LA SÉPTIMA PLÉYADE.
Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Disclaimmer: Todo el potterverso pertenece a J. K Rowling, sin embargo la trama es mía.
III
SU PRÍNCIPE AZUL.
Había pasado un año desde que Tom Riddle le sonriera en aquel bosque, un año en que cada día, a cada hora, veía a pasar a Tom a caballo por su zona. Cuando su padre y su hermano no estaban, ella se permitía salir a la puerta y saludarle con la mano mientras pasaba galopando. Nunca más volvió a traer a aquella mujer, algo que le agradaba de sobremanera a Merope. Sin embargo, no todo era del color de rosas. Su padre cada vez se enfadaba con mayor facilidad y las palizas se hacían cada vez más difíciles de soportar, pero, lo peor, era Morfin; cómo la miraba, como si fuera un simple trofeo, como si fuera un simple agujero por dónde meter su pajarito para divertirse. Merope odiaba esas miradas y, cada vez que las veía, desaparecía de la habitación en la que estuviera su hermano.
Su padre muchas veces le había dicho que debía casarse con Morfin y engendrar muchos niños para que la descendencia Gaunt continuara, sin embargo, no era algo a lo que Merope fuera entusiasta. Lo aceptaba y acataba porque su padre lo decía y lo que su padre decía era ley, pero no quería, se negaba y, en secreto, llamaba a voces a su príncipe para que viniera a rescatarla de aquella crueldad.
Salió aquella mañana con la excusa de ir a buscar más frutas silvestres, cosa que haría, pero antes quería ir a ver a David. Necesitaba de su tranquilidad, quería que la reconfortara, sonreír por un momento.
Se dirigió allí dónde siempre quedaban sin que ella tuviera que pisar el pueblo, aún recordaba a los niños crueles, sus palabras, sus insultos, sus actos. No quería volver por allí, no sola, al menos.
Corrió sintiendo la húmeda hierba bajo sus pies, pensando en los zapatos, escondidos en su jergón, que eran un regalo de su amigo. Si su padre o su hermano la hubieran visto salir con ellos habría habido una fuerte discusión preguntando quién se los había dado y porqué aceptaba la limosna de simples y asquerosos muggles. En cierto modo, Merope había aprendido a saber cuál era la reacción de su padre según qué momento, el único que le provocaba incertidumbre porque nunca sabía por dónde iba a saltar era Morfin. Era tan espeluznante. A veces creía que la miraba agazapado, cual serpiente esperando para atacar e inyectar su veneno en su presa.
Merope reprimió un escalofrío cuando llegó por fin a aquel lago donde Tom la ayudó y le pidió disculpas. De solo recordarlo un rubor cubría sus mejillas y una sonrisa inundaba su rostro, una sonrisa mellada pero sincera, una sonrisa que venía del mismo corazón. Allí vio a David arrodillado al lado del lago. Se levantó en cuanto la vio acercarse y la abrazó, depositando dos besos en sus mejillas.
—Princesa, ¿cómo estás? —preguntó mientras rozaba con los dedos el nuevo moratón que cubría su cara. David había aprendido a no sacar a relucir aquel delicado tema, Merope no quería huir de su casa y quedarse con él. No quería abandonar a su padre a pesar del maltrato y David no quería meterse. Recordaba a la madre de Merope cada vez que veía a la chica y cómo ella había sido tan infeliz. Se sentía desesperado al saber que posiblemente, la hija de aquella que fue su amiga viviría la misma situación pero Merope, a diferencia de Ashley, deseaba quedarse en aquella casa de locos, donde cada día significaba un nuevo golpe. En cierto modo admiraba esa fortaleza, esa capacidad todavía para querer ser feliz, para no derrumbarse. Era una chica fuerte y por eso David estaba con ella, apoyándola silenciosamente, compartiendo su dolor, su maltrato.
—Estoy bien —contestó ella sin darle importancia a los golpes, ya casi no sentía el dolor físico, mucho menos cuando pensaba en su príncipe —. ¿Ha habido alguna noticia nueva por el pueblo?
—Si lo que quieres saber es sobre Tom Riddle. No, no ha habido nada nuevo, sigue en su hacienda, montando a caballo, juega a las cartas en la taberna del pueblo, practica caza. Lo de siempre —dijo con una sonrisa David mientras le revolvía los cabellos a la pequeña. Merope desvió la mirada avergonzada de su obviedad pero triste. Quería poder formar parte de la vida de Tom, acompañarle a todos lados, no separarse de él. Sentirse protegida por su sombra, por su amor. Merope se dejó seducir por aquella idea, se imaginó siendo su esposa, teniendo sus hijos, amándolo cada noche y cada día, sintiéndose amada.
Un grito la despertó de su ensoñación. A su lado, el cuerpo de David se convulsionaba mientras Morfin mantenía su cabeza dentro del lago. Merope se levantó asustada, con los ojos completamente abiertos.
—¡Morfin, suéltalo! —gritó lanzándose sobre él pero su hermano de un solo golpe con la mano libre la devolvió al suelo. Su cabeza chocó con una roca y sintió cómo la sangre comenzaba a salir de la herida manchando su frente, mezclándose con la suciedad y empapando su pelo. Intentó levantarse pero se sentía mareada, solo podía oír cómo David intentaba desasirse de Morfin y la risa de este.
Con mucho esfuerzo logró orientar su mirada hacia la escena e intentó levantarse de nuevo pero el mareo la volvió a postrar sobre la hierba. Las lágrimas salían rápidamente de sus ojos empapando la hierba donde se mezclaba con la sangre.
—¿Así que este es tu amiguito muggle? Papá se negaba a creer lo que le decía y mira quién tenía razón —le susurró su hermano en pársel mientras tenía a David, desmayado, agarrado por el suelo —. Alguien debería enseñarte a no mezclarte con sucios muggles. Empezando por éste. Pero no es nada divertido si está inconsciente.
Morfin sacó su varita y despertó a David. Merope lanzaba gritos silenciosos pidiendo piedad a su hermano mentalmente. Sus cuerdas vocales se negaban a sus peticiones y no dejaban escapar ningún sonido mientras ella apretaba y arrancaba trozos de hierba, hundiendo las uñas en el barro. Las lágrimas aún no habían parado de salir, difuminando la vista de Merope.
Vio el brillo de algo metálico y observó cómo Morfin hacía pequeños cortes en la piel de David, cómo este emitía gritos de dolor cuando le arrancaba la piel a tiras.
Merope quiso apartar la mirada cuando sintió ganas de vomitar pero no podía evitar mirar aquellos ojos que eran los únicos que la habían mirado con amor, ver cómo se abrían con pánico, cómo se volvían opacos mientras la vida se escapaba de ellos. Pronto dejó de oír sus gritos y aquel silencio la oprimió como si una mano acabara de coger su corazón y lo estuviera apretando hasta hacerlo sangrar, hasta intentar convertirlo en un amasijo de carne, hasta vaciarlo por completo, convirtiéndola en una máquina.
No vio cómo Morfin tiraba el cuerpo al lago, ni cómo recogió todos los pedazos de piel y los guardaba en el bolsillo aumentado mágicamente. No le interesaba. Tenía los párpados fuertemente apretados intentando calmar el agujero que comenzaba a crearse allí donde debería estar su corazón. Sentía todo el dolor de repente y, por una vez en su vida, deseó que le dieran una paliza, no quería seguir sintiendo aquel dolor tan punzante, prefería el dolor físico, aquel del que podía evadirse fácilmente. Sin embargo, de este no podía evadirse, le dolía hasta la mente, solo podía recordar todos los momentos vividos con David, todas sus sonrisas, abrazos, lágrimas, consejos, la forma en cómo hablaba de su madre, cómo hablaba de una época en la que ella era feliz. Y eso era lo peor, mientras su corazón era arrancado poco a poco sentía que el lazo que había mantenido con su madre a través de David también era arrancado como si estuvieran arrancándole un trozo de piel, como si la despellejaran viva. Así como Morfin había hecho con David. Una oleada de asco la recorrió y volvió a sentir ganas de vomitar.
—Abre los ojos, traidora, quiero que me veas —la voz de Morfin se oía cercana y sintió cómo le asestaba una bofetada. La fuerza del embiste aumentaron el dolor de la herida de la frente lo que, momentáneamente, le dio un respiro a Merope del dolor psíquico, sin embargo este volvió con fuerza —Abre. Los. Ojos.
La voz, afilada como un cuchillo, obligó a Merope a abrir los ojos y ver como la cara de Morfin estaba a escasos centímetros de la suya. Sintió pánico y otra oleada de náuseas la invadió.
—Así mucho mejor —aquella sonrisa tan cruel provocó un escalofrío en Merope. Morfin colocó sus muñecas contra la hierba, por encima de su cabeza, y las sujetó con fuerza. La joven sabía que tanta fuerza le dejaría marcas, pero aquello no era lo que más miedo le daba, no, era la mirada de su hermano, aquella mirada que tantas veces había tenido cuando estaban en casa, esa mirada de la que ahora no podía huir por más que quisiera hacerlo. Eso era lo que le provocaba verdadero terror. Quería removerse, intentar zafarse y echar a correr, pero el cansancio físico y mental, unido al peso de Morfin le impedían hacerlo. Sin embargo, nadie le prohibía huir mentalmente, a pesar de que aquello era bastante difícil porque no podía más que rememorar una y otra vez la muerte de David.
Morfin le subió el vestido sin miramientos, de forma tan brusca que le hizo arañados allí dónde rasgaba la piel junto con la tela. Merope no quería mirarlo, no quería sentir, quería que su alma dejara aquel cuerpo y evadirse, pero no podía hacerlo. Miraba fijamente los ojos de su hermano sin ninguna expresión en su rostro. Mientras oía el sonido de la tela sentía cómo todo su cuerpo se convertía en una masa blanda, carente de dolor, de sentimientos. Sintió como todo su cuerpo le era ajeno y como ella veía toda la escena desde fuera de él.
Cuando sintió cómo su hermano entraba en ella, quiso gritar, gritar de dolor ante la fuerza con que su hermano entró; sin delicadeza, sin pausa, de golpe. Miraba más allá de los ojos de Morfin, miraba fijamente las copas de los árboles, las hojas que se movían al son del aire mientras su hermano entraba una y otra vez. Miraba fijamente a los pájaros volar por encima de las hojas y los envidiaba; envidiaba sus alas, su libertad, su bella voz. Envidiaba su precioso plumaje. Los envidiaba por completo y quería ser cómo ellos, pero no podía, no podía serlo. Tendría que estar atado a su hermano de por vida, recluida en aquella casa en donde tendría que ser el objeto de Morfin.
Aquella manta de hojas verdes la tranquilizaba, la mecía y calmaba de una forma que jamás creyó posible. La ayudaba a olvidarse del peso que su hermano ejercía sobre ella, de la fuerza, del dolor. La hacía olvidar todo y simplemente abandonarse e imaginarse su vida como pájaro.
Pronto, Morfin terminó dentro de ella con un rugido y Merope sintió cómo su líquido la tocaba. Sintió asco pero no lo demostró mientras su hermano se levantaba y la miraba desde arriba. Ella no hizo ningún movimiento, nada, siguió en la misma posición, mirando fijamente los árboles.
—Ahora, le toca a tu amado Tom. ¿Creías que no me daría cuenta? Eres mía, apréndetelo —susurró en su oído. Le dio una patada y se marchó mientras Merope cerraba los ojos y dejaba que una última lágrima resbalara por su mejilla.
En una rama cercana, un pájaro entonaba su canto mientras Morfin se dirigía al pueblo donde podría encontrar a Tom Riddle.
Merope se quedó allí tumbada, con los ojos cerrados, aparentando dormir, mientras la sangre que cubría sus pantorrillas y frente se secaba y creaba costra. No tenía ninguna intención de levantarse. Pero, cuando la luz del atardecer hizo su aparición, logró ponerse en pie, asearse para eliminar toda la sangre y, con el rostro inexpresivo, caminar de vuelta a casa, a su infierno particular.
Ella aún tenía que cuidar de su padre.
CONTINUARÁ.
