"A pesar de las gruesas paredes, tu me encontraste…"

Capitulo 2:

Yamamoto no entendía como había llegado a eso, para empezar, sus manos se habían movido solas. Tomando las muñecas ajenas para detener los movimientos del chico que parecía mucho más que enfadado y no lo culpaba, a duras penas le explicó el porque se encontraba ahí, ya que sus palabras parecieron tropezar una con la otra y ahora, le besaba para que no gritara. Definitivamente, se había vuelto loco.

Sus labios simplemente viajaron hacia la boca entreabierta que le amenazaba con sus gritos y no pudo hacer nada para evitarlo. Todo su cuerpo estaba desconectado. Sus manos no reaccionaron a tiempo. Solo hubiera bastado que estas aflojaran el agarre para que su boca no se hubiera posado sobre los labios ajenos como si fuese algo muy normal y extrañamente, no podía alejarse.

Permanecieron inmóviles, con sus ojos observándose a aquella absurda distancia sin siquiera pestañear, mientras el tiempo transcurría para todos, menos para ellos.

Yamamoto sintió una ola de confusión. Suplicaba, aun a costa de sus propios sentimientos, poder separarse de aquella boca, cuyo sabor era mucho más dulce de lo que hubiera imaginado. El miedo a perder el control lo estaba devorando.

Siempre había sido un despreocupado respecto a todo menos al béisbol, por lo que su propia reacción lo había tomado por sorpresa tanto a el como al perplejo albino que solo lo miraba con sus brillantes ojos verdes hasta que de pronto lo sintió tensarse. Cerró los ojos y esperó realmente agradecido el obvio movimiento que vendría de su parte.

El puñetazo hizo al pelinegro calmarse y el extraño calor interno que sentía crecer velozmente por la proximidad de aquel pálido chico, desparecía. Sonrió llevándose una mano a la zona lastimada, se lo merecía. Observó al peliblanco que se sujetaba la mano ahogando un grito de dolor y su sonrisa se borró.

-¿Estas bien?- Preguntó el moreno, tomando la mano vendada entre las suyas mientras la observaba. El dolor que el otro reflejaba hace solo segundos, se transformó de repente en ira pura y un manotazo hizo a Yamamoto retroceder con las manos en alto.

-¡No te me acerques, bastardo!- Gritó Gokudera. Su herida le había hecho olvidar el hecho de que un extraño había entrado a su cuarto y robado un beso, su maldito primer beso. Daba gracias de que sus ruborizadas mejillas quedaran disimuladas en su enfado. Se limpió con brusquedad la boca con el dorso de su mano, ahora si que maldecía haber golpeado con tanta fuerza la pared del baño. En vez de sentir el dulce, pero que jamás admitiría, sabor ajeno en sus labios, el metálico sabor a sangre llenaba su boca. Chasqueó la lengua al notar como su vendaje se estaba tiñendo de rojo, pero dejó ese pequeño detalle para después. Necesitaba respuestas y en ese minuto no le importaba sacarlas a golpes- ¡¿Quién rayos eres y que diablos haces aquí?! ¡Responde o te mato ahora mis…!- Un sonoro estornudo le auto silenció, llevándose una mano a la cabeza. Apretó los dientes, la frustración aumentaba. Todo era su culpa, el que estuviera tan indefenso era su propia responsabilidad. Se merecía aquella increíble situación dada su estúpida imprudencia. Aquel beso, más que eso, había sido una bofetada en la cara recalcándole lo que se ganaba por su terca actitud.

Frunció el ceño al levantar la vista y notar la amplia sonrisa del intruso. Por alguna razón, por muy furioso que estuviera, la rabia que sentía, se apaciguaba con cada paso que daba el moreno hacia su lado y no entendía el porque. El le había forzado, debería estar ahora amenazándole a gritos que se alejara, pero solo le miraba, fastidiado por su brillante sonrisa, genuinamente dedicada a el.

El estar siempre rodeado de falsa amabilidad le hacia sentirse ridículamente enfadado ante la actitud del pelinegro, que extendía su mano pidiendo la suya. Gokudera resopló comprendiendo que aquel chico era aun más raro que el mismo. Definitivamente solo era un despreocupado que no sabía como demonios había terminado en su habitación cuando afuera estaba la "grandiosa" fiesta y, que de una manera muy estúpida, había evitado que gritara. Lo notó en cuanto le sujetó para que no le golpeara, aunque su agarre era firme, seguía siendo delicado y en ningún segundo dejó de mostrar en su rostro, una ingenuidad e inocencia tan pura que hizo que su corazón dejara de latir por un instante.

-¡Acabas de entrar a mi cuarto como un ladrón y me sujetas como si fueras un maldito pervertido…! ¡¿Qué rayos quieres ahora, idiota?!- Yamamoto se rascó la mejilla con nerviosismo. El albino volvía a recostarse, respirando con pesadez mientras le observaba haciendo una mueca. Ahora entendía el porque no se encontrara en la fiesta y estuviera en cama a esas horas.

-Calma…- Yamamoto no pudo evitar reírse de si mismo, trataba de tranquilizar al otro cuando era el quien necesitaba respirar profundo y no seguir actuando como un tonto.-De verdad siento lo de hace poco…solo quería…- Suspiró frustrado. Posó su mano sobre la frente del peliplata y no le agradó nada la sensación.

- Ya se que tengo fiebre…No es ninguna novedad…- Chistó Gokudera al ver el gesto alarmado del otro.

-Perdón…-Susurró cogiendo la mano herida con sumo cuidado y comenzar a quitar el vendaje manchado.

-¿Qué haces?- Yamamoto alejó su vista de la herida y la posó sobre el dueño de la habitación. Sin poder evitarlo, apretó con un poco mas de fuerza la mano que sujetaba, ganándose otro golpe, pero esta vez con el puño contrario.

- Es mi culpa, déjame que la cure…- Murmuró bajando la mirada.

-No te atrevas…

-¡Pero…!

-¡No te atrevas a volver a tocarme, idiota sin nombre!- Explotó fastidiado antes de sentirse sobrepasado. Sus ojos se cerraban solos, pero los forzaba a mantenerlos bien abiertos. No quería apartar la vista del moreno en frente suyo que de pronto había quedado en completo silencio luego de su grito, mirándole entre sorprendido y aturdido.

-Lo siento…- Habló de pronto Yamamoto mientras reía y se rascaba la cabeza.

-¡¿De que rayos te disculpas ahora?! ¡No te rías bastardo!

-Yamamoto Takeshi.- Gokudera pestañeo un par de veces antes de comprender que decía el otro. El chico se estaba presentando. De pronto recordó una breve conversación. Su abuela le había comentado sobre un ex guardaespaldas, un autentico jefe de seguridad que vivió en el castillo antes de que naciera. Aquel chico se tenía el mismo apellido que aquel hombre.

-¿Yamamoto?- El pelinegro asintió.

-Mi padre trabajó aquí durante su juventud…Vine con el a esta fiesta, pero nos separamos en cuanto puso un pie afuera del auto, sus ex compañeros se lo llevaron tan rápido que no me di cuenta…- Rió.

-Idiota…- Suspiró el peliplata- Ahora entiendo el porque te ves tan diferente…

-Sé que no pertenezco aquí- Interrumpió Yamamoto dejando a un lado su sonrisa- Lo comprendí en el segundo en el que preferí salirme de la fiesta que esta allí abajo, en donde por cierto, ni siquiera esta el festejado…¿No deberían estar riendo y festejando junto a el? No lo entiendo…Por eso quise irme y el balcón estaba un tanto alejado de todas esas personas…

-¡¿Estas diciendo que trepaste hasta aquí como un verdadero idiota solo porque no aguantaste a los bastardos de ahí abajo?!

-No es para tanto, pero algo así…-Respondió - Creí que nadie se perdería la fiesta por lo que nunca pensé que alguna habitación estuviera ocupada. No era mi intención molestarte, pero la puerta estaba cerrada y no pude salir…

Gokudera sonrió de lado. Era la primera vez que escuchaba a alguien desear estar ajeno a una celebración y de una forma estúpidamente honesta. Lo que el tenia que soportar cada día de su vida aquel muchacho no aguantó siquiera una hora. Aquello, por alguna extraña razón, le levantaba los ánimos a pesar de que la brillante sonrisa ajena le colmaba los nervios. Jamás había sentido algo igual, su compañía le irritaba, su amabilidad le confundía y el sentimiento amistoso que transmitía le hacia hervir la sangre, cabreado, pero…lo prefería mil veces a el que a cualquier otro falso que asistía al castillo en busca de algo, porque siempre buscaban algo y ese día era a el a quien anhelaban, como animales desesperados en busca de su presa.

Hizo una ligera mueca mientras se daba cuenta que se había perdido en sus pensamientos en tanto Yamamoto hablaba. Realmente no le culpaba que quisiera escabullirse, el mismo lo habría hecho o más bien ya lo había llevado a cabo, dando como resultado, que la puerta por la que el pelinegro quiso escapar no abriera.

Se llevo una mano a la cabeza. No sabia que era peor, si el ligero dolor de cabeza o las continuas palpitaciones, mezcladas con el ardor que sentía en su mano herida. Necesitaba curarla, pero no tenia las energías necesarias para hacerlo ¿Quién tendría ánimos siquiera para hacer cualquier cosa cuando sabes que tu destino esta asquerosamente sellado? ¿Para que cuidarse cuando sabias que dentro de poco ya no te pertenecerías? Se mordió el labio, era ridículo, sin embargo, esos minutos gritándole a un completo desconocido por culpa de haber irrumpido en su cuarto y actuado estúpidamente, habían tenido un efecto refrescante a pesar de todo.

-¿Puedo?- Gokudera fijó la vista en aquellos ojos miel que ahora le observaban detenidamente. El moreno volvía a sujetarle la mano y su expresión le decía claramente que deseaba curarla. Suspiró resignado, mostrándole al pelinegro, con un gesto de cabeza, donde se encontraba la puerta del baño. Unos minutos después, Yamamoto salía con un botiquín en mano junto a una pequeña toalla empapada que coloco en la frente del albino.

-¿Quién creería que eres un idiota irrumpe cuartos, Yamamoto Takeshi?- Se burló. El japonés solo rió, avergonzado.

-En verdad, lo siento por eso y por…- Yamamoto decidió cambiar de tema al ver como el peliplata fruncía aun mas el ceño.- Por cierto…- Habló una vez termino de colocar el nuevo vendaje.

-¿Ah?- Murmuró el ojiverde sin prestarle completa atención. Miraba su mano, sintiéndose un total estúpido al dañársela de tal forma y para empeorarlo, mostraba su lado más lamentable a otra persona.

El moreno se pasó una mano por el cabello, divertido. Aquel muchacho, aunque complicado, era único y eso le agradaba de sobremanera. Podía decir que se arrepentía de haberlo besado, pero con aquellas palabras venia también un sentimiento amargo porque en realidad, no se arrepentía del todo. Solo había sido un acto reflejo, dedujo que producto de su desesperación al ser descubierto, pero dentro de todo, aquel había sido su primer beso, uno que le estaba costando demasiado sacar de su cabeza.

-Feliz cumpleaños…- Susurró y al ver como el otro se tensaba, abriendo mucho los ojos, comprendió que sus sospechas eran ciertas.

-¿Sabes quien soy?- Preguntó Gokudera sintiendo al instante sus mejillas arder. Apartó el rostro de inmediato al ver como Yamamoto le sonreía.

-Soy algo torpe…- Comenzó a decir el japonés- Pero si tu no eres el príncipe, entonces no se quien puedes ser, perdón si me equivo…

-¿Príncipe?- Interrumpió el albino. Yamamoto le miro confundido.

-¿No lo eres? Entonces los cuentos me han engañado, realmente creí que lo eras. Todos están ahí abajo, noté que solo estaba el hijo de la reina, mientras ella ni su nieto aun no se presentaban. Y en este castillo solo viven ellos tres, ¿no?

-No deberías dejarte llevar por lo que dicen esos tontos cuentos de hadas…Aquí hay mucha mas gente de la que piensas…

-Debes tener razón, no se mucho de este lugar, acabo de llegar, la invitación dirigida a mi padre y a mi, solo decía que estábamos invitados a la fiesta en honor a los dieciséis años del nieto de la reina…Perdona mi confusión…-Terminó riendo de su propio error.

Gokudera meneó la cabeza. Era la primera vez que alguien le llamaba "príncipe", en realidad no le molestaba en absoluto que el moreno supiera quien era si iba a llamarle de esa forma. También era el primero en desearle un feliz cumpleaños ya que no había aceptado a nadie en su cuarto, ni mucho menos recibir los ridículos regalos que le traían y…también el que le dio su primer beso. Chasqueó la lengua tratando de alejar aquel recuerdo, solo había sido un error y el que estuviera frustrado, enfermo y fastidiado, no le haría cambiar lo que era como para dejarse llevar solo por un simple roce de labios.

No soportaba más de aquel teatrito, en el que todos participaban tratándole como si fuese una marioneta bailando frente a lo único que podía ver, miles de frías miradas, pero ese chico era totalmente diferente, haciéndole perder los nervios de una nueva manera, siendo estúpidamente amable.

-No te confundiste…-Susurró- Soy el "príncipe", Gokudera Hayato.- Chistó, desviando su vista de los confusos ojos miel.

-¡Pero…!

-Solo te dije que los estúpidos cuentos de hadas no existen y que no solo vivo yo, mi abuela y mi padre en este castillo, así que no repliques, idiota.- Gokudera podía sentir los ojos del moreno fijos en el, de una forma que creyó, le atravesaban lentamente, queriendo ver hasta lo mas profundo de su ser ¿Cómo podía un chico que apenas conocía acelerarle de tal manera el pulso? Que alguien así atravesara tus defensas era aun más patético que estar en cama por culpa propia ¿Cómo podía siquiera desear manejar su vida si era tan débil?

- No se que tengo que hacer frente a un príncipe…- Reconoció de pronto, alegremente Yamamoto, mientras sonreía y el sentimiento que le oprimía el pecho al albino desapareció, turbándolo. Todo aquello era una nueva sensación, como si la lluvia negra y tormentosa hubiera desaparecido dando origen a una clara lluvia que le calmaba. ¿Cuándo había tenido una platica, aunque fastidiosa, con alguien? La respuesta era tan simple que le dolía. Nunca.

Un grito ahogado amenazaba por escapar de su garganta, saltar por el balcón y callar las voces de todos los malditos espectadores de su fijado destino. Tragó en seco, notando como la estúpida sonrisa se borraba del rostro ajeno. Yamamoto llevaba una mano a su mejilla y el peliplata se dio cuenta que una lagrima había logrado huir. Soltó una carcajada desesperada haciendo a un lado el brazo del moreno para secarse el mismo. No quería volver a sentir el tacto ajeno, como si le quemara la piel o se derrumbaría en ese preciso momento.

-¡¿No crees que es algo tarde para decir que no sabes que hacer frente a mi?!- Gritó intentando cambiar la atmosfera a toda costa- ¡Creo que ya hiciste suficiente! ¡¿O es que acaso ese beso fue mi regalo de cumpleaños, idiota?!

Yamamoto sintió que lo tomaban por sorpresa. Lo había notado en cuanto Gokudera había abierto los ojos, la tristeza dentro de él, quizás era más grande de lo que se hubiera imaginado y no era por algo tonto como perderse su fiesta de cumpleaños por estar con gripe en cama, era algo mucho mas profundo, pero debido al cambio brusco y forzado, entendió que no debía seguir pensando en aquello. Cambió su expresión preocupada y sonrió, percibiendo sus mejillas ligeramente calientes. Nunca antes había sentido su corazón latir tan rápido.

-Puedes devolvérmelo si no te gustó…-El turno de sonrojarse fue entonces del ojiverde.

-¡Ya quisieras, bastardo!

Yamamoto rió, incrementando la furia del menor. Miró a su alrededor, se daba cuenta bastante tarde de lo grande que era la habitación, pero teniendo a alguien tan especial como Gokudera Hayato delante suyo, no le podían culpar por dejar todo lo demás en segundo plano. Sin embargo, el ambiente se veía tan sombrío y melancólico que no le asombraba que su dueño se sintiera igual. Se dirigió a la gran ventana por la cual había logrado entrar y abrió las cortinas, haciendo que Gokudera cerrara los ojos, cegado por la potente luz del sol.

El pelinegro observó hacia afuera, había querido huir de ese lugar donde todos disfrutaban, pero ahora sentía diferente. El deseo de correr por aquel gran campo le invadía ahora. Quería tomar la mano del albino y por algún extraño motivo, mostrarle que no estaba solo. Porque ahora sabía que lo que decía Gokudera era verdad, los cuentos de hadas no existían ya que si así fuera, el peliplata seria su frágil princesa encerrada en una torre y el, el caballero de brillante armadura o su príncipe azul, sin embargo ese no era el caso, por lo que solo podía tomar un poco de su felicidad y mostrársela al iracundo chico de tristes esmeraldas.

-¿Qué rayos haces?- Gokudera apagaba la luz de su mesita aun tratando de adaptarse a la luz. Yamamoto volteó al escucharle, mientras sentía como la brisa del exterior le llenaba los pulmones. Definitivamente estaba mucho mejor así, la prisión comenzaba nuevamente a parecer un cuarto.

-Solo admiraba tu amplio patio, podrías convertirlo en un grandioso campo de beisbol ¿No crees?

-¡¿Y para que diablos querría eso?! ¡¿No me digas que no te bastó con trepar como un mono y ahora quieres correr como un idiota por el patio, jugando un estúpido juego?!- La risa del moreno inundó la habitación y llegaba a los oídos del peliplata como si el mismo viento proveniente de afuera se lo trajera, estremeciéndolo.

-¿Qué tiene de malo eso?

-¡Nada, solo que eres un idiota maniático deportista!- Yamamoto se alejó de la ventana, regresando hacia el menor para sentarse a un lado suyo en la cama.

-Podrías… acompañarme…

-¡¿Qué idioteces dices?! ¿Crees realmente que si pudiera yo te acompañaría a correr como un demente?

-¿Por qué no?

Gokudera bufó, revolviéndose el cabello. Tal vez era porque era la charla mas larga que tenia con alguien ya que siempre se retiraba, fastidiado, por la actitud de las personas o viceversa, nadie toleraba su actitud de poco "princesa" y huían decepcionados o este chico de verdad le estaba agotando.

-Primero, porque si no lo notaste, estoy en cama recuperándome de un patético resfriado y segundo, porque si no lo recuerdas, la puerta esta cerrada, si no, ya te habría mandado de patadas hacia fuera…

-Es verdad…- Se rió Yamamoto- Olvide eso, mi culpa, lo siento…pero, ¿Sabes? Pensé que en cuanto gritaras, alguien vendría corriendo a ver que te ocurría, pero me has estado gritando todo el tiempo y nadie ha venido…

Gokudera sonrió ligeramente, cruzándose de brazos. Yamamoto le miro algo sorprendido y confundido.

-Esas estúpidas mujeres que se suponen trabajan aquí tienen miedo de entrar- Explicó- Les advertí que no pusieran un solo pie aquí y eso es lo que han hecho, además que, como creen que estoy dormido, les aterroriza acercarse y despertarme…Así que prácticamente, tu eres el primer idiota que veo este día…- Se arrepintió de inmediato de decir aquello al ver la expresión del pelinegro, apartó la mirada, se sentía impotente. Era su cumpleaños y el único en felicitarlo hasta ahora era una persona que nunca antes había visto en su vida.

-¿De verdad eres el príncipe y no el típico monstruo encerrado en lo mas profundo del castillo?- Preguntó Yamamoto y Gokudera sintió toda su cara arder como el infierno.

-¡Maldito…!

-Lo siento, lo siento- Se disculpó rápidamente entre risas al ver como el albino volvía su mano sana en un furioso puño- No pareces un príncipe, aunque eres el primer príncipe que conozco, pero…- El japonés quedo en silencio al notar como el ojiverde bajaba los brazos, bajando su mirada como si se perdiera en un lugar muy lejano, en lo mas profundo de su interior y aunque le llamara, penosamente supo que su voz no le llegaría.

Estiró su mano, lentamente la llevo hacia la mejilla ajena, rozándola suavemente. Sintió la tensión en el cuerpo del albino y pudo apreciar otra vez el brillo de esas únicas esmeraldas.

Gokudera soltó un largo suspiro, Yamamoto le había dicho que no parecía príncipe ¿Qué le diría entonces si supiera lo que en verdad debería ser? Una estúpida princesa como le llamaba todo el mundo. Inconscientemente, sujeto la mano que el moreno tenia apoyada sobre su mejilla. Sabía perfectamente que no era lo que los demás esperaban y por ello no tenía el derecho a elegir.

-Nunca creí que los príncipes fueran tan alcanzables, Gokudera- Continuó el japonés dibujándosele una amplia sonrisa- Incluso a pesar del muro que construyes a tu alrededor queriendo estar solo, eres alguien que es feliz por cosas simples ¿No?

El silencio duro solo unos segundos antes de que Gokudera frunciera el ceño y arrojara la mano del pelinegro lejos mientras apretaba los dientes. Jamás le revelaría a aquel idiota lo feliz que le había hecho por no ser como todos, por ser solo un chico común y corriente que no entendía nada del lugar, por solo estar ahí mirándole con su estúpida sonrisa.

-Regresare el botiquín al cuarto de baño, creo que debería también humedecer otra vez esa toalla y dejarte descansar…Sera mejor que baje por el balcón y siga buscando a mi padre en ese mar de gente…

-Haz lo que quieras…- Murmuró sin ánimos. Se sentía cansado, lo mejor seria cerrar los ojos y que al abrirlos todo desapareciera, como si todo hubiera sido un sueño, uno en el que un desconocido se había adentrado demasiado en su alma. Si le dejaba quedarse en ella, estaba seguro que antes de lo que pensaba, esta se destruiría.

Yamamoto se adentro en el cuarto, cerrando la puerta suavemente. Mojaría la toalla, se la pondría en la frente a un Gokudera dormido y saldría de ahí, aunque eso misteriosamente le provocara dolor, pero todo su plan se veía arruinado en solo un minuto, en el que escuchó una voz desconocida y la furiosa respuesta del peliplata. Salió rápidamente encontrándose con un joven, unos años mayor, con una cabellera rubia que brillaba como el mismo sol y que le miraba perplejo.

-¿Qué es esto, "dulce princesita"? Me tomo la molestia de trepar hacia tu balcón como si fuera tu príncipe azul y me encuentro con que alguien se me adelantó… ¿Quién eres tu, niñato? No te había visto nunca ¿No me digas que eres un sirviente? - La risa burlona produjo en Yamamoto algo que Gokudera no creyó ver jamás luego de la sonrisa eterna que le mostró. Su expresión seria delataba lo molesto que estaba, pero se contenía apretando los puños.- ¿Por qué no me explicas que estas haciendo aquí con el, princesita?

-¡No tengo que hacer nada, bastardo! ¡¿Por qué tu mejor me dices que diablos haces trepando hasta mi cuarto?! ¡Dímelo y te largas!

-¿No te lo imaginas? Hoy es un día especial, todos están ahí abajo murmurando quien será finalmente el elegido para tenerte, eres una joya, lo sabes, el mejor cazador se quedara con la presa, por eso pensé que había que ser mas simple. Todo el mundo esta vuelto loco con la fiesta y con tu carácter, supuse que no querrías a nadie cerca de ti, cosa que creí haber acertado…bueno, escuche por ahí que no estabas presente por un fuerte resfriado, cosa a mi favor. Así que sin nadie cerca y tu tan débil como se supone debes ser siempre, princesita ¿Quién me impediría tomarte a la fuerza para así poder reclamar el que te cases conmigo para limpiar tu deshonra?

-¡¿Estas loco, maldito?!- Gokudera se levanto de la cama, colocándose delante de un Yamamoto que parecía a punto de dar un paso adelante. Chasqueó la lengua más que molesto, aquel día se estaba convirtiendo en un pésimo chiste.

-¡Pues yo creo que es un excelente plan! Cuando la reina no esta cerca, toda la servidumbre se aparta aterrada, no debe haber nadie cerca por terror a molestarte, entonces se me ocurrió que tenia que ver con mis propios ojos en la condición que estabas, para saber si podría o no completarlo- El rubio avanzó y en un rápido movimiento, tomó la muñeca del peliplata atrayéndolo hacia si- En condiciones normales no podría hacer esto y para mejorarlo, tienes la mano lastimada ¿Podrías detenerme?- Susurró y fijó su mirada en el japonés, con una sonrisa- No se quien seas, pero si no me detienes podríamos todos beneficiarnos de esto. ¡Acéptalo, princesa! Con esto te ahorrarías el suplicio de esperar por saber quien será el afortunado que finalmente te coja y se quede con el reino. Y tu amiguito podría recibir una jugosa recompensa por cooperar con el futuro de este país…

Gokudera no lo pensó dos veces, no le importaba si no podría nunca mas usar su mano o si producto de la fiebre que volvía no partiría en dos la cara de ese infeliz. Lo golpearía como el Gokudera Hayato que era y no como la princesita que el bastardo repetía a cada segundo delante del único ser que no le llamaba así. Si tan solo su visión no se volviera borrosa y su cuerpo le respondiera apropiadamente…

-Lo siento, Gokudera…-Yamamoto habló, congelando aun mas al ojiverde- Se que te mueres de ganas de darle un puñetazo, pero ya hice suficiente provocando que te lastimes mas de lo que estaba, así que esta vez déjamelo a mi…

Gokudera cayó de rodillas justo en el momento en que Yamamoto empujaba lejos al otro producto del golpe y la puerta se abría. Nadie había escuchado el escándalo que venia del otro lado de la puerta por lo que todos observaban asombrados el como los espectadores miraban la escena, sobre todo el mayor que se sujetaba el rostro tratando de levantarse.

-¡¿Qué sucede aquí?!- La voz de la reina despertó a todos- ¿Por qué la habitación de Hayato no estaba custodiada por nadie? ¿Cómo es que el balcón estaba completamente abandonado?- Las palabras de la mujer resonaron todo el tiempo, regañando a los empleados a los que el mismo peliplata había alejado, quienes se disculpaban desesperadamente.

-Lo lamentamos, su majestad. Creímos que lo mejor era hacer pasar desapercibido el hecho de que la princesa se encontraba aquí, pero…

Gokudera se tapó los oídos. Miró de reojo al moreno que se había arrodillado a su lado y le sujetaba los hombros, podía ver claramente su expresión perpleja al escuchar como le llamaban.

-¡Princesa! ¿Se encuentra bien?- Las criadas se acercaron a su lado con el rostro empapado en lagrimas, habían recibido su escarmiento como siempre por no hacer su trabajo como correspondía. Hizo una mueca y se levanto como pudo, queriendo apartarse de todo, pero se detuvo al sentirse firmemente sujeto por los brazos del moreno.

-¡¿Por qué no le preguntan mejor a la princesita que hacia ese mocoso en su cuarto antes de que yo llegara?!- Todos escucharon el grito del chico que le hablaba a uno de los hombres que se lo llevaban del sitio y las miradas acusadoras cayeron entonces sobre el pelinegro- ¡El tuvo que entrar de igual forma que yo ¿no?! ¡Pues pregúntenle que hacia!

-¡Yo le dije que subiera!- Gokudera se preguntó si de verdad aquel grito había salido de sus labios ¿Por qué tendría que protegerlo si no era nadie para el, si solo llevaban casi una hora de haberse conocido?- Salí al balcón y le llame, no había nadie haciendo guardia por lo que no hubo problema y yo estaba aburrido…

Gokudera cerró los ojos mientras apretaba con fuerza desmedida la ropa del moreno. Quería pensar que se había ya acostumbrado al encierro porque eso era lo que le esperaría al decir todo aquello, pero ¿A quien le importaba? Los murmullos acusadores a su espalda los podía sentir y sabia que Yamamoto también lo hacia. En solo unos instantes todo se volvería el teatro en donde el era la maldita estrella que no deseaba brillar.

-Takeshi ¿Verdad?

Yamamoto asintió a la mujer a la cual todos los reunidos inclinaban su cabeza. No comprendía del todo la situación. Definitivamente tenia la certeza de que el cuerpo que se aferraba a sus ropas casi con desesperación era el de un chico que a duras penas se mantenía consciente, por lo que todo lo que escuchaba le confundía. Tampoco entendía el porque Gokudera le protegía, en cuanto no tomo la decisión de volver en sus pasos cuando encontró la puerta cerrada, había aceptado las consecuencias de sus actos si el peliplata hablaba con alguien y le delataba o si alguien abría la puerta y le encontraba donde no debía. Era lo justo y se lo merecía.

-Tu padre te esta esperando, ambos lo hacíamos, al no encontrarte, nos preocupamos. Me alegra que estuvieras aquí, con mi nieto…

Pero lo que mas le confundió, fue ver la imperceptible sonrisa de la mujer cuando Gokudera aseguró que era el responsable de que estuviera allí. Una sonrisa que provocó que su corazón se sobresaltara por el significado que creyó encontrar en ella. La mujer estaba verdaderamente feliz de que el estuviera ahí, pero lo estaba disimulando muy bien.