Esto es un recuerdo ambientado en la época de la OVA "La Historia de Will el Shinigami" dos o tres años escolares antes del examen final. ¡Disfrutad!
Capítulo cuatro: Recuerdos Nocturnos
≪Era de noche, tarde, una noche de viernes para ser exactos, y el despacho de la Academia Shinigami que estaba reservado para los representantes estudiantiles estaba vacío, salvo por una sola "persona". William T. Spears (que ya era delegado de Disciplina en su segundo año) nunca dejaba el trabajo sin terminar (y tampoco tenía ningún sitio a donde ir, pero eso era un secreto) así que allí estaba, apoyándose contra la mesa. Se le había caído la gomina del pelo, así que unos molestos mechones de pelo negro como el carbón le caían en los ojos. Uf… estaba cansado, sí, pero aún le quedaba trabajo que hacer, sus muchas obligaciones como Delegado de Disciplina le habían alejado de los deberes por un tiempo, y, aunque la fecha límite era el lunes, quería acabarlo antes de tener que volver a la residencia, donde los de primer año y sus idiotizados compañeros de clase llenos de hormonas no le dejarían concentrarse.
Así que aprovechaba esas horas extra de uso de la sala que tenía por su cargo. Era muy responsable, no como ese pendón a quien tanto le gustaba escaquearse, Sutcliff, que le causaba tantas molestias en su día a día. Recordó la escena, hacía sólo un par de horas (o quizá cuatro), cuando aquel chico de primer año tan increíblemente estúpido, Knox o algo así se llamaba, le había invitado a un pub (con otros varios estudiantes, por supuesto). Estaba a punto de darle el sermón cuando Sutcliff los había interrumpido diciendo algo como: "¿Spears? ¿A un pub? ¡Nunca pongas esas dos palabras juntas en la misma frase o puede que sea la última que digas! Ah, espera, se me había olvidado… con una mirada severa no se puede matar, ¿no? ¡Si no, yo ya sería concentrado de fantasma!" Y riendo (oh, cómo odiaba la risa argentina y musical de Sutcliff), el pelirrojo se había cogido al brazo del novato y se habían marchado. ¡Sutcliff incluso se había atrevido a guiñarle un ojo!
Will dejó reposar su cabeza entre las manos y suspiró profundamente. "Sutcliff me ocupa la cabeza prácticamente veinte horas al día, ¡lo veo hasta en sueños! Alguien me dijo que el amor y el odio son emociones cercanas porque la persona por la que las sientes llena tus pensamientos, y porque ambas son increíblemente agotadoras, y por eso es fácil pasar de una a otra. ¡Pero no!" Sacudió la cabeza con violencia. "¡Eso es imposible! ¿Y-yo, amar a Sutcliff? ¡Jamás! ¡Es irresponsable, arrogante, desdeñoso, salvaje, nada fiable y brutal! ¡Nunca ha tenido ningún respeto por esta institución, y a pesar de eso saca matrículas! ¿Envidia, entonces? ¿Es la envidia lo que me hace odiar a Sutcliff? ¡No! ¡Es rabia! ¡P-porque les encanta a todos los novatos, y él siempre les da mal ejemplo! ¡Es un corruptor, eso es lo que es!"
Así que sí que le tenía envidia, aunque no lo admitiría ni para sí mismo, de la facilidad que Grell tenía para todo, de su popularidad, y, aunque no permitiría que ese pensamiento le pasara siquiera por la mente, de su belleza. Él era tan anodino, tan soso, tan feúcho…comparado con ese cabello rojo amapola (que se había dejado bastante largo, casi hasta los hombros) y aquella piel pálida y perfecta como el mármol, y esos labios carmesí como pétalos de rosa, ¿qué podía hacer él? Incluso a pesar de que su color de ojos era el mismo, era mucho más bonito y brillante en los enormes ojos almendrados de Grell, enterrado bajo esas espesas pestañas suyas color bronce oscuro. Cuando Will se miraba, sólo veía insulsez. ¿Era quizás por eso que había permanecido virgen a través de toda su existencia humana? Y parecía que seguiría así en su otra vida… A pesar de eso, William siempre había estado demasiado ocupado con sus muchos estudios para preocuparse por el sexo (o al menos eso era lo que se decía a sí mismo).
Volvió a suspirar, y volvió a coger la pluma, y, cuando estaba garabateando las últimas palabras, la puerta se abrió de golpe, chirriando. Will se dio la vuelta, sobresaltado, y vio a un hombre de cabello plateado parado en el umbral. Su pelo (dios, y había pensado que Sutcliff lo llevaba demasiado largo) estaba peinado hacia atrás en una coleta de caballo que le llegaba hasta la cadera, atado con una cinta negra, aunque algunos mechones cortados a la altura de la mandíbula se habían escapado. Sus rasgos eran afilados e inteligentes, su piel era extremadamente pálida, y su cuerpo era esbelto y parecía ágil, aunque no podría decirlo bajo esas ropas, ¡y qué ropas! Semejante cantidad de cuero no podía ser cómoda, ¿verdad? Will nunca había visto ropa como ésa, toda hecha de cuero negro y pulido; pantalones que eran como una segunda piel, pegados a las piernas del hombre, fundiéndose en uno con unas botas altas de tacón también alto, de forma que no sabías dónde empezaban las unas y acababan los otros, todo el costado, desde el tobillo a la cadera, cubierto de hebillas plateadas; el pecho envuelto en una camisa negra y un chaleco de cuero negro, cerrado en el frente con tres hebillas plateadas más, además de un abrigo abierto de cuero negro que flotaba a su alrededor. También llevaba guantes negros de cuero, y gafas rectangulares con medio marco negro. Y sus ojos, dioses, ¡cuán acertado había estado al pensar que el mero hecho de que fuesen del mismo color no los hacía iguales! Eran terriblemente brillantes, de una forma sabia, astuta y espeluznante, como si hubieran visto todo lo que las personas eran capaces de hacer, y también las hubiera hecho. El aliento de Will se detuvo en su garganta, el pulso acelerado, la respiración, una vez que le volvió, era superficial y agitada, y no podía dejar de clavar sus ojos en los de aquel hombre.
Parpadeó dos veces, como para romper el hechizo, y trató de no sonrojarse al darse cuenta de que se había quedado quieto como una estatua, mirando fijamente a un superior durante más de cinco minutos.
–Ah –suspiró el hombre, pasando descuidadamente los dedos de la mano derecha entre sus mechones cortos–. Pensaba que la habitación estaría vacía, ya que es de los estudiantes… esperaba poder descansar un poco… ¿Qué haces aquí un viernes tan tarde, chico? –acabó. Tenía un profundo acento del sudeste de Londres y arrastraba las palabras de forma muy característica.
–Eh… ¡ya-ya me iba, sempai! –tartamudeó Will, recogiendo nerviosamente sus papeles. Y entonces, aquel hombre peligrosísimo sonrió y se apoyó contra el marco de la puerta, bloqueando la salida.
–¿"Sempai"? ¿Cuánto mayor que tú crees que soy? –se rió, y su risa le dio a Will escalofríos–. Diría que te cuadruplico la edad y probablemente me habré quedado corto. Así que aunque no te doy clase, creo que sensei sería mucho más apropiado…
–Eh… lo siento, sensei –se aturulló William, y trató de salir, nerviosísimo, y entonces se dio cuenta de que estaba muy cerca, demasiado cerca de ese hombre, y tragó saliva con fuerza.
–Bueno, podría descansar si te fueras, o quizá podría simplemente… ¿divertirme un poco contigo? –preguntó para sí, inclinando la cabeza hacia un lado; y de repente, demasiado de repente, su boca estaba contra la de Will. Sujetándola con el dedo índice y el pulgar, forzó la mandíbula de Will a abrirse, y le empujó la lengua dentro, lamiéndole los labios.
Los ojos de Will se desorbitaron, con las pupilas dilatadas hasta que casi no se veía el amarillo del iris. Nunca le habían besado, y mucho menos así, con tanta fuerza, tanta violencia y tanta pasión abrumadora. Sintió que le fallaban las rodillas y cayó sobre ellas al suelo. Con una sonrisita perversa, el hombre cerró la puerta de una patada y se inclinó sobre él.
–Ah… qué juventud más maravillosa, intentando siempre resistirse a lo que más placer les daría –se rió con crueldad, y le desgarró la camisa a Will por la mitad, arrancándosela de los hombros. Will se estremeció y se retorció. Sujetando la barbilla del chico con una mano derecha que parecía una tenaza de acero, apretándole los lados para mantenerle la boca abierta, él le besó de nuevo.
Will luchó para mantener los ojos abiertos, a pesar de la extraña sensación que le invadía, a pesar de que le ardían las mejillas teñidas de un intenso color rojo, a pesar de sus pupilas increíblemente dilatadas, pero finalmente se entregó a la fiebre que acelerada se levantaba dentro de él y cerró los párpados, permitiendo a aquel hombre usar su boca como quisiera. Entonces, tan bruscamente como había empezado, el beso se rompió. Con una sonrisa horrible y torcida, el hombre de más edad apretó dos dedos largos, esbeltos y pálidos con uñas muy cortas pintadas de negro contra los labios de William.
–Yo los chuparía bien si fuera tú, chico. Ya sabes dónde van –se rió socarrón el hombre de cabello plateado, pensando para sí que se dejaría las uñas más largas cuando no le molestasen para luchar.
A Will se le desorbitaron los ojos con eso, pero tomó los dedos en su boca, aunque reticente. Los chupó mientras su superior le lamía el cuello, haciéndole temblar, y mordía ligeramente, y de repente dio un tremendo mordisco que llenó su boca de labios finos con la sangre del muchacho. Arrastró la lengua por el cuello y el hombro del estudiante, arrancándole un profundo estremecimiento, bajó por su pecho hasta alcanzar el pezón, y le dio un lametón antes de retorcerlo con su mano libre con interés. William tembló y se sonrojó más todavía, sintiéndose como una colegiala inexperta a la que le tocan el pecho por primera vez (o algo así habría sido si hubiera habido colegialas sonrojadas por aquel entonces). El mayor sonrió con maldad, y empezó a chupar con fuerza su pezón derecho mientras le arañaba la espalda suavemente. Will se arqueó, echando la cabeza hacia atrás como un gato, y los dos dedos que habían estado en su boca se escurrieron dejando un hilo de saliva. Con una inmensa y cruel sonrisa en la cara, el hombre de cabello plateado le empujó hasta ponerlo a cuatro patas y le arrancó la ropa que le quedaba puesta.
–Vaya… un culito femenino, del color de la leche –aseveró, riendo, y Will casi lloró de vergüenza, mientras él le daba unos cuantos azotes, dejándole las nalgas rojas–. ¿Eres virgen, chico?
Will se mordió los labios para no responder, y él le dio un rodillazo brutal entre las piernas.
–Contesta a tus mayores y superiores correctamente, chico –le susurró su superior al oído, retorciéndole con fuerza el pezón izquierdo–. ¿Eres virgen o no?
–S-sí, señor –susurró Will, y el superior rió y le separó las nalgas con una mano.
–Qué bonito… tu pequeño agujerito rosa y virgen tiene justo el aspecto del de una chica –siguió riéndose, y lo lamió por alrededor.
Will se agitó, incómodo, y, justo entonces, el mayor le metió la lengua de golpe y la movió por dentro. Will gritó y tembló, convulso, apretando el culo todavía más, y chilló por el dolor. Para callarlo, su superior le metió otra vez los dedos en la boca.
–No dejes que se sequen o apuesto a que te vas a arrepentir…
Will los chupó febrilmente, intentando olvidar todo lo demás, pero el hombre seguía moviéndosele dentro, desesperándolo. De repente, le sacó la lengua y le metió los dos dedos sin avisar, dejando a Will con la boca bien abierta.
–¡N-no-oh! –lloriqueó Will, pero el de más edad empezó a abrir los dedos como una tijera en su interior a pesar de ello, forzando los límites de su abertura.
–Tú dices no, chico, pero esto de aquí dice "por favor, házmelo más" –afirmó, burlándose de él, y le cogió la polla con la mano. Era su primer contacto aparte del suyo propio, y por Dios que se sentía bien… la tenía muy dura y húmeda, y aquel hombre se entretuvo con la punta, que goteaba, metiendo un poquito la punta del dedo en el agujero–. ¿Lo ves? Quiere más…
Empezó a masturbarle mientras le abría con los dedos, y el cuerpo de Will casi vibraba, estremeciéndose sin parar.
–¿Debería meter otro? –fingió preguntarse. Will sacudió violentamente la cabeza para decir que no–. ¿No? bueno, supongo que los dedos no son bastante para una putita tan ansiosa como tú, ¿eh? –se rió a carcajadas, y deslizó los dedos fuera del cuerpo de Will. El muchacho oyó una hebilla tintinear detrás de él, no había tenido tiempo ni de suspirar de alivio al serle extraídos los dedos cuando algo enorme presionó contra su entrada.
–¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡No entrará, es demasiado grande!
–Te he dicho, chico –dijo el hombre, azotándole– ¡que te dirijas a mí correctamente! –Se inclinó y le susurró a Will al oído, y empujó un poquito más, insertando la punta. Will casi lloró de dolor–. Llámame amo –añadió, con una sonrisa profundamente siniestra, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
–P-p-por favor… amo… –tartamudeó Will, con un miedo profundo.
–¿Por favor, qué? ¿Por favor, amo, destrózame con tu enorme polla? Muy bien –sonrió, y entró en Will hasta el fondo en un solo empujón.
La espalda de William se arqueó violentamente, tenía la boca desencajada en un grito tan profundo y desesperado que era mudo…Su "amo" continuó, no esperó a que se ajustara, sólo se le movió dentro, hacia delante y hacia atrás. La sensación era demasiado dolorosamente abrumadora para alguien sin experiencia, y tembló con tal violencia que su superior temió que se desmayase. ¿Y para qué quería una muñeca inconsciente? Se detuvo, y empezó a masturbarle suavemente, cambiando de ángulo para encontrar el punto más sensible del muchacho. Se movió de repente, y el tono del gemido de Will le indicó que lo había encontrado. Normalmente, la primera vez que éste se toca, tienes que parar un momento hasta que tu cuerpo se adapta a una sensación tan intensa.
Will no tuvo ese momento. En cuanto lo encontró, su "amo" simplemente le folló bien fuerte, acertándole con cada embestida, sin casi espacio entre un embate y otro, estremecimientos eléctricos recorriendo la columna vertebral del moreno, retorciéndole los pezones, bajando la boca para lamer y morder su cuello hipersensible, sus lóbulos, sus hombros. Will puso los ojos en blanco, la boca abierta, casi babeando, jadeando profundamente y con fuerza, abrumado. Así que esto era sobre lo que Sutcliff tanto fardaba. Sentía el cuerpo tan caliente como si fuera a derretirse, demasiados focos de placer para que no se le dividiera la mente, con la espina dorsal que de repente parecía de gelatina, de una gelatina electroconductora para ser preciso, y sus miembros no respondían a su voluntad, y se sostenía a cuatro patas de forma casi milagrosa, con lo que le temblaban las piernas. Por supuesto, aún quedaba un poco (o no tan poco) de dolor, pero, aunque Will no lo admitiría ni en un millón de años, ese contrapunto sólo hacía su placer más grande.
Su superior le dio la vuelta de repente y le hizo tumbarse sobre la espalda, de frente a él. Le separó las piernas como lo hubiera hecho con una chica, dejándole completamente expuesto, y se sintió sonrojar.
–Eso es, chico –se rió de nuevo–. Quiero ver esa expresión tan erótica de tu cara teñida de vergüenza… tu cuerpo tembloroso, tu polla dura como una piedra, tus pezones erectos… ¡Qué pequeña puta más estupenda eres! ¿Ves cuánto estás disfrutando de la polla dura de un hombre dentro de tu culito estrecho y virgen? ¡Tu primera vez y ya estás así! ¡Qué sucio eres, qué indecente! –seguía moviéndose mientras hablaba, y la vergüenza de Will crecía, las mejillas ardiendo rojas, pero increíblemente excitado al mismo tiempo. Su superior inclinó el cuerpo sobre el suyo, le besó profundamente, arrastró ese beso por su cuello. ¡Semejante provocación era insoportable! No pudo evitar que las palabras le resbalaran de los labios.
–M-muérdame… Amo, muérdame el cuello…
–¿Oh? –el mayor dejó escapar una carcajada–. ¡Ja! Eso está muy bien… ¡suplica como la perra que eres y el placer te estrechará todavía más! –contestó, y le mordió, con fuerza, la bastante como para dejar una marca hinchada y purpúrea–. ¡Di, chico! ¿Dónde más lo quieres, eh? –y le dio un superficial lametón rápido a uno de sus pezones. Will se arqueó.
–M-mis pezones… por favor… uh… ¡chúpelos, chupe mis pezones! ¡Soy tan lascivo, Amo!
Partiéndose de risa, el hombre de cabello plateado bajó la cabeza y los chupó tan fuerte que los podría haber levantado formando pechos. Una ola de electricidad sacudió con tal fuerza al chico de segundo curso que pensó que se moriría. ¿Significaba eso que estaba cerca del orgasmo? Se le volvieron a poner los ojos en blanco, salivó un poco, se le apretó la mandíbula de repente.
–Me he divertido mucho contigo, chico –murmuró su superior–. Creo que te mereces esto.
Se dobló de una forma que no debería haber sido posible y empezó a lamer el miembro de Will. El joven gritó.
–¡N-no, mi…! –no pudo acabar, no pudo hablar, sólo pudo apretar los dientes y gemir mientras tres ondas eléctricas el doble de intensas que la anterior, y cada una más intensa que la precedente, le sacudieron hasta el alma–. ¡V–voy a…!
–Muy bien, chico, ¡a la vez! ¿Dónde lo quieres?
–Dentro de mí… ¡por favor, dentro de mí…!
William oyó esas últimas palabras salir de su boca como si otro las hubiera dicho, aullando, y un último empujón introdujo al otro hombre más profundo que ningún otro, golpeando el fondo; y al mismo tiempo una carga hirviente fue liberada en su interior. Sus entrañas se derritieron, y tembló, la última sacudida eléctrica tan intensa como todas las otras juntas, y algo húmedo y pegajoso se derramó sobre su estómago. Sabía vagamente que había salido de él.
Después de unos segundos, sintió que la polla de su superior resbalaba fuera de su culo. Cuando pudo abrir los ojos, el otro hombre ya se había vestido y limpiado, y le estaba observando, al parecer tremendamente entretenido. Se inclinó y le volvió a besar, profundamente. Entonces, dijo, ya para irse:
–Me he divertido mucho, chico. Lo repetiré pronto.
Y, con eso, guiñó un ojo y se fue. Un desconcertado y muy avergonzado Will pudo aún oírle decir para sí, ya en el pasillo: "Ah, tsunderes… no hay mejor manera de pasar una aburrida noche de viernes, ¿verdad?"≫
Will se despertó y se incorporó violentamente. ¿Por qué tenían los recuerdos que acosarle siempre mientras dormía? Suspiró y se giró en la cama. No, ciertamente violar a Sutcliff en su despacho no era lo que le convertía en una puta.
Continuará…
