Los personajes de este fic, excepto algunos de invención mía, no me pertenecen. Son propiedad de Stephenie Meyer.
Mis más sinceros agradecimientos a mi querida amiga y beta Lilith de Lioncourt.
Fuego
9 de Junio de 643 d.C.
Las montañas se alzaban altivas sobre los verdes bosques de la antigua y mística tierra de Rumanía. El clima no acompañaba a la estación en la que se encontraba. Se estaba librando, desde hacía algún tiempo, una terrible batalla contra los dos gobernantes de la zona. Y parecía que la región sentía empatía hacia sus dueños y hacia las circunstancias en las que éstos se encontraban, ya que, a pesar de ser verano, el tiempo no era para nada apacible, aun tratándose del lugar en el que se hallaban.
Dos eran los señores de todo el lugar, dos seres casi tan antiguos como las tierras que custodiaban. De dos hermanos se trataban, dos hermanos por origen.
Stefan se llamaba el primero, el gobernante de las tierras situadas al noroeste. Tenía una figura esbelta y baja, y una piel acartonada y extremadamente pálida, gracias a la cual sus cabellos oscuros destacaban a la perfección. Otra cosa que era muy apreciable a simple vista, eran los pequeños y agudos ojos de los hermanos, eran de un extraño color borgoña oscuro y brillaban con astucia.
El nombre del segundo de los hermanos era Vladimir, y era el poseedor de la zona situada al sudeste. Tenía la misma constitución física que su hermano. Ambos pálidos, esbeltos y fuertes, con la misma mirada en sus ojos. Pero si había algo que los diferenciaba, eran sus cabellos. El de Vladimir era de un color rubio ceniza, tan claro, que casi parecía gris pálido.
Dos hermanos unidos por su origen, a pesar de no compartir lazos sanguíneos. De hecho, si de sangre se hablaba, no poseían ni una sola gota corriendo por sus venas. Para ser más concretos, desde su nacimiento, no eran capaces de notar la calidez de su propia sangre circulando por su cuerpo. Y aun así, eran hermanos. Ya que ambos habían vuelto a la vida al mismo tiempo, y gracias al mismo ser.
Tanto tiempo hacia ya de eso, que no eran capaces de recordar el nombre de su creador. Pero eran conscientes del regalo que les había hecho. Les había concedido, a ambos, el poder más codiciado por el hombre, desde que éste tiene uso de razón. La inmortalidad.
Desde ese momento fueron superiores a todos. Como dioses que miran desde arriba, jactándose de las patéticas criaturas que luchan en la tierra por sobrevivir. Y así se comportaron desde ese instante, desde el preciso momento en el que fueron conscientes de su magnificencia.
Se convirtieron en dioses, a los ojos de los mortales. Admirados, venerados y temidos por todos. Nadie los cuestionaba, aun cuando sus supuestos dioses saciaban su sed con la sangre de sus súbditos. Porque, aunque su sangre ya no corría por sus venas, aun la necesitaban para vivir. La sangre era el símbolo de la vida, y si bien ellos prescindían de ella, como dioses que eran, tenían todo el derecho a tomarla de sus vasallos.
Y así transcurrieron siglos y siglos, y los dioses continuaron en sus tronos, contemplado su propia divinidad. Tanto fue el tiempo que pasaron así, que poco a poco fueron cambiando. Su piel se volvió más pálida si cabe, casi translucida, al mismo tiempo que se iba endureciendo debido a la falta de movilidad. Sus ojos, antes brillantes y llenos de malicia, se cubrieron con una película transparente, que los volvió opacos y sin vida.
Cansándose de estar separados, decidieron residir en el mismo castillo. De modo, que en el centro de sus territorios, se construyó una fortaleza. Estaba hecha con grandes bloques de piedra blanquecinos, tan claros y brillantes, que resplandecían con la luz del sol tal como sus dueños.
El lugar donde siempre moraban los dioses, era una gran sala redondeada. Tenía unos grandes ventanales por donde entraban los rayos de sol, rayos que hacían más esplendorosos a los señores del castillo. Unos señores que descansaban sentados en unos esplendidos tronos, hechos con fuerte y majestuosa madera de roble. La sala también estaba decorada con altas columnas, que se perdían en la inmensidad del techo. Y por unos preciosos tapices, bordados a mano, que relataban la historia de sus dueños.
Al creerse dioses, olvidaron aquello que los convertía en seres superiores, la sangre. Cada vez eran más largos los periodos de tiempo en los que no consumían gota alguna. Y cada vez era más notable la debilidad que aquello les conllevaba. Se olvidaron de todo, hasta de su existencia.
3 agosto 1820 d.C.
Fue entonces cuando sintieron unas extrañas presencias, en las fronteras de sus territorios. Se trataba de una sensación que no habían percibido desde hacía mucho, para ser más concretos, desde que nacieron a la inmortalidad.
Eran, en total, siete las presencias. Pero solo cuatro de ellas se acercaron hasta donde residían los gobernantes.
El que parecía ser el portavoz iba en cabeza. Se hacía llamar Aro, y tal como ellos, poseía una piel extremadamente pálida, casi translúcida y comparable con la de una cebolla. Su largo y oscuro pelo, flotaba en el aire mientras caminaba. Era el único que no llevaba la capucha de su capa puesta. Pero los demás si tenían los rostros cubiertos, y lo único que podía verse, eran sus brillantes ojos color burdeos.
Cuando se aproximaron a los dos hermanos, los otros tres desconocidos que se situaron junto a Aro y se despojaron de las capuchas que cubrían sus caras. Unos rostros verdaderamente hermosos fue lo que pudieron observar. Y al igual que el tal Aro, tenían una piel muy pálida. Uno de ellos poseía un sedoso pelo blanco, que le caía sobre los hombros. El cabello de los otros dos era de color oscuro, como el de Aro. Sus nombres eran Caius, Marcus y Eleazar.
Aro se colocó enfrente, y hablo en nombre de todos.
- Queridos hermanos míos. _ dijo en un tono solemne y con una voz alta y clara _ Os preguntaréis por el porqué de nuestra visita.
- El hecho de que vengáis a vernos no es lo que nos intriga _ dijo Stefan.
- El hecho de vuestra condición, sin embargo, es más insólito _ continuó Vladimir.
- Nuestra condición, ¿Es que vuestro creador no os explicó lo que es nuestra raza?
- ¿¡Nuestra raza!? _ exclamó Vladimir indignado, pero sin hacer ademán alguno de moverse._ ¡Osáis compararnos!
- Desde luego que no. Nosotros no nos rebajaríamos a compararnos con seres inferiores.
- ¿¡Cómo decís!?
- En cierto modo, ese es uno de los motivos de nuestra visita _ entonces Aro cambió el tono de su voz, por uno más suave y amenazador._ Vosotros que os hacéis llamar dioses, y campais a vuestras anchas por el mundo revelando nuestra condición. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?
- Nosotros no tenemos por qué defendernos de vuestras acusaciones _ dijo Stefan, ignorando el tono amenazador de Aro.
- Vosotros sois los que tendríais que disculparos por entrar así en nuestros dominios y por hablarnos en ese tono tan irrespetuoso_ siguió Vladimir.
- Me temo que aún no habéis entendido cual es vuestra situación. Pero, debido al hecho de que sois jóvenes y que vuestro creador, por algún motivo que desconozco, decidió omitir las reglas de nuestro mundo, seremos generosos y os perdonaremos esta gran afrenta hacia nuestras reglas.
- ¿Afrenta hacía vuestras reglas dices? _ dijo Vladimir burlándose de Aro._ ¿Y quienes os creéis que sois vosotros para reclamarnos tal cosa?
- Vuestros reyes _ Exclamó Aro con un semblante demasiado serio, y con una mirada que declaraba superioridad._ Tenemos en cuenta vuestra ignorancia hacia nuestras costumbres, pero vuestra actitud está empezando a cansarnos. Habéis desobedecido nuestra ley más importante. Siempre, debemos ocultar nuestra condición. Es lo que nos permite poder caminar entre los humanos.
- ¿Insinúas que debemos escondernos? _ Vladimir hizo ademán de levantarse, pero las fuerzas le fallaron y quedo postrado en su trono.
- ¿Por qué deberíamos hacer tal cosa? _ cuestionó Stefan irguiéndose lo máximo que le permitía su débil cuerpo._ ¿por qué ocultar nuestra magnificencia al mundo? Si somos seres superiores, ¿por qué no podemos hacer gala de ello? ¿Y quienes sois vosotros para proclamaros nuestros reyes?
- Los Vulturis _ Aro se acercó, aún más, a los tronos de los hermanos con paso seguro y sin ningún atisbo de miedo. Su porte rígido y su semblante perverso, hizo temblar de miedo a los supuestos dioses. _ Nosotros somos los únicos, de toda nuestra raza, con el derecho a llamarnos dioses. Sin embargo, no somos como vosotros, y no nos jactamos ante el mundo de nuestra superioridad. Para que nuestra especie pueda seguir viviendo como lo ha estado haciendo hasta ahora es necesario que ocultemos nuestra condición a los humanos. El desastre que podría desatarse si llegasen a advertir si quiera que podemos existir es inimaginable. Sin contar con el hecho de que se nos dificultaría notablemente encontrar alimento. Puesto que, si llegasen a ser conscientes de nuestra existencia, no tardarían en encontrar una forma para hacernos frente, o como mínimo, para repelernos.
- ¡Unos simples mortales no son nada contra nosotros! _ Exclamó Stefan indignado, mientras Vladimir se limitaba a mirar a los Vulturis con gesto escéptico.
- Te equivocas, no hay raza más temible que la del hombre. No deberíais haber olvidado vuestros orígenes, ya que nosotros mismos procedemos de ellos. Además, no existe en el mundo otra criatura que pueda adaptarse tan bien a las adversidades como esta. Sólo hay que ver las atrocidades que comenten por unas simples hectáreas de tierra, ¿Qué creéis que podrían hacer para protegerse de nosotros?
- No vamos a ocultarnos por temor a las represalias de unos simples mortales _ dijeron los hermanos al unísono.
- ¿Es esa vuestra última palabra? _ pregunto Caius con una voz aterciopelada y sombría, en donde destacaba a la perfección una clara advertencia.
- Completamente _ respondieron los rumanos.
- De acuerdo, si esa es vuestra decisión me temo que no nos dejaréis otra opción. No tendremos piedad con vosotros. _ gruñó Aro de manera amenazadora, para después darse la vuelta y caminar hacia la salida con paso apresurado, aunque no por ello menos elegante. El resto de los Vulturis se limitaron a negar con la cabeza y a marcharse detrás de Aro.
Los dos hermanos se quedaron como estaban, sentados en sus respectivos tronos. Nada inquietos por la amenaza de los Vulturis, y volviendo a regodearse en su divinidad. No podía siquiera imaginarse, el grave error que habían cometido al revelarse contra los reyes. Lástima, que no tardarían mucho en comprobar la ira de los Vulturis se pagaba, y con un alto precio.
Aro, al igual que el resto de los Vulturis, estaba terriblemente indignado por la actitud de los hermanos. Nadie que se hubiese atrevido nunca a contradecirles, había vivido para contarlo. Y esta no iba a ser una excepción.
- ¡Demetri! _ rugió Caius. _ Me temo que nuestros hermanos no han atendido a razones, ya sabéis lo que debéis de hacer.
- ¡Exacto! _ gritó Aro fuera de sí, estaba profundamente ofendido por la actitud de los rumanos._ ¡Arrasad con este maldito lugar, no quiero que quede de él ni las cenizas!
Y tal como lo ordenaron los Vulturis, los demás vampiros obedecieron. Prendieron fuego a varias antorchas, con las que redujeron todas las tierras a escombros.
El fuego duro varios días, y se extendió rápido por toda la zona. Incluyendo el castillo donde vivían Stefan y Vladimir, que no hicieron nada para salvarse de las llamas. Y permanecieron sentados en sus tronos mientras su piel, pálida y mortecina, se quemaba y se desprendía de sus cuerpo a pedazos.
Sin embargo, la suerte les acompañaba. Puesto que, si bien quedaron terriblemente malheridos, sus cuerpos resistieron lo bastante como para salvar la vida.
La guardia de los Vulturis se percató de este hecho, pero cuando se disponían a darles caza, la melodiosa voz de Eleazar los hizo detenerse.
- ¡Alto! _ gritó Eleazar, para después quedarse en silencio durante varios minutos.
- ¿A qué se debe tu actitud, Eleazar? _ preguntó Aro, algo irritado por la interrupción de lo que prometía ser una divertida cacería.
- A que acabo de percibir algo que, sin lugar a dudas, será una mejor diversión para todos. Sin contar, que se tratará de una gran adquisición para nuestra pequeña familia _ dijo Eleazar sonriendo.
- ¿Otra adquisición? _ pregunto Marcus, mientras Aro se limitaba a sonreír malévolamente._ ¿Qué maravillosos dones has percibido, Eleazar?
- Unos dones, tan extraordinarios, con los cuales seremos definitivamente invencibles.
Los Vulturis sonrieron complacidos por la respuesta de Eleazar, y olvidando a los dos hermanos, se dispusieron a ir a la caza de esos dones que los llevarían a la cumbre.
Y así se marcharon hacía el sudoeste, dejando atrás esa antigua y mística tierra, que era masacrada por los ardores del fuego.
