Fotografía.
Resumen: "Ven, Sting, tomemos una fotografía de este momento que nos haga recordar que tú no eres solo un villano despiadado y yo una princesa en cautiverio". Sting/Lucy. Short Fic. AU.
Pareja: Sting Eucliffe-Lucy Heartfilia.
Género: Drama, Romance, Crack.
Disclaimer: Fairy Tail pertenece a Hiro Mashima.
Capítulo Tres: Destinos Entrelazados.
Escrito por: Amaya-chan.
Cuando Rogue Cheney vio que Sting Eucliffe salía de la oficina del director, por cuarta vez en lo que iba del mes, supo que todo había vuelto a su orden natural de las cosas.
Eso, y que ya no iba a tutoría con Lucy Heartfilia.
―Sting… ―le llamó para hacer notar su presencia.
―¡Hey! ¿Qué hay de nuevo, Rogue? ―exclamó, palmeando su hombro―¿Listo para ir al burdel? Necesito quemar energía.
―Yo no…
―¡Oh claro! Lo olvidaba ―Sting hizo un gesto exagerado de lástima―. No quieres meterte en problemas con Yukino.
―Te trato de decir que…
―¡Bah! ¡Olvida a Yukino! ¡Divirtámonos como Dios manda!
Rogue suspiró y negó con la cabeza. Sting simplemente actuaba como él era: un imbécil. No serviría de nada decirle que él, Rogue, no iba a frecuentar prostitutas o que tampoco tenía relación alguna con Yukino Aguria, porque simplemente no escucharía nada. Su testarudez alcanzaba niveles sorprendentes, actuaba como un completo adolescente con hormonas revolucionadas, hiriendo a cuanta chica buena o mala pasara por su camino, metiéndose en tantas peleas que ya el director se había resignado a tenerlo por lo mínimo una vez en su oficina cada semana, apenas entraba a clases a sabotear y hacer llorar a los profesores… simplemente era el prototipo de chico malo.
Sí, Sting Eucliffe era un bastardo de pies a cabeza. Ni siquiera él, su mejor amigo, se salvaba de sus burlas y bromas de muy mal gusto para cualquiera. Pero ya se había resignado y soportaba todo con tal de evitar que el rubio se metiera en problemas más grandes que una simple pelea.
―Entonces, ¿qué dices? ―preguntó Sting mientras se ponían en marcha―¿Te anotas o no?
―¿A ver cómo te revuelcas con la primera rubia que salga en el camino? No, gracias. ―se limitó a responder con sequedad.
Sting rodó los ojos en señal de fastidio.
―No necesariamente tiene que ser rubia ―murmuró entre dientes―Puede que hoy duerma con una morena o con una pelirroja.
Por su parte, Rogue suspiró y miró al frente.
―Sting, da igual lo que hagas, admite que te obsesionan las rubias. Siempre que tengo que pasar a recogerte a las tantas de la madrugada, me encuentro contigo y una rubia ―hizo una pausa, mirándolo seriamente―. Nunca he visto que te acuestes con otro tipo de chica.
Para empezar, ¿desde cuándo te has vuelto un puto que follas con la primera tipa que pase por el frente?, Rogue tuvo que morder su lengua para evitar soltar aquella interrogante, cuya respuesta él conocía claramente.
Por otro lado, Sting parpadeó sorprendido, abrió la boca para negar aquella estupidez, pero su mente se puso a analizar dicha observación por parte del moreno, y se dio cuenta que en realidad era cierto.
―Sólo cállate ―se limitó a responder enfurruñado y volvió la vista al frente―. No me obsesionan las rubias. Punto.
Entonces, el silencio se hizo presente entre ambos por lo que restó del camino. Rogue se detuvo un momento, justo en frente del aula de matemáticas donde tendrían su próxima clase, y sonrió levemente.
―Por supuesto, a ti solo te obsesiona Lucy Heartfilia.
Cuando Lucy Heartfilia salió de clases, evadió a la mitad de sus compañeros, dejó el instituto a la carrera y decidió pasar un rato por un parque cercano a su casa. Como si fuera una niña, la chica se subió en los columpios y comenzó a impulsarse para ver cuán alto podría llegar y, si tenía algo de suerte, quizás volar lejos y fundirse con el horizonte.
Estuvo en eso un largo rato hasta que el cielo se tornó oscuro y las luces del parque se encendieron automáticamente.
En un último movimiento, al comprender que por mucho que lo intentara jamás alcanzaría el cielo, Lucy saltó del columpio. El aire le levantó la falda, pero no le importó. De todas formas, en ese parque solo se encontraban ella y la soledad. Cayó de pie, en un movimiento perfecto como una bailarina, supuso que las clases de ballet a la que asistió por obligación habrían servido de algo.
Un par de aplausos atrás de ella la pusieron en guardia. Volteó, lista para defenderse, solo para encontrar a Minerva sentada en la rueda del parque, mirándola divertida.
―Hola, Lucy, bonito salto ―saludó.
―¿Qué haces tú aquí? ―Lucy soltó con brusquedad.
―Oh, que yo sepa estoy en un terreno público ―comentó la mujer con suspicacia.
―Si no tienes nada que decirme ―comenzó Lucy mientras recogía sus cosas―, me marcho. Tengo mucho que hacer.
―¡Claro, lo comprendo! ―exclamó Minerva― Ya cada vez falta más poco, has de estar muy emocionada.
La rubia se tensó de inmediato y requirió de todo su autocontrol para no ponerse a llorar delante de ella, no le daría el gusto.
―No tengo necesidad de hablar contigo ―fue la cortante respuesta que le dio.
Minerva sonrió, divertida.
―Pobre Sting ―comentó con tono lastimero―, le han roto el corazón de una forma tan cruel.
Los ojos de Lucy se abrieron de par en par, impactada.
―¿Cómo tú…?
―¿Lo sé? No es tan difícil, créeme ―suspiró―. Yo soy la reina de la clase C, Lucy, siempre me entero de todo.
La Heartfilia bajó la mirada, triste, pero no lloró. Ya había pasado un mes desde que Sting Eucliffe y ella hablaron por última vez. Las tutorías se cancelaron por petición de ambos y cada quien continuó por su camino. Habían vuelto a cómo eran antes: Dos desconocidos que pertenecían a bandos diferentes, eso era todo.
Últimamente escuchaba rumores que hablaban sobre un Sting más desatado que antes de lo ocurrido entre ellos, pero ella trataba de no creerles. Siempre que un mal comentario llegaba a sus oídos, cerraba los ojos e imaginaba al verdadero Sting. Su Sting.
―Dime, ¿qué se siente?
Ambas mujeres se miraron fijamente.
―¿Qué?
Minerva amplió su sonrisa, se acercó a ella y murmuró unas cuantas palabras en su oído derecho. Los ojos oscuros de Lucy se abrieron de par en par, su labio inferior tembló, agachó la mirada y apretó sus libros con fuerza contra su pecho.
―Nos vemos dentro de una semana, Lucy ―se despidió Minerva, dejándola sola en el parque―. Estoy tan emocionada como tú, te lo aseguro.
Y otra vez, solo quedaron ella y la soledad. Aturdida, Lucy caminó unos cuantos pasos antes de que sus piernas fallaran y cayera al piso de rodillas. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas en ese momento al comprender algo: su vida era una mierda.
―Eres una perra.
Sí, lo sabía.
―De las peores que existe en este mundo.
Claro, lo comprendía.
―¿Por qué mierda me haces esto?
Sonrió, aún llorando. Llevó una de sus manos a sus ojos, en señal de frustración y a la vez diversión ante lo absurdo de la situación.
―¿Ahora me vas a hablar? ―murmuró Lucy, levemente.
―Por mí puedes podrirte allí en tu miseria ―Sting Eucliffe contestó agriamente.
Lucy levantó la vista y lo vio. Estaba a unos cuantos metros lejos de ella, con las manos en los bolsillos, el aire de prepotencia a su alrededor, su mirada salvaje viéndola con indiferencia, ¿o era odio?, pero el punto era que estaba allí.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó―¿Por qué siempre apareces cuando estoy sola, Sting?
El chico arqueó una ceja.
―Uno: Solo estaba de paso cuando te vi en tu patético acto y dos: deja de hablarme en claves, estúpida ―escupió.
Entonces, Lucy se levantó del suelo, se secó las lágrimas y lo miró fijamente. El silencio reinó entre ellos un momento, antes de que la chica hablara con indiferencia.
―Eres un maldito.
De cierta forma eso impactó a Sting, quien no entendía el nuevo cambio de humor de la que tiempo atrás fuera su tutora.
―Mira quién habla, el pan de Dios de la Academia Fiore ―siseó mordaz―. Soy un maldito, pero no me molesto en ocultarlo. No como tú, Lucy.
Se miraron fijamente, ninguno bajó la vista. Apenas y parpadeaban. Entonces, Lucy dibujó una sonrisa en su rostro.
―Me amas.
La mirada de Sting se tornó peligrosa, apretó los puños y dio unas grandes zancadas hasta ponerse frente a frente con ella. La observó con lástima.
―Deja de hacerte ilusiones, Lucy ―comenzó―. No soy un perro como Natsu a quien puedes darle atención cada vez que te plazca y dejarlo botado luego. Soy el grandioso Sting Eucliffe y no sufriré por putas como tú.
Lucy sintió cada palabra clavarse en su corazón, pero aguantó, no borró la sonrisa de su rostro mientras se ponía de puntitas, agarraba el cuello de la camisa de Sting y lo obligaba a bajar su cabeza para chocar sus labios contra los de él.
Aturdido, el rubio abrió los ojos de par en par tratando de comprender qué sucedía allí, si aquello no era un sueño. Y en ese momento, las palabras que Rogue le dedicó esa mañana llegaron a su mente.
Por supuesto, a ti solo te obsesiona Lucy Heartfilia.
Amargamente aceptó que su amigo había vuelto a ganar otro argumento. Sujetó a Lucy por la cintura y la atrajo más hacia él.
¿Qué tenía esa mujer que lo hacía delirar de esa forma?
―Te odio ―murmuró sobre sus labios―. Debí haberme largado con Erza cuando tuve la oportunidad.
―Pero no te fuiste ―le recordó Lucy antes de volver a callarlo con otro beso.
No, admitió en su mente, no me fui.
Sabían a melocotón, no comprendía el motivo, pero no le dio mucha importancia, le fascinaba aquella sensación.
―H-hey ―comenzó ella, cuando se separaron por la falta de aire―, ¿en serio me odias?
Resignado, Sting chocó su frente con la de ella y murmuró una negativa.
―Te amo, ya te lo había dicho antes, Lucy.
―Entonces… ―la chica se acercó a él y murmuró unas palabras en su oído.
Sting comprendió, mientras tomaba a Lucy de la mano y se la llevaba lejos de ese parque, que solo sería una vez porque así debía ser. Era el destino que había dictaminado, por alguna razón que aún él desconocía, que no podía estar juntos.
También entendió, en aquella oscura habitación donde ambos fueron a parar, que por cada beso que se daban, cada caria que se ofrecían, cada palabra que se dedicaban y cada suspiro que soltaban, más se iba enamorando de ella.
Y jamás se sintió tan importante y especial en su vida como en el momento en que tomó a Lucy definitivamente y comprendió que él era el primero.
―Te amo, Sting, quiero que siempre lo sepas…
Sí, él también la amaba, pero no podía evitar odiarla.
Lo comprendió cuando se levantó la mañana siguiente y se encontró solo en la habitación.
Lo comprendió cuando no vio rastro de ella en el instituto.
No podía evitar sonreír al pensar en lo mucho que Natsu, quien buscaba alguna pista sobre el paradero de su mejor amiga, desearía matarlo si se enteraba sobre su breve encuentro con Lucy. Y mientras pasaron los días y Lucy permanecía desaparecida, Sting se dedicaba a mirar por la ventana durante las clases, pensando en que la amaba y la odiaba.
―Eres una perra ―murmuró para sí mismo, mientras que las palabras que la chica le dijo, antes de que se perdieran en un mar de lujuria, pasión y amor, se repetían en su mente:
Ven, Sting, tomemos una fotografía de este momento que nos haga recordar que tú no eres solo un villano despiadado y yo una princesa en cautiverio.
Mientras Lisanna Strauss salía del veterinario con Happy, un gato que Natsu y ella habían criado desde su nacimiento, luego de una consulta para chequear el proceso de recuperación del felino después de que sufriera una casi mortal enfermedad, sucedió que una limusina casi golpea a una niña cuyo nombre era Wendy Marvell.
Lo sabía porque había estado hace un par de minutos atrás conversando con ella mientras Happy y Charle, la gata de pelaje blanco de la niña, jugaban.
Sus ojos se abrieron de par en par, quedó estática un momento antes de salir a ayudar a la pequeña. Wendy había tenido varios moretones producto de su caída brusca contra el pavimento al tratar de salvar su vida, respiraba entrecortadamente y parecía que caería pronto en la histeria. Lisanna llegó a su lado y comenzó a aplicar los conocimientos básicos que poseía en primeros auxilios, cuando una voz oscura y hasta tétrica se oyó a su lado.
―La niña, ¿está bien?
Lisanna alzó la vista y se encontró con un joven bastante atractivo de cabellera negra y aire melancólico. Vestía muy elegante para ser de esa desolada zona de clase baja. La Strauss le tomó un momento en comprender que aquél hombre era el ocupante de la limusina, que estaba estacionada a unos metros de distancia.
―Algo golpeada y asustada ―respondió en tono seco, mientras volvía a dirigir su atención hacia Wendy―, pero estará bien.
El silencio reinó el lugar un momento.
―Vengan conmigo ―volvió a hablar el sujeto, sobresaltando un poco a Lisanna―. En mi casa podrás tratarla mejor.
Lisanna quiso negarse, pero en realidad tenía toda la razón. Allí no contaba con nada para aplicarle en las zonas afectadas y estaba segura que Wendy querría descansar en un lugar cómodo antes de volver a casa con su abuela. Con un poco de dificultad, levantó a la niña del pavimento y aceptó la invitación.
―Venga, permítame ayudarle ―se ofreció el desconocido. Lisanna dudó un momento, pero volvió a aceptar. Pasó a Wendy, quien parecía estar calmándose poco a poco, a los brazos del hombre y luego tomó a Happy y Charle, quienes se habían mantenido ronroneando cerca, junto con sus cosas y las de la niña.
Al estar preparada, siguió al hombre hasta la limusina y la abordó sin saber muy bien hasta donde se dirigían. Justo cuando se puso en marcha, comprendió que quizás aquello no era una buena idea, estaba sola con una niña herida y sabría Dios la identidad del sujeto con un aire tan melancólico que daban ganas de llorar. Tal vez mejor sería llamar a su hermana y decirle todo, tanteó su bolsa en busca de su teléfono y maldijo mentalmente al ver que no tenía batería.
―Si desea hacer una llamada, puedo facilitarle un teléfono en mi hogar ―la voz del sujeto la volvió a poner en guardia.
―Eh, gracias ―respondió algo dudosa―. Me llamo Lisanna Strauss ―se presentó―y la niña es Wendy.
El joven asintió en silencio.
―Un placer, aunque no creo que se pueda llamar así a un encuentro en circunstancia algo desfavorables ―miró a la niña, quien estaba ya recobrada del susto y permanecía callada―. Lo lamento, Wendy, mi conductor ha sido algo imprudente aunque es mi culpa, ando con algo de prisa y él se ha visto en la necesidad de andar más rápido de lo permitido.
Wendy se removió incómoda en su asiento y trató de sonreír, pero salió muy fingida la mueca.
―N-no ha pasado nada grave, así que no se preocupe.
Lisanna prefirió quedarse al margen porque la verdad no sabía qué decir. Miró por la ventana y notó que ahora estaban en una zona muy glamurosa para lo que ella estaba acostumbrada. La limusina giró en ese momento y entró en una enorme estructura residencial, de esas que ella sólo había visto en la televisión. Tragó en seco, algo nerviosa, cuando el auto se detuvo frente a la mansión. Ocurrió todo como ella pensó que sería: la puerta la abrió el chofer, quien miró algo apenado a Wendy, y fueron recibidos por una cuadrilla de sirvientes que hacían su correspondiente inclinación ante el 'Maestro'.
El hombre se acercó a uno de los sirvientes y le dio instrucciones sobre qué hacer con ellas dos, para luego entrar al lugar. Lisanna se quedó estática en su sitio, con Wendy entrelazando su brazo con el suyo y los gatos acurrucados en su regazo.
―Señorita Lisanna ―la sirvienta se acercó a ellas―, por favor, sígame.
Asintió un poco y emprendió la marcha por los corredores de aquél hermoso lugar al más estilo gótico. Nunca había sido una fanática de ese tipo de arte, pero la forma en que fue empleada en el sitio la hacía soltar uno que otro suspiro de ensoñación.
―El Maestro me ha pedido que una vez curemos las heridas de la Señorita Wendy, les proporcionemos vestimentas adecuadas para que participen en la cena de formalización de compromiso del Señor ―explicó la chica con aire solemne mientras aplicaba las curas necesarias sobre la pequeña, quien miraba con duda a Lisanna.
―N-no creo que sea necesario ―comenzó la mayor―, t-tan solo queremos un transporte que nos deje en casa y listo.
―Dudo que el Señor acepte un 'No' por respuesta, Señorita Lisanna ―contestó la mujer, sin perder la concentración en el tratamiento de Wendy.
―P-pero ambas somos menores de edad. ―Sí, Lisanna nunca le había gustado ser la menor de tres hermanos, pero ahora podría usar eso a su favor. Con 10 años, sin padre alguno que ejerciera sobre ellos, Mirajane había tomado las riendas de la paternidad―. Mis hermanos se preocuparan mucho sino aparezco, especialmente mi hermana mayor… es muy sobreprotectora.
La mujer terminó de hacer un vendaje y miró con indiferencia a Lisanna.
―No se preocupe por eso, Señorita Strauss ―comenzó, usando su apellido por primera vez, lo que le dio a entender a la chica que ya había perdido la paciencia con ella―, ya nos hemos comunicado con su familia y la de la Señorita Wendy, no hay problema alguno con que se queden un rato, ¿estamos claro?
Lisanna solo pudo asentir obedientemente, ante la sonrisa de satisfacción de la mucama.
Tiempo más tarde, luego de meter a ambos gatos en una casa para animales que se le fue facilitada y ver que tuvieran todo lo necesario, Lisanna salió de la habitación junto con Wendy, quien estaba más animada ante la perspectiva de ir a una reunión de gala. Ambas usaban vestidos que probablemente costaran más que la casa de Lisanna, no podía incluir la de su pequeña amiga porque no sabía cómo era.
Nerviosa y temerosa, Lisanna pidió al cielo que nadie la notara mientras estuviese en ese infierno. Ella no era chica de alta cuna, apenas y sabía diferenciar los cubiertos principales, no tendría vida ante algo de esa magnitud.
―No lo mire de esa forma, Lisanna-san ―le animó Wendy con su vestido de princesita―. Tan solo es una reunión pequeña, o al menos eso es lo que dijo la chica que me vendó.
Al ver la cara de alegría de la niña, quien posiblemente veía eso como una oportunidad única en la vida, terminó suspirando.
―No te esfuerces mucho ―indicó Lisanna, resignada a que tendría que entrar en el salón de fiesta―. Recuerda tus golpes y… espero que sea divertido.
La chica pequeña asintió y la mayor supo que no podía retrasar más aquello. Suspiró de nueva cuenta y, apretando la mano de Wendy, entró con cuidado al salón justo en el momento en que Zeref, el Maestro y dueño de aquél lujoso sitio, presentaba a Lucy Heartfilia, su compañera de clases que se encontraba desaparecida, como su prometida.
Ultear Milkovich caminó con la elegancia digna de una princesa hasta la habitación de Jellal Fernandes. Meredy la seguía con preocupación desde la distancia. La morena se detuvo justo en la puerta por un segundo, dudando, para luego fruncir el ceño y darle una certera patada a la puerta, abriéndola de golpe. Encontró que… estaba vacía.
―Ni siquiera tenía seguro, Ultear ―la voz de Jellal sonó cansada mientras se reclinaba contra la pared del pasillo. La mujer vio que el chico estaba vestido, pero con el cabello húmedo, supuso que acababa de salir de la ducha.
―Pagaré la cerradura ―se limitó a contestar mientras se cruzaba de brazos.
―Ese no es el caso ―gruñó―. Ya es la sexta en lo que va de mes.
―¡Eso no importa, Jellal! ―exclamó Meredy, quien se había mantenido al margen de todo―¡Tenemos lo que podría ser el chisme del año!
El chico miró con interrogante a la chica de cabellera rosada.
―¿Qué sucedió ahora?
Ambas intercambiaron una mirada.
―Es sobre Zeref.
Los ojos de Jellal se abrieron de par en par, mientras una ira ciega se apoderaba de él. Requirió de todo su autocontrol y lanzar una que otra maldición al aire, para poder calmarse y escuchar atentamente sobre la nueva noticia. Aún irritado, pero seguro que no saldría a matar a nadie, Jellal hizo un gesto de afirmación a Ultear para que prosiguiera a hablar. La exuberante mujer, seria, dudó un momento, pero habló.
Jellal no hizo nada, escuchó atentamente, asintió cuando debía hacerlo y murmuró comentarios vacíos, pero la forma en que apretaba los puños le dio a entender a sus compañeras que aquello le sentaba tan mal como a ellas. Finalmente, el chico asintió y les pidió que se marcharan, necesitaba un tiempo a solas para asimilar todo lo ocurrido.
―¿Ya es noticia? ―preguntó a Meredy antes de que saliera de su apartamento. La chica lo miró un momento y negó.
―No, es algo que conseguimos de una fuente muy cercana. Todo se está llevando en secreto.
―Comprendo ―fue lo único que respondió Jellal antes de despedir a Ultear y compañía.
Caminó hasta su habitación con aire taciturno mientras las memorias del que en algún tiempo llamó Maestro volvían a su mente. Comprendió que lo odiaba más que antes y no pudo evitar sonreír por ello. Su mente divagó en un mar de recuerdos que, cuando volvió a la realidad, se encontró con la imagen de su habitación destruida. No le tomó mucho tiempo llegar a la conclusión de que él había sido el responsable de aquello.
Frustrado, esa era la palabra para describir cómo se sentía en esos momentos.
Se tiró sobre el revoltijo de cosas que había en su cama y miró el techo.
―Así que has escogido a Lucy como tu próxima víctima ―murmuró entre dientes―. Realmente no me esperaba ese movimiento de parte tuya, bastardo.
Soltó un suspiro de resignación, miró a un lado suyo y encontró, para su sorpresa, su teléfono aún intacto. Lo tomó con cuidado y después de dudar un poco, o mucho tiempo, buscó y marcó un número en específico. Tres toques sonaron antes que la voz de Erza Scarlet se oyera desde la otra línea.
―¿Jellal? ―preguntó ella con cuidado al ver que nadie hablaba.
―Hey, Erza, ¿qué hay de nuevo? ―fue la suave contestación que le dio.
―No mucho ―un suspiró se oyó―. Aún no podemos contactar con Lucy. Natsu anda como loco.
Jellal tuvo que morderse la lengua para no soltar la información que tenía.
―Comprendo… ―hizo una pausa, dudoso―. Ojalá pronto sepamos de ella.
―Todo esto es muy raro, Jellal ―la voz de Erza sonó desesperada―. Lucy… nuestra Lucy… la estamos perdiendo…
―… Erza, ten fe que aparecerá y si no lo hace, Natsu se encargará de materializarla de la nada ―le dijo, aunque en realidad no estaba muy seguro de eso, pero no perdía nada en imaginar que el pobre tonto resolviera aquél enorme asunto con su estúpida testarudez.
La risa melodiosa de Erza fue como música para sus oídos y se permitió acompañarla un rato, cuando las carcajadas cesaron el silencio se hizo presente.
―Hey, Erza, ¿en qué piensas?
―… En Simón.
Aquello fue como un golpe bajo para Jellal.
―Oh… ―fue lo único que pudo lograr responder, calló y soltó otro suspiro―. Yo también pienso en él.
―¿Sí?
―Mucho… sobre todo cuando veo a Kagura por los pasillos.
―Jellal…
―Oye, ya es algo tarde, creo que iré a cenar ―la cortó―. Espero que pases buenas noches, Erza.
―Claro, igualmente.
―No te preocupes por Lucy, ya la buscaremos más a fondo.
―¿Nos ayudarás? ―preguntó ilusionada.
―Ya… ya veré en qué soy de utilidad ―fue la neutra respuesta que le dio―… ¿Erza?
―¿Sí?
Te amo…
―Buenas noches.
―Buenas noches para ti también, Jellal.
Continuará… si quieren.
A/N: No tengo mucho que decir, salvo que espero que les haya gustado. Me ha salido para otro capítulo más, así que ojalá no les moleste eso
Dejen reviews, son gratis *-*
Gracias a: dened01, nyaanekito, NEKO AISAKA, Mere Mitsuky Taiyoukay, Flower of Night, Yami Krismiya, MerryHannonNyan, lucyh, Dream Weaver Dili, Lisanna-Fullbuster, Ankoku No Ojou-sama, Antotis, Toaneo07 Ver2.0¸LuFFy Eucliffe, RizelHolmes
Nos vemos en el próximo, Ama-chan off!
