Los personajes de este fic, excepto algunos de invención mía, no me pertenecen. Son propiedad de Stephenie Meyer.
Mis más sinceros agradecimientos a mi querida amiga y beta Lilith de Lioncourt.
La primera muerte
4 de marzo de 1820 d.C.
Eran principios de marzo, y todos en la casa estaban muy atareados. Al señor Lysander le había surgido una cita muy importante a la que tenía que acudir sin falta. Por ello tenía que realizar un viaje que le tendría fuera de casa por varios meses, ya que debía cruzar el océano.
La señora Iris estaba muy inquieta. Los viajes en barco eran muy peligrosos, y ella nunca había estado separada de su marido por tanto tiempo.
Lysander le repetía continuamente que no se preocupase, que él regresaría en cuanto le fuera posible, y que jamás sería capaz de dejarla sola, ni a ella ni a sus hijos. Pero eso no calmaba los nervios de Iris.
Aún así, y en contra de los deseos de su esposa, el 22 de marzo el señor emprendió su viaje.
Lysander tardó catorce días en llegar a puerto. El barco que lo iba a llevar disponía de trece metros de envergadura y cuatro de ancho, dos grandes velas blancas coronaban la preciosa embarcación. Y en total, eran diecinueve los pasajeros que iban a ir a bordo.
A la semana y media de travesía el tiempo, antes favorable para la navegación, cambió drásticamente. Unas nubes enormes de color gris violáceo cubrieron el cielo, ocultando por completo el sol. Las olas se volvían cada vez más bravas, y arremetían contra el barco sin piedad. El terrible viento, que cambiaba de dirección continuamente, hacía más difícil el poder controlar la nave. Y sucedió entonces, una gran ola chocó contra el barco y lo volcó sobre el embravecido mar.
Las semanas que acontecieron a la partida de Lysander fueron un poco más tranquilas. Y, aunque el miedo a que le pudiera suceder algo malo siempre estaba ahí, la señora Iris consiguió calmarse. Pero a medida que el tiempo pasaba, más inquietos se encontraban todos.
No fue hasta mediados de junio, cuando por fin les llegaron noticias del señor por medio de una carta.
Querida Iris:
Lamento profundamente no haberte informado con anterioridad, pero me ha resultado completamente imposible. Nos vimos obligados a embarcar en cuanto llegamos a puerto, mucho antes de lo que esperábamos.
Además, y para colmo de males, un terrible temporal nos obligó a permanecer en una pequeña isla durante tres semanas. Debido a este retraso nos demoramos aún mas en llegar a nuestro destino. Afortunadamente nuestros anfitriones han sido comprensibles, pero debido al tiempo perdido me temo que nuestra vuelta también se ha retrasado. Si no hay más imprevistos la vuelta a casa está preparada para mediados de verano. Las tormentas por estas zonas son muy extrañas en esa época del año, de modo que no tienes porqué inquietarte.
Aún así, contamos con un capitán extraordinario que fue capaz de llevarnos a tierra sin tener que lamentar baja alguna. Por eso te repito que no tienes de que preocuparte.
No sabes lo mucho que os extraño. No deseo otra cosa que no sea volver lo antes posible, contigo y con mis queridos hijos.
Te prometo que estaré de nuevo con vosotros en cuanto pueda.
Atentamente, Lysander Thanos.
Y en efecto, tal como Lysander le prometió a su familia, el diecisiete de agosto llegó a su hogar.
15 septiembre 1820 d.C.
En la casa del señor y la señora Thanos, aparte de la familia principal, vivían algunas personas más.
Había una cocinera que trabajaba junto con su hijo. Un ama de llaves de avanzada edad. Un cochero que vivía en la casa junto con su esposa, que se encargaba de cuidar a los pequeños gemelos. Además de algunos trabajadores más que se encargaban de cuidar las tierras.
La mayoría de los empleados eran antiguos, y ya trabajaban para el antiguo señor de la casa. El difunto padre de Lysander.
Éste, por respeto a su padre, había decidido dejar a los antiguos empleados. Puesto que, si se habían ganado la confianza de su querido padre, también tenían la suya.
Y era por ese motivo que el señor Adrien vivía en la casa. Había sido el tesorero del antiguo dueño. Y como el padre de Lysander no había tenido nunca queja alguna de él, Lysander lo dejó estar. De todos modos el señor Adrien ya era mayor, y no le hacía mal a nadie. Al contrario, sus conocimientos en finanzas le eran de mucha ayuda.
Adrien contaba ya con cuarenta y tres años. Tenía una cara amable y redondeada, donde unos grandes ojos almendrados brillaban con astucia. Era muy apreciado en la familia.
Pero, y en contra de lo que todo el mundo pensaba, Adrien no era un buen hombre. Llevaba años estafando a la familia Thanos, arrebatándoles poco a poco pequeñas sumas de dinero. Un dinero, que en total, era desorbitado. Ni Lysander ni su padre sospecharon nunca lo que sucedía.
Las cosas en la casa Thanos estaban algo revolucionadas. La señora Cecile se encontraba indispuesta desde hacía ya varios días. Y por temor a un posible contagio, a los niños se les había prohibido ver a su abuela.
Esa mañana Alec y Jane se hallaban en el gran jardín de su casa. Los pequeños tenían ya cinco años, y eran prácticamente idénticos.
Ambos tenían el pelo corto y de color marrón, aunque el de Alec era más corto y oscuro que el de su hermana. Los gemelos casi habían heredado los ojos de su madre, de no ser porque los suyos eran de un tono algo más oscuro. Se trataban de unos enormes y preciosos ojos azul oscuro que destacaban en sus hermosos rostros. Parecían pequeños querubines.
Un golpe seco, seguido de unos gritos fue lo que provocó que la doncella que cuidaba de los niños en ese momento entrara apresurada a la casa. No sin antes advertirles a los pequeños que se portasen bien. Los niños eran muy tranquilos y nunca hacían travesuras, de modo que la doncella se marchó tranquila.
Y fue mientras los dos niños jugaban, cuando el señor Adrien salió de la casa cargando con un pequeño saco de piel.
No habían sido muchas las ocasiones en las que los niños habían tratado con ese hombre, pero en todas y cada una de ellas el señor Adrien había sido muy agradable con ellos.
- Hola niños – les saludó el tesorero a la vez que se acercaba a ellos y se arrodillaba para estar a su altura - ¿Qué hacéis aquí solitos?
- Jugamos – respondió Alec con un suave timbre de voz.
- La señorita Lucy ha tenido que irse un momento – continuó Jane con una voz igual o más armoniosa que la de su hermano.
- ¡Oh! Ya veo – Adrien se sentó en el suelo y les hizo un gesto para que se acercaran – Seguro que volverá enseguida. Veréis, me gustaría pediros un favor. ¿Seríais tan amables de ayudarme?
- Claro – respondieron los hermanos a la vez.
- Me alegro mucho. Veréis, me gustaría que le dieseis un recado a vuestro padre. ¿Podríais hacerlo?
- Sí.
- Bien. Resulta que me ha surgido un asunto muy importante, y me temo que debo marcharme de inmediato.
- ¿Se va? – le cuestiono Alec haciendo un puchero.
- ¿Por cuánto tiempo? – pregunto la pequeña.
- Lamentablemente no lo sé. Pero no tenéis porqué apenaros niños. Lo cierto es que tengo que irme cuanto antes, y no me es posible hablar con vuestro padre.
- Y quiere que se lo digamos nosotros, ¿no?
- Eso es. No me gustaría tener que marcharme sin decirle nada, vuestro padre es un hombre muy bueno y se preocuparía.
- No se preocupe, se lo diremos en cuanto llegue a casa – le prometió Alec en tono solemne.
- Muchas gracias. Os echaré de menos pequeños.
- Nosotros también señor – Jane abrazó al señor Adrien y su hermano la imitó.
Después de despedirse de ambos Adrien salió de la casa y se montó en un carromato que lo estaba esperando fuera. Era cierto que se marchaba para siempre, esta vez la cantidad de dinero que les había robado a los Thanos había sido mucho mayor que las anteriores. No cabía duda de que se percatarían de su falta, pero para cuando lo hiciesen él ya estaría muy lejos. Y, aunque los niños le habían sorprendido, había sido sencillo librarse de ellos.
La verdad es que lo acontecido en la casa le había resultado de mucha ayuda. El estado de la señora Cecile había empeorado. Y cuando su hija fue a llevarle la comida esa mañana, descubrió a su madre tosiendo grandes cantidades de sangre. Lo que provocó que Iris soltase la bandeja que llevaba y gritase pidiendo ayuda.
El médico no llegó hasta bien entrada la noche, y las noticias que les dio no fueron para nada buenas. La señora Cecile tenía una enfermedad en sus pulmones que la estaba matando.
La noticia fue un duro golpe para toda la familia, pero la que peor se lo tomó fue Iris. Ya había perdido a su padre en unas terribles circunstancias, no se veía capaz de ver morir a su madre también.
Aunque intentaban mantener a los niños fuera de todo lo que estaba pasando, éstos se dieron cuenta. Podían ver como su madre se ponía más triste a cada día que pasaba, y como su querida abuela sufría con su enfermedad.
Fue cuando todos se hubieron acostado, cuando los gemelos salieron de su habitación y entraron en la de su abuela. La señora Cecile estaba acostada en una gran cama con un bonito dosel de color beige oscuro. Su piel se encontraba extremadamente pálida y tenía unas pronunciadas y oscuras ojeras bajo sus párpados.
Cuando los niños se acercaron hasta su cama la señora abrió los ojos.
- Niños míos, ¿Qué hacéis aquí? – les preguntó, aunque hablar le costaba un gran esfuerzo.
- Venimos a verte abuelita – respondió Jane sentándose en la cama de Cecile.
- No deberíais… - Cecile no pudo continuar debido a un ataque de tos. Los niños miraban angustiados como sufría su abuela. Cuando el ataque cesó, la señora continua con voz ronca _ No deberíais estar aquí, podría contagiaros.
- No te preocupes abuelita, hemos venido a ayudarte – dijo Alec tomándola de la mano.
- Eso, tu tranquila abuelita. Nosotros lo arreglaremos.
- ¿Arreglar? Queridos míos, ¿pero que podríais hacer vosotros? – les preguntó sonriendo con dulzura.
- Haremos que mami deje de estar triste.
- Y que tú no tengas que sufrir más, abuelita.
- ¿Cómo? – Cecile miró a los niños algo inquieta debido a la determinación que mostraban sus pequeñas caras.
- Ya lo verás – dijo Alec tomándola más fuerte de la mano. Tanto, que hasta comenzó a hacerle daño.
- Tú no te preocupes abuelita, Alec puede arreglarlo todo – afirmó Jane mientras sonreía.
Poco a poco, la señora dejó de sentir el dolor de su pecho, pero también todo lo demás. No era capaz de percibir su cuerpo, ni sus piernas, ni siquiera la mano que su nieto apretaba con ahínco. Lentamente su mundo se fue haciendo más oscuro, hasta que dejó de ver y de sentir por completo.
A la mañana siguiente todos se llevaron un gran disgusto, cuando descubrieron a la señora Cecile muerta en su cama. Lo único que pareció calmar un poco el dolor por la pérdida, fue la cara de paz con la que había muerto la difunta señora.
Mucha gente se reunió para el entierro de Cecile. Había sido una persona muy querida y muchos lamentaban su perdida.
La misa fue por la mañana y la enterraron en un lecho junto con su esposo esa misma tarde. La familia regresó a su casa con un gran pesar, pero sabiendo que por lo menos la señora había dejado al fin de sufrir.
Eran ya pasadas la medianoche cuando la señora Cecile pudo abrir al fin los ojos, y todo lo que pudo percibir fue una completa oscuridad.
Aún no había recuperado la capacidad de moverse, pero conforme pasaba el tiempo, más sensibilidad adquiría su cuerpo y más consciente era ella de su situación.
No era capaz de ver absolutamente nada, y el aire se le hacía más viciado a cada segundo que pasaba. El solo hecho de abrir los ojos le había supuesto un gran esfuerzo, y no se veía capaz de mover nada más.
Pero si comenzaba a sentir su cuerpo, y todo lo que notaba era un intenso dolor. El frío la estaba matando, era como si millones de agujas heladas le atravesasen la piel y se fundiesen en sus huesos congelándola. Además, aunque respirar debía de resultarle más sencillo, puesto que iba recuperando poco a poco la movilidad, esto no podía distar más de la realidad. Notaba como el oxígeno se acababa poco a poco. Y aunque podía respirar más fácilmente, el aire que tomaba no satisfacía a sus pulmones. Era como si éstos no pudiesen llenarse del todo. Y el hecho de tomar aire se volvió tormentoso. Sentía una gran presión en el pecho, como si algo tremendamente pesado estuviese sobre ella.
Y empezó a ponerse más y más nerviosa. Y fue entonces cuando notó lo que estaba en su muñeca. Se trataba de un cordel, un cordón muy fino que rodeaba su muñeca y la conectaba con una campana que estaba situada justo sobre su ataúd.
Era tradición, el ponerlo, por si alguien era enterrado vivo por error. Cosa muy común por aquellos tiempos. Esas personas solo tenían que agitar la mano, y la campana del exterior sonaba. Se trataba de una tarea muy sencilla, menos para la señora Cecile.
Podía sentir las suaves paredes acolchadas del ataúd sobre las que estaba tumbada. Podía sentir el dolor del frió helado y de la falta de oxígeno que la estaban matando. Incluso podía sentir el fino cordel que podría ser su salvación.
Pero no era capaz de moverse. Y el hecho de saber que su vida, literalmente, dependía de un hilo, que solo le bastaba mover una mano, y que no iba a ser capaz de hacerlo, fue lo que la hizo entrar en pánico.
Sentía como el ataúd se volvía cada vez más y más estrecho, y como el aire se agotaba a una velocidad alarmante. Hasta que llegó un momento en el que, por mucho que se esforzase, sus pulmones eran incapaces de obtener oxígeno del aire.
La presión sobre su pecho se hizo aún mayor, y un terrible dolor le taladró la cabeza a la altura de las sienes. Los ojos prácticamente se le salían de las orbitas a causa del terrible shock.
Y fue, solo después de apenas un minuto, cuando la señora Cecile falleció. Esta vez de verdad, y con una cara no tan pacifica.
