Cap3: El santuario

El silencio es el único que jamás traiciona

En cuestión de días estuvimos justamente donde deberíamos haber estado, los mellizos iniciaron el perimetraje de la zona, cerciorándose de no haber shinobi alguno cercano a nuestro objetivo, la misión era simple, todo sería durante la madrugada, un trabajo limpio y silente. Tenía cerca de dos años haciendo este tipo de misiones con mi equipo raíz, s7, conformado por Sakura, Sai, Kakashi y yo.

Cuando la noche estaba al punto, comenzamos a desplazarnos entre las sombras, de forma zigzagueada conmigo a la cabeza, habíamos estado vigilando el lugar, casi nadie se paraba por ese lugar, aunque hasta donde sé, nadie jamás pone un pie sobre el piso de un templo, si no es porque tenga un problema muy grande. Escuchamos un cascabel, nos camuflajemos en el entorno, frente a nosotros nuestro objetivo de no mas de veinte años y un metro sesenta de altura, un cabello color miel largo que caia sobre sus hombros, esto no era lo que esperábamos.

- ¡Es una sacerdotisa! – escuché en mi cabeza, ignoré el comentario y le observamos reza durante aproximadamente veinte minutos, no entiendo cómo pueden pedir tantas cosas o que hacen orando tantísimo tiempo.

Cuando se puso en pie Hiromu se desplazó hasta la pequeña campanita haciéndola sonar, llamando la atención de la joven, ella voltea en ipso facto, y yo me desplazo noqueando a cualquier vigía que pudiera dar aviso del rapto. Al volver a la habitación, ella se encontraba sentada frente a una ventana, ella se veía relajada y el ambiente en el lugar era sencillamente séptico, respirábamos con tranquilidad, aunque sabía que ellos estaban envueltos en miedo, por primera vez se habían comportado a la altura.

- Estoy lista – se puso en pie. Había estado pidiendo, y era una buena idea, se acercó a un jarrón que adornaba una esquina escueta y de ahí sacó una pequeña cajita morada.

Por un momento creí que estaba bajo el jutsu de sumisión, pero podía ver muy campante a Hiromu, ella iba por su cuenta, esto era extraño.

- Esto era totalmente innecesario capitán – se dirigió a mí, con un tono neutro, mirando cada uno de los guardias tendidos en el piso, eso me hizo sentir un criminal.

- No pensamos que estaría dispuesta – palabree tontamente, me sentía culpable, pero no pediría disculpa alguna – exageré, lo acepto - No le miré, no quería tener que mirarle a la cara – nosotros tan solo seguimos órdenes y nos apegamos a un plan estándar, una persona común hubiera puesto resistencia, es normal temernos.

- No soy una salvaje, Capitán, conozco mi posición en todo esto – con eso me callaba, sus pabras era escuetas, carentes de cualquier sentimiento, pero podía respirar la nota agria en su voz.

El viaje siguió lento y bullicioso, pero de ella no provenía palabra alguna, los chicos se jugaban bromas entre ellos y a veces hasta yo alcanzaba, los dejé ser hasta que se cansaron al anochecer, teníamos roles dispuestos por default, la manera más fácil de sobre llevar una misión en la que te sientes profundamente culpable es no tener que tratar con ella tan directamente, vigilaba a mi equipo y ellos se encargaba de hacer "el trabajo sucio".

- Tenga, lamento no ofrecerle algo mejor, pero venimos ligeros – dije sin mirarle y acomodando en el suelo un vaso de ramen instantáneo, odiaba tener que hablar así, pero esta es una dama que no conozco y ya no soy un niño, "hay que comportarse a la altura" o eso me decía mi sensei cuando fui nombrado Jounin hace dos años.

- Muchas gracias, no creí que fueran humanos – no sonrió, pero sin pensar comenzó a ingerir, seguramente no tiene prejuicio alguno – todos creen que comemos caviar, y talvez en otros lados así es, pero yo prefiero ser como tú y ellos.

- No querrías ser como yo, te lo aseguro – me alejé del lugar en busca de un cobertor, los chicos cenaban tranquilamente, yo haría la guardia nocturna esta vez.

La noche no fue mas que un panorama aburrido y sin gracia, no hubieron estrellas tan siquiera, los ruidos nocturnos eran tranquilizantes. Me molesta estar despierto en la noche, me hace pensar mucho en cosas que me agobian, me hace planear y eso me provoca hambre, de mi mochila saqué una manzana y la mordisqueé lentamente. Pronto iniciaría el invierno, mi estación más bohemia por predilección.

Durante el invierno tengo ganas de todo, siempre quiero mejorar, hago las dichosas metas que jamás cumplo porque siempre inician con comer sanamente, se me antoja el amor, ver pasar a las parejas felices en navidad. En ese día la aldea olvida todos los rollos de la guerra y se dedican un tiempo a celebrar; el año pasado fue el clan Hyuga quien ofreció la celebración, la mayoría terminó embriagado, recuerdo a Rock Lee dando un espectáculo y a Kiba escupiendo tonterías, Sakura se divorciaba, se había tomado un desarmador, ¡que vaya que la desarmó! Ella no se ha casado; Ino le llevo a su casa, ambas estaban perdidas. En esa ocasión yo me tomé dos o tres submarinos, luego Sasuke (sí él), Shikamaru y Yo apostamos una vergüenza pública a quien perdiera en un encuentro de sake, fue divertido; el virtual ganador fue Shikamaru para nuestra sorpresa, y quien perdió, su servidor, así que esa misma noche vestí un vestido diminuto, me maquillaron y así salí, debo admitir que es diferente a usar el jutsu sexy, esto sí fue vergonzoso, ¡qué pena!

Alrededor de las tres de la mañana, mis párpados comenzaron a pesar, me molestaba de sobre manera ser vencido por algo tan natural como el sueño, así que me puse en pie, caminé durante un rato, ideando la ruta alterna más rápida y eficaz de llegar a la aldea sanos y salvos, debía pensar en todo, ladrones, soldados, shinobi, asesinos y todo lo que pudiera ocurrir, después de todo faltaba poco, diez horas a lo mucho, se que dije poco, pero a comparación de los dos días anteriores, diez horas no es nada.

Cuando finalmente comenzó a esclarecer el cielo, decidí que era hora de despertar a los enclenques, le di una patadita a cada uno para que abrieran los ojos. Les tomó varios minutos despertar por completo y otros más para prepararse para salir, cuando hubieron estado listos para salir, les di las indicaciones antes de que ella despertara.

- ¿no es muy temprano? – se quejó Miyu tallándose los ojos y bostezado repetidamente. Esto era algo cotidiano, de cada misión, despertaban quejándose de todo y evadían sus responsabilidades; aunque soy la persona menos indicada para llamarles la atención, yo obedezco la regla que mas me conviene y mi maestro, en fin, somos una caso perdido, así que no puedo esperar que ellos obedezcan de buenas a primeras, debo predicar con el ejemplo.

- No, no lo es – Reprendí amablemente, a veces ser bueno es ser malo, y si no quiero que ellos se 'monten' sobre mí lo mejor era llamarles la atención.

Ella despertó a las seis en punto de la mañana, y partimos inmediatamente después de que desayunara, no hubo nada interesante durante el camino. A las cuatro de la tarde arribamos a la aldea, lo único que faltaba era entregar el informe y a la chica.

En la torre Hokage nos esperaba un ANBU, me dio la impresión que ella conocía al sujeto, ya que cuando escuchó su voz se tensó considerablemente, se veía asustada. El ANBU le tomó fuertemente por el brazo y tiró de ella, llevándole a la oficina por la fuerza, eso me molestó mucho que con o si tatuaje, mi cuerpo reaccionó.

- Esto no es necesario – le dije con voz autoritaria, mientras apretaba su tríceps con fuerza consiguiendo que le soltara – ella no se ha opuesto a cooperar, no existe la necesidad de lastimarle – concluí.

Ella estaba en el piso, aún atónita, mientras temblaba de forma inconsciente, contenía unas lágrimas y sostenía contra su pecho la cajita morada que había tomado anteriormente del jarrón, yo también temblequeaba pero de rabia. El ANBU me miraba precautorio y hacía cálculo de riesgo, después de todo yo también era un Jounin de clase alta; ninguno de los dos queríamos armar revuelo y menos tumbarnos a golpes por una extraña.

Ella se puso en pie y caminó sin compañía alguna hasta la oficina del "hombre perro", le seguí porque debía entregar el pergamino, sin embargo me quedé afuera; después de algunos minutos uno de los encargados de la oficina me pidió el pergamino, accedí a entregarlo y salí de ahí pensando en lo que podría estar pasando en la oficina.

Al llegar a mi departamento, lo primero que hice fue darme un baño y comer, en esta ocasión no tenía intención alguna de subir al techado y hacer lo acostumbrado, bien sabía que nadie me esperaba. Al entrar la noche me fui a dormir, estaba exhausto y estaba casi seguro que mañana habrían de molestarme por algo. Alrededor de las tres de la mañana sentí una presencia que mi subconsciente no reconocía, aunque se me hacía familiar, así que me puse en pie, de un salto apuntaba una kunai a la garganta de la intrusa, estaba oscuro pero la reflexión de la luna me era más que suficiente para decodificar el color jade en los ojos de aquella mujer, baje mi arma con prevención.

- ¿Te gustaría salir? – me invitó con voz suave y baja, dudé un momento pues salir a esta era hora igual que salir con Hoshi. Mientras lo pensaba, ella entró y tomó dos botellas de leche, lo cual me había extrañado más que lo anterior, sin más salió al techado, yo salí detrás de ella, la duda me estaba matando.

Enseguida me senté en mi lugar acostumbrado, sin más ella me extendió la botella de cristal e insistía con la mirada, esa mirada, yo la había visto en algún momento, me suplicaba con ella que le acompañara, dudé, sabrá Dios que le pudo haber puesto a esa leche, su mirada me convenció, tomé la botella y ella inició tomando pequeños sorbos y mirando la luna, las estrellas se reflejaban en sus orbes.

Tenía muchas cosas que preguntarle, como por ejemplo, ¿qué había pasado en la oficina del Hokage? ¿Dónde estuvo toda la tarde? ¿Cómo sabía de mi viejo hábito de estar en el techo tomando leche y viendo las estrellas? Y lo más importante, ¡¿cómo diablos supo mi dirección?!

No me di cuenta que le miraba, hasta que ella me sonrió, entonces tomé el último sorbo de leche y miré al cielo, esta era otra de las razones por las que el invierno me gustan, las estrellas se ven notablemente más grandes de lo habitual.

Miré las estrellas con toda tranquilidad, me sentía feliz de poder compartir este sano vicio con alguien que no anduviera en cuatro patas. La sacerdotisa no decía palabra alguna, por eso su compañía me parecía igual a mi gato, a quién por cierto extraño mucho, podía respirar ese aire de tranquilidad que necesitaba. Sé que reemplazar a Hoshi no es sano, pero no dejaba de recordarme a él.

- Me hubiera gustado verte alguna vez feliz – rompió el silencio, no podía comprender lo que decía, no tenía mucho tiempo de conocerle, la sacerdotisa habla y actuaba extraño esta vez, era algo poco normal, comenzaba a sentir miedo de sus palabras – pero me ha agrado poder tomar leche y ver las estrellas contigo por última vez.

- ¿De qué estás hablando? – Ella hablaba en tiempo pasado y como si me conociera de toda su vida, ella dejó caer la botella vacía, enseguida su rostro cambió, se veía totalmente desorientada, miraba a todos lados intentando reconocer el lugar donde estaba, luego de mirarme se puso en pie, y sin decir nada bajó las escaleras en silencio, aunque hacía un momento había "escalado" al techado.

Me quedé afuera hasta que le perdí de vista, su personalidad había vuelto a ser la misma, no entendía mucho todo esto, aunque me causaba un poco de gracia porque no le hice ninguna de las preguntas que tenía en mente, oficialmente era misión cumplida y pasé un rato agradable al lado de una extraña de la que ni tan siquiera conozco su nombre.