Bella bajó a cenar al comedor.
Por una parte, por que no quería ser una molestia para aquella gente. Y por otra, porque estaba deseando ver a Melanie. Esme se había encargado de darle el biberón y de bañarla mientras su hija desempaquetaba las cosas de Bella. Esta decidió ponerse unos vaqueros y una camiseta am plia de color negro, lo suficientemente cómoda como para que no le molestara la escayola al ponérsela.
Alice la guió hasta el salón: estaba decorado en to nos verdosos y dorados. En la chimenea había otro fue go encendido y sonaba música clásica.
Allí estaba Edward, vestido con una camisa azul pálido y unos pantalones de color gris que le sentaban de maravilla. Pero lo que más le sorprendió a bella fue que tenía a Melanie en brazos.
—Tienes mejor aspecto —le dijo él a su invitada.
—Sí, me encuentro mejor —asintió ella, mirándolo a los ojos.
De pronto, se acordó del beso que le había dado él hacía unos instantes. Bella tuvo que desviar la mirada porque se estaba sonrojando.
—¿Qué tal se ha portado? —preguntó la invitada con cierta ansiedad.
—Como un ángel, según me ha dicho Esme, que está loca con el bebé —respondió Edward—. Y no la culpo por ello.
Bella se dio cuenta de que estaba siendo sincero, viendo cómo miraba a la niña.
—Está despierta —repuso Edward—. ¿Quieres to marla en brazos?
—Oh, sí, por favor —contestó Bella.
Solo ella podía saber lo que significaba volver a te ner a Melanie a su lado. Desde que había muerto su madre, no se había separado de ella ni un momento.
—Si te sientas y te pones cómoda la puedes poner en tu regazo —le sugirió Edward.
Bella no se lo pensó dos veces. Se instaló en una elegante butaca y tomó al bebé.
En cuanto Melanie reconoció a Bella su boca dimi nuta esbozó una sonrisa.
—Te ha reconocido —dijo Edward asombrado.
—Por supuesto, soy su madre adoptiva —adujo bella—. ¿No es cierto, pequeña?
Entonces, olvidando por completo a Edward Cullen, la invitada se dedicó a jugar con el bebé, mientras la niña seguía los juegos de su hermana ma yor atentamente.
La cena fue muy agradable. No fue nada especial: consistió en arroz blanco con tiras de pollo frito. Bella fue perfectamente capaz de comerlo utilizando solo una mano.
Edward tomó vino de color rojo oscuro, pero bella prefirió beber agua. Charlaron tranquilamente. Mejor dicho, charló ella largo y tendido sobre su vida, anima da por las preguntas que le formulaba su acompañante.
Terminaron de cenar y bella no quiso tomar postre. Ambos se instalaron en el salón. Fue entonces cuando le formuló a Edward la pregunta que había tenido en la punta de la lengua todo el día.
¿Solo habían estado juntos un día? Ante tal consta tación, bella se quedó sorprendida. Le daba la sensa ción de que había convivido con aquel enigmático des conocido toda una vida.
—¿Por qué mandaste a mi tía al extranjero? —le in terrogó ella.
Sentado en una de las butacas, Edward jugó distraídamente con la copa de vino que tenía en la mano, mientras estudiaba el semblante de bella.
—Estaba muy unida a ti y a tu madre, ¿verdad? — dijo él, evitando la contestación con una nueva pregun ta.
Sin embargo, bella le respondió.
—Nunca se llevaron bien. Mi madre era...
Bella temió emitir una crítica hacia aquella persona a quien adoraba, pero lo cierto era que se trataba de algo de dominio público.
—... un poco frivola —prosiguió ella—. La tía Laura era la hermana mayor: mucho más fuerte... y mucho menos guapa. La gente estaba deseosa de mi mar a mi madre.
Bella se quedó pensando que incluso ella lo había hecho.
—A la tía Laura le habría gustado ser como mi ma dre —continuó bella—. No obstante, es una feminista convencida con un gran talento para los negocios y sabe utilizarlo.
Edward asintió sin decir una palabra, alentándola a seguir.
—Ella no tiene tiempo para sentimentalismos. La tía Laura piensa que cuando algo va mal hay que solu cionarlo o deshacerse de ello para empezar de nuevo desde cero.
—¿Y en qué parte estáis incluidas Melanie y tú?
—Ella quiere que deje a Melanie en adopción; ex plícame tú a qué categoría corresponde eso —adujo bella cínicamente.
—Deduzco por tu respuesta que todavía no sabes si seguir su consejo o no —repuso Edward.
«¡Qué tipo tan sagaz!», pensó bella, constatando que había dado en el blanco.
—¿Por qué no tratas de contestar a mi pregunta para variar? —le sugirió ella llena de furia—. Dime, ¿por qué la enviaste al extranjero si era evidente que yo la iba a necesitar?
—No necesito contestar a la pregunta —respondió Edward con calma—, porque ya lo has hecho tú por mí.
—¿Qué quieres decir? —continuó bella, fruncien do el ceño.
Esta vez, tampoco mostró mucho interés en respon derla. Ella lo estaba estudiando mientras observaba la copa de vino. Parecía como si estuviese sopesando va rias opciones.
Bella se preguntó cuales serían esas opciones, in mersa en un mar de confusión. ¡Si ni siquiera sabía por qué le estaba leyendo el pensamiento a aquel hombre! Ella estaba esperando a que Edward se pronunciara de alguna manera, llena de ira y frustración.
Entonces fue cuando él le anunció:
—Tengo que hacerte una propuesta-. Y Edward se puso en pie. Estaba claro que ya había tomado una decisión. —Pero, es mejor que pasemos a mi despacho antes de continuar —prosiguió el hombre—. Quiero que es temos a solas y Esme y Alice pueden pasar por el sa lón en cualquier momento.
Dio media vuelta y se introdujo a grandes zancadas en su despacho, esperando que bella lo siguiera. Ella accedió pero se mostró muy tensa, tanto como cuando apenas lo conocía.
Cuando bella le alcanzó estaba en el centro de su estudio, junto a un aparador de roble antiguo. En la su perficie reposaba una bandeja con botellas de licor.
Sin decir una palabra, Edward seleccionó una de ellas y se sirvió una copa.
Era evidente que necesitaba algo más fuerte que el vino para exponerle esa propuesta. Mientras esperaba sus palabras, a bella le palpitó el corazón a toda velo cidad.
—Envié a tu tía al extranjero en viaje de negocios porque quería mantenerla lo más lejos posible de ti — arguyó Edward.
Bella se quedó atónita.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué querrías hacer una cosa así?
Edward no contestó de inmediato. En vez de eso, bebió un sorbo de licor, añadiendo más tensión aún.
Aquella tensión era extraña, estaba henchida de una turbia sensación, que incomodaba hasta al mismo Edward. A Bella le dio la impresión de que a pesar de haber tomado una decisión aún se encontraba luchando consigo mismo
—Tengo un problema personal que puede causarme muchas molestias —dijo finalmente—. No obstante, he encontrado una solución práctica. Pero requiere la pre sencia de una esposa y una hija en mi vida. Ya que te he conocido hoy y he visto como y donde vives, se me ocurre que puedes ser una buena candidata...
—¿Para qué? —preguntó Bella, completamente perdida.
Edward se dedicó a agitar ligeramente la copa de licor haciendo una pequeña mueca de esfuerzo.
—Para ser mí esposa.
Y levantando la vista, y mirándola a los ojos, le dijo:
—Te estoy pidiendo que te cases conmigo, Isabella.
Hola de nuevo:
Si ya se que esta más corta que los caps anteriores, es que quise agregarle algo de suspenso, aun me veo tentada a seguir la parte que le falta a este cap (por que lo dividí en 2) pero no lo haré por que eso las hará estar pendiente de mi fic y así tendré más rewiew (jajajaja (risa malévola) sip. Soy mala jajajaja).
Bue ya cumplí con el cap del día, nos leemos mañana.
Xau xau
Ale.
