LA SÉPTIMA PLÉYADE.


Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Disclaimmer: Todo el potterverso pertenece a J. K Rowling, sin embargo la trama es mía.


II

SEGUNDO ENCUENTRO.


Habían pasado ocho años desde el momento en que Merope encontró una forma de escape a su vida. Ocho años en los que ella aún conservaba el pañuelo de aquel joven que, tan amablemente, le había prestado con la intención de ayudarla. Era la única persona, después de David, que le había mostrado que podía ser tratada como una persona normal y respetable.

A pesar de sus 16 años Merope aún leía los cuentos que David le daba con la misma fascinación que antes y todavía soñaba con el día en que Tom viniera y la rescatara de aquella terrible choza. No quería abandonar a su padre, era sangre de su sangre, pero ella sabía que podría visitarle cuando Tom y ella se casen. Todas esas fantasías poblaban sus sueños pero, al despertar, sabía que, si se escapaba con Tom, su padre jamás se lo perdonaría aunque confiaba que con el paso del tiempo recapacitase.

Merope lo tiene todo planeado para cuando Tom le pidiera que se escabullera con él y vivieran juntos su aventura.

Dos años después de que la ayudara Tom se fue a un colegio para señoritos muy caro en Big Hangleton. Merope vio aquella marcha con lágrimas en los ojos desde la colina que precedía a su casa. Tras el suceso con los niños y el consiguiente encontronazo con Tom, Merope había espiado a este de lejos, sin acercarse mucho a las casas para no encontrarse con los niños. Había aprendido a diferenciar los tonos que adquiría su cabello según estuviera mojado o seco, le diera el sol o la sombra, y el cariz que tomaban sus ojos negros cuando se reía, estaba enfadado, lloraba, se avergonzaba e, incluso, cuando se burlaba de otros niños. Ella jamás le vio como aquellos niños que la maltrataron porque sus burlas nunca fueron tan crueles.

El año anterior Tom había vuelto, Merope le había visto volver cuando estaba con David en el bosque, recogiendo frutas silvestres. Allí, pudo observar un cambio en su príncipe azul. Había crecido y sus músculos se habían desarrollado hasta darle un aspecto elegante y esbelto. Llevaba el pelo corto, pero no demasiado, y pudo captar el brillo que este desprendía al dar de lleno el sol en él. Su rostro se había endurecido y su mandíbula ahora era más cuadrada y más masculina. Estaba todavía más guapo que antes y Merope sintió que aquel niño que la ayudó se había convertido en un hombre fuerte que podría protegerla de cualquiera que quisiera hacerla daño.

Durante ese año había aprendido que todos los días, al mediodía, Tom daba un paseo a caballo y pasaba cerca de su casa. De esa forma, siempre que podía, y no estaban ni su hermano ni su padre delante, corría a la ventana para observar cómo Tom cabalgaba sobre su imponente corcel. Era un espectáculo que hacía que Merope temblara, cautivada por la belleza del muchacho. Había llegado al punto de idealizarlo como si fuera un dios, inalcanzable, que se fijaría en ella y la haría ser deseada. Muchas veces sufría bajones, cuando se daba cuenta que ella, con lo fea que era, jamás podría estar con alguien como él, pero, normalmente, era la niña que había en ella quien hablaba y quien la incitaba a observarle minuciosamente para que su perfección pudiera ser representada en sueños.

Ella también había crecido; su cuerpo se había desarrollado aunque seguía estando esquelética, sin embargo, su padre le dijo una vez que había heredado las caderas de su madre y que, por ello, daría a luz a hijos con facilidad. Ese comentario hizo que Merope se sintiera guapa porque, por una vez, la habían comparado con su madre, que era muchísimo más guapa que ella. Sin embargo, su padre no volvió a hacer ningún comentario al respecto de su belleza, pero Merope se conformaba con aquel comentario que poblaba su mente cada vez que su padre le pegaba, no así cuando lo hacía su hermano, el cual últimamente lo hacía más por diversión y por molestar que otra cosa. Encontraba fallos allí donde no los había y, sino, los creaba. Pero Merope agachaba la cabeza y soportaba los golpes, consciente de que, si Morfin le pegaba y ella se rebelaba su padre se enteraría y la paliza sería doble. Eso es lo que le hacía aguantar a su hermano. No quería decepcionar a su padre más de lo que ya lo hacía y, por ello, se concentraba mucho a la hora de limpiar, adecentar la casa y cocinar.

Merope se encontraba aquel día recogiendo frutas silvestres y rememorando aquellas lecciones que había aprendido de David sobre ellas. Esa misma tarde, aprovechando que su padre se llevaba a Morfin a enseñarle magia, Merope había quedado con David en verse en el lago del bosque, allí donde Tom le dio su pañuelo a aquella niña afligida.

Unos ruidos de cascos al pisar la recién verdosa hierba le advirtieron de la llegada de alguien. Con el ceño fruncido, se asomó al camino justo a tiempo para ver como Tom pasaba a lomos de un hermoso corcel blanco y con una chica delante de él. Sintió como piedras caían sobre su estómago al darse cuenta de que la chica era una preciosidad: con los cabellos rubios ondulados, la piel nívea y unos ojos azules que relucían divertidos.

Las lágrimas acudieron a sus ojos mas no las dejó escapar ya que le nublarían la vista y sería incapaz de observar a su amado a lo lejos, como siempre hacía, escondida como una simple culebra al acecho.

Tom y la joven se pararon frente a su choza. Merope se dio cuenta que desentonaban en aquel ambiente. Eran tan perfectos comparados con su pequeña y fea casucha, comparados con ella.

—¿Y esta casucha? —preguntó la joven.

—Pertenece a unos muertos de hambre. Mi padre quiso tirarla pero no pertenece a Little Hangleton por lo que no puede hacer nada con ella, ni si quiera demolerla. Cuentan en el pueblo que los que viven ahí están completamente locos —contestó Tom y Merope sintió como el peso de las piedras aumentaba al darse cuenta que él no recordaba a aquella niña a la que ayudó.

—Sinceramente hay que estar loco para vivir ahí. Tu padre habría hecho bien en demolerla, es tan antiestética. —ella y Tom comenzaron a reírse mientras que las lágrimas de Merope resbalaban por sus sucias mejillas arrastrando todo aquello que las manchaba en su camino, lo que las tornó de un tono oscuro.

Cuando notó que la vista comenzaba a nublarse soltó las frutas que tenía amontonadas en el vestido y echó a correr, internándose en el bosque. El crujido de las ramas bajo sus pies desnudos advirtió a Tom de la presencia de alguien por lo que, bajando de su caballo e instando a la joven a que permanezca allí, se adentró en busca del causante del sonido.

Merope corría apartando con violencia las ramas que obstruían su camino mientras frotaba sus ojos para eliminar las lágrimas. Sentía su corazón haciéndose millones de pedacitos mientras corría alejándose de aquel que pensaba jamás le haría daño y era el que le estaba provocando el mayor dolor que ella jamás hubiera sentido. En ese momento, la joven prefería un millón de veces las palizas de Morfin a aquel constante agujero que iba aumentado de tamaño en su pecho. Había perdido las ilusiones y la esperanza de tener un futuro mejor y ahora lo único que veía era un porvenir oscuro y deprimente. Recluida en aquella casucha, casada con su hermano y pariendo sus hijos. Un escalofrío la recorrió nada más pensar en ello. Jamás podría dejar que Morfin la tocara, antes huiría. Sin embargo, poco después se retractó de aquella idea; no podía huir, no podía decepcionar a su padre. Si eso es lo que él esperaba de ella le daría nietos fuertes que perpetúen la familia Gaunt y que recuperen su grandeza. Si no había ninguna otra opción, sino podía encontrar a su Príncipe Azul, ella tendría que complacer a su padre y, por consiguiente, a su hermano, por más asco que le diera.

Se apoyó en un árbol cuando la respiración comenzó a acelerarse. Notaba una presión en el pecho que aumentaba evitando que respirase provocando que inhalara más deprisa luchando por llenar sus pulmones de oxígeno. Las palabras de Tom junto con las palizas de Morfin llenaban su cabeza mientras los temblores comenzaban a invadir su cuerpo. Pronto tuvo que tumbarse en el césped porque no podía soportar su propio peso y las lágrimas empezaron a fluir mucho más rápido, como si algo hubiera presionado un interruptor.

La vista se le nubló y solo oía los insultos de Morfin mezclados con el desprecio palpable en la voz de Tom segundos antes. Intentó relajarse, asustada al no saber lo que le estaba pasando, pero no pudo eliminar aquellos pensamientos de su mente.

Notó como alguien le rozaba el brazo pero no podía enfocar la vista y mucho menos dejar de temblar. Le susurraron algo al oído mas no lo escuchó y notó débilmente como era levantada del suelo. Quiso protestar pero las lágrimas no de fluir y ahogaban cualquier palabra que intentara salir de su boca.

Su corazón galopaba frenéticamente en su pecho embotando todos sus sentidos. Apenas podía parar de temblar y frenar las convulsiones puesto que esto evitaba el avance de aquella persona que la cargaba en brazos.

Percibió la sensación del agua fresca al ser derramada sobre su rostro que la calmó un poco. Pronto pudo volver a controlar su cuerpo como si aquella agua hubiera arrastrado todo lo que estaba haciéndola prisionera minutos antes.

Abrió los ojos dándose cuenta de que veía borroso. El rostro de David fue lo primero que vio. Sus ojos azules la miraban preocupada mientras que tenía el ceño fruncido.

—¿Qué…? —fue a preguntar pero notó la voz ronca y seca.

—Has sufrido un ataque de ansiedad —aquella voz. Merope giró la cabeza rápidamente provocando un fuerte pinchazo en las sienes, pero no lo importó al ver esos ojos castaños que tantas veces había visto de lejos. ¿Qué hacía él aquí?

—Tom te encontró en el suelo temblando antes de que yo llegara. Habías corrido hasta el lugar donde quedamos y sufriste el ataque en ese momento. ¿Estás ya mejor, princesa? —murmuró David con preocupación. Merope asintió mientras notaba como las mejillas se arrebolaban. Tom la había llevado en brazos, la había tocado y no había sentido asco ni repugnancia. Tuvo la urgencia de atusarse el pelo para adecentarse pero se contuvo no queriendo ser demasiado evidente. Tom la miraba fijamente, con una mezcla de curiosidad y culpa que estaba comenzando a hacer que el corazón de Merope volviera a galopar —Iré a por agua, querida, para que te recuperes.

De esta forma, pese al intento de Merope de que no se fuera, David les abandonó mientras renqueaba de nuevo hacia el bosque. Merope vio como este desaparecía entre los árboles a saber Merlín donde pues había agua justo detrás suya, en el lago.

—¿Fuiste tú la que me espiaba hace un rato cuando montaba a caballo? —preguntó Tom a lo que Merope le miró para luego bajar la vista avergonzada. Retorcía el vestido roto entre sus manos mientras que los nervios comenzaban a aflorar. —Tú vives en esa cabaña ¿verdad? ¿Fue…? ¿Lo que dije te provocó la ansiedad? —Merope no respondió sino que un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en las palabras tan crueles que Tom había dirigido hacia su hogar minutos antes—Lo siento, no lo sabía. Es decir, pensaba que los que vivían ahí eran monstruos —Merope derramó una lágrima ante el calificativo—¡No! Espera, déjame explicártelo. Quiero decir que la gente del pueblo dice eso, pero si supieran que ahí vive alguien como tú no lo pensarían. Tú… tú no eres un monstruo.

Merope le miró emocionada al escuchar aquellas palabras de su boca y sintió como los latidos aumentaban. Sus ojos oscuros brillaron mientras una media sonrisa se formaba en sus labios.

—Así está mucho mejor. No quería hacerte pasar este mal trago, de verdad que lo siento mucho. Fui un insensible y un bruto. ¿Aceptas mis disculpas? —Merope asintió a lo que Tom sonrió con una sonrisa que hizo que Merope se quedara sin respiración. Era una sonrisa preciosa que hizo desaparecer el vacío de su pecho dando paso de nuevo a la esperanza de que su Príncipe Azul apareciera y la rescatara. Era una sonrisa preciosa, y era para ella.

Solo para ella.