Ella no tuvo certeza de lo que ocurrió a continua ción. Solo recordaba el viaje en la ambulancia en com pañía del jefe de su tía, que llevaba en sus brazos a Me lanie.
La que no estaba era la tía Laura.
—Vendrá más tarde —repuso el desconocido, cuan do bella preguntó por ella—. Tenía que atender unos asuntos urgentes.
Bella frunció el ceño y se preguntó por qué no se ocupaba él de sus propios asuntos urgentes. Pero enton ces llegaron al hospital y a ella la llevaron directamente al servicio de rayos-x.
Los médicos le dijeron a Bella que tenía una contu sión en las costillas. El hueso escafoides de la muñeca estaba fracturado y se lo tendrían que es cayolar.
— ¿Qué ha pasado con Melanie? —preguntó ella cuando vio que el personal médico de la ambulancia desaparecía—. ¿Cómo me las voy a arreglar con el bra zo escayolado? ¿Dónde está la tía Laura?
—Si quiere que venga, vendrá —le dijo una voz grave que empezaba a serle muy familiar.
Bella había imaginado que una vez ingresada en el hospital, el jefe de su tía se marcharía. Pero para su sorpresa, pudo comprobar que había permanecido con ella todo el tiempo.
—No —respondió bella, compulsivamente.
No es que le importara donde estuviese su tía pero tenía que saber qué era de ella y lo que iba a hacer con Melanie.
—No deje que me quite al bebé —le rogó bella al desconocido.
—Le prometo que eso no ocurrirá —dijo la voz gra ve.
Eso es lo último que recordó bella. No supo si el hombre estuvo con ella a partir de entonces.
Cuando ella recuperó la conciencia, se vio en una cama de hospital con el brazo escayolado y un cabestri llo. Comprobó que le habían dejado sueltos el pulgar y los otros dedos. Aún así, bella sabía perfectamente que no iba a ser capaz de ocuparse de una niña de dos meses.
Y la fractura iba a tardar ocho semanas en soldarse.
Ocho semanas...
Con un profundo suspiro, cerró los ojos y trató de imaginarse que aquello era solo una pesadilla.
— ¿Preocupándose de nuevo? —preguntó la voz grave.
Los ojos de bella se abrieron al notar la caricia de una mano. Era el jefe de su tía, el importante mag nate de la banca.
— ¿Cómo se encuentra? —le preguntó el hombre educadamente.
—Un poco aturdida —contestó bella con una mueca. El hombre sacudió su oscura cabellera.
—Necesita cierto tiempo para recuperarse de la anestesia —le aconsejó—. Cuando se haya repuesto podrá marcharse a casa.
Volver a casa... ¡Sonaba tan bien! Tanto que inme diatamente se sentó e intentó ponerse de pie. Fue en tonces cuando se dio cuenta del estado en que estaba su ropa. Los vaqueros tenían manchas de polvo y alqui trán y la camisa había perdido la mitad de los botones.
Con razón el hombre la había tapado con su cha queta. Pero al fin y al cabo, era normal que tuviera ese aspecto después de un día tan ajetreado. Sin embargo, aquel desconocido que la estaba observando penetrantemente, tenía un aspecto impecable. Y eso que se había pasado el día rescatando a damas en apuros y be bés abandonados...
— ¿Dónde está Melanie? —preguntó bella de pronto.
Se sentía culpable de haber olvidado a su hermana con tanta facilidad.
Por primera vez, el hombre pareció enfurecerse.
—Había imaginado que confiaría en mí para poner en buenas manos a su hija —dijo él con cierta im paciencia.
— ¿Por qué? —le desafió bella—. ¿Solo porque mi tía Laura trabaja para usted?
La espalda robusta del magnate se puso rígida. Y aquel movimiento le afectó a ella de inmediato.
—El hecho de que me haya recogido de la calle y me haya traído hasta aquí en vez de haberse marchado a Milán no le otorga mi confianza —exclamó bella, poniéndose de pie temblorosamente.
—Madrid —la corrigió ausentemente el banquero. ¡Como si eso tuviese mucha importancia!
—No lo conozco de nada —continuó bella—. Pero podría ser perfectamente uno de esos tipos raros que se aprovechan de las mujeres jóvenes e inocentes en situaciones difíciles.
Lo que acababa de decirle era algo realmente duro. Sobre todo, teniendo en cuenta todo lo que había hecho por ella a lo largo del día. El hombre frunció el ceño, y bella se arrepintió de sus palabras al instante.
Ella iba a disculparse, pero el magnate la interrum pió.
—Debe de ser muy joven, seguro que no tiene más de dieciocho años. Y está claro que está en apuros. Cualquiera que la vea puede darse cuenta de que las ojeras y la cara de cansancio no se deben a un leve accidente de tráfico. Pero lo que no creo es que sea una criatura inocente, habiendo dado a luz a una niña, seño rita Swan. Es completamente imposible.
Era evidente que el hombre había cometido dos errores. El primero al pensar que solo tenía dieciocho años. Y el segundo creyendo que Melanie era su hija.
La tía Laura no se había molestado en darle ninguna explicación. Entonces, ¿quién se creía que era juzgan do de ese modo a las personas?
—No tengo dieciocho años, tengo veintiuno — sostuvo bella furiosa—. Y Melanie no es mi hija... es mi hermana. Nuestra madre murió dos semanas después del parto. Y si usted no hubiera mandado a mi tía a solucionar asuntos urgentemente, ella misma se lo estaría explicando todo. Por lo tanto, por favor no me insulte. Si soy inocente o no, no es algo de su incumbencia.
Antes de que él pudiera responder, se abrió la puer ta y apareció una enfermera con Melanie en brazos.
—Oh, veo que está despierta —comentó la mujer sonriendo, ajena al enrarecido ambiente.
Se acercó a la cama y depositó suavemente al bebé en el regazo de bella.
—Le hemos dado el biberón, la hemos cambiado el pañal y sobre todo la hemos estado mimando —prosi guió la enfermera—. Por lo tanto, no tiene que preocu parse por su bienestar en las próximas horas.
—Gracias —murmuró bella educadamente—. Han sido ustedes muy amables.
—No hay de qué —respondió la enfermera—. Cuando se encuentre bien puede abandonar el hospital.
Dio media vuelta y se marchó cerrando la puerta y dejando tras de sí el ambiente hostil de antes.
Como bella no podía hablar ni apenas respirar, se entretuvo comprobando como estaba la pequeña. Como la enfermera le había asegurado, Melanie estaba encan tada. Bella le acarició su suave mejilla con la mano iz quierda.
—Lo siento —se disculpó el hombre de pronto—. Por... el altercado de hace unos instantes. No tenía nin gún derecho a hacer comentarios sobre su vida o su comportamiento moral. Me siento avergonzado.
Bella aceptó sus disculpas asintiendo con la cabe za.
— ¿Quién es usted? —preguntó ella—. Quiero de cir, ¿cómo se llama? Es ridículo pensar que llevamos todo el día juntos y todavía no sabemos como nos lla mamos.
— ¿Tu tía nunca te ha hablado mí?
—Solo me ha dicho que trabajaba con el presidente de un banco mercantil.
El hombre pareció desconcertado por sus palabras.
—Me llamo Edward Cullen—se presentó él.
Bella asintió con la cabeza.
De nuevo se hizo el silencio, pero ahora era menos hostil. Sin embargo, no resultaba menos embarazoso. Era todo muy raro, como si fuera un sueño.
Luego, él se dirigió hacia el otro lado de la cama.
—Quizás sea mejor que nos vayamos —sugirió el hombre finalmente.
—Oh, sí —contestó bella, dispuesta a sujetar al bebé con el brazo sano. Pero él se anticipó.
—Yo la llevaré —insistió el hombre, tratando de no herir sus sentimientos—. Puede que te venga bien lle var otra vez mi chaqueta. Está oscureciendo y hace frío fuera...
Bella asintió y él se quitó la prenda y se la puso so bre los hombros. Tomando a Melanie en brazos, el hombre sin más palabras acompañó a bella a la salida del hospital.
Como muy bien decía él, hacía frío. Sin embargo, tras un par de segundos apareció su coche del que salió un chófer uniformado.
Saludó al banquero con el sombrero y abrió la puer ta trasera invitando a entrar a bella.
Una vez acomodada, tardó unos instantes en recu perar el aliento por el esfuerzo que aquello había su puesto para sus costillas contusionadas. Entonces fue consciente del lujo que la rodeaba: la tapicería de cuero y toda la parafernalia de mandos y aparatos de teleco municaciones.
Era todo muy Edward Cullen, se dijo a sí misma bella, mientras su acompañante se sentaba a su lado, sin Melanie
—No te preocupes por la niña —dijo Edward anti cipándose a su preocupación—. Está perfectamente.
Y alzando la ventanilla que dividía el compartimen to de los pasajeros con el del conductor, bella se incli nó con cuidado. Allí estaba Melanie, sentada en un asiento de coche especial para bebés al lado del chófer sonriente.
¿Habían comprado un asiento de coche exclusiva mente para Melanie?
—No deberías haberte molestado —repuso bella—. Ya has hecho bastantes cosas por mí.
—No tiene importancia —comentó Edward, mien tras elevaba la ceja de nuevo.
Bella estaba acomodándose en su sitio cuando la asaltó una idea.
—El asiento no es nuevo, ¿no es cierto? —adujo ella—. Se lo habéis pedido prestado a alguien, ¿verdad?
«¡Ojalá lo hayáis pedido prestado!», pensó bella fervientemente.
La mirada que le dirigió Edward fue toda una respuesta.
—Pero, ¡menudo gasto! —exclamó bella—. No voy a poder pagártelo.
—No esperaba que me lo pagaras —sostuvo el.
Era evidente que para él ese gasto no suponía nin gún esfuerzo económico. Y como si le aburriera hablar del tema, el hombre miró por la ventana como se desli zaba el coche por la calle.
Pero bella no se iba a dar por vencida.
—Le diré a. mi tía que te devuelva el dinero —insis tió ella.
—Olvídalo —dijo Edward.
—Pero no quiero olvidarlo —estalló bella—. De testo que me mantengan.
Con arrogancia, Edward ignoró sus palabras.
—Abróchate el cinturón de seguridad —le sugirió el hombre—. El asiento ya está comprado, cualquier discusión es inútil.
Bella se dispuso a abrocharse el cinturón, con la cabeza baja. Nunca nadie la había intimidado tanto en su vida, ni siquiera la tía Laura.
—No puedo permitirlo —exclamó ella al cabo de unos segundos, con lágrimas en los ojos.
Con un gesto lleno de gracia, Edward se inclinó y tomó el cierre de la mano temblorosa de bella y con cuidado de no lastimarla lo enganchó correctamente.
Cuando Edward levantó la mirada, vio que ella es taba llorando y dio un suspiro.
—No te molestes por mi forma de actuar. No estoy acostumbrado a dar explicaciones sobre lo que hago. La culpa es mía...
—Sí, pero no deberías haber comprado...
—Lo hecho, hecho está —adujo Edward, tratando de dominar su impaciencia.
Con un tono más suave prosiguió, cambiando de tema.
— ¿Cómo está tu muñeca?
Bella se miró la escayola y notó un dolor persisten te alrededor del pulgar.
—Bien, gracias —mintió ella.
Le dolían terriblemente el brazo, la cabeza y las costillas. Cerró los ojos y trató de relajarse. Estaba tan agotada que se habría quedado durmiendo durante todo un año. Pero no iba a poder dormir. Tendría que ocu parse de la niña con la escayola y todo.
La sugerencia de la tía Laura le estaba tentando por momentos. De pronto abrió los ojos espantada.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Edward alarmado.
—Nada —respondió ella sacudiendo la cabeza.
¿Cómo le iba a contar que la alta ejecutiva que trabajaba con él estaba dispuesta a deshacerse de su propia sobrina antes que a ayudarla? La tía Laura era mala, una mala persona.
Bella se sorprendió de haber barajado de nuevo la idea de dejar a Melanie en adopción.
Las ojeras de su rostro se volvieron más pronuncia das: los problemas seguían cerniéndose sobre su futuro.
Entonces bella empezó a pensar en otras cosas. De pronto fue consciente de que la zona de Londres que estaban recorriendo le resultaba familiar. Ella había vi vido allí hacía unos tres años.
Pero aquello estaba realmente lejos del East End en el que vivía ahora. Sus ojos se encontraron con los de Edward Cullen que la miraba ansiosamente.
—Por aquí no se va a mi apartamento —comentó bella obviamente.
Los ojos verdes de el no pestañearon.
—No —respondió él—. Vamos a mi casa.
Su casa... Bella trató de poner en funcionamiento el sistema de alarma de su cerebro.
—Entonces, el chófer te va a dejar a ti primero, ¿no es cierto? —adujo ella.
—Vamos todos juntos a casa —repuso Edward.
—Pero, ¿para qué? —preguntó bella—. ¿Acaso estará mi tía allí?
Edward la miró a los ojos unos instantes sin contes tar. Bella se fijó en que el hombre era realmente atrac tivo. Tenía unos rasgos marcados y una piel muy boni ta. Era una pena que estuviera cubierto siempre de una fría máscara de indiferencia...
Luego ella pestañeó y se dio cuenta de que no la ha bía respondido. Se encontró con que Edward era ple namente consciente de sus pensamientos. Y lo peor era que no le importaban en absoluto.
No es que fuera distante, sino que estaba encantado de serlo. Bella sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
De pronto, el coche se paró.
—Ya hemos llegado —anunció Edward inclinán dose para desabrocharle el cinturón de seguridad
De inmediato, bella notó cómo se le aceleraba el ritmo cardíaco tratando de separarse de su contacto.
—No tengas miedo —le susurró él al oído—. No debes temer nada de mí.
— ¿No? —repuso bella.
Ella deseó que aquello fuera posible. Una hora antes lo habría podido creer. Pero ahora, aquel hom bre había logrado alterarla, produciéndole cierto ma lestar.
Carslile, el chófer, abrió la puerta y le ofreció su ayuda para salir. Sintiéndose confusa ignoró tercamente su ofrecimiento y bajó del vehículo por sus propios medios. Aquello le costó caro: súbitamente sintió todo tipo de dolores y tuvo que asirse al maletero para no caer.
Podía reconocer esa calle y los alrededores. Ese lu gar se encontraba varias calles más arriba de la residencia donde solía vivir cuando vivía su padre. No obstan te, aquella parte de Holland Park era mil veces más dis tinguida.
Por lo menos, ya sabía donde estaba si tenía que sa lir corriendo. Con ese consuelo, observó como el chó fer sacaba a Melanie de su asiento y se la entregaba a Edward.
El bebé estaba feliz, envuelto en una mantilla que le había tejido amorosamente su madre durante el emba razo. Sin saber por qué y en ese preciso momento, sin tió un ataque de posesividad. Entonces arrancó a la niña de los brazos del hombre.
Puede que él notara su resentimiento porque se vol vió y dijo:
— ¿Estás bien?
«No», pensó bella, «no estoy bien. Quiero que me des a mi hermana y que podamos marcharnos a casa. Porque mi instinto me dice que no me fíe de ti».
Tía Laura..., tía Laura... le canturreaba el cerebro a bella, tratando de usarla como excusa por estar en aquella casa.
En cuanto llegaron a la entrada abrió la puerta una señora delgada con una cálida sonrisa en los labios. Tenía el cabello color caramelo. En cuanto vio a Melanie soltó un grito de alegría y se puso a batir palmas antes de recibir al bebé.
—Es Esme, mi ama de llaves —le informó Edward mientras dejaba a la cría en brazos de la mujer—. Como verás, está encantada de cuidar a Mela nie, mientras estés aquí.
—Pero... —bella comenzó a protestar.
El ama de llaves empezó a hablar en griego y se di rigió con la niña hacia el interior de la casa.
-¡Habitualmente tiene muy buenos modales, no como hoy! —comentó Edward secamente.
Luego, el magnate invitó a bella a entrar en la mansión.
El interior era aproximadamente como se lo había imaginado ella. Era un lugar amplio y cálido, decorado con una mezcla de estilos clásico y moderno.
Unas manos diestras retiraron la chaqueta de sus hombros. Bella miró a su alrededor.
—Gracias —murmuró, a pesar suyo, puesto que sin la prenda se encontraba incómoda.
Cuando atravesó el vestíbulo deseó con toda su alma encontrar a la tía Laura en el salón contiguo.
El estudio de Edward era realmente acogedor, con el fuego encendido en la chimenea y las paredes forradas con madera de roble. Paseó la mirada por toda la estancia, pero no había ni rastro de la tía Laura.
Tras bella la puerta se cerró. Ella se lanzó contra Edward.
— ¿Dónde está mi tía?
—Yo nunca te dije que tu tía estaría aquí —repuso él echando chispas con la mirada.
El despacho estaba presidido por una mesa perfec tamente ordenada.
Pero bella no estaba segura de lo que había dicho realmente. No obstante, había tenido la sensación de que se la encontraría allí.
—Entonces, ¿por qué nos has traído aquí? —le pre guntó ella desconcertada.
Bella estaba de pie junto a su escritorio y se ha bía puesto a manejar un ordenador portátil. Dejó de mi rar la pantalla para fijar sus ojos en los de bella. A ella se le pusieron los pelos de punta.
—Pensé que era algo evidente —repuso él, volvien do su mirada al portátil—. Estás hecha una pena, fran camente. Y no puedes ocuparte de ti misma y menos aún de un bebé. Por eso te quedarás aquí conmigo.
—Pero, yo no quiero quedarme —exclamó bella horrorizada.
—No era consciente de que tuvieses otra opción —prosiguió Edward.
Pero, ¿quién se creía que era?
—Esto no es asunto tuyo —repuso bella—. Ya nos las arreglaremos. Mi tía...
—Tu tía —la interrumpió Edward—, está fuera del país. Y además, los dos sabemos muy bien que sería capaz de romperte la otra muñeca antes de ser tu don cella. Por eso, creo que lo mejor es dejarla fuera de jue go. ¿No te parece?
Fuera del país, y fuera de juego...
—Pero, ¡eres tú quien decide si va o viene! —con cluyó ella confusamente.
Edward ni siquiera se dignó a darle una contesta ción. Dejó de interesarse por lo que aparecía en la pan talla del ordenador portátil y lo cerró de golpe. Concen tró su atención en lo que estaba diciendo bella.
Ella aún estaba de pie, con semblante pálido y per plejo. Edward dio un suspiro.
—Veamos... —comentó él—. ¿Por qué no nos sen tamos? Y además voy a llamar a la cocina para que te traigan algo de comer y beber. Llevo toda la tarde conti go y lo único que has tomado es un par de sorbos de agua.
Pero bella no tenía la intención de aceptar nada de ese hombre hasta saber cuales eran sus intenciones.
Sin embargo, estaba sedienta y tenía frío y en aquel momento sería capaz de matar a alguien por llevarse algo al estómago.
—Una taza de té me sentará bien —accedió final mente—, por favor...
Entonces, como había cedido ante un capricho, tuvo que ceder ante el siguiente. Mientras Edward hablaba por teléfono, bella se acomodó en uno de los asientos de terciopelo rojo que estaban situados ante el fuego de la chimenea. Al sentarse le había dolido todo el cuerpo. De pronto le apeteció como nunca tomar un largo baño con sales aromáticas.
Pero eso no iba a ser posible, se dijo a sí misma mi rando la escayola del brazo. Los médicos le habían aconsejado que no se mojara y que para bañarse la cu briera con un plástico.
Mientras notaba lo cómodo que era el asiento de ter ciopelo, se quedó pensando en que iba a necesitar ayuda para hacerlo. ¿Cómo se las arreglaría para desvestirse, la varse y secarse? ¿Cómo iba a llevar a cabo todos esos ac tos cotidianos tan insignificantes hasta entonces?
—Isabella... — la llamó una voz grave.
Ella abrió los ojos. Puede que se hubiera quedado dormida. No estaba segura. Lo único que sabía era que por fin estaba cómoda y caliente. Cuando volvió la mi rada se encontró con unos insondables ojos verdes.
—Siento molestarte pero Esme necesita saber cómo le preparas el biberón a Melanie —dijo Edward.
¿El biberón de Melanie...? ¡Cielo santo! Se había vuelto a olvidar del pobre bebé otra vez.
Sin pensárselo dos veces se puso de pie.
— ¡Aaah! —exclamó bella sintiendo el dolor reco rrerle los huesos.
Entonces, Edward acudió en su ayuda. Con sus fi nos dedos ciñó la cintura de la joven y la sujetó mien tras ella se recuperaba después del intenso dolor.
— ¡Cabezota! —murmuró él, furioso.
—Calla, por favor —replicó ella, quejándose por su respuesta inoportuna.
A continuación, se hizo el silencio. Lo único que se oyó fue la lucha de bella con su propio cuerpo. Cuan do por fin se sentó, estaba exhausta como una flor marchita. Se quedó quieta unos instantes, hasta que fue consciente de otras cosas. Como la firmeza del pecho de Edward bajo su mejilla, haciendo de almohada. O lo delgada que era su cintura a la que se agarró con la mano sana. Era un hombre alto, cálido e increíblemente fuerte. Su cuerpo atlético desprendía un delicado aroma a especias, que resultaba de lo más embriagador.
—No deberías responderme —gruñó Edward. Entonces se desató la tormenta.
—Ya estoy bien —sostuvo bella, deshaciéndose de su ayuda.
Edward la dejó ir quedándose a la zaga por si vol vía a hacer una estupidez.
—El biberón de Melanie... —repitió ella—. No tengo biberones, ni tetinas, ni leche en polvo. Necesito ir a casa.
—Aquí tenemos todo lo que necesitas —le aseguró Edward.
¿Qué quería decir con eso? Claire vio venir otra dis cusión.
—No me digas que has comprado todo tipo de com plementos necesarios para un bebé cuando adquiriste el asiento de coche para Melanie... —prosiguió bella con un profundo suspiro.
Edward no se dignó a contestarla.
—Te llevaré a la cocina para que le des instruccio nes a Esme —repuso él.
Bella pensó que hablar con ese hombre era como tratar con un tanque acorazado. Pasaba por encima de cualquier obstáculo que se pusiera en su camino.
—Vayamos —accedió ella, otorgándole la pequeña victoria.
Todo fuera por el bien de Melanie, pensó Bella mientras caminaban hacia la parte trasera de la casa.
La cocina era como el sueño de toda ama de casa Estaba amueblada toda de madera y tenía baldosas de cerámica en el suelo. Había varios pucheros que des prendían un olor de lo más estimulante para el estóma go hambriento de bella.
Junto a la cocina había una mujer de su misma edad aproximadamente. A sus pies estaba Melanie en una cuna de viaje. Cuando bella se acercó para ver a la niña, ella se retiró silenciosamente.
Melanie estaba bien despierta, observándolo todo a su alrededor. La habían cambiado y llevaba puesto un nuevo pijama de color rosa pálido, que ponía en evi dencia su piel y sus cabellos morenos.
No había nada en ella que recordara a su madre, pensó tristemente bella, cuyos ojos se inundaron de lágrimas. No podía evitar esa reacción cuando se acor daba de la muerte de su madre.
—Por favor, necesito tomarla en mis brazos —pidió bella a Edward—. ¿Puedes dármela?
Su sentido común le impidió agacharse y sujetar al bebé por sí misma.
—Por supuesto —respondió él. Y con suma agilidad se inclinó y tomó a la niña para entregársela a su hermana. — ¿Podrás con ella? —Preguntó Edward—. No de berías poner peso sobre las costillas.
Bella miró a su alrededor. Decidió sentarse en una silla y apoyar luego el bebé contra la mesa de la cocina.
En efecto, Melanie se instaló en su regazo de ese modo. Al verla así, bella dio un profundo suspiro y acercó su cara a la mejilla aterciopelada del bebé.
Ante esa escena, era evidente que bella quería con locura a aquella niña.
Y Edward Cullen no estaba ciego. Sin em bargo, estaba observando a la hermana mayor de forma sorprendente.
Parecía estar enfadado, sí, pura y simplemente enfa dado.
— ¡Ah, ya está usted aquí! —exclamó Esme al ver a Bella, cuando entraba en la habitación.
Al verla con Melanie en sus brazos, el ama de lla ves esbozó una cálida sonrisa.
—Usted quiere a la niña —prosiguió Esme, expo niendo un hecho incuestionable—. Eso está muy bien, porque es un verdadero ángel. Me ha robado el corazón.
Bella tuvo la sensación de que estaba siendo since ra, por la forma en que estaba mirando a Melanie.
—Pero no estará contenta conmigo si no le doy el biberón en seguida —continuó Esme—. Por favor, explíqueme como lo hace usted. Mi hija Alice la sosten drá mientras tanto.
Cuando bella salió de la cocina, convencida de que Melanie estaba en buenas manos, había tomado una de cisión.
Fue en busca de su anfitrión. Lo encontró sentado en el despacho tecleando el portátil que estaba sobre la mesa y atendiendo el teléfono al mismo tiempo.
Como ya había oscurecido, las cortinas de raso rojo estaban cerradas. Varios puntos de luz estratégicamente dispuestos no llegaban a empañar el brillo del fuego en la chimenea.
Cuando Edward alzó la mirada y la divisó, bella se dio cuenta de que el ambiente del estudio había real zado el tono mediterráneo de su piel y había suavizado los ángulos de sus facciones. Parecía más joven... y menos intimidante que cuando le vio por primera vez.
—He pensado que me voy a quedar —le anunció bella.
Hola:
Primero que nada les pido disculpas por no subir cap ayer, es que la u en donde estudio esta de aniversario y ayer era el ultimo plazo para entregar la obra social (una de las pruebas q teníamos q hacer) y estuvimos corriendo de aquí para allá prácticamente toda la tarde (y algunas hrs. de la mañana) y eso no me dio tiempo para subir cap. En compensación por eso subiré los 2 ahora y con bono extra (más largos).
Segundo: Gracias por los rewiew, me alegran el día (aunque no sean muchos), lo importante es que hay, aunque estoy completamente segura que me llegaran más a medida que siga subiendo (se que si se leyeran el libro antes se arruinaría el suspenso del fic, pero si quieren leerlo pueden hacerlo, se llama la novia del millonario (como el fic) y su autora es Michelle Reid.)
Tercero: yulibar: ahora me asegure de cambiar todos los nombres y juntar las palabras separadas así q debería verse bien.
: subo cap todos los días (menos los domingos, no tengo acceso a Internet ese día)
bue y a todas la otra q deja rewiew muxas grax por ellos.
Subo enseguida el otro cap
Xau xau
ale
