Advertencia: Esta historia no me pertenece; su autora, Tin Mandigma, la publicó en inglés en el año 2001 aproximadamente. Mi única labor ha sido traducirla de la mejor forma que he podido, teniendo en cuenta la complejidad del lenguaje, los juegos de palabras y la riqueza narrativa de esta autora. Espero que el resultado merezca la pena y que la historia os enganche y conmueva tanto como a mí cuando la leí por primera vez.
Capítulo 2.
Retrospecciones
Misao entró arrastrando los pies al comedor del Aoiya. Bostezando, frotó sus ojos cansados. Apenas había dormido la noche anterior, y cuando despertó, al alba, su cabeza retumbaba horriblemente. El dolor había disminuido ahora a uno más sordo pero, Dios, ¡qué habría dado para que desapareciera! Dejó escapar un suspiro trémulo. No recordaba la última vez que había dormido de forma decente. ¿Hacía una semana? ¿Un mes?
Apartó un oscuro mechón de su cara con su mano temblorosa mientras buscaba una taza limpia en el armario de la cocina donde Okon guardaba la vajilla. Por suerte no había nadie cerca. Ya estaba suficientemente inestable estando sola. Mejor sin Okon y Omasu montando un drama por su aspecto. Porque, tenía que admitirlo, no estaba precisamente 'resplandeciente.' Sabía que sus mejillas estaban hundidas y pálidas por la falta de sueño. Y sus ojos… bueno, ahora sí que se sentía como una 'comadreja.' Sonrió irónicamente mientras volvía al comedor con paso cansado. Si Yahiko y Sano estuviesen allí, estarían tirados por el suelo en un ataque de risa.
Misao se dejó caer sobre el tatami. Alcanzó la tetera que Okon siempre mantenía llena y caliente sobre la mesa. Inhaló la deliciosa esencia de la aromática bebida, ansiosa. Sintió su espíritu aligerarse un poco ante la idea de hacer algo… 'simple', para variar. 'Gracias, Okon' pensó Misao sirviéndose el té con cuidado. Observó el líquido verde llenar su taza lentamente, descendiendo con suavidad sobre el fino contorno de porcelana.
Un delgado tirabuzón de vapor ascendió delicadamente en el aire, jugueteando con la nariz de Misao. El té estaba caliente. Rozó con sus dedos el humo que ascendía y sonrió al ver como ignoraba la interferencia y seguía su camino para después evaporarse en el aire frío.
'Si los problemas se desvanecieran con la misma facilidad…' pensó melancólicamente. Suspiró, y la sonrisa desapareció de su rostro. La mañana dejó de parecerle relajante cuando sus inquietudes empezaron a luchar para salir a flote otra vez.
Sus pensamientos derivaron en Aoshi. Debía de estar despierto ya. Probablemente estaba meditando, y, probablemente, Sayuri estaría con él… "Maldita sea," murmuró irritada. "No empieces tan temprano." Cogió la taza con fuerza, dispuesta a comenzar bien el día. 'Me estoy atormentando yo sola. Tengo que dejar de hacerme esto. Olvida a Aoshi. Olvida a Aoshi. Olvida-'
La taza aterrizó en la mesa con un golpe seco. Misao miró el té fijamente, esperando encontrar algún consuelo en el líquido transparente. ¿Qué demonios hacía falta para terminar con el amor que sentía? ¿Un acontecimiento traumático que desencadenara el desenlace? ¿O una serie de hechos durante un periodo de tiempo, que pusieran cada pieza en su lugar como si se tratase de un puzzle? Misao se inclinó más por la segunda posibilidad. Ser empujada hasta el límite, centímetro a doloroso centímetro, hasta que no pudiera soportarlo más. Y la verdad es que Aoshi estaba conduciéndola a su límite. Ya lo había dejado como un caso perdido por el que no merecía la pena seguir llorando. Pensó que quizás, lo que sentía ahora era una especie de recaída, una fase por la que debía pasar antes de superarlo del todo. Aún así, algo roía en su interior. ¿Por qué se sentía entonces como si hubiese vuelto a la línea de salida?
"Ohayo, Misao-chan."
Misao levantó la vista sorprendida, "Oh. Ohayo, Omasu,"
Omasu se sentó a su lado, con una taza entre las manos. Misao le sirvió un poco de té. Omasu le sonrió, y se preocupó al ver que la joven sólo pudo forzar una pequeña sonrisa. Había estado de pie frente a ella al menos cinco minutos y Misao ni si quiera parecía haber notado su presencia. Y Misao solía ser muy sensible en ese aspecto. Omasu entornó los ojos al notar las ojeras y la expresión vacía en su, por lo general, alegre cara. Incluso su pelo negro había perdido el brillo. Colgaba sin vida en su habitual trenza, como la cola de un gato enfermo. Omasu suspiró por dentro, pero decidió no decir nada al respecto, al menos por el momento. En cambio dijo con amabilidad, "Tu té debe estar ya frío."
Estando totalmente segura de que Omasu le daría un sermón maternal al verla, Misao se sorprendió ante la observación. Automáticamente, llevo la taza a sus labios y bebió el té en pequeños sorbos. Estaba tibio. Lo dejó en la mesa con una mueca "Tienes razón," contestó.
"¿No vas a servirte un poco más?" preguntó Omasu en el mismo tono.
"Uh… No," contestó Misao, apartando sus ojos de la mirada preocupada de Omasu. Cogió su taza y se levantó. "Llevaré esto a la cocina-"
"Misao…" empezó a decir Omasu, pero se detuvo bruscamente cuando Sayuri entró en el comedor.
Misao se tensó; su mano se cerró en un puño. Una ola de amargura la sacudió mientras miraba a la joven. Se fijó en su elegante kimono, en su cuidado recogido de pelo castaño. Sayuri era una mujer alta, delgada y esbelta, pero era su rostro su rasgo más asombroso. Delicado y en forma de corazón, armonizaba todo su conjunto, dándole incluso un aspecto frágil. Sus brillantes ojos verdes devolvieron la mirada a Misao desafiantes, casi altaneros, antes de suavizarse inmediatamente para dirigirse a Omasu.
"Ohayo, Omasu-san." Se creó una pausa hasta que apenas le dedicó una mirada a Misao. "Ohayo, Misao-san," dijo Sayuri con voz indiferente, haciéndolo sonar como si acabase de recordar que se encontraba ahí.
Misao entornó los ojos y apretó el puño. Omasu la observó alarmada. Casi inmediatamente, Misao se relajó. "Ohayo, Sayuri-san," contestó inexpresiva, inclinándose levemente frente a la muchacha.
Sayuri ni siquiera le prestó atención. Inmediatamente se giró hacia Omasu. "Me preguntaba si podría llevarle a Aoshi-sama el té. ¿Puedo coger unas tazas para nosotros, por favor?" Sonrió a Omasu.
"Por supuesto," respondió Omasu, devolviéndole la sonrisa. Echó un vistazo a Misao, que seguía en pie inmóvil junto a la mesa. "Claro," repitió mientras se disponía a levantarse. Sayuri la detuvo.
"No, por favor, las cogeré yo misma. Están en la cocina, ¿verdad?" Ante el asentimiento de Omasu, Sayuri sonrió. "Arigato, Omasu-san." Observo a Misao por el rabillo del ojo, curvando sus labios ligeramente. "Tengo que irme. Aoshi-sama estará esperándome," suspiró. "Tomar el té sin compañía es tan aburrido… ¿No os parece? Aoshi-sama y yo… ambos disfrutamos de nuestra compañía. Una buena conversación es el mejor acompañamiento para un buen té, ¿no es cierto?" Le guiñó el ojo a Omasu, que la miraba con una expresión algo estupefacta antes de girar grácilmente; la seda de su kimono revoloteando a su alrededor.
Omasu esperó a perder a Sayuri de vista para atreverse a hablar "Misao-chan…" Al no obtener respuesta, Omasu la miró detenidamente, preocupada, "Misao-chan…"
Misao mantuvo sus ojos fijos en el suelo. Un ligero rubor cubría sus mejillas. De rabia, vergüenza… no estaba segura. Por un instante, había estado tentada a dejarle claro a Sayuri que era ella, Misao, la que le llevaba el té a Aoshi. La que le hacía compañía. Pero entonces, cuando llegó a la parte de 'disfrutar' de la compañía... las palabras morían en sus labios. Sayuri se le había adelantado en ese aspecto, y ella lo sabía. Misao cerró los ojos un momento, aguantando el impulso de echarse a llorar.
"Misao-chan…" la voz de Omasu sonaba casi asustada.
Misao abrió los ojos de golpe, sorprendida de haberse olvidado que Omasu estaba allí. Sonrió a la mujer, internamente reprochándose haberla asustado. "Estoy bien" intentó tranquilizarla.
Omasu se aferró a la mesa; su preocupación aumentó ante la calma de su tono de voz. Esperaba que Misao explotase en una de sus habituales pataletas o al menos en un buen grito. Misao solía ser tan abierta en cuanto a sus sentimientos; siempre con el corazón en la mano. Pero ahora…
Misao recogió su taza, "Voy a fregar esto, ¿vale?" Sonrió a Omasu. "Estaré en mi cuarto si quieres algo." Se dio la vuelta con la intención de retirarse.
Esa actitud tan impropia de ella terminó por convencer a Omasu. Algo le pasaba a Misao; algo que obviamente estaba haciéndole daño. Okina les había pedido que diesen tiempo a la muchacha para que meditase sobre aquello que la atormentaba, pero esto era demasiado. Misao estaba alejándose de ellos, y que ignorasen que estaba pasándolo mal no era la respuesta. Dios mío, ¡estaba incluso peor que Aoshi! Omasu frunció el ceño. Hablando de él… "Se trata de Aoshi, ¿verdad?"
Misao se detuvo repentinamente pero no se dio la vuelta. "¿Qué?"
Omasu suspiró exasperada. "Misao-chan, a pesar de lo que pueda parecer, no estoy ciega. Llevas semanas evitando a Aoshi-sama. No sé porqué, pero es evidente que no te está sentando bien," dijo con un tono ligeramente acusador. "No va contigo estar tan… tan…" Sacudió la cabeza. "Misao, por favor, cuéntame qué te pasa."
La joven se mantuvo en silencio tanto tiempo que Omasu temió que se fuese sin decir una palabra. Finalmente contestó, con voz cansada, "Omasu, por favor. Sé que lo haces con buena intención, pero es que no hay nada que explicar. Estoy evitando a Aoshi porque me-"
"-porque de repente te has dado cuenta de que no estás enamorada de él?" Omasu levantó una ceja con gesto escéptico. "Misao, entiendo que estés confusa, pero no hay motivo para que-"
"¡Eso no es verdad!" contestó Misao acaloradamente. Finalmente se giró hacia Omasu y le clavó sus ojos azules. Omasu se sentó de nuevo, satisfecha con esa débil chispa de emoción. Al menos Misao no había perdido su espíritu del todo.
"¿En serio?" preguntó con calma. "¿Entonces qué te pasa? ¿Cuál es el problema, Misao? Quiero decir, el hecho de que tus sentimientos por Aoshi-"
"No lo digas," la cortó Misao. "Sé lo que vas a decirme y no quiero oírlo. 'Mis sentimientos por Aoshi.' Crees que porque he dejado de ir detrás de él, lo que siento… sentía… siento…," Misao se sonrojó y dio la vuelta antes de continuar, "para él lo que siento nunca ha sido… real, o amor o lo que sea, así que tampoco tengo porqué tomármelo tan en serio. Pero estás equivocada, Omasu."
"¿Por qué?" Preguntó. "¿Por qué estoy equivocada, Misao-chan?" De repente, la idea le vino a la cabeza. Sus ojos se abrieron de par en par al comprenderlo. "¿Es por… Sayuri-san?"
"¡No!" Respondió precipitadamente. "Es decir, yo… yo…" tartamudeó, totalmente confusa. "No lo sé…"
"Misao-chan," Omasu se levanto con la intención de ir a su encuentro, pero Misao la esquivó.
"Lo siento, Omasu," dijo suavemente. "Olvídalo, por favor. No quiero hablar de esto." Misao se encogió, desvalida. "necesito tiempo para aclarar mis sentimientos y-"
"Pero Misao…"
Misao sacudió la cabeza y sonrió tristemente a su amiga, "Por favor. Tengo que pensar en ello." La última frase fue una súplica de comprensión que Omasu no pudo ignorar. Además, Misao era muy obstinada. Cuando algo se le metía en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de idea. Omasu suspiró profundamente antes de asentir. "Está bien."
Los labios de Misao se curvaron de manera casi imperceptible, "Arigato."
Omasu la observó alejarse y se mordió los labios, preocupada. Quizás era el momento de hablar con Okina.
Sayuri caminaba despacio, disfrutando de la tranquilidad matutina. Llevaba el té de manera cuidadosa, temiendo desparramar la mínima gota. No podía estropear ese té que tan cuidadosamente había preparado por un despiste. A Aoshi le gustaría tomar algo caliente. Sonrió para sí misma, ilusionada, deseando servirle en algo, aunque se tratase de una cosa tan insignificante. Se sentía feliz, en paz, siempre que estaba con Aoshi. Y desde luego él no daba signos de no sentirse de la misma forma con ella. Sí, podría ser mejor si fuese más explícito con sus sentimientos, pero ella sabía de su reticencia a hablar sobre cosas de ese tipo, y había llegado a aceptarlo. Después de todo, no era necesario hablar o actuar abiertamente si se podían disfrutar las cosas tal y como eran. No había necesidad de seguir buscando cuando ya tenías lo que querías justo delante. Y Aoshi tenía lo que ella quería. Todo lo que siempre había querido.
Era la hija de un hombre rico y poderoso, una señorita cuidadosamente criada dentro de los límites de la inmensa mansión de su padre. El lujo era una de las cosas que ella daba por supuestas. Claro está, se comportaba del modo que uno espera de una mujer de su clase. Había sido una hija obediente, subordinada a la voluntad de su padre desde la niñez. Era grácil, elegante, serena; la habían educado en las artes de los nobles desde que tenía uso de razón. La señorita Sayuri.
Sonrió levemente.
Sólo cuando comenzó a aprender el arte de la lucha se desvió de lo común en una dama de su estatus. Para sorpresa de muchos, lo hizo con la bendición de su padre; él fue, de hecho, su primer maestro. Después, cuando creció, se entrenó con los mejores guerreros de Japón, antiguos contactos de su padre desde los tiempos de la Restauración. Y resultó ser una guerrera por naturaleza, flexible, experta con las armas y el ninjutsu. Todos pensaron que Sayuri estaba, como siempre, siguiendo los deseos de su padre. No sabían la profunda satisfacción que le producía la lucha. Nadie lo sabía. Era algo que guardaba para ella misma, asustada de que lo descubriesen, asustada de avergonzar a su padre. ¿Cómo iba a contar que vivir la vida de 'la señorita Sayuri" era algo que aborrecía con toda el alma? Al principio ignoró esa sensación de descontento, regañándose a sí misma por sus 'inapropiados' sentimientos. Pero aquella emoción siguió creciendo en su interior, hasta que explotó y no fue capaz de detener aquella onda expansiva. 'No,' pensó ella. 'No quise detenerla.'
Ocurrió cuando tenía trece años. Paseaba por el jardín cuando un shuriken aterrizó en su camino. Automáticamente retrocedió con un gruñido, mirando a su alrededor, preguntándose quien había sido capaz de traspasar la férrea seguridad de la mansión. Y entonces lo vio. Dios, era guapísimo. Era Ichiro. Cabello negro, profundos ojos azules… Caminó hacia ella, disculpándose. Había sido un accidente, dijo él. Ella estaba preparada para darle un virulento discurso, pero entonces él sonrió. Se detuvo, incapaz de resistirse a aquella sonrisa magnética. Él le preguntó cómo se llamaba. Ella lo observó, sintiéndose de pronto aturdida, ruborizada, febril. Vio un brillo en sus ojos, un repentino sentimiento que más tarde reconoció como deseo, y dentro de ella algo despertó. Cuando murmuró "Sayuri" casi sin aliento supo que estaba perdida.
Volvió a verlo después de aquello. Una y otra y otra vez, consumiendo la pasión que los desbordaba. Necesitaba sentirse mala, culpable, avergonzada por relacionase con un simple guardaespaldas, ¡un sirviente! Pero no lo hizo, y se sintió tremendamente libre por ello. De puertas afuera, siguió actuando como siempre lo había hecho, un modelo a seguir. Después de Ichiro hubo otros; hombres sin nombre, hombres sin rostro. Más tarde conoció a Kenji, un traficante que le enseñó otros 'caminos' en su ferviente búsqueda de la libertad y la felicidad. El opio. Y Dios, eso sí que la hacía feliz, la extasiaba. Era libre dentro de aquella vida aburrida. Al principio lo saboreaba al máximo, lo anhelaba a cada momento, pero cuando el tiempo fue pasando, se dio cuenta del vacío que habitaba en su interior. De nuevo lo ignoró, pero esta vez amenazaba con destruirla. Ella no entendía qué era lo que necesitaba. Se dio al opio por completo intentando escapar del abismo que tenía dentro. No funcionó: por primera vez en su vida se sintió desesperada. Fue entonces cuando su padre, alarmado por su deteriorada salud, la llevó al Aoiya, confiándosela a su viejo amigo Okina para que curase su espíritu; para que ella misma descubriera qué era lo que necesitaba. Lo supo en el momento en que vio a Aoshi. Paz.
La tranquila indiferencia que lo caracterizaba la atrajo sin remedio; le hizo ver la fortaleza de carácter que ella jamás tendría. Y sus ojos… parecía que la llamasen desde su tranquila profundidad. El siempre daba la impresión de estar tan lejos, tan concentrado en algo que nadie más podía ver, más allá de las frivolidades de la vida cotidiana, intacto por la vacuidad de la vida. Él era todo lo que ella había querido ser. Era perfecto. Y lo necesitaba desesperadamente. Era como el bálsamo para su alma herida. Aoshi llenaba aquel horrible hueco en su interior. Lo amaba. Con él, se sentía en paz.
¿Y él la amaba a ella? 'Por supuesto,' se dijo a sí misma. Él también la necesitaba. Se necesitaban mutuamente. Él la completaba, le daba seguridad. Y ella protegería aquella paz. Protegería a Aoshi de todo el que pudiera destruirlo. Especialmente de Misao… Frunció el ceño, sintiendo súbitamente una ola de odio hacia la joven. Supo en cuanto la vio que ella también sentía algo por Aoshi. Se aseguró cuando Okon le comentó, entre risas, que Misao siempre había sentido devoción hacia Aoshi. Pero Sayuri sentía que aquella chica nunca sería digna de Aoshi. Era demasiado superficial, demasiado vulgar, demasiado ignorante. Arrastraría a Aoshi a las profundidades si tuviese sobre él la suficiente influencia; influencia que el amor engendraría sin ninguna duda.
Ese amor… No, Aoshi no amaba a Misao. No era posible. Y aun así Sayuri no podía estar del todo segura. Algunas veces había notado en sus ojos destellos de sentimientos incapaces de definir cuando nombraba a Misao. Y no era capaz de ignorar el… anhelo en su rostro cada vez que le llevaba el té. Al principio pensó que esas ansias eran por ella, pero cuando su cara asumía de nuevo su calmada y fría expresión ella estaba segura de que Aoshi estaba, en realidad, decepcionado, porque no era- Sayuri apretó los labios. Por alguna razón, Misao no se acercaba a Aoshi. Sayuri sabía que ella se estaba alejando de él. Y se convenció a sí misma de que eso era lo mejor para Aoshi. Veía a las pequeñas líneas de dolor en su rostro cada vez que lo observaba de cerca. Probablemente él ni si quiera se había dado cuenta de ello y eso la alarmó, sabiendo instintivamente la causa. ¿Era capaz de aceptar que el hombre al que amaba se ensuciase a sí mismo por alguien que representaba todo lo que ella despreciaba? No. Cien mil veces no. Caminó más rápido, ignorando ya el tintineo de las tazas sobre la bandeja, hasta que llegó a la habitación de Aoshi. Recuperó el aliento mientras lo observaba desde la puerta. Estaba sentado de piernas cruzadas con los ojos cerrados; era la imagen de la tranquilidad y la armonía interior. Notó que una paz la envolvía, pero todavía sentía aquella incertidumbre que la atormentaba. Se adentro un par de pasos en el cuarto y lo llamó suavemente, "Aoshi-sama…" Espero hasta que se giro hacia ella y abrió los ojos. Y pudo ver aquel gesto esperanzado, que sólo duró un segundo, hasta que la vio. "Sayuri-san…" su fría voz sonaba casi melancólica; sus ojos la atravesaron, buscando a través de ella, detrás de ella, a alguien que no estaba allí…
Sayuri se derrumbó en el suelo con un sollozo; sus lágrimas calientes quemaron sus ojos y su rostro. Lloró abiertamente, balbuceando palabras de rabia, desesperación, soledad. Hubo una pausa desde el otro lado de la habitación. Duda. Y después lo sintió levantarse. Segundos después, estaba a su lado. Contuvo el aliento y jadeó al sentir la calidez de sus dedos en su mejilla mientras le preguntaba amablemente qué le pasaba. El triunfo la inundó cuando abrazó su fuerte cuello, escondiendo la cara en su pecho. Aoshi se quedó inmóvil y, despacio, puso sus manos sobre sus brazos. Ella lo abrazó más fuerte. Lo amaba. Haría cualquier cosa, cualquiera, para conservarlo.
Misao se quedó estupefacta observando a Sayuri llorar durante un rato. Despacio, sus ojos enfocaron con angustiosa lentitud al hombre que la abrazaba con aparente ternura. Aoshi. Se sintió entumecida, agotada. '¿Qué estoy haciendo aquí?' se preguntó. 'Querías hablar con Aoshi.' Llegó la respuesta. 'Ver como estaba. Traerle el té…" quedó en shock, sintiéndose de pronto asfixiada por la histeria del momento. Esto era lo que conseguía cuando vagaba sin rumbo por el Aoiya. Debería haber sabido que acabaría en ese lugar. Retrocedió lentamente; la respuesta, la única y verdadera respuesta respuesta, gritaba en su interior. '¡No te necesito!' le contestó ella. 'No quiero velo…' Se obligó a darse la vuelta, a darles la espalda. Necesitaba desesperadamente salir de allí. 'Muévete.' Se ordenó. '¡¡Muévete!!' Pero su cabeza se giró; sus ojos buscando…
Aoshi levantó la vista. Misao se congeló. Se miraron el uno al otro; ninguno fue capaz de romper el contacto. Misao notó sus labios curvarse en una enorme sonrisa; como si no tuviese una sola preocupación. Aoshi no sonrió. Misao dio un paso atrás; después otro. Y otro. La sonrisa no se borro de su cara. Finalmente estaba en el recibidor, caminando despacio, pálida.
Sonrió a Okina, asintió mecánicamente sin escuchar una sola palabra de lo que le dijo, sin dejar de caminar. Sonrió a Okon y Omasu, que estaban al final del pasillo, mirándola preocupadas. Siguió sonriendo hasta que llegó a su habitación.
Sólo entonces cayeron las lágrimas.
Fin del capítulo 2.
Nota de la traductora: Como siempre, cuando me pongo a traducir este fic no puedo parar. Gracias a Karla, moonie, Misao K. y Belldandy por los comentarios :) me alegro de que os guste, y si, es precioso y... bastante deprimente! Por suerte o por desgracia es siempre asi, pero en mi opinión refleja muy bien a los personajes; puedo imaginarme perfectamente a Aoshi y Misao actuar de esta forma :P
Sobre si está terminado, creo que es justo que aclare que no lo está. La autora no pudo acabarlo; puede que las que escribis fanfics lo entendais al ver como evoluciona la trama. En realidad tenía la esperanza de que alguien pudiese ponerle un final. Quizás más adelante alguna de vosotras os animeis :D pero hasta que llegue ese momento todavía quedan muchos capítulos y hay que disfrutarlos!
Gracias otra vez por los comments, me dan fuerzas para seguir cuando encuentro un párrafo especialmente complicado lleno de palabras imposibles xD
