Capítulo 2: ¡Tierra, tierra!
Frunces el ceño a la vez que llevas rápidamente tu mano a tu cintura, a la empuñadura de tu sable. Te acercas al ruido. Quizás más que por ayudar, por curiosidad. No tienes claro de si sabrás apuntar al pecho de alguien si llega la ocasión.
El ruido te llevas hasta una calle sin salida.
Lo primero que ves es a un hombre tirado en el suelo. Tiene una brecha en la cabeza. Está intentando levantarse, aunque los brazos le tiemblan y no parece tener buenos resultados.
Más gruñidos. Un golpe sordo, metálico.
Cuando levantas la cabeza ves a una chica forcejeando con un hombro grandote. Casi sientes el impulso de lanzarte a su ayuda, pero estás demasiado borracho para hacerlo. Y si algo has aprendido en todos estos años es que es mejor no meterte en las peleas de otros.
Sobre todo si es en Tortuga.
La chica le pega una patada en la espinilla y se libra de su abrazo. El hombre aúlla, se lleva la mano al cinto, cansado de tanto juego. Ella pone el arma entre los dos. A la luz de la luna la ves pálida, asustada, con su ojos grandes abiertos de par en par.
Frunces el ceño. La conoces, aunque tampoco tienes muy claro de dónde.
—Venga, putita, atrévete.
Le tiembla el pulso. El machete está mal equilibrado, como si le pesara demasiado y no pudiera mantenerlo en alto. Duda, duda demasiado. El hombre tiene tiempo suficiente como para apartar el sable con el hombro y de golpearla en la cara.
La chica trastabilla y cae de culo. Es tu momento de intervenir. Cuando él da un paso al frente con una sonrisa maliciosa y su arma en ristre. Cuando ella levanta sus ojos y los clava en los tuyos.
Y abre la boca.
—Canuto— gimotea, arrastrándose por el suelo. Intentando alejarse de aquel hombre todo lo posible.
Oh.
Sí, claro que la conoces. La has visto durante la última semana en todas partes. Sobre la cubierta del barco, mirando en el horizonte. Tirada en el camarote del capitán, con los ojos clavados en el techo. Tras unos barrotes cuando caía la noche.
—Ey, oiga ami…go— farfullas dando un par de pasos adelante. Apenas puedes saltar por encima del tipejo tirado en el suelo. Una parte de tu cerebro se pregunta cómo lo habrá hecho Emmeline; a la otra no le importa—, le r-recomiendo que no haga ninguna est-tupidez.
Tiene unos ojos pequeños que brillan en la oscuridad y una fea cicatriz que le rompe la nariz en dos trozos. Tiene un labio partido y un moratón en el pómulo casi curado.
—Métete en tus propios asuntos— gruñe escupiendo al hablar.
Sonríes, aunque parece más una mueca.
—Mira— sacas una pequeña bolsa de cuero y la abres torpemente—, podríamos batirnos en duelo y todo ese rollo. Uno de los dos acabaría muerto o mutilado, un verdadero… rollo. O yo podría… no sé— vuelcas parte del contenido de la bolsa sobre tu mano—, ¿resca… resci… resort…? Re-sar-cir-te de…— haces un gesto vago y la señalas.
Emmeline abre la boca para quejarse. El hombre baja un poco su arma y te mira.
—¿Y qué me impide quitarte todo lo que llevas y matarla igualmente?
Te detienes. Del todo. Aquel imbécil tiene su punto, ciertamente. Te mojas los labios.
—Mi sable en tu gaznate— respondes intentando controlar tu equilibrio—, ¿aceptas, digamos… diez pesos?
—Diez son pocos. Su perro me mordió— el hombre parece incómodo—. Y a Jackie lo ha dejado tonto… cincuenta.
Emmeline se incorpora lentamente, con el machete entre sus manos. Se apoya en sus rodillas y resuella, mientras termina de levantarse.
—No llevo encima tanto—refunfuñas sacando alguna moneda más—. Veinticinco.
Ves como Emmeline levanta el machete sobre su cabeza. Apenas parpadeas un segundo, un segundo que ella aprovecha para golpearle con el mango del machete.
—Hija de…— murmura antes de caer como un peso muerto.
Tira el machete al suelo y se pasa una mano por el pelo, pálida. Parece que quiere decir algo, pero las palabras no le salen.
—¿Qué-haces-aquí?— preguntas, muy lentamente, sin apartar la mirada de ella.
Ella clava sus ojos en ti. No tiene ni pizca de duda ni de vergüenza.
—Me escapé— explica levantando la nariz—, con…
Abre mucho los ojos. Hay miedo en ellos.
—¡Gobernador!— jadea mientras sale corriendo. Pasa por delante de ti y cruza la esquina.
La sigues. Y no te hace falta correr. El vestido amarillo, con el que la encontrasteis el primer día, se distingue perfectamente a la luz de la luna.
Está arrodillada frente a un taburete que hay frente a una casa. De él saca a Gobernador, el chucho está mojado y tiene todo el pelaje manchado de tierra. Emmeline lo arrulla.
Cuando te acercas ves lágrimas en sus ojos y sangre en su vestido.
Si bien no has establecido ninguna clase de relación con la mujer, el perro te cae bien. Te aclaras la garganta, pensando en qué decir.
—Ese hombre le pisó la cola… solo… solo se estaba defendiendo— explica balanceándose hacia delante y hacia atrás. Gobernador gimotea.
Levanta la vista. Mentirías si dijeras que no te sientes conmovido. Con un quejido, te dejas caer sobre el taburete y te apoyas en la pared.
—Colagusano— murmuras sin mirarla, con los ojos clavados en un cielo que cada vez clarea más—, es médico. O casi. Seguro que podrá hacer algo por tu… por Gobernador.
Tardas casi una eternidad en conseguir que se levante del suelo. Tiene un aspecto horrible, con los ojos enrojecidos, un moratón que empieza a formarse sobre uno de sus pómulos, los bajos de la falda embarrados y el perro temblando entre sus brazos.
Ni siquiera quiere que la ayudes.
Subís calle arriba, directamente donde dejaste a Peter. No te extrañas al verlo tumbado exactamente como estaba, con la cabeza entre sus brazos, y una jarra a medio acabar a un lado. El tabernero hace horas que se ha ido y una muchacha negra se encarga ahora de la barra.
Clava sus ojos oscuros en Emmeline y arruga la boca, pero no dice nada.
—Colagusano— murmuras poniendo uno de tus manos sobre su hombro y meciéndolo—, Colagusano.
No se mueve.
Emmeline gime detrás de ti. Suspiras y coges la jarra a medio terminar. Todo tu cerebro te grita que no lo hagas, que estaría mejor en el fondo de si estómago. Sin embargo, la expresión derrotada de Emmeline te hace volcar el contenido sobre él.
Peter se incorpora de un salto y farfulla algo. Tiene las mejillas sonrosadas y un hilillo de saliva le cae por la barbilla.
—¿Qué?— balbucea frunciendo el ceño.
—El perro de Vance está herido— explicas—, cúrale.
Frunce el ceño, mientras se seca la barbilla con un pañuelo.
—Yo no sé nada de perros.
—Hazlo— gruñe Emmeline detrás de ti. Lo hace con una voz suave, casi aterciopelada. Casi peligrosa.
Peter parpadea confuso.
—Bueno, puedo intentarlo— acepta algo incómodo—. Tengo el equipo en el b… ¿qué hace ella aquí?
Lo cose con una cuerda gruesa y áspera. Peter se ha manchado la pechera de su traje, de su preciado traje, tiene la frente perlada de sudor y el pulso le tiembla. Gobernador está borracho y atado al banco del camarote de James, aun así se retuerce a cada puntada que da Peter.
Emmeline está detrás de él, quizá demasiado cerca. El cabello le cae por el hombro y sigue teniendo esa expresión entristecida. Casi parece ida, con la mirada fija en su mascota.
Casi sientes lástima de ella.
—De verdad— murmura avergonzado Remus—, lamento mucho lo ocurrido… Si hubiera sabido que se iba a escapar no la hubiese sacado del calabozo.
—Déjalo, Lunático— gruñes sin mirarlo. El ambiente está demasiado cargado y tu cabeza empieza a darte vueltas. El alcohol barato empieza a hacer su efecto.
—Sé perfectamente que Tortuga es un lugar peligroso, por mucho que no me gust…— murmura nervioso.
—Bueno, esto ya está— Peter se incorpora, mantiene las manos lejos de su ropa. Aún no se ha dado cuenta del estropicio—. No sé si… Bueno, yo…
Entiendes enseguida lo que intenta decir. Si ya es difícil saber si un humano se pondrá bien, un perro… Asientes.
—Gracias, Colagusano— murmuras rápidamente.
Emmeline suelta las correas que atan a su perro y le acaricia el morro con ternura. La miras un momento antes de salir del camarote.
El perro muere tres días después, ya en alta mar. Lo lanzáis al agua envuelto en la falda del vestido de su dueña. Nadie dice nada.
Emmeline llora en silencio.
La mayor novedad dentro de la Quimera es que, por primera vez en años, hay una mujer a bordo.
Y, más que una mujer, dos: Lily, un demonio pelirrojo capaz de hacer temblar al hombre más valiente con tan solo una mirada, había subido la mañana en la que habían soltado amarres. Y entre sus brazos había subido a bordo la cosa sonrosada más llorona y adorable (aunque matarías antes de reconocerlo en voz alta) del mundo.
—No aguanto más en esa apestosa isla— les había explicado encogiéndose de hombros.
Y nadie había dicho nada más.
Sin embargo, la presencia femenina empezaba a incomodar a los hombres. Puedes olerlo en el ambiente. Esta mañana un hombre ha perdido tres dientes en una pelea y James ha tenido que intervenir para que no pasara a mayores.
Y no es que estés preocupado por Lily. Va armada y vestida como un hombre. Le cortará los huevos a cualquier idiota que intente ponerle un dedo encima. Tu preocupación se refleja más en la otra chica, Emmeline.
Desde que murió su perro se ha mantenido distanciada de todo el mundo. Pasa las horas en la cubierta de proa, apoyada sobre el mascarón y con la mirada perdida.
No entiendes por qué, pero estás realmente preocupado.
Según las cuentas de Remus, es martes. Hace buen tiempo, el sol pica en el cielo, y lleváis tres semanas sin ver ningún barco. Gran parte de las reservas de ron y comida han desaparecido y el viento parece que no va a favorecer su travesía.
El labio te sangra. Peter está muy cerca, comprobando que no tienes ninguna herida grave. Hace apenas un rato ha habido una pelea en cubierta. El descontento general ya no lo apagan ni los juegos de cartas, el engordar las raciones o las visitas silenciosas de James por la cubierta.
Ni siquiera las miradas de Lily sobre el timón parecen tener efecto.
Lo peor de todo es que no sabes responder cuando James te pregunta por qué has entrado. Estás cansado de no hacer nada, de ver pasar los días y las noches sin pena ni gloria; de ver a una figura esbelta en el mascarón de proa, solitaria, que a veces gira la cabeza y clava sus ojos oscuros en ti.
Por supuesto, no dices nada.
—¡Tierra, tierra!
Toda la tripulación lo murmura. Es casi como una canción que recorre el barco de proa a popa. Estás en las bodegas cuando lo oyes. Sientes que el corazón te da un salto y sales corriendo. Antes de ver el horizonte, percibes el olor a ciudad.
Apesta, pero aun así te trae recuerdos de tu infancia. Algunos buenos, muchos malos. Momentos que sientes gravados a fuego en tu piel. Qué te dicen por qué te marchaste.
No atracaréis en puerto, faltaría más. Sería como gritar que queréis que os cuelguen. Escondéis el barco en un estuario, cerca del río Támesis, y desembarcáis. James deja a cargo de cuidar el navío a dos de sus hombres con más músculo que seso y, al resto, les da unas monedas de su propio bolsillo para mantenerlos contentos.
—En una semana partiremos— advierte con tono grave antes de salir de la nave.
Llegáis a Londres después de haber asaltado a un mercader solitario. Lily hizo las veces de doncella en peligro y, en menos de un parpadeo, tenía media docena de pistolas de mechas apuntándole.
Que se bajase del carro fue un mero formalismo.
Habéis decidido alojaros en una taberna a las afueras de la ciudad. Es un local de madera vieja y ambiente cargado. Nadie les ha preguntado el nombre y han pedido el pago por adelantado. Lily ha conseguido que os sirvan el desayuno tras una breve negociación.
Las habitaciones son grupales y en seguida Lily se deja caer en sobre una de las camas. Su cuerpo se hunde fácilmente en el colchón y ella sonríe como si estuviera en casa.
—¿Cómo pensamos hacerlo?— pregunta Peter sentándose también en una de las camas.
—Habrá que investigar— dices con tranquilidad— y ponernos en contacto con él. ¿Qué tal una carta?
James asiente. Lleva al pequeño Harry entre sus brazos y habla en voz baja.
—Y atarla, no quiero que se escape como la última vez. De Tortuga no iba a salir, pero si sale de aquí todo el viaje habrá sido para nada…
Remus baja un poco la cabeza. Aún está apoyado en la puerta, como si no quisiera entrar en la habitación, con la cabeza gacha. Desde que ha puesto los pies en tierra tiene mejor color.
—Veamos. Colagusano, tú ve a buscar algo para escribir la nota. Canuto, haz el favor de investigar un poco sobre su rutina, sus costumbres, piensa en un modo en el que podamos acceder a él.
—Yo quiero pasear por la ciudad— interviene Lily incorporándose ligeramente.
—Qué te acompañe Lunático— acepta James dejando al niño sobre una de las camas—. Yo me quedaré vigilándola.
Remus se aclara la garganta, un poco incómodo, y asiente.
—Claro.
Se siente culpable de que se le escapara, se le nota a la legua. Y se siente insultado de que James no confíe en él. Tú no puedes culparle, a fin de cuentas es Remus al que todo le parece moralmente malo.
Notas la mirada fija de Emmeline y te aclaras la garganta.
—Venga, elige una cama— murmuras mientras sacas una cuerda.
Parpadea. Señala la ventana más alejada de todas, junto a una de las pequeñas ventanas.
Conseguir información sobre el padre de Emmeline ha sido más fácil de lo que te pensabas. Deslizar un par de monedas a uno de sus sirvientes te ha servido para enterarte de que es viudo, no tiene más hijo que Emmeline. De que lleva a sus empleados con mano de hierro pero que, sin embargo, siempre ha sentido debilidad por su hija.
También de que todas las mañanas va a un club de caballeros a jugar a las cartas, pero que desde que desapareció su hija se pasa antes por la Iglesia para rezar. Que suele comer en casa. Y que, en unos días, tendréis la mejor oportunidad para hacer el intercambio: un baile.
Un baile, ni más ni menos, de máscaras. Y en la antigua mansión familiar de los Black.
Sientes un escalofrío al pensarlo. Qué enrevesada es la vida. El señor Vance tiene una invitación a uno de los lugares qué mejor conoces en el mundo. La que había sido tu casa en la niñez.
Porque sí, uno de los piratas más bravíos del Atlántico no era más que un niño de bien. Un niño de bien que se había escapado con sus mejores amigos al cumplir diecisiete años. Dos nobles, el hijo del médico y un hombre de Fe habían acabado convertidos en piratas.
Quizá te inquieta que te puedan descubrir. Y una parte de ti teme ver como todo el mundo ha seguido adelante a pesar de que te marcharas.
Pero la otra ve una oportunidad de volver a molestar a tu madre y de hacer un buen botín. Y no piensas desaprovechar la situación.
—En dos días— dice nada más entrar en la habitación. James está sentado en una de las camas, jugando con el niño—, una fiesta de disfraces. Será el lugar perfecto.
Emmeline te mira desde el fondo de la habitación. Va vestida como si fuera un marinero, con pantalones oscuros y una camisa maltrecha. El cabello le cae por todas partes, enredado y sucio. Casi no parece ella.
—Eso nos facilitará las cosas— asiente James.
«Estimado padre.
Estoy viva y en manos de unos comerciantes que me salvaron de morir ahogada. Son hombres valientes que han arriesgado su barco y su tripulación para traerme de vuelta a casa y, como honrados comerciantes que son, piensan que su travesía merece un pago.
Dejará tres cofres llenos de libras dentro del carro que le lleve a la fiesta en Casa de los Black. Despedirá al chófer y entrará, como si no pasara nada. Antes de que finalice la fiesta, si está todo en orden, nos reencontraremos.
Por favor, si aprecias mi seguridad, no habléis a nadie de esto.
Te quiere:
Emmeline».
Levanta la cabeza del segundo escrito y te lo entrega estirando mucho el brazo. Aceptas el pergamino y lo lees rápidamente.
—Ahora sí, ¿de verdad creías que nos engañarías?— asientes con tranquilidad. Revisas el escrito una segunda vez, buscando algún mensaje oculto, y al no verlo se lo pasas a James.
—Sois piratas— explica, roja de furia—, cualquiera diría que sabéis leer.
Levantas las cejas y bufas.
—Sois mujer— replicas aniñando la voz—, cualquiera diría que sabéis leer.
—Ahora tenemos que conseguir alguna invitación— interviene James, cerrando con cuidado al carta—. El anillo, Emmeline.
Alarga la mano, con la palma abierta hacia arriba. Ella saca con un movimiento rápido el anillo, un anillo dorado con una filigrana compleja que, si bien no llega a ser un sello, podría valer como prueba para demostrar la veracidad de la carta.
—Tendremos que conseguir alguna invitación. ¿Algún plan, Canuto?
Te miran, los dos. Por supuesto que tienes un plan, llevas pensando en él desde que te enteraste de que habría una fiesta. Pero…
—Iremos a ver a Druella.
Sonríes.
No tienes muy claro de cómo lo haréis, pero estás bastante seguro de que ella tendrá una. Y todo Londres sabe que su hija menor ha llegado a la ciudad con su marido y su bebé. Eso hace tres invitaciones en total.
Suficientes.
