TITULO: Dreams

Capitulo: El pago más conveniente

Serie: Yu-Gi-Oh!

Resumen: Este es el comienzo de la más tierna historia de amor. Los años en la Universidad son gloria para quien compartió la más infinita felicidad...y también la más desgarradora desdicha.

Pairings: S/J Y/YY

Category: Slash/Yaoi. Angs, Drama, Romance, Humor.

Raiting: PG.

Disclaimer: Yo no poseo a los personajes de Yu-Gi-Oh, pertenecen a sus creadores y respectivos socios comerciales. Esta solo es una historia escrita de fan para fans, sin fines lucrativos.

Lo único mío es la historia y OCC (Personajes originales).

De todas maneras si te gusta la historia y quieres publicarla, te pediría que antes lo consultes conmigo.

CAMPAÑA : No permitamos que el PLAGIO se lleve nuestro trabajo, así que si conoces una historia Robada, por favor denúnciala a sus respectivos dueños. No es justo que nuestras horas de dedicación se vayan a la basura y se vean inmiscuidas en una total falta de respeto para el Autor y los lectores. Entre más luchemos, más saldremos adelante.

Tiempo: En calidad de Universo Alterno.

FLASH BACK

Lugar: Japón

FEEDBACK: gotas se deslizaban una tras otra sobre la lisa superficie de la ventana, causando un efecto metafórico de lo que era la vida en general.

Desde hacía tres días que llovía sin parar e independientemente de los efectos que eso pudiera acarrear, él no podía mirar más allá de lo que aquellas paredes le habían obsequiado.

Su hermano había tenido razón en decirle que aquel departamento, aquella vista y calma que se percibía eran únicas.

Jamás se habría imaginado que una simple construcción pudiera darle todo eso que necesitaba y más. Sin embargo así había sido, convirtiendo lo que en un principio fue rechazo en un refugio aceptable y hasta único. Incomparable con su estudio en la mansión o el silencio que los empleados podían proporcionarle por iniciativa propia.

La quietud, la soledad, el aire libre que se respiraba en aquel departamento era diferente y sin igual.

Podía él sentirse realmente y podía exponerse sin máscaras frías que ocultaran lo que reglas y años de castigo habían conseguido borrar de su faz.

Sin embargo el disfrute era solo momentáneo o al menos en esas circunstancias donde aun no comprendía el por qué había actuado tan extrañamente.

No era de las personas que se jactara de dar ayuda libremente, mucho menos de asistir a cuanto necesitado se encontrara en el camino.

Su superioridad e infinito orgullo se lo impedían y sin embargo lo había hecho porque había nacido en su interior el deseo de hacerlo.

Sonrió a su reflejo. Aun no podía creer lo que había sucedido y sin embargo era tan real como él mirando sus metafóricos ojos en la ventana.

Suspiró y tras cerrar los ojos se apartó del lugar. No necesitaba de su consciencia atormentándolo cada segundo, haciéndole ver lo idiota o tan "humano" que se estaba comportando .

No necesitaba aceptar que era un tonto por auxiliar a quien lo había necesitado y no necesitaba recordarse a cada segundo que sin importar todo lo que Gozaburo le había inculcado acerca de ocultar sus sentimientos, había roto con el esquema, dándole un motivo más al frío hombre para retorcerse en su tumba.

¿La razón?. Era sencilla. Ahí, recostado en su suave y ancha cama se encontraba un cuerpo. Durmiendo apaciblemente tras una fuerte fiebre y delirios inteligibles expresados con dolor.

Se giró para mirar al chico que tras suspirar sonoramente continuó bajo el influjo del sueño apacible inducido con medicamentos.

-Idiota. Le dijo al chico y sin embargo supo que el calificativo era más para él que para su verdadero dueño.

No quedaba más que pensar o hacer, simplemente sentarse al lado de "su" cama ocupada y continuar mirando el bello rostro que en varios momentos lo había abstraído al igual que una obra preciosa de arte, cuyos colores, matices y tonos contrastaban completamente con la austera decoración de su habitación.

No podía darle nombre a lo que había experimentado los días anteriores, sin embargo sabía que había sido totalmente nuevo y diferente a lo que alguna vez pensó siquiera existiría.

Dejándose vencer nuevamente por aquello que no comprendía en su totalidad dejó que su mano se deslizara por la frente tibia del durmiente, comprobando que la fiebre había bajado y que el descanso sería más prolongado y suave esa vez.

El doctor familiar si que había hecho un milagro.

La sonrisa inconsciente del durmiente le hizo imitarla sin siquiera importarle la gama de recriminaciones y gritos que su cabeza le lanzaba.

Esa vez no los atendería, esa vez no iba a apartarse de ahí como tantas otras veces durante esos días.

Esa vez permanecería junto al durmiente, acariciando o mirándolo embelesadamente si es que le apetecía. Por que era Su decisión y contra sus decretos nadie, ni él, podía.

Delineó las mejillas, los ojos cerrados cubiertos de largas y bellas pestañas, las finas cejas que terminaban en delicadeza y al final los labios semiabiertos y resecos que ante la falta fiable de líquido vital, blanquecinos se encontraban.

-Eres un cachorro muy malo. ¿Lo sabías?.

Por toda respuesta solo obtuvo un suspiro y la reconfortante confusión de haber dicho algo halagador a quien no le escuchaba.

Él no era de bellas palabras o acciones afectuosas. Su estoicidad se lo impedía hasta cierto punto y sin embargo ahí estaba, disfrutando de entupidas cosas que eran ridículas a su analítico ojo de genio e inventor.

Él creía en la ciencia, en las pruebas fidedignas, en todo lo que pudiera tocarse y mirarse con crítica. Sin embargo lo que había hecho en nada se acercaba a lo mencionado, creando un caos y al final una aceptación que aunque incompleta, comenzaba a formarse fuertemente en su hasta ahora vacío interior.

Fue entonces que se permitió recordar los sucesos. Así, mientras acariciaba las sedosas hebras doradas que esparcidas sobre su almohada blanca formaban lo más…extraño que jamás había admirado en su vida.

Hacía tres días que se había suscitado aquel extraño encuentro entre él y el muchacho rubio que dormía sobre su cama.

Hacía exactamente tres días que el chico de nombre Joey había llegado hasta él envuelto en la desesperación y la tristeza dispuesto a morir por motivos desconocidos pero importantes visiblemente para el chico.

Sin embargo y después del fuerte abrazo de sostén que entre los dos se había efectuado en el estacionamiento de la Universidad, se habían dado los acontecimientos que en ese momento se vivían en el departamento del genio ojiazul.

Sin existir un motivo viable Joey se había desvanecido entre el apacible y fuerte brazo del castaño, provocando confusión y hasta temor en aquel del cual muchos decían llevaba hielo en lugar de sangre en las venas.

Con seriedad y no dispuesto a caer en un ataque de pánico del cual jamás había sido presa, había tomado a Joey entre sus brazos y con ágiles movimientos a pesar de su empapado cuerpo, había llevado al rubio hasta su auto y del campus partido hacia ningún sitio en especial.

El único pensamiento del ojiazul había sido llevar a algún lugar al muchacho desmayado y sin embargo se miró de pronto entre la encrucijada de no saber absolutamente nada sobre el chico a su lado.

Como última y rápida alternativa había recordado su recién "adquirida" propiedad en la ciudad, siendo perfecta para tan repentina situación.

Con la facilidad que los músculos de un añejo entrenamiento había dejado en el cuerpo del genio, este llevó a su inesperado invitado hasta su departamento, recostándolo sobre su cama sin importarle si se empapaba o no.

Tenía un notable conocimiento de primeros auxilios por lo que al revisar la condición en la que el rubio se encontraba descubrió que una fiebre repentina lo había asaltado, sabiendo así que él no podría hacer absolutamente nada por su invitado.

Tan rápido como solo un Kaiba había llamado a su doctor de cabecera, ese que en muchas ocasiones los había atendido a él y a su hermano debido a las golpizas severas de su padre.

Con profesionalismo y discreción el maduro hombre había revisado la salud del rubio, dando como veredicto un resfriado sumamente fuerte.

Tras un ir y venir de medicamentos, delirios y fiebre incomprensible, Joey había salido al final de aquel cuadro, quedando entonces en la pasividad que en esos momentos Seto admiraba.

El por qué había hecho todo aquello era aun un misterio, sin embargo y a pesar de la constante recriminación de su cerebro, no se arrepentía.

Algo dentro de él le decía que había hecho lo correcto.

Sin saber lo que había hecho al divagar por sus recuerdos, se miró a sí mismo acariciando la suave mano del joven rubio que permanecía dormido, ajeno a todo proceso que se hubo llevado a cabo por su causa.

-"Es gracioso". Pensó Seto cuando una diminuta sonrisa atravesó su relajada faz.

-"Que una persona tan molesta como tú de tantas complicaciones y sin embargo…tantas cosas por las cuales ataviarse y preocuparse".

Continuó acariciando la mano con gentileza no dejando de mirar ni por un segundo el bello cuadro que tanto lo aturdía.

Sin embargo el momento se rompió cuando el timbre de la puerta se escuchó.

Depositando con sumo cuidado la blanca extremidad de Joey sobre el colchón, Seto se encaminó a la entrada, procurando tensar sus facciones como el mundo lo conocía en realidad.

-¿Puedo pasar?. Inquirió el hombre que miró al abrir la puerta.

Seto no lo pensó siquiera, dejó el paso libre a su hombre de confianza, el cual llevaba un maletín negro como único equipaje.

-¿Los trajiste?.

-Si señor. Todos los documentos que me pidió se encuentran aquí. Señaló el guardaespaldas mirando el asentimiento de su jefe.

-Bien.

Sin mucha delicadeza Kaiba tomó el maletín, abriéndolo y buscando algunas cosas que había mandado pedir.

Y mientras el ojiazul leía, Ed se dedicó a mirar a su alrededor, encontrando la chimenea encendida, así como un aire diferente al que había sido aquel desolado departamento hasta ese día.

-Veo que le ha gustado, señor. El joven Noa se encuentra bastante entusiasmado al saber que ha estado aquí por tres días. No sabe el gusto que le ha dado cuando le llamó y le dijo que aquí se quedaría.

Seto solo gruñó. Había tenido que decirle aquello a su hermano. No podía decirle la verdad. Eso habría sido demasiado para su "perfección".

-¿Y cómo se ha sentido en su nuevo departamento, señor?.

-¿Cómo quieres que me sienta?. Inquirió el ojiazul sin siquiera mirar a su guardaespaldas, quien entendió la verdad oculta tras aquella rudeza.

-Comprendo. Me alegra saber que le ha gustado.

Seto elevó la mirada y si embargo no dijo nada. Él sabía que podía confiar plenamente en Ed y sin embargo aun no estaba listo y jamás lo estaría para confiarle que no se encontraba en aquel departamento para trabajar unos días a sola en un importante proyecto como se lo había dicho a Noa, sino que estaba haciéndose cargo de un "perro callejero" que había salido de una fiebre altísima y reposaba apaciblemente sobre su cama.

No, no lo diría. Eso si sería un tremendo golpe para su ego.

-Ya puedes retirarte, Ed. Me mantendré en contacto con ustedes. Sobre todo para saber de las terapias de mí hermano.

-Cómo guste, señor. Aceptó Ed de inmediato.- Sin embargo permítame informarle que el doctor llamó y me hizo un comentario algo…extraño.

Kaiba, que había vuelto a bajar la mirada la posó sobre los ojos de su guardaespaldas quien habló libremente como siempre.

-Dijo que recordara los "paños de agua caliente" cada media hora y que la dosis de doce horas se recorrería a veinticuatro cuando la fiebre hubiera bajado en su totalidad.

¿Tiene alguna idea de lo que eso puede significar, señor?.

El médico era eficiente. Tal vez el mejor que hubiera conocido él en toda su vida, pero ciertamente tan indiscreto y poco lógico como nadie en ese mundo.

-No. No tengo idea de lo que ese hombre quiso decir con eso, Ed. Y en dado caso de que lo supiera, no te lo diría.

-Lo sé. Sonrió Ed.-Solo se lo comunico, ya que el señor Noa no se enteró. Si es que desea también saberlo como dato extra.

Ed guiñó y tras despedirse de su jefe salió del departamento sin argumento alguno.

Algo sospechaba el musculoso hombre y sin embargo no iba a hacerse ideas infundadas de algo que probablemente después sabría.

Si el ojiazul deseaba privacidad para hacer sus "cosas", él la respetaría. Y sin embargo no pudo sentirse inquieto por ningún motivo pues había notado, tan claramente como la lluvia que caía, que los ojos azules de su jefe mostraban un brillo diferente al jamás conocido. Y que sus palabras, aparentemente rudas, estaban provistas de un tono más suave nunca utilizado.

Algo sucedía con su estoico jefe y fuera lo que fuera se encontraba intrigado pero feliz por ese cambio.

-Debería llover más seguido. Murmuró, encendiendo el auto y partiendo a la mansión Kaiba.

Seto gruñó ante la impertinencia de su guardaespaldas, sin embargo no pudo enfadarse. Ed era lo más parecido a un confidente que tenía y lo agradecía infinitamente.

Por eso en cuanto el hombre salió, él dejó los documentos en el sofá y se introdujo en la cocina para beber algo.

Aparentemente su hermano había pensado en todo y hubo encontrado, mientras el médico atendía a Joey, que disponía de un muy amplio y surtido guardarropa. Así como también de una alacena provista de lo indispensable para comer.

Noa era un genio, literalmente hablando, pues si él hubiera estado en el lugar de su hermano seguramente habría pasado por alto la alimentación y el aliño personal.

Su hermano era un ser muy especial e importante para él. Tal vez la única persona capaz de quererlo como era en realidad.

Sin embargo el verlo enfermo y luchando por no caer era un padecer que miraba desde lejos pero nunca ausente de ningún punto.

Noa era su ser más especial en la vida, con el que había compartido toda clase de penurias y desventajas.

Su peliazul hermano lo era todo para él, así como también la única persona con la que se había permitido exponer sentimientos ocultos y nuevos para una frialdad como él.

Más jamás, en sus veintidós años de vida se imaginó que otro ser pudiera competir con ese carisma que Noa poseía, para dejar expuesto lo que tan acostumbrado estaba por mantener oculto.

Sin embargo así había sido. El rubio que dormía en su habitación lo había hecho no una, sino en todas las ocasiones en las que se habían topado y reñido sin motivo aparente.

Joey era el culpable de que se sintiera extraño en esos momentos y sin embargo era una rareza aceptable y hasta agradable pues al igual que el fuego en la hoguera, comenzaba a sentir que su interior tibio se encontraba.

-...Y solo faltan las últimas modificaciones del guión y la elección de Edmundo Dantes para que los ensayos de la obra comiencen cuanto antes. ¿Qué le parece?.

Yami gruñó por lo bajo. El sermón que la directora de actuación le daba solo le había provocado un fuerte dolor de cabeza.

-¿Señor Yami?.

-Si, si, está bien lo que propone solo...hágalo.

-De acuerdo. Sonrió la mujer al sentirse en libertad de elegir.-Entonces déjeme recordarle que...

-¿Que tal si mejor me deja unos momentos a solas para meditar algunas cosas?.

La mujer asintió, dejando solo al productor que verdaderamente había dado vuelta a toda la escuela.

Cuando el egipcio se sintió solo pudo masajear sus sienes y sentir la liberación de la tensión que tenía por dentro.

Ese día no se sentía muy bien. Durante tres días las cosas no habían progresado en absolutamente nada y él estaba comenzando a desesperarse realmente, al punto de evadir a todo aquel quien intentaran hablarle.

No era fácil estar en sus zapatos, mucho menos cuando hacía algo para lo que jamás había siquiera pensado.

Sus ideas se terminaban y eso en lugar de aliviarle le causaba un terrible dolor de cabeza y pesadez que fusionándose con la maravillosa nueva de que estaba por terminarse su capital, su mundo si que era genial.

Entonces y solo entonces podía saberse el porque el carácter de tan extraño joven era oscuro. Su sonrisa o su adulación no existía, dejando paso a un ser sombrío pero igual de místico como jamás ser humano se había conocido.

Esta facultad de interactuar entre los comportamientos era lo que más fascinaba a las personas y Yugi Mouto no era la excepción.

-Perdón, ¿interrumpo?. Indicó el de cabello tricolor al tocar un par de veces a la puerta del despacho que pertenecía a su directora de carrera.

Yami negó sin modificar su conducta.

-Venía a buscar a la profesora Yulein para...¿sucede algo Yami?.

El cómo tan singular muchacho tenía la propiedad para hacer sonreír al egipcio en momentos de tanta tensión era aun un misterio que si bien era importante, en esos momentos al extranjero no le pareció así.

-Solo estoy cansado. Demasiadas cosas que hacer y una organización terrible. Suspiró el muchacho, reclinándose en la silla frente al escritorio de la directora.

En esos días las cosas habían cambiado mucho para ambos chicos. Ciertamente no se habían conocido tan afondo pero claro estaba de que había nacido una extraña unión que solo ellos comprendían.

Eso fue lo que en esos momentos hizo comprender al más joven de que su nuevo amigo necesitaba ayuda.

-Tal vez pueda ayudarte, Yami.

El egipcio sonrió a las buenas intenciones de su compañero. Sin embargo él sabía que necesitaba de un enorme milagro y ciertamente el capital que Kaiba le había otorgado para la obra no era el necesario para cubrir sus exigencias.

-Gracias Yugi, pero ya lo solucionaré de alguna manera.

El suspiro exhausto del mayor le indicó al de cabellos tricolor que su amigo se encontraba seriamente exhausto.

Por eso y sin inhibición alguna, tal y como algunas veces su espontaneidad se lo indicaba, cerró la puerta, caminó hacia Yami y comenzó con un relajante masaje que el egipcio agradeció verdaderamente.

-Mmm, tienes las manos más maravillosas que yo jamás en mi vida haya sentido.

-¿En serio?. Tomaré eso como un cumplido. Murmuró el más joven, sintiendo sus mejillas encender ante aquella oración.

-Lo es. Y de ser por mi te tendría...oye, espera un minuto. Agregó el muchacho tomando la mano de Yugi para hacerlo sentar en la silla a su lado y después hablarle.-Se me acaba de ocurrir una idea.

Yugi no entendió pero las cosas debían ser buenas si las pupilas de Yami volvían a brillar con intensidad.

-¿Si?. ¿De qué se trata?.

-Necesito un asistente.

-Si. De hecho es buena idea. Sonrió Yugi y sin embargo cuando el egipcio tomó sus manos y se acercó más de la cuenta a su persona, ya no pensó que las cosas fueran tan buenas.

-Yugi, voy a pedirte esto. No tienes que aceptar sino quieres. Yo se que quieres actuar pero...¿querrías ser mi asistente?.

El de ojos lavanda parpadeó un par de veces mientras las pupilas azules de Yami brillaban aguardando una respuesta.

-Pero Yami, yo nunca...

-Lo harás bien. Se que lo harás. Además en nadie podría confiar una cosa como esta. Créeme que me estarás salvando más que la vida. En verdad...te necesito.

Yugi no evitó que el sonrojo se extendiera por todo su rostro.

Yami había dicho que lo necesitaba y esa frase había causado eco en su corazón quien de un momento a otro había comenzado a latir bastante aprisa.

-Pero...pero...yo...

Y no pudo negarse porque en realidad no era su intención hacerlo.

-Está bien. Acepto ser tu asistente.

Sin embargo el más pequeño no se esperó el tremendo y efusivo abrazo del metamórfico egipcio quien sin detenerse a contemplar sus acciones agradecía la ayuda que le habían enviado.

-Gracias, gracias Yugi. Eres mi salvación.

-No...exageres. Musitó el aludido con pena.

-Oh, es que lo eres. Eres mi salvación completa y también...pero tú querías actuar Yugi y yo no podría...

Sin embargo el de cabellos tricolor negó cualquier enunciado que el extranjero pudiera formar en sus labios.

-He aceptado por que lo deseo. Además, aquí entre nosotros y como algo que solo tú sabes de mi, me gusta mirar desde el otro lado la organización, vestuario y todo eso que sobre las tablas no se puede hacer.

Me parece que es más...excitante.

Yami sonrió un poco, ese chico en verdad que era increíble a pesar de saberlo tan ingenuo.

Sin embargo realmente agradeció su ayuda. Estaba a punto de arrojarse por un barranco.

-Gracias Yugi, en verdad que te lo agradezco. Indudablemente eres mi luz.

El comentario fue más de lo que debía porque cuando ambos se dieron cuenta de lo que sucedió, tardó un poco en que pudieran mirarse a la cara nuevamente.

En su impulso feliz Yami besó con gentileza la mejilla del más pequeño, obligando a este a dar un respingo de asombro y moverse un poco, solo un poco para que el accidente ocurriera.

Sus labios se habían unido sin querer y aunque no había pasado nada más que un leve roce entre ellos, para Yugi significó sentir el pecho a punto de explotar por la emoción del momento.

-Yo...

-Esta bien. Solo fue un accidente. Aclaró Yugi, incorporándose de la silla cuando después de lo ocurrido pudo volver a sonreír un poco.

Entre más distancia pusiera él entre los dos más rápido dejaría de respirar tan agitadamente o de pensar que los labios de Yami realmente eran muy apetecibles como para desperdiciarlos en un simple roce.

-Debo regresar a clases, yo solo...te veré en el desayuno.

-Si...te veré en la cafetería.

No pudieron mirarse fijamente y sin embargo cuando los dos se separaron pudieron sonreír discreta y hasta inconscientemente por el pequeño "desliz" que se había formado entre ellos.

-Esto es una reverenda locura. Murmuraron ambos a su tiempo.-Y sin embargo es...diferente.

Algo nacía con rapidez y tal vez los caracteres tan afines lo estaban fraguando sin demasiados inconvenientes, haciendo de cada momento algo inconfundible e irrepetible.

Sin embargo aun pasaría mucho para que uno de los dos pudiera aceptar lo que era ya un hecho dentro de su corazón.

Ed movió la torre dos espacios a su derecha, mientras que Noa tomó su alfil y con estrategia lo guió hasta la reina, tomándola desapercibida antes de que uno de los peones la protegiera.

-Jaque. Indicó el peliazul sonriendo a su estratégica jugada.

-Se ve que el señor Seto lo ha enseñado muy bien.

-Digamos que solo he leído y jugado lo suficiente con el ordenador. Sonrió el joven, apremiando la jugada del guardaespaldas.

-Esto requiere tiempo, señor. Indicó el hombre al apuro de su jefe.

-Si, pero yo me hago viejo. Bostezó el muchacho, sonriendo ante la cómplice mueca que Ed lanzó.

-Debería de estar en sus terapias. Señaló el hombre cuando movió su Rey lo suficiente para ser protegido.

-No hablemos de eso. El tono molesto del muchacho aconsejó olvidarse del tema. Sin embargo no por nada Ed era Ed.

-Usted sabe que necesita de su rehabilitación, son ya tres días en los que prácticamente le niega la entrada a los fisioterapeutas. ¿Cree que está haciendo lo correcto?.

Noa gruñó, frunciendo el entrecejo mientras el alfil de su izquierda trataba de llegar a su Rey.

-Estoy haciendo lo que creo que es mejor para mi. Jaque. Volvió a indicar el muchacho, sabiendo que para el "mate" aun tendría que esperar un poco.

Ed era bueno. No tanto como su hermano, pero sabía regalarle tan buenas partidas como ni el mejor de los jugadores.

-Su hermano está preocupado. ¿Sabe que los terapistas le han llamado?.

-Era de esperarse. Están preocupados por su bono extra. Sonrió el muchacho y sin embargo su jugada no le valió la victoria. Aun.

-En parte. Sin embargo se han quejado de su comportamiento. Otra vez.

-¿Es que no se saben otra letanía?. Deberían de comprarse un diccionario para mirar nuevas palabras. Sonrió con burla, enarcando una ceja ante su jugada fallida.

-Seto debería de saber que no voy a volver a admitir a esos idiotas en la casa otra vez. Así que si quiere liquidarlos, por mi puede hacerlo. Jaque.

-Se lo diré entonces en cuanto lo vea. Sin embargo sabe que no puede permanecer demasiado tiempo sin terapias. Sus músculos podrían...

-¡Ya lo sé!. Gruñó exasperado el muchacho, estaba perdiendo concentración en un tema que estaba más que terminado.

-De acuerdo. ¿Qué es lo que hará entonces?.

-Ed, te preocupas más de la cuenta.

-Es porque me importa su salud, señor. Usted lo sabe.

Noa elevó un poco la mirada, solo lo necesario para contemplar la faz de su guardaespaldas.

Y no pudo negar que le creía porque Ed era una especie de amigo protector que siempre lo ayudaba cuando más lo necesitaba.

Por eso asintió tras resoplar fuertemente y reclinarse en su silla.

-Está bien, buscaré a otros "incompetentes".

-Gracias, señor. Sonrió Ed al saber que se había salido con la suya.

-Pero a cambio quiero pedirte un favor. Sonrió el casi niño, sabiendo que el hombre no iba a negarse.

-Dígame.

-He estado pensando y he concluido en que necesito distraerme un poco.

-Excelente idea, señor. Aprobó el guardaespaldas con ahínco.

-Sin embargo no quiero hacer cualquier cosa, por eso he estado investigando y he llegado a la conclusión de que necesito...mejor te lo digo después. Cuando tenga mejor estructurado mi plan.

El peliazul se rió porque sabía que había frustrado la curiosidad de Ed, sin embargo lo hizo también porque al final había ganado.

-Así que...¡Jaque Mate, Ed!

La larga sonrisa que Noa Kaiba formó en sus labio hizo sonreír al aturdido hombre quien supo entonces que el muchacho frente a él estaba creciendo y dejando de lado mucho más rápido tal vez ese orgullo que su hermano jamás dejaría. O al menos no tan deprisa.

Ambos Kaiba estaban tomando rumbos muy diferentes en sus vidas y sin embargo él estaría presente para verlos crecer y convertirse en dos hombres totalmente alejados de las convicciones del loco hombre que gracias al cielo había muerto.

No le deseaba el mal a nadie, sin embargo al mirar dentro de los azules ojos de aquellos jóvenes podía mirarse todo el daño que aun llevaban por dentro. Sobre todo Noa, quien cada día cargaba con un enorme peso sobre sus frágiles alas.

-Lo apoyaré en lo que decida señor Noa.

-Gracias Ed. Sonrió el chico al acomodar nuevamente las piezas sobre el tablero metálico.-Ahora y cambiando de charla, ¿cómo se siente Seto en su departamento?. Me imagino que ha estado trabajando en paz. Sobre todo con este clima. Me alegro al menos de que haya tomado todo con paciencia y disposición.

Sin embargo Ed no respondió deprisa, tomó su tiempo para respirar y mover primeramente la nueva pieza de aquel renovado encuentro.

-Digamos que lo encontré con...bastantes cosas que hacer.

-Me lo imagino. ¿Y qué deseaba el doctor esta mañana, Ed?. Espero que nada referente a mi.

-Descuide señor, yo más bien creo que era para alguien que necesitaba dos píldoras de descanso y una muy grande de paciencia y del verdadero "yo".

Noa elevó la mirada sin comprender, sin embargo olvidó todo cuando la estratégica jugada del guardaespaldas le hizo estar más atento al juego.

Sin duda aquel sería un encuentro agotador y tardado. Uno que siempre venía después del de práctica.

Sentía el cuerpo mitad cortado, mitad pesado y si agregaba el hecho de que no podía abrir los ojos resultaba realmente extraño todo aquello.

Así por eso haciendo un gran esfuerzo abrió los párpados, enfocando una leve luz que le hizo cerrar y abrir varias veces antes de acostumbrarse un poco a aquel repentino halo.

Todo a su alrededor se percibía cálido y las mantas lo proveían de un calor tan acogedor que solo pudo sumergirse aun más en la almidonada almohada que sostenía con bondad su adolorida cabeza.

Todo parecía estar en paz. Ningún ruido, nada que pudiera exaltarlo o pudiera preocuparlo.

Sin embargo una persona tan ocupada y ajetreada como lo era él, no podía estar demasiado tiempo en paz, por lo que al intentar darse la vuelta, descubrió una muy peculiar lámpara que le hizo inmovilizarse por completo y mirar mejor a su alrededor.

El color, los cuadros, incluso el largo espejo junto a la cómoda para nada se parecía a lo que él tenía en su pequeña habitación de cinco por tres.

Por ello abrió los ojos con gran espanto, incorporándose de la cama tan deprisa como sus reflejos reaccionaron.

-¿En dónde estoy?. Se cuestionó con voz ronca, tratando de buscar sus ropas o en definitiva algo que no fuera la pijama azul que llevaba encima.

Estaba asustado, desubicado en tiempo y espacio y lo único que deseaba hacer era salir de donde fuera que se encontrara y correr a casa.

¿Por cuánto tiempo había estado durmiendo?.

Sin embargo un repentino mareo le hizo sentarse en un pequeño taburete y aguardar un poco hasta que la habitación o en su caso él, dejara de dar vueltas cual carrusel.

-¿No te dijeron nunca que no te movieras cuando estuvieras enfermo?.

-No. Al menos no tan "tiernamente".

El gruñido de exasperación hizo sonreír al rubio quien aun mantenía cerrados los ojos pero pese a todo había sabido identificar perfectamente aquella voz tan peculiar.

-Regresa a la cama. Ordenó Kaiba sin ninguna gracia en su acento.

-No. Murmuró Joey tratando de incorporarse del taburete pero fallando en el intento.

-Eres un necio. ¿Lo sabias?. Inquirió el ojiazul muy cerca del oído de Joey debido a que el genio había evitado que el otro cayera en el piso.

-Lo sé. Medio sonrió el rubio sabiendo que sería inútil apartarse del millonario o en su defecto discutir. Además no estaba de ánimo.

Sin siquiera pedir permiso o excusa, Seto levantó en vilo el débil cuerpo de Joey y lo llevó de regreso a la amplia cama que recibió al muchacho con una cálida bienvenida.

-¿Esta es tú cama?. Preguntó el de ojos melados cuando se hundió en la almohada.

-Si.

-Es muy acogedora...me gusta. Sonrió el otro al responder, percibiendo un cálido aroma que antes no había distinguido.

Seto bufó, sin embargo sonrió ante el comentario bobo de aquel muchacho que tantas perturbaciones le causaba.

-¿Qué hago aquí?. Fue la cuestión que tras unos momentos de silencio fue inevitable agregar.

-No estas en condiciones de hacer preguntas, Wheeler.

-Pero yo quiero saber. Agregó el chico cuando se sintió con fuerzas de abrir los ojos y enfrentar los azules que estaban a su lado.-Estoy en mi derecho de saber.

Pero Kaiba no respondió sino que posó su mano sobre la frente del rubio quien temió un golpe pero terminó sorprendiéndose.

-La fiebre comienza a aparecer nuevamente.

-¿Fiebre?. ¿Quieres decir que estuve...?

-Y ya te hace hablar de más.

-Pero...

-Cállate. Ahora regreso.

Parpadeando y sin comprender nada, Joey miró salir y entrar al ojiazul casi de inmediato, con la única diferencia de que el castaño llevaba a su regreso una vasija de agua y unos cuantos paños.

Sin aguardar indicación o algo parecido el millonario entonces mojó, secó y posó sobre la frente tibia aquel remedio que tan "generosamente" el médico había recomendado.

No se pronunció ninguna palabra, solo se escuchaba el tic-tac de un reloj vecino y tal vez las gotas de lluvia chocar contra la ventana.

Joey se sintió a salvo, rodeado de la tranquilidad necesaria para abandonarse al descanso y no angustiarse por nada. O al menos eso pensó hasta que recordó...hasta que lo recordó a "él".

-Lo siento. Susurró con verdadera pena.

-¿Qué?.

-Siento ser una molestia para ti.

-Lo eres. Afirmó el genio sin ningún gesto en sus facciones.

-Lo sé.

-Cállate entonces. Se supone que necesitas reposo.

Y Joey sonrió un poco pues supo, aunque nadie se lo dijera, que aquella era la manera en que Seto tenía para hablar amablemente con alguien.

No pudo reclamar o agregar nada porque se sentía tan bien estando ahí que el pasado o las razones sobraban.

Por eso cerró los ojos y se dejó "consentir" por aquel que hasta ese momento consideraba inhumano.

La vida daba sorpresas y él se estaba llevando una enorme después de un gran golpe.

Cuando Seto miró la relajación en el rubio se atrevió a acariciar con la yema de su dedo pulgar la mejilla sonrosada de aquel que aun convaleciente se encontraba.

Podía ser una molestia, hasta un "perro callejero" asistido por su "gentileza" , pero ese aire de inocencia y de ese algo que ya nadie tenía en el mundo le hicieron sentir tan en paz como jamás en su vida y ciertamente sin remordimiento alguno deseo continuar experimentando eso que solo Joey podía hacerle sentir con su sola presencia.

Locura tal vez de un momento.

Yami gruñó por cuarta vez consecutiva mientras Yugi trataba de sonreír penosamente a lo que a su amigo le sucedía.

Su auto se había detenido a casi cinco cuadras de su casa y por más intentos no podían moverse ni un centímetro.

Sin embargo la lluvia dificultaba muchas cosas y lo que el de cabellos tricolor podía hacer era solo aguardar a que el enfado de su compañero se disipara un poco.

Habían estado toda la tarde planificando las nuevas maniobras para la obra, así como también descartando actores que junto al grupo de profesores no consideraron aptos para los papeles.

Al final las cosas habían resultado positivas para el egipcio, quien no dejaba de agradecer a Yugi por su ayuda.

-Porquería. Maldijo el extranjero en egipcio, sin embargo Yugi intuyó la traducción.

-Mi casa no queda lejos, si gustas podríamos ir, hablar a un taller y...

-No quiero ser molestia. Resopló el muchacho al reclinarse en el asiento.-Creo que es la gasolina.

El más pequeño miró el indicador del tanque y asintió. Había ahí un problema no tan grave y sin embargo...

Miró por la ventana. La lluvia arreciaba y eso desde hacía tres días. Sin querer entonces recordó a su mejor amigo, el cual no había aparecido para nada en la Universidad o en su casa. Estaba realmente preocupado y sin embargo algo dentro de la conexión "amistad" que tenía con sus amigos le indicaba que Joey estaba bien.

-Las malas noticias son las que se escuchan primero. Susurró para tranquilizarse.

-¿Perdón?.

-No, estaba pensando en otra cosa. Sonrió despreocupadamente.-Sin embargo la lluvia no va a parar Yami.

-Eso parece. Asintió el egipcio al mirar el cielo.-Jamás había visto llover tanto. Claro, aquí es muy diferente a Egipto.

-Me lo puedo imaginar. Suspiró Yugi con ensoñación.-Ha de ser un lugar precioso.

-Y lo es.

-¿A qué te dedicas cuando estás allá?

-Mi familia es dueña del 60 de las excavaciones que ahí se realizan y digamos que la administración y economía de los museos y reliquias es mi trabajo.

-Wow. Que interesante.

Atemu sonrió al mirar la extensa sonrisa de su compañero. En verdad era muy sencillo hacer sonreír a ese chico.

-Lo es, si lo sabes manejar. Inquirió, recordando a su padre y hermanastro. Eso lo hizo enfadar.

-Ojalá algún día pueda conocer Egipto u otro lugar. Suspiró el menor con melancolía.-Aunque lo dudo.

-¿Por qué lo dices?.

-Porque mi abuelo no me deja salir ni al jardín si antes no le digo lo que haré. Sonrió Yugi con algo de comicidad.

-Al parecer es una persona muy estricta.

-Aja, ni que lo digas. Pero es la única familia que tengo y a pesar de su sobreprotección yo lo quiero mucho.

El rostro apesadumbrado no gustó en nada al de ojos celestes por lo que intentó alguna manera de reanimar a esa luz tan bella que Yugi desprendía.

-Pues yo tengo solo padre. Madre se fue abandonándome.

-Oh, lo siento mucho.

-No lo hagas. Me divierto más yo solo. Así es como aprendí a ser tan...irresistible.

Yugi rió ante la sonrisa "seductora" del egipcio.

-¿Y también a ser tan serio?

-Eso fue obra de mi padre. Sin embargo es algo...¿cómo decirlo?...innato en mi. En ocasiones ni yo mismo me reconozco.

-Lo puedo imaginar. Asintió el más joven.-Sin embargo me...agradas como eres.

Yami sonrió admirando el sonrojo en las mejillas de su compañero.

En verdad que ese chico era alguien muy especial.

-¿Sabes?. Me alegra haberte conocido Yami. Jamás había mirado a alguien tan parecido a ti.

-Tú también me agradas mucho.

Yugi viró un poco para no dar a conocer su sonrojo y nerviosismo, sin embargo era algo que necesitaba y deseaba decir.

-Yo...

-¿Si?.

Sin embargo el momento se había tornado mucho más íntimo y el instantáneo acercamiento entre los dos había sido solo cuestión de segundos.

Algo que intensificó el nerviosismo en Yugi y la extraña sensación de no saber lo que hacía en Atemu.

-Yo...yo...

-Dímelo Yugi. Sin pena.

-Es que yo...yo...

Los rostros juntos. Las respiraciones al mismo ritmo. Ojos brillantes mirando el mismo punto de interés con extraña fascinación.

Lo que les estaba ocurriendo simplemente era...extraño.

-Pues yo...solo...quería decirte que...

-¿Si?.

¿Cuándo Atemu había estado tan ansioso por saber algo?. Jamás en su vida y sin embargo ahí estaba, aguardando la respuesta del muchacho sonrojado.

-Que...que...pensé en algo para salir de aquí.

Evidentemente el momento se había roto y sin embargo Yami rió abiertamente ante lo tonto que de un momento a otro se percibió.

-Si, tienes razón, ya hemos estado aquí mucho tiempo.

-Yo...lo siento. Murmuró apenado el menor. Pero su ansiedad había estado por matarlo de un paro cardíaco.

-No, esta bien. Debemos salir de aquí de algún modo. ¿Qué has pensado?.

-En empujar. Susurró aun con pena el tricolor mirando la ceja elevarse en la faz de Atemu.-Bueno, es lo único que se me ocurrió.

-¿Con esta lluvia?.

-Es mejor que morir aquí, ¿no crees?.

Yami habría denegado la acción pero indudablemente el chico tenía razón. No quedaba más que empujar.

-Entonces hagámoslo de una vez.

Yugi asintió y sin tardanza salió del auto sin importarle el terrible temporal.

-Esto será divertido. Sonrió Yugi mientras el egipcio comenzaba con la tarea también.

-¿Bromeas?.

-No. Es lo que hacemos Joey y yo cientos de veces cuando nos suceden estas cosas. Es realmente divertido.

Atemu no entendía sin embargo algo le dijo que el camino, aunque tormentoso, sería ligero en compañía de aquel chico que estaba comenzando a confundirlo realmente por dentro.

¿Qué imán poseía Yugi Mouto para no querer apartarse nunca de su lado?.

Eso con el tiempo lo descubriría sin duda.

El camino sin embargo fue gracioso. En parte porque eran los únicos locos que bajo aquella terrible lluvia empujaban un auto hacia ninguna parte en particular, riendo y bromeando de cuanta cosa se les ocurría.

-Yo una vez corrí una maratón. Gritó Atemu por encima del ruido de los autos que pasaban a su lado.

-¿Si?. Yo fui comentarista de atletismo en la secundaria. Respondió el más bajito, haciendo reír al egipcio quien no recordaba haber reído tanto en su vida.

-Al parecer tenemos muchas cosas en común.

-Eso parece.

Y así, entre risas y forcejeos con el vehículo al fin arribaron a la casa del chico Mouto.

-Bien, henos aquí. Informó el tricolor al recargarse en la defensa del auto.

-Al fin. ¿No dijiste que tu casa estaba cerca?. Indagó Yami con la respiración entrecortada.

-Si, lo está. Caminando, claro. No empujando un auto.

La risita de Yugi se contagió al egipcio quien siguió a su compañero hasta el interior de la que parecía una modesta y linda casita.

-Vaya, que lugar tan pintoresco. Exclamó el invitado cuando las luces del interior de la casa se encendieron.

-Gracias. A mi abuelo le gusta la intimidad.

Yami miró a su alrededor y podría haber jurado que había entrado al despacho privado de su padre.

El lugar estaba decorado con artefactos, pinturas y fotografías de su tierra natal.

-¿Estas son las ruinas del faraón Tutan?. Indagó el egipcio al mirar una de las tantas fotografías.

-Si, así es. Mi abuelo fue arqueólogo. Asintió con orgullo Yugi, mostrándole con el dedo a su invitado la figura de su abuelo junto a las llamativas ruinas.-Fue siempre su pasión, solo que el tiempo y un accidente no fueron tan benévolos para él y su profesión. Ahora el museo y la tienda son su vida.

-¿Tienda?.

-Aja. La otra pasión oculta de mi abuelo. Somos una bolsa de monerías.

Yami asintió sonriente, en verdad había cosas que aquel chico aun le ocultaba y sin embargo eran encantadoras.

-Pero ven, estas todo empapado. Veré que puedo prestarte.

En un acto reflejo tal vez el más joven tomó la mano del egipcio guiándolo escaleras arriba hasta su habitación, la cual era sencilla pero provista de un calor como nunca Yami lo había experimentado.

-No creo que seamos de la talla pero ya encontraré algo. Si quieres ducharte, hazlo. Eso evitará que te resfríes.

-Gracias, en verdad lo valoría. Sin embargo mi au...

-Eso lo solucionaremos después o mañana. Por el momento no creo que se pueda hacer algo.

Atemu asintió, siendo prácticamente empujado por el menor hasta el cuarto de baño en dónde le fue mostrado todo lo necesario para su acicalado.

-Gracias Yugi, por las molestias.

-No es ninguna, es un placer poder ayudarte.

-¿Y tú?. Inquirió el extranjero al mirar las empapadas ropas de su anfitrión.

-¿Yo?.

-¿Si, no vas a ducharte?.

Y aunque la frase hubiera sido la más natural del mundo ninguno de los dos pudo evitar el sonrojarse al pensar...más allá de la inocente cuestión.

-Yo...

-Creo que mejor me ducho yo.

-Si, creo que si.

Yugi salió de la habitación con la sensación de que Hawai había ido de visita a su casa. El calor que sentía era extremo.

-Cálmate Yugi, él solo es...un amigo y mi invitado. Susurró para si dirigiéndose a su habitación para al menos mudarse de ropa.-Sin embargo...tiene unos brazos espectaculares. Me pregunto como se verá sin cami...¡YUGI, NO PIENSES EN ESO!. Se retó así mismo tratando de bajar el color bermellón a su rostro.

Pero obviamente aquel tipo de pensamientos no dejó la "sana" mentecita del muchacho. Mientras se secaba y buscaba ropas adecuadas para su invitado, su imaginación se había rebelado llevándolo a crear imágenes no muy santas sobre el chico que se estaba duchando a escasos pasos de él.

Sin duda los próximos quince minutos fueron la tortura completa del chico, por ello al dejar las ropas en su cama decidió bajar y buscar a su abuelo.

Sin embargo la nota sobre el refrigerador le hizo saber que su amado tutor no se encontraba en casa. Había olvidado que ese día era la reunión mensual de los miembros del museo. Así pues tenía la casa para...él solo.

-Dios. Ya deja de atormentarme con estos pensamientos. Se quejó lamenteramente, pensando rápidamente en lo que haría para perder tiempo.

Una cena. La comida siempre era buena para cualquier situación por lo que esmerándose en la preparación de esta trató de mantener su cabeza ocupada en otra cosa.

Más cuando el Egipcio, perfectamente acicalado y seco bajó a reunirse con él en la cocina, ni todas las oraciones sirvieron para hacerlo caer nuevamente en sus pensamientos poco propios.

-¿Cómo me veo?. Cuestionó Atemu, girando para que su anfitrión lo mirara mejor.

Sin embargo en lugar de responder, Yugi dejó el cuchillo sobre la barra y se acercó lo suficiente al extranjero para mirarlo mejor.

-Te ves...excelente.

-¿De verdad?.

-Si. No pensé que esas viejas ropas pudieran...

-Pues me quedan a la perfección. ¿De dónde las sacaste?. Inquirió con curiosidad el egipcio. Aunque sencillas en verdad las prendas le quedaban muy bien.

Yugi entonces se atrevió a acercarse más a su invitado, admirando el juego de colores y formas que las ropas hacían sobre su compañero.

-Son...eran de mi padre. Mi abuelo las tenía en un baúl.

-Yo...

-Descuida. Sonrió el menor.-Es un placer habértelas prestado. De todas maneras yo jamás alcanzaría a llenarlas.

Atemu correspondió la sonrisa. En verdad que ese muchacho era muy especial.

Así pues entre risas y bromas ambos disfrutaron de un momento demasiado grato, que si bien Yugi había tenido de diferente manera con sus amigos, el egipcio no. Y era precisamente eso lo que le confundía.

De ser casi un seco hombre que buscaba diversión solo por eso, pasaba a sentir cosas que jamás con nadie había experimentado tan nítida y deliciosamente.

No sabía lo que le estaba sucediendo, sin embargo de algo estaba seguro: quería más de eso que Yugi le obsequiaba.

Por otro lado el anfitrión sentía exactamente lo mismo con Atemu. Era increíble todo lo que podía experimentar con el muchacho y sin embargo intuía que aun quedaba más.

Una noche tan maravillosa como esa era el perfecto pago para sus años de soledad.

Él no pedía más, solo continuar deseando más de eso que Yami le daba. Solo eso.

Pasaba de la media noche, girando sobre su costado decidió abrir los ojos y mirar la ventana por la que aun bajan riachuelos de gotas de lluvia.

Había tenido un mal sueño, o mejor dicho un mal recuerdo.

La voz de Touma diciéndole cosas terriblemente hirientes para su corazón, era algo que por más intentos no podía olvidar tan simplemente.

Sin embargo no era todo lo que le atormentaba. Pensarse solo y un don nadie era tal vez lo que ocasionaba que se sintiera inferior y mas solo que nunca.

Trató de darse consuelo, sujetando la blanca almohada con fuerza y sin embargo nada pudo evitar que un par de lágrimas corrieran por sus mejillas.

Los recuerdos hacían mal y sin embargo él ya no podía hacer más.

Su sonrisa se había ido.

-Ya no tienes fiebre. Escuchó que una voz aclaraba y después una sutil caricia en su frente quien fue la que le ocasionó un intenso escalofrío.

-No, creo que ya no. Ya me siento un poco mejor. Aclaró, girándose para mirar al muchacho ojiazul sentado a su lado.-¿Cuánto tiempo llevas ahí, Kaiba?.

-No responderé a ello. Aclaró el muchacho al sentarse correctamente sobre la incómoda silla.

-Bueno, entonces, ¿cuánto tiempo llevo yo aquí?. Eso si tengo derecho a saberlo. Medio sonrió el rubio al gruñido involuntario de su compañero.

-Tres días. Fue el resoplido que casi, casi Joey no escuchó.

-¿Tanto?. ¿Y qué has hecho tú en todo...no me digas que tú...?

Joey habría jurado entonces que miró cierto sonrojo en la faz del castaño, sin embargo su impresión fue tanta que no evitó el sentarse con dificultad en la cama para mirar con mucha más atención a su compañero.

-Yo...no se que decir. Murmuró el rubio cuando supo que sus deducciones eran exactas. Kaiba había estado cuidándolo desde hacía tres días y aunque increíble, todo era verdad.

Muestra de ello eran las ojeras y la palidez en el de ojos azules.

-No digas nada. Aclaró Kaiba depositando el libro entre sus piernas en la mesita a su lado.

-¿Pero cómo me dices que no diga...?

-¿Tienes hambre?. Indagó el castaño después de incorporarse de su posición.

-Pues...ha decir verdad un poco. Musitó el rubio tras bajar el rostro. Tenía una leve impresión de que estaba siendo una molestia.

-Bien.

Y sin decir más el millonario salió de la habitación dejando al rubio bastante desconcertado.

Aun era momento en que no creía lo que estaba viviendo. Recordaba su melodrama en el estacionamiento de la Universidad y no podía evitar sentirse un tonto por haber llorado frente al inhumano y frío millonario.

Sin embargo y después de saber, indirectamente, lo que este había hecho por él modificaba completamente el concepto que tenía sobre el petulante muchacho de ojos azules.

-Ha estado cuidando de mi por tres días. Tres días cuando él es una persona tan ocupada y...fría. Musitó, recargándose en la cabecera a su espalda.-No Joey, él ya no es frío. Él es...un ser humano. Sonrió un poco por ello.

¿Quién habría creído que el magnánimo Seto Kaiba iba a hacer su obra buena con él?.

Nadie, ni el rubio mismo y sin embargo era realidad.

Él no pudo más que sentirse bien y agradecer la discreción y ayuda de aquel muchacho que comenzaba a mirar de manera muy diferente.

Casi en el acto el castaño regresó con una charola, depositándola en sus piernas con sumo cuidado.

-Come. Indicó con su sutil manera de ser.

-Vaya, sopa. Que rico. Sonrió el de ojos melados y era la verdad. Su glotón estómago le pedía comida después de tres días.

Kaiba solo se sentó en la silla y tomó el libro que había dejado, todo esto mientras Joey comía musitando cosas inteligibles.

Fue un ritual agradable o al menos así lo apreció Joey cuando terminó de comer.

-Felicitaciones al chef. ¿Quién hizo esto tan delicioso?.

Kaiba entonces ocultó su rostro detrás del libro y Joey entonces tuvo otro motivo para impresionarse de verdad.

-¿Tú?.

-Vuelve a dormir. Inquirió el otro tras incorporarse y recoger la charola que llevó lejos de la habitación.

-Vaya con el millonario misterioso. Musitó Joey recostándose en la cama y evitando que su cabeza latiera demasiado aprisa. Aun no estaba del todo bien.

Cerró los ojos dejándose embriagar por ese olor que no era el de las limpias sábanas o el de su reciente cena. Era un aroma que ya antes había distinguido y sin embargo aun no sabía a quien pertenecía.

Sintió entonces que el dueño de aquellas bellas atenciones regresaba a la habitación, haciendo el menor de los ruidos por él.

Sonriendo entonces y olvidando toda riña o malestar que hubiera existido entre los dos antes de esa noche, Joey abrió los ojos para mirarlo a él, a su salvador.

-Te ves cansado. Inquirió en un susurro.

-Puedo quedarme cinco noches sin dormir cuando estoy trabajando. Esto no es nada. Se mofó el otro quien sostenía el mismo libro.

-Mentiroso. Murmuró Joey tras sonreír un poco.-Yo lo veo en tus ojos, estas agotado. Y no es lo mismo trabajar que cuidar a un enfermo.

-¿Qué puedes tú saber de...?

-Ven.

La frase expuesta provocó que el castaño enarcara la ceja graciosamente y que el rubio extendiera una mano para hacer más visible su propuesta.

-Ven.

Kaiba no entendía nada, sin embargo la manera automática en que su mano se movió para tomar la otra fue casi a la velocidad de un parpadeo.

Cuando el genio menos lo supo ya se encontraba recostándose al lado del muchacho que se movió un poco para darle algo de espacio.

-¿Pero que cosa pretendes?.

-Nada. Solo que descanses.

-Pero ya te he dicho que...

Joey negó, mirando detenidamente los ojos azules que temblaron un poco ante la cercanía de los dos.

-Te diré una cosa. Musitó el rubio tras los dos mirarse por algunos segundos.-Tus ojos son bellísimos. Tu mirada es la más...noble que yo hubiera visto jamás.

-Yo no...

-Lo ocultas. Lo se y en cierta forma nos parecemos. Tú con tu carácter de los mil demonios y yo con mi aparente altanería que solo me mete en problemas. Sonrió haciendo bufar al castaño.-Sin embargo nos parecemos y déjame decirte que tu mirada es la más clara que yo jamás haya visto en mi vida.

Seto no se esperaba ninguna de esas palabras y la molestia que comenzó a sentir seguramente provenía de ello.

-No sabré como pagarte todo lo que has hecho por mi. Me sostuviste cuando más lo necesitaba y ahora...

-No te he dicho que me lo pagues, Wheeler. Inquirió el genio tratando de incorporarse de la cama pero siendo detenido por el rubio.

-Lo se pero yo quiero...pagártelo de algún modo. De lo contrario jamás podría descansar en paz.

-Eso sería bueno.

¿Era una sonrisa verdadera lo que Joey miraba en los labios de Kaiba?

Al parecer si y eso le hizo sentir extraña pero maravillosamente bien.

Seto no se quedaba a tras. Joey le hacía experimentar cosas que ni en sus más recónditos sueños él habría imaginado.

El rubio era alguien muy diferente al prototipo de persona al que estaba acostumbrado a tratar.

Joey era puro y sincero y tal vez esa aura era la que en un principio lo había llevado a reñir con él y días antes a protegerlo sin saber por qué.

¿Qué le estaba ocurriendo?.

-¿Dormirás aunque sea un poco?.

-Trataré si con eso te callas.

-Pero lo harás, ¿verdad?.

Seto suspiró y asintió con la cabeza. De todas maneras la terquedad del rubio era mucha.

-Bien. Sonrió Joey dejándose querer un poco por la suave almohada bajo su cabeza.

-Iré entonces al sofá para que tú...

Pero de nuevo el genio fue detenido por su compañero, quien jalándole del brazo lo haló hasta recostarlo completamente en la cama.

-Hazlo aquí.

-¿Aquí?.

-Lo dices como si te espantara compartir la cama conmigo. Rió Joey mirando el entrecejo fruncido del castaño.

-Yo no le temo a nada.

-Entonces demuéstramelo.

Un reto al genio jamás se hacía, porque él siempre los ganaba.

Joey sintió el cuerpo de Kaiba relajarse tras este haberse despojado de su calzado y cubierto a los dos con las mantas.

La sensación que el rubio percibió fue limpia y muy diferente a cualquiera que hubiera sentido.

Entonces y cuando cerró los ojos pudo distinguir esa fragancia que comenzaba a gustarle verdaderamente.

-Eres tú. Murmuró medio dormido ya.

-¿Yo?.

-El que huele tan bien. Me gusta como hueles, me haces sentir muy bien.

Kaiba sonrió de lado. Al parecer el "cachorro" estaba hablando dormido otra vez. Sin embargo tal revelación le hizo sentir muy bien. Orgulloso.

Giró entonces para mirar al muchacho a su lado quien respiraba pausadamente como en esos días no lo había hecho y fue entonces cuando algo, impensable e indigno de su formación casi perfecta, lo asaltó.

-¿Wheeler?. Llamó.

-Mmm. Respondió el otro somnoliento.

-Se cómo puedes pagarme.

-¿Cómo?. Solo espero que no sea mucho dinero porque recuerda que me quedé sin empleo.

Kaiba sonrió, pero de dinero no estaba hablando.

-Quiero algo...algo de ti.

-¿Qué es?.

Kaiba entonces se acercó al oído del rubio y después de acariciar la mejilla blanca con la punta de su nariz murmuró algo que hizo a Joey sonreír y abrir los ojos que brillaban extrañamente.

-Si esto fuera otra situación no se lo que habría hecho pero...lo acepto. Lo acepto porque te debo mucho y porque me apetece desde el otro día en el ascensor.

Kaiba sonrió y sin aguardar más se incorporó un poco, lo suficiente como para llegar hasta el rostro del rubio y tomar con sus labios los otros que le esperaban ya entreabiertos y listos para disfrutar de aquel "pago" que más parecía deseo inconcluso entre los dos.

Fue un beso lento pero delicioso, cargado de esa energía que a pesar del agotamiento físico el corazón aun poseía.

Fue uno de esos besos que quitan el aliento y que a pesar de la dulzura e intensidad siempre dejan deseando más.

Joey percibió sus mejillas encendidas, sin embargo no se atrevió a abrir los ojos para contemplar al otro.

No en ese momento, no cuando todo le daba vueltas y no precisamente por enfermedad.

-Buenas noches, Joey.

El aludido sonrió dejándose llevar por el aun sabor maravilloso que su boca tenía y el golpeteo rítmico de su corazón.

-Buenas noches...Seto.

Sin saber, esa noche ambos habían comenzado a experimentar lo que desde su primer encuentro, en aquel gracioso accidente, sus corazones habrían gritado.

Tal vez la barrera de sus caracteres y miedos al fin había cedido y aquel pago tan conveniente solo era el principio de la más tierna historia de amor.

Continuará...

¿Y?. ¿Aun no conformes? Espero al menos que este "pago" les haya gustado porque a mi me fascinó (q puedo decir jiji)

Gracias por sus comentarios tan lindos sobre todo por continuar esta historia. Espero no aburrirlos y aunque con paso lento es seguro

Un abrazo y espero verlos muy, muy pronto por aquí para en si entrar en esta relación, su agradecida amiga:

KLF