Los personajes de este fic, excepto algunos de invención mía, no me pertenecen. Son propiedad de Stephenie Meyer.

Mis más sinceros agradecimientos a mi querida amiga y beta Lilith de Lioncourt.


Miedos

7 de agosto de 1820 d.C.

Para cualquier otra criatura, la distancia que habrían tenido que recorrer el aquelarre de los Vulturis y su guardia les habría supuesto un gran esfuerzo y una cantidad excesiva de tiempo. Sin embargo, en lo que se refiere a recorrer grandes trayectos, a los vampiros hay pocas criaturas que puedan hacerles frente. Más aún si hay mares u océanos de por medio. El hecho de no necesitar respirar supone una gran ventaja para los no muertos.

Normalmente los Vulturis no se molestan en salir de sus dominios, a menos, claro está, de que se trate de una situación especial. Una situación como la de los hermanos rumanos, esos desgraciados no les habían dejado otra opción. Habían estado exponiendo su condición durante demasiado tiempo, y lo peor de todo, es que ni siquiera se arrepentían de ello.

Y aún cuando los Vulturis les habían ofrecido amablemente otra oportunidad, algo que no era para nada frecuente, éstos la habían desaprovechado. Y no solo eso, sino que además habían osado retarles.

Por ese mismo motivo se habían visto obligados a atacarlos. Ya que, guardar su condición como vampiros en secreto, era la ley fundamental para todos los de su especie, y los que se atrevían a ignorarla, eran castigados severamente.

Pero los hermanos habían tenido mucha suerte, ya que algo más interesante había captado la atención de los Vulturis en el momento más indicado. Y si bien, habían quedado seriamente malheridos, también era cierto que habían logrado salvar la vida.

El destino quiso que Eleazar, con su extraordinario don, percibiese algo mucho más atrayente que una simple cacería detrás de dos pobres diablos mutilados por el fuego. El maravilloso poder del que era poseedor Eleazar le permitía ver en otras criaturas, ya fuesen humanos o vampiros, los talentos con los que éstos contaban. Dichos talentos les eran muy útiles a los Vulturis, De modo, que cuando Eleazar notaba algún poder en particular, el aquelarre debatía sobre si ese don les podía ser o no necesario. Si llegaban a la conclusión de que esa criatura les beneficiaba, procedían a introducirla en su familia. La situación más sencilla era si se trataba de un ser humano, en ese caso solo tenían que convertirlo. La cosa se complicaba algo más a la hora de querer incorporar a vampiros, estos eran menos influenciables.

Aunque en este caso, ninguno de los Vulturis a parte de Eleazar, sabían cuales eran los dones que estaban persiguiendo. Eleazar parecía tan confiado, que sus hermanos no habían querido contradecirle y lo habían seguido a ciegas. El no saber que les esperaba solo le daba más emoción a la cacería.

A los vampiros solo les hicieron falta un par de días para llegar a su destino. Cuando quisieron darse cuenta, Eleazar los había conducido a las afueras de una pequeña ciudad. No era un lugar demasiado grande, pero podía apreciarse a simple vista que la zona gozaba de un periodo de abundancia y bienestar. Tenía hermosos y extensos campos de cultivo. Además de las zonas que los lugareños habían dedicado a la agricultura, había también un frondoso bosque al este de la ciudad, compuesto por imponentes robles y elegantes abetos. Un estrecho y serpenteante río mantenía la región fresca y húmeda.

El número de casas que había esparcidas por las verdes extensiones no era muy amplio, pero desde las afueras podían notar el olor de los numerosos humanos que vivían en el lugar.

Todo parecía estar muy tranquilo, y no había nada extraño que pudiese desentonar en el lugar. Por lo que los Vulturis comenzaron a impacientarse. ¿Dónde estaban esos dones tan extraordinarios que les había prometido Eleazar?

Aro, el más ansioso de los tres, no pudo esperar más y estalló furioso.

- ¡Eleazar! _ rugió en un tono bajo y peligroso_ ¿Qué se supone que significa esto? ¿Dónde se encuentran esos dones por los que nos has hecho hacer este largo viaje?

- ¿Que te hace pensar que esos dones no se encuentran aquí? _inquirió Eleazar de lo más calmado.

- ¿A que juegas Eleazar? _ dijo Caius en un tono mas calmado que el de Aro, pero no por ello menos amenazador. _ Este lugar es de lo más apacible, dinos entonces, ¿dónde están los poderes tan extraordinarios que buscamos? Yo no veo aquí nada fuera de lugar.

- Que no podáis percibirlo a simple vista no significa que no existan en realidad. Y que no haya nada fuera de lugar aún, no implica que los dones que sentí no sean sumamente singulares. Os recuerdo, queridos hermanos, que soy yo el único que tiene la capacidad para percibir los poderes ajenos, y no vosotros. No entiendo por qué os extraña el hecho de no haber notado sus singulares talentos, si en realidad no podéis hacerlo.

Los Vulturis, en lugar de estar disgustados por la actitud desafiante de Eleazar, se encontraban sumamente complacidos por su respuesta, y anhelaban aun más el ver esos asombrosos dones.

- ¿Y bien? ¿Qué esperas para mostrarnos al poseedor de tus queridos dones?

- Paciencia, mi querido Marcus. Estoy completamente seguro de que él, no os decepcionara.

- ¿Él? ¿Se trata de un joven?_ volvió a preguntar Marcus. Pero Eleazar no le contestó, sino que, y al contrario de lo que todos esperaban, comenzó a reírse carcajadas. De una forma demasiado estridentemente para tratarse de él, mucho más de lo que había hecho nunca. Ese acto sorprendió a sobremanera a sus compañeros, que no entendían el por qué de esa risa.

- Deduzco por tu acciones, que estas al corriente de algo que nosotros ignoramos acerca del muchacho, cosa que es completamente comprensible dada tu situación. ¿No podrías iluminarnos un poco? Este suspense nos está matando _ dijo Aro, ya mucho más calmado. La nueva situación le divertía, y estaba impaciente por ver al futuro miembro de su selecta familia.

- Será todo un honor para mí, el poder mostraros lo que yo he percibido. Y os puedo asegurar, con total precisión, de que no os decepcionará. _ declaró Eleazar en un tono que pretendía ser solemne, pero que escondía un matiz de completo regocijo.

Eleazar los condujo por la hermosa y pequeña ciudad. Tenían que dar gracias a que el sol ya se había puesto, y podían caminar a sus anchas por las calles pasando desapercibidos. Los llevó hasta el otro extremo de la ciudad, casi a las afueras, donde podía apreciarse una enorme casa, a cuyas espaldas estaba situado el espeso bosque.

Bordearon los extensos terrenos que rodeaban la casa, y se ocultaron en el bosque. Una vez allí, Eleazar les indicó que esperasen, que con paciencia podrían deleitarse con su nueva adquisición. Apenas tuvieron que esperar una hora, cuando la puerta de atrás se abrió y salieron al exterior los dueños de la casa. Se trataba de una joven pareja y de dos niños pequeños.

Aro se mostró claramente contrariado, no se apreciaba nada raro en ese joven. No había razón alguna para el extraño comportamiento de Eleazar. Y estaba a punto de replicar, cuando Caius habló de lo más exaltado.

- No, no es posible _ dijo Caius estupefacto, sin apartar la vista ni un momento de la familia. Ni siquiera parpadeaba, y temblaba a causa de la emoción.

- Pero sin embargo, así es. Y lo estás viendo con tus propios ojos _ dijo Eleazar con una misteriosa sonrisa plasmada en su pálido rostro.

- ¿Qué broma es esta? _ volvió a exclamar Caius girándose para encarar a Eleazar._ ¿Nos has hecho viajar hasta aquí por eso?

- ¿De que estáis hablando? _ rugió Aro molesto_ .Os exijo que me expliquéis cual es el problema.

- ¿No lo ves, mi querido Aro?_ comenzó Marcus, hablando por primera vez._ No es al joven marido que está riendo junto a su preciosa esposa al que estamos buscando. Sino al pequeño niño que corre entre las flores.

Aro no podía creer lo que había escuchado, pero la mirada furiosa de Caius y la expresión de suficiencia de Eleazar le indicaron que lo que decía Marcus era cierto. Entonces volvió la mirada hacia la joven familia, más concretamente hacia el pequeño que jugaba junto con su hermana. Esa criatura no contaría con más de cuatro o cinco años, era imposible transformar a alguien tan joven. Habían hecho el viaje en balde.

- ¿Por qué nos has hecho venir hasta aquí, Eleazar? Si sabías que se trataba de apenas de un niño _ dijo Aro mientras en su voz podía apreciarse cuan grande era su ira. _ ¿Cómo te atreves a hacernos salir por nada? _ terminó gritando Aro. El rugido fue tan agudo que varias aves nocturnas salieron volando disparadas de los árboles del bosque, asustando a la, hasta entonces, tranquila familia.

- ¿Creéis en serio que os haría eso, hermanos míos? _ Eleazar se encontraba de lo más tranquilo, e ignorando el enojo de Caius y el grito de Aro, continuó hablando._ No solo os expondría a vosotros, sino que yo mismo me vería expuesto. Pero, y esta es lo único que debéis preguntaros, ¿Cuál sería el motivo por el que yo os haría recorrer cientos de kilómetros, con el único fin de conseguir los talentos de un pequeño niño? ¿Será entonces, porque yo sabía desde un principio que esos dones valían el riesgo? Os aseguro, queridos míos, que el don que posee ese niño bien vale el haber venido hasta aquí, y el esperar a que crezca. Porque yo os juro, que nunca jamás llegareis a ver un don tan extraordinario, ni tan útil para nuestra causa como el de ese pequeño.

Aunque algo recelosos, los Vulturis quedaron satisfechos con la respuesta de Eleazar. Es más, comenzaban a sentirse ansiosos por poder contemplar el don del pequeño niño.


3 de agosto de 1820 d.C.

El hermoso y antiguo país de Rumanía se encuentra dividido en tres regiones principales. La meseta de Transilvania, situada en el centro del país; los Cárpatos que rodean a la meseta central y se extienden hacia el Norte y el Sur, y por último las tierras bajas del Este y el Oeste. Los Alpes Transilvanos, situados al sur de la meseta, forman una serie de cadenas montañosas que se extienden hasta alcanzar el río Danubio. La fertilidad de los suelos hace que el país sea verde y próspero, y que a pesar de las numerosas montañas, la vida pueda darse fácilmente en él.

Y es precisamente en esa zona, donde se puede encontrar un pequeño poblado escondido entre las montañas. No son muchos sus habitantes, de hecho, ni siquiera superan la centena. Pero hay algo muy característico entre los humanos que habitan en ese lugar. Algo que los hace totalmente diferentes al resto, y que se encuentra impreso en su ADN. En realidad, no todos los habitantes poseen esta extraña cualidad, pero los que carecen de ella se comprometieron hace mucho a guardar el secreto. Estos seres especiales, tan distintos de los demás, tienen la capacidad de transformarse en otra cosa, muy distinta a un ser humano. Cuando este cambio se produce, siempre a placer de la criatura, la espalda del hombre se encorva. Su visión se agudiza, al igual que su oído, siendo capaces de captar el más mínimo movimiento. La mandíbula se alarga y los dientes se endurecen, y las manos se convierten en garras, afiladas y letales. Y es entonces cuando su cuerpo queda totalmente cubierto por un espeso pelaje.

Debido a la gran similitud que obtenían después de transformarse con los lobos, a estas criaturas se las llego a conocer con el nombre de licántropos.

La pequeña familia de licántropos que habitaba en Rumanía vivía feliz y en paz con sus gobernantes. Los hombres lobo no se inmiscuían en los asuntos de los reyes rumanos, y ellos no molestaban al pequeño poblado. Por eso, cuando extraños visitantes amenazaron a los dos reyes los licántropos se quedaron con los brazos cruzados. Poco les importaba lo que les pudiese suceder, pero no contaron con la terrible e implacable ira de los Vulturis. Cuando su guardia personal, siguiendo las ordenes de Aro, prendió fuego a la zona, también alcanzó a la pequeña aldea escondida entre las montañas. Las abruptas laderas, que antiguamente les habían servido de escondite y los habían protegido de los ojos de sus enemigos, eran las mismas que les habían causado la muerte a la mayoría, impidiéndoles escapar del fuego.

Diecisiete fueron los supervivientes, solo diecisiete, de entre los cuales nueve eran licántropos. Mucho debatieron acerca de lo que debía hacerse en contra de sus exterminadores. Unos clamaban venganza, querían que los que habían acabado con sus hermanos y hermanas pagasen por su osadía. Otros, en cambio, preferían dejarlo estar. Mucha sangre se había derramado ya, decían.

De modo que, después de muchas deliberaciones, llegaron a la terrible conclusión de que era mejor olvidar la terrible tragedia y no añadir más nombres a la lista de víctimas. Al final todos estaban conformes, todos menos uno. El segundo más joven entre los supervivientes licántropos. Cole era su nombre, contaba con unos escasos diecinueve años. Tenía el pelo corto y de color rubio ceniza, y unos grandes ojos oscuros como la noche. Era el principal cabecilla de entre los que buscaban vengarse de los extranjeros que masacraron su tierra, ya que debido a ellos lo había perdido todo. Su hogar y toda su familia, habían sucumbido ante el fuego.

Cuando la decisión fue tomada él no se quedó conforme, y fue a buscar venganza por sí solo. Al principio de la cacería no le fue difícil seguirles el rastro a los asesinos, aunque ellos eran rápidos él también era capaz de alcanzar grandes velocidades.

Lo terrible sucedió cuando se sumergieron en el mar, e inevitablemente les perdió la pista. Eran tantos los lugares a los que podían dirigirse, que casi se desesperó. Pero no tenía nada que perder, y el recuerdo de sus padres y hermanos quemados por el fuego le dio fuerzas para continuar. Si tenía que buscarlos por cada rincón de este extenso mundo, por su vida que lo haría.


26 de noviembre de 1822 d.C.

Los pequeños gemelos ya contaban con siete años. Y cada día que pasaba, crecían más sanos y hermosos, para mayor orgullo de sus padres.

Este último año había sido especialmente grato para los habitantes de la ciudad. Ya que unos nuevos benefactores se habían interesado por la economía del lugar, creando numerosos puestos de trabajo y mejorando la calidad de vida de todos. Los nuevos visitantes se habían instalado a las afueras de la ciudad, para una mayor intimidad, suponían todos. En realidad, nadie los había visto aún. Ni siquiera la familia Thanos, por la que en especial se habían interesado los nuevos señores. Eran sus hombres de confianza, los que les hacían todos y cada uno de sus recados en la ciudad. Y eran los mismos que visitaban constantemente a la familia, ayudándoles en todo lo que les era posible, y haciéndoles más fáciles las cosas.

Los nuevos inquilinos habían comprado una gran expansión de terreno, y era tan grande, que ni siquiera desde la ciudad podía verse la casa donde habitaban.

Aunque en realidad, no había mucho que ver. Detrás de todas esas hectáreas de bosque, se encontraba una hermosa y amplia casa. Puede que incluso fuese más majestuosa que la de la familia Thanos, pero eso era solo el exterior. En apariencia, todo era precioso y tranquilo. Pero la autentica verdad, no podía distar más de eso. El interior de la gran casa se encontraba completamente vacío. No había cuadros que adornasen las altas paredes, ni muebles que le dieran la calidez de un hogar. No había vida en esa casa, todo se reducía a una mísera a apariencia. Los Vulturis se habían trasladado de su residencia habitual, pero no habían elegido esa zona para vivir, ya que era demasiado arriesgado dada su situación. Se hospedaban a kilómetros del lugar, escondidos en una zona boscosa, virgen para el hombre. La casa de las afueras de la ciudad solo era una tapadera, una forma de estar más próximos de su nueva adquisición. Ya que tenían que esperar a que el niño creciese y si iban a tomar tantas molestias por él, no pensaban permitir que nada pudiese hacer peligrar la vida del pequeño. Por ese motivo ayudaban a la familia, y al resto de los habitantes. Si todo era próspero y saludable, la vida del niño no correría riesgo alguno, y en cuanto pasasen algunos años más y Alec fuese lo suficientemente mayor, podrían transformarlo.


6 de mayo de 1823 d.C.

Ya hacía más de una semana que había transcurrido el cumpleaños de los gemelos, y aunque ya tenían ocho años, no habían cambiado mucho. Los dos niños continuaban teniendo esa aura de inocencia que los había acompañado desde su nacimiento.

Ese día, los dos hermanos, se encontraban jugando en los jardines de su casa. Como estaban bastante aburridos y hacía un buen rato que no los supervisaba ningún adulto, decidieron ir a dar un paseo por el bosque que se encontraba próximo a sus tierras. Estuvieron un rato paseando hasta que Jane decidió que estaba harta, y comenzó a jugar al pilla-pilla con su hermano. Entre risas y muchas carreras se adentraron demasiado en el bosque sin darse cuenta. Cuando pararon para tomar algo de aire se percataron de que, a pesar de ser mediodía, la luz apenas se filtraba por las espesas copas de los árboles. Intentaron volver sobre sus pasos, pero todo estaba tan oscuro y los árboles eran tan parecidos los unos a los otros que lo único que consiguieron fue perderse aun más.

Pero no se encontraban solos en el bosque. Demetri los había estado vigilando desde que salieron de sus propiedades, hasta que se perdieron en el bosque. Las órdenes de los Vulturis eran no hacer contacto con ellos, pero esta se trataba de una situación especial. En el bosque había multitud de criaturas salvajes, sin contar con desfiladeros y arroyos peligrosos. Podía pasarle cualquier cosa al pequeño. De modo que con la velocidad que lo caracterizaba, fue a avisar a los Vulturis. Apenas tardó unos minutos en llegar hasta donde se encontraban sus señores. Sólo Aro fue hasta donde se encontraban los pequeños, ni siquiera Demetri ni otro miembro de la guardia lo acompañó. No veía necesario más compañía para llevar a los niños a su casa, al contrario, era perfecto para poder tratar un poco más con Alec.

Demetri le indicó el lugar exacto donde los había dejado, después solo le bastó guiarse por su olfato para encontrarlos.

Se encontraban sentados sobre una roca. La pequeña Jane llorando, y su hermano Alec intentando consolarla, aunque a él también se le escapaban algunas lágrimas de sus ojos.

Aro se acercó a ellos con cautela, para no asustarlos más de lo debido.

- ¿Alec, Jane? _ Aro se hizo el sorprendido, y se aproximó a ellos con delicadeza._ ¿Qué hacéis tan solos en este terrible lugar, niños míos?

- Nos hemos perdido _ le respondió Jane, con una voz algo ronca a causa de haber estado llorando por tanto tiempo.

- ¿Quién es usted? ¿Y qué hace aquí? _ le preguntó Alec algo desconfiado mientras le daba la mano a su hermana y la instaba a que se levantase.

A Aro le causó gracia la reacción del pequeño, los humanos siempre eran recelosos de estar a su lado, aunque los encontrasen hermosos o atrayentes. Aro rió suavemente y le contestó al pequeño.

- Mi nombre es Aro, y soy amigo de vuestro padre. De hecho, creo que últimamente habéis tratado bastante con mis empleados. Soy uno de los propietarios de los terrenos de las afueras. Y respondiendo a tu otra pregunta, me temo que es algo bastante vergonzoso, ya que yo también ando algo perdido _ mintió Aro sonriéndoles con complicidad._ Aunque creo que por esa zona hay una pendiente, y podremos orientarnos gracias a la posición del sol. ¿Que me decís pequeños? ¿Salimos de este horrible lugar?

Alec buscó los ojos de su hermana y le cuestionó con la mirada, en respuesta Jane sólo le apretó la mano que tenían entrelazada y tiró de él hasta situarse al lado de Aro. Aro por su parte les volvió a sonreír, pero cuando se disponía a poner una mano en el hombro de Alec para guiarles hacia el lugar indicado, algo se abalanzó sobre él derribándolo.

Nunca, en todas sus décadas de existencia, Aro había sentido a un ser que poseyera tanta fuerza. Y además, se trataba de una fuerza que fácilmente podía ser superior a la suya. La extraña bestia le clavó sus feroces y poderosas fauces en el hombro izquierdo, y por mucho que Aro se revolviese o pretendiese quitárselo de encima, todos sus intentos fueron en vano.

Los niños gritaban a un lado, paralizados por el miedo. Un miedo que era compartido por el mismísimo Aro. Estaba aterrorizado. No, decir eso era poco. Jamás pensó que su vida pondría llegar alguna vez a su fin. Él era un poderoso vampiro, es más, era un Vulturi, no podía terminar de esta manera. En cuanto tocó al extraño animal que lo estaba atacando supo la razón de sus actos. En realidad se trataba de un hombre, con una inusual capacidad para transformarse en bestia. Pudo ver en sus recuerdos, que el fuego que arrasó la tierra de los hermanos rumanos, también masacró a casi todo su pueblo. Ese joven buscaba vengarse de los que le habían dejado solo, y al ver a Aro solo, había decidido comenzar por él.

Era extraño, que la última vez que Aro utilizase su preciado don para conocer las vidas de la gente, fuese unos instantes antes al momento de su muerte.

Por su parte, los gemelos ya ni siquiera gritaban. Se encontraban en estado de shock. Ese horrible monstruo que estaba atacando al amable señor pronto terminaría con él, y después los atacaría a ellos. Alec, presa del pánico, abrazó a su hermana cubriendo su cuerpo con el de él, y escondió su rostro en el cuello de la pequeña. Jane, por el contrario, no podía apartar la vista de la terrible lucha. Aunque el monstruo peludo se veía extremadamente fuerte, parecía que el señor también lo era, pero no lo suficiente. El monstruo separó sus fauces de su hombro, para volver a clavárselas en el cuello intentando arrancarle la cabeza. Fue entonces cuando Jane dejó de percibir lo que había a su alrededor. Ya no sentía a su querido hermano, que la abrazaba de forma protectora. Tampoco podía oír los gritos del hombre que antes había intentado ayudarlos. Sólo notaba un calor muy intenso, que se expandió en poco tiempo por todo su cuerpo.

De repente, el licántropo dejó de hacer presión sobre el cuello de Aro. Viendo que su atacante no hacía nada, el vampiro se lo quitó de encima de un empujón y se arrastró lo más que pudo lejos de él. Pensaba que cuando hiciese eso el hombre lobo volvería a atacarle, pero en lugar de eso la bestia seguía inmóvil. Fue entonces cuando sus pupilas se dilataron y profirió un terrible alarido. Si antes Aro estaba aterrorizado, ahora ni siquiera sabía cómo se encontraba. El licántropo tenía plasmado en su cara el pavor absoluto, y se retorcía en el suelo preso de un extraño e invisible dolor.

Pensó que era el niño, el que estaba haciendo todo eso. Pero cuando se volvió para mirar el lugar donde antes estaban los pequeños, no pudo más que sorprenderse ante lo que vio. No se trataba de Alec, sino de su hermana. Era Jane la que estaba haciéndole todo eso a su atacante. La pequeña niña no apartaba sus ojos del horrible monstruo Y en su dulce carita, antes comparable con la de un ángel, ahora solo podía observarse el sadismo que la caracterizaba. Por eso, y aun a pesar de sus terribles heridas, Aro no pudo evitar sonreír. Habían venido a por un niño con un talento especial, y se iban a marchar con dos.

Ya más tranquilo volvió la vista hacia donde se retorcía el hombre lobo. Apenas habían transcurrido unos minutos, pero el aspecto de la pobre criatura era deplorable, casi le inspiraba lastima. Y así pasaron siete minutos más, y con un último grito de dolor la bestia murió. Unos instantes después de que la bestia dejara de retorcerse, ésta comenzó a cambiar. Perdió el pelo que la recubría, y su aspecto paso de ser el de una terrible bestia, al de apenas un joven. El pelo color ceniza quedó esparcido por el suelo, dejando despejada su cara. Una cara en la que se había quedado reflejado a la perfección el terror que el pobre joven había padecido, apenas hace unos momentos.