Este cap va dedicado a 95 que estubo de cumple el jueves, (los 2 anteriores tambien van dedicados a ti, pero este es el que queria que leyeras) espero que te guste.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
Pero no era para alegrarse. Victoria no era agrada ble y Edward no estaba siendo agradable tampoco. El aire griego se había vuelto gélido y Bella sintió un es calofrío al ver que la mujer se acercaba a ellos.
Era realmente bella. Era alta y delgada, y tenía el ca bello rojizo. Debía de tener unos treinta años. Lle vaba un traje de seda azul y se movía con gracia y ele gancia. En su forma de caminar se veían reflejados el dinero, la clase y la certeza de sentirse alguien especial.
No obstante, lo que tenía cautivada a Bella era su mirada. Si los ojos de Edward podían recordarle a ve ces a trozos de hielo verdes, los de aquella mujer eran de color gris plata.
La nuca de Bella se vio acogida por el mullido contacto de un hombro y notó como su cintura era en trelazada por los dedos de Edward. Ella no llegó a plantearse la idea de soltarse ni un solo momento. Los ojos de plata de aquella mujer estaban clavados en ella.
¿Acaso era un miembro de la familia? ¿Viviría allí?
«Espero que no», pensó Bella con un escalofrío.
—Bella, te presento a mi cuñada Victoria...
¿Su cuñada? Bella lo fulminó con la mirada. Esta ba segura de que Edward le había dicho que era el úni co nieto de la familia.
—Soy viuda —repuso la propia Victoria, aclaran do el enigma, sin ser consciente de ello.
Sin embargo, a Bella no le gustó el tono en que lo dijo.
—¿Acaso soy la primera en darte la bienvenida a tu nuevo hogar? —preguntó Victoria con gracia.
—Sí, y te lo agradezco —dijo Bella educadamente.
Victoria extendió su mano alargada y pálida y la de Bella empezó a temblar pensando en el contacto entre ambas.
Pero súbitamente, el contacto fue evitado cuando Victoria descubrió que Bella llevaba el brazo dere cho en cabestrillo.
—Oh, estás herida —observó ella empleando un in glés excelente aunque con un ligero acento. Bella sonrió afectadamente.
—Tuve un accidente —adujo sin más—. Por eso, me temo que no podré...
La mano de Victoria vaciló unos instantes y luego cayó.
Como desviando la atención, Melanie emitió un ge mido que resonó en el ambiente claramente enrarecido. Los ojos de Victoria pasaron de los de Bella a la pe queña, en un silencio suficientemente explícito.
—Se parece a ti, Edward —dijo, emplean do, no obstante, un tono despreocupado.
—Es que es mi hija —explicó el hombre, con el mismo aire desenfadado—. ¿Qué esperabas?
No hubo respuesta, y el silencio se hizo palpable de nuevo.
Luego, Victoria pidió disculpas y se fue hacia otro lado de la casa, moviéndose con elegancia.
— ¡Santo cielo! —exclamó Bella, aliviada por su ausencia—. ¿Qué le ocurre a esa mujer?
Durante unos instantes, Edward no contestó dedi cándose a seguir con la mirada a Tania.
A continuación, el hombre lanzó una carcajada que dejó atónita a Bella.
—Acabas de conocer a la mujer con la cual mi fami lia desearía que me casara —dijo Edward secamente.
—¿La viuda de tu hermano? —preguntó Bella sin dar crédito a sus palabras.
Los ojos de Edward se encontraron con los de Bella, poniéndole a esta los pelos de punta. Aquella mira da verde le producía siempre la misma reacción, sin poder evitarlo.
—James era mucho mayor que yo —explicó Edward, ajeno aparentemente a las extrañas sensaciones que experimentaba Bella cada vez que lo miraba a los ojos—. La familia piensa que le debo algo a ella, tras heredar por la muerte de su marido.
—Pera eso es algo de otros tiempos —expuso Bella, luchando por concentrarse en la conversación—. ¿Cuándo murió tu hermano?
De nuevo, el semblante de Edward mostró su dolor. Bella empezó a comprender lo que significaba aquella expresión desolada que él adoptaba con frecuencia.
—Hace aproximadamente un año —respondió él.
Por lo tanto, había perdido a su esposa de la que es taba realmente enamorado hacía seis años y a su her mano hacía bien poco...
—Lo siento —murmuró bella.
—Yo también —respondió Edward con una lúgu bre sonrisa—. Lo echo de menos.
—Te comprendo —asintió Bella.
Edward parpadeó con aire de tristeza y Bella, al observarlo, se quedó sin aliento. De pronto, pillándola completamente desprevenida, Edward se inclinó sobre ella y la besó fogosamente en los labios.
Bella, que estaba completamente relajada, entrea brió los labios y se dejó llevar por el impetuoso impul so del beso.
«No necesito mirar estos ojos y sentir lo que estoy sintiendo», se decía ella mientras las lenguas de ambos se entrelazaban haciendo que la sangre corriera ardien do por sus venas. Era algo irresistible. Se trataba del encuentro más apasionado que había vivido ella jamás. Y si, Edward estaba experimentando lo mismo, en tonces no pudo evitar emitir un gemido ahoga do. Bella permanecía con la cabeza apoyada sobre el pecho del hombre que se entregó de lleno en un nuevo beso interminable.
Si no hubiera tenido a Melanie en brazos, se habría arrojado sobre ella como un lobo voraz. A continuación, Edward cambió de postura ligeramente. Deslizó la mano que sujetaba el talle de Bella hacia lo alto de su espalda con tanta ansia y fruición que ambos se vieron sumidos en una vorágine inconmensurable de deseo.
Aquello era una locura, se repetía Bella una y otra vez. Se suponía que no iba a ocurrir nada parecido. Ha bían hecho un trato en el que no había lugar para la in timidad.
Nada de intimidad. Pues si eso no era intimidad, entonces, ¿qué es lo que sería? Aún podía oler el sua ve aroma de su colonia de hombre que la envolvía por completo.
Incluso sus costillas magulladas no se atrevían a quejarse por el contacto con el pecho de Edward. El corazón de Bella palpitaba salvajemente, demasiado ocupado combatiendo el feroz ataque que le estaba in fringiendo el hombre.
Entonces, Edward gimió de nuevo y al cabo de un instante soltó a Bella, que se tambaleó desorientada. Tenía las piernas de plomo y los ojos llenos de niebla. Ella comenzó a dar tumbos alejándose de la terraza.
—¿Dónde vas? —preguntó él con voz ronca, lo que la hizo inmovilizarse.
—No sé... —contestó Bella sinceramente, sin pen sar en lo estúpida que podía resultar.
Ella tuvo ganas de que la tierra se la tragase para no tener que enfrentarse a él.
Aunque sabía muy bien lo que se encontraría, un granuja que se había apropiado de un beso suyo.
Un granuja, que estaba acunando en sus brazos a un bebé... Bella soltó una carcajada que resonó en la quietud de la tarde.
Sin embargo, no actuó como un granuja cuando le dijo:
—Vuelve conmigo, bella. Aquí estás a salvo, crée me...
A salvo, se repitió ella. Entonces de sus ojos brota ron las lágrimas. Se las secó y tomó aire antes de dar media vuelta.
Bella no lo miró a los ojos, porque entonces no pa raría de temblar. Entonces, fue él quien se acercó a ella. Bella se vio inmersa en un mar de deseo que le impi dió articular palabra.
Edward debió de entenderlo y mantuvo el silencio. Ella fue consciente de la facilidad que tenía para leerle el pensamiento.
Aquello la convertía en un ser patéticamente transparente, se dijo a sí misma mientras caminaban los dos a lo largo de la terraza. Trató desesperadamente de sacar algún tema de conversación para hacer como si el beso no hubiera tenido lugar. Y lo encontró cuan do oyó el sonido de un coche que le recordó a Victoria.
—¿Victoria vive en esta casa? —preguntó ella.
—Tiene su propio apartamento en Atenas —contes tó Edward—. Pero viene a ver a mi abuela muy a me nudo. Bella, escúchame...
—Oh, sí —le cortó ella, consciente de que iba a ha cer algún comentario acerca del maldito beso que no querría oír—. Entonces no tendré que estar pendiente de que me apuñale por la espalda.
Juntos se dirigieron hacia una amplia escalera pinta da de blanco con los muros de color crema. Daba a un rellano que tenía una galería. Todo aquello era real mente señorial.
La mente de Bella se paralizó cuando de pronto se vio observada por toda una fila de rostros expectantes y sonrientes.
Ella se preguntó con qué la sorprenderían a conti nuación, mientras se dedicaba a contemplar a los em pleados de la casa. Las mujeres llevaban un uniforme de color rosa y los hombres iban vestidos con pantalo nes oscuros y camisas blancas.
Bella recordó súbitamente los últimos aconteci mientos.
—¿Crees que nos habrán visto? —le preguntó a Edward, muerta de vergüenza.
—Si lo han hecho ya no tendremos que elaborar nuestro plan.
Entonces fue cuando Bella se dio cuenta del signi ficado del beso. Formaba parte de la trama que se había inventado Edward. En realidad, no había sido algo instintivo sino lo más apropiado para hacer como si su unión fuese auténtica.
Se sintió engañada, o peor aún, utilizada.
—Y ahora, ¿podemos terminar con esto de una vez? —preguntó Edward demostrando lo despiadado que podía llegar a ser.
El hombre la instó a caminar con un ligero toque en la espalda. Durante los cinco minutos siguientes, pasa ron revista a toda una serie de rostros que ansiaban ver la cara del bebé que llevaba Edward en brazos.
Sin embargo, Bella solo se fijó en una chica de la edad de Alice que estaba al final de la fila. Dio un paso adelante y le ofreció a Edward tomar el bebé en sus brazos. Mientras Bella permanecía de pie a la vista de todos, el magnate intercambió unas palabras con la chica y le entregó a Melanie.
—No puedo creer que me hayas hecho pasar por esto —exclamó Bella, cuando iban subiendo la escale ra camino del primer rellano.
Fue entonces cuando los empleados se arremolina ron alrededor del bebé para contemplarlo.
—No lo he hecho por ti sino por ellos —adujo Edward—. Es necesario que conozcan a la que va a ser la señora de la casa.
¿La señora de la casa? A Bella casi le dio un sínco pe. Incluso Edward le puso la manó sobre el hombro para calmarla y ella ni se dio cuenta.
— ¡Pero, Edward, no puedo tener a toda esa gente a mis órdenes! —exclamó Bella dándose cuenta de que nombraba al magnate por su nombre por primera vez—Simplemente, no sabré cómo hacerlo.
—Ya te acostumbrarás —murmuró él con indiferen cia.
—Pero no quiero acostumbrarme —respondió Bella, soltándose del hombre que trataba de aplacar su furia.
—Estupendo —contestó Edward—. Entonces será Esme la que lo haga cuando llegue.
Ya había llegado al piso superior y mientras cami naban, Bella se calmó.
Había olvidado a Esme, que según le habían infor mado en Londres dirigía al resto de los empleados. Pensando en ello se sintió aliviada: se llevaba bien con Esme...
Llegaron a una puerta pintada de blanco que daba a sus habitaciones privadas. Estaban decoradas en tonos gris y marfil.
Bella corrió a la ventana para averiguar si era boni ta la vista. Mientras tanto, Edward cruzó el dormitorio enmoquetado y abrió otra puerta.
—Estas son mis habitaciones —dijo él incitándola a pasar—. Pero no hay llave. Por lo tanto tendrás que confiar en mi comportamiento.
¿Cómo podía ser tan insensible para bromear de aquel modo después del maldito beso? Bella le dio la espalda y luego se dirigió hacia otra puerta de las que había en el dormitorio común. Quería saber cuál sería el cuarto del bebé. Pero finalmente descubrió que se trataba de un cuarto de baño.
—¿Dónde va a dormir Melanie? —preguntó ella.
—El cuarto de los niños está en la otra punta de la casa —respondió Edward—. Bueno, te veré más tarde...
Y salió a grandes pasos por la última puerta del dor mitorio que aún no habían abierto. Bella se preguntó qué habría allí. Luego recordó el vestidor de la casa de Londres. ¡Qué ridícula resultaba su ropa entre aquellos armarios!
La puerta se abrió de par en par y Edward la invitó a pasar.
—Entra.
Era un cuarto lleno de estanterías, baldas y rieles repletos de los últimos modelos más exclusivos que cual quier joven de veintiún años ansiaría tener.
Eran prendas muy caras, ropa de diseño y había muchos trajes de noche, pero también ropa informal.
—¿Es para mí? —preguntó Bella asombrada.
—Sí —respondió Edward, observando como ella se llevaba los dedos a la boca.
—No sé qué decir.
—La imagen vale por mil palabras —arguyó él con calma.
—No voy a ser capaz de ponerme una ropa así — adujo Bella, con lágrimas en los ojos.
Sus manos temblorosas se pasearon por el satén y la seda de la ropa de fiesta.
—Inténtalo —la animó Edward.
Pero entonces, Bella fue consciente de lo que esta ba ocurriendo.
—Debes de creer que soy una mercenaria —gruñó ella dando media vuelta.
Edward estaba apoyado contra la pared y la estaba mirando fijamente.
—Creo que eres sencillamente exquisita —contestó él, pasando sus finos dedos por la mejilla sonrosada de Bella. Su mirada era tan insondable que ella se quedó sin aliento.
Luego, Edward se dio media vuelta como ya venía siendo costumbre, deseándole que disfrutara de todo y se marchó haciendo un gesto con la mano.
De ese modo desapareció, saliendo por la puerta que daba a sus habitaciones. Mientras tanto, Bella se había quedado con la mano puesta en la mejilla acari ciada por el hombre, atónita.
Se había quedado pensando en la terrible expresión de los ojos de Edward, antes de separarse de ella.
Le dolió tanto verlo tan triste que Bella tuvo ganas de salir en su búsqueda y abrazarlo, diciéndole que lo quería...
¿Eso era lo que estaba ocurriendo?
«¿Me estoy enamorando de él?», se preguntó Bella desoladamente.
«Me recoge del camino, me lleva a su casa y me da de comer. Cuando me ha librado de un montón de pro blemas serios, llega y me inunda con otro gran montón. ¿Y yo voy y me enamoro de él?»
Bella se dijo a sí misma que Edward la había com prado. Así había sido y por el precio de una gran man sión y un arsenal de ropa de lujo. Aquel ser frío y cal culador no merecía que ella se enamorase de él.
Con la barbilla alzada y los ojos brillantes, Bella decidió que habría guerra... pero al fin y al cabo, solo la hubo en su interior.
Dando marcha atrás, llamó a la puerta de Edward y entró de golpe.
—Quiero hablar con mi tía Laura —le anunció se camente Bella.
Y entonces supo lo que debió de sentir él cuando la encontró en su casa de Londres con el albornoz a me dio cerrar.
Perdón por no subir cap ayer y anteayer, es que ocurrieron un par de cosas q me lo imposibilitaron:
hubo tormenta fortísima, con viento también fuerte
el viento votó la antena de comunicaciones (esa por la que pasan los cables de teléfono, TV cable, Internet, etc.)
y por lo anterior no hubo Internet en casi todo parral (ciudad en donde yo vivo) por que la mayor parte de las personas tienen Internet contratado por la telefónica y como es fue precisamente la que se cayo, bue ya entendieron y no tuvimos Internet hasta ayer.
A 95 que estuvo de cumpleaños el jueves, este cap era tu regalo de cumpleaños, lamento no haberlo subido ese día, pero por lo anterior no se pudo.
Muxas gracias por todos los review recibidos, se agradecen de verdad, y quiero que sepan que los respondería pero no me alcanza el tiempo (y creo que voy a tener que dejar eso de subir cap todos los días, al menos por las prox 2 semanas (la u esta muy pesada) sorry, intentare seguir así pero no les aseguro nada.
Avisos de utilidad publica
Tengo planeado subir un fic mío, cuando termine este, y me preguntaba si alguien quisiera ayudarme con el. Si hay interesadas/os, comunicarse conmigo (por review o por mensaje privado), yo les responderé cuando lo lea.
Grax por su comprensión
Cuidense muxo
Xau xau
Nos leemos pronto
Ale.
