Capítulo 2

A la mañana siguiente, la joven lemuriana despertó con el cálido saludo del sol en la cara. Era curioso notar cómo, aunque se encontrase tan lejos de casa, podía seguir disfrutando de esas sensaciones tan familiares. También era familiar el darse cuenta que, si el sol ya llegaba a su cara, la mañana estaba muy avanzada.

- Oh, no... ¡Otra vez me quedé dormida!

Con una velocidad que sería la envidia del demonio de Tasmania, se aseó, se vistió, echó mano de la primera cosa comestible que encontró con la mirada, y salió a toda prisa por la puerta.

- Si corro todo el camino para llegar a la universidad de seguro que podré llegar a... un momento... ¡No sé dónde es! ¡Que pava soy! ¡Ayer no terminé de buscar la dirección!

Y siguió su carrera folleto en mano, esperando dirigirse en la dirección correcta. Luego de preguntar a unas cuantas personas y correr unas cuantas cuadras, logró finalmente dar con la universidad; aunque, como buena chilena, terminó llegando 2 horas tarde.

Mientras tanto, en el templo de Aries, Mu se preparaba para salir con su alumno. Aún no le había hablado a Kiki de la joven que había conocido; por suerte, cuando llegó a casa la noche anterior lo había encontrado bien dormido. Mientras el chico terminaba sus labores, Mu se dedicó a escuchar algunos de los cassettes que le había facilitado Isabel; no entendía un carajo de español, pero la melodía le gustaba tanto que no le importaba. Kiki, quien por supuesto andaba cerca, se quedó mirándolo con asombro: su mentor siempre había tenido un carácter serio, y verlo mover la cabeza al ritmo de la música era algo que no esperaba de él.

- Maestro... si gusta puedo recomendarle un remedio casero para eliminar la caspa, dicen que funciona mejor que sacudir la cabeza...

- ¿Por qué dices eso...? Ah, ¡la música! Sí, bueno, supongo que me dejé llevar un poco. Esto me lo regaló una amiga... iremos a verla uno de estos días, creo que se llevarán bien.

- ¿Una amiga...? Se refiere a Danae, ¿verdad? Pero si ya la conozco... O se refiere a... ¿"otra" mujer? -agregó, dirigiéndole una pícara mirada.

- Pues sí. Me la presentó Danae; se llama Isabel, y lleva apenas unas pocas horas en este país.

- Ah, ¡es extranjera...! ¿Y viajó desde muy lejos? ¿Se ve diferente? ¿Habla alguna lengua extraña? ¿De qué país viene, maestro?

- Chile.

- ¿Chile? Maestro, chile no es un país, es algo para comer. ¡Danae me contó de eso!

Kiki era bastante inteligente, pero a veces, pensaba demasiado rápido para su propio bien. Mu le dirigió una mirada de simpatía; eran momentos como éste los que le recordaban al caballero por qué le gustaba tanto enseñar.

- Verás, Kiki, hay un país llamado Chile, y se encuentra en América del Sur. Isabel dejó su tierra por motivo de estudios, pero también porque desea averiguar más sobre sí misma.

- ¡Aaah, ya recuerdo! ¡Es el país que sufrió un terremoto en el año 1985! ¿Y cuándo la conoceré, maestro? ¿Es bonita?

- Cierto, cierto... hace ya tres años de esa tragedia... quizás Isabel pueda darte más detalles, si el tema te interesa. Creo que la conocerás muy pronto, pero por ahora, iremos a comprar algunos víveres.

- ¡Genial, una pausa en el trabajo! ¡Vamos!

Cuando se trataba de actividades al aire libre, las prioridades del chico estaban claras.

Sin duda Kiki representaba una parte muy importante en la vida del santo de Aries; era de todos conocido cómo ese pequeño travieso tenía reservado un lugar permanente en el corazón de Mu. Y por cierto, también en el de Danae. Habían llegado a forjar un lazo muy cercano; por eso, cuando la vio acercarse desde la entrada del templo, la llamó con grandes gestos de alegría. Ella estaba acostumbrada a estas bienvenidas; levantó la vista, a tiempo de ver cómo Kiki corría a su encuentro.

- ¡Danaeee!

- ¡Hola señor Mu! ¡Hola Kiki! ¿Cómo va todo? -dijo ella, mientras correspondía el abrazo del niño.

- ¡Yo bien! -comenzó Kiki-. Hey, el maestro me dijo que le has presentado a una nueva amiga, ¿qué tienes que decirme acerca de eso? ¡Quiero estar al día! Parece que ella ha sido de influencia para el maestro, sabes, porque me lo encontré escuchando música, ¡y llevando el ritmo como si estuviera en un concierto! -Estaban lejos de Mu, pero aún así bajó la voz y continuó en tono conspirador:- ¿No lo encuentras extraño? Siempre está tan serio, y resulta que ahora...

Pobre niño. Había olvidado que Mu tiene los sentidos muy agudos.

- Kiki... si tienes algo que decir, dilo en mi cara, ¿estamos?

Kiki reaccionó como si le hubiesen echado un cubo de hielo por la espalda.

- Perdón maestro... pero verlo disfrutar tanto de la música me pareció realmente inusual -dijo, no sin un poco de vergüenza.

- ¿Música? -repitió Danae, divertida-. Vaya, ¡tal parece que Isa le ayudó a soltarse!

Mu sentía algo de incomodidad, y ya no había caso en tratar de ocultarla; Kiki lo había delatado.

- Bueno... ella me la regaló antes de despedirnos... y debo reconocer que Los Prisioneros son geniales.

- La verdad... me dio mucho gusto verle así -Kiki hablaba con toda sinceridad-. Sé que no es lo usual, pero quisiera que fuese más seguido.

- ... De acuerdo... Después de todo, la buena música es para eso. Oye, Danae, ¿sabes dónde podría estar Isabel?

- Mmm... ¿Quizás en la Universidad?

- ¡Vayamos, maestro, quiero conocerla! -pidió Kiki.

- Iremos, pero primero hay que asegurar los víveres. Danae, ¿puedes hacerme un favor? Pregunta a Aldebarán si podemos conseguir un salvoconducto para Isabel... quiero presentársela al maestro Shion.

- ¡De inmediato! -Danae aceptó el encargo con una gran sonrisa. Tenía una nueva amiga, ¿qué mejor que la oportunidad de verla a menudo, y sin necesidad de descuidar su trabajo para ello?

En la Universidad, Isabel permanecía sentada en una banca, recriminándose duramente por haber debutado con un atraso. Pero pronto su estómago comenzó a reclamar por comida.

- Bue, ya era, mañana tendré que volver a intentarlo... por ahora buscaré dónde comprar algo para engañar la guata (estómago).

Entonces recordó su segundo problema: no tenía demasiado dinero. Su familia había hecho todo lo posible, pero el cambio de moneda no la favorecía; ya el pasaje en avión había sido caro, y el arriendo de un lugar donde quedarse había agotado casi todos sus dracmas. Necesitaba un trabajo, y pronto. Finalmente compró un modesto pastelito, pidió una publicación gratis en la que se ofrecían empleos, y regresó a su banca.

Toda esta escena fue observada de lejos por Mu y Kiki. Acababan de terminar sus compras y encontrarla sólo les había tomado unos pocos minutos; después de todo, alguien con sus características no pasaba precisamente desapercibida. Mu había estado considerando que la vida en Grecia podía ser muy cara, y se preguntaba si Isabel, como extranjera, no lo tendría peor. Ahora, viendo su pastelito y el diario de avisos económicos, la respuesta era dolorosamente obvia... el santo no pudo menos que sentir una punzada de compasión hacia ella.

- Hola, Isabel... ¿todo bien?

Una voz suave y conocida era todo lo que Isabel necesitaba para sentir que su día iba a mejorar. Levantó la mirada, sonriendo, y agradecida de que alguien velara por ella.

- ¡Hola, Mu! -Dejó su asiento para darle, de nuevo, un suave beso en la mejilla. Esta vez Mu estaba preparado... o eso creía, porque volvió a sentir cómo los colores le subían a la cara. Vamos, ¡estaban delante de Kiki! Éste no podía creer lo que había visto: por primera vez, el chico se había quedado sin palabras. Más tarde, lamentaría el no haber podido lanzar alguno de sus agudos comentarios.

Por supuesto, Isabel dirigía ahora una atónita mirada hacia el niño; y más específicamente, hacia los lunares en su pequeña frente.

- ... ¿Él es tu discípulo, Mu?

- Así es. Kiki, saluda a Isabel.

Antes de poder recuperar el tamaño normal de sus ojos, Kiki ya había recibido un dulce beso en la mejilla, acompañado de un saludo. El pobre chico estaba petrificado: no sólo por el beso, sino también por el hecho de tener delante a una lemuriana, como él.

Ver a Kiki sin capacidad de reacción SÍ que era inusual. Mu, a su pesar, sintió una pizca de satisfacción; ¿no le había gustado al chico ponerlo en evidencia delante de Danae?

- ¿Kiki? Ésta es mi amiga, Isabel. Como habrás notado, ella es de los nuestros... aunque toda su vida ha vivido en Chile.

"¿De los nuestros?" ¿De qué hablaba?

- Mu... ¿a qué te refieres al decir "de los nuestros"?

Aceptémoslo, a Isabel, la curiosidad había vuelto a ganarte. Su inquieta mente solía requerir explicaciones para todo lo que llamara su atención; muy a su pesar, su boca solía obedecer esta necesidad, sin antes considerar ante quién se encontraba. Así pues, se sintió avergonzada por preguntar; pero en seguida, y por suerte para Mu, Isabel centró su atención en el pastelito. Las respuestas deberían esperar; ahora mismo, acababa de sentirse una niña bastante descortés.

- ¡Cielos! ¡Perdón por lo rota! -Al segundo partió el pastelito en 3 partes, para compartirlo con ellos-. Tomen.

La compasión inicial de Mu cedió ante una conmovedora admiración por la chica. Ella no tenía nada; claramente, el dinero apenas le alcanzaría para subsistir; y aún así, compartía con ellos lo poco que poseía. Kiki también reparó en este hecho; aún no se recuperaba de la impresión inicial, pero de pronto, ya no se sentía con ganas de ser impertinente.

Pocas veces Mu se había sentido tan sincero como cuando habló a continuación.

- Tienes un gran corazón, Isabel. Pero no te preocupes... de hecho, pensaba invitarte a comer... Claro, si no te molesta.

Isabel tomó la actitud de quien declina una invitación, en el deseo de no causar molestias; pero antes de poder hablar, su estómago opinó lo contrario, con un decidor rugido de protesta. Un poco avergonzada, pero feliz, atinó a decir:

- Claro que no... Mi guatita ya dijo que si, ¡y yo también!

Sobra decir que ya había ganado la aprobación de Kiki. No sólo le cayó bien desde el principio; alguien capaz de influir así en el carácter de Mu, debía de ser realmente especial. Y a propósito...

- Mi maestro me ha hablado de usted. ¿Era la dueña de esos cassettes que trajo a casa?

- Yo se los regalé, sí. ¿Por qué, Kiki?

- Porque fue divertido ver a mi maestro disfrutar toda la mañana, escuchándolos -Así era Kiki: no podía guardar sus comentarios por mucho tiempo. Hizo un gesto travieso, e Isabel se echó a reír por la espontaneidad del pequeño.

- Sí, bueno -atinó a decir Mu-, todos me tienen por el tipo más serio de la tierra.

Isabel difería de esta opinión. Compartiendo con Danae, parecía realmente cómodo, tan accesible como el que más.

- Mmm... Quizás es sólo lo que reflejas por fuera. Al menos, ayer me di cuenta de lo cálido y alegre que puedes ser.

- ¿Eso te pareció? Si tú lo dices...

No mucha gente se encuentra cómoda al sentir que analizan su carácter. Parecía una opinión sincera... y por demás acertada, pues debía reconocer que, en su rol de Caballero, solía proyectar una imagen de autoridad. Pero es que ya la armadura, por sí sola, era bastante imponente... luego lo pensaría mejor. Por ahora, Mu decidió cambiar de tema.

- Mejor, vayamos a buscar un buen lugar para comer. Y de regreso, dejaré algunos víveres en tu casa... me fijé ayer que tenías pocas provisiones.

Ahora los papeles se invertían. Aún con la mejor de las intenciones, Mu habló sin pensar, y no se sintió demasiado caballeroso al poner en evidencia a una dama. Por suerte, Isabel lo tomó a bien, con la humildad que la caracterizaba.

- Je je, bueno, sí, pero recuerda que recién es mi segundo día en este país... ¡no he tenido tiempo de nada!

Pero mientras caminaban, ella se veía pensativa. Al rato, continuó:

- Por eso es que tengo que encontrar empleo luego... no sé si el dinero que tengo me alcance para pasar el mes. Aquí todo cuesta el doble que en Chile, sabes...

- Comprendo.

- Por eso he estado revisando el diario, aunque lo que me preocupa un poco es si seré discriminada por no tener cejas... pero bueno, ya se verá.

- No creo que eso importe mucho. Todo saldrá bien.

De algún modo, las palabras de Mu eran tranquilizadoras... se había portado tan bien con ella, que Isabel decidió creerle. Además, pasear por la ciudad era demasiado llamativo como para perder el tiempo preocupándose. ¡Tenía por delante todo un nuevo mundo para explorar!

- Por cierto, ¿cómo está Danae? ¿La has visto?

- Ella está muy bien -contestó Mu-. Le he encargado averiguar alguna manera de que puedas entrar al Santuario sin que los guardias te molesten. A veces no muestran tener muchas luces, ¿no te contó Danae cuando sólo por vestirse diferente no la reconocieron, y no la dejaban pasar?

Isabel: No... No me dijo nada de eso. ¿Danae trabaja en este Santuario que dices? Sólo creo haber entendido que ella es la escudera de un caballero de signo Tauro, o algo así... -la curiosidad atacaba de nuevo-. ¿Qué clase de santuario es? ¿Algo así como el Vaticano?

- Mmm... No en realidad. Su arquitectura es única, y su emplazamiento no es en un terreno plano; ha sido construido alrededor de una montaña. Si tuviera que compararlo con algo que te sea conocido, sería algo así como una mezcla entre el Partenón y el Coliseo de Roma.

Isabel se mostraba emocionada y sorprendida. Su alma de arqueóloga ansiaba ya conocer esos lugares, examinar los edificios, descubrir historias del pasado... todo ahí reunido, ¡al alcance de su mano!

- ¡Wooo! ¡Qué groso! (¡genial!) ¡Debe ser hermoso! ¿Y tú vives ahí, con Kiki?

- Así es. Vivimos en el Templo de Aries.

- Vaya que era cierto lo que decía Danae sobre sus existencias... ¡suena increíble! Pero si viven en templos... luego, ¿ustedes están ahí para servir a sus dioses?

- Sí. Ya casi nadie cree en los dioses, al menos no como antes... pero aún así, existen; tanto los dioses buenos como los malos.

- Dioses malos... cielos...

Aquello ya era demasiada información, al menos por ahora.

Mientras seguían caminando, Isabel observó las bolsas que cargaban Mu y Kiki. Había olvidado por completo que parte de esos víveres serían para su mantención, por cortesía del ariano; ella sólo pensaba en algún modo de compensar las atenciones que hasta ahora había recibido. Así que tuvo una idea.

- Oye, Mu... ¿te parece si mejor vamos a comer a tu casa? Me gustaría cocinar para ustedes... es lo mínimo que puedo ofrecerles.

Ahí estaba de nuevo el carácter de Isabel: siempre dando de sí misma. ¿Cómo decirle que no?

- Bueno... no creo que haya problemas. En último caso, si los guardias intentaran correrte, siempre puedo usar mi telequinesia... incluso Kiki podría con ellos. ¿No es así, Kiki?

- Molestar a esos idiotas es mi especialidad -dijo él, dándose aires de experto.

Un segundo más tarde, se teletransportaban hasta el santuario. Esta vez Isabel sabía a qué atenerse: sujetó sus cosas, tomó la mano de Mu mientras Kiki hacía lo propio, esperó tranquilamente el cambio de paisaje... y quedó tan asombrada como la primera vez, pues la visión que encontró al final del viaje desafiaba toda expectativa. Los edificios, el monte con una escalera que parecía alcanzar el cielo, las esculturas que lo decoraban todo... ¿Acaso habían palabras para describirlo?

- Esto es... ¡Este lugar es hermoso!

Isabel intentaba abarcarlo todo con la mirada; disfrutaba cada detalle, pensando quizás que en cualquier momento despertaría de este sueño... Pero no: era real, y ella simplemente no podía creerlo.

- Bueno, ¡en marcha!

La alegre voz de Kiki la sacó de su ensueño, y esta vez su mirada encontró un contingente de seguridad en la entrada del santuario. Cayó en la cuenta de que aún debían hacer el ingreso desde de la zona turística... y lo que le habían contado de los guardias era cierto. No se veían ni muy inteligentes, ni muy amistosos.

- Mu... si mi petición va a causarte problemas, todavía podemos ir a mi departamento... ¡yo los recibiría encantada! -Las armas de los centinelas comenzaban a ponerla nerviosa. Además, le apenaba la sola idea de que su ocurrencia les causara molestias a sus amigos.

- No te preocupes, aquí no va a pasar nada. Además, veo venir a Danae y Aldebarán; de seguro traen tu salvoconducto.

- ¡Es verdad! ¡Ahí vienen! -confirmó Kiki. No por secundar a su maestro, sino por la visión de Danae.

Santo y escudera pasaron entre los guardias para reunirse con los recién llegados. Aldebarán era alto e imponente; a su lado, la menuda figura de Danae lo hacía parecer un gigante. Isabel estuvo tentada a dar un paso hacia atrás, pero en seguida se vio tranquilizada por el saludo de Danae.

- ¡Lo logramos! Apenas mi señor mencionó la palabra "lemuriana", el patriarca Shion aceptó darle el salvoconducto. Esto es para ti, amiga.

El tan esperado salvoconducto resultó ser una preciosa pulsera de oro, que incluía una pequeña gema roja en forma de carnero. Simplemente por llevarla puesta, le permitirían entrar al Santuario... Isabel no pudo evitar preguntarse si habría algún problema en usarla para otras ocasiones.

Aldebarán interrumpió sus pensamientos.

- Así que, ¿ella es Isabel? Mucho gusto, querida. Yo soy Aldebarán de Tauro, señor de Danae.

Isabel levantó la mirada para mirar a su interlocutor. Luego la levantó más... otro poco más... de cerca, este nuevo caballero era enorme. La timidez de la chica entró en alerta, pero luego pensó que, si Mu era tan agradable, podría confiar igualmente en Aldebarán.

- ¡Hola, mucho gusto! -Con un gesto, pidió al taurino que se agachara hacia ella. El caballero accedió, curioso; su acción fue recompensada con un suave beso en la mejilla.

Aldebarán, más bien paternal, recibió el beso de muy buena gana, y alegremente constató:

- Esta chica es un dulce. Ya veo por qué andas tan entusiasmado, Mu.

El rostro de Mu tomó una coloración muy acorde a su signo, tan intensamente rojo que provocó las risas de Danae, Aldebarán y Kiki. El ariano tuvo un repentino interés por su almuerzo... ahora mismo, se le antojaba un buen filete de toro.

- Ya me las pagarás, grandote.

- Bah -rió Aldebarán-, alguien debe preocuparse de que te relajes un poco, corderito. ¡Para eso estamos los vecinos!

Isabel disfrutaba tremendamente de la escena, pero no estaba segura de si sería correcto reírse de su anfitrión. Claro que, tampoco la estaba mirando... Por suerte, Danae decidió que debían ponerse en camino.

- Vamos... coloca la pulsera en tu muñeca, Isa. Cuando los guardias la vean, sabrán que tienes permiso para pasar.

- Es muy bonita -dijo ella, admirando la cadenita.

Aldebarán se ubicó a su lado mientras avanzaban, con gesto protector.

- Cuando vengas, tráela puesta, menina. Los guardias pueden ser un fastidio.

- Ya me lo habían dicho... ¡que mala fama tienen los guardias!

- ¿Qué lugar visitarás primero? -quiso saber Danae.

De haber oído la pregunta dos minutos antes, Mu hubiera vuelto a incomodarse. Pero para entonces ya todos lo habían puesto en evidencia, así que él mismo declaró:

- A mi casa... la invité a comer.

- Ah, pero ¡cocinaré yo! -declaró Isabel, no sin una sana cuota de orgullo-. Y Danae, cuando tengamos oportunidad, cocinaré para ti, amiga. De hecho... Mu, ¿crees que podríamos invitar a Danae y al Señor Aldebarán? ¡Con gusto prepararé algo para todos!

Ni bien terminó de hablar, un pensamiento le congeló la sonrisa en la cara. "Sí, voy a cocinar yo, pero la comida no es mía... ¡y la casa tampoco! Estar con amigos en un lugar tan hermoso me hizo hablar de más, ¿qué hago ahora? ¡Acabo de invitar gente a una casa ajena!". Por suerte, antes de necesitar corregirse, Mu se mostró de acuerdo.

- Claro... si aún no han comido y no tienen otros planes, mi casa siempre está abierta para todos.

"De hecho todos pasan por su casa, maestro, es la única manera de subir al resto del santuario" -pensó Kiki. Cierto: la casa de Aries era el paso obligatorio para cualquiera que entrara o saliera del recinto... y era el resignado Kiki quien debía hacerle el aseo. Mu lo sabía, y se preocupaba de que los esfuerzos del chico nunca quedaran sin compensación.

Y como de todos modos ya era la hora de comer, Danae y su señor aceptaron de buena gana.

Cuando finalmente logró pasar entre los guardias ("no me miren... no me miren..."), un nuevo mundo se abrió ante Isabel. Apenas oía la conversación del grupo, mientras intentaba asimilarlo todo... ¿cómo, tan cerca de las zonas turísticas, podía hallarse un ambiente tan distinto?

El paisaje era árido y rocoso, con muy poca vegetación... y en seguida su ojo de arqueóloga reparó en algo. No parecían rocas al azar, como las que podrías encontrar en un desierto: éstas casi parecían destruidas, luego de ser sometidas a golpes y grandes fuerzas. Pero eso no era posible... ¿no?

Poco duró su interés académico, pues en seguida recordó que tenía el honor de estar en una zona fuera de los límites para los turistas. ¡Y había tanto qué ver! La gente aquí vestía como en los tiempos antiguos; podía ver las inconfundibles togas griegas y sus correspondientes accesorios, pero también armaduras livianas e implementos de competición. Por todas partes había gente entrenándose en combate, preparándose quizás para una oportunidad de entrar al coliseo que se veía a un costado del camino... o sea, ¿para qué combatiría alguien en estos tiempos, sino para una competencia?

Eventualmente, llegaron a la escalinata que conducía al templo de Aries. Isabel no paraba de observar con deleite la bella arquitectura a su alrededor... hasta que comenzó a faltarle el aliento. Era la única que no estaba acostumbrada a esta parte del trayecto, y a propósito de ello, Danae comento:

- Con esta rutina de ejercicios al menos es fácil mantenerse en forma. Compadecería al "jardinero" por tener que trasladarse continuamente hasta la cima, si no me cayera tan mal como lo hace.

- ¡Danae! -dijo Aldebarán, con la obvia intención de pedirle un poco más de respeto hacia este "jardinero". Pero luego, él mismo recapacitó:- Oh, bueno... aceptémoslo, Afrodita es un desagradable.

Isabel miró hacia la cima. ¿De verdad había un jardinero encargado de todo esto? ¡Pero si era un lugar inmenso, y árido además! La chica calculó que, si tuviera que llegar hasta allá arriba, se tardaría al menos doce horas...

- Pobre jardinero. ¡Debe de ser la media pega! (mucho trabajo) -comentó con inocencia.

- No, Isa -aclaró Danae-, Así le digo a Afrodita, el guardián del último templo. Es un narcisista de lo peor, y más femenino que yo misma. Digo, es un hombre, ¿por qué chingados lleva nombre de mujer, y además se preocupa de lucir como una?

(Chingados es para los mexicanos algo así como el "chucha" chileno)

"Será un apodo", pensó Isabel. Oír hablar a Danae con tanta hostilidad hacia esta persona le llevó a pensar si de verdad sería así de desagradable... pero como ya estaban frente a la casa de Aries, prefirió dejar el tema de lado.

Ya en casa del Carnero, y guiada por Kiki, Isabel llevó las provisiones a la cocina, y se dispuso a poner manos a la obra.

- Ve con los demás, pequeño, no puede haber niños en la cocina -dijo a Kiki, acariciándole suavemente la cabeza.

- ¿De verdad no quieres que te acompañe?

- ¡No podría pedir un mejor ayudante! Pero quiero que esto sea una sorpresa, ¿sabes? Para mostrar mi gratitud hacia ustedes.

Mientras un anhelante Kiki volvía a reunirse con los adultos, ella se dedicó a examinar cada bolsa de compras. Papas... verduras... algo de carne... interesante, especias que no había visto en su vida... Pronto decidió lo que prepararía, mientras los demás mantenían una agradable conversación en la sala de estar.

- Isabel ya esta cocinando, Danae -informó Kiki-. ¡Espero que sea algo rico!

- Pues ya me llega el olor, y huele muy bien.

- Es una chica muy hábil, por lo visto -Aldebarán también estaba complacido con el aroma de la cocina-. ¿Qué crees que piense tu maestro respecto de Isabel, Mu?

- Creo que le parecerá agradable. Aunque también es bastante curiosa.

- ¡Yo también suelo ser curioso, maestro! -el travieso Kiki se había instalado en el regazo de Danae, y en seguida preguntó a la chica:- ¿Tú tienes algún problema con que sea curiosa?

- Para nada, yo no tengo líos. Además Isa es genial, y es mucho mejor persona que varios de los que conozco.

- ¡A mi me agrada para mi maestro! -el pelirrojo dejó ver una pícara sonrisa-. Ella hace que se comporte diferente, más alegre.

- ¡Kiki! ¡Apenas la acabamos de conocer, chiquillo! -los inoportunos colores regresaban a la cara del ariano. ¿Es que acaso era el día nacional de meterse con Mu?

- ¡Ja ja ja! ¡Pero no se ponga rojo, maestro! -Kiki apenas podía hablar de la risa. Sin la ayuda de Danae, hubiera terminado rodando por el suelo.

Isabel escuchaba las carcajadas del pequeño desde la cocina, revolviendo la olla con cierta nostalgia. Apenas hace un par de días se encontraba allá en Chile, cocinando para su familia y riendo con ellos... cómo los extrañaba ahora. Algunos de estos condimentos desconocidos habían resultado ser bastante buenos. ¿Qué opinaría su padre de estos nuevos sabores?

Veinte minutos después, preparaba la mesa usando un bonito mantel de la cocina, y una jarra con jugo de naranja recién exprimido. Dispuso de todo con esmero, y llamó a los comensales a disfrutar de un estofado que se veía realmente delicioso.

Mu estaba genuinamente impresionado.

- Esto luce de primera, Isabel. Muchas gracias.

- ¡No es nada! Todos ustedes me han tratado de maravilla, a pesar de que no me conocían. Ahora mismo me han dejado hacer uso de la cocina como si estuviera en mi casa. ¡Es lo mínimo que puedo hacer para mostrar mi agradecimiento!

- De nada, chica. Fue un placer.

Isabel rió cálidamente, y se dispuso a comer junto a los demás. Kiki parecía ser quien más disfrutaba de su preparación.

- ¡Está rico! Yo usualmente detesto las verduras, pero nunca las había probado así, ¡me encanta!

- Sí, es un lío para que las comas... ¡ni me lo recuerdes! -corroboró Mu.

- Quise prepararles un plato típico de Chile; se llama carbonada.

- Cielos, me ha gustado mucho, ¿crees que podrías enseñarle a mi maestro Mu? Él cocina a veces, pero ya sabes... la última vez tuvimos que echar a la basura un par de cacerolas. Y luego...

- Kikiii... -Inteligente como era, el chico sabía guardar silencio cuando reconocía ciertos tonos en la voz de Mu.

- También yo quiero la receta -pidió Danae-. Se la prepararé al señor Aldebarán alguna vez.

- Pues si mi escudera la quiere, ¡yo también!

Isabel estaba sorprendida por la aceptación que había tenido su comida.

- No es nada difícil, ¡en serio! Basta mezclar bien las verduras... y es la carne trozada la que les da el sabor.

Cuando hubieron terminado, compartió con todos los detalles de la preparación, en una charla que se prolongó por largo rato. Y una vez que todo quedó lavado y ordenado, Isabel sintió la necesidad de seguir contemplando la majestuosidad del lugar.

- Chicos, si no les molesta, estaré un rato afuera. No veo este paisaje todos los días, ¡quiero aprovecharlo!

- Te acompaño -accedió Mu... al tiempo que, para evitar otro comentario de aquellos, dirigió una discreta pero elocuente mirada a Kiki. El chico asintió, riendo para sus adentros.

Ya en la entrada, Isabel se sentó en los escalones. La casa de Aries no estaba precisamente en altura a comparación de las demás, pero aún así alcanzaba a ver todo el trecho que habían recorrido antes... la arquitectura, la gente, el ambiente que ahí se vivía, eran más que suficientes para quitarle el aliento.

- Tienes una vista espectacular desde aquí, Mu.

- Es bonita, sí. Me hace sentir en paz.

Él dejó pasar un momento en silencio. Solos, relajados, sin nadie que los moleste... había llegado el momento de las revelaciones. Sabía que la chica necesitaba saber acerca de sus orígenes, pero no estaba seguro de cómo se lo tomaría... tampoco estaba seguro de la mejor manera de abordar el tema. Por suerte para Mu, y como si le hubiera leído el pensamiento (e involuntariamente, quizás fue así), ella decidió dar el primer paso.

- Mu... esta mañana, cuando me presentaste a Kiki... mencionaste que yo era, de alguna manera, como ustedes. ¿A que te referías?

Él no contestó de inmediato. Ahora más que nunca, necesitaba medir sus palabras.

- Isabel... lo que vas a escuchar ahora podría resultar difícil de entender. Quizás necesites de algún tiempo para asimilarlo... pero confío en que, eventualmente, te dará al menos parte de las respuestas que buscas.

Otra pausa. Las palabras correctas, el tono correcto, para una revelación que podría cambiar totalmente una vida... No, seguro que no era una tarea fácil.

- Verás... aunque el patriarca Shion, Kiki, tú y yo, convivamos a diario con el resto del mundo, la verdad es que pertenecemos a una raza diferente: compartimos la herencia de la desaparecida cultura lemuriana,

Ella no dijo nada.

- ... Originalmente, los nuestros habitaban una región, un continente, llamado Lemuria. Justo en el centro se hallaba la capital, el centro neurálgico de nuestra cultura; desde allí, hacíamos contribuciones para el mundo entero. Desgraciadamente, nuestra ciencia no era infalible; sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo, un cataclismo acabó con nuestro legado. Todo el continente fue borrado de la faz de la Tierra; se hizo imposible el saber cuántos de nosotros logramos sobrevivir.

Isabel seguía en silencio.

- ... Sin tierra ni un lugar al que llamar propio, vagamos mucho tiempo por diferentes lugares... hasta que acabamos viviendo en el Tíbet. Como podrás entender, millones desaparecieron... Sin saber nada de ellos, y con pocas posibilidades de buscarlos, casi nos convencimos de que éramos los únicos que quedaban con vida... Hasta que tú apareciste.

Mu comenzaba a inquietarse. ¿Acaso el silencio de Isabel auguraba una tormenta en formación? Podría leer su mente, claro... pero no se atrevía. Este momento era demasiado íntimo como para invadirla así.

- Encontrarte nos dio nuevas esperanzas, Isabel. Si tú estabas viva y a salvo, otros también podrían estarlo... Por el momento, somos todo lo que queda de nuestro mundo. Y debo decir que, gracias a tu aparición, hoy me siento un poco más completo.

Silencio.

Y, finalmente, Isabel reaccionó. Su sentir se manifestó a través de lágrimas silenciosas, que trajeron a Mu una indefensión como nunca antes había experimentado. ¿Pena? ¿Dolor? ¿Abandono? ¿Qué estaba sintiendo ahora? Se sintió realmente desorientado, sin saber cómo consolarla, sin saber siquiera si debía intentarlo. Mu, el poderoso santo de Aries, no tenía armas para lidiar con esta reacción.

Pero luego, Isabel comenzó a hablar.

- Gracias, Mu. Gracias. No sabes lo que esto significa para mí... Siempre me sentí fuera de lugar, ¿sabes?... Aún rodeada de gente, no importa donde estuviera, siempre me acompañaba una sensación de soledad. Comienzo a entender tantas cosas ahora... Mi aspecto, mi habilidad de leer la mente...

Habilidad que, por cierto, le permitía saber que Mu hablaba con la verdad. Ni siquiera en sueños se había atrevido a imaginar lo que ahora tenía por delante: había recibido la respuesta a mil preguntas, y mil preguntas nuevas para reemplazarlas. Pasó un buen rato antes de que lograra serenarse... aún más tiempo sería necesario para asimilar estas verdades.

Mu respetó el silencio que sobrevino. Ambos sabían que quedaba mucho por decir... pero no ahora. Ahora era el momento de reconciliarse con el pasado.

¿Cuánto tiempo permanecieron así? Era difícil saberlo. Lo cierto es que, repentinamente, la chica comenzó a sentirse inquieta. Alguien más andaba cerca... y no era ninguno de sus amigos. Detrás de ella, una densa presencia le causaba inquietud y temor... tanto, que ni siquiera se atrevía a voltear.

Mu no necesitó preguntarle nada. Conocía muy bien esa presencia, y no, no era de su agrado. Un segundo después, una figura masculina aparecía en el campo visual de Mu: Máscara Mortal.

- Demonios -masculló Mu-... tenía que aparecer este idiota...

- Mu... no es otro de tus amigos, ¿o sí? -Isabel intentaba aparentar tranquilidad, pero lo cierto es que, a medida que se acercaba, esta presencia le ponía los pelos de punta.

- Es un vecino... pero es un desagradable.

- Sí, puedo darme cuenta de eso...

Pronto, Máscara Mortal estuvo lo bastante cerca como para notar que el carnero estaba acompañado de una chica desconocida. Nadie más andaba cerca... y era obvio que su presencia ya surtía efecto. ¡De ninguna manera iba a desperdiciar la oportunidad de fastidiarlo!

Para incomodidad de Isabel, el caballero se dirigió directamente hacia ella. Estar a su lado se sentía horrible, pero confiaba en que Mu pudiera controlar la situación. Por lo demás, y para evitar problemas, decidió saludarlo, aunque sin la más mínima intención de acercársele.

- Buenas tardes, señor.

Tal como ella esperaba, Mu se adelantó.

- ¿Qué quieres, Máscara?

- ¿Te sucede algo, Mu? ¿Acaso no puedo ir por víveres a Atenas?

- Puedes hacer lo que se te de la regalada gana. Pero conociéndote, sé que de seguro vienes a molestar.

Ignorando olímpicamente las aprensiones de Mu, fijó su mirada en Isabel, quien estaba visiblemente incómoda... pues el recién llegado había reparado en los puntos de su frente.

- Buenas tardes, señorita... Ah, una lemuriana, muy joven y bonita, además... No pensé que las mujeres lemurianas fueran hermosas... Mu, ¡no seas mal educado! Al menos podrías presentármela, ¿no? -dijo, la mirada llena de burla.

- ¡Deja... de joder... a Isabel!

Ella estaba a punto de reunir todo su valor, para decirle a este hombre que dejara de mirarla de ese modo... pero la reacción de Mu la convenció de dejar todo en sus manos. Este impertinente debía de haberla alterado más de lo que pensaba... porque, mirando de reojo, le parecía como si el aire alrededor del ariano estuviese vibrando...

Máscara no se daba por aludido.

- Gracias por decirme su nombre al menos. Y no es necesario que te enojes conmigo, carnero... ¿no es así, Isabel?

A Mu no le agradó oír el tono en que pronunciaba el nombre de la chica.

- Te doy tres para que te vayas. Antes de que me arrepienta.

Mu la apoyaba. Ella debía apoyar a Mu. Se armó de valor para enfrentar esa fría mirada, y dijo:

- Caballero, es de muy mala educación molestar a las personas. Y por favor, no me mire de esa forma, pues me desagrada.

Si inicialmente Isabel había sentido timidez y temor, ahora todo se había ido, reemplazado por molestia... pues la respuesta de Cáncer fue una sonora carcajada.

- ¿Te desagrado? ¡Ja ja ja! Al menos tienes agallas, jovencita, si eres capaz de decirme algo así. Nos veremos pronto... ¡te lo aseguro!

Con una burlesca sonrisa, finalmente se dispuso a salir de la casa de Aries.

- Hasta pronto, Mu... ¡cuídala bien! Porque no tengo reparos en redecorar mi templo, cuando me siento con ganas de ello...

¿Qué había querido decir? La joven lo siguió con la mirada, aún sintiendo escalofríos, mientras se perdía de vista... Mu, por su parte, intentaba calmar su ofuscación.

- Idiota... No entiendo como este tipo puede ser guardián de un templo de Atenea.

¿Atenea? Luego, ¿todo esto fue hecho en honor a ella? Isabel no podía pensar en qué clase de diosa era, si tenía un hombre así a su servicio. Pero ya entendía un poco más de qué iba todo esto: cada uno de los templos que se veían en lo alto debía de tener un guardián. Claro que sus amigos estaban lejos de irradiar una sensación tan horrible como aquella...

- Permíteme ordenar mis ideas, Mu. Tú eres el guardián de la casa de Aries; lo sé por el símbolo sobre la entrada. Y ahora entiendo que el señor Aldebarán es guardián de la casa de Tauro, y no sólo una persona del signo Tauro, como pensé en un principio. Si este "caballero" también es un guardián... yo diría que es de la casa de la Serpiente. O no, es el guardián de la Babosa, ¡seguro!

Mu sonrió a su pesar. El ingenio de Isabel era bueno para su alma.

- No Isabel... es el guardián de la casa de Cáncer. Le llaman "Máscara Mortal", y por una muy buena razón: ese tipo "decora" su casa con los espíritus de sus víctimas.

Y aunque ella había intentado aliviar la tensión con sus comentarios, ahora esta aseveración redoblaba sus escalofríos.

Isabel apenas había logrado dejar de temblar, cuando otra voz masculina resonó entre las columnas. ¿Acaso la babosa había vuelto?

- ¿Cómo estás, Mu?

Por suerte para ella, este visitante era mucho más amable; en seguida procedió a saludarla también.

- Buenas tardes, señori...

La sorpresa al verla fue evidente.

- ... señorita... Vaya, ¡una chica lemuriana! Me alegra saber que hay más sobrevivientes, Mu.

Éste correspondió el saludo, evidentemente más cómodo que antes.

- Hola, Saga. Ella es mi amiga Isabel. Isabel, este es Saga, el guardián de Géminis.

- Mucho gusto. -Tan imponente se veía, que esta vez ella no se arriesgó a un beso. Sólo se limitó a bajar su cabeza en señal de saludo, a lo que Saga correspondió igualmente.

- Oye, Mu -comenzó Saga-, ¿has visto a Danae?

- Está en mi templo. Aldebarán y Kiki están allí también.

- Me lo imaginé, cuando no vi a nadie en la casa de Tauro. Traigo sus cassettes... ¡debe de estar extrañándolos a muerte!

- Tranquilo. A ella no le molesta prestarte nada, y lo sabes.

- Es un decir, Mu. Ya sabes que le encanta este grupo latino, y no me gusta alejarla de su música favorita.

- ¿Te refieres a Los Prisioneros? ¡Creo que por fin comprendí el por qué le gustaban tanto!

- ¿De verdad? ¿También te hizo escucharlos?

Danae era una excelente promotora musical.

- Más bien, fue mi amiga Isabel.

- Entonces, Isabel -dijo Saga-, ¿será que usted sí sabe qué significan las letras?

Mientras Isabel reía y conversaba con el santo de Géminis, su presencia había sido percibida por Kiki. En consecuencia, el chico agarró a Danae por la muñeca ("¡con su permiso, señor Aldebarán!"), y la arrastró hacia fuera como si se hubiera activado una alarma contra incendios.

- ¡Kiki, que no soy una mula para que me arrastres!

Pero para ser discreto, el chico sólo le contestaba mentalmente: "¡Ven, Danae, que te está buscando! ¡No pierdas la oportunidad!"

Ella tenía una réplica bastante interesante para el chico, en la que se mencionaban algunos parientes... pero antes de poder decir nada, Kiki ya la había dejado plantada en frente de Saga. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que todos podían escucharlo... pero procuró mantener la calma. Sí, calma total. Sólo estaba frente a frente con Saga.

- Hola, Saga. Veo que ya conoció a Isa.

Saga sonreía tiernamente al ver cómo la joven escudera había sido remolcada hasta él. Kiki tenía las mejores intenciones, pero no los mejores métodos.

- Hola, Danae. Vine a devolver lo que me habías prestado.

La chica recibió los cassettes, no sin poca alegría. Tal como había predicho Saga, le encantaba compartir la música, pero la extrañaba cuando no la tenía a mano. Por otro lado, no había mejor excusa para poder verlo más a menudo... ya con eso le bastaba para sentirse feliz.

- No hay problema. ¿Quiere que le preste algo más? Porque tengo algunos discos en inglés que son excelentes...

- Me encantaría. ¿Qué grupo me recomiendas?

- ¿Ha oído hablar de los Bee Gees? ¡Son muy buenos!

En el fondo, ambos sabían que la conversación era trivial; el tipo de charlas que no llevan a ninguna parte. También sabían que la música era sólo una excusa, algo para poder estar en contacto más a menudo... pero claro, ninguno mencionaría estos detalles.

Era un acuerdo tácito. Y lo disfrutaban juntos.

Kiki, muy satisfecho con el cumplimiento de su misión, tomó de la mano a Isabel para llevarla de vuelta al templo, al tiempo que susurraba a Mu:

- Maestro, ¡dejémosle solos!

- De acuerdo -contestó él-. Ya sabemos cómo es cuando se ponen como tortolitos.

Y ya con menos culpa, se sintió bien haciendo un comentario de esos, luego de haber estado recibiéndolos todo el día.

En sus últimos encuentros, Saga había notado que Danae solía estar nerviosa. Él pensaba que la chica estaba sobrecargada de trabajo, o algo así... no atinaba a comprender que esto no era sino una reacción, cada vez que ella lo tenía cerca. En consecuencia, el caballero se preocupaba de buscar formas en las que su amiga se sintiera más relajada... y en esta ocasión, quiso poner en práctica algo especial.

- ¿En qué piensas, Saga?

- Ya lo verás. Acompáñame... te mostraré un bello lugar que encontré hace poco. Y no te preocupes por tu Señor, ¡ya tengo su permiso!

Y sin dar espacio a réplicas, hizo que Danae se pusiera en marcha, cubriendo sus hombros en un amistoso abrazo... o al menos, esa era la intención del caballero... porque ella se sentía como lanzada a un escenario, obligada a cantar para un millar de críticos, con Los Prisioneros sentados en primera fila. Su corazón pendía de un hilo, cada vez más cerca de cometer la imprudencia de confesar su amor por Saga...

Pero no, no era el momento. Tal vez nunca lo sería, pues en el fondo, la escudera consideraba que él merecía algo mejor... o al menos, algo más que una chica torpe y poco femenina.

Nada más lejos de la verdad... pero así se consideraba ella.

Isabel y Mu observaban la escena desde la seguridad del templo.

- Esta chica debería dejarse de rodeos, y decir lo que le pasa -apuntó Mu.

Isabel, por su parte, contemplaba a la pareja, sus ojos rebosantes de felicidad.

- Ese hombre la quiere más que sólo como amiga... ¡qué alegría por ella!

- Son un par de mensos. Los dos.

- Mu, compréndelos... -ella estaba genuinamente enternecida.- No es fácil decirle a la persona que amas lo que guardas en tu corazón... estoy segura de que a ella le sobran ganas de decírselo.

Si Isabel hubiese conocido un poco mejor al ariano, habría notado cierto extraño dejo en su voz... pero ahora mismo, la emoción de la escena podía más. Mientras Danae y Saga se alejaban, se preguntó si el futuro le tendría reservada una felicidad parecida.

"¿Qué se sentirá ser amada por un buen hombre...?"