Los personajes de este fic, excepto algunos de invención mía, no me pertenecen. Son propiedad de Stephenie Meyer.
Mis más sinceros agradecimientos a mi querida amiga y beta Lilith de Lioncourt.
Control
6 de mayo de 1823 d.C.
El silencio reinaba en todo el bosque. Ni siquiera podía oírse el piar de los pájaros, ni el arrullar del río cercano o el soplar del viento entre la alta y antigua arbolada. Una extraña y apacible calma lo había cubierto todo como si de un halo místico se tratase.
Entre la espesura de los árboles podían distinguirse cuatro figuras aparentemente humanas. Una era la de un joven de pelo rubio ceniza que permanecía inmóvil en el suelo, su cara estaba completamente desencajada y plasmaba dolor en toda su expresión. También había otro hombre, este aparentemente de edad algo más avanzada, recostado sobre un árbol. Tenía una gran herida abierta que se extendía desde el hombro izquierdo hasta el cuello. Pero al contrario que el anterior, éste estaba muy sereno, incluso se podría decir que irradiaba felicidad.
Algo más alejados de los dos hombres, se encontraban dos niños pequeños prácticamente idénticos. Los dos pequeños miraban hacia el joven que estaba tendido en el suelo, y que hacía apenas unos instantes aullaba y se retorcía de dolor. Sus cuerpecitos aún temblaban debido al miedo que habían pasado hace tan solo unos instantes, y que aún hacía mella en ellos. Sus caras estaban sucias y pegajosas, al haberse mezclado las lágrimas que no pudieron retener con el polvo y el barro que los cubría desde que empezaron con sus juegos antes de entrar en el bosque. Y aunque ambos niños estaban asustados y confusos, ninguno de ellos articulaba palabra alguna, al igual que el extraño hombre que yacía a unos metros de ellos y que desde hacía un rato los miraba como si fuesen grandiosos tesoros que ahora le perteneciesen.
Aro no cabía en sí de gozo. A pesar de que las cosas no habían salido como lo tenían previsto, los acontecimientos no podían ser más favorables para ellos. Porque, y aun estando malherido, no podía evitar dar las gracias a esa extraña criatura que casi le da muerte; ya que gracias a ella pudo, no solo saber que Jane también era poseedora de un extraordinario don, sino verlo con sus propios ojos. Y sus ojos habían quedado más que complacidos con lo que habían podido contemplar. Además, si el don de su hermano Alec era comparable con el de Jane, ambos hermanos serían una de las adquisiciones más poderosas de su antigua familia, por no decir la que más.
Lo que tenía que hacer ahora era llevar a los pequeños de vuelta a su hogar. Era una auténtica lástima que sus edades no fuesen más avanzadas, ya que con su edad actual les era completamente imposible el transformarlos aún en vampiros. Esa era una de las reglas más importantes para los de su clase. De hecho, era una regla que ellos mismos habían impuesto hace algún tiempo atrás, debido a unos lamentables acontecimientos que casi acaban con los vampiros.
Transformar a niños, algunos de los cuales eran incluso demasiado jóvenes como para catalogarlos como tal, había sido una de las peores decisiones que habían tomado los de su especie.
Ya resultaba extremadamente duro el poder controlar a un neófito adulto, la sed por la sangre en esa etapa de la transformación es terriblemente difícil de controlar. Demasiadas han sido las ocasiones en las que un neófito se ha salido de control y ha estado a punto, si es que no lo ha hecho, de delatar su condición. Pero cuando se trata de neófitos adultos, los humanos sienten la desconfianza y el temor propio que puede inspirar cualquier depredador, y se mantienen alejados de ellos. Esto evitaba que los humanos se diesen cuenta de la condición de los vampiros, ya que si eso ocurriese a los de nuestra clase se les dificultaría el existir en gran medida. Encontrar alimento o vivir entre los humanos resultaría prácticamente imposible. Y esta situación se agravaba aun más en el caso de los niños vampiros. La ternura y la inocencia que aparentemente inspiran estos pequeños monstruos hacían que los humanos no los temiesen, y por lo tanto los convertían en unos depredadores mucho más temibles de lo que podía llegar a ser cualquier neófito normal. Además, los neófitos adultos superan esa fase, algunos tardan más que otros pero siempre la superan. Los niños, por el contrario, no tienen la capacidad de razonamiento que pueda tener un adulto y no se les podía hacer entrar en razón, y por mucho tiempo que pasase, ellos no crecían emocionalmente, se quedaban en ese estado infantil y sin conocimiento alguno de lo que había a su alrededor para siempre. Su sed incontrolable nunca se iba, por eso, estos pequeños diablos habían diezmado a pueblos enteros, trayendo la desgracia a los bebedores de sangre.
Por eso, Los Vulturis, se vieron en la obligación de redactar una ley que prohibiese transformar a niños en vampiros. Además, se ordenó a todos aquellos que ya lo habían hecho o que eran conocedores de la existencia de tales niños, que los destruyesen.
Lamentablemente, algunos de los que habían cometido tales actos se negaron a destruir a las pequeñas criaturas, aun a pesar de la advertencia de los Vulturis.
Una de los muchos vampiros que se opusieron a la nueva ley fue Sasha, la madre y líder de un clan situado en Denali (Alaska). Dicho clan estaba compuesto, además de por Sasha, por sus hijas Irina, Kate y Tanya.
Sasha, deseosa de un niño, ignoró la ley de los reyes y creó al pequeño Vasilii, de apenas un año de edad. Como en todos los casos de niños vampiros, Vasilii también se descontroló. Su sed de sangre era inmensa, y no hacía caso de las indicaciones de Sasha. Pero, y aun a pesar de que Vasilii estaba fuera de control y le traía muchos problemas, Sasha no fue capaz de matarlo cuando se lo ordenaron. Para ella era como un hijo, al que debía cuidar y proteger. Eso hizo que, en cuanto los Vulturis tuvieron conocimiento de la existencia del niño, fuesen a darle muerte. Y a pesar de la resistencia que opuso Sasha, el pequeño Vasilii murió ardiendo en los brazos de su madre.
Pero no sólo acabaron con la vida del niño, sino que también mataron a Sasha por haber desobedecido las reglas. Las únicas que se libraron de la matanza fueron sus hijas, por desconocer los experimentos de su madre.
Y aunque a los Vulturis les llevó mucho tiempo, esfuerzo y sacrificios el acabar con la plaga de los niños vampiros, lo lograron. Por eso no podían transformar a los pequeños Alec y Jane. No podían ignorar una ley que ellos mismos habían impuesto, y que había evitado muchas desgracias.
Alec estaba aterrorizado, pero poco a poco el sentido común se iba abriendo paso entre el miedo. Y lo que su lógica le indicaba es que tenía que coger a Jane y que ambos debían marcharse de ese terrible lugar de inmediato.
Aún no tenía muy claro lo que había sucedido. De hecho, los acontecimientos que acababa de vivir se asemejaban más a una cruel y horrible pesadilla. Pero era consciente de que eso no había sido un sueño, tan claramente como notaba a las manos de Jane agarrotadas por la fuerza con la que se aferraba a su camisa.
Su querida hermana no emitía sonido alguno, pero si temblaba de pies a cabeza. Y cuando Alec buscó sus ojos, escondidos entre su flequillo manchado de barro, quedó perplejo. Conocía a su hermana lo bastante bien como para saber que, detrás de esa mirada aparentemente asustada, se escondía algo mas.
- Jane _susurró Alec cerca del oído de su hermana intentando captar su atención. Pero fue inútil, la niña parecía estar en trance.
- Jane, hermana _repitió Alec en un tono algo más elevado. Aunque lamentablemente surgió el mismo efecto, pues ella seguía sin reaccionar. Cansado de esa situación, Alec tomó a su hermana de las mejillas para instarla así a que lo mirase._ Tenemos que salir de aquí, Jane. ¿Me entiendes? Tenemos que irnos, por favor.
Jane pareció captar esa última suplica de su hermano, y lo demostró fijando su vista en él y aflojando un poco el agarre con el que se sostenía a su ropa. Alec se sintió tremendamente aliviado al ver una reacción, por muy pequeña que pareciese, en ella.
De modo que se levantó del suelo, no sin esfuerzo debido a lo entumecidas que tenía las piernas. Y una vez en pie ayudó a su hermana, que parecía estar más consciente de la situación en la que se encontraban.
Jane, por su parte, sabía perfectamente lo que había ocurrido momentos antes, cuando esa extraña bestia había atacado al amable señor que supuestamente los iba a llevar a casa. Sabía que ese joven que ahora yacía inerte en el suelo había intentado matar su "salvador", y que habría sido muy probable que después de hacerlo los atacase a ellos también.
Por eso Jane se había asustado, y luego enfurecido. Esa cosa no tenía ningún derecho a hacerle daño a su querido hermano, que a pesar de encontrarse paralizado por el miedo había abrazado protector a Jane tratando de evitar así que nada le ocurriese. No, ella no podía permitir que nada malo le ocurriese.
Fue en ese momento cuando una extraña sensación la invadió. Era como si un agradable calor la llenase por completo, y después se abriese paso hacía el exterior. Y sucedió, en ese preciso instante, que la extraña bestia aulló de forma estremecedora, para después retorcerse de dolor. Y Jane fue consciente, de que eso lo estaba causando ella, y que al igual que su hermanito había ayudado a su querida abuela tiempo atrás, ella podía ser de ayuda también ahora. No le importaba el señor de largo y oscuros cabellos que se desangraba en el suelo a causa de sus heridas, a ella solo le preocupaba su hermano.
Desde su posición, Aro vio como los niños se levantaban. Primero Alec, cuyas piernas aún temblaban, y luego Jane ayudada por su hermano. El niño, cuando estuvo seguro de que su hermana podía mantenerse en pie sin ayuda, tomó a Jane de la mano y juntos se acercaron a Aro. Lo hicieron rodeando el cadáver del joven, pero sin apartar la mirada de los ojos del vampiro. Cuando llegaron a su lado Alec obligó a Jane a ponerse detrás suya, después le soltó la mano y se agachó para estar a la misma altura que Aro.
- Usted no me gusta _declaró Alec en tono desconfiado mientras miraba recelosamente a Aro_ De hecho, si fuera por mí, lo dejaría en este lugar._ Añadió, bajando un poco mas el timbre de su voz para hacer mas patente la amenaza.
Aro, al contrario de lo que pudiera esperarse, se encontraba maravillado. El descaro con el que el pequeño le estaba hablando, algo que nunca habría permitido en otra criatura, le resultaba tremendamente divertido. El niño había pasado de encontrarse en un estado en el que el miedo lo dominaba, a otro completamente opuesto, en el que él era completamente dueño de la situación.
- ¿Y que te impide hacerlo entonces? _preguntó Aro, intentando contener su sonrisa, una sonrisa de gozo que podría parecer espeluznante a los ojos de los dos niños y que haría que huyesen despavoridos del lugar. Cosa que, no era para nada conveniente.
- Que lo necesito _dijo Alec acercándose aún más a la cara de Aro, para demostrarle así que no podía amedrentarlo._ Jane y yo lo necesitamos para salir de este lugar y poder volver a casa.
- ¿Y qué te hace pensar que yo os ayudaré? Es más, ¿qué os insta a creer que no puedo valerme por mí mismo, que no puedo marcharme y dejaros en este lugar? ¿cómo estás tan seguro de que esta insignificante herida puede impedirme hacer esas cosas? Y lo más importante _Y diciendo esto, y para demostrar que todo lo que había dicho anteriormente era cierto, Aro se incorporó y se levantó, ante la mirada atónita de Jane y la impasible de su hermano._ ¿Qué te otorga esa extraña confianza que te hace pensar que controlas por completo esta situación?
- El simple hecho de que estamos vivos. Si hubiese querido hacernos daño, lo habría hecho en cuanto nos encontró. Pero en cambio, usted iba a llevarnos a casa. Lo que demuestra claramente que no nos quiere muertos, y que no dejará que nada malo nos suceda.
- Eso no demuestra nada, tan sólo el hecho de que no os quiero muertos en este momento o en este lugar. Entonces, dime pues ¿Por qué estas tan seguro de que, no solo no voy a mataros, sino que voy a ayudaros?
- Por dos motivos _Alec retrocedió un par de pasos y tomó a Jane del brazo para situarla a su lado._ El primero, es que le hemos salvado la vida. Bueno, para ser más justos, Jane le ha salvado la vida. Ese monstruo lo habría matado de no ser por ella, le debe la vida. Pero es el segundo motivo el que me ha llevado a pensar, es más, diría que a afirmar que usted no tiene intención alguna de hacernos daño.
- ¿Y cual es ese increíble motivo? _preguntó Aro extasiado.
- Su cara _dijo Alec sonriendo, de una forma tan o más perversa, a como había sonreído su hermana al matar a la extraña criatura. Era una expresión inconcebible para esa dulce cara, ni siquiera los demonios se regocijan tanto de sus víctimas cuando se saben poseedores de sus vidas. Y Alec era consciente de que tenía absoluto poder sobre Aro, lo que le daba el control de la situación._ Mejor dicho su expresión. Cuando vio lo que Jane era capaz de hacer se alegró. No porque ella atacase a la bestia, salvándole así la vida. No, era un entusiasmo más propio del que alguien que ha encontrado un gran tesoro.
Aro se carcajeó al escuchar su respuesta. El pequeño Alec no podía estar más en lo cierto con sus suposiciones. Pero eso no le quitaba el mérito. Muy pocos eran capaces de percibir lo que pasaba por las inescrutables mentes de un vampiro. Pero ese niño había resuelto el rompecabezas de la mente de Aro casi sin esfuerzo, y en una situación de estrés limite.
Como la conversación se había tornado de lo más interesante, Aro quiso seguir jugando con el pequeño.
- Bien, eres muy listo joven Alec. Pero, y permíteme que te haga otra pregunta, si estás en lo cierto con tus suposiciones y es el extraño poder que posee tu hermana lo que me ha impedido haceros daño ¿Qué me impide matarte a ti? Podría yo, y bien sabes que podría, matarte a ti y llevarme a tu hermana ¿Quién iba a impedírmelo?
- Yo _dijo Alec totalmente sereno y sin dejarse amedrentar por las palabras de Aro.
- ¿Tú? _se burló Aro, Alec estaba haciendo exactamente lo que el pretendía. Quería llevarlo al límite, conducirlo a una situación tal que se viera obligado a usar su poder. Era la ocasión idónea, porque ya que había podido contemplar el don de Jane, no estaba dispuesto a marcharse sin ver también el de Alec. Eleazar había querido jugar con él, ocultándole por demasiado tiempo cuál era ese extraordinario poder por el que habían movido cielo y tierra. Y eso no podía permitirlo. Su hermano había tenido el control por demasiado tiempo, y ya iba siendo hora de que Aro volviese a hacerse con el mando._ ¿Qué podrías hacer tú que me impidiese hacer lo que quiero? _rugió Aro sin poder evitar contenerse.
- Esto _ dijo Alec impasible ante la muestra de furia del mayor.
Lo que sucedió después fue imposible de explicar para Aro. Poco a poco dejo de sentir el terrible dolor que antes le producía la gran herida abierta que surcaba todo su hombro izquierdo y llegaba hasta el cuello. Le parecía imposible de creer, sino fuera porque lo estaba viviendo en carne propia. Pero eso no fue todo. Aro paso de no sentir el dolor que le provocaba la herida, a no sentir nada en esa zona. Era como si su brazo no existiese. Y justo como había pasado con el dolor, poco a poco el entumecimiento se fue extendiendo por su pecho hasta su otro brazo. Supo entonces, que de haber sido humano, habría muerto inconfundiblemente, por lo que daba gracias al cielo por que respirar no fuese una necesidad para él. Cuando quiso darse cuenta, tampoco notaba nada en la zona del abdomen. E instantes después caía al suelo de nuevo, debido al hecho de que tampoco sus piernas le respondían.
- Mira Jane _dijo Alec riendo y con una terrible expresión de suficiencia plasmada en toda su cara._ Ya no necesito tocar para poder hacerlo, voy progresando hermanita.
Jane respiró tranquila por primera vez desde que se había iniciado la discusión entre su hermano y el hombre herido. Tenía miedo por Alec, sobre todo desde que el tal Aro había dicho que no le resultaría para nada complicado matarlo si es eso lo que quería.
Aro, por su parte, habría estado completamente aterrado si no fuera por el hecho de que sabía a la perfección que los pequeños le necesitaban para salir del bosque y poder llegar sanos y salvos a casa. También estaba sumamente complacido, ya que el don de Alec no lo había decepcionado en absoluto. Había merecido la pena venir a este lugar y esperar tanto tiempo por este momento. Además, también estaba el hecho de que no sólo iban a apoderarse de un increíble don, cortesía de Alec, sino que Jane también iba a ser un gran aporte para su familia. Habían venido por un don e iban a marcharse con dos. ¡Qué maravilloso el destino al depararles una sorpresa tan beneficiosa para ellos!
Además, si lo que Alec había dicho era cierto y sus poderes iban en aumento con forme pasaba el tiempo, el esperar para transformarlos no iba a resultar tan malo como pensaron en un principio. Si a tan temprana edad eran capaces de hacer lo que hacían, le entraban escalofríos al pensar lo que podrían llegar a hacer cuando alcanzasen la edad adulta. O le entrarían, si es que pudiese sentir algo.
Como ya había obtenido lo que andaba buscando, decidió dar por zanjada la conversación. También influía el hecho de que era bastante tarde, y que cuanto más tiempo pasasen los niños fuera de casa más motivos tendrían los adultos para sospechar que les había ocurrido algo malo.
- Debo decir, Alec, que me has dejado completamente impresionado _comenzó Aro a la vez que intentaba moverse, sin obtener resultado alguno._ Nunca creí que pudieses hacer cosas tan extraordinarias, y te pido disculpas por haberte ofendido con mis comentarios. Hace un par de horas que el sol se ha puesto, y vuestros padres deben de estar muy preocupados. Yo puedo llevaros de vuelta a la ciudad, pero para poder hacerlo tenéis que confiar en mí. Tienes que dejar que pueda moverme, Alec._ Aro levantó la cabeza lo máximo que pudo para poder mirar a los niños, en especial a Alec.
Éste parecía tener una batalla interior. Pero después de unos minutos se volvió hacia su hermana, que asintió levemente con la cabeza dándole su consentimiento, y a continuación volvió a fijar su vista en Aro. El vampiro estaba impacientándose, pero decidió esperar y no presionar al niño. Y tal como empezó, poco a poco Aro fue recuperando la movilidad de su cuerpo. Aunque seguía sin notar el dolor que debía de producirle la terrible herida que le había hecho el licántropo momentos atrás, pero suponía que eso era cortesía de Alec.
- Ahora ya puede moverse. Y como seguro habrá podido comprobar no siente dolor alguno. Pero si se le ocurre siquiera pensar en intentar algo contra nosotros, el dolor volverá.
- Y no solo volverá _interrumpió Jane, apartando a su hermano y acercándose a Aro._ Sino que se multiplicará. Y si no quiere terminar como su amigo peludo, más le vale llevarnos de vuelta a casa.
- Lo he entendido niños _respondió Aro sonriendo dulcemente, o al menos intentándolo.
Y así emprendieron la marcha. Aro iba en cabeza, seguido de cerca por los dos pequeños.
Cuando llegó a sus dominios, Demetri le esperaba impaciente en la entrada. Se veía notablemente alterado, y cuando se cercioró de que Aro ya estaba dentro de los terrenos de los Vulturis corrió hasta el.
- ¡Mi señor Aro! _gritó alarmado e intentando ayudar a Aro a caminar, pero éste lo rechazó haciendo un gesto algo brusco con su brazo._ No sabe lo preocupados que hemos estado. Cuando olimos vuestra sangre nos temimos lo peor, pero obedecimos vuestra orden de no salir bajo ningún concepto. ¿Os encontráis bien?
- Bien hecho Demetri, haber salido habría sido un error. Y deja de preocuparte, estoy bien. De hecho _dijo mostrando una sonrisa aterradora y acelerando el paso._ Nunca he estado mejor que ahora. ¡Eleazar! _gritó eufórico llamando a su hermano.
Los demás miembros de los Vulturis se encontraban en una sala, sentados en unos enormes sillones de forma semicircular. Cuando Aro entró a la estancia, ellos ni se inmutaron. Ni siquiera cuando vieron la horrible herida que surcaba el cuello de su hermano. Aro se aproximó corriendo hacia Eleazar sonriendo de forma victoriosa.
- Por lo que puedo observar, mi querido Aro, te has topado con algún tipo de contratiempo cuando fuiste a buscar a nuestro pequeño _dijo Eleazar mientras se levantaba tranquilamente y rodeaba a Aro para verlo mejor._ Estás hecho una pena, ¿Qué ha sido lo que te ha causado este terrible aspecto?
- Un pobre diablo que buscaba venganza _dijo Aro pasando al lado de Eleazar y sentándose en el lugar que antes ocupaba su hermano._ Pero no tenemos por que preocuparnos más por él, la criatura ya está en el infierno y las bestias del bosque se encargarán de desaparecer su cuerpo.
- ¿Y el niño, Aro? _pregunto Caius._ Deduzco por tu expresión de felicidad que se encuentra bien y que no ha sufrido daño alguno, ¿me equivoco?
- No Caius, estás en lo cierto. Nuestro futuro miembro se encuentra sano y salvo en la seguridad de su casa, junto con su hermana _al decir esto ultimo, la sonrisa de Aro se ensanchó aún más, dándole a su cara un aspecto de papel viejo y traslúcido.
- Tienes algo más que contarnos, ¿no es así Aro? _dijo Eleazar mirando a su hermano fijamente.
Los otros dos también se volvieron hacia Aro, cuestionándole con la mirada. Pero Aro se limitó a recostarse en el mullido sillón y a ignorarles. Le encantaba como se habían dado las circunstancias, tan provechosas para su beneficio. Y aún le encantaba más el hecho de saber que dominaba la situación. Eleazar había estado burlándose de él por demasiado tiempo, ocultándole cuales eran los poderes del pequeño Alec.
Pues bien. Ahora era él el que tenía la información clave, e iba a regodearse de ello el tiempo que le viniese en gana. Porque él era el indiscutible líder de los Vulturis, y era él el que debía de tener el control absoluto de la situación.
