"- ¡Ah, perdona! – enrojecí violentamente al comprobar que la punta de mi tacón estaba firmemente clavada sobre los dedos de Rod. Este compuso una mueca, intentando evitar que se mostrara su dolor.

- E-está bien… Aunque permítame que me sorprenda, Eliza. Pensaba que una espadachina de tu experiencia sería más buena en el arte del baile.

- ¿Qué tienen que ver una cosa con la otra? ¡Es completamente distinto!

- No, no lo es. Míralo de esta manera –Rod levantó si dedo índice y garabateó invisibles dibujos en el aire con él- Piensa cuando te enfrentas con tu adversario, espada contra espada. Evitas sus ataques, los bloqueas, contraatacas. Y, mientras tanto, ambos hacéis un juego de pies, girando circularmente, moviéndoos a lo largo de todo el espacio disponible, intentando estar frente a frente todo lo posible… Justo como en un baile.

- Ummmh… sigo sin entender qué tiene que ver con bailar –le respondí, algo enfurruñada. Este tipo de cosas nunca había sido lo mío y Rod era mil veces más inteligente que yo.

- El baile es como una lucha, Eliza. En el baile, los temperamentos de la pareja se mezclan y pelean por saber cual es el que mejor describe y representa las emociones que la música transmite. Y eso es muy parecido a cuando los contrincantes se enfrentan para descubrir quién de los dos tiene más fuerza…

- …¡justo como en una pelea! –terminé la frase con un gritito de felicidad al entender lo que Rod me había explicado.

- Así es. Quizás, si mantienes eso en mente, podrás mejorar en tu estilo de baile –Rod me tomó de la cintura y de la mano- ¿Lista para volver a empezar?

- Qué remedio… -suspiré- Bailar es pelear, bailar es pelear…- siguiendo el ritmo de Rod, susurré estas palabras".

Capítulo 10: Guerra.

El silencio se rompió, como si nuestras espadas lo hubieran cortado. Los caballos de los seis líderes fueron instados a avanzar a galope tendido. Tras nosotros, la marea humana de soldados se deslizó con caótica elegancia. Nuestros ejércitos chocaron. Sonaron los primeros disparos, se oyeron los tempranos gritos de dolor. Algunos soldados optaron por luchar con espadas, y el entrechocar de ellas restallaba en mis oídos. El olor a sangre comenzaba a elevarse.

Arthur se separó enseguida de nuestra formación y se dirigió al señor Bonnefoy. Este, con toda tranquilidad, desenvainó su florete: se diría que le estaba esperando. Arthur se abalanzó sobre él, ladeo su caballo, y le lanzó una fiera estocada, de la que el francés se defendió sin ni siquiera despeinarse.

- Querido amigo Arthur –su tono de voz era casi como un susurro, aterciopelado y seductor- Me alegro de verte. ¿Cuántos años hace de la última vez? Solo recuerdo que tú perdiste…

- Menos fanfarronadas, estúpido gabacho –con agilidad, nuestro aliado volvió a atacarle- Vengo a hacer que muerdas el polvo y que huyas llorando como un criajo.

- Vaya, vaya… ¿y piensas conseguirlo atacando así? Ni siquiera estás dando todo lo que tienes –el señor Bonnefoy esquivó de nuevo el ataque y sus espadas se entrechocaron- Además, jamás me dejaría vencer por alguien con tan poco ojo para conjuntar ropas. ¿No te he dicho ya que el rojo no te favorece? Si gano, estarás obligado durante un año a vestir según mis directrices… -su risa era semejante a un arrullo de paloma.

- ¡Y una mierda, Francis! –Arthur y el señor Bonnefoy siguieron esquivando y devolviéndose golpes sobre sus caballos e insultándose, uno muy enfadado y el otro divertido. Si no fuera porque estábamos en un campo de batalla, parecerían dos amigos que no hacían más que lanzarse pullas el uno al otro.

Rod pasó a mi lado como una exhalación, lo que me distrajo de observar la curiosa lucha entre mi aliado y su enemigo. Horrorizada, vi como se dirigía sin dudar hacia Gil. "¡Maldita sea, Rod! No seas estúpido, en pelea no le llegas a Gil ni a la suela de sus zapatos. Está cometiendo una locura, ¡tengo que detenerle!". Orienté a mi caballo hacia la dirección a la que Rod corría, intentando darme prisa para pararle los pies. Sin embargo, otro se encargó de hacer que no llegara a su destino. El seco y afilado sonido que produjo el roce del acero con la tierra me sobresaltó.

El joven chico español, con una infantil sonrisa, le había cortado el paso a Rod interponiendo su larga hacha en el camino.

- Lo siento, maestro –se disculpó en un tono jovial- pero no puedo dejarte que llegues hasta mi hermano Gil tan fácilmente.

- Antonio…-Rod tragó saliva. Se veía en el centro de la situación que a toda costa quería evitar: luchar contra su antiguo aprendiz- Me alegro de verte, aunque sea en estas circunstancias. Has crecido mucho.

- También yo me alegro de verte, maestro. No has cambiado nada –su semblante se entristeció levemente.

- ¿Cómo te tratan en Francia? ¿Te enseñan bien?

- Mi hermano es bastante menos exigente que tú, no voy a mentirte –rió- pero su comida es casi igual de deliciosa que la tuya.

- Aaaah… hay que ver, intenté enseñarte lo mejor que pude y así me lo pagas… que jovencito tan desagradecido –Rod, con semblante serio, desenvainó su espada- En fin, siento tener que dejar de recordar el pasado, pero me temo que te has vuelto un obstáculo en mi camino.

- No te confundas, maestro. Nada entristece más mi corazón que tener que enfrentarme a ti, pero es lo que hay… ahora estoy del lado de mis hermanos, y los hermanos no se traicionan –con facilidad extrajo su hacha del suelo y la blandió hacia Rod- Además, podrás ver lo que he mejorado… -la expresión de su cara cambió por completo. Seguía sonriendo, pero sus ojos habían perdido el brillo, parecía que estaba inconsciente o que una personalidad maligna se había colado en su consciencia. Esa visión tan perturbadora me heló la sangre.

Intenté ir a ayudar a Rod, pero me vi rodeada por unos cuantos soldados enemigos, así que me ocupé a toda prisa de dejarles fuera de combate. Esa operación me llevó un buen rato, y cuando terminé tanto un trozo de mi casaca como parte de mi cara estaban manchadas de sangre enemiga. Observé a mí alrededor. Casi todos los combatientes peleaban en parejas, como un macabro baile. No lograba decidirme por a cual ayudar. En ese momento sentí un extraño cosquilleo en mi espalda, como un sexto sentido que me avisaba del peligro. Me volví y… allí estaba Gil. Subido a su caballo, con su mosquete y su espada. Más sucio y ensangrentado que yo, aunque más atractivo que nunca. Nos miramos en silencio durante un momento.

- Estás preciosa, Eliza.

Tardé en contestarle. No debía creerme ninguna de sus mentiras, a pesar de lo fuerte que palpitaba mi corazón.

- Pues mal gusto tienes que tener para que una chica desaliñada y ensangrentada te parezca preciosa.

- Tal vez… aunque es cierto que prefiero a las mujeres desnudas –se rió socarronamente- Pero, por encima de eso, te prefiero a…

- Si, a mí. ¿A cuantas más les has dicho eso mismo?

- Pues he perdido la cuenta –volvió a reírse, aunque la cortó en seco- Pero eso no significa que a ellas les dijera la verdad.

- Para de una vez. Para, para, para, PARA –me descolgué el mosquete y le apunté.

Gil ni siquiera se inmutó. Me miró larga y seriamente.

- ¡¿No te das cuenta de que estoy harta de tus mentiras?! ¡Iba a dejar Austria por ti! ¡Me mentiste, y mira a lo que nos ha llevado todo esto! –mi voz estaba rota de dolor- Te odio, Gil. Te odio. Pero más me odio a mí por haberme dejado engañar tan fácilmente y por enamorarme de ti. Te mataré, así todo esto se acabará, ¿verdad?

- Eliza… -Gil me habló despacio, como si se dirigiera a un animal herido- … no vas a disparar.

- ¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Claro que…! –y en ese momento reaccioné. Estaba temblando fuertemente, apenas podía sujetar el mosquete. Las lágrimas me llegaron a los labios y paladee ese sabor salado y metálico que adoptaba al mezclarse con la sangre. Me mantuve en silencio, sin saber que hacer. Tal vez estos fueran mis últimos momentos. Ahora Gil aprovecharía y me mataría.

Pero no lo hizo.

- Mírate, esto no es propio de ti –me dedicó una sonrisa entre amable y divertida- La princesita guerrera del Imperio Austro-húngaro, llorando y temblando, sin poder sujetar un arma –descendió con gracilidad del caballo, se soltó su fusil y lo tiró al suelo- Te ofrezco una lucha en igualdad de condiciones. Como a ambos nos gusta. Y, esta vez, será a muerte.

Le miré sin comprender. Gil desenvainó su espada y jugueteó con ella entre sus dedos. Le entendí. Un duelo de espadas, justo como el día en que me besó por primera vez. Solo que, esta vez, nuestras vidas estaban en juego. Inspiré profundamente y me sequé las lágrimas. No iba a volver a llorar. Desmonté, solté mi fusil y desenvainé. Me situé a cierta distancia de Gil. Su expresión facial dejó mostrar varios sentimientos. Nerviosismo, diversión, ¿dolor? ¿Impotencia? No estaba segura. Sin embargo, cuando habló, su tono fue alto, claro y sin un ápice de dudas.

- Hölgyválasz, Eliza? (¿Bailas conmigo, Eliza?) – me preguntó, haciendo gala de un perfecto húngaro.

- Ja, Lassen Sie uns tanzen (Si, bailemos) – le respondí en alemán, sonriendo con fiereza.

Y nuestras espadas chocaron.

-XXX-

Las chispas producidas por el fuerte roce de ambas espadas deslumbraron la atmósfera por un segundo. Gil fue el primero en apartarse y dejar de hacer fuerza, pero yo ya me lo esperaba, así que me concentré en mantener mis pies fijos sobre el suelo, para no caer hacia delante. Gil pareció sorprenderse de que su treta no hubiera resultado efecto, pero eso no le hizo dudar ni un segundo, pues en seguida volvió a atacar. Esta vez me costó más esfuerzo reprimir su ataque. ¡Qué veloz era! La única vez que habíamos luchado tenía que haberse contenido mucho, pues su habilidad no era tan superior (y, aún así, la manera en la que lo vencí fue dándole un codazo). Con cuidado me desplacé hacia la izquierda, sin perder de vista sus movimientos, él me imitó. Nos movimos brevemente, solo observándonos el uno al otro, en círculo. Entonces fue mi turno de atacar.

Le atesté una serie de rápidos y precisos golpes dirigidos hacia sus órganos vitales, pero él los esquivo con velocidad.

- No lo intentes, no podrás matarme. Igual que antes. –rió.

- Tienes razón. Antes no pude, por dos motivos. El primero –lancé una fiera estocada- fue porque odio las armas de fuego. No creo en su potencial. Quienes las usan es porque tiene miedo a mancharse las manos con sangre y a comprobar lo que se siente al quitar una vida. Y el segundo –bloqueé un nuevo ataque de Gil- es porque antes dudé. Tontamente pensé que detendrías esto en el último momento. Que, en realidad, me llevarías a Prusia contigo mientras tus soldados le impedían a Rod el que me rescataran. Pero ya no tengo ni una sola duda más.

Gil volvió a dejar escapar su risa, pero parecía más seca y forzada.

- Entonces… ¿me odias, Eliza?

- Te odio. Y no tengo dudas sobre ello.

- Pues déjame sentir tu odio –su ataque me obligó a volver a desplazarme y a retroceder. Entonces me di cuenta. Recordé aquella ya lejana tarde en la que Rod me intentó enseñar a bailar. "Bailar es pelear". Era cierto. Girábamos y nos movíamos, en un mismo compás, en una agresiva danza. Embestíamos con nuestros cuerpos y espadas, con los sentimientos de cada uno. ¿Y si intentaba poner en práctica los resultados?

Gil volvió a atacar y yo, con toda la agilidad que pude, di una vuelta completa sobre mí misma y frené su ataque. Ahora Gil si que se sorprendió, y su capacidad de reacción se congeló. Con la misma agilidad, aparté mis espadas de las suyas y le alcancé en la cara. Una de las mejillas de Gil empezó a sangrar, debido al débil corte que mi espada le había producido. Sonrió.

- Si, bonita técnica de baile… -¿cómo se había dado cuenta de lo que estaba haciendo?- Sin embargo, te falta agilidad y puntería… ¡algo como esto!

A duras penas pude esquivar su nuevo ataque. Fue más fuerte, más preciso y… con un movimiento de baile más perfecto que el mío. La hoja de su espada hizo un corte no muy profundo en mi brazo derecho. Grité de dolor y caí de rodillas. Yo era diestra, y con esa mano inutilizada no iba a durar mucho más. Mi espada ya no tenía tanta firmeza ni seguridad sujeta por mi otra mano y el dolor profundo estremecía mi cuerpo. Temblando, me puse en pie. Cerré los ojos. "Ahora si, es el final". Pero el golpe que iba a matarme no llegó. Gil seguía enfrente mía, como esperando a que me repusiera para atacar. ¿Desde cuando era tan caballeroso? Su expresión se volvió de nuevo difícil de definir. ¿Era cosa mía, o su mano había temblado ligeramente?

- ¿Qué estas haciendo? ¿Por qué te paras? Deberías poder matarme, estoy hecha una pena… -mis palabras salieron trabajosamente de mi garganta, ya que el dolor me impedía vocalizar con normalidad.

- Eso no sería justo. Ni para ti ni para mí –rió amargamente- Aunque, ¿qué importa eso ahora? –agitó su espada en el aire- Este será el último golpe. Prepárate.

Concentré la poca fuerza que me quedaba en la espada. Si resistía el embiste tal vez podría improvisar algo para devolvérselo. Gil echó a correr hacia mí. Levanté la espada de tal forma que me protegiera. El choque de aceros nos hizo vibrar. A duras penas podía contenerlo, mi espada se iba deslizando hacia abajo, en breve él tendría la oportunidad de clavarme la suya en cualquier órgano vital.

Nuestras caras estaban a pocos milímetros. Nos mirábamos a los ojos. Nuestras respiraciones eran agitadas. Mi rodilla empezó a flaquear, en cualquier momento acabaría en el suelo. Gil se acercó más.

- Eliza…-otro de sus susurros, de los que hacían que mi piel se erizara, que despertaba esos sentimientos en mí. Me besó en los labios. Fue tan corto y breve, tan débil. Sus labios, por lo general ardientes, estaban totalmente helados. Como los de un muerto. Su boca sabía a sangre. Se separó de mí con calma y me dirigió la sonrisa más tierna que jamás le había visto- …lo siento.

Todo pasó rápido.

Gil dejó de hacer fuerza con su espada y levemente se incorporó hacia atrás. Yo, como acto reflejo, me erguí y puse mi espada horizontal. Estaba preparada para su siguiente ataque. Ese ataque nunca se produjo. Gil, con lentitud, se dejó caer sobre mí. Sobre mi espada. El crujido del acero introduciéndose en la carne resonó más fuerte de lo habitual. La espada se le había clavado a la altura del hombro izquierdo, cercano al corazón. Mis manos aun seguían sujetando la empuñadora, con los ojos muy abiertos. "¿Eh…?". Los ojos de Gil se volvieron nebulosos. Tosió sangre violentamente, que me salpicó en la cara.

Cuando pude reaccionar, me di cuenta de que yo había comenzado a gritar histéricamente. Oh, dios mío. ¿Gil, por qué no te has defendido? ¿Qué he hecho? Solté violentamente la empuñadura. Gil cayó de rodillas al suelo, y se mantuvo ahí, como un muñeco. No sabía si respiraba. No podía soportarlo más. Me di la vuelta y eché a correr. Para entonces, la noticia de que Gil estaba moribundo se había comenzado a esparcir por el campo de batalla, ya que muchos soldados habían escuchado mi grito y les había llamado la atención. Corrí y corrí un buen trecho. En mis oídos capté retazos de distintas conversaciones.

- ¡Chúpate esa, francés bastardo del demonio! – Arthur gritaba jubiloso, contemplando como su enemigo francés, magullado, huía entre sus soldados- ¡Esta ronda la gano yo!

- Ah, maestro… he perdido, pero esta lucha ha sido de lo más divertida – la voz jovial del señor Fernandez Carriedo venía desde el suelo. Su lanza estaba partida en dos a su lado. Rod, bastante herido pero aun de pie, respiraba profundamente sin contestarle. Con un leve gesto, le indicó a su alumno que podía irse, que él no le iba a matar.

Cuando me cansé de correr, me dejé caer en el suelo y acabé allí tendida, boca arriba. Me empapé de la atmósfera de mi alrededor. El olor de la pólvora y la muerte. Los blandos y sanguinolentos cadáveres, aún calientes, bajo mi espalda. El sol abrasador que presagiaba una tormenta. Miré hacia el cielo. Me pareció divisar un ave. ¿Gilbird? Si, estaba segura. La misma ave negra de la bandera prusiana. En aquel momento, un sonido retumbó en el campo de batalla. Un disparo alcanzó de lleno a la majestuosa águila en el pecho, provocando que cayera desde una considerable altura.

Supe entonces que la guerra había acabado.

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*aparece lanzando purpurina y carteles que ponen "bienvenidos al capítulo trauma"* (?)

Sweetie al habla de nuevo por aquí~ cumpliendo mi promesa, a finales de julio os traigo el nuevo capítulo del fic ewe ¿qué os ha parecido? ¿Os ha traumado? Esa era la intención *risa malvada* (?).

¡Tenemos aquí al Bad Friend Trio en acción! Estos tres me parecen unos personajes de lo más entretenidos y que dan mucho juego cuando están juntos, así que escribir las partes en las que salían fue de lo más divertido x3. A Francis me lo imagino tan seductor como Gil, pero mucho más elegante y algo más selectivo a la hora de ligar. También me encanta como chincha a Arthur y este se pica con facilidad, por muy enemigos que sean en el fondo no podrían vivir el uno sin el otro, sus vidas serían más aburridas *-*. En cuanto a mi Toño precioso, ¿qué decir? Siempre me lo he imaginado como el más jovencito e inexperto del grupo (si os dais cuenta, es el único que en mi fic llama a Gil y a Francis "hermanos", le da mucha importancia a esa relación con ellos que, en principio, tiene más de alianza política que de verdadera amistad). Y bueno, mi headcanon es que en el pasado Toño era algo yandere, que a la hora de luchar cambia por completo su personalidad y se vuelve bastante agresivo. Intenté que se notara ese contraste tan radical de carácter.

En cuanto al resto… la parte de la pelea fue algo difícil de escribir porque no estaba segura de si expresaba con claridad los movimientos que hacían Eliza y Gil (lo reescribí unas cuantas veces, creo que ahora están algo más claros). Las frases en húngaro y alemán las saqué del traductor google, creo que más o menos son correctas xDU. Y la parte de Gil… intenté que fuera lo más rápida posible, que al principio fuera difícil de asimilar porque todo pasaba en muy pocos segundos y era una muerte sin una pizca de epicidad ni nada, casi algo patética. Creo que todo eso contrasta mucho con el carácter heroico con el que Gil luchaba en las batallas.

Bueno, por mi parte nada más que añadir. A finales de agosto tendréis el epílogo, ya el final de la historia. Espero que tengáis muchas ganas de leerlo *^*.

¡See you soon! :3