tienen tanta experiencia como puntería, cada piedra da en el blanco: directo a la cabeza del espadachín ensangrentado. Y sin embargo, este no se molesta ni en esquivarlas.

En un combate tradicional, las leyes absolutas protegerían a los combatientes de las consecuencias que un simple ataque normal pudiese provocar, entre ellos la muerte. Un golpe en el lugar adecuado puede ocasionar la muerte, o simplemente la inconciencia, en los Jads la muerte es algo común; todos los días se vive con ella. Es un mundo donde las leyes no existen y por eso son lugares tan temidos.

El que Marche no esquive las piedras deberías haber significado su final: una muerte absurda para quien fue llamado héroe y villano.

Pero lo cierto es que él ya no necesita esquivar.

Las piedras siguen llegando: se destruyen al impacto, o caen a sus pies.

Los disparos cesan, y un grupo de niños que deben de ser solo un año más jóvenes que él lo arremete por todos los flancos.

-Los tontos.

Levanta su espada y antes de que lleguen a él da una vuelta completa, lo suficientemente rápida y mortal para no dejar a nadie completo. Fue un movimiento atroz, destinado a matar y nada más.

Rex no era estúpido ni orgulloso, lo cual consideraba la misma cosa. Sabia sus decisiones pueden causar tanto la muerte como la salvación para los suyos, y en estos momentos solo podía pensar en un método para que sus amigos se salvaran.

-¡Retirada! –Más que una orden, sonó como un grito de desesperación. Sus instintos le dijeron que algo estaba mal con este sujeto y, como un estúpido simplemente los ignoro.

A sus compañeros les extraño mucho esa orden, ya habían estado en situaciones similares; ya habían perdido amigos, y en estos momentos, muchos de ellos se llenaban de ira, toda esa ira iba dirigida al bastardo que acababa de matar a sus amigos, y ellos no iban a retirarse hasta matarlo.

Rex noto las intenciones de sus compañeros; el también estaba enfadado, pero no quería llevarlos a todos a una muerte sin sentido. Sabia que algo andaba mal con este tipo, y no fu asta que lo vio matar a sus camaradas cuando se dio cuenta.

-¿Es que no me oyeron?, ¡Retírense! –Grito con más fuerza todavía.

Pero nadie lo escucha, ¿Cómo podrían? Están demasiado enfadados para escuchar a alguien. Los que todavía no se mueven de sus posiciones lo harán al ver morir a más de sus compañeros. Este es el problema cuando alguno de ellos cae en el combate. Están tan acostumbrados a dejarse llevar por su rabia y odio, lo que los hace peligroso para cualquiera que se enfrente a ellos.

Por desgracia, se estaban enfrentando a un ser que se alimenta de la energía negativa; un monstruo que solo se hace más fuerte con cada golpe que da.

A Rex no le queda otra opción, sabe que muchos lo ven como un líder. Sin él… toda su familia se desmoronara en pedazos.

Huye.

Toma a su acompañante viera del brazo y corre.

-¡Rex! –Grita desesperada.

-Solo corre.

-Pero… nuestros amigos; ¡nuestra familia!

-Lo se, ¡lo se!

No hay otra opción, quizás algunos se salven; quizás todos caigan. No podía saberlo. En estos momentos solo podía correr con las lágrimas saliendo de sus ojos.

Lo pagaría.

Ese tipo iba a pagar por lo que hizo, no dejaría que se saliera con la suya. Muchos de sus hermanos estaban muriendo bajo su espada, y esas muertes no quedarían impunes.

Por ahora solo podía pensar en escapar, y en que les diría a sus compañeros cuando llegara solo con Alice. Sin comida; sin sus camaradas…

Ese tipo definitivamente moriría por esto.

Detrás de él, un escenario infernal estaba siendo formado. Poco a poco los gritos estaban cesando, los únicos que se salvarían de eso serian los que fueron lo bastante sensatos para correr. Los otros solo se quedarían en el piso incapaces de volver a levantarse. La lluvia empieza a caer, lavando lo que es una espada cubierta de carnes, sangre y órganos.

Extiende sus brazos y le da cara a la lluvia, casi no a podio bañarse desde que todo comenzó y en estos momentos realmente lo necesitaba, era diferente el enfrentarse con un montón de niños que se lanzan directo a él, que a un montón de veteranos entrenados.

Por esta noche era suficiente. No quería agotarse y ser victima de algún maniaco que se encontrara en los alrededores.

Podía sentir como el ansia crecía en su interior, un ansia que iba en aumento por cada sueño consumido. Marche quería más. Este mundo se había llevado toda su vida, todo lo que conocía, incluso le arrebato a sus amigos y su hermano. Ellos habían sudo importantes para él, y ellos solo le demostraron que este mundo era más importante para ellos que cualquier lazo de amistad o fraternidad.

Marche les haría pagar por eso.

Les arrebataría todo por lo cual lo abandonaron, de ser necesario se convertiría en una pesadilla en este mundo de fantasías. Devoraría absolutamente todo en este mundo de ser necesario. Pero ellos iban a sufrir.

Todos ellos pagarían con aquello que más quieren.

Marche sabia exactamente que era aquello por lo que lo abandonaron: piernas, cabello, y una madre. Todo eso más un montón de amigos imaginarios.

-Todo… yo… me lo comeré todo.

Dentro de él una criatura se volvía cada vez más grande y fuerte por cada sueño devorado; por cada esperanza destrozada en pedazos hasta hacerse añicos.

Una bestia ruge en la oscuridad de su alma.

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Continuara…