TITULO: Dreams
Capitulo: Incidente
Serie: Yu-Gi-Oh!
Resumen: ¿Cuán poderoso es el amor?. La última etapa antes de descubrir el poder de los sueños.
Pairings: S/J
Category: Slash/Yaoi. Angs, Drama, Romance, Humor.
Raiting: PG.
Disclaimer: Yo no poseo a los personajes de Yu-Gi-Oh, pertenecen a sus creadores y respectivos socios comerciales. Esta solo es una historia escrita de fan para fans, sin fines lucrativos.
Lo único mío es la historia y OCC (Personajes originales).
De todas maneras si te gusta la historia y quieres publicarla, te pediría que antes lo consultes conmigo.
CAMPAÑA LE FAY No permitamos que el PLAGIO se lleve nuestro trabajo, así que si conoces una historia Robada, por favor denúnciala a sus respectivos dueños. No es justo que nuestras horas de dedicación se vayan a la basura y se vean inmiscuidas en una total falta de respeto para el Autor y los lectores. Entre más luchemos, más saldremos adelante. ALZA LA VOZ, NO TE QUEDES CALLADO ANTE EL PLAGIO.
Tiempo: En calidad de Universo Alterno.
Lugar: Japón
FEEDBACK: Bien, aquí vamos en tiempo presente al fin. Ojala que las cosas salgan bien.
Habían pasado varios meses desde el sepelio de Serenity Kaiba. Todos habían tratado de seguir con su vida, en especial aquellos que se habían encariñado con la fallecida muchacha.
Pero siempre hay dolor en el corazón y por más sonrisas que se quieran aparentar, siempre existe un tras fondo.
-Por favor, Naya, ¿podrías pasarme eso?.
La muchacha asintió, extendiéndole el pañal que su compañero pedía.
Joey sonrió a la chica en agradecimiento y después miró al bebé que lo seguía muy de cerca con sus grandes y expresivos ojitos.
-Muy bien, señorito Mokuba, ¿va a dejarse cambiar el pañal por las buenas, ¿o tendré que usar la fuerza?.
Por toda respuesta obtuvo una brillante carcajada por parte del "acusado" quien se movía con bastante ligereza y diversión.
-Muy bien, señorito Mokuba, usted se lo buscó. Acuñó Joey y tan rápido como nadie dirigió una de sus manos a los piecesitos desnudos del niño y aplicó sus amplios conocimientos del cuerpo humano sobre el infante, quien al sentir cosquillas rió aun más que antes.
Esa fue la batalla sin cuartel que la niñera observó entre divertida y curiosa.
Desde que su señora había muerto, Joey se hacía cargo de muchas cosas, entre ellas del bebé.
Aun la seguían necesitando. Era bueno que una mano femenina llevara a cabo ciertas cosas, pero esa unión del joven Wheeler y Mokuba era algo que jamás se habría imaginado.
Naya pensaba que de aquella primera impresión que tuvo hacía Joey, nada quedaba. Ahora el rubio se consagraba en cuerpo y alma al bebé Kaiba y se le veía realmente feliz al hacerlo.
Le gustaba ese cambio, sobre todo porque Mokuba jamás había estado tan feliz en el tiempo que llevaba de vida.
Cuando la contrataron, a escasos días de que el niño naciera, observó mucha desolación en los rostros de sus patrones, así como en el bebé. Que aunque reía, podía notarse una leve tristeza cubrir sus ojitos.
Pero todo había dado un giro con Joey en la casa. Todo había cambiado de cierta manera, incluso ella sonreía más.
Era como si el rubio hubiera llevado un pedazo de sol que lo iluminaba todo y a todos.
Realmente ese muchacho era irremplazable.
-Bien, ¡TE GANÉ!. Gritó triunfal Joey, cuando elevó a Mokuba, quien obstinado había estado evitando que le pusieran el pañal.-¿Creíste que me ibas a ganar?. Pues déjame decirte que no fue así, pequeño diablillo.
Mokuba rió más fuerte si era posible y Joey lo abrazó contra su pecho mientras sonreía.
El pequeñín había crecido bastante esos meses, pero todo era bueno. Mokuba se encontraba sano y feliz, y esas eran las noticias que valían la pena.
-Bien, ahora solo falta ponerte la ropa y habremos terminado.
-Si gusta yo puedo hacerlo. Se ofreció la niñera y Joey le sonrió bastante agradecido. Quien dijera que criar niños era cosa sencilla, realmente no conocía el ímpetu de Mokuba Kaiba. Era como tratar con cinco niños a la vez.
-Y tan chiquito. Suspiró el rubio, sentándose en la mecedora.
Naya le sonrió un poco apenada mientras hacía su labor.
Mientras eso sucedía Joey la observó.
La chica era alguien muy diestra en su trabajo, y se preguntó si él había adquirido la experiencia necesaria para hacerse cargo de su sobrino.
Ciertamente todo había cambiado con la muerte de su hermana, y aunque habría querido mudarse de esa casa, simplemente no había podido hacerlo pues había hecho una promesa y debía cumplirla así le costara la misma vida.
Suspiró de nuevo. Era agotador permanecer ahí. Con la tensión siempre a flor de piel, y los recuerdos que en esos meses se habían hecho tan vividos, al grado de llorar cuando ya todas sus lágrimas se habían secado.
Era una misión difícil, muy difícil, pero debía cumplirla porque así se lo había prometido a su hermana en su lecho de muerte.
-Además, ¿qué me queda ya?. Se preguntó, sabiendo que lo más difícil de todo eso era el trato con su "cuñado".
Siempre de pelea en pelea. De sarcasmo en sarcasmo, de tratar de conversar de algo y salir heridos, ya fuera por una mirada o una palabra en concreto.
Ambos estaban lastimados. Mucho, pero la vida era así y todo lo que les restaba era seguir adelante. Nada más.
-Hoy vendrá "la señora". Interrumpió la niñera, cuando ya le mostraba a un Mokuba totalmente vestido.
-Ah. Murmuró el rubio, sabiendo a que "señora" se estaba refiriendo.
-No es mi intención inmiscuirme pero…¿no se lleva bien con su madre, verdad?.
Joey sonrió de lado.
-¿Tan evidente es?.
La chica asintió. En los meses que llevaba el rubio en esa casa, "la señora" se había presentado con bastante frecuencia y en todas esas veces Joey había preferido salir de la casa o simplemente no salir de su habitación.
La tensión entre madre e hijo era mucha y Naya podía intuir que ninguno era del agrado del otro.
-¿Desea que me haga cargo de todo como siempre?.
-Te besaría los pies si lo haces.
La chica rió, entregándole el bebé a su tío, quien le acarició la mejilla cuando lo tuvo entre sus brazos.
-No dejes que esa mujer te contagie su locura. Solo dale por su lado y asunto resulto. Aconsejó sabiamente el muchacho, y Mokuba simplemente sonrió.
Mientras su madre estaba en casa, él aprovecharía y saldría un rato. Le hacía falta pensar y sobre todo conseguir algún empleo. El dinero ahorrado se estaba terminando y él se negaba a subsistir del capital de Kaiba.
Por ello acudiría a sus amigos, Gabriel tal vez le ayudaría un poco.
-¿Regresará temprano?. Inquirió el mayordomo cuando ya partía.
-Intentaré hacerlo. No estoy seguro de a que hora mi madre se irá.
-Descuide. Sonrió el hombre.-La puerta de servicio siempre está abierta.
Buen punto, señaló Joey y con un asentimiento de cabeza partió.
Le hacía falta salir y desahogarse. Él era quien prácticamente llevaba el manejo de la casa aunque no le correspondía, pero tratar de hablarlo con Kaiba era simplemente asunto perdido. Por ello lo hacía, llevándose en el proceso varias amistades.
Sintió el viento helado recorrerle la piel y respiró profundo antes de encender un cigarrillo.
Ya no fumaba demasiado. Lo hacía más por Mokuba que por querer dejarlo. Pero de vez en cuando era bueno recordarse que era la trigésima segunda vez que lo "dejaba" y que en cualquier momento podía hacerlo de verdad.
Pero era lo único que lograba relajarlo. Aun su corazón se encontraba triste por la pérdida de su hermana. En ocasiones la soñaba. En otras simplemente la recordaba y el resto del tiempo se preguntaba el porqué había muerto cuando le quedaba tanto que vivir.
Preguntas que jamás tendrían respuestas, pero que al menos le servían para no pensar en cierto hombre que no dejaría jamás de rondarle el pensamiento.
Apartó las manos del teclado y se reclinó un poco en la silla.
Estaba cansado. Llevaba toda la semana trabajando en ese nuevo proyecto digital y no pararía hasta terminarlo.
Aunque sabía que su cuerpo le pedía a gritos un momento de relajación, no podía darse el lujo de obsequiarlo.
Necesitaba trabajar, mantenerse ocupado y lejos de todo pensamiento y recuerdo que pudiera rondarle la cabeza. Justo como "esos" que lo asaltaban de vez en cuando desde que su esposa había muerto.
Se quitó las gafas y restregó sus ojos sin delicadeza.
Tenía tiempo sin dormir bien y aunque nunca se quejaba, realmente había un momento dónde el organismo decía: Basta.
Ese momento estaba llegando y al menos esperaba que fuera cuando su proyecto estuviera finalizado.
Ya después se haría cargo de la rueda de prensa, de las presentaciones y de los socios. Eso por el momento era irrelevante.
Con un poco de torpeza se incorporó, estirando sus miembros entumecidos.
Se acercó a su mini bar y tomó el vaso de agua que por la mañana había servido sin siquiera tocarlo.
El agua fría siempre había sido una buena salida a sus malestares y en ese momento no hubo excepciones.
Bebió un trago largo y después se acercó al ventanal.
La ciudad lucía como siempre: Movida.
Nada difería nunca, igual que él.
-Si pudiera, sentiría tristeza por mí. Pronunció en voz alta, volviendo a beber.-Un hombre inmensamente rico y poderoso a merced de la soledad. Ja, que ironía. Medio sonrió y tras el reflejo en la ventana pudo observar la expresión de un hombre cansado ya de la vida, pese a la corta edad que tenía.
Un hombre que había vivido más tragos amargos juntos que todos los que habían asaltado a la humanidad.
Un hombre arto de todo, incluso de la vida, que debía actuar de una manera recta para no ir en contra del protocolo.
Se sentía infeliz.
Ciertamente le causó gracia el calificativo, pero al fin de cuentas no era algo de lo que se quejara con frecuencia, a pesar de ser tan palpable.
Ser Infeliz era el estigma con el que había nacido y sospechaba que tendría que vivir con él por el resto de su vida.
¿Qué motivaciones tenía en esos momentos?.
Fue lo que su reflejo quiso saber con curiosidad. Y él, enigmático empresario y genio, no supo responder con la agilidad que lo caracterizaba.
Se tomó su tiempo mientras miraba a los autos y personas circular por la calle. Mientras los miraba vivir su vida desde aquel imperio que había ido acrecentando con el paso del tiempo.
Cualquier otra persona en su lugar se habría sentido magnánimo y dueño del universo. Pero a esas alturas, dónde la vida había jugado ya muchas de sus cartas, ya no podía pensar así.
Tal vez alguna vez hubo pensado de esa manera.
Tal vez alguna vez se sentido poderoso y grande entre los grandes.
Pero ya no más.
-Abrir cajones es más interesante que eso. Respondió de repente, sonriendo tan irónicamente como siempre lo había hecho.
Eso era algo que jamás cambiaría en él.
Pero volviendo a su pregunta, tenía que confesar que no tenía ya motivos palpables para continuar viviendo.
Tal vez su hijo era el único que lo sostenía aun sobre la cuerda. Su amado hijo, la pequeña luz que había abierto entre su oscuridad.
El ser que más amaba en ese mundo.
Solo él. Algo más, no creía que existiera.
Todos los sueños, forjados alguna vez, habían sido destruidos uno por uno. Quedando al final solo un cúmulo de recuerdos, de los cuales ya no sabía si reír, mofarse o escapar.
Cualquiera que fuera la decisión le era indiferente, sin embargo sabía que esas memorias lo dejaban vulnerable y eso era algo que no se podía dar el lujo de mostrar. No de nuevo.
-Lo hice una vez y todo lo que conseguí fue una herida del tamaño del mundo.
¿Por qué me dieron la vida si iba a vivir de esta manera?.
Reclamó a sus padres, mientras sus ojos buscaban la respuesta en el cielo, en la tierra, en el mar o en dónde fuera que sus progenitores se encontraran.
A esas alturas solo veía la existencia como una porquería.
Suspiró, no tenía el caso reclamar estupideces.
Así pues se giró y regresó a su trabajo. Tal vez si laboraba más duro, podría despegarse de ese cursi sentimentalismo que lo había invadido desde que Serenity se había marchado.
Ciertamente tenía que reconocer que la mansión no era la misma sin ella.
Todo había cambiado. La muchacha había llenado de un podo de vida ese lúgubre lugar y ahora que ya no estaba, se resentía su ausencia.
Pero tenían que salir adelante, sobre todo por Mokuba. Él necesitaba de un padre fuerte, capaz de obsequiarle el mundo entero.
Y aunque su madre ya no estuviera, con él sería suficiente.
-No seré como Gozaburo. Jamás. Objetó, sabiéndolo desde siempre.-Yo no trataré a mi hijo con ese desprecio con el que tú nos trataste a nosotros. Jamás permitiré que sufra. Nunca. Murmuró, evocando su difícil infancia.
Él necesitaba seguir adelante por Mokuba. Lo necesitaba, porque su hijo era la única razón de existir fiable que tenía.
-Y tal vez la única que tendré.
No quiso pensar más, así pues regresó a lo suyo, o eso pretendió.
-Señor Kaiba. Llamó su secretaria por el intercomunicador.-La señorita Kizakuya por la línea seis.
El castaño tomó la llamada casi en el acto.
Lo que necesitaba era distraerse un poco. ¿Y qué mejor que con esa mujer?.
-Hola, querido. Espero no interrumpirte. La voz cantarina de la peliblanca se escuchó en cuanto descolgó el auricular.
-Solo lo necesario. Fue la franca respuesta del ojiazul, descansando su cabeza en el respaldo.
-Te escuchas cansado. ¿Algo malo que deba saber?.
-Nada importante.
-Al parecer la prensa ha decidido dejarte tranquilo, ¿no es así?.
Kaiba asintió.
Desde que su esposa había muerto que recibía un número considerable de llamadas al día; la prensa estaba interesada en entrevistas.
Kaiba había tolerado todo con bastante paciencia, pero no había sido hasta que Kisara había puesto un alto a ese acoso, que los medios habían dejado de fastidiar al cabeza de los Kaiba.
La diseñadora había tenido mucha razón en mandar al cuerno a los reporteros. En ocasiones a la prensa se le olvidaba lo que era el dolor de los demás.
-Realmente te escuchas patético, Seto. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?. Inquirió la muchacha.
-Lo sé. Medió rió el genio.-Todo yo soy una patética masa de estupidez. Realmente no se si voy a enfermarme o es el estrés del maldito trabajo.
La diseñadora guardó un momento de silencio mientras la risita histérica del ojiazul hacía acto de presencia.
Todo se escuchaba bastante mal.
-Te veo en veinte minutos en el café de siempre. Realmente no te escuchas muy bien.
