Recuerdo muy bien el día que nos conocimos. ¿Imaginaste que ocurriría todo lo que nos pasó después? Me atrevería a decir que sí, siempre fuiste demasiado listo. Si no te hubiera interesado, ni siquiera te hubieses molestado en acercarte tanto a mí, pero eso lo supe mucho después. Recuerdo también, casi como si fuera ayer, que me confesaste entre risas lo mucho que odiabas aquel tipo de fiestas. En aquel entonces no me pude dar cuenta de la verdad, ni siquiera cuando bailé por primera vez contigo. Alguien que odiara los bailes no sabría guiar tan bien en los complicados pasos de los que constan. Sin embargo, y esto es lo que me preocupa, soy incapaz de recordar la pieza que tocaban en ese momento, la que bailamos. ¿Sería que estaba tan pendiente de otra cosa que no prestaba atención a la música? ¿Estaría pendiente de no equivocarme al bailar? ¿O quizás…solo tenía ojos para ti?
Chapter 2: El baile
Jamás pude soñar tanta felicidad en tan poco tiempo. Rod y yo estábamos prometidos y enamorados el uno del otro. Cuando nos casásemos, haríamos una poderosa alianza…seríamos el Imperio austro-húngaro. Aquello me sonaba muy bien, pero me importaba bien poco comparado con poder estar juntos. Decidimos casarnos en un año, para poder preparar con antelación todos los cambios que traería nuestro matrimonio. No me importaba esperar el tiempo que fuera necesario, por primera vez en mi vida. Decidí quedarme en Austria durante ese año para poder aprender más sobre la refinada cultura austriaca, tan distinta a la húngara (a pesar de estar tan cerca nuestros países).
Rod me llamó unos días después de la petición de matrimonio.
- Eliza, deberías saber que a partir de ahora tendremos que asistir a muchísimas reuniones importantes y fiestas de la corte. Si te soy sincero, estoy un poco preocupado… conociendo tu carácter, no sé si podrás aguantarlas…
- Rod –le besé y le miré directamente a los ojos- soy tu prometida, y dentro de no mucho tiempo tu esposa. Soy consciente de que tendré que sacrificarme muchísimo por ello, pero no me importa –deslicé mi mirada a la alianza- me has hecho tan feliz que podría soportar cualquier baile aburrido para que me sigas queriendo
- Mi pequeña Eliza… -susurró Rod- Estás desvariando. Nadie va a dejar de quererte. No puedes hacerte una idea de cómo te amo…- se quedó pensativo unos momentos y chasqueó los dedos- Intentaré meterte en las menos reuniones posibles. Quiero que estés feliz, y que no tengas que sentirte sacrificada. Sin embargo, no quiero dejarte sola mucho tiempo…
Negué con la cabeza.
- No te preocupes. No soy una persona que me aburra fácilmente, ya se me ocurrirá algo para distraerme…por ejemplo, montaré mucho a caballo –le sonreí.
Rod pareció estar más relajado con mi respuesta y se marchó. Me alegré por ello. Ya tenía bastante encima como para tener que preocuparse por mí. Yo me bastaba solita, además de que en aquellos instantes solo tenía que estar apoyándole en todo momento. Aun así, me puse un poco triste con cierto pensamiento: ¿Cuánto tiempo podríamos estar juntos y disponer para nosotros con tantas reuniones?
Pasó un mes. Para mí se pasó volado, pero el pobre Rod estaba cada vez más estresado. Cada día, cada hora, una reunión importante… y luego, fiestas nocturnas, día sí y día también. Empecé a acompañarle a algunas de ellas, quería estar con él y compartir esa pesada carga del protocolo que se había auto impuesto. Huelga decir lo aburrido que resultaba para mí, tenía que hacer grandes esfuerzos para no bostezar o caer dormida. Sin embargo, con poder estar junto a Rod, verle feliz y mucho más tranquilo y que luego pudiéramos besarnos durante largo tiempo era capaz de soportar largas reuniones.
A primeros de ese mes, Rod vino a buscarme y parecía muy preocupado.
- Eliza…no sé cómo decirte esto, pero… he tenido que organizar un baile, al que vendrán muchas personalidades importantes.
Le miré horrorizada. No tenía ni idea de bailar. Hasta ahora había podido librarme, porque no habían organizado ningún baile, eran solo cenas, pero ahora…
- Rod… ¿y qué voy a hacer? Sabes tan bien como yo lo mal que bailo…
- Tranquila. No hará falta que bailes. Con que solo saludes a las personas que te vaya trayendo, como hasta ahora, creo que todo irá bien.
- ¿Y si me sacan a bailar?
- Di que te has torcido el tobillo o algo parecido. No quiero que tengas que estar nerviosa por algo así. Ya me ocuparé de darte clases en cuanto tenga un poco más de tiempo, te lo prometo.
Asentí distraída. Esperaba que no pasase nada en el baile, por nada del mundo quería meter a nuestro nuevo imperio en guerra solo por una tontería como la de no poder bailar.
Los siguientes días fueron una sucesión de vestuario y peluquería, debía estar arreglada para el baile. Elegí lo que me resultaba más cómodo, si no iba a bailar no necesitaba un gran vestido.
Por fin llegó el gran día. Rod esperó pacientemente a que terminasen de darme los últimos retoques. Cuando me vio salir, sonrió.
- Estas preciosa. Mucho más que otros días. ¿Debería ponerme celoso?
- ¡Que tonto eres! Yo sería la que debería ponerme celosa.
Entre risas, agarré su brazo y nos dirigimos al gran salón. Estaba llenísimo. A un lado la orquesta, al otro un gran espacio reservado para bailar y al otro la larga mesa. Me empezaron a sudar las manos y se me revolvió el estómago. Era la primera vez que veía tanta gente junta.
- Eliza, relájate. Recuerda que no vas a tener que bailar.- me susurró Rod.
Eso no me servía de nada, pero intenté fingir como pude algo de calma. Nada más llegar al salón, Rod se separó de mí y empezó a saludar elegantemente a todo el mundo. Yo, discretamente, me fui hacia la mesa y me senté, esperando a que me trajera a las personalidades más importantes.
Estando allí sentada, observando el dorado recargamiento de la estancia y viendo a las parejas bailar un vals, empecé a sentirme muy triste e incómoda. Yo amaba a Rod, de eso no había duda. Pero… ¿sería capaz de aguantar estas cosas a las que no estaba acostumbrada? ¿Llegaría a explotar en algún momento? ¿Era correcto que sacrificase mi vida por el amor? ¿Y si toda esta historia era solo el deseo de Rod de crear un imperio aun más grande y poderoso y en realidad no sentía nada por mí?
De repente, alguien posó su mano en mi hombro. Levanté la cabeza. Rod estaba allí y traía a alguien consigo.
- Elizabeth, debo presentarte a alguien muy importante…
Dirigí mi mirada al desconocido
Me sobresalté un poco. No esperaba que el hombre que estaba junto a Rod fuese albino. Le observé con detenimiento, hasta posar mi mirada en sus ojos. Rojos, profundos y astutos. Parecían los de un zorro.
- Déjame que te presente a Gilbert Beilschmidt, el líder de Prusia.
¿Prusia? Arqueé las cejas, desconcertada. Intenté recordar alguna de las absurdas reuniones en las que había estado. En ese momento, recordé. Algunos de los pequeños estados situados en la zona noroeste de Europa se habían unido bajo una misma bandera, aunque seguían independientes los unos de los otros. Prusia había adquirido rápidamente una fama de gran conquistador y buen batallador. Se había metido en muchísimas guerras. Eran osados, impulsivos y astutos. Algunos incluso se asustaban al ver volar a alguna águila negra (que era el símbolo de la bandera de Prusia). Así que aquel era el que les lideraba…
- Encantado de conocerla, señorita Héderváry. Permítame que la felicite de antemano por su próxima boda –tomó mi mano y la besó.
Algo en mi interior se "movió" de forma extraña. ¿Qué era? Aquel hombre…
Rod me miró nerviosamente. Creo que estaba tardando demasiado en devolverle el saludo.
- ¡Oh! E-el placer es mío, señor Beilschmidt. Y agradezco sin duda sus felicitaciones.
Rod suspiró aliviado.
- La verdad es que para nosotros es un inmenso honor que usted se encuentre con nosotros. Pensaba que estaba muy ocupado…
- En absoluto. Para mí la guerra no es una ocupación, es una manera de vida.
- Pero… ¿eso quiere decir que de verdad está usted en guerra ahora?
Se echó a reír al ver la cara de desconcierto de Rod.
- ¿Qué se apuesta usted, mi querido amigo, a que mañana por la mañana las primeras noticias hablan de nuestra victoria? –su tono, seguro y jovial, no admitía réplica. Luego se volvió hacia mí- Oh, discúlpeme, seguro que estos temas de guerra han de aburrirla.
- Para nada –negué con la cabeza- Me resulta muy interesante la política exterior. E incluso su rápida conclusión de la guerra.
Volvió a reír.
- ¡Es usted fantástica! Pocas mujeres de la alta nobleza se interesan por la guerra, debería estar orgullosa. Y, no queriendo parecer indiscreto –hizo una reverencia y extendió su brazo- ¿me concedería usted este próximo baile?
Miré a Rod nerviosamente. Se debatía entre mi bienestar y las relaciones políticas con los demás países. Sentí una punzada de enfado. ¿Por qué dudaba de algo tan absurdo? Decidí contestarle yo.
- Debe disculparme, señor, pero ayer sufrí un esguince al caer del caballo y el médico me ha mandado reposo…
De nuevo se echó a reír. Me miró sonriente y, mostrando su dedo índice, lo movió de un lado al otro.
- Señorita, me apesadumbra que me mienta. La he observado cuando llegó al salón. Andaba de una manera tan normal, como si nunca hubiese existido tal caída. Y créame, en cuestión de heridas y lesiones, se muy bien de lo que hablo.
No supe qué decir. Había descubierto el pastel. ¿Qué haría ahora? Rod estaba muy nervioso, quizás recordando todas aquellas historias de las guerras en las que Prusia había participado. Eso me molestó aún más.
El señor Beilschmidt volvió a tenderme el brazo, con esa sonrisa tan suya.
- ¿Es por que no sabe bailar? ¡No hay ningún problema con eso! Siempre hay una primera vez para todo. Además, no debe preocuparse, yo la guiaré.
Miré a Rod. Él suspiró profundamente.
- Ve, Elizabeth. No queremos hacerle un feo al señor Beilschmidt. Además,
seguro que es un excelente danzador.
- ¡Eso délo por hecho! –contestó rápidamente.
Qué remedio. No me hacía ninguna gracia estar cerca de ese tipo, pero menos aun quedarme a solas con Rod en esos momentos. Estaba decepcionada por su comportamiento y no me apetecía discutir con el ahora. Un baile me despejaría.
El señor Beilschmidt me guió gracilmente hasta un lado de la pista, donde nos quedamos esperando a que la canción que ahora sonaba terminase.
- Le confesaré un secreto –dijo entre risitas y susurros- No me gustan este tipo de fiestas. Para nada. Y me da la impresión de que a usted tampoco.
- Ha acertado. Sin embargo, si de verdad es tan buen bailarín…
-La cultura de mi pueblo. Música, baile… así que desde que era pequeño he estado bailando, por mucho que no me gustase. Así que no debe temer, la guiaré bien –en ese momento, la música cesó- ¿Está lista?
No, no lo estaba. Pero me dejé llevar. Se detuvo en una zona más o menos central de la pista. Me quedé totalmente bloqueada. Los brazos flojos. Las piernas temblorosas. Él sonrió, parecía pasárselo en grande viendo mi nerviosismo. Puso su mano en mi cintura y con su otra mano cogió mi mano izquierda. Me acercó a él.
- Estas muy tensa… respira hondo, ¿de acuerdo? Y pon tu mano libre en mi hombro.
Fue cuando reaccioné. ¿Me estaba tratando de tú? Fuera como fuese, había funcionado, me había relajado. Hice lo que decía.
La música empezó.
El señor Beilschmidt susurró "y un, dos, tres, un, dos, tres" y empezamos a girar, suavemente. Me concentré en mis pies, no quería pegarle un taconazo, encima de que se ofrecía a ayudarme. Su voz sonó de pronto. Un nimio susurro, que hizo que mi corazón empezase a latir con fuerza. No podía explicar porqué, pero me gustaba oírle hablar así.
- Ey, ey, lo hace usted muy bien. Pero creo que lo haría mucho mejor aún si deja de mirar a sus pies y me mira a mí.
Le hice caso y me enfrenté con su mirada. Me sumergí en sus profundos ojos rojos. Todo se paró entonces para mí. Estábamos él y yo.
- ¿Sabe qué? Es usted bellísima. Hacía mucho que no veía a una mujer como usted.
- E-exagera… además, ha viajado más que yo. Debe haber visto de todo tipo de
bellezas.
- Por desgracia, lo único para lo que he viajado es para hacer la guerra. Los pueblos por donde paso están desiertos o destrozados En esos momentos se echa de menos la compañía de una mujer…
Opté por cambiar de tema. No me hacía mucha gracia esa conversación.
- ¿Está casado?
- Soy un hombre nacido para ser libre. Para volar como el águila. Nunca me he planteado casarme, pero no lo descarto…solo cuando encuentre a una mujer de mi tipo.
- ¿No se siente solo?
- Al contrario. Puedo tomarme las libertades que quiera, cosa de la que tendré que despedirme cuando me case. En una relación, las decisiones son de los dos.
Me quedé pensativa. Con lo independiente que yo era… ¿sería capaz de estar casada? El señor Beilschmidt pareció adivinar en lo que pensaba, pues volvió a reírse y agitó la cabeza, en señal de disculpa.
- Por supuesto, esa es mi opinión, lo cual no quiere decir que sea verdad y que pase siempre, así que no se alarme. No querría romper su próximo matrimonio. Además, nunca he tenido una relación estable, así que no sé si me sería difícil hacer la vida en pareja o no.
Asentí distraída.
- ¿Y cual es su tipo de mujer? –unos segundos más tarde, le miré asustada. ¿De verdad había preguntado yo eso? ¿Para qué me interesaba?- Oh, disculpe mi atrevimiento…
- No pasa nada –se echó a reír- Me gustan las mujeres atrevidas, si quiere saberlo. Además, no es malo ser una persona curiosa –me guiñó el ojo- Sin embargo, no diré más, son detalles personales, ya me entiende.
- Claro, claro… -mi cara parecía un tomate. Aquello no era normal. ¿Qué me ocurría?
Él, en ese instante, se acercó lentamente a mi oído y volvió a susurrarme.
- De verdad, eres preciosa…
La música cesó. Las parejas pararon de bailar y se fueron desplazando a los lados de la pista. La primera parte del baile había finalizado. El gran reloj del salón sonó, indicando la hora de la cena. El señor Beilschmidt me soltó y se sacudió las manos, satisfecho.
- No baila nada mal. Le aconsejo que practique cuando pueda. –dirigió su vista al gran reloj y suspiró- Bueno, es tarde. Si me disculpa, debo retirarme ya. Mañana finalizará la guerra y estaré ocupado con los documentos, así que quiero acostarme temprano.
- ¿Volveré a verle? –volví a asustarme. ¿Qué podía importarme ese hombre? ¡Era la primera vez que lo veía en la vida! Y sin embargo…
Había echado a andar, pero se giró y me dedicó una sonrisa.
- Téngalo por seguro. Estaré junto a usted más pronto de lo que imagina… Que pase una buena velada, señorita Héderváry.
Contemplé como se alejaba hasta perderse en la multitud. Mi corazón latía fuertemente, mi espíritu se mostraba confuso. Tras unos instantes, fui a buscar a Rod. Durante la cena, la única imagen que tenía en mi cabeza fueron aquellos ojos rojos. La única voz que podía escuchar era la suya.
