Por el bien de Melanie —había añadido ella, aún sabiendo que iba a resultar hosca.

—Entonces te enseñaré tu habitación —dijo Edward, poniéndose en pie ágilmente.

—No es necesario —sostuvo bella—. Alice va a hacerlo en unos instantes. Pero necesito algunas cosas de mi apartamento. Ropa limpia y cosas así...

Ella notó como Edward se fijaba en el estado de su ropa y sus mejillas se sonrojaron.

Bella se sentía como un trapo viejo.

—Le diré a Alice que escriba en una lista lo que necesitas y que su padre vaya a por ello —repuso Edward.

Estaba claro que era muy diplomático, siguió pen sando bella al oírle hablar en aquel tono neutro.

—Gracias —murmuró ella educadamente—. Pero, ¿quién es su padre?

—Carslile, el chófer —añadió Edward levantándose de la mesa—. Toda la familia vive en el piso de arriba.

Edward se había acercado a bella, y eso la había puesto nerviosa sin saber muy bien por qué. De pronto se paró frente a ella, le tomó la barbilla con la mano y la alzó arrogantemente. Bella se vio obligada a mirar lo. Entonces supo por qué sus terminaciones nerviosas le estaban jugando una mala pasada.

A bella le gustaba que su piel estuviera en con tacto con la del hombre. Eso quería decir que se sentía sexualmente atraída por él, aunque le costara admitir lo.

—Deja de tenerme miedo —le ordenó Edward, descubriendo temor en los ojos de bella.

—No te tengo miedo —contestó ella, alejándose de su mano, no obstante.

El hombre suspiró profundamente y se alejó a su vez, no sin cierta irritación en la mirada.

—Tengo las llaves de tu casa —anunció Edward con calma.

Ella se quedó atónita porque se había olvidado por completo de ellas. Andreas se giró y le dirigió una de sus miradas insondables.

—Cuando ibas en la ambulancia camino del hospi tal, le dije a Carslile que dejara bien cerrado el aparta mento.

—Entonces, si tienes mis llaves no me extrañaría que me hubieses trasladado todo mi hogar a tu man sión... —estalló Bella.

Ella estaba haciendo alusión al nuevo guardarropa de su hermana, además de otros aditamentos propios de los bebés.

Edward se puso rígido como si le hubiera alcanza do con el dardo de su réplica.

—No habría sido tan mal educado como para sacar cualquier cosa sin tu permiso —le informó él altiva mente—. Sería como si te hubiese robado.

—Seguro que no tendrías ningún reparo en ello — respondió bella.

El rostro de Edward estaba lleno de ira.

—Sí, os robé a las dos —admitió finalmente—. Por el bien de las dos, teniendo en cuenta que no podéis valeros por vosotras mismas. Bueno, es mejor que termi nemos con esta conversación. Es una pérdida de tiem po y tengo muchas cosas que hacer.

El tono de Edward le había hecho sentirse como una niña difícil que acaba de ser regañada severamente por un adulto. Sin más palabras, bella dio media vuel ta y se dirigió hacia la puerta.

—No, por favor... —dijo la voz grave muy cerca de su oído.

—No, ¿qué? —lo interrogó ella con lágrimas en los ojos.

Edward no contestó. No obstante, puso una mano en el pomo de la puerta impidiéndola salir.

La hizo volverse y bella se encontró mirando de nuevo a la pechera de su inmaculada camisa.

Ello lo oyó suspirar y deseó no resultar tan patética. Era humillante estar a punto de llorar constantemente.

—No va a funcionar —prosiguió bella sofocadamente.

—Aunque discutamos —dijo Edward sin el menor rastro de irritación—, eso no quiere decir que no poda mos llevarnos bien. Lo único que significa es que so mos dos personas con un carácter muy fuerte y que siempre queremos tener razón.

A bella le daba la impresión de que era él que se había salido con la suya durante todo el día. Lo que de jaba claro hasta que punto ella era fuerte.

—Bueno, pero trata de ser menos arrogante —le aconsejó ella, alejándose de Edward—. Así, quizá po dremos acabar sin devorarnos el uno al otro.

Luego, bella abrió la puerta y salió, contenta de ha ber pronunciado la última palabra. Apenas podía creer que Edward lo hubiese dejado caer.

Alice le enseñó sus habitaciones. La suite estaba decorada en tonos azulados y verdosos. El amplio cuar to de baño era de color blanco y estaba provisto de todo tipo de cosméticos. También tenía un vestidor con estanterías y armarios hechos a la medida.

Bella se quedó pensando lo ridícula que resultaría su ropa en aquel entorno tan elegante. Luego se puso a pensar en qué parte del dormitorio instalaría la cuna de Melanie.

Pero de pronto se dio cuenta de que iba a serle im posible ocuparse de su hermana. ¡Si no podía sujetar un biberón, ni una tetina! Tendrían que ocuparse de ella Esme o su hija.

—¿Dónde va a dormir Melanie? —le preguntó a Alice, que estaba esperando a que le hiciera la lista de cosas que necesitaba.

¡Pero, si ni siquiera podía escribir en un papel! Ten dría que dictársela a Alice.

Con voz tímida y pausada, Alice intervino.

—Mamá sugiere, si le parece bien, que puede dor mir junto a mi cama.

Por la noche, estarían separadas no solo por una ha bitación sino por un piso entero. Bella se encontraba perdida, como en un barco sin timón.

En un momento confeccionaron la lista. Al fin y al cabo, solo necesitaba algo de ropa limpia y varios artí culos de higiene. Cuando Alice se fue a buscar a su padre, a bella le asaltó otra idea que la dejó paraliza da. La hija del ama de llaves, acostumbrada a aquella mansión, se daría cuenta del destartalado entorno en el que convivían bella y su hermana

«Pero, ¡ay, bella Swan! El orgullo es un mal de haber caído en aquella trampa. ¿Acaso no había aprendido la lección hacía varios años, cuando perdió a todas sus amistades, su casa e incluso parte de la ropa que la cubría?

Bella divisó un albornoz blanco colgando de la puerta del cuarto de baño y decidió usarlo. Entonces comenzó a quitarse la ropa sucia: fue una lucha deses perada. Al instante, bella se sintió avergonzada

Deseaba que Alice volviera pronto, porque no po dría ponerse ninguna prenda hasta que ella volviera Se quedó así desnuda en medio de la habitación, y vio su reflejo en un espejo de tamaño natural.

La imagen que pudo observar la dejó paralizada.

Parecía como si le acabasen de dar una paliza. El corte en la cabeza no tenía demasiado mal aspecto comparado con la hinchazón que le deformaba la cabe za. A un lado del tórax, en la parte baja de las costillas, estaba llena de cardenales.

Pero eso no era todo, desgraciadamente. El resto te nía que ver con su estado interior. Estaba en un estado lamentable, y eso lo habría podido constatar el hombre que se encontraba en el piso de abajo. Sintió un escalo frío por todo el cuerpo.

¿Cuánto peso habría perdido desde que su madre murió?

Hacía dos meses tenía una figura espléndida: esbel ta y musculosa y no flaca y huesuda como en ese mo mento. Incluso sus pechos, que habitualmente eran pe queños y turgentes, parecían caídos.

Y su pelo... Con la mano sana se tocó los mecho nes lacios que enmarcaban su rostro escuálido y triste.

¿Qué había hecho consigo misma? ¿Cómo había llegado a ese punto? Ella solía ser una persona feliz, alegre, siempre sonriente. Tenía un pelo y una piel llenos de vida y un cuerpo atlético y en forma. Y no ese ser ojeroso y demacrado al que parecía que le acababan de dar una paliza.

De pronto, bella sintió la necesidad de ponerse en el rincón donde había puesto la ropa sucia.

A continuación, viéndose la camisa destrozada y los vaqueros manchados, no pudo evitar echarse a reír. Aquello era realmente cómico.

Finalmente, consiguió ducharse y lavarse el pelo, sacando el brazo escayolado por la mampara. Se en contraba limpia, fresca y olía muy bien. Estaba mucho mejor, sobre todo, porque lo había hecho ella sola.

Animada por el éxito obtenido, decidió secarse con el albornoz, en vez de rozar sus costillas con una toalla. Lo único que no pudo conseguir fue anudar el cinturón del albornoz. Al fin y al cabo aquello era algo sin im portancia comparado con los obstáculos que había teni do que salvar. Por eso, tal cual, fue al dormitorio a por una toalla para secarse la cabeza. De pronto, se quedó clavada en mitad de la habitación.

— ¡Oh!

La exclamación la había dejado sin respiración. Ha bía hecho que el hombre diera media vuelta y la divisa ra de frente. Durante unos instantes interminables, nin guno de los dos se movió.

Entonces el hombre habló.

— ¡Por Dios santo! No tienes por qué sobresaltarte al verme llegar. No voy a violarte. Aunque no estaría mal que te cerraras el albornoz.

Bella se quedó mirando la prenda y se deshizo de la toalla para tratar de unir desesperadamente los dos frentes de la prenda. Finalmente, los sujetó con la mu ñeca escayolada.

—¿Nunca te han dicho que antes de entrar hay que llamar a la puerta? —le preguntó ella, llena de malestar.

—He llamado —contestó Edward—, pero como no he recibido contestación he pasado pensando que tal vez estabas durmiendo.

—Pues todavía mejor... —comentó bella—. ¿No te parece impropio entrar en la habitación de una invi tada cuando está durmiendo?

Si la intención de bella era hacerle sentirse incó modo, no lo consiguió. Lo que hizo Edward fue alzar arrogantemente la cabeza y mirarla como si fuera ella quien tuviera que excusarse.

Luego él lanzó un suspiro lleno de impaciencia.

—Todo esto es tan estúpido —murmuró Edward, mientras se acercaba lentamente hacia ella. Bella retrocedió con cautela. — ¡Ya basta! —exclamó él, tomando los dos cabos del cinturón del albornoz y tirando de ellos firmemen te, para hacerla avanzar.

Luego la mantuvo paralizada y se quedó observán dola con la mirada turbia.

Bella concluyó que estaba lleno de cólera. Pero ha bía algo más tras aquella expresión que había consegui do alterarla con tanta evidencia, sin saber por qué.

A continuación, Edward se inclinó sobre ella. Bella pensó que la iba a besar y esbozó una protesta al mismo tiempo que el corazón se le aceleraba.

Lo que había hecho era hacerle un nudo al cinturón. Bella se sentía como si estuviera participando en una carrera de alta velocidad, y hubiera perdido el control de sus emociones. En vez de sentirse ligera y etérea, de pronto se sintió mareada y muy relajada.

Fue entonces cuando él la besó.

Y ella no hizo nada por evitarlo. La sensación de dejadez que había experimentado, le había impedido defenderse. De ese modo, las bocas de ambos se habían unido con una precisión que la había dejado sin aliento.

Unos labios suaves, cálidos y experimentados se habían fusionado con los de bella. Sus ojos castaños lle nos de sorpresa se habían adentrado en el profundo abismo verde de los del hombre. Ella no pudo evitar sumergir todo su ser en aquel pozo insondable.

Luego, Edward se fue. Del mismo modo abrupto que había iniciado el contacto, se retiró.

—Ahora si que tienes que tener miedo —dijo él, y se dirigió a grandes zancadas al otro lado de la habita ción.

Se hizo un profundo silencio.

Ella estaba atónita y él todavía furioso.

Porque, era obvio que lo que había impulsado a Edward a besarla era la cólera. Bella era consciente de ello. Había sido un beso para castigarla, no para atemo rizarla. Ya le había advertido varias veces a lo largo del día que él solía reaccionar mal antes los desafíos.

—Si vuelves a hacer eso, te sacaré los ojos —dijo ella temblorosamente.

—¿Antes o después de exponer tu cuerpo a la vista?

Bella pensó que aquel hombre era el mismo diablo. Si no le temblaran tanto las piernas le sacaría los ojos en ese mismo instante.

A continuación, bella se quedó pensando en la sensación que le había producido aquella mirada pro funda y oscura. Se estremeció. No quería volver a caer en la trampa nunca más.

Entonces ella se puso a mirar a su alrededor, tratan do de recordar lo que estaba haciendo cuando él la sor prendió.

Vio la toalla tirada en la moqueta azul, y compren dió que la había usado para secarse el pelo. Sabiendo que el hecho de recogerla estaba más allá de sus posibi lidades, la dejó en el suelo. Se dirigió hacia el tocador donde había divisado antes un cepillo.

Edward estaba dándole la espalda, junto a un bello mueble que ocultaba una televisión y un sofisticado equipo de música.

Bella pensó que no faltaba de nada en aquella habi tación y comenzó a cepillarse el pelo.

—¿Para qué has venido? —le preguntó ella ponien do fin a tanto silencio—. Supongo que tendrás algún motivo para estar aquí.

Él se dio la vuelta, mostrándose distante, como un hombre en lo alto de una montaña. Bella sonrió ante lo absurdo de la imagen.

Era evidente que Edward no tenía la intención de disculparse. Entonces, bella sonrió una vez más.

Edward lo vio y frunció el ceño. Aquella reacción era algo parecido al sonrojo en las mujeres. Fascinada por aquel descubrimiento, bella se fijó aún más en su expresión mientras trataba de guardar la compostura.

Siendo consciente de lo que estaba ocurriendo, Edward dio un suspiro.

—¿Cómo van las costillas? —le preguntó a su invi tada.

bella notó como cambiaba de tema, y le contestó.

—Me duelen.

—¿Y la muñeca? —prosiguió Edward.

—También —respondió ella con una mueca.

—Entonces, quizá esto te sirva de algo —adujo él, mostrándole un bote de analgésicos—. Venía a traérte los.

Se giró hacia el mueble de la televisión y depositó allí el medicamento.

—¿Dónde está tu cabestrillo? —continuó diciendo Edward

—Lo he debido de dejar en el cuarto de baño — contestó bella, dejando el cepillo y poniendo en una posición más cómoda la escayola con la mano sana. Sin decir una palabra, Edward se dirigió hacia el aseo, con el semblante lleno de dignidad. Volvió al dor mitorio con una versión moderna de lo que es un ca bestrillo.

—¿Puedo ponértelo? —preguntó el hombre no sin cierto sarcasmo.

Ella asintió y él se le acercó. Bella estaba sentada en el tocador y Edward le puso el cabestrillo alrededor del cuello.

—Ni siquiera te has mojado la escayola —comentó el hombre.

—Es que soy una chica muy lista —repuso bella.

—Pero en algunas ocasiones puedes ser ingenua e imprudente.

—¿Cómo te atreves a hacer comentarios sobre mí si solo me conoces de un día? —le preguntó bella, ha ciendo una mueca de dolor y lanzando un gemido mientras él le colocaba la mano herida en el cabestrillo.

Luego, Edward alzó la mirada. La miró con aque llos ojos penetrantes y claros y tan peligrosos. Pero no estaba enfadado, sino preocupado.

—¿Cuánto te duele exactamente? —le preguntó a bella.

Ella habría contestado que mucho pero dio una res puesta más comedida.

—Un poco.

A continuación, bella no pudo evitar estremecerse.

La furia se apoderó del hombre.

—¿Dónde te duele? Dime la verdad.

—Por todas partes —confesó finalmente ella, con lágrimas en los ojos.

Maldiciendo levemente, bella se fue al cuarto de baño y trajo un vaso lleno de agua. Tomó los analgésicos y abrió el frasco. Sacó dos cápsulas y se las ofreció en silencio a bella, que se las tomó con un sorbo de agua.

Una lágrima estaba resbalando por su mejilla. Iba a limpiársela, pero Edward se anticipó secándosela con el pulgar, mientras rodeaba la cabeza de bella con sus brazos.

Y lo peor de todo era que ella deseaba estar entre esos cálidos brazos y sollozar a gusto, apoyando la frente contra su pecho.

— ¡Ni siquiera puedo ponerme en pie! —confesó bella desesperadamente—. Tengo todos los huesos rí gidos.

Entonces, Edward la hizo levantarse y la abrazó. Aunque aquello le dolió terriblemente, a Bella no le importó.

—Soy un ser de lo más patético —prosiguió ella, sollozando.

Edward la condujo hacia la cama.

—Estás herida y en estado de conmoción —dijo él—. Además, estás agotada: lo que quiere decir que tienes derecho a ser patética.

Ante ese comentario, bella dejó de llorar y se puso a reír.

Con mucho cuidado, Edward la extendió en la cama y la tapo con el edredón. Aunque todavía estaba serio, a bella le agradó ver su rostro.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó ella súbita mente.

Él permaneció en calma como tomando fuerza para responder. La miró a los ojos e hizo una mueca.

—Soy muy mayor... Ahora, descansa y deja que te hagan efecto los analgésicos. Cenaremos dentro de dos horas. Para entonces, Alice ya habrá traído tus cosas. Puedes cenar conmigo o sola en tu habitación, como prefieras.

Cuando terminó de hablar, se marchó. Era como si se hubiera apagado una hoguera de pronto. Aunque, bella tampoco sabía por qué comparaba a aquel hom bre tan frío con una hoguera.


Bueno aquí esta el cap que había prometido, gracias por los comentarios en el cap anterior.

Y una pregunta ¿debí haber dejado hasta le escena del beso o esta bien que la hubiera continuado?

Agradeceria que alguien me respondiera eso, por que me queda la sensación que arruine un poco el cap, pero como se supone que tenia que ser largo, bue uds entienden.

Bue xau xau

Ale

Pd: grax por los rewiew

ale