Aún sigo preguntándomelo. Por qué te creí de pies juntillas. Por qué me dejaste ganar aquella pelea, en la que había más en juego de lo que parecía en un principio. Porque, está muy claro, tú eras mejor que yo. Por mucho que rieras y lo negaras, lo eras. Y, aún así, dejaste que te "humillase". Me habías estudiado de arriba abajo. En solo un día. Eso es meritorio. Cuando me enteré de toda la verdad, me pregunté por qué no había cortado lentamente tu cuello, que estaba tan cerca del acero de mi espada. Cuando supe la respuesta, fue aun peor.

Chapter 3: El duelo.

Aquella noche, al despedirnos, Rod me hizo una confesión.

- Mira, Eliza. Estoy preocupado por ti. Debes tener cuidado con ese Gilbert. Escuché rumores en el baile que no eran muy agradables. Intenta ser lo más educada que puedas, pero nunca le facilites información sobre ti y tus gustos.

-¿A qué te refieres?

- Si no tienes cuidado, puede ser que invada Hungría por sorpresa, aprovechando tus debilidades. Y no quiero eso –me abrazó fuertemente- No quiero que nada ni nadie me separe de ti. Mi pequeña Eliza…

Me dejé abrazar. Sin embargo, estaba triste. En otras circunstancias, un simple abrazo suyo me habría animado, pero ahora… aquellos ojos rojos estaban profundamente clavados en mi mente.

Necesitaba un beso. Busqué instintivamente con mis labios los de Rod. Solo fueron dos largos besos. Después, él se separó. Estaba completamente rojo.

- D-debo irme ya… Ambos estamos muy cansados. D-descansa, Eliza –me miró dulcemente y se largó corriendo.

Caminé lentamente a mi habitación. Al llegar, me eché en la cama y comencé a pensar. ¿Era aquello justo? Se suponía que Rod y yo éramos una pareja… ¿por qué no podíamos hacer lo que hacían las parejas normales? Estaba harta de que siempre estuviera pensando en el "qué dirán". Me dolía en el alma. Quería tiempo para nosotros. Quería besarle con toda mi alma, entregarme a él. Pero parecía no importarle. Como si todo lo que tratase de mí, de esa idea de "nosotros" fuera secundario para él. No podía ni besarle demasiado, todo le daba vergüenza. Ni siquiera dormíamos en la misma cama, en la misma habitación. ¿De verdad podía confiar en que me amaba de verdad?

- XXX-

No me sorprendí en absoluto cuando, a la mañana siguiente, las primeras noticias exteriores hablaban de la victoria de Prusia. Otro territorio conquistado. Rod parecía molesto, como si le costara admitir que el señor Beilschmidt había tenido razón. Bueno, qué le íbamos a hacer.

El tiempo pasó. Esta vez, más lentamente para mí. La monotonía era demasiado. Rod tenía menos reuniones y menos fiestas, pero ahora solo tenía tiempo para tocar el piano. Desde muy niño era su pasión y cada vez que lo tocaba, se sentía en la mayor felicidad. Sin embargo, cada día, yo moría por dentro. No quería decirle nada. Para él, todo tenía que ser correcto y marchar bien. Si yo no estaba de buen humor, algo en su cuadriculada cabeza tampoco marchaba bien. No quería verle con un ataque de nervios, ya sería lo que faltaba. Tampoco sabía si era correcto pasarlo así de mal, pero en el fondo…seguía amando a Rod con todo mí ser. No podía evitarlo. Eso me hacía no querer verle mal. Si él estaba feliz con el piano, yo también lo sería.

Un día, Rod vino a comunicarme algo.

- Eliza, vamos a tener a un invitado muy importante dentro de poco. Me gustaría que empezases a prepararte ya para recibirle como es debido.

- ¿Quién es? ¿Le conozco?

- Claro. ¿Recuerdas al señor Beilschmidt, de tu primer baile?

Me quedé petrificada. ¿De verdad? Ya recordé lo que me dijo al despedirse, que volveríamos a vernos muy pronto. No esperaba que fuera a cumplir su promesa… Mis sentimientos eran contradictorios. Tenía miedo de verle, pero por otra parte, mi corazón palpitaba con alegría. ¿Por qué?

Así estuve durante toda la semana, hasta que llegó el día.

Llegó montado a caballo, con una enorme águila negra en su hombro que, a una señal suya, salió volando. No había cambiado nada, era el mismo señor Beilschmidt que había conocido en el baile.

Rod le hizo pasar al palacio. Estuvieron sentados un buen rato en uno de los salones, hablando de política y guerra. Yo no intervine. En lugar de eso, le observé en silencio.

Era completamente distinto a mi futuro marido. Sus movimientos eran seguros y confiados, a al vez que precisos. Era algo normal, si era tan buen guerrero, debía no solo tener seguridad en los golpes, si no haberlos preparado de antemano. Su mirada parecía atravesar todo cuanto observaba, como si no existieran secretos para él. Sus manos no eran como las de Rod, suaves y delicadas, si no callosas y ásperas en apariencia. Reía por cualquier cosa. De vez en cuando desviaba su mirada hacia mí, pero muy brevemente. Una de las veces, incluso me sonrió. Aún así, yo ni le quité un ojo de encima.

Rod se empeñó en mostrarle sus habilidades con el piano y me obligó a cantar. Tuve que hacerlo, aunque no quería. Si no, Prusia nos iba a declarar la guerra y claro, eso era súper peligroso… maldita sea, ¿por qué Rod era tan cobarde? Como cuando éramos niños…

El señor Beilschmidt escuchó atentamente nuestro recital y aplaudió divertido. Rod hizo una reverencia encantado, pero yo no. Aquellos aplausos sonaban más a mofa que a admiración.

- ¡Bravo, bravo! ¡Un recital encantador! Toca de maravilla…y usted, señorita Héderváry, tiene una voz hermosísima.

- No es para tanto... –suspiré. Aún así, ese cumplido me había gustado. Me sentía feliz de que me hubiera dedicado aquellas palabras, pero no sabía por qué.

En ese instante, se levantó y se acercó a nosotros. Me miró directamente a los ojos. Algo en mi confianza flaqueó al notar sus ojos clavados en mí.

- Si me lo permite, señorita, querría comprobar algo. Me dijeron que era una buena espadachina, ¿puedo retarla a un duelo? Es que bueno…el piano no es lo mío – miró a Rod- No se ofenda.

- Claro que no –sonrío Rod nerviosamente. Aquello le había molestado, sin duda- Adelante, pruebe. Yo tengo asuntos que atender… que gane el mejor –tras dirigirme una mirada de advertencia y preocupación, salió de la sala. Recordé lo que me había dicho. ¿Por qué le iba a interesar Hungría…y lo que era más importante, yo? No tenía nada que ofrecerle, nada que pudiera gustarle…

Caminamos hacia el establo, donde estaban guardadas las espadas. Era algo que no me convencía mucho. Yo prefería tenerlas en un lugar más seguro, pero Rod insistía en que el verdadero progreso eran las armas de fuego. A mí no me gustaban ni lo más mínimo: la mayor seguridad para comprobar que de verdad habías matado a tu adversario era ver la sangre de una espada, no el polvo de una bayoneta. Eran armas de cobardes, para limpiar conciencias de los que no eran capaces de sentirse, por unos instantes, como la mismísima muerte al cortarle la cabeza al enemigo.

Estuvimos en silencio hasta que nos aproximamos al establo. Estaba verdaderamente nerviosa, andaba muy rígida y respiraba profundamente. Solo era un duelo, no había ningún problema…pero, entonces, ¿por qué?

- ¿Lucha francesa? –rompió tranquilamente el silencio el sonriente albino.

- No. Lucha inglesa –sonreí con superioridad. La lucha francesa (según la cual habían creado un nuevo deporte, la esgrima) me parecía de auténticos cobardes. La lucha inglesa (con grandes espadas) era lo mío. Que se pensaba él que yo me andaba con remilgos…

- Impresionante. Así que los rumores eran ciertos… -marcó aún más su sonrisa mientras se acariciaba el mentón- ¿Usted pudo con todo su ejército detener a los turcos que intentaron invadir Hungría?

- No debería subestimarme, señor Beilschmidt –tomé una de las espadas y se la pasé. Él la cogió con facilidad.

- Por favor, deje de llamarme de esa manera. Llámeme Gilbert…quiero oír mi nombre pronunciado por usted -¿su voz se había tornado más dulce o me lo parecía a mí? Me quedé sin saber que hacer unos instantes, hasta que reaccioné.

- Gilbert…- susurré, como si me diera miedo decirlo en voz alta.

- Bien hecho. Tutéame, por favor. En tus labios suena mucho mejor Gilbert que toda esa parafernalia sin sentido –desenvainó la espada y la agitó un par de veces. Me miró fijamente- ¿Puedo tutearla también?

- Oh…c-claro –cogí temblorosa mi espada y la saqué con cuidado.

- Perfecto –pasó un dedo por la hoja- ¿Estás lista, Elizabeth?

Respiré profundamente. Oír mi nombre pronunciado por él había sido algo extraño. Era casi mágico. Parecía que estaba hecho a la medida de sus labios, al tono de su voz. Sin embargo, tenía que centrarme. Aquello era un duelo, y debía ganar sí o sí.

- Cuando quieras, Gilbert –sonreí y me lancé hacia él.

- XXX-

Y, sin embargo, había bloqueado mi ataque con una velocidad y una precisión pasmosas. ¿Cómo lo había hecho? Forcejeé con la espada para evitar por todos los medios caer al suelo.

- Te precipitas demasiado, Elizabeth. Tú tampoco deberías subestimarme. –con su típica sonrisa en el rostro, parecía que apenas hacía fuerza sobre la espada, pero yo no podía aguantar mucho tiempo más.

La apartó velozmente. Casi perdí el equilibrio, pero pude apoyarme en la espada antes de caerme. Volví a atacarle con más fuerza aún. Él esquivaba todos mis ataques con su sempiterna sonrisa.

- ¡Deja de jugar conmigo! –le grité. Estaba agotada- ¡¿Por qué te cortas conmigo, por que soy una mujer? ¡No te pega nada!

Se echó a reír.

- El cazador se ha divertido un buen rato con la presa… supongo que será hora de atacar de una vez –aquel tono tan suave me asustó. Podía imaginarle en plena batalla, matando a diestro y siniestro, con su incambiable sonrisa… Me daba miedo. Estaba cansada. Quería ganar.

En un segundo, ya lo tenía al lado. Su espada estaba levantada amenazadoramente. Mi única reacción fue pegarle un codazo en el estómago. Sorprendentemente funcionó y cayó al suelo. Puse la hoja de mi espada en su cuello. Había ganado… ¿había ganado? ¿Cómo podía ser? Me quedé unos instantes sin saber muy bien que hacer. Una sonrisa asomó a mi rostro. Una sonrisa de triunfo. Aquello…me había sentado genial. Me sentía poderosa. Haber podido, durante unos minutos, haberle dominado a él, a la denominada nación indomable…era excitante. Pegué un poco más la espada al cuello de Gilbert, como para poder cerciorarme de que aquello era verdad.

Él soltó una risa ahogada.

- Ey, que este duelo no era a matar, que yo sepa…

- ¡Oh! L-lo siento… n-no se que me ha pasado… -quité la hoja de su cuello y le tendí la mano para ayudarle a levantarse. Aceptó mi ayuda.

- Buf…por un momento casi me creí muerto –rió mientras se sacudía la ropa- Felicidades, Elizabeth, eres muy buena.

- Gracias… -mi respiración era entrecortada. No estaba muy segura de lo que me había pasado antes- Espero volver a luchar contigo de nuevo…y que des lo mejor de ti mismo la próxima vez.

- Lo tendré en cuenta, por supuesto –volvió a reírse. Se lo había pasado en grande, por lo que parecía.

Volvimos al establo a dejar las espadas. Esta vez empezó a hablar un poco sobre política exterior. Le escuché y di mi opinión sobre algunas cosas, pero nada más. Solo quería ir a mi cuarto. Me sentía muy cansada, pero no estaba muy segura de que hubiera sido por la lucha, más bien era de haber tenido que estar con Gilbert. Me ponía tan nerviosa al estar junto a él que me agotaba muchísimo. Lo que me gustaría saber era por qué…

En el establo no había nadie.

- Que raro… -murmuré para mis adentros.

- ¿Sucede algo? –preguntó Gilbert, mirando distraído a los caballos.

- Parece que no hay nadie. Es extraño, normalmente siempre está el mozo por aquí. En fin –suspiré- dame la espada, la pondré en su sitio.

Gilbert me acercó la espada mientras observaba esta vez a su propio caballo. Parecía totalmente concentrado. Me dirigí a donde se guardaban las espadas, por lo que tuve que darle la espalda. Justo había acabado de guardarlas y me había dado la vuelta cuando me lo encontré justo detrás. Estaba muy cerca…peligrosamente cerca.

- ¿Qué estás haciendo? –le dije, molesta. No me hacía nada de gracia que él, precisamente él, estuviera tan pegado a mí. Y aún menos sentirme nerviosa.

- Has dicho que no hay nadie, ¿no? –jugueteó con uno de mis cabellos mientras me mostraba su típica sonrisa- No pasará nada porque me acerque a ti…

Iba a replicarle, pero no pude. En ese mismo instante, sus labios estaban sobre los míos. Quise moverme, peor no pude. Me había acorralado contra la pared. ¿Qué iba a hacer? Como alguien nos viera…

Fue entonces cuando noté su olor. Era algo inexplicable, pero… me hacía sentir segura y salvo, como en casa. Era relajante y…excitante a la vez. Cerré los ojos y me dejé llevar. Cada vez los besos de Gilbert eran más duraderos y fuertes. Cada vez los míos también. Tras unos instantes, su lengua se abrió paso en mi boca. Pude notar su mano subiendo por mi espalda, hasta que le noté desabrochar uno de los botones de mi vestido.

Fue ahí cuando reaccioné. Le aparté fuertemente. Él podía haberse resistido, pero en lugar de eso dejó que le apartara. Apenas podía respirar. Era tan extraño todo aquello… Le miré, colorada.

- Yo…no debería haber hecho esto. No deberíamos haberlo hecho… -no supe qué más decir. Eché a correr y salí del establo, bajo la atenta mirada de Gilbert, que volvía a sonreír.

- XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX –

¡Tachan! ¿Qué os ha parecido? ¿Os lo esperabais? 8D Nah, seguro que sí xDDD.

Bueno, bueno, que ya había escrito dos capítulos y aún no había hablado yo y eso no puede ser ò_ó xD.

Deciros simplemente que muchísimas gracias por los reviews y favoritos *-* es eso lo que me sigue motivando a escribir cada día un poquito más del fic -^^- espero que los siguientes capítulos os gusten y que no os decepcionen :3

Y bueno, me alegro de que Prusia os mole 8D ¡A mí también me gusta demasiado! Me ha salido más sexy de lo que creía e/e Sin embargo… bueno, no adelantaré acontecimientos 8D

¡Gracias a todos/as nuevamente! Nos leemos ;)