De AIs que creías subidos del todo y, entonces, descubres que el que el último capítulo fue capado. Madre mía.


Capítulo 3: Y que sea peligroso

—¿Cómo pretendes entrar en casa de Druella Black, genio?

Emmeline está dentro de una tina, cubierta de pompas de jabón y agua. Te ha tocado asegurarte de que no se escape y, quitando que es una tarea que acompaña a una mujer desnuda, te está resultando de lo realmente aburrida.

—Tengo un plan— farfullas sin mirarla.

—No debe ser fácil— continúa—, los Black son una familia muy rica. Tendrán medidas de seguridad.

—Solo es una pobre viuda— le restas importancia.

—Claro, se me había olvidado que eres un temible pirata.

Giras la cabeza. Tiene el pelo pegado al cráneo, la piel húmeda y la mirada clavada en ti. Una gotita… Tragas saliva. Una gotita se desliza desde su cuello, muy lentamente, hasta hundirse en el barreño.

Casi no puedes evitar seguirla.

—¿Qué esconde Canuto?

—¿Qué?

Suspira. Está jugando distraídamente con las burbujas que se forman en la superficie del agua.

—¿Quién eres?— pregunta levantando la mirada.

La miras fijamente. Podrías responder, sería fácil. Probablemente cambiaría la opinión que tiene sobre ti. Incluso, podría sentir lástima por la que fue vuestra causa. Pero simplemente amplías una sonrisa en tus labios.

—No te olvides de limpiarte por detrás de las orejas.


Bajas del carro de un salto y lo cierras de un golpe sordo. Llevas una ropa incómoda y apretada que te hace andar más erguido de lo que lo has hecho en años; el pelo repeinado hacia atrás y recogido en una coleta baja, con un lazo horrible.

Seguro que tu madre habría dicho que vas guapísimo.

Echas un último vistazo al carro que te espera frente a la casa y llamas a la puerta. Abre una mujer corpulenta vestida con un delantal blanco. Entreabre la boca y entonces se detiene. Pone los ojos en blanco y da un par de pasos hacia atrás.

Tú das uno hacia delante.

—¿Se encuentra…?— No terminas la frase. La mujer se cae hacia atrás como si fuera un saco de patatas.

Parpadeas. No habías esperado que resultase tan fácil.

Te volteas y le haces un gesto al carro. La puertecilla se abre y baja de él Emmeline. Hay que reconocer que está guapa, con el pelo recogido y un vestido escotado comprado para la ocasión.

—Daos prisa— la apremias manteniendo la pesada puerta abierta.

Por supuesto, no quitas la vista del recibidor. La casa es dolorosamente familiar, con altas paredes de color esmeralda y cientos de ojos que te acompañan a lo largo de las habitaciones.

Cuadros, con polvo en los contornos y trajes anticuados.

—Venga, Canuto— murmura James poniéndote una pistola de mecha en la mano—, no te distraigas.

Saltas por encima de la mujer y te encaminas directamente hacia el salón. Hay voces. Tintineo. Suena a té, a cotilleos y a reencuentro.

Atraviesas el umbral. La tía Druella está ligeramente inclinada hacia su hija Narcissa y parece que le está diciendo algo. No hay ninguna pista sobre el marido de tu prima.

—Me temo que la hora del té se ha acabado— dices levantando la pistola, para asegurarte de que se vea bien.

Peter suelta una risotada débil. Las dos mujeres se quedan muy quietas. Dos pares de ojos azulados se clavan en él.

—Oh, Dios mío— jadea tía Druella dejando caer la taza que tenía entre sus manos.

—Dios no tiene nada que ver en esto, señora— murmura Remus dando un paso adelante. Lleva enrollada en su hombro una cuerda gruesa.

—No te olvides de amordazarlas— pides dejando pasar al resto del grupo, con la pistola en alto. Peter empuja a Emmeline hasta obligarla a sentarse junto a Narcissa—. Estad atentos, falta uno.

—Quizá haya salido— apunta Lily mirando la habitación con el bebé en brazos.

—Da igual, no tenemos mucho tiempo— James recorre rápidamente la sala, fijándose en las entradas.


Encontrar las invitaciones fue mucho más sencillo cuando la criada abrió los ojos. Cantó en cuanto vio la pistola frente a ella. Estuvo tan colaboradora, que incluso os indicó dónde estaba Lucius, el marido de Narcissa, y sobre la ropa que deberíais llevar para la ocasión.

La mansión de tu madre está tal y como la recuerdas. Con las viejas verjas custodiando la casa familiar. Pasas la vista al interior del carro: Lily va vestida de criada, con un delantal blanco y el cabello rojizo debajo de un gorro; el pequeño Harry lleva un traje horrible que te recuerda por qué os alejasteis de todo; y Emmeline… Emmeline parece otra persona.

Está pálida y asustada, como la primera vez que la viste, pero le sienta bien bajo la luz de la luna. Sigue sin ser guapa, pero hay algo en sus ojos que ha cambiado. Está ilusionada.

—Recuerda, te llamas Narcissa Malfoy— le pones con cuidado la máscara, intentando no mover la peluca.

—Y si haces cualquier tontería, mancharemos ese bonito vestido de pólvora— interviene Lily sin parpadear, mostrando una de las pistolas que lleva encima. Sonríes un poco antes de cortar las cuerdas alrededor de las muñecas de Emmeline.

—Entendido— asiente con voz queda al salir del carro.

Te giras hacia el carro y miras a los cocheros. James y Peter, puesto que Remus se ha quedado vigilando en casa de Druella Black, llevan sombreros anchos y capas oscuras.

—Colagusano, mi madre guardaba las joyas en su dormitorio, escondidas en un fondo falso del primer cajón de su mesilla de noche. Cornamenta, en dos horas saldremos. Necesito que para entonces hayas comprobado si están los cofres… si no…

—Si no pegaré fuego a una de las casas de alrededor— termina James asintiendo—. Sabemos lo que tenemos que hacer. Todo saldrá bien.

—Eso, no te preocupes— asiente Peter sonriendo—, ya sabes que entrar en sitios difíciles es mi especialidad.

Asientes antes de mirarlos una última vez. Deslizas la cinta de la máscara sobre tu rostro y miras a las chicas una vez más antes de asentir y comenzar a andar.

—¡Por cierto, Canuto!

Te detienes y giras la cabeza. James tiene pintada una sonrisa pilla en los labios.

—¿Qué pasa, Cornamenta?

—Esa peluca te queda divina— te grita entre risas entrecortadas.

Niegas la cabeza y te volteas hacia la casa.

—Querida— murmuras ofreciéndole el brazo a Emmeline.

Ella te mira a través de la máscara. Sus ojos oscuros brillan y, por un momento, temes que salga corriendo pidiendo ayuda. Pero no lo hace, simplemente alarga la mano.

—Querido.


La música os golpea al entrar en el salón. En una esquina, con instrumentos de cuerda, unos muchachos vestidos de manera elegante tocan con entusiasmo. A donde quiera que miras solo ves máscaras y vestidos de colores imposibles.

Agarras al vuelo una copa que ofrece un camarero y observas la escena.

Las escaleras que suben a la planta de arriba están desiertas. El pasadizo que lleva directamente al patio de atrás está sepultado tras un grupo de chismosas que se dedican a mirar a todas partes y a señalar. Las puertas al comedor están entreabiertas.

—¿Buscas a alguien?— Emmeline suena terriblemente cerca. Tanto que casi vuelcas todo el contenido de tu copa.

La miras por el rabillo del ojo y niegas con la cabeza. Casi sin darte cuenta te llevas la copa a los labios y bebes un trago largo.

—Será mejor que nos quitemos del medio— murmuras despegando la copa de tus labios. Estás seguro de que Lily os reñiría si os viera ahí, parados como pasmarotes frente al baile.

Por suerte nada más entrar la han mandado a las cocinas. Algo acerca del lugar apropiado para el servicio y para los bebés, no prestaste mucha atención.

Así que la agarras por el brazo y tiras de ella.

Os quedáis parados en una esquina. Emmeline pasa el peso de una pierna al otro, y permanece parada y sin decir nada. Es incómodo.

Un trago más y tu bebida se ha acabado. Miras la copa con pesimismo: es enana. La siguiente vez que pasa uno de los camareros, la cambias y apuras su contenido.

—¿No bebes demasiado?— pregunta ella acercándose de nuevo más de lo aceptable.

—No es tu problema— replicas buscando al camarero con la mirada.

—Qué simp…

—Disculpad— un hombre alto y con una máscara con remaches plateados está plantado frente a vosotros—, querría… ¿querría concederme un baile?

Sonríe mostrando los dientes y ofrece una de sus manos.

Te quedas helado. De ninguna de las maneras puede irse con aquel hombre: el baile era caótico, un momento perfecto para escapar. Pero negarte podría significar que algo iba mal. Desconfianza.

La miras. Esboza una sonrisa lacrada de pintalabios.

—Me encantaría— responde aceptando su mano y dando un paso al frente—, si fuera por mí marido tendría que quedarme aquí toda la noche viendo a los demás bailar.

Y se ríe. De manera suave, casi calculada.

Das un paso al frente para evitarlo, pero ya están muy lejos. Lo último que ves de ellos es el vestido satinado de Emmeline perdiéndose entre la marabunta.

—Estos bailes son un rollo, ¿eh?— a tu lado se ha colocado una mujer mayor. A pesar de que no ves su rostro al completo, te lo dice las arrugas que rodean sus labios y su busto grueso.

—Eh, sí, supongo— murmuras incómodo, buscando a Emmeline con la mirada. Tienes que encontrarla y sacarla de allí.

—Después de todo, no entiendo como Walburga sigue celebrando estas fiestas— la mujer suspira teatralmente y niega con la cabeza—, pero, ¡qué boba soy! Seguramente te estoy aburriendo con mi cháchara.

Apartas la mirada del baile y la clavas en la mujer. No quieres sentir el interés que te corroe de pies a cabeza, pero tampoco puedes hacer nada por evitarlo.

—¿Perdón?

—Bueno, ya sabes— baja un poco la voz—, después de lo de sus hijos.

¿De lo de sus hijos? ¿Qué de sus hijos?

¿Qué había hecho Regulus?

—Entonces, ¿quieres bailar?— te pregunta sonriendo coquetamente.

La ignoras. Ahora tus ojos no pasan en busca de Emmeline, buscas a tu hermano. Hace años que no le ves y no tiene ni idea de lo que significan sus palabras. Pero tienes un mal presentimiento.

Un presentimiento frío, que se te extiende por el pecho y te cierra la garganta.

El comedor, el comedor. Sales corriendo, o casi, pasando de largo de la mujer (a la que oyes farfullar), del grupo bailando, ignorando los saludos… Es una habitación alargada con una mesa pesada. Tiene una lámpara de araña baja dorada y un gran tapiz que adorna la pared del fondo.

Ahí está.


—¿Canuto, estás ahí?

La voz de Emmeline resuena por todo el comedor. Es casi como un susurro lejano, un eco, que te despierta. Te mojas los labios y giras la cabeza hacia ella. Lleva la peluca torcida y sonríe.

—¿Qué haces aquí? ¿Es… es parte del plan?— parece dudar. Cierra tras de ella las puertas con cuidado.

—Te deberías haber marchado— dices volviendo a mirar el tapiz—. ¿Qué haces todavía aquí?

Pasos. Cada vez más cerca. Aprietas la copa que aún tienes entre tus dedos.

—No tiene sentido huir a estas alturas— murmura. Está muy cerca, como siempre—, ¿qué miras? ¿Es un árbol familiar?

Dudas. Levantas una mano y acaricias el tapiz, un nombre: Regulus.

—Es mi hermano— explicas sin mirarla—, la última vez que le vi era un muchacho.

—Yo… no sabía.

—¿Qué mi hermano estaba muerto? ¿Qué si quisiera sería uno de los hombres más ricos de toda Inglaterra? ¿Qué es lo que no sabes?

Giras la cabeza. Los ojos te pican. No tienes claro cuánto tiempo llevas ahí metido, mirando el tapiz. Tampoco quieres contarlo. Te cuesta concentrarte en el plan. Peter en el cuarto de su madre; James fuera, esperando con el carro; Lily en las cocinas…

—Me acuerdo de cuando desapareciste— Emmeline se levanta la máscara y te mira directamente—. Mi padre me estaba buscando marido entre la nobleza. Pensó que serías un buen partido.

No sabes qué decirle.

—Me puse mi vestido más bonito que tenía— continúa subiéndose la máscara—. Cuando tu madre me vio dijo que era la hija fea de un sastre con muchos barcos.

Bufas. Casi parece una risita floja.

—Es una zorra— murmuras colocándole la máscara de nuevo sobre el puente de la nariz—. Deberíamos volver, la hora del intercambio debería estar al caer…

Duda. Parece que acaba de recordar la realidad. Sonríe incómoda y se aparta uno de los rulos blanquecinos de la peluca.

—Sí, supongo que será lo mejor.

Sales delante de ella del comedor. El cuarteto de cuerda sigue sonando de fondo y los invitados bailan como si nada pasara. Están allí, en tu salón, como si no hubiese nada. Como si la mitad de tu familia no estuviera bajo tierra.

Ríen, beben, comen.

—Tengo que salir de aquí— murmuras incómodo. Empiezas a ahogarte. Es como si de pronto la sala fuera más pequeña y las paredes cada vez más altas.

—¿A qué?

Te desabrochas la levita con gestos bruscos y niegas con la cabeza.

—No era buena idea— respondes, aunque casi más para ti—. Todos sabíamos que volver a Inglaterra era una mala idea, pero…

Te detienes. Has oído algo, detrás de la música, los pasos de baile y los murmullos. Una pelea, un forcejeo. Las puertas abriéndose de golpe. Te das cuenta antes de que pase: vuestro plan ya no es ningún secreto.

—Tenemos que salir de aquí— gruñes agarrando a Emmeline del brazo—. Vamos.

Tiras de ella hacia las escaleras. Construyes mentalmente el camino: planta de arriba, Peter, pasadizo a las cocinas, recoger a Lily y salir corriendo hasta James y el carro con vuestra recompensa.

—¡Snape, son ellos!— giras la cabeza. Lucius Malfoy, con aspecto alterado, acaba de entrar en la estancia con media docena de soldados.

—¡Apresadlos en el nombre del rey!

Tiras de ella de nuevo, escaleras arriba. Ya no oyes la música, ni el baile. Tiras la copa a un lado y entras en el viejo cuarto de tu madre sin mirar.

Está prácticamente en penumbra. La única luz que entra en la estancia se filtra a través de las polvorientas y pesadas cortinas. Notas a Emmeline muy cerca, abrazada a tu brazo. Su respiración te eriza la piel de la nuca.

—Te tengo dicho que no me molestes, Kreacher— la voz envejecida de tu madre se eleva de manera imperturbable.

Te quedas congelado, en medio de la habitación. No te la esperabas allí. Abajo, rodeada de gente enmascarada y con una copa de licor sí. Pero no allí, a oscuras. Quieres preguntar, gritar, salir corriendo. Quieres apuntarla con la pistola que tienes escondida en el tobillo y decirle que la odias, aunque ella ya lo sepa.

Emmeline aprieta aún más su agarre.

—No soy Kreacher— murmuras. La voz se te quiebra, pero no dudas. Tienes que saber. Lo necesitas—. Soy Sirius, madre.

No dice nada. Las manos empiezan a temblarte y el corazón se te acelera. Deberíais salir de ahí e ir a buscar a tus amigos.

—¿Qué… qué le pasó a Regulus?

Un murmullo. Agudizas el oído y das un paso adelante.

—Vergüenza. Vergüenza— la voz se eleva lúgubre, trémula—. Vergüenza le causas a tu madre, Sirius Black. Vergüenza a tus antepasados.

Emmeline tira de ti hacia atrás cuando suena el crujir de la madera. Te la imaginas levantándose, desgastada.

—Vergüenza…

Abres la boca para callarla. Quieres hacer que cierre la boca y que deje de hablar. No la soportas. Nunca lo has hecho y no tienes idea de empezar a hacerlo.

Pero Emmeline vuelve a tirar de ti hacia atrás.


Cierras la puerta detrás de vosotros. Los hombres del rey suben las escaleras, están frente a vosotros. No puedes pararte a tranquilizarte, no hay tiempo.

—¡Canuto!— la voz de Lily llama tu atención. Está allí, en uno de los corredores, mirándote con ansiedad.

Sales detrás de ella. Emmeline no te suelta, su mano parece una garra que se te clava hasta el hueso.

—Remus nos ha traicionado— jadeas al llegar hasta ella.

—Eso no es ahora importante— gruñe cerrando la puerta tras de ella. Con el brazo con el que no abraza a Harry, bloquea la puerta con una silla.

Es una de las múltiples habitaciones deshabitadas. Hay una gruesa capa de polvo que lo recubre todo. Una de las ventanas está abierta de par en par y, allí, está Peter, atando entre sí unas sábanas con unas cortinas.

—Ha dejado escapar a Malfoy— insistes, nervioso, quitándote la máscara y la peluca.

—Remus jamás haría algo así— murmura Lily paseando por la habitación con nerviosismo.

—¿Entonces cómo lo explicas?— preguntas alzando demasiado la voz. Harry gimotea y Lily lo aprieta contra su pecho.

Las pisadas no terminan. Es más, cada vez están más cerca. La puerta tiembla tras una embestida y todos os alejáis unos pasos.

—¿Qué hace ella aquí?— pregunta Lily mirándola fijamente. Parpadeas y la miras, es verdad. No sabes qué hace, no debería estar con vosotros.

—Una rehén— interviene Peter—. Nos viene bien. Canuto, ata esto a la pata de la cama.

—Exacto— exclamas atrapando la punta de la cuerda improvisada.

Peter baja el primero. Prueba la resistencia de la cuerda y saca su pistola antes de deslizarse por la fachada.

—¿Puedes bajar con el bebé?— preguntas ayudando a Lily a atarse un fardo improvisado al cuello.

—No te preocupes, nos vemos abajo Canuto— te aprieta con cariño el brazo antes de pasar una pierna por la cornisa.

La puerta vuelve a temblar. Cruje y cede. Las bisagras chirrían y la puerta cae pesadamente contra el suelo. Echas un vistazo rápido hacia la ventana. La cabeza pelirroja de su amiga ya ha desaparecido.

Casi respiras tranquilo.

Casi.

—¡Huye!— jadea Emmeline poniéndose en medio.

Retrocedes hasta la ventana. Los primeros soldados ya han entrado. Emmeline ha levantado estúpidamente los puños, cómo si eso pudiera servir de algo.

—¡Alto!

—¡Ha sido un placer, Vance!— gritas saliendo de la habitación. Ella gira la cabeza y clava sus ojos en ti. Puedes verlos a través de su máscara, oscuros y asustados.

Abre la boca para decir algo.

«¡Pum!».

Te detienes. Tienes los brazos alrededor de la cuerda y las piernas apoyadas en un saliente. Emmeline tiene los ojos muy abiertos y se ha quedado, también, muy quieta. Baja la mirada estúpidamente y se palpa el pecho y el abdomen, en busca de alguna herida inexistente.

Una extraña sensación se extiende por tu columna. Sabes lo que te vas a encontrar antes de bajar la mirada. Solo con el llanto de Harry rompiendo la serenidad de la noche…

Peter tiene la pistola en alto, aún humeante.

—¡LILY!

Se te revuelve el estómago de solo pensarlo. Te deslizas lo más rápido posible por la cuerda. Incluso saltas el último tramo.

—Ca… Canuto, alto— murmura Peter. El arma le tiembla, pero al menos tiene una en las manos—. Las… las manos arriba.

—¿Tú? ¿Por… qué?

Peter hace un gesto vago con la pistola.

—Me han prometido perdonarme lo de la piratería— susurra. Parece muy emocionado—. ¡Podré quedarme en Londres! ¡Para siempre!

Tragas saliva antes de lanzarte contra él. El rugido te sale del fondo de tu pecho, le agarras el brazo y lo levantas.

Una mujer chilla, probablemente Emmeline, pero no le prestas atención. Solo quiere quitarle el arma y golpearlo hasta matarlo. Quieres sentir su sangre entre tus dedos, romperle todos los dientes si hace falta.

—¡Quieto, señor Black, o dispararemos!


Mentirías si dijeras que no hay buenas noticias. La primera es que Lily está viva. Vivita y coleando, incluso se ha librado de la horca. Snape, un juez de gran reputación dentro de la ciudad, se ha puesto de su lado. La segunda es que tanto James como Remus no han sido apresados. Y la tercera es que, cuando los soldados del rey llegaron a donde la Quimera había atracado, ya no había signo que hubiese estado alguna vez allí.

Por supuesto, alguien perderá la cabeza. Y ese tienes que ser tú.

Snape dictó la orden. Sonreía, con su piel cetrina estirándose en una mueca llena de placer. Tú ni te inmutaste. Ni siquiera parpadeaste cuando te sacaron del estrado. O cuando te metieron en un carro lleno de barrotes para presentarte a tu destino.

El traqueteo te molesta. Es como si algo golpeara rítmicamente tu cabeza, hasta el punto de volverte loco. Quieres hacer que se calle y casi sientes que el arma de Peter no estuviera cargada.

O no llegar a la pistola que ocultabas en tu pernera.

Podría haber sido todo más fácil.

—¡Canuto! ¡Canuto!— giras ligeramente la cabeza y arrugas el entrecejo, intentando de enfocar. Al otro lado hay una mujer de piel limpia y rasgos duros—. ¡Sirius!

Abres la boca. Tienes los labios secos y se rasgan.

—Lárgate— pides con voz ronca.

El carro se detiene y ella aprovecha para acercarse aún más. Sus manos se aferran a los barrotes. Lleva unos guantes delicados de encaje.

—No… Yo… Voy a estar ahí, ¿vale? No voy a apartar la mirada…

—No sabía que fueras tan sádica, Vance— escupes apartando la mirada de ella.

El carro vuelve a ponerse en marcha.

—¡Sirius!— jadea.

Es una lástima que esa chica fea sea la última mujer que vayas a ver en tu vida.

Aunque, quizá, la verdadera lástima sea que no hayas hecho nada más interesante con ella.


Frente al Támesis. Podría ser peor, podrían dejarte morir de sed medio sepultado en el sótano de algún edificio. Al menos verás el agua una última vez. A los barcos zarpar.

Hay un pregonero que canta tus crímenes. Apenas le escuchas. Te concentras en sentir la brisa del mar contra tu rostro. El cosquilleo de molestia que recorre tus brazos, que se han quedado dormidos.

Por supuesto, Emmeline está ahí. En primera fila, lleva un ridículo sombrero de ala color pastel. No es la única. Sabes, puedes olerlo, que tu madre no se está perdiendo nada del evento. Ni Snape.

Hay tanta gente que te quiere muerto.

El verdugo pasa una soga alrededor de tu cuello. Aprietas la mandíbula para no mandarle al demonio. Las uñas se te clavan en las palmas de las manos. Alguien te tapa la luz.

Oyes los murmullos. Las risas. Los gritos de odio. Oyes como el mecanismo de la estructura se pone en marcha. El suelo bajo tus pies vibra. Tragas saliva. El corazón te late con tanta fuerza que crees que se te va a salir del pecho.

Vas a morir, ya está hecho.


Abres los ojos. Estás doblado por la mitad y te duele todo. Sobre todo la espalda. No sabes dónde estás, todo sigue oscuro.

Y sigue estando ahí el ruido.

Notas unos brazos fuertes que te ayudan a ponerte en pie. Que te arrancan la tela que te impide ver de la cabeza. Tardas un momento en acostumbrarte al cambio de luz.

La expresión preocupada de Remus te devuelve la mirada.

—Arriba, Canuto, arriba— murmura rompiendo la soga que mantiene tus muñecas unidas. Pone entre tus manos un machete viejo y oxidado. Lo aprietas, no dudas que vayas a utilizarlo, con el que se atreva a ponerse en tu camino.

—Fue Colagusano— dices, pálido—. Fue Colagusano.

—Lo sabemos— responde asintiendo—. Luego habrá tiempo para hablar, date prisa.

El bullicio frente al puerto os permite confundiros con la gente. Oyes gritos, órdenes militares, que pretenden atraparos. Apenas puedes calcular lo que hay a más de tres palmos de ti.

Remus da el primer golpe. Da una estocada a un soldado que cae bruscamente.

—¡Lunático!— murmuras sorprendido, apartando un golpe que podría haber sido mortal.

—¡No lo he matado!— se explica rápidamente, empujando a otro hombre.

Esquivas, saltas, empujas y atacas. El filo del machete se pinta de sangre.

—¡Canuto, hay que embarcar!

La Quimera aparece ante tus ojos. Más majestuosa que nunca. James está al timón, puedes verlo. Más solitario que nunca. El corazón te da un salto.

Te está salvando a ti. Está dejando a Lily.

Notas como alguien se acerca peligrosamente. Te volteas, con el machete en alto. Bajas con fuerza el arma, una herida en el abdomen. Terriblemente dolorosa. Terriblemente mortal.

—¡Sirius!— jadea una voz conocida.

Emmeline.

—Vance— murmuras con incredibilidad. ¿Qué hace allí?

Sigues caminando hacia el barco. Ves como Remus os lanza una mirada rápida.

—¿Qué quieres?

Balbucea algo. Apenas puedes oírla entre el estropicio.

—¿Qué?

—¡Llévame contigo!

Las piernas se te clavan en el suelo. La miras, con la boca abierta estúpidamente.

—¿Qué?

—¡Canuto, tenemos que saltar!— miras a Remus. Está al borde del puerto, mirándoos.

—¡Llévame contigo!— Emmeline te agarra del brazo. Tiene los ojos muy abiertos y te mira con ansiedad.

—Un barco no es lugar para una… ¡una mujer!— murmuras.

—Lily…

—Lily es un hueso duro de roer.

—¡Yo también!

—¡Canuto, no hay tiempo!

Pasas la mirada de Remus a Emmeline. Dudas. No entiendes lo que quiere hacer. Pero Remus tiene razón en algo: no hay tiempo. Os empiezan a rodear.

—¡Está bien!— gruñes cogiéndola en volandas.

Emmeline se abraza a tu cuello de una manera dolorosa y esconde su rostro en él. Su vestido hondea cuando corres con ella hacia Remus.

Su sombrero sale volando cuando saltáis.


Emmeline no te ha soltado desde que salisteis del agua. Está abrazada a tu brazo, como una niña pequeña, y no se ha atrevido a moverse de allí. Tú acaricias distraído su cabello. Empieza a secarse.

—Va a ser peligroso— murmuras. Ella se aprieta un poco más contra ti—. No podemos dejar a Lily atrás. Ni a Harry.

Notas como asiente contra tu brazo.

—Y tienes que endurecerte. Y aprender a luchar como Dios manda— continúas.

No responde. Os quedáis así, en el mascarón de proa, observando como se aleja cada vez más la costa. La suave brisa te invita a buscar ropa seca, pero no te quieres mover. Es cómodo, a su manera.

—Canuto— murmura al fin separándose un poco. La miras con curiosidad. Está pálida y tiene el rostro aún húmedo. Una perla de agua recorre su pómulo. Tragas saliva.

Ella entrecierra los ojos y se recuesta contra ti. Tú te inclinas, casi sin darte cuenta.

—¿Qué?— susurras.

—Quiero que sea peligroso.

Sonríe un poco y coloca sus manos en tu pecho. Tienes ganas de reír, pero no llegas a hacerlo.

Sus labios, contra los tuyos, te lo impiden.

Fin.